Sor Maturina Guérin (1631-17049 (I)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la Caridad1 Comment

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Author: Sor Elisabeth Charpy · Year of first publication: 1986 · Source: Ecos de la Compañía, 1986.
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biografias_hijas_caridadEl «libro de oro» de las Hijas de la Caridad, que presenta en pocas líneas la fiso­nomía de numerosas Hermanas anteriores a 1870, dice de Maturina Guérin:

«Esta es la primera nota biográfica que debería leerse después de la vida de San Vicente y de Santa Luisa, porque Sor Maturina Guérin fue quien dio brillo, esplendor y perfección a nuestra Compañía, ya que le fue otorgado cumplir los designios de nuestros Santos Fundadores.»

La nota biográfica de Maturina Guérin se halla en el libro de las Conferencias y Circulares (tomo II) editado en 1845. En los Archivos de la Casa Madre conservan piadosamente las tres conferencias dadas por el Director Padre Chevremont sobre las virtudes de Maturina Guérin en diciembre de 1704 y enero de 1705, así como otra nota biográfica manuscrita mucho más completa que la que se editó en el siglo XIX.

También se conservan en los Archivos cartas dirigidas por Maturina Guérin a las Hermanas, de manera especial las dirigidas a Sor ‘Margarita Chétif, e igualmente algunas Circulares.

Los veintiún años de generalato de Maturina Guérin (distribuidos en tres sexenios y un trienio) se señalaron por una gran expansión de la Compañía en Francia: fueron llegando numerosas Hermanas, se creó otro Seminario en Eu, Normandía, se abrieron más de un centenar de casas. Fue, asimismo, durante el generalato de Maturina Guérin cuando el Padre Alméras mandó recopilar en capítulos las Reglas Comunes, cuando se adoptó el uso de la «corneta», cuando se empezó el libro de actas de las elecciones (libro en el que han firmado las delegadas de la última Asamblea Gene­ral), cuando se inició la costumbre de enviar una circular el 1 de enero y el 2 de febrero.

 

 Sólidas raíces familiares

Maturina Guérin nació el 16 de mayo en 1631 en Montcontour, diócesis de Saint Brieuc, provincia de Bretaña.

Montcontour, ciudad fortificada, construida en el siglo XI, había sido durante mu­cho tiempo uno de los feudos del Conde de Penthiévre. Edificada sobre una colina y dominando dos valles, esta ciudad se alzaba como un peligro en aquella Bretaña que Enrique IV acababa de pacificar con gran esfuerzo. Por ello, Luis XIII ordenó la des­trucción de tal bastión. Así, en 1626, quedó demolido el castillo y desmanteladas las fortificaciones. En la fecha en que nace Maturina, las gentes se hallan todavía bajo el choque que les ha producido esta demolición y contemplan con dolor, pero con rabia mal contenida, los restos de murallas, recuerdo impotente de lo que había sido mag­nífico baluarte.

Esta historia de Montcontour puede explicar, al menos en parte, el carácter de defender los intereses de Dios y de los pobres.

El señor Mauril Guérin y su mujer, Juana Philippe, escogen para su primogénita el nombre de Maturina, y ponen a la niña bajo el patrocinio del gran santo venerado en Montcontour. Maturina habrá de conservar toda su vida una especial devoción a su Santo Patrono.

San Maturino vivió en el siglo III y murió en Roma. Sus reliquias, llevadas a Mont­contour en el siglo IX, son objeto de gran veneración. El domingo de Pentecostés, tie­ne lugar todos los años el «gran Perdón» —especie de procesión de Rogativas— en honor suyo. La urna que contiene las reliquias, coronada por el busto del Santo, es llevada por todas las callejas estrechas de la ciudad, con sus escaleras de peldaños desiguales. La población, con cirios encendidos, sigue al clero cantando las letanías del Santo:

  • salud de los enfermos,
  • terror de los demonios,
  • esperanza de los labradores,
  • gloria de la ciudad de Montcontour…

Grandes regocijos populares acompañan al «Gran Perdón»: otra procesión con antorchas y fuegos artificiales el sábado por la noche; fiesta pública y baile, el lunes.

El Padre de Maturina está «muy medianamente provisto de bienes de fortuna», dice la nota biográfica. Es molinero en las tierras del señor de Langourla. Pero la familia Guérin, aun no siendo rica, tiene con qué vivir. El padre es un hombre rudo y altivo que no soporta humillaciones ni desprecios, pero que se deja ganar por los impulsos del corazón. Como todo bretón, es apasionado, con un carácter que refleja, a la vez, la dureza del granito de sus acantilados y la misteriosa ternura del mar.

También el carácter de Maturina recibió la influencia de su patria chica. Algunos de sus rasgos se irán suavizando y corrigiendo al contacto prolongado con Jesucris­to, manso y humilde de corazón, y al dejarse impregnar lentamente por las virtudes propias de las Hijas de la Caridad: la humildad, la sencillez, la caridad.

Desde muy niña, Maturina dio muestras de poseer excelentes cualidades: inteli­gencia viva, memoria feliz, carácter agradable. La señorita du Part, hija del señor Languourla, contrajo estrecha amistad con ella y la escogió como compañera de es­tudios y juegos. Así, la educación de Maturina quedó asegurada y de ella se encargó la maestra de escuela, «una buena señora devota», y un sacerdote tío de la señorita du Part. Desde temprana edad, Maturina aprendió a leer y escribir. Su estilo es sen­cillo y directo; su letra, de rasgos regulares, revela un buen dominio del arte de escribir. Su educación religiosa iba a ser la obra conjunta de la maestra, de sus padres y del párroco del pueblo. A Maturina le gusta rezar, asiste con asiduidad a la Santa Misa y recibe con frecuencia los Sacramentos. Con doce o trece años, su confesor le permite hacer el voto de consagrarse a Dios. Es que Maturina quería ser religiosa para honrar más y mejor a Jesucristo. Pero tropieza con la negativa categórica de sus padres. Tan pronto como éstos llegan a saber que ha hecho una visita o ha tenido algún contacto con un convento de religiosas, intiman a su hija la orden de no volver más, y ella, obediente, se somete.

Por fin, en 1647 consigue permiso para entrar con las Carmelitas de Rennes. Pero, apenas llegada a la capital de Bretaña, aun antes de dirigirse al Carmelo, Ma­turina cae enferma y se ve obligada a regresar a Montcontour para cuidarse.

El señor Guérin ve en esto una señal de que su hija no tiene vocación de religio­sa, y con esa convicción va a ponerlo todo en juego para casarla. Invita a su hija a que tome parte en todos los festejos de San Maturino, a que trate con jóvenes de su edad… Pero a Maturina no le gusta aquello y prefiere ir a orar a la Abadía de Boguen, cuyos tejados divisa desde los molinos de Langourla, o bien dedicarse a atender a algún pobre. Para ello, suele pedir a sus convecinos que le den a conocer los más necesitados de que tengan noticia, y con ellos comparte con alegría cuanto le per­tenece.

Pero su padre sigue buscándole un novio sin atender a las súplicas de Maturina. Por fin, el señor Guérin encuentra el partido que le parece adecuado y promete a su hija en matrimonio. Al saber la decisión tomada por su padre, Maturina no ve otra solución para desentenderse de aquel matrimonio contrario a su voluntad que la de revelar el voto de castidad que habla hecho a Dios.

El padre queda aterrado ante tal revelación; pero como cristiano de fe sólida que es, respeta el compromiso de su hija. Maturina se ve libre de un peso, pero no acaba de vislumbrar cómo responder a la llamada de Dios.

 

Una llamada irresistible

En la primavera de 1648, los Sacerdotes de la Misión establecidos en Saint Méen, van a predicar una misión a Montcontour y aldeas vecinas. Maturina toma par­te en dicha misión con todo su fervor.

Se confiesa con el Padre Thibault y le comunica su deseo de ser religiosa, así como la negativa de sus padres. Al señor Thibault le causa impresión aquella mu­chacha de diecisiete años tan bien parecida y tan resuelta a darse a Dios, deseosa de vivir la pobreza de Jesucristo y de honrar a sus miembros los pobres. Le habla de la Compañía de las Hijas de la Caridad y Maturina intuye que es ahí donde Dios la está esperando.

El Sacerdote de la Misión, muy celoso, se propone escribir él mismo al señor Vi­cente para pedirle la admisión de Maturina y de otras tres muchachas de Montcon­tour. El 11 de julio de 1648, el señor Vicente responde al señor Codoing, Superior de Saint Méen:

«Aquí tiene, en una nota, la respuesta de la señorita Le Gras y la mía en re­lación con las jóvenes de Montcontour y de Saint Méen que quieren darse a Dios en la Compañía de las Hijas de la Caridad» (Coste III, 338; Síg. III, 312).

El señor Codoing mandó a uno de los Hermanos a que llevase la respuesta a las jóvenes de Montcontour y decidiese con ellas el día de la partida. Maturina siente su corazón lleno de júbilo; pero necesita conseguir el permiso de sus padres. Una ma­ñana, armándose de valor, Maturina pone a su padre al corriente de su proyecto. El señor Guérin cambia de color, siente que la ira le sube al rostro y sin poderse conte­ner, sale de casa sin pronunciar palabra, marchando a su trabajo.

La angustia de Maturina no es para descrita. Por una parte, se siente apremiada a dar su respuesta a Dios que la llama; por otro, está la obediencia que debe a sus pa­dres. ¿Cómo puede Dios contradecirse? ¿Deberá mirar la negativa de sus padres como una señal de que tiene que renunciar a la Compañía de las Hijas de la Caridad?

En su perplejidad, acude a la Santísima Virgen. Está acostumbrada a invocarla bajo la advocación de Nuestra Señora del Gran Poder, y a asistir a su fiesta —el «gran Per­dón»— del 8 de septiembre, en Lamballe, la capital del Condado de Penthiévre. Maturina sale de casa para ir a rezar a María. Dirigirse hasta Lamballe a pie (16 km) no es razona­ble. Opta, pues, por ir a Nuestra Señora «del Alto», ermita dedicada a la Virgen, a 3 km de Montcontour.

Maturina recorre rápidamente esa distan­cia, y con fervor invoca a María, la Madre de Misericordia, la Virgen Todopoderosa. En me­dio de su oración, le viene al pensamiento que su padre tiene que pasar por delante de la ermita para volver a casa, y decide espe­rarle allí segura de que no pasará de largo sin entrar a rezar.

Pasan unos instantes y los goznes de la vieja puerta empiezan a chirriar. Alguien ha entrado en la ermita. Maturina reconoce en seguida el ruido de los zuecos de su padre. Se levanta y corre a arrojarse a sus pies.

«Padre querido: ¿será posible que quiera usted oponerse a la voluntad de Dios? Bien sabe usted que yo no puedo entregarme a nadie en el mundo, déjeme, pues, marchar, se lo pido encarecidamente, ya que ten­go tan buena ocasión para ello. Por favor, no me haga usted perderla. Si me quiere usted, no ponga más demoras a mi felicidad» (testimonio de María Moreau, que vivió largos años con Maturina Guérin).

El señor Guérin se sintió hondamente conmovido; la verdad es que no puede opo­nerse ya por más tiempo a Dios ni a su hija. Da, pues, su consentimiento y con la ve­hemencia que le caracteriza va incluso a ayudar a Maturina a preparar su equipaje y se propone acompañarla hasta Rennes, en donde deberá tomar la diligencia para París.

Llega por fin el día de la marcha. En su tartana, el señor Guérin lleva hasta Ren­nes a las cuatro muchachas de Montcontour y al Sacerdote de la Misión que ha de acompañarlas hasta París. No puede disimular su emoción, por lo que apresura un poco la partida ante las lágrimas de la señora Guérin.

Una vez en Rennes, todos los viajeros se quedan en la posada. Al día siguiente, el señor Guérin da un apretado abrazo a su hija querida. Maturina, sus compañeras y el Sacerdote de la Misión suben a la diligencia ante los ojos del señor Guérin, quien, de regreso a la posada y disponiéndose a tomar el camino de Montcontour, empieza a sentirse pesaroso de lo que ha hecho. ¿Por qué ha dejado marchar a Maturina? ¿Por qué ha cedido a sus deseos? Su pena va transformándose rápidamente en cólera. Ensilla el caballo, lo monta y sale a galope en busca de su hija a la que piensa dar pronto alcance. Pero los kilómetros pasan, el caballo jadea… y ini rastro de Maturina!

Aquella carrera desenfrenada ha templado un poco el ánimo del señor Guérin. Se apea, deja descansar a su caballo y piensa en voz alta: ‘<Dios que dispone todas las cosas, no ha permitido que encuentre a Maturina; es sin duda porque la quiere para El y para El solo. ¿Por qué voy a resistir por más tiempo al divino querer? Señor, si la queréis, os la doy.»

Entonces, ya sereno, el señor Guérin toma el camino de Montcontour. Sólo mucho más tarde contará a los suyos su loca cabalgada. La señora Guérin no llegará nunca a consolarse de la ausencia de su hija querida. Cuando recibía algún disgusto por parte de los demás hijos, solía decir en tono de amenaza: «Me marcho con Maturina. Allí terminaré mis días en paz.»

El Señor habría de escuchar el deseo de esta madre, porque cuando Sor Maturi­na fue destinada al Belle-Isle en Mer, en el año 1660, la señora Guérin fue a verla a su nueva casa y durante aquella visita cayó gravemente enferma y murió asistida por su querida Maturina. Dios tiene de esos detalles únicos… Dichosos los que saben dar sin escatimar nada.

Por de pronto, el 12 de septiembre de 1648, Maturina es admitida en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

El 12 de octubre de 1648, Maturina Guérin queda admitida en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Tiene 17 años. La Hermana que, andando el tiempo, redactó su nota biográfica, se pregunta cuál es la edad más adecuada para entrar en Comu­nidad:

«Unos pretenden que es preferible esperar una edad madura que permita darse bien cuenta de lo que se hace y considerar, en lo que son, los vanos devaneos del siglo. No obstante, nadie pone en duda que sea todavía más apta que esa madurez la tierna juventud que tantas ventajas encierra para esta vida consagrada sobre todo a causa de la inocencia y docilidad que le son propias.»

Es muy probable que Maturina, cuyo corazón ardía en amor de Dios, no se parase a reflexionar en las ventajas o desventajas de su edad. Se limitó a responder sin de­mora al deseo que Dios le infundía de darse totalmente a El.

En el Seminario

A su llegada a la Casa Madre, Maturina y las otras tres compañeras de su pueblo —Montcontour— fueron recibidas por la Señorita y tuvieron también la alegría de ver al Señor Vicente.

Durante los días de retiro con que se inicia la entrada en el Seminario, Maturina Guérin da gracias al Señor por haberla escogido y por haberle permitido al fin reali­zar su entrada en la Comunidad. Con todo fervor renueva su propósito de ser toda de Dios.

Al frente del Seminario se halla por aquel entonces Juliana Loret, quien, guiada por Luisa de Marillac, se esfuerza por inculcar en las Hermanas jóvenes el espíritu de la Compañía, el amor de Dios y de los Pobres. La piedad de Maturina irá crecien­do en la oración, coloquio íntimo con Cristo, y su alegría queda plasmada en una dul­zura inalterable. A ello contribuye mucho el silencio que le permite refrenar las reac­ciones de su temperamento fogoso y le enseña así a dominar sus pasiones.

Pero pronto ese fervor suyo va a verse sometido a una dura prueba. El primer choque recibido es el de la partida de las tres jóvenes que habían llegado con ella de Montcontour. Las tres jóvenes, apenas transcurridas unas semanas, deciden regre­sar al pueblo. Maturina resiste a la tentación. Fiel a la oración, en ella fortalece su decisión y confirma su entrega al Señor.

Pasan unos días y una Hermana se le acerca para decirle cosas extrañas. Le ex­plica que se la obligará a trabajar mucho, que tendrá que pasar por dificultades in­sospechadas que se le harán intolerables y que, al final, la despedirán de la Comuni­dad. Maturina queda sorprendida con todo esto y después de llevarlo a la oración, decide ir a hablar con Luisa de Marillac. Le refiere, pues, lo ocurrido y añade:

«Si no le parezco apta para la Comunidad, le ruego tenga la caridad de des­pedirme más bien antes que después, para que pueda dirigirme a otra casa dedicada al servicio de Dios.»

La Señorita admira la lealtad de esta Hermana tan joven y su inquebrantable re­solución de ser de Dios. Le pregunta el nombre de la Hermana que tales cosas le ha dicho; Maturina no lo sabe pero describe a su interlocutora a quien la Señorita no tarda en identificar y tranquiliza a la Hermanita, explicándole que tal Hermana, un tanto desequilibrada y descontenta trata de buscar quien la escuche para exponerle sus quejas y recriminaciones. Antes de terminar la entrevista, la Señorita añade:

«Continúe compliendo su deber y tenga la seguridad de que perseverará en la Compañía en la que vivirá feliz, con tal de que busque usted a Dios úni­camente.»

Recobrada la tranquilidad, Maturina prosigue el Seminario. Por aquel entonces el tiempo de formación es muy breve: sólo unos meses. El 24 de diciembre de 1648, viste el hábito de Hija de la Caridad, ceremonia muy sencilla que pone fin a la perma­nencia en el Seminario y coincide con el envío a misión en una comunidad local.

Antes de incorporarse a su nueva Comunidad, la de la parroquia de San Juan «de Gréves», en París, Maturina puede escuchar, el dia de Navidad, la Conferencia que da a las Hermanas el Señor Vicente. En ella recuerda los orígenes de la Compañía e insiste en el amor a la vocación.

«Las hay entre vosotras, queridas Hermanas, lo sé muy bien, que, por la gracia de Dios, aman tanto su vocación que se dejarían crucificar, desga­rrar, cortar en mil pedazos, antes que tolerar nada contrario a ella.»

Muy lejos estaba Maturina de pensar que estas frases iban a ser pronto una reali­dad para ella. Fue en su segunda casa donde la esperaban pruebas muy duras.

La permanencia de Maturina en la parroquia de San Juan no iba a ser de larga duración: en efecto, una grave enfermedad hizo necesario su traslado a la Casa Ma­dre. Después de su curación, los Fundadores pensaron era prudente enviarla —con sus 18 años— al campo, lejos del ambiente viciado de Paris. Asi pues, Liancourt fue el segundo destino de Maturina Guérin.

 

Liancourt

Cuando al cabo de muchos años, Sor Maturina quería animar —y también dis­traer, «recrear»—, a sus Hermanas, solía referirles las peripecias que había vivido en Liancourt. Su relato era tan palpitante y lleno de vida que las Hermanas no se cansa­ban de escucharla, aunque se lo sabían de memoria. Las que asistieron a la Confe­rencia sobre las virtudes de Sor Maturina repitieron los hechos con gran precisión no exenta de humor.

La Comunidad de Liancourt habla sido implantada entre 1640-1642, a petición de la duquesa de Liancourt, gran amiga de Luisa de Marillac. Se construyó un hospital bajo la advocación del Espíritu Santo para recibir a los enfermos del lugar y de los al­rededores. Además, las Hermanas visitaban dos veces por semana a los enfermos no hospitalizados, en su domicilio, prodigándoles remedios, cuidados y anunciándo­les la Buena Noticia de Jesucristo.

A poco tiempo de llegar a su nueva casa, Maturina empezó a darse cuenta de que su Hermana Sirviente, parecía ignorar determinadas reglas de la Compañía. Con su amor a la verdad y su deseo de fidelidad, Maturina intenta recordar a su Hermana Sirviente lo que ella ha aprendido en el Seminario, sobre todo lo referente a las rela­ciones con los de fuera. Recuerda la regla que recomienda no se deje pasar a hom­bre alguno a las habitaciones de las Hermanas. Tiene, asimismo, muy presentes las palabras del Señor Vicente en aquella conferencia de Navidad de 1648:

«El tercer medio que nos hace decaer en el amor a la vocación es, no diré la impureza; no, jamás, por la gracia de Dios, se ha oído hablar de ella; pero sí cierta libertad que no se compagina con la modestia. Se ve con compla­cencia el conversar con hombres; no nos desagrada que nos digan alguna palabra a la que contestamos y se entabla la conversación… se dedica tiempo a hablar de cosas que no son urgentes ni siquiera necesarias, a modo de entretenimiento, iHermanas, guardaos de ello! Me refiero incluso a los confesores…»

Para algunas Hermanas, como la Hermana Sirviente de Liancourt, esta regla es demasiado dura, hasta inhumana. En sus pueblos estaban acostumbradas a abrir la puerta a cualquiera que pasaba, caminante o vagabundo. ¿Por qué, pues, esa severi­dad de los Fundadores?

El Señor Vicente, sin embargo, insistía con frecuencia, en la importancia de esta regla tanto con relación a la Compañia en general como a cada una de las Hermanas en particular. De nuevo habria de oirsele decir en la conferencia del 6 de enero de 1658:

«Una Hija de la Caridad se halla siempre en medio del mundo. Tenéis una vocación que os obliga a asistir, indiferentemente, a toda clase de perso­nas: hombres, mujeres, niños…»

En el pensamiento del Señor Vicente lo que está en juego es el mantenimiento del servicio a los Pobres. Por poco que se llegara a sospechar de las Hijas de la Ca­ridad en materia de impureza, se avecinaría el riesgo de que se les impusiera la clau­sura. Y entonces, iadios al servicio de los Pobres a domicilio!

Pero el Señor Vicente es también buen conocedor de la psicología femenina. Las Hijas de la Caridad son jóvenes y no es infrecuente que los muchachos anden ron­dando en torno a ellas. Cuando les habló de las buenas aldeanas, les explicó cómo habían de llevar una vida consagrada en medio del mundo:

‹‹Las jóvenes campesinas no se encuentran jamás a solas con los hombres, no les miran nunca a la cara, no escuchan sus galanteos. Ni saben lo que es un piropo. Si se le dijese a una buena aldeana que es hermosa y agra­dable, su pudor no lo soportaría y hasta no llegaría a comprender lo que querían decirle…

Conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad si vuestro espíritu no se entretiene en compañía de los hombres más que para servir a los po­bres, sin otra mira que la obligación que tenéis de hacerlo por amor de Dios. Y guardaos bien de querer tener atractivos para los hombres, ya sea con vuestras miradas, ya con vuestras palabras.»

Las reflexiones que hace Sor Maturina irritan a la Hermana Sirviente que no mo­difica para nada su conducta. Sigue comiendo en casa de familias conocidas, asis­tiendo a bodas, recibiendo en los locales reservados a la Comunidad a los que quie­ren verla, tanto hombres como mujeres y a cualquier hora que sea. Y por supuesto invita a sus compañeras a acompañarla en sus salidas.

Maturina, con su buen sentido, se niega a obedecer a su Hermana Sirviente cuando le ordena algo contrario a la regla. En lo demás, no deja de mostrarse respe­tuosa y sumisa. Para ella, el mal ejemplo recibido es como una advertencia para per­manecer vigilante y unirse cada vez más a Dios.

Pero la vida comunitaria se hace difícil, tensa. La Hermana Sirviente no se priva de criticar a su compañera… demasiado fiel a la Regla, según ella. Y llega un mo­mento en que, súbitamente, las cosas van a agravarse.

«Dios se sirve a veces de medios insospechados para purificar a las al­mas«, escribe la Hermana redactora de la nota biográfica de Sor Maturi­na Guérin.

El día de San José, Maturina y su compañera van a confesarse con el párroco como tienen por costumbre. El cura despacha sin más a Sor Maturina diciéndole du­ramente:

«Es usted una farsante. No puedo darle la absolución. Viene usted a confe­sar  faltas ligeras y calla los enormes pecados que está cometiendo

Maturina no comprende lo que aquello puede significar. Sin replicar palabra, se retira con su compañera que ha escuchado la misma invectiva. Poco a poco van ad­virtiendo que se han convertido en el blanco de las miradas sarcásticas del pueblo, que son objeto de sus burlas y que las llaman «mujeres de mala vida».

Cuando llega Pascua, se les niega la Comunión y progresivamente se las va se­parando de la Iglesia. Pero ellas siguen sin saber cuál es la causa de todo ello. Con el hondo sufrimiento de no poder recibir al Señor ni en el tiempo pascual, Maturina se decide a escribir al Señor Vicente para ponerle al corriente de lo que ocurre. Vicente envía a la Comunidad de Liancourt una carta en la que exhorta a hacer buen uso de las calumnias; pero al mismo tiempo indica a Luisa de Marillac que vea a la Señora de Liancourt, que en aquellos días está de paso en París, y se informe de la situación.

De regreso a su palacio de Liancourt, la señora Duquesa llama al Párroco para que la entere de lo que acontece y queda profundamente sorprendida al saber que dos muchachos jóvenes aseguran haber visto a unos hombres entrar, de noche, en casa de las Hermanas, así como también los domingos y días de fiesta durante la Misa mayor. Ambos muchachos han dado tanta clase de detalles que resulta difícil no creerles.

Extrañada de una conducta tan alejada de la que suele ser habitual en las Her­manas, manda llamar a Sor Maturina Guérin y le refiere lo que acaba de oír al Sr. Cura. La serenidad de Maturina ante aquellas calumnias no puede menos de impre­sionar a la Duquesa y la decide a seguir el asunto a fondo.

Convoca, pues, a los dos muchachos para interrogarles por separado. Pero antes ruega al Párroco que, sin dejarse ver, esté presente para oír todo. Así lo hace, que­dando discretamente oculto en la habitación contigua, desde donde puede escuchar sin ser visto. Los dos jóvenes caen en continuas contradicciones y acaban por con­fesar su mentira. Desde su escondite el Párroco tiembla ante la maldad de aquellos dos feligreses suyos y se avergüenza de haber tratado tan indignamente a las Her­manas.

La Sra. de Liancourt quiere hacer justicia ante tanta perversidad y decide que los culpables sean castigados inmediatamente. Vuelve a llamar a Sor Maturina para pro­clamar muy alto su inocencia y preguntarle cuál le parece debe ser el castigo que se imponga a los culpables. Pero la reacción de Sor Maturina es la de implorar clemen­cia para ellos y pedir se absuelva a sus dos detractores. La Sra. Duquesa quiere que, al menos, los muchachos pidan perdón a la Comunidad; sin embargo, Sor Matu­rina con actitud suplicante expresa su deseo de no conocerlos, de ignorar quiénes han pretendido hacerles daño, para que su perdón pueda ser más total, más pleno.

Semejante aventura ha durado cuatro meses, largo período durante el cual el mayor sufrimiento de las Hermanas ha sido el de verse privadas de la Sagrada Co­munión. La Hermana Sirviente ha tenido, por fuerza, que reconocer sus imprudencias y errores… más adelante acabará por salir de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

El Señor Vicente no oculta su admiración por esta Hermana tan joven, tan animo­sa en la adversidad, tan abierta al perdón. Tampoco está tranquila ante la situación en que vive, pues tanto los Duques de Liancourt como los Sacerdotes de la Parro­quia, se están dejando influir, a las claras, por las ideas nuevas del Jansenismo.

La obra De la comunión frecuente, publicada en 1643, expone el concepto rigoris­ta de la moral cristiana sostenido por la nueva doctrina, especialmente en lo que se refiere a su desviación respecto a la gracia divina. Según Arnauld —autor de la obra— la Comunión es una recompensa sublime a la que sólo se puede aspirar de       manera extraordinaria y a costa de austeras penitencias. No faltan quienes opinan que sería preferible diferirla hasta el final de la vida.

El Jansenismo pone el acento en la profunda miseria del hombre pecador y en­tiende que todo pecado mortal exige una penitencia pública, penitencia que necesa­riamente ha de haberse cumplido para poder recibir la absolución. Quiere ello decir que se despoja de todo valor a dicha absolución y por consiguiente al perdón de Dios.

También pone de relieve la doctrina Jansenista que la gracia de Dios es indispen­sable al hombre para salvarse; pero esta gracia se concede sólo a algunos y se nie­ga a otros. Con ello queda limitada la libertad humana, encerrada en una especie de fatalismo.

Tal concepto tétrico, trágico, de la vida, que no admite ningún compromiso huma­no, ninguna concesión mundana, se fue extendiendo por Francia especialmente en las Comunidades religiosas. Muy atento y vigilante se mostró el Señor Vicente para que tanto Lazaristas como Hijas de la Caridad se mantuvieran fieles a la doctrina de la Iglesia. Sabemos, por ejemplo, que escribió largas cartas al Sr. Dehorgny que es­tuvo a punto de simpatizar con las ideas jansenistas.

Llamada a París Maturina Guérin, el Sr. Vicente la interroga sobre los puntos controvertidos: la comunión, la confesión, la penitencia, etc. Y cuanto más se prolonga la conversación, mayor es la admiración que le produce aquella Hermana joven que contesta con claridad y sin ambages a todas sus preguntas, aun las más difíciles. Al final, el Sr. Vicente no disimula su alegría, porque, verdaderamente, la fe de Matu­tina ha permanecido firme e intacta.

Esta admiración no se la comunicará más que a Luisa de Marillac, haciéndole re­saltar la prudencia y firmeza de la Hermana que ha sabido, en medio de tantas difi­cultades, mantenerse fiel a Dios y a la Iglesia. Y aconsejará a la Señorita que la deje en la Casa Madre, tomándola como Secretaria.

El 25 de diciembre de 1651, con 3 años de vocación y 20 de edad, Maturina Gué­rin recibe autorización para pronunciar por primera vez los votos de pobreza, casti­dad y obediencia para dedicarse al servicio corporal y espiritual de los pobres enfer­mos. iCuán grande es el gozo de su alma al ser totalmente de Dios!

One Comment on “Sor Maturina Guérin (1631-17049 (I)”

  1. muchas gracias, soy postulante y me toco exponer la vida de Sor Maturina Guerin y esto me a ayudado bastante.

    gracias y muchas bendiciones

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