¿Secularidad o religiosidad de la Congregación de la Misión?

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: José Herrera · Fuente: Anales españoles, 1968.
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Se trata aquí de aclarar conceptos con vistas a la actualización de la Congregación de la Misión, o de su puesta a nivel de los tiempos modernos que se proyecta realizar en la próxima Asamblea general. Y entiendo por secularidad el carácter de clero secular que, según unos, ha de ostentar su condición canónica y por religiosidad el carácter de clero regular o religioso, al que otros de- sean adscribirla. Se trata, ante todo, de descubrir la mentalidad del Fundador, desgajada de las circunstancias coyunturales contem­poráneas y situarla en las de hoy y en las de inmediato futuro, y adivinar o profetizar su pensamiento actualizado, o, en otros términos, averiguar si San Vicente dio a sus dos Congregaciones el carácter secular para sacarlas adelante, por ser las circunstancias adversas a la fundación de nuevas Ordenes religiosas, o porque consideraba que la secularidad hacía más capaz su instrumentalidad pastoral en la gran tarea de la construcción de la Iglesia y si él, en estos tiempos, seguiría, por parecidas razones, manteniéndolas en la secularidad.

MI OPINION.—Para los que hayan leído atentamente mi vida de San Vicente, especialmente en la segunda edición de la B. A. C., sobre todo sus capítulos II y XII  del libro III, no les será difícil adivinar mi pensamiento, favorable en absoluto a la secularidad, como elemento esencial en aquella época y al menos muy conveniente a las dos Congregaciones vicencianas en los tiempos de hoy.

Convengo y disiento. Convengo, con mi dilecto amigo P. Ircio, en que en los primeros documentos no aludió San Vicente a lo de secularidad, pero tampoco aludió a la religiosidad de sus obras. Ni hacía falta. También es cierto que las circunstancias y ambientes sicológicos y jurídicos de la época, tanto en Francia como en Italia eran adversos a nuevas Congregaciones de tipo religioso; pero este ambiente no impidió que varios de los más prestigiosos misioneros, con el fin de dar a la naciente Congregación una estabilidad jurídica, la quisieran vincular con el carácter religioso, cuya insistencia y tozudez sólo pudo quebrantar el santo con su paciencia y con su ciencia jurídica, viéndose obligado a revolver las obras de los juristas clásicos, como Lugo, Suárez, Navarro, Layman, Lessio, Azor, Silvestre, santo Tomás, la glosa Clementina y otros autores de nota, con cuyos materiales construyó la teoría de nuestros votos, que por no ser hechos «in religione approbata», ni recibidos en nombre de la Iglesia, son simples y privados, que vinculan y dan estabilidad a sus miembros, pero no tienen capacidad para sacarlos de la secularidad y hacerlos religiosos. Con este estudio derribó la resistencia de la mayor parte de los misioneros que no querían hacer los votos, teme-rosos de que éstos les convirtieran en religiosos.

Tres elementos de integración religiosa. Se alega de que tenemos exención, vida común y Reglas, tres elementos primordiales en la vida religiosa; pero esta dificultad es más especiosa que real.

A) En cuanto a la exención, la de los religiosos no sólo era de índole interna, sino también de índole ministerial, de donde las frecuentes y ruidosas colisiones de su derecho con el de la Jerarquía, que han quedado prácticamente eliminadas por el «Codex novi iuris», al ser recortados los privilegios exorbitantes que tenían los religiosos en sus ministerios. La exención que pedía San Vicente en su solicitud al Papa de 1628 se reducía a tres puntos: al régimen interno, a la administración de los bienes de la Congregación y a los destinos de los misioneros; pero dos de las cinco máximas fundamentales se pueden reducir a la célebre consigna de San Ignacio de Antioquía: «Nihil sine Episcopo et nihil sine presbyteris», puesta hoy en el primer plano de la pastoral. Por demás, sabido es el respeto y la obediencia de San Vicente a los Obispos y Párrocos y su doctrina sobre este punto. Esta exención la explica Alejandro VII en el breve «Ex commissa nobis»: «Decretamos que la dicha Congregación sea exenta de la jurisdicción de los Ordinarios de lugar en todas las cosas, excepto en las personas que por los Superiores de la misma Congregación fueren destinados a las Misiones, quienes quedarán sujetos a los mismos Ordinarios únicamente en cuanto a las Misiones y en lo que a ellas se refiere, sin que por esta excepción dicha Congregación sea contada en el número de las Ordenes religiosas, sino que ha de ser del cuerpo secular.»

Aún, una exención tan limitada no agradaba al P. Blatirón, uno de los grandes misioneros de la época, porque creía que con ella «nuestros señores los Obispos se iban a disgustar»; pero «yo—le escribía el Santo, y cosa parecida le escribió al P. Jolly—os puedo asegurar que en ninguna manera he contribuido a la explicación que de ella da el dicho Breve; nada he escrito sobre ello, ni de cerca ni de lejos. Todo ha sido obra de los doctores a quienes el Papa ha comisionado para el asunto, los cuales han juzgado oportuno extenderla en el sentido en que está redactada». Por lo demás, añade al P. Jolly, «los señores Obispos no tienen motivo para disgustarse, teniendo, como lo tienen, un poder absoluto sobre nuestras funciones exteriores. Cuando algún misionero es especialmente útil o necesario en algún ministerio diocesano, la sabia legislación, como es el caso de las parroquias o de los seminarios, o el buen tacto de los superiores en otros no previstos, evita los prejuicios que un traslado imprevisto pueda causar en una diócesis. San Vicente de Paúl y el cardenal Du­razzo son un ejemplo típico de este sabio entendimiento, y el resultado feliz fue el equipo misionero de Génova, capitaneado por el incomparable Esteban Blatirón, el cual, temeroso de que el gran pensamiento del Fundador, de hacer de los misioneros un cuerpo volante al servicio de los Obispos se quedara en el aire si éstos se hacían religiosos, gritaba en la asamblea de 1642: «Somos coadjutores de los Obispos, que llevarán a mal nuestros votos reservados… los cuales nos hacen pasar en Italia por ser reli­giosos; y de escoger religiosos escogerían a otros más sabios que nos‑ otros, como los jesuitas…» Sin embargo, el cardenal Durazzo, buen conocedor del equipo misionero, que él manejaba en Génova, no tuvo inconveniente en apo­yar en la Curia romana la aprobación de nuestros votos, después de recibir de San Vicente la seguridad de que no nos hacían religiosos.

B) En cuanto a las Reglas, son muy distintas de las clásicas de las Ordenes religiosas, no sólo de las de la Edad Media, sino también de la Moderna. Se dice que están calcadas sobre las Reglas de los jesuitas; pero la influencia, no en el calco, que no existe, es mínima. San Vicente no sabe calcar y aun en la influencia sabe poner su garra y su cuño propio. En el original de mi vida de San Vicente, publicada en la B. A. C., había dedicado un apartado para indicar los puntos de contacto entre ambas Reglas, poniéndolos unos frente a otros para más evidenciar sus coincidencias y sus diferencias; de que resultaba que los puntos coincidentes se limitaban al capítulo de la obediencia y a otras muy pocas cosas, y aún en estas pocas cosas, más diferencias que coincidencias, no sólo en sus motivacio­nes, todas ellas de tipo cristológico, sino en sus realizaciones, transidas todas ellas del espíritu de las cinco virtudes.

Las Reglas, como salieron de la pluma de San Vicente, son normas sapientísimas de santidad sacerdotal, sobre todo corno se concibe hoy a un sacerdote de tipo pastoralista, de los que San Vicente quiso hacer a sus misioneros modelos y maestros. Y si hoy no es difícil de mantener el magisterio, nadie nos puede quitar la aspiración y el poder de ser sus modelos. Es una pena que después de la aco­modación al Codex de estilo juridicista hayan quedado en segundo plano y sin fuerza legal, como mera norma indicativa y voluntaria. ¿No sería conveniente que en esta readaptación conciliar, tan vital y pastoral, las reglas vicencianas, dejando la reforma «plana» única-mente para lo jurídico y organizativo o constitucional, señalando ésta el cuerpo y aquéllas la vida y el alma? Si, como demostró el P. Adolfo Tobar en un estudio que de ellas hizo, las Reglas vicen­cianas constituyen un completo manual codificado de santidad sacer­dotal, ¿diremos que estas Reglas nos hacen religiosos?

La vida en común. La vida en común es otra objeción que se alega en contra de nuestra «secularidad»; pero la vida en común no es privativa de las Ordenes religiosas. En tiempo de San Vicente había muchas más comunidades sacerdotales, como los Oratorianos de Berulle, los Sulpicianos de Olier, los de San Nicolás de Char­donet, de Adrian Bourdoise y otras. En el siglo XVIII aparecieron en Aragón los misioneros de don Francisco Ferrer y Paúl, y en Castilla los de Toledo y Madrid, cuyas Reglas he visto en nuestro archivo de Madrid, todos ellos con vida de comunidad y muy pare­cidos a nosotros en costumbres, vida y ministerios. Antes de nuestra guerra había en España varias comunidades de sacerdotes, como la de Zaragoza, de la cual fue Superior el que más tarde fue Obispo de Cuenca y mártir de la revolución marxista, el Doctor D. Cruz La Plana y Laguna, gran amigo y bienhechor de nuestra Congregación. Y después de nuestra guerra, ¿quién ignora los conatos de vida comunitaria sacerdotal hechos en varias diócesis para una más eficaz ayuda y cooperación en orden a la santificación y al rendimiento pastoral?

Por otro lado, San Vicente concebía a las comunidades religiosas, en cuanto sustituían a la comunidad de la Iglesia primitiva, como «cristiandades piloto», que diríamos hoy, encargadas de actualizar el Evangelio con su doctrina y ejemplo ante los cristianos de las sucesivas generaciones. Y a las nuestras, de misioneros e Hijas de la Caridad, en concreto, las quería sin vínculos estrictamente religiosos para que fueran más ágiles y pudieran abrirse más al mundo y estar inmersos en él, como la levadura en la masa, la luz en las tinieblas o la sal en la carne, sin más hábitos ni reglas que las de un buen sacerdote, los misioneros, o el traje de las mujeres campesinas, las Hijas de la Caridad. Respecto a éstas, ya es clásico el párrafo Vicenciano.

«Tendrán por monasterio la casa de los enfermos; por celda, una casa de alquiler; por capilla, la Iglesia parroquial; por claustros, las calles de la ciudad; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios; por velo, la santa modestia… por profesión, la confianza permanente en la divina providencia…» («San Vicente de Paúl», P. Coste, tomo X, pág. 661.)

Las llamaba «hijas de la parroquia», «a la cual, las decía, debéis de asistir todos los días y con devoción al divino sacrificio, dar buen ejemplo y ser la edificación del pueblo». Debían ser, pues, las me-jores cristianas de la parroquia, formando un equipo a las órdenes del párroco, en orden al mejor servicio e instrucción religiosa y cultural de los pobres.

Y, sin embargo, ni los misioneros y ni las Hijas de la Caridad, tienen derecho a ser inferiores en santidad a los más perfectos religiosos y religiosas; al contrario, si los religiosos tienen un grado, ellos y ellas han de tener dos, a causa de la especial peligrosidad de su situación de inmersión en el mundo, con el cual deben dialogar y convenir para iluminarlo, transformarlo y elevarlo a Dios.

Por último, el P. Blatirón afirmaba que si nuestros votos nos hacían religiosos, «a Ios sacerdotes se les haría muy cuesta arriba unirse a nosotros para ayudarnos en las misiones» Por el contrario, puedo asegurar, apoyado en mis múltiples contactos sacerdotales, sobre todo a través de la Hermandad misionera, y estoy seguro que los misioneros experimentados no me dejarán por mentiroso o equivocado, que a los sacerdotes les resulta más fácil y simpático nuestro trato, por más abiertos, más sencillos y afines a ellos, a causa de nuestra secularidad, que el de los religiosos, aunque se les suponga más cultos y preparados que nosotros.

CONCLUSION.—De todo lo cual podemos sacar esta conclusión global: que la secularidad es hoy tan útil y tan actual como lo fue en tiempo de San Vicente y que su pensamiento sigue siendo actual y, por tanto, en vez de acentuar nuestra «religiosidad» hemos de poner el acento en nuestra «secularidad», sin que ello quiero decir, en manera alguna disminución y sí más bien acentuación y auténtica renovación de la santidad.

NOTA FINAL Y SUGERENCIAS MARGINALES.—Si alguien quie­re estudiar nuestra «secularidad» a fondo y con la debida docu­mentación, lea y relea el libro III de mi «San Vicente de Paúl», de la B. A. C., especialmente los capítulos segundo y trece; y si qui­siera ventilar otras cuestiones, v. gr., cómo tiene que ser un dirigente de obras, estudie el capítulo sexto del libro VII; cómo administrar la hacienda y la economía, el capítulo quinto; cómo debe construirse hoy la santidad pastoral, el VII; y cómo debe hacerse la revolución transformadora que hoy el mundo necesita, el VI, y las páginas 396-399, todo esto en la segunda edición, aparecida en el año 1955.

El que se sienta reformador, deje a un lado la crítica acerba de Lutero, examine la Haga, diagnostique, acerque compasivo la mano y aplique la medicina con estilo vicenciano, que es estilo de humil- dad y caridad, empezando la reforma por sí mismo. El libro V puede servirle de guía. Los ecumenistas encontrarán doctrina y modelo para el trato con los disidentes, comprensivo, lleno de respeto; humilde, pero prudente; lleno de celo y firmeza, sin claudicaciones ni con­cesiones al error, que es como el santo se pinta a sí mismo con sus obras y palabras en el libro VI y en otros lugares de la obra, v. gr.: capítulo X del libro I; las páginas 119 y 123, del capítulo X del Iibro II; las cartas a los PP. Lucas y Portail, misioneros en los Ceven­nes, acerca de la manera de discutir con los protestantes; y al Su-perior de Sedán, acerca de la igualdad de trato que se ha de tener a católicos y protestantes ante los tribunales de justicia; y en toda su actitud, más dialogante que polémica, al revés del método jesuítico de la época, excesivamente polémico.

Asimismo sería interesante un estudio acerca de sus contactos con el Islam, a través de su múltiple correspondencia con los misioneros y esclavos de Berbería. Una comparación de San Vicente de Paúl con los grandes postridentinos Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, en España; San Francisco de Sales y el cardenal Berulle en Francia; y San Carlos Borromeo y San Felipe de Neri, en Italia, por no citar más que a los soles de las respectivas constelaciones, podría lavar la cara al concilio de Trento, al que críticos superficiales aculan de haber repintado y encorsetado a la Iglesia en la fría juridicidad. ¿Puede haber santos más vitalistas y eclesiales que los santos del siglo XVI y XVII? San Vicente, licenciado en Derecho, bachiller en Teología y doctor en Ciencias Sociales por la gran Universidad de la Caridad, es un ejemplo típico de cómo el Concilio de Trento sincroniza en doctrina, vida y derecho con el Concilio Vaticano II, naturalmente remozado y puesto al día, a tenor de las coyunturas y circunstancias de nuestro tiempo, que no exigen ni roturas con el pasado ni disloques de dispositivos teológicos de solidez probada, porque muchos quieren sustituir por fórmulas vagas e inciertas, semilleros de inexactitudes y herejías, que han pululado en la Iglesia a raíz de ataques sistemáticos a lo que es fundamen­tal en el pensamiento católico. He aquí unos cuantos temas que podrían servir de tesis doctorales para los que quieren sacar sus grados, o de temas de investigación para los estudiosos, que todavía tienen por delante no sólo talento y afición, sino salud y probabilidades de vida, que a mí ya me van faltando.

 

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