Si bien las Hijas de la Caridad que formaban parte de esta expedición fueron las primeras que penetraron en China, los Sacerdotes de la Misión las habían precedido antes en este país. Los primeros —entre ellos el Padre Apianni (1697)— fueron seleccionados individualmente por la Congregación de la Propaganda y enviados por ella.
En 1793, se encargó de la misión francesa de Pekín a los Sacerdotes de la Misión, en sustitución de los Jesuítas, cuya Compañía había sido suprimida. En el siglo XIX, 1830, la misión quedo transformada en vicariatos apostólicos. Después de 1830, sobre todo, al quedar suscrito un tratado por el Sr. de Lagrené con Ki Ying, plenipotenciario chino, lo que infundió esperanzas de días mejores, los Misioneros pensaron en llamar a las Hijas de la Caridad para que les ayudaran. La primera propuesta la presentó directamente al Padre Etienne, Superior General, el Obispo,de Macao, el 28 de octubre de 1845. Al año siguiente, el Obispo volvió a la carga y envió a Francia, para tratar este asunto, al Padre Guillet, superior de los misioneros franceses de Macao. Macao era entonces —y desde 1557— posesión de Portugal y una de las implantaciones occidentales más antiguas en el Extremo Oriente.
Los misioneros que se embarcaron en 1847 eran: el P. Anouilh (1819-1869), el P. Aymeri (1820-1880), el P. Guillet (1811-1887), procurador de las Misiones en China, el P. Aliara (1820-1886), Sor Durand, asistenta general de la Compañía, que pasó a ser la Hermana Sirviente del grupo de doce Hermanas, entre ellas Sor Ville, que falleció antes de llegar a China, y Sor Teresa —la única que no fue víctima del mareo- y que escribió a su hermana, Hija de la Caridad, destinada en el Economato de la Casa Madre.
El grupo de misioneros, después de haber orado en la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, bajó en diligencia hasta Lyon, ciudad en la que permaneció del 25 al 29 de septiembre, porque debía esperar la partida del barco de vapor que les llevaría por el Ródano hasta Marsella. Esto les permitió llegarse hasta Nuestra Señora de Fourviéres y celebrar la fiesta de la muerte de San Vicente en la catedral lyonesa. El 29, el grupo salió de Lyon a las 4,30 de la mañana y llegó a Aviñón a las 7 de la tarde. Un cuarto de hora después, podían salir para Marsella, a donde llegaron el día 30 a las 8 de la mañana. Todos se alojaron en la Casa de la Misericordia.
El 1 de octubre, a las 10 de la mañana, la campana de la casa empezó a tocar al vuelo, como la de San Lázaro cuando quiere avisar la llegada del Padre General. Pero nadie se imaginaba que pudiera ser él mismo. ¿Qué ocurría, pues?. Con gran sorpresa de todos, era, efectivamente, el Padre Etienne que llegaba para despedir a los misioneros. ¡Qué gran alegría! El 4 de octubre, viajeros y acompañantes se llegaron hasta Nuestra Señora de la Garde. A la Misa siguió la bendición del Santísimo. Al día siguiente, el Padre Etienne reunió a los misioneros para darles sus últimos consejos.
El Obispo de Marsella, tal y como lo había prometido, dijo la Misa en Nuestra Señora de la Garde, el 16 de octubre, en presencia de todos los misioneros que marchaban en el mismo barco, es decir: Sacerdotes de la Misión, Sulpicianos, Religiosos de la calle Picpus (Sagrados Corazones), Maristas, Oblatos de María e Hijas de la Caridad.
La víspera de la marcha, se celebró una nueva ceremonia: todos los pasajeros -que con excepción de cuatro muchachos jóvenes, eran misioneros- se reunieron en el puente del barco, en donde se había instalado un altar. Y Mons. Douarre, Obispo de Amatha, celebró el Santo Sacrificio de la Misa. Al final de la ceremonia, el Obispo de Marsella, que estaba presente, impartió su bendición a todos.
Al día siguiente, el barco, el Stella Maris, levaba anclas a las 6 de la mañana. A poca distancia de la costa, se detuvo ante Nuestra Señora de la Garde, que se divisaba a lo lejos y todos los presentes entonaron el Veni Creator, el Ave Maris Stella y el Sub tuum praesidium. Monseñor Douarre rezó dos oraciones y dijo unas palabras de despedida.
A partir del segundo día, la mayoría de los viajeros se vieron más o menos afectados por el mareo. Al cabo de ocho días, la nave llegaba a Gibraltar. El Stella Maris ofrecía el aspecto de una comunidad fervorosa y observante. No obstante, según escribía Sor Teresa, «la vida a bordo es más o menos la misma cada día, con una monotonía inalterable».
El 9 de noviembre, llegada frente a las costas de Madera. Sor Teresa, la única que escapa al mareo o se ve poco afectada por él, puede escribir algunas cartas. Así pues, anuncia la llegada frente a las costas de la isla: «Abordamos a ella, dice, después de muchas dificultades; los vientos fueron contrarios durante mucho tiempo: errábamos de acá para allá sin poder acercarnos. Por fin, el día 10, hacia las 11 de la mañana, nos encontramos junto a la isla tan deseada… El Comandante se apresuró a ir a solicitar el permiso de desembarco… Se –esperó con ansiedad su regreso: Ya está aquí… Pero ¡qué decepción!» Los portugueses no quieren autorizar el desembarco porque hay un enfermo a bordo (uno de los Maristas). Se personan los médicos para reconocerle y, por fin, se consigue el permiso por la tarde. Al día siguiente, todos se apresuran para aprovecharlo. Las Hermanas se dirigen a la iglesia, donde oyen misa. Resultan un espectáculo para los habitantes de la isla, que se apelotonan para ser testigos de semejante acontecimiento.
Después de una visita rápida a Funchal, la capital, hacia las 5 se reemprende la marcha y pronto se hallan frente a las Islas Canarias. Después de unos días de navegación, llegada a las Islas de Cabo Verde. Ya al atardecer, como todos los días, las Hermanas en el puente del barco se esmeran por repetir el Ave María en chino. Casi todos los ejercicios de piedad se hacen en común y, por la noche, la tripulación se une a los pasajeros para rezar y cantar la Salve.
El barco atraviesa el Océano Atlántico en línea oblicua hacia el sur. El 24 de diciembre, a media noche, se celebra la misa en el puente, bajo un precioso cielo azul sembrado de estrellas, pero con un viento glacial. A principios del nuevo año, el 2 de enero concretamente, el barco se encuentra frente al Estrecho de Magallanes, el día 6, dobla el Cabo de Hornos. La tempestad arrecia. Y es todavía más fuerte el 14 de enero, durante el día. La noche siguiente fue para las Hermanas una noche en blanco, en la que cabía esperar su última hora. Por fin, el 18, mejoró el tiempo.
El 25 de enero, hacia las 11 de la mañana, el barco llega a Valparaíso (Chile), en donde tiene que hacer una escala de diez días. De hecho, serán quince los que se quede allá. Cumplidos los requisitos de la llegada todos bajan, contentos de pisar tierra firme. Un Padre de la Congregación de Picpus, que trabaja en la ciudad, acude para ofrecer hospedaje a los Padres y otro a las Hermanas, en casa de las Religiosas de su Orden. Muchas personas se habían congregado para ver la llegada de los pasajeros. Las blancas alas de su tocado sobre todo excitaban la curiosidad. La narradora escribe: «La jirafa del Jardín Botánico no ha tenido nunca tantas visitas….» (En 1830, se llevó por primera vez al zoo del Jardín Botánico de París, una jirafa, que tuvo un éxito enorme al excitar la curiosidad. Sin duda, la narradora había oído hablar de ello). Las Hermanas pasan esos quince días ordenando sus cosas. El 8 de febrero, salen de Valparaíso, y prosigue la navegación el Océano Pacífico, acercándose hacia el ecuador, por lo que el calor se hace cada vez más opresivo. Llega a más de 30°, y la estancia en el camarote se hace insoportable.
Al atravesar las islas de Oceanía, más o menos alejadas unas de otras, aparece en una de las cartas de Sor Teresa una anécdota que sin duda refirió alguno de los misioneros. Es la siguiente: «Un infiel se llegó un día al misionero que trabajaba en alguna de aquellas islas, para pedirle el bautismo. Pero éste se lo negó por el hecho de que tenía dos mujeres. El presunto convertido volvió a la semana siguiente para decir que ya no tenía más que una mujer y que, por consiguiente, podría recibir el bautismo. El misionero se informó de la causa de la muerte de la segunda mujer, a lo que el hombre le respondió: «La he matado y, con un amigo mío, nos hemos comido una de sus piernas. Lo demás lo hemos enterrado. Así que, bautízame».
El 13 de marzo, abordan Tahití, donde encuentran alojamiento con las religiosas de San José de Cluny, que se ocupan de un hospital y piensan abrir pronto una escuela. La carta siguiente está escrita en la rada de Apia -Islas Samoa-. Esta vez es Sor Durand la que se encarga de anunciar a Nuestra Madre Mazin el fallecimiento de una de las Hermanas: Sor Ville, que murió el 30 de abril, a las 7 de la mañana, después de tres días de enfermedad. Desde Tahití, el calor era excesivo y el sudor abundante. Sor Ville era una de las que más sufrían con ello. Con el fin de conseguir algún alivio, se acostó durante tres noches seguidas en un pasillo, con bastante corriente. Se le presentaron síntomas de tifus con fiebre, y tres días bastaron para arrebatarla al afecto de sus Hermanas. Todas y todos quedaron impresionados con este acontecimiento. Se la enterró en la isla de los Navegantes, en una sepultura de los Hermanos Maristas, el 30 de abril de 1848. En ese mismo correo, Sor Durand incluyó una carta para el párroco del lugar de residencia del Sr. Ville, con el fin de que se encargara él de prepararlo a recibir tan duro golpe.
A principios de mayo, parte de los misioneros se separaron de los demás. Eran los Hermanos Maristas, que se habían ido enterando, en las diferentes escalas del viaje, de la ruina de su Misión de Nueva Caledonia, a donde se dirigían, y de la muerte de tres misioneros de su Congregación, a los que, una tribu antropófaga de las Islas Salomón -archipiélago de Melanesia-, después de matarlos, se los habían comido.
El 16 de junio, el barco entró en el Estrecho de Formosa -la actual Taiwan-, y, por fin, el 21 de junio, llegan los Misioneros a Macao, en Kuangtung. Con Sor Teresa, que así se lo escribe al Padre Etienne, todos pueden decir: «SI; mi muy Honorable Padre, aquí estamos, en este suelo tan deseado….›>
Una larga aventura empezaba para las Hijas de la Caridad. En esta tierra de China, seis meses después de su llegada, Sor Durand la que las había dirigido hasta entonces, fallecía a su vez. En Macao tropezaron con muchas dificultades. Después de tres años de inútiles esfuerzos, resolvieron trasladarse a Ning- Po. Aquí, Monseñor Danicourt, Vicario Apostólico de Tche-Kiang, les confió el orfanato de la Santa Infancia. La situación era precaria y los recursos faltaban totalmente.
Siete años después, en 1855, cuando llegó un nuevo refuerzo para la misión de China, cuatro Hermanas habían salido ya de este mundo. Sor de Jaurías, que formaba parte de la segunda expedición, escribe: «Las ocho (Hermanas) que quedaban, acostumbradas a una excesiva pobreza, parecían haber olvidado lo que es un poco de bienestar, pero lo que sí continuaban sabiendo muy bien, lo que practicaban admirablemente, era la regularidad, la cordialidad, la alegría franca y modesta que caracterizan a las buenas Hijas de la Caridad, en todas las situaciones y en todos los países del mundo». Yprosigue; «Apenas habíamos llegado, tuvimos el dolor de ver morir a varias de aquellas santas Hijas de la Caridad. Una de ellas, Sor La Pierre, hermana del almirante, sucumbía víctima de una hidropesía, causada seguramente por la humedad del local. Un poco más adelante, al cabo de seis meses de continuos sufrimientos, Sor Labat moría de consunción. Después, Sor Augé, víctima de su celo, era atacada por el cólera, después de haber pasado la noche a la cabecera de un niño que padecía esta enfermedad. Por último, Sor Gelis sucumbía de agotamiento, poco tiempo después. Así es como hemos visto a estas primeras Hermanas de China dejarnos una tras otra. Todas ellas se han dormido en el Señor con una serenidad perfecta, con la sonrisa de los bienaventurados en los labios». En cuanto a Sor Louy, que había reemplazado a Sor Durand al frente del primer grupo, vivió hasta 1894, con ochenta y un años.
Se comprenden las palabras del Padre Etienne. Después de haber expresado su regocijo, tras haber lanzado la primera llamada para ir a China, al ver que «las peticiones le llegaban por centenares, casi por miles», añade: «Aunque China nos preparase las mismas pruebas que Madagascar hizo padecer a San Vicente, tenemos la seguridad de haber encontrado, como él, almas capaces de luchar contra esas pruebas y de triunfar de ellas». El porvenir iba a darle la razón.







