San Vicente de Paúl y su entronque hispánico (IX)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Herrrera, C.M. · Año publicación original: 1963 · Fuente: Anales españoles.
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Artículo IV: ¿Conocieron los españoles coetáneos a San Vicente de Paúl?

También aquí los documentos arrojan un balance posi­tivo; mas, cosa curiosa, ello fué a través de Irlanda y de Ita­lia. Andábamos por aquellas fechas a la greña con Francia y no era fácil que los Pirineos se prestaran al trasiego de no­ticias favorables. Sin embargo, las noticias filtradas a través de Italia y de Irlanda fueron acogidas con tanta simpatía que estuvieron a punto de cristalizar en sendas fundacio­nes de misioneros en Barcelona, Toledo y Plasencia.

a) El proyecto de Barcelona—Se remonta a 1644. Cómo

Aegó a Barcelona la noticia de las obras vicencianas no lo declaran las fuentes, pero se vislumbra. Por esta época Cata­luña se había rebelado contra Felipe IV y se había puesto bajo la dominación francesa. Ana de Austria, satisfecha del funcionamiento del Consejo de asuntos eclesiásticos, quería implantar el mismo sistema en Cataluña, y escribió al virrey Harricourt por medio de Mazarino, que era su voluntad que en el Consejo eclesiástico de Cataluña Pedro de la Marca, el futuro Arzobispo de Tolosa y de París, desempeñara el mis­mo papel que el señor Vicente en el de Francia. Es fácil que su nombre saltara a los ambientes clericales, y que en sus viajes a Roma algunos sacerdotes catalanes conocieran allí se pusieran en contacto con los hijos del señor Vicente, di­rigidos a la sazón por el impetuoso Bernardo Codoing Co­rioing era un huracán y todo lo removía en torno suyo. A los catalanes les gustaron las obras vicencianas y desearon po­seerlas, especialmente un Seminario. Acaso fue el mismo Codoing el que les inspiró el deseo. Lo cierto es que desde los primeros días del año empezaron a llegar a París, semana tras semana, misivas apremiantes de Bernardo Codoing, im­portunándole para que enviara un equipo misionero a la ca­pital del Principado catalán. El 16 de marzo, el Santo con­testa a Codoing:

«He recibido dos cartas suyas todas estas semanas atrás, que todas ellas tratan del asunto de Cataluña, del que ya le he manifestado mi pensamiento. Sin embargo, «condes­cendiendo» a las instancias que me hace, «in nómine Domini». Si le parece bien envíe desde ahí al bueno del P. Boulier y a nuestro caro Hermano Martín, si es que se puede pasar sin este último. Ya le he dicho oue su majestad ha destina­do 1.000 escudos para ese su Seminario; mas sobre la ayuda al de Barcelona no he oído nada ni he creído prudente ha­blarle, estando, como al presente está, abrumada de peticio­narios, que a ella acuden desde todos los puntos cardinales del reino, siéndola imposible venir en ayuda de todos con lo suyo, ya que no cree en conciencia que pueda hacerlo con lo del rey ni con lo del público a causa de las necesidades en que se encuentran uno y otro. Desde aquí procuraremos en­viarles con qué puedan subsistir más ¿qué harán allí si no tienen fondos? En nombre de Dios piense en ellos.»

El 14 de abril San Vicente le anuncia que envía cuatro Hermanos, cuatro clérigos y un sacerdote; que la reina le ha prometido tres mil libras para la fundación de Barcelo­na y que los destinados a ella no salgan hasta que lleguen los que él envía.

«Con todo, le dice, ya hay que empezar un Seminario in­terno—para la formación de misioneros–y otro externo, Nuestros Hermanos, por la gracia de Dios, son muy buenos y de muy buen ejemplo. iCuánto deseo que la disciplina resplandezca  en nuestras Casas y que en particular sean en ellas muy manifiestas la mansedumbre, la humildad y la mortificación! iQue este sea, en nombre de Dios, su principal empeño y el de toda la Casa! No nos atropellamos en el afán de extender la Compañía ni por las obras de relumbrón. El consuelo que Dios me da es pensar que, por la gracia de Dios, siempre nos hemos esforzado por seguir y no prevenir a la Providencia, que con tanta sabiduría sabe conducir todas las cosas a su fin, que es Nuestro Señor. Nunca he visto mejor la vanidad de la conducta contraria ni el sentido de estas palabras, a saber, «que Dios arranca la viña que Él no ha plantado».

Al Superior de Roma le era difícil aprender esta lección tan típica del gran Fundador. En vez de un Seminario Ma­yor para los ya entrados en órdenes, para enseñarles las cien­cias eclesiásticas, proyectó establecer un Seminario Menor para niños y jóvenes hasta los dieciocho años, a los que les enseñaría solamente las letras humanas—Humanidades y Filosofía—. Cosa parecida quiso nacer con la fundación de Barcelona, y el Santo se percató de que en el proyecto había más de la cosecha del P. Codoing que de los que la solicita­ban. Esto le mueve a escribirle el 10 de agosto y a decirle:

«Me temo que aquí, como en todas las demás cosas, haya ido usted demasiado de prisa; éste es también el pensamien­to de los externos que ven sus idas y venidas; y no le ocul­taré que hasta un personaje de alta condición me lo ha re­petido. Ello ocurre porque usted se ocupa incesantemente de pensamientos y proyectos de arbitrar medios para hacer progresar a la Congregación y se precipita en su ejecución; y cuando la cosa que emprende no sale a su gusto, ya habla de cambiar ante las primeras dificultades que surgen. En nombre de Dios, señor, piense en esto y no se deje arrebatar de la impetuosidad de los movimientos del espíritu. Lo que de ordinario le engaña es la apariencia del bien, visto a la luz de la razón humana, que nunca o rara vez coincide con la divina. Ya otras veces le he dicho que las cosas de Dios se hacen por sí mismas y que la «verdadera sabiduría consis­te en seguir paso a paso a la Providencia»: Afiáncese, pues, en la verdad de una máxima,, que parece paradoja: «que en las cosas de Dios el que se apresura retrocede».

Al Santo no le gustaban tales manejos y prefirió dejar a la Providencia el cuidado de llamar a sus misioneros a Bar­celona cuando la hora fijada por Dios sonara. Y sonó sesen­ta años más tarde, cuando el Arcediano Sent Just y Pagés, que los conoció en Roma en 1704, se los pidió al Papa, y Cle­mente XI se los otorgó para que hicieran en España posi­ble las sagradas misiones y los ejercicios al clero, como lo nacían en Roma los Hijos de San Vicente de Paúl.

b) Proyecto de fundación en Toledo.—El segundo con­tacto de San Vicente de Paúl con los españoles fue a tra­vés de los irlandeses y de los italianos. Sabido es que San Vicente envió a Irlanda un valiente escuadrón de misioneros, que levantaron la moral de los católicos irlandeses en una serie de misiones; que en un sola año dieron en la estadís­tica la cifra de más de 80.000 confesiones generales; campaña que duró hasta que el feroz Iretón, yerno de Cronwel, des­hizo su resistencia y lanzó al destierro a millares de fugiti­vos, que se refugiaron en Francia y en España. Entre los que arribaron a nuestra patria figuraba un sacerdote, familiar de un Obispo irlandés, llamado por apellido Loeus, el cual, al informar al Cardenal de Toledo, Luis Moscoso de Sandoval, de lo ocurrido en su patria le hizo de los hijos San Vicente un panegírico tan encendido que al paje del Cardenal le en­tró un vivo deseo de incorporarse a la naciente Congrega­ción, y al eminente purpurado otro no menor deseo de pedir al Santo misioneros para dirigir su Seminario. En un viaje que hizo a Roma el señor Loeus conoció al P. Edmundo Jol­ly, Superior de los misioneros, ya muy famoso en la ciudad eterna y futuro segundo sucesor de San Vicente en el gene­ralato de la Compañía. El P. Jolly enlazó con San Vicente y le puso en comunicación con el Cardenal. ¿Llegó a escribirle el Santo? La correspondencia que de él se conserva no nos lo permite afirmar, pero sí afirmar que se conocieron a través del P. Jolly y del sacerdote irlandés, que le transmitía las respuestas del Santo.

El 5 de junio de 16E7 el P. Jolly dio parte al Santo de los deseos del Cardenal español y del entusiasmo que el proyec­to había despertado en los medios españoles de Roma, hasta el punto que un sacerdote que había sido jesuita y un gen­til-hombre, que estudiaba en Roma, se le habían ofrecido para, una vez incorporados a la Congregación, tomar parte en la empresa bajo la obediencia del superior que el Santo nombrara. El Santo pensó en el F Juan Martín como el más capacitado por su taco, prudencia y santidad, y también por más conocedor de los españoles y de la lengua española, que había estudiado con anterioridad, para tomar parte en el fracasado intento de Barcelona; mas al darse cuenta de que su presencia era necesaria en Turín, el Santo pensó en el P. Gerardo Brin, que por ser irlandés y amigo del señor Loeus sería más simpático al. Cardenal y a los españoles. Por lo demás, el Santo se tomaba tiempo para deliberar y bus­car los miembros de la futura Comunidad, mientras llegaba la orden definitiva del toledano.

Todavía en octubre del 58 el capellán del Cardenal insistía en ir a Roma para ser admitido allí en la Congrega­ción; pero el 29 de noviembre San Vicente escribía al Padre Jolly:

«Únicamente la divina Providencia es la que debe hacer esta clase de negocios: nosotros ni debemos desearlos ni bus­carlos por propia iniciativa ni por la de otros. Tal ha sido siempre el uso de la Compañía: esperar y no prevenir la or­den del superior. Le digo esto como respuesta a lo que usted me dice sobre el establecimiento de Toledo, a donde no veo que Dios nos llame por ahora. Es verdad que en otro tiem­po el señor Loeus nos ha hecho varias propuestas de parte del Cardenal Arzobispo, en quien reside la potestad de lla­marnos de parte de Dios; pero, de hecho, no nos llamado, y nosotros no debemos hacer más avances para que nos llame, que manifestar al señor Loeus nuestra disposi­ción para responder al llamamiento de Dios, en caso de que ocurra, que es la única intención que yo tenía cuando le rogué a usted que le hablara del caso. Si mi dicho señor Car­denal mandara que le enviara a usted algunos sacerdotes y el único obstáculo fueran los gastos del viaje, nosotros los haríamos gustosos y algo más; pero adelantarnos a ofrecer­nos, no quisiera ir yo tan adelante. Comunique, le ruego, al señor Loeus esta nuestra máxima y quede ahí la cosa».

Pero el señor Loeus no quedé ahí y envió una carta al Cardenal y una copia de ella al Santo. El 27 de septiembre San Vicente escribe al P. Jolly:

«En la carta del señor Loeus no hay ningún reparo que poner; antes bien, la sustancia de lo que contiene y la ma­nera que está concebida demuestran muchísima prudencia y discreción. ¡Alabado sea Dios! por la benevolencia con que nos honra este doctor y por el testimonio que nos da en esta ocasión» .

No sabemos lo que el Cardenal contestaría al doctor; lo cierto es que la orden no llegó y la fundación de Toledo se quedó en proyecto. Únicamente en la segunda mitad del si­glo XIX sus hijos gobernaron el Seminario toledano duran­te algunos años, escasos. Lo que sí parece cierto es el influ­jo que San Vicente ejerció en el espíritu de la Asociación de Sacerdotes del Clero Secular, Misioneros del Salvador del Mundo, que el Cardenal Moscos, estableció en Madrid, no lejos de la Parroquia de Santa Cruz, para que desde allí misionaran todo su extenso arzobispado, y que en 1726 reorga­nizó el Cardenal Astorga sujetándolos a su jurisdicción, como los de San Vicente lo estuvieron al principio al de París. Véa­e, entre otros, este párrafo:

«Todo el gasto que hicieron los misioneros ha de ser de cuenta de la Congregación, sin admitir con pretexto algún dinero, regalo, comida, carruaje, sino es pagándolo todo por su justo precio, ni aunque sea con título de agasajo, que ha­gan los pueblos, justicias, regimientos, curas, ni cabildos eclesiásticos ni religiosos, ni otra persona alguna particular con título de parentesco, amistad, piedad ni obligación. El mis­mo rigor se debe observar en no admitir limosnas de misas».

También se levantan a las cuatro «ad pulsum campanae»; tienen una hora de meditación, exámenes y rezo en común; una hora de recreo, después de comida y cena, sobre mate­rias espirituales, y descanso de siete horas; comida y habita­ción acomodadas a un pobre; tienen Hermanos coadjutores que van a Misión para atenderles, sin que puedan tener con­versación alguna con criadas ni clase alguna de mujer, como no sea por necesidad y de paso, y otros detalles coincidentes con las reglas dadas por San Vicente a sus misioneros.

c) Monseñor Luis Crespi de Baria, embajador extraordinario de S. M. Felipe IV en Roma.

El tercer contacto importante de personajes españoles con San Vicente de Paúl lo realizó Mons. Luis Crespi de Bor­ja, Obispo de Plasencia y embajador extraordinario de Feli­pe IV en Roma con el encargo especial de gestionar ante el Papa la definición dogmática del privilegio de la Concepción Inmaculada de María.

Este contacto se realizó también por el camino de Italia, en donde florecían las obras vicencianas de las misiones y de los ejercicios espirituales. Por disposición del vicario general del Papa, que luego fui, elevada por Alejandro VII a consti­tución obligatoria, todos los sacerdotes y Obispos que habían de ordenarse en Roma y en las Diócesis suburbanas tenían que retirarse, durante diez días, a hacer ejercicios espiritua­les, que los preparara para tan sagrada acción, a nuestra Casa de Montecitorio, de la que por estas fechas era Supe­rior el P. Edmundo Jolly, quien en marzo de 1660 escribió al Santo:

«En los últimos ejercicios de ordenandos tuvimos entre ellos a un gentil-hombre español, de la Diócesis de Plasencia, cuyo Obispo está actualmente en esta corte en calidad de embajador extraordinario del Rey de España.

Éste buen gentil-hombre, teniendo deseos de recibir las sagradas órdenes, vino con gran devoción a los ejercicios; mas al oír las conferencias y habiendo, de un lado, conocido por ellas la importancia de no meterse en ellas sin ser clara­mente llamado por Dios, y de otro, considerando las grandes obligaciones que se contraen al recibirlas, quedó sobrecogido de un gran temor y experimento una grandísima dificultad en resolverse a dar el paso definitivo, lo que, sin embargo, hizo con santísimas disposiciones, de que fue señal y demos­tración clarísima el cambio total que se echó de ver en él, lo mismo que en otros muchos, después de la ordenación.

Al salir de los ejercicios hizo de ellos a su Obispo un re­lato tan fervoroso, que mostró deseos de hablarnos, y habiéndonos enviado un recado hemos ido esta mañana a su casa, en la que hemos encontrado un Prelado lleno de celo, que ha dado muchas Misiones en su Diócesis, casi al mismo estilo que la Compañía, sino es que son un poco más cortas. El predica, confiesa y, por sí mismo, explica el catecismo; mas esta invención de trabajar en formar buenos eclesiásti­cos le encanta. Él quiere venir acá en las próximas ordena­ciones, y me pregunta si, cuando regrese a España, le podre­mos dar alguno de los nuestros, y aún, sin esperar a entonces, desea enviar a su Diócesis una instrucción acerca de lo que aquí hacemos en las ordenaciones, a fin de que ya lo em­piecen allí a poner en práctica».

El Santo, de una parte muy remirado en no precipitar los acontecimientos, y de otra, temeroso de que sus misioneros acaso no estuvieran a la altura conveniente de su tarea en un país, donde el clero calzaba ‘cantos puntos en formación teológica, contesta poniendo frenes al P. Jolly:

«En cuanto a este buen Prelado, embajador del Rey de España, es menester bendecir a Dios por los sentimientos que le da acerca de este empleo de los ordenando y por el celo que tiene por las misiones; mas, en nombre de Dios, Se­ñor mío, no dé un paso en orden a que nos busque y solici­te; y por grande que sea el deseo de tener para su Diócesis sacerdotes nuestros, no le dé esperanzas; mas, sin quitarle este deseo, reciba lo que le dijere con respecto y acciones de gracias, pero sin comprometerse a favorecer su proyecto. Ni siquiera debe darle las memorias que le ha pedido, sino a más no poder y lo más tarde que pueda, ya que, si llega a empe­ñarse en llevárselos, nos veremos harto embarazados para dárselos tales que sean a propósito para aquel reino, además de que nos debemos guardar mucho de lanzarnos por nuestra cuenta a introducirnos en los lugares en donde todavía estamos.

El Superior de Roma, a fines de abril o primeros de mayo, contestó a su Padre y Fundador que se ajustaría a las nor­mas que le había fijado, sin que sepamos si hubo o no ulteriores gestiones: pero es cierto que tan buenos proyectos no llegaron a cristalizar, acaso, como parece apuntar el  Santo, por tener un concepto de la valía del clero español y parecerle que no tenía, disponibles, misioneros que estuvieran a la altura de la tarea, cosa que parece que también tuvo no pequeño influjo en los fallidos proyectos de Barcelona y Toledo

d) ¿Un retrato de Pachecho? En el número 216 de la revista «Barcelona, atracción», correspondiente al mes de junio de 1929, hay un artículo, firmado por V. Solé de Sojo, acerca de la «Colección de Antigüedades y obras de arte de don Joaquín de Montaner». En él exhibe, como un hallaz­go extraordinario, el más original y antiguo de los retratos de San Vicente de Paúl El articulista, que es un técnico, des­pués de hacer constar que en la pinoteca de Montaner figu­ran telas de pintores italianos y españoles, como Botticelli, Murillo, Andrea del Santo, Morales, Vicente López, etc., se detiene con especial complacencia en una tela curiosísima por su valor histórico y documental.

«Se trata—escribe Solé de Sojo—de un rarísimo retrato de San Vicente de Paúl en la época media de su vida. Es obra evidentemente de escuela española y un documento de gran valor para fijar determinados aspectos de la nacionalidad y de la vida del Santo. Su autor es desconocido; pero la factura de esta obra hace creer con fundamento ‘que es debida al pincel de Pacheco.»

El retrato es la única tela reproducida en la revista, en su página 186. Es realmente original y anterior a la beatifica­ción y canonización, pues no tiene aureola ni otro atributo de santidad, si bien todo el rostro está diciendo que perte­nece a un alma llena de Dios. Diríase que el pintor le captó cuando estaba dando gracias después de la misa. Brillan en él la serenidad y la modestia. Sus ojos están casi cerrados, como quien medita; su frente es ancha, poderosa y sin arru­gas, y su boca suavemente cerrada, como quien saborea al­guna dulzura interior; por su anchura, lo mismo que su na­riz, prominente y un poco aquilina, se parecen a las tradicionales de los retratos clásicos. Y como en éstos, luce su gorro, aunque no tan encasquetado por debajo del cual aparece el cabello todavía negro, que  con otros rasgos le da una edad de cuarenta años.  Su alzacuello es también el clásico, aunque no tan subido, pues deja el cuello un tanto descubierto. El conjunto lo delata de los tiempos de la Casa de Gondi. Felipe Manuel de Gondi era uno de los personajes más importantes de Francia, y su capellán, que también lo era de la Marina francesa y ya tenía hechos y fama de santo, pudo llamar la atención del pintor español en cualquier en­crucijada de su vida itinerante, que por esta época le llevó hasta Flandes a través de Francia.

Otros contactos con España

La primera vez que en la correspondencia, que actualmente se conserva, la pluma del Santo nombra a España no es precisamente en plan de elogio; pero es la única vez que España, o mejor, un funcionario de ella le deja mal sabor

a) Un mal servicio del Correo de España.–Refiriéndose el Santo al Correo que traía desde Roma, a través de Fran­cia, la correspondencia de Italia y Francia, escribe lamen­tando un mal servicio que le atribuye:

«Por dos veces he escrito por medio del Correo de España, que pasa por París y Bayona, y no sabiendo «cui  altari vovere vota mea», Dios que, «etiam sifdifferat, non aufert tamen spei effectus», me ha puesto al paso de este venerable Padre religioso, cuando está a punto de embarcar, por cuyo medio espero gozar del bien de que me había privado la perfidia de aquellos a quienes había confiado mis cartas…». Veinte años más adelante, cuando había dejado de ser el señor Vicente para convertirse en San Vicente, no hubiera colgado de los funcionarios de correos una calificación tan severa. Es seguro que se hubiera buscado y encontrado al­guna excusa.

b) En poder de los españoles.—Por dos veces la empresa misionera de San Vicente se vio obstaculizada por la guerra entre Francia y España, y los barcos en que navegaban sus misioneros a Madagascar caen en poder de la escuadra espa­ñola y hechos prisioneros; pero son amorosamente cuidados en el Hospital que los Reyes Católicos levantaron en Santiago de Compostela y devueltos, una vez curados, a la patria, para embarcarse de nuevo.

c) Una noticia gozosa.—Sólo a una distancia de ocho años de su desagradable tropiezo con los funcionarios de Co­rreos, cuando ya andaba metido por tierras de los de Gondi, pone a los campesinos, a quienes trataba de exhortar al es­tudio del catecismo, el ejemplo de España que ha conservado, dice, la fe en toda su pureza, gracias a la enseñanza que en ella se da del catecismo.

d) La paz de los Pirineos.—Al Santo le molestaba esta prolongada guerra de los Treinta Años, que desgarraba a las naciones católicas y estaba haciendo posible el triunfo del protestantismo en Europa. Su deseo era que hicieran las pa­ces y volvieran las armas contra los musulmanes y herejes, y así se lo rogó al Cardenal Ministro; pero tanto a Richelieu como a su «alter ego» y sucesor, Marzarino, le importaba más el aplastamiento de la Casa de Austria que la liberación de Irlanda o el triunfo de los estados católicos de Alemania. Por eso, cuando en los crespúsculos de su ocaso se celebraron las preliminares de la paz, que se firmó en la isla de los Fai­sanes del Bidasoa, entre Francia y España, su alma se llenó de gozo. El 25 de mayo de 1659, escribiendo al P. Desdames, en Varsovia, le daba la fausta noticia de la proximidad de la paz en estos términos.

«Quiera Dios dar la paz a todo ese reino de Polonia y mil bendiciones a sus majestades. Por acá ya se la tienen por se­gura Francia y España». El Santo estaba bien informa­do; los preliminares abiertos el año anterior quedaban firma­dos doce días después, el 4 mayo de 1659, y ratificada la paz a mediados de 1660.

e) En Santa Cruz de Tenerife.—Esta paz tuvo una favo­rable repercusión en la posibilidad de que sus misioneros na­vegaran seguros hacia Madagascar y hasta pudieran hacer escala en las islas Canarias y confraternizar y recibir ayuda de las autoridades de las islas. Así, desde Tenerife, por medio de un comerciante de S. Malo, el P. Nicolás Etienne, el futu­ro mártir de Madagascar, le escribía detalles como estas recogidos luego en su diario:

«Echamos anclas en la rada de Santa Cruz, isla de Tene­rife, en donde fuimos visitados por muchos españoles que mostraron mucha alegría por la paz entre las dos coronas. Los señores capitanes juzgaron oportuno que nos destacára­mos a saludar al gobernador a fin de asegurarle la paz entre los dos reyes, el cual nos hizo una muy calurosa acogida. Mientras yo estaba hablando con él, el Generalísimo (capi­tán general) de todas las islas, por medio del ayudante, que le había enviado para notificarle nuestra llegada, le envió un comunicado ordenándole nos diera todo lo necesario para el buque y diciéndole que dentro de poco se trasladaría al fuerte. No bien habíamos salido de la presencia del goberna­dor, cuando llegó él, cosa que nos obligó a volver sobre nues­tros pasos y entrar de nuevo para rendirle nuestros homena­jes. El nos recibió al P. Daveroult y a mí con grandes seña­les de cordialidad. Es un señor anciano y venerable y de mu­chísima piedad. Conversó con nosotros durante media hora o tres cuartos, parte en lengua francesa y parte en la de Es­paña, dando señales de tanta alegría por la unión entre las dos monarquías, que en un momento se la aparejó una cha­lupa para ir a bordo de nuestra nave a significársela a los capitanes. Yo le rogué humildísimamente que tuviera a bien aplazar la visita para el día siguiente, pues siendo ya de tan elevada edad y fatigado, corno estaba, pues acababa de descender del caballo en que había venido, y aproximándose la noche todo ello podría poner en peligro su salud, cosa que, a una, corroboraban todos los presentes. Movíame también a rogar­le el aplazamiento el tener tiempo de advertir a los capita­nes, a fin de que lo recibieran según se merecía. Y efectiva­mente, muy de mañana ya estaba a nuestro bordo, y lo pri­mero que preguntó fue por la misa. Luego celebró una re­cepción en honor de todos los oficiales, excusándose de la invitación a comer que le hicimos, a cuenta de su enfermedad, contentándose con unas gotas de ron. Su visita a nuestro buque asombró a todos los españoles y a todos los demás barcos extranjeros, que estaban en la misma rada, a los cuales no ha hecho semejante honor…

Hay en estas islas un monte notabilísimo a causa de su altura, pues se le tiene por una de las montañas más altas del mundo; por uno de sus lados se divisa desde treinta leguas de distancia; yo lo vi a la distancia de quince a die­ciséis leguas. El sábado, dicha la santa misa al Padre Eter­no para que nos diera buen tiempo, levantamos anclas y a las cinco de la mañana despegamos de dicha rada de Santa Cruz en dirección a las islas de Cabo Verde.

Tan alegres noticias fueron una de las últimas alegrías que recibió aquel corazón, que tanto amó a los hombres, que tanto trabajó por la paz entre los príncipes cristiano y que tanto amó a las naciones católicas, en especial a España, Po­lonia e Irlanda, que tanto lucharon por la Iglesia y en cuya línea se esforzó, aunque sin conseguirlo, en poner a Fran­cia, que tantos motivos tenía para ello.

España imbatida e incontaminada.—Por aquellos días Es­paña estaba riñendo las última, batallas por la unidad de Europa dentro de la unidad católica, amenazada por la múl­tiple excisión protestante.

Francia, por obra de Richelieu y Mazarino, inclinó la ba­lanza excisionista al alinearse al lado de los príncipes protestantes en contra de la doble monarquía católica de Espa­ña y Austria, en vez de alinearse con ellas contra el enemigo común. Esta actitud produjo el panorama europeo que en 1656 contemplaban los ojos atónitos de San Vicente:

«Es una desgracia digna de llorarse. i Seis reinos arreba­tados a la Iglesia: Suecia, Dinamarca, Noruega, Inglaterra, Escocia e Irlanda! A estos reinos hay que añadir Holanda, una gran parte de los alemanes y varias de las grandes ciu­dades anseáticas. ¡Oh, Salvador!, i qué pérdida! Aún hay más: estamos en vísperas de perder el gran reino de Polo­nia si Dios nos lo preserva por un efecto especial de su misericordia».

Esta tragedia, como asegura en marzo de 1647, hacía ya tiempo que se le había metido en el corazón, y aflora en su Correspondencia por vez primera en agosto de 1646. En car­ta dirigida a D’Horgny, en Roma, el panorama de la ruina de la Iglesia queda ensanchado con los reinos de Bohemia y Hungría; y agrega:

«Sólo quedan a la Iglesia Italia, Francia, España y Polo­nia; de las cuales Francia y Polonia están minadas por mu­chísimas herejías.» «Ahora bien: estas pérdidas de la Iglesia, desde cien años a esta parte, junto con las miserias presen­tes—pecados del pueblo, corrupción, negligencia de los sacer­dotes y herejía jansenista—, nos inspira la sospecha y el te­mor de que dentro de otros cien años se pierda la Iglesia en Europa; y ante este temor, dichosos serán los que pudieren cooperar en la extensión de la Iglesia por otros países.»

Efectivamente, cien años más tarde, desde la plataforma francesa, reinaba en Europa Voltaire con sus enciclopedistas y masones, cuya obra rubricó con sangre la gran revolución, que forjó la doble tenaza que está oprimiendo entre sus dos brazos el corazón de Europa: el liberalismo capitalista y el comunismo ateo, fuera de la cual, actualmente, sólo se en­cuentran España y Portugal; precisamente las dos naciones que más cooperaron a realizar la doble táctica vicenciana, conservando en Europa los restos del catolicismo con Trento, con los teólogos y con la inquisición, y trasladando con sus misioneros, navegantes y conquistadores a las tierras vír­genes de América, a las costas de la India y a las islas de Oceanía, la Iglesia, a la que repudiaban las naciones norte­ñas y a la que desgarraban amplios sectores de otras naciones más meridionales. Diríase que el Santo leía en el porvenir el punto de arranque, que actualmente nos amenaza, cuando dijo: «Ab aquilone pandetur omne malum», apuntando a los países bañados por el mar glacial.

Resulta curioso que en esta hora de la reconquista de la anidad de Europa, las naciones, que otrora fueron excisio­nistas, se hayan convertido en voceras de esta idea y pon- gran reservas y hasta traten de excluir de la tarea y poner al margen de ella a la última nación que se desangró por la Europa unida en cristiano, y que sólo a la fuerza arrió esta ban­dera, obligada por las mismas naciones que hoy tratan de escamotearla un puesto en esta empresa. Y no menos curioso es que desde esas mismas naciones haya venido el empu­je que trata de hacerla arriar la bandera de la «unidad ca­tólica» que tanto admiraba San Vicente en España y que tanto lamentaba que hubiera desaparecido en otras nacio­nes. Entre los santos que podemos invocar los españoles, para que nos conserven este tesoro—el más fundamental del alma hispánica—entra, por tanto, por derecho propio, San Vicen­te de Paúl.

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