San Vicente y el Consejo

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: P. Silvestre · Year of first publication: 1978 · Source: Ecos de la Compañia, 1978.
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Lo esencial de la documentación sobre esta materia lo encontramos en el XIII volumen de Coste, pp. 589-760, que contiene el informe de los Consejos celebrados con las Hijas de la Caridad, de 1646 a 1659. Hay en total 28, de los cuales seis se celebraron de 1646 a 1650, seis de 1651 a 1655 y 16 de 1656 a 1659. Pero no están todos los Consejos celebrados porque de los de algunos años, como 1649, no existe ningún informe, y de otros años: 1648, 1653, 1654, 1657, 1658, sólo hay uno.

También pueden espigarse algunas indicaciones en la correspondencia.

El P. Contassot trata esta cuestión en su obra «San Vicente, guía de los Superiores», en el capítulo que trata de la Prudencia (pp. 44-49).

San Vicente era un hombre prudente

Procedía del mundo rural, de un universo donde uno se ve obligado a observar y a calcular, de un mundo lleno de asechanzas de las que hay que desconfiar: asechanzas de la naturaleza: bosques, terrenos pantanosos, ani­males, y asechanzas de los hombres, que le formaron bien pronto en la prudencia. Añádase a esto algunas experiencias, algunas aventuras poco afor­tunadas de su juventud, como la acusación de robo…

Abelly elogia su prudencia describiendo la manera circunspecta con que procedía (I, 74):

«Tenía una mente amplia, serena, circunspecta, capaz de grandes cosas y difícil de sorprender. No entraba a la ligera en el conocimiento de los asun­tos, sino que aplicaba a ellos su inteligencia con toda seriedad y los penetraba hasta la médula, descubría todas las circunstancias, pequeñas y grandes, pre­veía los inconvenientes y las consecuencias, y, sin embargo, por miedo a equivocarse, no los juzgaba en un primer momento, si no se veía obligado a ello, y no determinaba nada sin haber contrapesado bien las razones en pro y en contra, quedándose más tranquilo si podía cambiar impresiones sobre el asunto con otras personas».

San Vicente era tenido por uno de los hombres más prudentes de su tiempo, y su correspondencia deja ver que eran muchos los que le consulta­ban, tan pronto para asuntos de la mayor importancia para la Iglesia y el reino, como para asuntos familiares simplemente. De este modo, San Fran­cisco de Sales le con fió la Visitación de París; y fue San Vicente quien pre­sidió la elección del sucesor del P. Olier, a quien había asistido en sus últimos momentos (Coste «Le Grand Saint», p. III, 307-308).

San Vicente nos dice lo que debe ser la prudencia según Dios, por oposi­ción a la prudencia humana:

«Lo propio de esta virtud es regular y dirigir las palabras y las acciones. Es ella la que hace que se hable sabiamente y a propósito, y que se converse con circunspección y juicio de las cosas buenas por su naturaleza y sus cir­cunstancias y se mantengan en silencio las que van en contra de Dios, o per­judican al prójimo, o se encaminan a la alabanza propia o a cualquier otra finalidad mala. Esta misma virtud nos hace obrar con consideración, madu­rez y por buenos motivos en todo lo que hacemos, y no solamente en cuanto a lo sustancial de la acción, sino también en cuanto a sus circunstancias; de suerte que el hombre prudente actúa cuando debe, como debe y con el fin que debe. Esta santa prudencia que Nuestro Señor nos aconseja en el Evangelio, nos hace elegir los medios propios para alcanzar el fin que en él se nos propone y para ser completamente divina es preciso que estos medios estén de acuerdo con ese fin y sean proporcionados a él» (XI, 51).

«Me escribís otra cosa que no «huele» menos a respeto humano, a saber: que cuando me habláis de algunas personas haga de suerte que sus amigos se enteren a fin de que se lo transmitan a ellas. ¡Dios mío! Señor, ¿en qué estáis pensando? ¿Dónde está la sencillez de un Misionero que debe ir recta mente a Dios? Si no halláis bien en esas personas, no habléis de ello, pero si lo encontráis, hablad para honrar a Dios en ellas, ya que todo bien pro­cede de Dios. Nuestro Señor reprendió a un hombre que le llamaba bueno, porque no lo hacía con recta intención; ¡cuánto mayor motivo tendría para reprenderos si alabáis a los hombres por complacerles, para estar a bien con ellos o con cualquier otro fin poco noble, aun cuando junto a él hubiese otro que fuese bueno como el vuestro! Porque sé que no buscáis el afecto ni la estima de nadie más que para que crezca la gloria de Dios y el bien de la Compañía, pero acordaos de que la duplicidad no agrada a Dios y de que, para ser verdaderamente sencillos, sólo a El debemos tomarle en considera­ción» (IV, 486).

San Vicente busca en todo la Voluntad de Dios

Tenía corno principio esperar, para decidir alguna cosa, un signo de la Providencia que le hiciese conocer que Dios lo quería así. Pensando en lo que se había hecho en la Compañía desde sus orígenes, escribe al P. Codoing, a Annecy (II, 208):

«Tengo una gran devoción a seguir paso a paso la adorable Providencia de Dios… Me parece que sólo Nuestro Señor ha hecho y hace todo lo que se refiere a esta pequeña Compañía.»

Dios interviene, El mismo, en los momentos en que es preciso, sin que lo hayamos previsto ni querido (XII, 9).

Ahí tenéis al P. Portail, que puede dar testimonio de que no pensábamos en nada de todo esto.

De este modo se comportaba en las nuevas fundaciones. Nunca buscó ninguna. Fue Dios quien proveyó para que se hicieran (III, 194) y (III, 545).

«Es Nuestro Señor sólo quien nos ha establecido allí donde estamos… tratamos de seguir la adorable Providencia de Dios en todas las cosas y no adelantarnos a ella.»

A la Madre de Beaumont escribe el 19 de mayo de 1647:

«Sabéis muy bien, mi querida Madre, que seguimos la máxima y la práctica de no pedir ninguna fundación y que es Nuestro Señor sólo quien nos ha establecido allí donde estamos. Y si la Compañía me hace caso en esto, obrará siempre de la misma manera».

Y al P. René Almerás, Superior en Roma:

4 de febrero 1950.

«He enviado vuestra carta al P…. Está muy bien lo que le dice usted de Florencia. Dios nos ha concedido hasta ahora la gracia de no buscar ninguna fundación directa ni indirectamente; si la Compañía me hace caso, se conser­vará fiel a esta máxima; pues, si somos buenos, nunca nos faltarán; y si no lo somos, ya tenemos demasiadas; además, apenas podemos atender a las pocas casas que tenemos. Me han dicho que el Señor Obispo de Toulouse está esperando desde hace tiempo que le muestre algunos deseos de que la Com­pañía trabaje en su diócesis, para admitirnos en ella y entregarnos la direc­ción de su Seminario. Pero me guardo mucho de dar la menor señal de querer ir. Su hermano estuvo aquí hace unos días y me habló mucho de ello, pero yo no quise hablar expresamente. Es menester que la Providencia nos llame y que nosotros la sigamos, para proceder con seguridad.

San Vicente formó parte durante diez años del Consejo de Conciencia (1643-1653)

Sabía, por tanto, lo que era un Consejo al más alto nivel, puesto que se trataba de los intereses superiores de la Iglesia y del Reino. En él vio, mul­tiplicados por cien, los inconvenientes de un Consejo, si no se ilumina con otras miras que las humanas.

Cada uno tomaba la palabra por turno, pero él no temía hablar alto y claro, aunque esto pudiera contrariar a alguien. Sabe las luchas de influencias que se entablan en los Consejos; es testigo de la cesión de derechos, de las recomendaciones; tuvo que sufrir toda suerte de presiones. Pero San Vicente estima que si la voluntad de Dios y el bien de la Iglesia no dictan la conducta de los Consejeros, el Consejo no es ya más que campo cerrado de lucha entre intereses adversos, donde el más fuerte o el más influyente es el que se alza con la victoria.

Es el caso de Beaumonier de Lavardin, nombrado Obispo de Mans a pesar de San Vicente (1649).

Una carta de Alain de Solminihac a San Vicente (III, 351) le recomienda que se oponga a ello. El porvenir mostró cuán justificadas eran sus apren­siones.

Monseñor Calvet dice de la labor de San Vicente en el Consejo de Con­ciencia:

«Hizo nombrar a esos grandes obispos que… renovaron a fondo el alma francesa. Jamás había alcanzado el episcopado este nivel, y nunca volvió a alcanzarlo» (Calvet, p. 17).

Paul Guth, en su vida de Mazarino, dice:

«Ana de Austria hace entrar en el consejo de conciencia que concede los beneficios eclesiásticos a ese sacerdote pobretón al que escogió como Director de conciencia, el que lleva tras de sí un olor a galera o a prisión».

«Un grabado le representa con su aureola entre los pliegues de la púrpura de Monseñor Mazarino, las sedas de los obispos de Lisieux y de Beauvais, el alzacuello de encaje del príncipe de Condé y el «polisson» de Ana de Austria. El campesino de las Landas, instrumento de Dios en el reino de los Pobres, roza con estos esplendores su sotana verdusca aureolada con el sudor de los forzados» (p. 254).

 

NECESIDAD DE UN CONSEJO

Consultar siempre

Es un principio de San Vicente. Se debe tomar consejo sea de consejeros circunstanciales, sea de los miembros del Consejo si se es Superior, sea de consejeros externos para los asuntos externos, sea incluso del General:

«Es bueno tomar consejo de vuestros consultores domésticos, y cuando los asuntos son importantes, del Superior General, y para los externos, del Obispo o de sus auxiliares. Así es como yo acostumbro a hacer, y raramente hago algo con mi pobre cabeza» (II, 583, a G. Delattre en Cahors).

«¿No vale más equivocarse con consejo que aventurarse al azar de nuestra cabeza?» (III, 45).

Cita el caso de aquel hugonote, consejero de la Corte, que no hacía nada sin tomar consejo, incluso de su lacayo, y con ello acertaba muchas veces (XIII, 642):

«Ven aquí, Pedro, tengo que resolver tal asunto, ¿qué crees que debo hacer?»

Para los asuntos de la Casa habrá que consultar a los asistentes y conseje­ros, incluidos los Hermanos si es algo que se refiere a sus oficios, también, cuando el caso lo requiere, a alguna persona de fuera. (IV, 40, al P. Coglée, Superior en Sedan):

«Para los asuntos temporales, se toma consejo de algún ahogado o de algu­na persona de fuera entendida en esos negocios, y para lo interior se trata con consultores y con algunos otros de la Compañía, siempre que se crea conveniente. Yo les consulto a veces a los mismos Hermanos y sigo sus con­sejos en las cosas que atañen a sus trabajos; y cuando esto se hace con las precauciones requeridas, la autoridad de Dios, que reside en la persona de los Superiores y en aquellos que los representan, no recibe ningún detrimento; por el contrario, el buen orden que de allí se sigue, la hace más digna de amor y de respeto. Le ruego que obre así, y que se acuerde de que, en cuestión de cambios o de asuntos extraordinarios, hay que consultar al General».

Para los asuntos exteriores litigiosos, San Vicente había incluso consti­tuido un Consejo de abogados al que recurría cuando necesitaba de él. Este Consejo subsistió hasta la Revolución (P. Contassot, p. 47).

Por tanto hay que establecer un Consejo

Era necesario que para administrar el conjunto de la Compañía de las Hijas de la Caridad, decidir sobre las fundaciones, sobre las Hermanas que había que enviar a ellas, reglamentar los asuntos delicados, admitir nuevas Hermanas, hubiese un diálogo entre los responsables: Santa Luisa, asistida por algunas Hermanas experimentadas y San Vicente asistido por el P. Portail o por el P. Almeras.

A partir de 1651, los Consejos cuyos informes poseemos tenían lugar gene­ralmente, cuando se hace mención del lugar, en el recibidor de San Lázaro. Quizá se hacía así para ahorrar tiempo y cansancio a San Vicente.

Este Consejo pudo ser suficiente cuando las Hermanas eran pocas, y la mayor parte vivían en la región de París y, por tanto, en relación directa con la Casa Madre. Mas en las fundaciones más alejadas, también era nece­sario un Consejo doméstico para que la Hermana Sirviente se sintiera apo­yada y las cosas se hiciesen mejor porque una sola persona no puede atender a todo:

Se trata ahora de ver si una Hija de la Caridad que• va a ser Hermana Sirviente en un país lejano, con seis o siete Hermanas, en un nuevo estableci­miento necesita una o dos de ellas para servirle de Consejo. Para ello hay razones en pro y en contra.

Tenemos a favor de ello que estando alejada de París, no tiene a nadie a quien pedir consejo sobre cómo ha de comportarse, tanto respecto a los Pobres, como a las Hermanas y a los señores. Llegará un asunto imprevisto, del que nunca haya oído hablar; quedará perpleja y no sabrá qué hacer. Y llegarán varios asuntos a la vez y se sentirá aún más embarazada. Una sola cabeza no da de sí para todo. Cuando haya comunicado los asuntos a una o dos, que confirmen su opinión, estará más segura de ella y podrá quedar tran­quila (XIII, 611).

 ¿A quiénes escoger como consejeras?

La elección de consejeras es importante y delicada. Hacen falta Hermanas que amen su vocación, que sean ejemplares y sensatas (XIII, 671).

«¡Oh Hermanas! Es muy necesario tener Hermanas que sirvan de Consejo a la Superiora. En todas las comunidades se hace lo mismo exactamente; pero es de suma importancia hacer bien la elección, y también es importante cambiarlas, y esto a fin de que sean varias las que se formen para ocupar los cargos y para dar buenos y sólidos consejos.

¿Sabéis, mis queridas Hermanas, cuáles son las condiciones que es preciso que tengan? Primeramente deben amar y estimar su vocación, que sean vir­tuosas y den buen ejemplo, que tengan sentido común y sean sensatas, que sean muy exactas en la práctica de las Reglas. Todo esto es muy importante para el bien de la Compañía, para que las jóvenes se formen y se habitúen a la práctica de las virtudes sólidas. Esto tiene también su importancia para dirigir los asuntos de la Compañía secretamente.

Pero San Vicente está por la sencillez y no es amigo de los títulos (XIII, 614-615).

«Hay que hacer que desaparezca esa palabra de «consejera». Es un poco ostentosa. Esto se llama ordinariamente «ayudante»».

No quiere que la duración del cargo sea indefinida, y esto por el bien general:

«Habría que cambiarlas de vez en cuando y esto a fin de que sean varias las que se formen para ocupar los cargos y dar consejos buenos y sólidos» (XIII, 671-673).

La periodicidad del Consejo

Por las fechas de los Consejos cuyos informes poseemos, no podemos inducir nada sobre su periodicidad, porque algunas están muy seguidas, pero hay espacios que representan largos meses.

En cuanto a los consejos de las casas particulares, San Vicente lo somete a deliberación en el Consejo del 5 de julio de 1646. ¿Habrá que reunirlo sola­mente según las necesidades o de una manera regular? Santa Luisa es de parecer que debía celebrarse cada ocho días; San Vicente, que compartía este parecer, vuelve a dudar sobre su conveniencia (XIII, 614).

«Aún no he resuelto si debe reunirse el Consejo un día fijo o solamente cuando haya motivo para hacerlo. Es de temer que un día fijo parezca demasiado. Los administradores podrían decir: «Hoy es su día de Consejo, ¿qué es lo que han resuelto?» O alguna otra cosa que no fuera a propósito. No diremos esto; e incluso me retracto de lo que había dicho últimamente, que habría reunión todas las semanas. Hay comunidades donde no se hace sino cada quince días, o menos todavía. Ya hablaremos sobre ello».

 

EL CONSEJO

Disposiciones preparatorias

La oración

El consejo es un medio que se toma para conocer la voluntad de Dios sobre la Comunidad y sobre las personas que la componen, y no un procedi­miento de prudencia humana; es preciso, pues, dirigirse a Dios, que debe presidir el consejo por su Espíritu Santo (XIII, 628 y 603).

El Consejo es un don del Espíritu Santo. Hay que pedírselo con instancia y nunca debéis dar vuestro parecer sino después de haberos dirigido a El. Cuando se os proponga un asunto, elevad vuestro espíritu a Dios, para saber lo que quiere sobre ello y qué vais a decir. Oh, pidámoselo todos juntos y démosle gracias.

Sub tuum praesidium…

«Sin embargo, ruego a Dios que sea El mismo quien presida este Consejo, que sea el alma del mismo y que no permita que se actúe sino por el El. Que El se digne darnos luz, discernimiento y que nos ayude a resolver; y como El quiso que hubiese una virtud que llevase el nombre de consejo, que es el don del Espíritu Santo, quiera El otorgárnoslo por el mismo Espíritu Santo.»

Sub tuum praesidium…

Del mismo modo, Nuestro Señor se hace presente en medio de aquellos que se han reunido en su nombre y para su gloria. Está allí actuando (XIII, 590-591).

«Porque, ¿sabéis lo que dice Nuestro Señor a propósito de los Consejos que se han de tener en las Compañías?: «Si os habéis reunido en mi nombre, yo estaré en medio de vosotros» (San Mateo XVIII, 20) ¡Ah! es muy cierto, hijas mías. Y siendo así, hay que dejarle hacer, porque bien podéis creer que no estará allí corno una piedra. Está allí para generar luz y gracia en los corazones; está iluminando los entendimientos y moviendo las voluntades. Venid, pues, a ellos para dejaros guiar hacia lo que El os diga y no tengáis ningún interés sino su mayor gloria mediante el avance de la Compañía.

Tener interés solamente por la gloria de Dios

Se debe mirar siempre por los intereses de Dios, que no se confunden necesariamente con los de la Compañía ni, sobre todo, con los nuestro propios. El interés de la Comunidad, la prosecución de su fin a través de las formas que se han debatido en el Consejo, no vienen sino después (XIII, 629-630).

Dios bendice de modo particular el consejo que se toma sobre los asuntos que tocan a su servicio. Por eso, hijas mías, para enseñaros a razonar sobre los asuntos os diré que es preciso cuando se os proponen mirar antes que nada al fin, que debe ser la gloria de Dios, después el interés de la Compañía y el bien y las ventajas de las personas a las que afecta. Por ejemplo, para mirar el fin, ahí tenéis a Sor Ana, que se prepara para ir a Montreuil.

Para encontrar medios aptos para efectuar este designio hay que mirar a Dios, como, por ejemplo, si nos preguntarnos: ¿Si esto se hace, se verá Dios glorificado? ¿Qué ventajas resultarían para la Comunidad? ¿Se socorrería con ello al prójimo?

Aquí está Sor Juana, que se va para visitar a nuestras Hermanas de Nantes y Angers para ver en qué disposiciones se encuentran unas y otras. Es nece­sario, ante todo, mirar el interés de Dios. Hay muchas comunidades que no miran más que el interés del Instituto porque piensan que en este interés se encierra también el de Dios. Pero yo pienso que Él se merece que miremos su interés antes que ningún otro. Creo que a partir de ahí se verá más clara­mente el resto. ¿No os parece que es eso lo primero que se ha de mirar cuando se viene a este consejo?

Ausencia de prejuicios

Hay que guardarse mucho de venir al Consejo con un juicio formado de antemano. Tales prejuicios perjudicarían considerablemente la libertad de espíritu necesaria y nos llevarían a miras puramente humanas (XIII, 590).

Lo segundo es aquello de que tenéis que guardaros: no proponeros antes de venir al Consejo lo que vais a decir; no preocuparos con una u otra opinión; no hablar nunca según sentimientos de aversión o de afecto y dejar hacer al Espíritu de Dios en vosotras. No deliberar consigo misma: «Diré esto o aque­llo», sino decir ingenuamente lo que Dios os inspire. ¿Sabéis por qué, hijas mías? Porque si antes de venir habéis resuelto ser de una u otra opinión, no estará vuestra mente libre para juzgar claramente sobre aquello que se pro­ponga. Y si actúa según vuestras aversiones o afectos, oh hijas mías, ya no será el Espíritu de Dios el que presida vuestros consejos, sino vuestra propia fantasía. ¡Oh, qué pérdida tan grande para vosotras!

Recomendaciones para el desarrollo del Consejo

  • Después de haber invocado al Espíritu Santo, la Superiora expondrá brevemente aquello de que se trate, dando las razones que ve en pro y en contra (XIII, 590).

No comenzaréis nunca, hijas mías, sin haber invocado antes el socorro del Espíritu Santo. Y para esto será bueno que digáis la antífona Veni Sancte, con el versículo y la oración, y, al final, una antífona a la Virgen. Creo que será muy a propósito que sea «Sancta Maria, succurre miseris», o bien, «Sub tuum praesidium».

Veamos la manera cómo la Señorita ha de actuar, porque es la Hermana Sirviente, como lo es ella ahora, la que ha de proponer los asuntos. Ahora bien, en un asunto hay siempre razones en pro y en contra. Por tanto, al pro­ponerlo debe decir primeramente las razones por las que se debería hacer, y en seguida las que lo impiden, como por ejemplo: «Se debe hacer tal cosa por tal razón, pero hay otras, en contra, que son tales y tales.»

  • Pedirá su opinión a cada una sucesivamente, empezando en principio por las más recientes de manera que no se vean influenciadas por las de mayor experiencia o seguridad, y que puedan dar su parecer con toda liber­tad (XIII):

Para pedir el parecer de las demás se dirigirá primeramente a la que esté a su derecha, luego a la siguiente, y después a la que siga. A una Hermana que tenía apuro de hablar la primera, ya que era la primera vez que asistía a esta Asamblea. San Vicente le dice:

«Hermana, os toca ahora hablar; tenemos la costumbre de comenzar por la que está sentada a mano derecha.»

Así evitaba decir que habían de hablar primero las últimas. De donde debemos sacar el ejemplo de no humillar a las personas a quienes hablamos. (XIII, 675).

  • Todas dirán su parecer de manera breve (XIII, 344-345):

El día siguiente.—Se hizo propósito de ser cortos en las deliberaciones. Sic in conciliis, donde se despachan 30 ó 40 asuntos, y grandes. Se dice su parecer y se dan dos razones breves. Hay dos maneras de conocer la verdad: 1.» Por simple elevación a Dios; 2.» Por razonamiento. Dos razones o tres per­tenecen a la naturaleza de las cosas; dar mas embarulla; dos o tres abogados para compulsar bien un asunto, mas lo embrollan; así hacen también los médicos. Se pierde mucho tiempo. Hay consecuencias peligrosas y efectos nocivos.

  • Verdaderamente hay que dar su parecer sin lanzarse a repetir lo que ya se ha dicho, pero sin ninguna clase de respeto humano, sin preocuparSe en complacer a los Superiores y aunque se crea que no se seguirá su opinión (XIII, 674 y 742):

Hermanas, es preciso que sepáis que, en estas pequeñas asambleas debe­mos hablar en la presencia de Dios, prestar gran atención a lo que se dice en ellas para poder dar nuestro parecer con madurez y para evitar repeticio­nes: esto será fácil cuando, reteniendo lo que una Hermana haya dicho y siendo de su misma opinión, se diga: «Me parece que lo que se ha dicho se puede hacer por las razones expuestas». Y añadir: «He pensado tal o cual cosa, por tal o cual razón»; porque, ved, Hermanas, cuando se trata de la gloria de Dios, no hay que tener respeto humano, aunque tampoco sea nece­sario contradecir manifiestamente, pero hay que dar sencillamente nuestro parecer cuando los Superiores nos lo piden.

Pensando que una buena Hermana, que había asistido a pocos Consejos, quería seguir la opinión de la Superiora, ésta la interrumpió y dijo: «Her­mana, por favor, se trata de lo que os ha llamado la atención y de lo que vos pensáis.» Y dirigiéndose a Nuestro Muy Honorable Padre, le dijo: «Me ha venido a la imaginación que nuestras Hermanas podrían dudar en dar su opinión creyendo que siempre hay que inclinarse ante la de los Superiores.»

Y nuestro querido Padre, tomando la palabra, dijo:

Oh, mis queridas Hermanas, no ha de ser así; y lo que la Señorita Le Gras os dice es para haceros comprender que su intención es que tengáis libertad para decir vuestros pensamientos y seguir la inspiración que el Señor os dé sobre los asuntos propuestos, sin preocuparos por la idea de hacia dónde se inclinará ella. De otro modo no sería éste un consejo en el que las personas se han reunido en el nombre de Nuestro Señor.

Estáis obligadas a decir con una gran sencillez vuestras opiniones, aunque no siempre se sigan; porque esto puede ocurrir por razones que unas veces se pueden decir y otras no es conveniente hacerlo.

  • No hay que querer que triunfe siempre nuestra opinión, ni querer dar pruebas de habilidad. Es orgullo el querer aferrarse obstinadamente a su punto de vista (XIII, 631 y XII, 319).

La Señorita añadió que podría haber aún otro defecto, que sería mirarse demasiado a sí mismo y a sus intereses.

—Oh, Dios mío, sí —respondió nuestro muy honorable Padre—. Olvidaba deciros esto, que importa tanto. Todo lo echaríamos a perder si nos atásemos a esto. Algunas veces siento, cuando se me pide mi opinión, que este interés por mí mismo querría prevalecer; pero en seguida miro a Dios. ¿No se le ofenderá? ¿Su gloria permite esto? De modo que vuelvo a ser razonable. Esto es natural, hijas mías, es natural mirarse a sí mismos; pero en seguida hay que volverse hacia Dios.

Esta es, pues, hijas mías, la falta en que se podría caer al mirarse dema­siado a sí mismo, querer que todos sigan nuestras opiniones, y si otra es de opinión contraria, querer aventajarla porque sabemos defender mejor nuestra opinión. Querer pasar por hábil porque sabe dar razones para apoyar sus sentimientos. Oh, esto, hijas mías, es un amor desordenado a la propia estima, de lo que debemos guardarnos más que de cualquier otra cosa. Bien, ¡Dios sea bendito! Espero que, por su inmensa bondad nos concederá esta gracia. Hacedme la gracia, Señor, de que en el Consejo que tenemos para los asuntos de la Casa, presente yo las cosas como son, sin pasión ni deseo de que me sigan, sino con espíritu recto, y que, si digo alguna cosa, lo haga sólo para esclarecer el tema y a fin de que los demás conozcan la verdad mejor que yo. Es la gracia que os pido, Señor.

Esta pasión, señores, tiene a la vez parte de orgullo y parte de deseo de satisfacerse. Se está en un Consejo y, naturalmente, se quiere que los demás sigan nuestra voz; se tiene pena de que otros alcancen sus objetivos; se les quiere convencer; se cree que se tienen razones más convincentes que los otros. Si se sigue la tendencia de la naturaleza, ésta va a contradecirlo todo, pero si, según la virtud de un buen misionero, se apea uno de su propio juicio, entonces se cede ante los demás y se prefieren los sentimientos ajenos a los suyos propios.

La decisión y sus consecuencias

  • La Superiora, después de haber tomado consejo de unos y otros, debe decidir en conciencia, en función de estos consejos y también en función de otras cosas que ella sabe y que a veces no debe revelar; las voces del Consejo no son sino consultivas. La Superiora debe tomar la decisión que le dicte su conciencia así iluminada; ella deberá dar cuenta delante de Dios (II, 299 y IV, 48).

Porque es a propósito formar a dos personas para servir de Consejo a los Superiores, tomaréis al P. Escart, este año, para esto. Y aunque, según las Reglas de la Compañía, el Superior no esté obligado a seguir la pluralidad de opiniones y aunque las cosas propuestas se deben resolver entre Dios y él, salvo a responder cuando consiga el éxito de lo que haya hecho contra el ‘parecer de su Consejo, tendréis, sin embargo, un gran respeto a los del P. Du­festel, como estoy seguro de que lo haréis.

Cuando vuestros consultores son de pareceres contrarios, vos habéis de resolver la cosa según lo juzguéis razonablemente; o bien, si la cosa merece que se me escriba, suspenderlo hasta después de mi respuesta.

«Hay que recordar que allí donde la prudencia humana fracasa, allí co­mienza a apuntar la luz divina» (Conferencias Ed. Dodin, p. 1013).

En los casos importantes se habrá de escribir a la Superiora General.

  • Si el asunto es grave y al final del Consejo la Superiora estima no tener aún la luz necesaria, pedirá a las Hermanas un poco más de oración y de reflexión y dejará la decisión para el Consejo siguiente. Ejemplo: la cuestión de retirar a las Hermanas de Nantes. Consejo del 8-4-55 (XIII, 692-693):

Sería más conveniente terminar desde ahora, no se podría retirar a nues­tras Hermanas en un tiempo más propicio porque están muy unidas entre ellas; lo que será muy adecuado para no dar motivo de escándalo a la gente de fuera.

Nuestro muy honorable Padre, después de oír lo que antecede, dijo:

Todos estáis de acuerdo en que se ha de llamar a nuestras Hermanas, y yo también; pero para no omitir nada en un asunto de tal importancia, creo que será a propósito encomendárselo a Dios. Y como no queremos hacer nada que no sea conforme a su santa voluntad, hay que pedirle luces para conocerla. Creo, Señorita, que sería bueno que vos comulgáseis, y vosotras también, Hermanas, a fin de obtener de Nuestro Señor las gracias que nece­sitamos en este asunto. Nosotros diremos también la Santa Misa por esto y además será bueno hacer oración para pensar bien si será favorable, para la gloria de Dios, el llamar a nuestras Hermanas; y en la primera Asamblea, cada uno dirá su parecer.

  • Una vez que la decisión se ha tomado con oración y prudencia, no hay ya lugar para arrepentirse y volver sobre lo resuelto; serían ilusiones del demonio (V, 138).

Ejemplo del Papa Clemente VIII:

Es una máxima de los Santos que una cosa de importancia que mira a la gloria de Dios y al bien de la Iglesia y que se ha hecho después de muchas oraciones y de tomar consejo a este efecto, hay que creer que es la voluntad de Dios que la cosa se haga y que se deben rechazar como tentaciones diabó­licas las proposiciones que se hagan contrarias a esta resolución. Siguiendo esta máxima, Clemente VIII se deshizo de la tentación que tenía de que se condenaría por haber reconciliado con la Iglesia y hecho poseedor del reino de Francia a Enrique IV, que, siendo hugonote, se había hecho católico y había caído por segunda vez en herejía. Este Santo Pontífice, en un sueño que tuvo, se imaginó ser llamado al juicio de Dios y que allí se le reprochó haber entregado al lobo la guarda de las ovejas, obligando al pueblo de Fran­cia a obedecer a su rey, al que de otro modo no hubiesen reconocido como tal. Pero un cardenal, con el que tenía gran confianza y al que comunicó su pena, le tranquilizó por la regla ya dicha.

El secreto del Consejo

«¡El alma de los asuntos de Dios es el secreto!» (XIII, 591).

Todos los miembros del Consejo deben guardar un secreto absoluto no sólo sobre las decisiones, sino también sobre lo que se haya tratado en el Consejo (XIII, 591).

San Vicente elogia en esto a Santa Luisa y cita como ejemplo a un con­sejero romano (XIII, 700-701).

Un tercer fundamento, absolutamente necesario, es el secreto inviolable. El alma de los asuntos de Dios es este secreto; porque desde que se habla fuera de lo que pasa, todo se ha arruinado y todo va en desorden. De suerte que es preciso aquí un secreto, sin comparar, parecido al de la confesión. Es necesario que jamás se sepa no sólo las cosas resueltas, sino tampoco las que se han propuesto. Es preciso que jamás, ni directa ni indirectamente deis a conocer nada en absoluto, nada de lo tratado en Consejo. Incluso no debéis hablar de ello entre vosotras, como, por ejemplo, si dijerais: «¿Qué os parece tal cosa? ¿No sería mejor hacerlo de esta manera? Digamos tal cosa.» Oh, no, hijas mías, jamás, jamás entre vosotras abráis siquiera la boca así; jamás habléis de lo que se va a tratar.

Había en Roma un hombre que fue llamado a un Consejo donde debía tratarse de un asunto importante. Cuando volvió a su casa, su mujer quiso saber lo que se había resuelto. El le contestó que no se lo diría, que esto no se debía hacer. Sin embargo, ella presionó para saberlo. La mujer le insta incansablemente y le quiere dejar si no le descubre lo que ha oído. ¿Qué hizo él para contentarla? Porque verdaderamente la quería mucho; no quería que se enfadara, pero tampoco quería decirle lo que deseaba saber. Buscó él una fábula, una cosa de nada y le dijo que eso era lo que se había resuelto. Ved, Hermanas, la fidelidad de este hombre en guardar el secreto; de manera que ni el amor que tenía a su mujer, ni todas sus instancias, tuvieron poder para hacerle faltar a lo que estaba obligado. Así es como hay que hacerlo: no hablar ni directa ni indirectamente, ni a ninguna Hermana, de lo que sabe­mos por esta vía. Si hay alguna bastante curiosa para preguntarlo, hay que decirle: «Pero Hermana, ¿por quién me tenéis que me preguntáis tal cosa? Sin duda no tenéis buena opinión de mí al pensar que soy tan ligera de espí­ritu que voy a deciros lo que no me está permitido. Si yo hubiese cometido esta falta tendríais motivos para burlaron de mí.» He aquí, Hermanas, cómo hay que deshacerse de tales personas y no decir nada tocante a lo que se ha tratado, ni directa, ni indirectamente.

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