Siervas de los pobres en el siglo XVII, ¿es posible?

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Fuente: Ecos 1998.
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Introducción

Cuando dirigimos la vista hacia los orígenes, descubrimos una Comunidad llena de dinamismo. La diminuta semilla arrojada en la tierra el 29 de noviembre de 1633, no tardó en crecer. Fueron llegando, numerosas, las jóvenes; se recibían peticiones de las parroquias de París, del campo, de otras ciudades. Se multipli­caron los compromisos contraídos. La acción llevada a cabo dio lugar al nacimien­to de obras ampliamente reconocidas por la Iglesia y la sociedad, como la asis­tencia pública, los cuidados a domicilio, la organización de los hospitales, las Sociedades de Vida Apostólica. Y no podemos por menos de soñar con ese gran árbol pleno de vitalidad y con la savia fuerte que le infundió el vigor. Soñamos… porque hoy la vida se nos muestra compleja y difícil: la Compañía envejece, el relevo se hace esperar, la legislación se complica cada día y no facilita la tarea, la secularización impregna la sociedad, lo «humanitario» sustituye a las obras de caridad…

Con demasiada facilidad olvidamos que las primeras Hermanas tropezaron con muchas dificultades. El entusiasmo de los comienzos se vio enfrentado a nume­rosas críticas: toda novedad se ve difícilmente aceptada. La vida religiosa con sus reglas y su estilo de vida era entonces conocida. ¿Era posible aceptar que unas muchachas, campesinas, llevaran una vida parecida a la vida religiosa, pero cir­culando por las calles, yendo a las viviendas pobres? En el transcurso de los años, las Hermanas habían logrado adquirir una habilidad que, a veces, llegaba a cho­car con las costumbres de los administradores en los hospitales, y de las Señoras de la Caridad en las Cofradías. Es siempre difícil verse aventajado o superado por aquéllos a quienes se considera inferiores. ¡Aquellas muchachas eran unas simples campesinas! Hasta en el seno mismo de la Compañía, la vida comunitaria llega a mostrarse llena de dificultades. La vida pobre, casta, obediente no deja de ser costosa. Surgen los conflictos.

Es interesante y posiblemente instructivo ahondar en esas dificultades con que tropezaron las primeras Hermanas. Acaso coincidan con las nuestras…

1. Una mirada dirigida a la Compañía de las Hijas de la Caridad

La Compañía de las Hijas de la Caridad, bajo la dirección del «señor Vicente» y de la «señorita Le Gras» adquiere un rápido desarrollo. Las Damas de la Ca­ridad, los Sacerdotes de la Misión se muestran atentos en suscitar nuevas vo­caciones. Pero esta Comunidad tan nueva, compuesta especialmente por mucha­chas campesinas, no deja de plantear interrogantes a más de una persona.

a) ¿Cuál es la verdadera finalidad de esta Comunidad?

En la región del Mans, no deja de preguntarse la gente cuál es la finalidad exacta de esta comunidad nueva. Desde hace ya varios años Francia se dedica a la colonización de Canadá. Hombres de las regiones del Maine, de Perché, de Anjou han sido requeridos para trabajar aquellas tierras y desarrollar en ellas el comercio. ¿Qué va a ser de estas muchachas que salen de París? El grupo en el que se las integra, ¿no está destinado a proporcionar a América mujeres, a las que, una vez allí, se las casará con los nativos, a los que se llama todavía «sal­vajes»? ¿No es acaso una trata de blancas instigada por esos nuevos misioneros de las aldeas?

Al señor Portail le cuesta mucho trabajo hacer comprender la verdadera iden­tidad de la «Pequeña Compañía». Insiste para que las muchachas procedentes de aquella región escriban a sus familias y a los señores en cuyas casas trabajaban. La sospecha arrojada sobre las Hijas de la Caridad puede, acaso, ser una expli­cación del fracaso que tuvo la implantación de la Compañía en el hospital del Mans.

b) ¿No es acaso una locura vivir una consagración a Dios en medio del mundo?

Las campesinas que se integraban en aquel nuevo grupo eran muchachas que deseaban consagrar su vida a Dios, sirviéndole en los pobres. Esta consagración, vivida en medio del mundo, se nos presenta como una locura. ¿Cómo podrán unas muchachas, fuera del claustro, guardar la castidad; cómo podrán, recorriendo las calles o los pueblos, vivir en obediencia? Los que así reaccionan son especial­mente algunos miembros de la Iglesia.

Regiones del oeste de Francia.

Y hay religiosas que se esfuerzan por atraer a sus monasterios a esas mucha­chas, llenas de generosidad, para ponerlas a resguardo de los peligros, que se imaginan ser muchos, y para hacer de ellas buenas Hermanas legas. Luisa de Marillac no duda en hacer ver su reacción a la Superiora de las Benedictinas de Argenteuil, pidiéndole que respete esa vocación, querida por Dios para el alivio de todos los excluidos de la sociedad, «pobres abandonados que se ven en toda clase de necesidades, y que no pue­den ser socorridos en las mismas si no es por los buenos servicios de esas jóvenes que se desprenden de todo interés, se entregan a Dios para el servicio espiritual y corporal de esas pobres criaturas que su bondad quiere considerar como a miembros suyos».

El Concilio de Trento había reafirmado la responsabilidad de los obispos con relación a todos los cristianos de sus diócesis. Muchos de aquéllos no aceptaban una vida religiosa fuera de un monasterio: el obispo de Lyon mandó enclaustrar a las religiosas de la Visitación de Francisco de Sales; el de Burdeos, a las hijas de Juana de Lestonnac. No es de extrañar que el de Nantes, que había dado su conformidad para la llegada de las Hijas de la Caridad al hospital, reaccionase de cara al modo de vida de las Hermanas. Juana Lepintre refiere a Luisa de Marillac el interrogatorio a que el obispo había sometido a las Hermanas:

«…su caridad vino al hospital con una gran hoja en la que estaban todas esas cosas sobre las que nos interrogó a todas… Pidió ver nuestras Reglas…»

Juana Lepintre reconoce que el obispo les dio muestras de mucha bondad, diciéndoles que estimaba su servicio en el hospital. Pero, sin embargo, concluye:

«…encuentra algo en el proceso de nuestro establecimiento que le choca…»

Vicente de Paúl que, a su paso por Nantes en abril de 1649, se entrevistó con Mons. de Beauveau, reconoce que éste acepta mal a aquel grupo de cristianas que no caen bajo su autoridad, a aquellas mujeres que dicen hacen votos y que no están en un claustro. Confiesa que no logró hacerle cambiar de parecer:

«…por más que le dije… no conseguí hacer desaparecer su aversión hacia esta obra…»

Al ver que no podía cambiar la manera de vida de las Hermanas, el obispo pensó en reemplazarlas por otras religiosas. Ya en el mes de julio estableció contacto con las Religiosas Agustinas del hospital de Vannes:

‹<…el señor obispo de Nantes emplea toda clase de medios para establecer en su hospital a religiosas del de Vannes…»

Aunque se prosiguieron las gestiones con mucho interés’, no lograron el resul­tado deseado. Las Hijas de la Caridad permanecieron en Nantes, en un clima muy difícil, hasta 1664.

c) ¿No es preferible la vida religiosa?

Las Hijas de la Caridad se ven así, en diversos lugares, enfrentadas a interro­gantes sobre su identidad. Oyen las críticas que se hacen sobre su modo de vida, la preferencia que se da ampliamente a la vida religiosa contemplativa, a la que se considera más noble, más bella. Algunas llegan a experimentar cierto malestar de cara a su vocación de siervas, y desean que su Comunidad se calque sobre el modelo de la vida monástica. Poco a poco se va formando un grupo contes­tatario en el seno de la Compañía, grupo animado, probablemente, por Ana Har­demont. Estas Hermanas rechazan el hábito, vestido humilde de las aldeanas, desprecian el sencillo tocado campesino y el apelativo de «Hermana» (la palabra hace pensar en las religiosas legas); les gustaría que se las designara con el apelativo de «Madres». Desearían contar con tiempo para estudiar la doctrina cristiana… Como saben que la Compañía ha sido fundada para el servicio de los pobres, proponen escindir dicha Comunidad en dos grupos. Luisa de Marillac expresa sus inquietudes:

«…introducir en ella como dos cuerpos en uno, es decir, el de las que se considera­rían aptas para tal empleo, que serían el cuerpo dominante y tendrían la pretensión de ejercer las funciones de santa (María) Magdalena (la hermana de Lázaro), y pon­drían bajo su autoridad a las que estuvieran empleadas en la visita de los enfermos y, poco a poco, las muchachas pobres no tendrían ya acceso a la Compañía, y las demás llegarían pronto a ser «damas»: ésta es ya la pretensión de varias.

Tanto en el siglo xvii, como en el xx, para conservar su identidad original, la Compañía necesitará estar atenta, mostrarse vigilante frente a las reacciones, a las presiones de la Iglesia y de la sociedad.

2. Una mirada a la vida de las Hermanas

La vida de aquellas mujeres entregadas al servicio de los pobres, que van y vienen por las calles, llama la atención, se la observa y a veces se la espía. Si suscita frecuentes sentimientos de admiración, no dejan de surgir también las críticas, a veces, con fundamento; otras, más o menos imaginarias, críticas que pueden llegar a la calumnia violenta

a) El contacto con el dinero

El dinero es una de las realidades de la vida de las Hermanas. Lo necesitan para socorrer y cuidar a los pobres, a los enfermos, para su propio alimento, para pagar la diligencia cuando tienen que viajar, etc. El contacto con el dinero puede llegar a ser una fuente de deseos confusos, difíciles de expresar y de controlar. En su gran mayoría, las Hermanas no habían tenido la costumbre de manejarlo: los campesinos tenían muy poco dinero: lo conservaban metido en una media de lana. Los intercambios comerciales se hacían en especie, ordi­nariamente.

En los lugares donde las Hermanas sirven a los pobres, las Cofradías o los administradores les abonan una cantidad para atender a las necesidades de los pobres y para cubrir las de la Comunidad. Además, los Fundadores insistieron en el trabajo. En el siglo xvii, la palabra «trabajo» indica trabajo manual. Para tratar del servicio a los pobres, se utiliza el término «empleo». Si no se trabaja manual­mente, como lo hacen las campesinas, es asemejarse a los ricos que viven de sus rentas. Entre las Hermanas, unas hilan el lino, otras cosen o se encargan de lavar ropa. Otras preparan dulces. Las que están en el campo, crían animales. Ese trabajo produce determinado beneficio. Rápidamente, las Hermanas descubren que el dinero facilita la vida, permite proveerse de todo lo necesario. Algunas llegarán a desear poseer dinero. Y se dedicarán a «trabajar» con exceso. ¿Cómo no dejarse dominar por la ambición de ganar? Algunas Hermanas, para evitar que llegue a faltarles, van a arreglárselas para hacerse con pequeños ahorros. Vicente de Paúl habla prólijamente de esto en la Conferencia del 26 de agosto de 1657, partiendo seguramente de hechos concretos vividos en diferentes lugares:

<‹Por lo que se refiere a las que manejan los bienes de los pobres, ¡ah! es preciso que lo cumplan fielmente; hacer todo como si se pesase oro y, bajo ningún pretexto, decir jamás que una medicina cuesta más cara que lo que ha costado»’.

‹<…resolveos a no quedaros nunca con nada del bien de los pobres ni del vuestro, y a ahorrar aquél del que tenéis la disposición. Acordaos de que éste es el nudo de vuestra Compañía y lo que la mantendrá en buen estado, como lo veis por lo que hemos dicho» 10.

Maturina Guérin, en su documento sobre las virtudes de Luisa de Marillac, recuerda cómo Magdalena Riquet, escogida como Hermana Sirviente para la nueva implantación de Cahors, no pudo resistir a la tentación de apropiarse del dinero. Desapareció en cuanto tuvo en mano la bolsa para el viaje:

«Ya se habrá enterado de que una Hermana de la que se esperaba mucho, habiendo sido destinada para el establecimiento de Cahors, se fue cuando todo estaba preparado para partir»‘1.

En varios lugares pesaron sobre las Hermanas sospechas de robos. A su paso por Nantes, san Vicente oyó las quejas de los Administradores:

«Encontré a las pobres Hijas de la Caridad al término de una gran persecución de que han sido objeto. Se les acusa de una infinidad de cosas; la principal es que se apropian del bien de los pobres… de que todo iría bien en el hospital sin las Hijas de la Caridad, que cumplían muy mal con su deber y, lo que es peor, que arruinaban el hospital y robaban.

En La Fére, a María Marta Trumeau y a su compañera se les acusó de haber guardado para ellas el dinero que la reina había dado para los soldados heridos 13. Las Hermanas de Angers no se libraron tampoco. Luisa de Marillac pide explica­ciones al abad de Vaux:

«…esos señores aseguran haber visto a tres de nuestras Hermanas, de noche, hacer paquetes y arrojarlos por las ventanas…«

Las Hermanas tuvieron que afrontar una cuestión muy actual. ¿Cómo vivir la transparencia en el manejo del dinero, en las cuentas, para evitar toda sospecha?

b) La vida de castidad

Consagrarse a Dios para servirle en los pobres, comprometerse en la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad para vivir esta consagración, implica la opción de una vida de castidad. Pero la naturaleza humana está siempre presente, explica Vicente de Paúl:

«…a una le gusta tratar con los hombres, no le molesta que le digan ciertas palabras, les responde y se entretiene con ellos, incluso con algunos confesores fuera de la confesión, se pasa el tiempo hablando de cosas que no son urgentes ni necesarias, sino para pasar el rato.

Inmersas en el mundo, es normal que las Hijas de la Caridad encuentren dificultades para vivir el celibato consagrado. Algunas tienen actitudes que sorprenden. En 1636, las Hermanas del Hótel-Dieu informan a san Vicente acerca del comportamiento de la última que ha llegado:

«La joven de la señorita Viole (enviada por ella)… escandaliza a causa de sus maneras de actuar con muchachos que vienen a verla».

Las Hermanas viven en una habitación de alquiler, cerca del Hótel-Dieu: los habitantes conocen las idas y venidas de muchachos!

Maturina Guérin, que acaba de llegar a Liancourt, se ve sorprendida de lo que pasa en su comunidad. La Hermana Sirviente come con las familias, participa en bodas, recibe en los lugares reservados a la comunidad a quienes desean verla, tanto hombres como mujeres, y a cualquier hora. Invita a sus compañeras a acompañarla en las distintas salidas. El día de san José, Maturina y su compañera van a confesarse con el párroco, como lo hacen habitualmente. El señor cura despacha a Maturina diciéndole brutalmente:

«Usted no es más que una pérfida, no puedo darle la absolución. Viene a acusar­se de faltas ligeras, pero no habla de los enormes pecados que comete».

Maturina no comprende. Sin replicar nada, se retira junto con su compañera que ha recibido la misma respuesta. Poco a poco se van dando cuenta de que se han convertido en el hazmerreír del pueblo. Se burlan de ellas, se las trata de «mujeres de mala vida». En Pascua se les niega la comunión. Se van dando cuenta de que, progresivamente, se las va separando de la Iglesia.

El párroco, interrogado por la duquesa de Liancourt, cuenta lo que dos mucha­chos jóvenes le han dicho: han visto a hombres que iban a casa de las Hermanas en plena noche, y también durante la misa mayor de los domingos y días de fiesta. Los dos muchachos daban tantos detalles que era imposible no creerlos. Varios meses de sufrimiento para las compañeras hasta que se hizo la luz: los dos muchachos habían inventado la historia con todo detalle. La Hermana Sirviente comprendió entonces su falta de prudencia y sus errores. Poco después, saldría de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

En Nantes, Isabel Martín, la Hermana Sirviente, trató de hacer comprender a su compañera, Catherine Bagard, lo ambiguo de su actitud con relación a uno de los capellanes. Pero sus observaciones no produjeron efecto alguno. Muy afligida, confió su pena a Luisa de Marillac:

«…querida Madre… le escribo con las lágrimas en los ojos. Hace un momento acabo de oír en el desván al señor capellán y a sor Catherine conversando juntos con unas risotadas interminables. Parece que hubiera por allí ciervas o lie­bres…»

La conducta de Catherine da lugar a que se formen dos «clanes» en la comu­nidad: uno de ellos apoya a Catherine; el otro queda próximo a la Hermana Sirviente. Esta división comunitaria tiene una repercusión en el servicio: se descui­da a los enfermos; algunos mueren sin atención espiritual. Llamada a París, Ca­therine Bagard abandona la Compañía y se apresura a regresar a Nantes.

En otros lugares hay muchachos que corren tras las Hermanas jóvenes: es el caso de la parroquia de San Juan, en París. Juana Baptiste acepta el cambio que se le propone. Y cuando sepa que las Señoras de la Caridad la reclaman y que el párroco lamenta haber perdido a una buena sierva de los pobres, no duda en negarse a atender aquellas peticiones: está segura de lo que ha decidido. En Cháteaudun, Bárbara Angiboust pasará por muchas dificultades para defender a sus dos compañeras jóvenes de las pretensiones del muchacho cocinero del hospital. Ana Bocheron recuerda cierto atardecer:

«Un día vino un muchacho empleado de los sacerdotes que quería entrar en nuestra casa para encender su candela, cuando ya nosotras nos habíamos reti­rado. Ella no quiso permitirle la entrada, aunque él insistía mucho, tanto que llegó a golpearla. Ella lo soportó con tanta paz, que poco después volvió el muchacho a pedir perdón»».

Vivir la consagración en medio del mundo supone una opción radical, opción que el mundo no comprende y hacia la cual se muestra con frecuencia incrédulo.

c) La vida fraterna en comunidad

No es fácil hacer que vivan juntas personas procedentes de regiones y de ambientes sociales distintos. En casi todas las comunidades, ya estén compuestas de dos o de diez Hermanas, el soportarse, la tolerancia, resulta una dura realidad. Reconocerse «como Hermanas a las que Dios ha unido con el vínculo de su amor» es una propuesta hecha por san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac desde los comienzos de la Compañía. Pero la experiencia muestra que es muy difícil vivir con una Hermana de temperamento opuesto al nuestro: la encontramos demasia­do triste o demasiado alegre o de mal humor. Luisa de Marillac constata que:

«…con frecuencia juzgamos las intenciones de nuestras Hermanas de manera muy distinta a la verdad».

La vida, día a día, revela más los defectos, las manías de las compañeras que la belleza de su consagración al Señor. En la Casa Madre, la vida fraterna no es más fácil que en las comunidades poco numerosas. Algunas Hermanas critican lo que se vive, murmuran contra la Superiora General. Maturina Guérin, que vivió muchos años junto a la Señorita, no puede callar lo que ha visto:

«(Algunas) murmuraban contra ella… encontraban qué decir contra lo que hacía, y… le hablaban con frecuencia con pasión…»

Maturina habla especialmente de una Hermana que no nombra, por discreción:

«Con frecuencia causaba desorden, hablaba tan desafortunadamente, cuando estaba enfadada, que sorprendía. Cuando había descargado toda su hiel, la Señorita no dejaba, mediante palabras discretas, de dar a entender que había que excusarla. Unas veces decía que era por franqueza o por alguna debilidad de espíritu, que le hacía eso más soportable que el guardar alguna cosa en el cora­zón».

d) La función de Hermana Sirviente

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac quisieron que hubiera una Hermana respon­sable en cada comunidad. Las primeras Hermanas Sirvientes quedaron instituidas desde el 30 de julio de 1634, pero rápidamente se enfrentaron con el problema con que tropieza toda autoridad. ¿Cómo vivir esa autoridad, cómo ejercerla?

Algunas descubren el poder que va unido a la autoridad. Bárbara Angiboust es dura en sus reacciones con sus compañeras. En Richelieu, en 1639, Luisa Ganset con gran libertad organiza sola su vida. En Bernay, en 1655, Lorenza Dubois, mucho más joven, experimentará un gran temor ante aquella antigua» de la Compañía. En el hospital de Angers, Magdalena Mongert es muy terminante: sus reacciones, a veces violentas, exasperan a sus compañeras. María Marta Trumeau y Petrita, de Sedan, hartas de los enfados de su Hermana Sirviente, hacen sus maletas y regresan a París. Luisa queda sorprendida ante su llegada, pero no así de las razones que han provocado su marcha:

«Ya me temía yo que su severidad (la de sor Magdalena) había contribuido a tan rápido regreso», escribe al abad de Vaux.

Juana de Loudun, como reacción, va a encerrarse en el mutismo y en la anorexia. De ella se trató en el Consejo del 20 de junio de 1647:

«Se cuestionó el asunto de si debía despedirse a una Hermana joven, procedente de Loudun, que a la sazón se encontraba en Angers, porque manifestaba querer marcharse y porque, además, era de mal carácter, que, a veces, la hacía pasar tres o cuatro días sin que hablase a nadie y sin comer».

El cambio de la Hermana Sirviente, unos meses más tarde, le permitirá a Juana recobrar el equilibrio.

Francisca Carcireux encuentra también dificultad en situarse en su función de Hermana Sirviente. Le gusta mandar, pero no se apresura a echar una mano a la tarea. Luisa de Marillac le escribe a Narbona:

«(Hay que) … ver con claridad la diferencia entre una Hermana Sirviente que dice: hagamos, y otra que se contenta con decir: haga usted, y no echa la mano al trabajo; porque, el primer caso es colocarse en situación de igualdad con sus Hermanas, y en el último se excluye una de la igualdad y del trabajo y se acantona en su autoridad».

En Cahors, María Marta Trumeau, muy austera de temperamento, se muestra poco afable con sus dos compañeras. El señor Fournier, sacerdote de la Misión, que hace la visita a la comunidad, escribe a Luisa de Marillac:

«Creo que no habría nada que desear en su dirección si acompañase sus adver­tencias y negativas con mayor dulzura».

Otras Hermanas Sirvientes prefieren dimitir ante la tarea. Isabel Martín no con­sigue mantener la cohesión en la comunidad de Nantes. Todas quieren mandar y no se sabe ya qué es lo que hace cada una. Las críticas surgen por todas partes, especialmente en desfavor de la Hermana Sirviente. Se critica su manera de servir a la mesa, la confesión aprovechando el paso de un sacerdote y hasta sus lágri­mas ante la falta de bondad de sus Hermanas. Margarita Noret se encuentra a disgusto ante la actitud de sus compañeras:

«Tengo el espíritu muy dolido al ver todo lo que pasa… Le aseguro que son tantas las cosas contrarias a nuestras reglas, en primer lugar, las resistencias que hacen frente a sor Isabel (Martín), de la que con frecuencia se mofan… y la rechazan con acritud».

El problema autoridad-obediencia siempre ha sido problema difícil de vivir en el seno de las comunidades.

3. Una mirada al servicio de los pobres

a) ¿A quiénes sirven?

La elección de los pobres no planteó problema durante los primeros años: las Hijas de la Caridad iban hacia los enfermos pobres que no tenían otra ayuda más que la que ellas les llevaban. Después, poco a poco, fueron apareciendo nuevas necesidades, se emprendieron nuevos servicios, entre ellos los Niños Expósitos, los Galeotes, las niñas pobres sin instrucción. Enviadas a aldeas de provincias, las Hermanas recorrían los campos para socorrer a los pobres enfermos a domicilio. Muchas, allá donde iban enviadas, perciben muy pronto otras llamadas. ¿Cómo van a responder a ellas?

En muchos lugares, los padres de las niñas que van a la escuela les piden que reciban a los hermanitos pequeños porque en la casa no hay nadie para guardar­los. ¿Qué hacer en aquella época en que la escuela mixta está formalmente prohibida tanto por los edictos del rey como por lo de los obispos? Aceptar a los niños juntamente con las niñas es exponerse a procesos y, sin duda, a ser que­madas vivas en una hoguera en medio del pueblo. Negarse es correr el riesgo de no poder atender a las niñas pobres. Después de una larga deliberación en el

Consejo del 30 de octubre de 1647, san Vicente opta por la no aceptación de los niños, aunque sean pequeños.

Pero, ¿cómo van a comportarse las Hermanas a quienes se impone la presen­cia de niños en su escuela? Las Hermanas de Polonia exponen su inquietud a san Vicente. A pesar de lo que indican sus reglas, han tenido que recibir a dos niños en medio de las niñas. ¿Qué hacer escriben— ya que conocen «las malas costumbres que hay en ese país?

Maturina Guerin tendrá los mismos problemas con el gobernador de Belle-Ile­en-Mer, quien apoya la petición de la esposa del recaudador, que quiere abso­lutamente enviar a su hijo de siete años a la escuela de las Hermanas. ¿Cómo resistir a la presión que ejerce Nicolás Fouquet, el Superintendente de Finanzas de Luix XIV? Maturina expone el problema a san Vicente.

«Le he dicho que no podíamos y que, para mostrarle que no es por desprecio, como dice ella, que iba a escribirle a usted sobre esto. Si cogemos a éste, hay ya otros que han pedido para los suyos. Por eso, Padre, usted ordenará lo que crea. Lo que le pido no es un permiso para mostrárselo, sino una carta que les haga ver que esto no es posible.

La relación con aquéllos a quienes se denomina «los grandes» resulta con frecuencia difícil para las Hijas de la Caridad. ¿Cómo decirles <no», cuando las campesinas han aprendido, desde su más tierna edad, la obediencia al «señor» del pueblo? ¿Qué responder a la duquesa de Harcourt que pide a Ana Hardemont que vaya a asistirle en su primer parto? Esta juzgó conveniente ir… ¿Es posible negar a asistir a un bienhechor en sus últimos momentos? Juana Lepintre, Herma­na Sirviente en Chateaudun, fue a Orleans a casa del señor De Franqueville y le asistió en el momento de su muerte. A una y a otra, san Vicente les recuerda la finalidad de la Compañía:

«Con frecuencia nos urgen en París para que permitamos a las Hermanas atender a otros enfermos distintos de los pobres, pero no podemos consentir que les sirvan… porque ellas están sólo para atender a los que no tienen a nadie que les asista…»

La reina de Polonia, María Luisa de Gonzaga, que fue Dama de la Caridad un París antes de casarse, desea ayudar a los pobres de su reino. Prepara una casa y acoge en ella a mujeres miserables. Las Hermanas saben que, en Francia, no les está permitido ocuparse de las prostitutas: era una precaución para que el mundo no confundiera a las Hijas de la Caridad —que iban a todas las casu­chas— con las «mujeres de mala vida». Pero, en Polonia, piden a las Hermanas que sirvan precisamente a esas pobres:

«Tenemos aquí diecisiete mujeres con nosotras… unas tienen tiña, otras, no nos atreveríamos a nombrar la enfermedad que tienen. En Francia no quieren que sirvamos a tales personas; pero aquí nos sentimos dichosas de tenerlas entre nosotras».

¿Cómo van las Hermanas responder a todas las realidades concretas que las interpelan?

b) ¿Cómo sirven?

Cuando las primeras jóvenes llegaron a servir en las Cofradías a ejemplo de Margarita Naseau, asumían todos los servicios que las Damas no podían prestar fácilmente, dada su situación. Todas estas tareas «humildes y bajas» de que habla el acta de aprobación de la Compañía facilitan la relación directa con el pobre, permiten dialogar con él, decirle «una buena palabra».

Cuando las Hermanas fueron a los hospitales, los Fundadores velaron para que se consagrasen totalmente al servicio de los enfermos. Todo lo referente a la administración, a la economía, seguía estando a cargo de los administradores. Pero, estar siempre dentro del hospital es exigente y un poco desmoralizante. Algunas van a buscar ocasiones para salir: qué mejor oportunidad que la de ir a comprar las provisiones, recorrer el mercado… Juana Lepintre, a su llegada a Nantes, se sorprende ante la situación y pide explicaciones a Luisa de Marillac. Esta recuerda el contrato firmado con los administradores:

«Todo lo que me dice usted que hacen las Hermanas es completamente con­trario a los acuerdos que hemos firmado con los señores Padres, como ir al mercado fuera; no había que ir más que para el pescado y las aves, lo que debe hacerse en menos de una hora. Porque por lo que hace a las hierbas, fruta, huevos, etc., todo esto tenían que traerlo a la casa las vendedoras; la mantequilla forma parte de las provisiones (o despensa) de la casa que los señores Padres habían prometido tener, lo mismo que la leña, el vino, vinagre, aceite y otras cosas necesarias».

Enriqueta Gesseaume, con el pretexto de coger todas las flores y plantas necesarias para preparar los medicamentos, recorre alegremente los campos. El aire allí es más puro que en el hospital. Luisa manifiesta su extrañeza:

«…hable de ello al señor Lamberto (que está haciendo la visita) espero que él dará ordenes… para impedir que las Hermanas salgan al campo a buscar las hierbas. No hay por qué proveer de tal manera su botica, basta con que tenga los medicamentos corrientes y más necesarios…»

Juana Lepintre, nombrada Hermana Sirviente de Cháteaudum, olvidará las recomendaciones de Luisa de Marillac. Con el pretexto de las compras para los pobres del hospital hará un viaje a Orleans. Vicente de Paúl muestra qué fácil es engañarse a sí mismo, creyéndose más capaz que los demás.

«El pretexto ha sido ir a comprar ropa o muebles para el hospital, o medicinas para los enfermos, o las dos cosas a la vez; pero, ¿no hubiera hecho bien todo esto alguna otra persona? Y sí uno de esos señores administradores se hubiera encargado de hacerlo, ¿cree que no hubiera acertado? Ellos entienden de esas compras lo mismo que usted; o, si la persona que ellos hubieran podido enviar hubiera necesitado alguna ayuda, ¿no habría encontrado algún amigo en aquel sitio, como todos lo tienen, para escoger los géneros y valorarlos? No cabe duda de ello. ¿Cómo lo hacían antes de que fuera usted?»

Luisa de Marillac insistió siempre en la formación necesaria para servir a los pobres, formación sanitaria para las que sirven a los enfermos, formación peda­gógica para las que enseñan a las niñas, formación específica para anunciar a Jesucristo. Para algunas, esta formación será una ruda exigencia, pero otras des­cubrirán la alegría de aprender, de saber. Así, Juliana Allot se las da de sabia explicando el catecismo a los niños y a los enfermos del hospital de La Fére de una «manera… llamativa y brillante. Isabel Turgis desea estudiar el catecismo de Belarmino, escribe estimulada por el Concilio de Trento.

Luisa de Marillac ha observado que las que desean con mucha pasión, «con ansiedad», según su expresión, una formación más elevada, abandonan poco a poco las tareas más bajas, por falta de tiempo o por desprecio de lo que les parece poco digno de su saber.

«…habiendo Dios escogido a jóvenes aldeanas para el establecimiento sólido do las Siervas de los Pobres Enfermos… las que… entrarán con ansiedad en domos de leer… y aparentar ser competentes… se esforzarían en aprender, dejarían de lado los trabajos y el aplicarse a la práctica de la mortificación… y de que esto es verdad, ya tenemos algún ejemplo en la Compañía,«.

Las humildes tareas del servicio a los pobres son difíciles, exigentes. Por eso, algunas Hermanas trataban de esquivarlas, de reemplazarlas por otras que eran, también, para el bien de los pobres. Para las primeras Hermanas era a veces difícil no torcerse, no desviarse de la orientación general del designio de Dios sobre el servicio a los pobres en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

c) ¿Con quiénes sirven?

A su llegada a las Cofradías de la Caridad de París en 1630, las primeras siervas de los pobres iban a las casas de las Damas a buscar la marmita de sopa que éstas preparaban y se daban a las Hermanas las consignas para la jornada. Después de la fundación de la Compañía en 1633, se mantiene esta situación. Las Damas se encargan de lo que hoy llamamos la administración, como los Padres de los pobres (administradores) lo hacen en los hospitales. Es difícil hablar de una situación de colaboración. En el siglo xvii, se trata más bien de una situación de subordinación de las Hermanas hacia quienes detentan el poder.

La comprensión del servicio a los pobres y su puesta en práctica van, muy pronto, a provocar tensiones. En Bernay, a las Damas les gustaría, para facilitar el servicio, organizar una casita con el fin de acoger allí a los pobres enfermos. ¡Adiós a las visitas a domicilio, base del servicio original de la Compañía! Además, ¿no es atentar a la libertad de los enfermos obligarles a ir a ese hospital? ¿Cómo va a poder una Hija de la Caridad defender lo que aparece como una exigencia del servicio de los pobres, frente a las Damas que administran el dinero para este servicio? Luisa de Marillac calma, a este respecto, la amargura de Lorenza Du­bois:

«No me extrañan todas sus dificultades con las señoras; es corriente allá donde hay hospitales unidos con la caridad de las parroquias, que se den des­avenencias, sin que haya culpa por parte de unos ni de otros. Es que cada uno se cree obligado a defender aquello de lo que está encargado».

El servicio a los galeotes es difícil. Un día, un detenido descontento de Bárbara Angiboust golpea la marmita de sopa que ella iba a servir echándosela al rostro. Sufrir a causa del servicio es normal, pero ¿es posible hacer sufrir a los pobres? En 1652, la Duquesa de Aiguillón, Dama de la Caridad muy activa, pide a una de las Hermanas que designe a los galeotes que, por su comportamiento, pueden ser libe­rados. A los demás se les llevará «a la cadena», a las galeras del rey. ¿Podía esta Hermana participar en esa elección? ¿No se veía en peligro de cometer una injusti­cia basándose en las injurias o alabanzas que había recibido de ellos? Incluso entre los galeotes había jarros de vino para ganarse la voluntad de los guardias. Luisa de Marillac comunica a san Vicente los interrogantes de la Hermana:

«…ella no puede tener conocimiento de esos hombres sino por el trato que ellos le dan, unos la injurian, otros la alaban, y siendo así, puede cometer una injusticia; otra dificultad es que algunos de ellos ofrecen dinero a su capitán y al conserje, los cuales ya han empezado a reñirla y acusarla de ser la causa de su desorden; y la tercera dificultad es que los que continúen encarcelados, en la «cadena», creerán que ella tiene la culpa.

En los hospitales, los administradores no vacilan en confiar a las Hermanas el trabajo por el que no quieren pagar a otro personal: lavadero, farmacia, prepara­ción de curas, etc. Algunas veces las Hermanas son del mismo parecer pensando que así pueden servir mejor a los pobres. Cecilia Angiboust, llena de vida y de amor a los enfermos, no duda en aceptar todos esos servicios:

«Le ruego, querida Hermana, que no se recarguen de ocupaciones… compro­meterse a hacer ustedes las coladas, aun cuando fueran un número mayor, les daría demasiado trabajo».

Pero las Hermanas, cuyo número no ha aumentado, tienen dificultad para seguir el ardor emprendedor de su Hermana Sirviente; varias de ellas piden su cambio.

En Nantes, los administradores, por ahorrar, deciden reducir el número de Hermanas y envían tres a París. Nicolasa Harán, la Hermana Sirviente, comunica su inquietud a Luisa de Marillac, porque la comunidad no podrá asumir todo el trabajo:

«…no podemos quedarnos sólo seis, a menos que nos descarguen de la cocina y de la botica…

Su llamada queda en letra muerta. Agotada por el trabajo, Nicolasa se dirige entonces a Vicente de Paúl:

«Estamos agobiadas de trabajo y sucumbiremos si no se nos ayuda. Me veo obligada a escribirle estas líneas por la noche, al mismo tiempo que velo a los enfermos, porque durante el día no hay ningún momento libre; mientras le escribo a usted, es necesario que exhorte a dos moribundos. Voy unas veces a uno y le digo: «Amigo, levante su corazón a Dios, pídale misericordia». Después, vuelvo, y le escribo a usted dos líneas; luego, corro al otro: «¡Jesús, María! ¡Dios mío, espero en Vos!» Otra vez vuelvo a mi carta; así, voy y vengo y le escribo en distintas veces con el espíritu dividido. Por eso le suplico muy humildemente que nos envíe una Hermana».

¿Cómo conciliar voluntad de los administradores, servicio a los pobres y equi­librio de la Comunidad?

En las parroquias, las Hermanas tienen que afrontar las exigencias de los párrocos. Se percibe al sacerdote como a un hombre de Dios que ha sido con­sagrado a su servicio. Vicente de Paúl insiste mucho en el respeto que se les debe a los sacerdotes. ¿Cómo podrán las Hermanas discernir lo que es justo y lo que es erróneo en sus afirmaciones?

En Chars, el párroco jansenista quiere imponer a la Comunidad prácticas nuevas. A las dos Hermanas les resulta difícil discutir de teología y saber si hacen mal comulgando sin confesarse como lo recomienda el párroco. Se preocupan cuando éste les dice que no tienen necesidad de escuchar a los Superiores y que únicamente le deben obediencia a él, párroco de su parroquia. Pero las Hermanas se van a rebelar cuando quiere obligarlas a dar latigazos en público a una alumna de doce años; se niegan a faltar así al respeto a una niña. La parroquia se divide en dos clanes, uno a favor de las Hermanas y el otro a favor del párroco. Situación inextricable para las humildes siervas de los pobres. Es indispensable retirar a la Comunidad.

Las mismas Hermanas van a interrogarse sobre el servicio a los pobres. En algunas aparecen señales de cansancio. ¿Por qué fatigarse tanto en ir a buscar a los pobres?; ¿no se puede esperar a que ellos vengan a nosotras? Isabel Turgis ya no tiene valor para recorrer los caminos de los campos en torno a Chars para visitar a los enfermos en sus casas:

«…tiene usted motivo de humillación por no tener trabajo, o al menos tan poco…»

«¿No tienen ustedes enfermos que atender en los pueblecitos cercanos?»

Su compañera, Marta, se instaló en una vida tranquila. Este fue también el caso de Ana Levies en Bernay:

«Sor Ana, ¡Dios mío! ¿qué hace usted? Si no se encuentra bien, le diré lo que otras veces le he dicho, que hay que trabajar porque la holgazanería fomenta el pecado en el alma y la indisposición en el cuerpo» 18

Sor Santos, Hija de la Caridad de Morainvilliers, enferma, ha sido acogida por la Duquesa de Buillon en su palacio. Renata, su compañera, la ha acompañado. La vida en este lugar es tan fácil que la estancia se prolonga. Luisa de Marillac constata:

«Hace ya más de un mes que me habían dicho que no salía del palacio…»19

La búsqueda de una vida fácil puede llevarnos progresivamente al abandono del servicio a los pobres.

Otras Hermanas se encuentran invadidas por un sentimiento de impotencia ante la inmensa miseria de los pobres. Durante la guerra civil de la Fronda, Angers se ve asaltado por una multitud de refugiados que huían de los combates. ¿Cómo nutrirlos y cuidarlos a todos? Falta el alimento, la mortalidad es grande. Las Her­manas están agotadas de cansancio: el sentimiento de no haber podido socorrer bien a todos aquellos hombres, mujeres y niños las deprime. La comunidad de Brienne, que se encontraba en los lugares de combate, se ve invadida por los mismos sentimientos de angustia. ¿Qué hacer? Duro interrogante que se repite con frecuencia ante la impotencia de los hombres y también ante lo que parecía impotencia de Dios.

Conclusión

La vida de las primeras Hermanas no fue una vida fácil. A pesar de sus debilidades, de las críticas y de las calumnias, sirvieron a los pobres de su tiempo. Ellas permitieron a la Iglesia redescubrir el verdadero lugar de los pobres y per­mitieron la emergencia de la vida religiosa apostólica. Todo esto se vivió gracias a Vicente de Paúl y a Luisa de Marillac, quienes les recordaban incesantemente las exigencias de una vida «totalmente entregada a Dios para el servicio de los pobres».

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