Santa Luisa y San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de Marillac, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean-Pierre Renouard, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1991 · Fuente: Bulletin des Lazaristes de France.

Artículo publicado en el Bulletin des Lazaristes de France, No. 131, Diciembre de 1991, pp. 17-22, con motivo de la celebración del IV centenario del nacimiento de Santa Luisa de Marillac.


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Hace siete días que Santa Luisa vive angustiada. Esto le sucedía con el paso de los años sin darse demasiada cuenta. Por de pronto, aquella mañana de la Ascensión del 25 de mayo de 1623, todo parece venirse abajo: se siente asaltada por mil preguntas que la torturan encerrándola en una grave crisis de conciencia.

Le entran ganas de huir, de abandonar a su marido enfermo y a su hijo demasiado tardo en despertar, se pone a dudar de todo, de la inmortalidad del alma, y hasta de la existencia de Dios. Esperando volver a encontrar la paz, Luisa multiplica los ayunos, las vigilias y oraciones (Petite vie, p. 12). El padre Gonthier, lector atento de Santa Luisa durante años,  ha calibrado bien la angustia en que vive: «su noche interior alcanza su más negra intensidad en la fiesta de la Ascensión… Su temperamento escrupuloso y su tendencia a la neurastenia se alían a las tentaciones que sacuden su fe en la vida eterna y en la existencia de Dios. Con ello, el Señor pone a prueba a su servidora que quiere amarle con el más puro amor». (Messages et Messagers, No. 202, p. V).

Entonces es cuando ella toma una grave decisión: si su marido llega a morir, ya no escuchará a nadie y no aceptará un segundo matrimonio, por halagador que sea y por más que pueda situarla mejor en la sociedad. Hace voto de permanecer viuda. Para ella, Dios debe ser servido ante todo. Pero «el modo», eso es lo que no acaba de ver… No sabe «cómo podrá ser esto»… Pero ella sigue sin hallar la paz.

En este contexto difícil y de prueba se encuentra cuando visita la iglesia de San Nicolás de los Campos en la mañana de Pentecostés. En medio de su dolor pero no desesperada, pide a Dios que le devuelva la paz… En el momento de preparar la Eucaristía por la oración o tal vez al invocar el «Veni Sancte Spiritus», se siente de pronto invadida por una gracia mística extraordinaria, que nosotros llamamos: «Luz de Pentecostés». Esa gracia tan personal e íntima nos llega a través de un manuscrito de 28 por 9 cm., caduco ya, debido a estar plegado y llevado de acá para allá, en un bolsillo o bolsa. No cabe la menor duda de que estamos ante el acontecimiento más trascendente que cambió la vida de Santa Luisa y que está en el origen de la Compañía:

El día de Pentecostés, oyendo la santa misa o haciendo oración, en la Iglesia, de repente, mi espíritu se vio libre de sus dudas. Y me di cuenta de que debía quedarme con mi marido, y que debía llegar el momento en que me encontraría en condiciones de hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, y que estaría en una comunidad en la que algunas más harían lo mismo. Pensaba que sería en un lugar para servir al prójimo; pero no lograba entender cómo podría ser aquello ya que deberían producirse tantos cambios.

También me sentí tranquilizada al pensar que debía confiarme a mi Director y que Dios me concedería uno que me dio a conocer entonces, me parece, y sentí repugnancia en aceptar, con todo me conformé y me parecía que no había llegado la hora de ejecutar estos cambios.

Mi tercera pena desapareció ante la seguridad que yo sentía en mi interior de que era Dios quien me lo enseñaba todo, y que, existiendo un Dios, no había por qué dudar de todo lo demás…

Esta «Luz de Pentecostés» es realmente el acontecimiento capital de su vida, el que la transforma y la devuelve a la paz y unión con Dios, generadora de su ardiente y fructuosa caridad, por encima de todos sus sufrimientos y limitaciones humanas. Todas sus dudas desaparecen, sabe que debe conducir a su marido hasta el puerto, que después podrá entregarse a vivir la vida consagrada, si bien por el momento no percibe  todas las novedades de la vida comunitaria y futura de las Hijas de la Caridad. El tiempo hará su obra e insensiblemente, como dirá el señor Vicente, verá que se va realizando a la letra todo cuanto entrevé durante esta mañana de Pentecostés. Es claro que el Espíritu Santo, el gran Maestro interior, la prepara para grandes cosas concediéndole a la vez la gracia de la serenidad.

Esta profecía va a colocar en su vida al mismo tiempo a alguien a quien sentirá «repugnancia en aceptar», quiero decir, naturalmente, al señor Vicente. Esta relación es la que debemos descubrir nosotros ahora. Tratemos de evocar algunos hechos antes de explicar cuál fue la calidad y la naturaleza de su colaboración.

Los hechos: descubrimiento y colaboración

«La Luz de Pentecostés» aporta pues a Santa Luisa confianza sobre su Director de Conciencia. Si esta visión profética data de 1623, no se realizará hasta el año 1626. Antonio Le Gras muere el 21 de diciembre de 1625. Así lo cuenta ella: «Yo estaba sola con él para ayudarle… No pudo decir otra cosa que ‘Rogad por mí, ya no puedo más’; palabras que se quedarán grabadas para siempre en mi corazón» (Escritos 986-987).

La primera carta de San Vicente a Santa Luisa es del 30 de octubre de 1626 y la primera de Luisa a Vicente del 5 de junio de 1927. Nos deben de faltar envíos intermedios. Según el Padre Jean Morin, al principio la relación parece difícil. Al parecer, las dificultades no proceden  de ninguna incompatibilidad sino del hecho de que el director espiritual está acaparado por un sinfín de responsabilidades y actividades, mientras que Luisa de Marillac se encuentra de alguna manera en la situación en que estaba la Señora de Gondi, quien hubiera deseado poder disponer de un capellán personal, permanente y accesible siempre.

Las dos primeras cartas que siguen son, a este fin, muy significativas.

San Vicente (Cf. SV I, 25-26 / ES I, 96-97) está a 28 leguas de París (112 Km), en Loisy-en-Brie, donde predica una misión. Esto supone una ausencia de unos 15 a 20 días. ¡Pero ha salido sin previo aviso! «¡Sentía pena de causarle pena!» Remite a Luisa, mientras se halle ausente, a la dirección de Nuestro Señor, y se excusa por sus ocupaciones. A decir verdad, se comprenden las reticencias apenas veladas de Vicente que acaba de fundar la Congregación de la Misión, que es capellán General de las Galeras, Superior de la Visitación y animador de un buen número de Cofradías… quedándole siempre tiempo de predicar misión tras misión.

La primera carta de Luisa de Marillac es también muy reveladora (SV I, 28-30 / ES I, 98-100), sobre todo las primeras líneas: «espero que me perdone la libertad que me tomo de testimoniarle la impaciencia de mi alma, tanto por el largo tiempo transcurrido como por la aprehensión por el porvenir y no saber el lugar donde se encuentra». No nos cabe duda de que Luisa de Marillac considera a su director un poco «movidito». Además, se queja de ello a su primo el obispo de Belley, ya que éste le responde un día: «perdóneme, queridísima hermana, si le digo que está demasiado atada a los que la guían y que se apoya demasiado en ellos: nada más que el señor Vicente se eclipsa, ya tenemos a la Señorita Le Gras fuera de sí  y desconcertada». Mons Le Camus, a pesar de todo, promete dar con él.

Poco a poco la correspondencia se hace más regular y, sobre todo, más cálida, aunque San Vicente siga estando tan sobrecargado: «le escribo cerca de medianoche, un poco a deshora. Perdone a mi corazón si no se explaya algo más en esta carta» y, por primera vez que nosotros sepamos, le pide un servicio, un pequeño servicio para la Cofradía de Gentilly. Se trata de enviar dos o tres camisas… Se produce una evolución clara, indudablemente, y hasta querida por el excelente «director animador» que es el Señor Vicente. Él sabe que si uno se abre a los demás –sobre todo a los pobres- y se compromete con ellos, se encuentra en el mejor camino de olvidarse de sus problemas personales y de sus escrúpulos, y de recuperar el equilibrio y desarrollo individual… Vicente lo había experimentado ya entre 1616 y 1618.1 Entre los años 1626 y 1629, tenemos 18 cartas de San Vicente a Santa Luisa y una de la Santa. Parece siempre presionado, pero siempre fiel en hacer avanzar a la Señorita por el camino de la perfección: curarla de una inquietud excesiva por su hijo, inclinarla hacia los desamparados, formarla en la alegría, obligarla al diálogo de palabra (sin duda, para ayudarla a matizar sus palabras), acostumbrarla a la separación y a una responsabilidad personal, invitarla a leer el Evangelio y a meditarlo, hacerle buscar y acoger la voluntad de Dios, enseñarle a abandonarse a la Santa Providencia; le enseña a ver en todo suceso «los signos de Dios». Toda esta espiritualidad es formadora de quien iba a ser un día, a su vez, formadora en la caridad.

Me llama la atención en este programa, por una lado, la extrema dedicación de San Vicente a formar un alma y, por otra, la gran docilidad de Santa Luisa que sigue esperando de él consignas y ayuda espiritual. Poco a poco, como lo indica Sor Charpy, «el estado depresivo que la abrumaba va desapareciendo, todo su ser se distiende con el tiempo» («Petite vie», 19). Recobra confianza en sí misma ayudada por el sacerdote que sostiene y orienta su vida y su actividad.

Aprende también a ir más allá de las apariencias, a superar el lado rudo y campesino de San Vicente… a vencer la antipatía natural que sentía contra él. Descubre en él «al hombre de Dios». Según el Padre Flourens, «está lleno de prudencia sobrenatural y de capacidad para comprender todos los movimientos de su alma». La reflexión del atardecer de su vida habla largo y tendido sobre el acompañamiento espiritual, y es para nosotros toda una meditación: «preferiría morir antes que desobedecerle» (Ecrits, 496 – febrero de 1656). ¡Se encuentra ahora bien lejos de aquel sentimiento de repugnancia inicial!

Casi tres años después de los primeros encuentros, Santa Luisa está ya lista para la gran aventura de la caridad. El 6 de mayo de 1629 recibe una carta de envío en misión que ha dado la vuelta al mundo pues revela tanto de la confianza que San Vicente pone en ella y de la capacidad que ella misma puede manifestar:

Vaya pues, señorita, vaya en nombre de Nuestro Señor. Ruego a su divina bondad que la acompañe, que ella le sirva de consuelo en su camino, de sombra contra los ardores del sol, de techado en la lluvia y el frío, de lecho mullido en el  cansancio, de fuerza en el trabajo, y que después de todo Él os devuelva en perfecta salud y cargada de buenas obras.

Comulgará el día que va a salir, para honrar la caridad de Nuestro Señor y los viajes que él realizó por esta misma caridad, las penas, las contradicciones, las fatigas y los trabajos que padeció, y para que tenga a bien bendecir su viaje, darle su espíritu y la gracia de actuar con el mismo espíritu y soportar las penas de la misma forma que Él soportó las suyas.

En cuanto a lo que pide, si se quedará más tiempo de lo que hemos dicho, pienso que bastará con un día o dos en cada lugar por ser la primera vez, a reserva de que vaya a volver el verano próximo, si nuestro Señor le da a entender que pudiera rendirle algún otro servicio. Al decir dos días, vuestra caridad ya se tomará alguno más, en caso de necesidad, y nos hará la de escribirnos.

En cuanto a la Caridad de la señorita Guérin, tomaréis el nombre de su parroquia, por favor, y si pasamos por Chartres, trataremos de ir a servirla por la Caridad, ya que no conocemos a nadie por ese lugar que se encargue de dirigirla.

Adiós, señorita; acuérdese de mí en sus oraciones y tenga sobre todo cuidado de su salud que ruego a Dios le conserve, mientras quedo, en su amor (SV I, 73 / ES I, 136).

He citado esta carta en su totalidad porque no se suele hacer y revela mucho sobre el estilo que los va a acompañar en sus trabajos. En estas líneas se pasa de lo espiritual a lo temporal. Sin fallo, los dos santos van a corresponder y trabajar de esta forma. De Visitadora de las Caridades, Santa Luisa se va a constituir en Fundadora, y después, en Superiora General de las Hijas de la Caridad (de 1633 a 1660). Sus preocupaciones comunes  van a situarse siempre a estos dos niveles: el espiritual y el temporal, y estos «dos órdenes» van a mezclarse en su correspondencia como si fueran inseparables. Es por lo demás una constante vicenciana confesada por el señor Vicente a Antonio Durand, joven superior nombrado para el seminario de Agde, a quien le hace notar muy puntualmente «que no hay que dedicarse sólo a las cosas elevadas, como es todo lo que se refiere a lo espiritual» sino que es preciso cuidarse también de los menores detalles temporales» (SV XI, 350 / ES XI, 241-242).

Lo que es seguro es que su colaboración va a resultar muy eficaz: van a vivir una complementariedad en y para el servicio de los pobres, bien en el interior de las Caridades bien en el interior de la Compañía de las Hijas de la Caridad Ni ocurrírsenos hacer aquí el inventario de su labor… Tratemos simplemente de esclarecer la naturaleza y la calidad de su trabajo en común.

La naturaleza de su colaboración: una relación de comunión

Estudios  recientes han puesto en claro lo que fueron uno para el otro y uno por el otro. Cito el número 52 de Fiches vincentiennes2 El Señor Vicente encuentra en Luisa de Marillac:

  • Una mujer intuitiva, rápida, vivaz, siempre lista para adelantarse sin dejarse detener por su salud: una misionera;
  • Una mujer con el sentido de la organización al servicio de los Amos y Señores, los Pobres;
  • Una Dama feliz entre las Damas de la Caridad, es una «Marillac»;

Luisa de Marillac encuentra en el Señor Vicente:

  • Un sacerdote, un consejero seguro, por quien ya no siente ninguna repugnancia;
  • Un hombre, es decir, un apoyo sólido que no tuvo ni en su padre ni en su marido;
  • Un campesino, un hombre de la tierra que conoce la necesidad de las largas maduraciones, que sigue a la Providencia en lugar de «adelantársele».

Ellos se complementan, diríamos hoy, pero mucho más allá de los dones naturales o de una simpatía por fin lograda. Viven para un objetivo común, para un objetivo elegido y querido en común, enteramente evangélico: la liberación de los pobres, en el plano humano y en el espiritual. Se han encadenado a esta tarea por convicción y por elección. Han vivido los dos  una verdadera purificación interior, entregados al mismo Misterio Pascual. Han descubierto en su ser profundo y en su experiencia recíproca la urgencia y la imperiosa necesidad de liberar a aquellos a quienes el hambre o la «mala fe» tienen cautivos de extrema miseria. Su lazo no es ni el interés ni la búsqueda de una ventaja o de una promoción sino únicamente la causa de Dios que es inseparable de la causa de los pobres. Esta es la razón de comunicarse y de vibrar al unísono, día a día. Unidos por una misma vocación y por un mismo fin.

Se han identificado con los pobres por fidelidad a su Dios. Y están viviendo una verdadera amistad. Sin sentimentalismos. Ni siquiera unión de corte místico, muy libres de toda ambigüedad humana. Todo lo contrario, según se ha dicho acertadamente, «un acuerdo en la diversidad», una alianza para lo esencial.

Sorprende constatar qué libres se sienten uno respecto del otro. Si colaboran estrechamente, nunca se creen obligados a alinearse o a guardarse su diferencia de apreciación y de juicio. Esto queda de manifiesto en las actas de los Consejos de la Compañía que se conservan. Se cita el siguiente hecho: «a propósito de la aceptación de niños en la escuela rural de las Hermanas, Santa Luisa está a favor y ve en ello muchas ventajas. Pera la negativa del Señor Vicente es formal ‘se ha de obedecer a las ordenanzas el Rey y de los Obispos’. Asimismo, en cuanto a la aceptación de internos en las casas de campo, Santa Luisa está a favor, pero San Vicente ve en ello numerosos inconvenientes. Prevalece el parecer de San Vicente y Santa Luisa se lo trasmite así a las Hermanas». (Cf. XIII, 646 y Ecrits, 455 y 466 / ES XIII, 777).

Jacqueline «es un alma mal formada, que es causa de cantidad de pequeños desórdenes, razón por la cual no debería seguir más en la Compañía. Se invita a las hermanas presentes a dar su parecer. «La señorita Le Gras dice que era muy necesario apartarla porque tenerla como voluntaria dentro serviría de mal ejemplo a las demás». San Vicente suaviza la idea diciendo, en manera muy gascona: «si por sí misma pudiera decidirse a retirarse a algún sitio y vivir calladita… pienso que sería todo un acierto»… (Cf. SV XIII, 589-603 / ES XIII, 731-742).

Se podrían traer otros ejemplos. Sí, Santa Luisa y San Vicente son libres, confiados, sencillos: exponen su punto de vista sin agresividad ni deseo de imponerse. No temen ni el enfrentamiento ni la oposición sino que se avienen uno y otro a la decisión final.

Otra característica de su amistad es el reparto. Se dicen  todo lo que es útil e indispensable para la marcha de su fundación. Sor Charpy ha visto este doble intercambio: «Vicente recibe de Luisa la bondad de su mirada, ante todo, su paz profunda. Luisa de Vicente su sentido de la organización, su intuición profunda sobre la Compañía» (Cahier vincentien No. 52, p. 5).

Pero lo más atrayente y hasta divertido es su mutua preocupación por su salud recíproca. De forma que las más precisas recomendaciones se dirigen a Santa Luisa por parte del propio señor Vicente, por ejemplo: «cuide mucho de su salud y no ahorre ningún esfuerzo para alimentarse bien durante el trabajo;    siempre me parece que no se alimenta bien» (SV I, 242 / ES I, 326), o: «me dará un gran consuelo si pasara descansando en la cama estos dos días» (SV I, 338 / ES I, 364). Se puede leer también en otra carta: «Pienso que vuestro resfriado se curaría bien pronto si os fueseis un poquito antes a la cama por la noche, porque las grandes ocupaciones y estar de pie recalientan la sangre». (SV II, 441 / ES II, 371).

Y no hablemos de purgas, de sangrías, de caldos, de convalecencia, de descanso, de los médicos etc. …

De hecho, la Señorita le paga con la misma moneda a San Vicente. Le pide constantemente noticias suyas, apunta los últimos remedios en curso, y el picarón de él se deja llevar: «su medicina, señorita, me ha hecho efecto nueve veces… Mi pequeña fiebrecilla es, como dice, doble-terciana, pero en esta estación ya sabe que suelo tenerla de ordinario doble-cuartana, tal como la he tenido ya este otoño (SV I, 581 / ES I, 565-566).

No resisto al placer de citar esta descripción del Señor Vicente sobre su balance de salud: «me encuentro mejor del constipado, gracias a Dios, y hago todo lo que puedo por reponerme; no salgo de la habitación; descanso toda la mañana; como todo lo que me dan y me tomo todas las tardes una especie de julepe3 que me prepara el hermano Alejandro. En cuanto al catarro, han disminuido al menos en la mitad las molestias que sentía y va desapareciendo poco a poco. Así pues, no es necesario pensar en el té. Si por casualidad empeorase un poco, lo tomaría. Le ruego a su caridad que esté tranquila por ese lado; le agradezco su interés…»(SV VI, 136 / ES VI, 132).

Acabaré la ilustración de esta conmovedora comunicación médica con este envío de Santa Luisa: «esa tisana se hace del regaliz; se lo envío en trocitos para facilitar su empleo; pero es preciso que sea reciente y no cortar más que a medida que se va usando, para que no se ennegrezca»(SV III, 377 / ES III, 346).

Y esta comunicación se extiende a todos los avatares por los que transcurren sus vidas: los problemas comunitarios de las hermanas, las relaciones con los párrocos o los administradores, el pequeño Miguel, el hijo de «los desvelos» de Santa Luisa.

Y ya tenemos el tercer elemento de su sólida amistad: la fuerza.

Saben que pueden apoyarse uno en el otro, de modo especial en los momentos difíciles. La demostración más clara es el momento en que la comunidad naciente de las Hijas de la Caridad pasa por una verdadera crisis de crecimiento, «crisis de adolescencia, purificación, toma de conciencia de la originalidad de esta Compañía y de sus exigencias» (Petite vie, p. 71). Ya hacia el final de 1645 habían aparecido indicios de malestar: rechazo de cambio de parroquia, contestación de la hermana sirviente, murmuraciones, críticas. Santa Luisa pide la intervención de San Vicente que tiene lugar el 13 de febrero de 1646. Él insiste en la pobreza y en la acción de Dios. La Compañía es indiscutiblemente obra de Dios. Hay que buscar la raíz del mal: romper los lazos con tal o cual dama, desterrar las críticas, interrumpir las murmuraciones, evitar las antipatías, hablar con amabilidad y dulzura, vivir con intensidad el amor de Jesús y del Pobre que se confunden en un solo y mismo amor: «servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios» (SV IX, 252 / ES IX, 240).

A partir de entonces llega la gran pregunta: hay hermanas que reflexionan y abandonan la Compañía. Maturina Guérin, que fue secretaria, escribirá en 1661: «se salían tantas hermanas que parecía que Dios quería vaciar la casa». (Cf. Documento 949, Archivo Hijas de la Caridad).

Además, ¡está también el asunto de Mans! En suma, un mal comienzo: cuatro hermanas que salen el 4 de mayo de 1646 y que no logran caerles bien a los hospitalarios a quienes vienen a reemplazar. Luisa se culpa a sí misma: «en mí es causa de gran confusión pensar que sea nuestra cobardía y mala disposición la causa de tanta confusión sobre nuestro oficio» (Ecrits 148 – al  P. Portail). Habrá que volver a salir al cabo de tres semanas. ¡Fracaso al canto entonces!

Entre tanto, acaece una muerte inesperada en Angers y la salida de Catalina Huitmill conmueve a la Comunidad… Y en la casa de París todo son críticas de Jacqueline. Lo acabo de contar: un Consejo determina sobre su  caso y se está pensando en despedirla (28 de junio de 1646: SV XIII 589-603 / ES X, 731-742). En este mismo Consejo se constituye la Comunidad de Nantes: seis hermanas son elegidas, con Isabel Martin como hermana sirviente.

Luisa va a preparar, in situ, esta nueva implantación ¡durante dos meses! El viaje de las hermanas ha resultado una verdadera maratón. A la llegada, son recibidas con los brazos abiertos: los comienzos prometen. Luisa está muy contenta con esta fundación, pero en marzo de 1647, y después de un invierno pródigo en fallecimientos de hermanas, por desgracia, surgen las primeras dificultades en Nantes. Se presentan graves conflictos comunitarios. Se comprueba «un inmenso desorden». Juana Lepintre es asignada al lugar y abre una verdadera visita canónica. El 22 de septiembre de 1647, y a petición de la señorita, el señor Vicente interviene nuevamente, se trata de una nueva conferencia sobre la tentación y la perseverancia en la vocación (Cf. SV IX, 345-360 / ES  IX, 320-333).

Poco a poco la intensidad de la crisis desciende. Me gusta el comentario autorizado del autor de Contre vents et tempêtes: en el transcurso de estos largos meses Luisa de Marillac se ha dejado afinar por la gracia de Dios. Convencida al inicio de su pesada responsabilidad en la crisis que vive la Compañía, va descubriendo la obra de purificación del Señor, los desgarros de todo crecimiento. ‘La supervivencia’ de la Compañía, después de todos estos sustos, «es prueba de que Dios vela sobre ella» (p. 87). ¿Acaso no escribe en ese momento: «Dios es mi Dios»? (Ecrits, 340). Está claro, de todas formas, que San Vicente la ha ayudado con mano firme a pasar este trance difícil, y también, que los dos han tratado de buscar, a través de estos conflictos, discernir la voluntad de Dios. Y podemos estar seguros de que la encontraron pues su obra dura aún!

Y es aquí donde podemos llegar a hablar de amistad auténtica. Fue un acuerdo en lo esencial. Es por otra parte revelador que «sus espiritualidades» se encuentran. Qué fácil nos resultaría resaltar sus convergencias. Sea suficiente por hoy enumerar los puntos de contacto antes de concluir: la persona de Cristo, su única pretensión; la imitación de su conducta; la referencia diaria a la oración; la búsqueda incansable de la voluntad de Dios; una caridad a la vez afectiva y efectiva; una constancia en vivir la humildad; un don total de su ser para el servicio y la evangelización de los pobres; una voluntad de vivir la Comunidad; y, para terminar, todos los valores de los que tratan de vivir aún sus discípulas y discípulos y que perduran a través de los siglos.

En conclusión, permítanme que traiga las palabras de cierre de Sor Charpy en su trabajo Petite vie de Louise de Marillac, ya que ella atina con el término de lo que podemos pensar sobre la amistad de San Vicente y de Santa Luisa: «la amistad vivida por Vicente de Paúl y Luisa de Marillac se ha fundado en la autenticidad, es decir, en la aceptación profunda de la identidad del otro, en el reconocimiento y en el respeto de sus diversidades. Nacida de la obediencia en una relación voluntaria complementaria de colaboración, alcanzando la serenidad de la edad avanzada en una relación de comunión, esta amistad es un admirable recorrido de santidad, rebosante de humanidad» (p. 114).

  1. Jean Morin, en «Carnets Vincentiens», Nº 2, pp. 32-33.
  2. Cahier Nº 52 – Louise de Marillac: «Une amitié réussie».
  3. Poción compuesta de un jarabe mucilaginoso o narcótico disuelto en un hídrico, una infusión de plantas emolientes o una emulsión, según Coste.

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