San Vicente de Paúl y los Gondi: Capítulo 05

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Régis de Chantelauze · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1882.
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Capítulo V

Vicente de Paúl y la Sra. de Gondi en el castillo de Folleville. – Nacimiento de la obra de las Misiones. – Salida de Vicente de la casa de Gondi. – Vicente, párroco de Chatillon-lez-Dombes.

A comienzos del año de 1617, la familia de Gondi se hallaba reunida en su castillo de Folleville, en la diócesis de Amiens, cuando el sr Vicente fue llamado a un pueblo de los alrededores, en Gannes, para oír la confesión de un campesino gravemente enfermo. Y aunque este campesino pasara en su pueblo por un hombre de bien, tenía en la conciencia ciertas malas acciones de las que nunca había querido hacer confesión en el tribunal de la penitencia, Vicente interroga al enfermo, sondea delicadamente sus heridas y le lleva a consentir en una confesión general. El culpable, libre del peso de sus remordimientos, no duda en proclamar en alta voz antes de su muerte el servicio que acaba de hacerle el sr Vicente. «Señora, dice en presencia de numerosos testigos a la condesa de Joigny, yo estaba condenado si no hubiera hecho una confesión general, a causa de varios pecados graves de los que yo no me había atrevido a confesarme».

Esta revelación fue un rayo de luz para el alma piadosa de la señora de Gondi. «Ah, señor, exclamó volviéndose hacia Vicente de Paúl, qué acabamos de oír! Cómo es de temer que pase esto a esta pobre gente! Ah! si este hombre, que pasaba por un hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué será de los demás que viven en peor estado? Ah1 señor Vicente, ¡cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio para esto?».

Este remedio, la señora de Gondi lo descubrió bien pronto. Rogó a Vicente que predicara un sermón, en la iglesia de Folleville, sobre la confesión general, sobre su importancia, sobre los frutos que debe producir y, para esta predicación, se le ocurrió la idea ingeniosa de escoger el día 25 de enero, día de la conversión de san Pablo.

El sermón tuvo tal éxito, que Vicente, mucho tiempo después, se complacía en recordarlo, y atribuía todo al honor a la inspiración de la señora de Gondi. «Dios tuvo tanta consideración, decía él, a la confianza y a la buena fe de esta señora (ya que el gran número y la enormidad de mis pecados habrían impedido el fruto de esta acción), que dio la bendición a mi discurso. «Entusiasmado por este primer paso, dio otras instrucciones a los habitantes de Folleville, y llegaron en tal cantidad, que el general de las galeras se vio obligado a llamar a dos Padres Jesuitas de Amiens, para que vinieran a ayudarle. «Y así fue, decía san Vicente al final de su relato, el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la Conversión de san Pablo: lo que Dios no hizo sin un plan ese día».

Tal fue la primera idea de esta obra, que no se fundó de manera estable y duradera hasta siete años después, por este mismo Vicente de Paúl y los Gondi, sus amigos y protectores.

Con el tiempo, su humildad comenzaba a alarmarse por el respeto y la veneración de que era objeto cada día. Se le trataba como a un santo, a él que no se trataba más que de miserable. La Sra. de Gondi le tenía en tan grande afecto, que no podía ya pasarse sin él, tanto en la ciudad como en el campo. Con el alma inquieta y perturbada por continuos escrúpulos, por penas interiores, por el temor de la condenación, era al único médico a quien quería abrir su corazón enfermo, del único de quien esperaba la curación, el descanso y la confianza en su salvación. A Vicente le asustó ser así el objeto de un afecto exclusivo que le parecía una debilidad, y de un culto que creía merecer tan poco. Trató de sacar de sus terrores a la señora de Gondi y la forzó a dirigirse a otro confesor. Ella obedeció, pero no podía resignarse a otra dirección que la suya: había descubierto todo lo que había en él de santidad y se sentía atraída hacia él. Vicente creyó que el mejor servicio que le podía hacer era dejarla.

Otros motivos le empujaron a marcharse, y sin duda en primer lugar la indocilidad y la incorregible turbulencia de sus tres alumnos. Había esperado, por otro lado, hallar la paz bajo el techo de los Gondi, y ardientes pasiones políticas habían hecho su invasión en la casa. Al principio de este año de 16171, el mariscal de Ancre acababa de ser asesinado, y pronto su mujer, Léonora Caligaï, debía, en la plaza Grève, expiar «el ascendiente de su espíritu superior sobre el alma débil de María de Médicis». La Reina madre misma acababa de ser relegada a Blois, y los Gondi, como ella Florentinos de origen y un tanto sus aliados, le habían sido fieles hasta en su desgracia. Richelieu no les perdonó nunca estas simpatías que un alma menos olvidadiza y menos política que la suya se hubiera creído en el deber de compartir. Llegó incluso a tener por enemigos a todos aquellos que habían abrazado la causa de su antigua bienhechora.

Si después, durante la Fronda, Vicente en cierta medida abrazó ciertas opiniones políticas de los Gondi, esta familia de la Fronda por raza y temperamento, si él mismo hubiera tenido el valor de dirigir a Mazarino nobles y firmes advertencias, verdad es decir también que no pensaba que fuera permitido ir más lejos y que en el fondo de su alma detestaba sinceramente las facciones y las sediciones.

Por eso se apresuró a ir a buscar la paz a un asilo menos turbulento que la casa de los Gondi, a fin de poder entregarse allí con tranquilidad a sus proyectos de buenas obras. Sin embargo, como no había entrado en su casa sino por los consejos del sr de Bérulle, no quiso salir antes de consultarle. Sin entrar, por un sentimiento de discreción, en los secretos motivos de su plan, se contentó con decirle que se sentía interiormente obligado por una voz de arriba que se fuera al fondo de una provincia lejana para dedicarse allí a la instrucción y al servicio de la pobre gente del campo. El sr de Bérulle, con plena confianza en la prudencia y el celo de su amigo, cedió a su petición, sin consultar a la familia de Gondi. Una parroquia, con una renta más modesta, y casi abandonada, estaba vacante en Châtillon-lez-Dombes, en la antigua Bresse, y los canónigos de Lyon, de quienes dependía, se habían dirigido al sr de Bérulle para que les enviara un sacerdote de su elección. Bérulle no podía hacer otra cosa mejor que ofrecerles a Vicente.

Con el fin, sin duda, de sustraerse a las lágrimas y súplicas a las que no se hubiera sentido capaz de resistir, Vicente se separó de sus huéspedes pretextando un corto viaje, y dejó París para dirigirse a Châtillon. Era hacia finales de julio de 1617. El 1º de agosto siguiente, tomaba posesión de su parroquia. Apenas instalado escribió al general de las galeras, requerido a la sazón en Provenza por sus funciones, para rogarle que aceptara sus excusas sobre este retiro repentino, que él justificaba por su pretendida incapacidad de cumplir por más tiempo con fruto su cargo de preceptor.

Se podrá juzgar por las cartas que siguen del profundo dolor que experimentaron el sr y la señora de Gondi por la salida de Vicente, y del profundo respeto que le guardaban en el fondo de su corazón. «Estoy desesperado, escribía a su mujer el general de las galeras, el mes de septiembre de ese mismo año, por una carta que me ha escrito el sr Vicente, y que os envío para ver si no hubiera aún algún remedio a la desgracia que significaría perderle. Estoy extremadamente extrañado de que no os haya dicho nada sobre su resolución, y que no hayáis tenido aviso ninguno. Os suplico que hagáis de manera, por todos los medios, para no perderlo. Pues aun cuando el motivo que da (su incapacidad pretendida) fuera verdadero, no me sería de ninguna consideración, no teniendo otra más fuerte que la de mi salvación y de mis hijos, para lo cual yo sé que podrá un día servir de mucho, y a las resoluciones que deseo más que nunca poder tomar, y de las que ya os he hablado en varias ocasiones2. Todavía no le he contestado, y me quedaré esperando noticias vuestras. Juzgad si la mediación de mi hermana de Ragny3, que no está lejos de él, servirá de algo; pero creo que no habrá nada más fuerte que el sr de Bérulle. Decidle que, aunque el mismo sr Vicente no tuviera el método de enseñar a la juventud, él puede tener a un hombre bajo su dirección; pero de todos modos yo deseo apasionadamente que vuelva a mi casa, donde vivirá como pueda, y yo, un día, como un hombre de bien, si este hombre está conmigo4«.

El sr de Gondi, como nos lo confirma su hijo el cardenal de Retz, vivió mucho tiempo como hombre de mundo, incluso muy indiferente. No dudamos de que el profundo cambio que se operó más tarde en su espíritu no haya tenido también por causa los ejemplos del sr Vicente como las singulares predicciones de Margarita Acarie, religiosa carmelita, amiga de su familia y de quien hablaremos después.

Mucho mayor todavía fue la desolación de la sra de Gondi, cuando recibió la carta de su marido que incluía la del santo hombre. «Nunca lo habría imaginado, decía ella a una amiga en su profunda tristeza5. El sr Vicente se había mostrado tan caritativo para con mi alma que yo no podía sospechar que debiera abandonarme de esa manera. Pero, Dios sea alabado, yo no le acuso de nada, ni mucho menos; creo que no ha hecho nada que no sea por una especial providencia de Dios y tocado por su santo amor. Pero, verdaderamente, su alejamiento es muy extraño y confieso no entender nada. Sabe la necesidad que tengo de su dirección y de los asuntos que tengo que comunicarle; las penas de espíritu y de cuerpo que he pasado, por falta de asistencia; el bien que deseo hacer en mis pueblos y que me es imposible emprender sin sus consejos. En una palabra, veo mi alma en un triste estado». Y poniendo a los ojos de su amiga la carta de su marido, añadía: «Ya veis con qué resentimiento (pena) me ha escrito el sr general. Yo veo incluso que mis hijos se están perdiendo cada día; que el bien que hacía en mi casa y a siete u ocho mil almas que están en mis tierras ya no se hará. ¡Qué! ¿no están estas almas también rescatadas por la sangre preciosa de Nuestro Señor como las de Bresse? ¿No le son tan queridas? En verdad, no sé cómo lo entiende el sr Vicente; pero sé muy bien que me parece que no debo descuidar nada para retenerle. Sólo busca la mayor gloria de Dios, yo no lo deseo contra su santa voluntad; pero le suplico con todo mi corazón que me lo vuelva a dar; se lo pido a su santa madre y yo se lo pediría todavía con más fuerza si mi interés particular no estuviera mezclado con el del sr general, de mis hijos, mi familia y de mis súbditos6«.

Tal era la impresión profunda que había dejado en el alma de la Sra. de Gondi el recuerdo de las virtudes del sr Vicente. Durante varios días, inconsolable por su partida, siguió anonadada en su dolor, sin poder tomar alimento ni descanso. Se preguntaba con inquietud si, cediendo a su deseo de volver a traerlo bajo su techo, como había recibido la orden de su marido, no iría contra la voluntad del cielo. Rogó con fervor, pidió oraciones a las comunidades religiosas de París, luego se fue a confesar sus penas al P. de Bérulle y le suplicó que usara de toda su influencia para devolverle al sabio instructor de sus hijos, al santo director de quien sólo esperaba la salvación de su alma. El P. de Bérulle, conmovido por su desesperación y la justicia de su demanda, la consoló, la reafirmó y prometió intervenir ante su amigo.

A continuación de esta entrevista, que le había devuelto un poco de calma, de confianza y de esperanza, la sra de Gondi envió al sr Vicente el escrito del general de las galeras y le escribió ella misma varias cartas que ella procuró mostrárselas antes al P. de Bérulle. Esta es una sobre todo que nos descubre lo que había de tierna piedad, de desolación, de elocuencia emotiva, de delicadeza conmovedora en esta alma cristiana: «Yo no hacía mal en temer perder vuestra ayuda, como os he testimoniado tantas veces, ya que en efecto la he perdido. La angustia en que me encuentro me resulta insoportable sin una gracia de Dios muy extraordinaria, que no merezco. Si no fuera más que por algún tiempo, no tendría tanta pena; pero cuando miro todas las ocasiones en que necesitaré ayuda, en dirección y en consejo, sea en la muerte, sea en la vida, mis dolores se renuevan. Juzgad pues si mi espíritu y mi cuerpo pueden soportar estas penas mucho tiempo. Me encuentro en estado de no buscar ni recibir ayuda de otra parte, porque sabéis bien que no tengo la libertad para las necesidades de mi alma con mucha gente. El sr de Bérulle me ha prometido escribiros, invoco a Dios y a la Santísima Virgen que os devuelvan a nuestra casa, para la salvación de toda nuestra familia y de muchos otros, por quienes podéis ejercer vuestra caridad. Os suplico una vez más, practicadla para con nosotros, por el amor que profesáis a Nuestro Señor, a la voluntad de quien me someto en esta ocasión, si bien con mucho miedo de no poder perseverar. Si, después de esto, me rechazáis, os haré responsable ante Dios de todo lo que me suceda y de todo el bien que yo deje de hacer, por falta de vuestra ayuda. Me pondréis en el peligro de encontrarme bien a menudo privada de sacramentos, por las graves tribulaciones que me vienen encima y la escasa gente capaz de ayudarme. Ya veis que el sr general tiene el mismo deseo que yo que sólo Dios se lo da por su misericordia. No os resistáis al bien que podéis hacer. Ayudando a salvarse, ya que es para ayudar un día a la salvación de los demás. Yo sé que mi vida, que no sirve sino para ofender a Dios, no es peligroso ponerla en riesgo; pero mi alma debe ser ayudada en la muerte. Recordad la aprehensión en que me visteis en mi última enfermedad, en un pueblo. Estoy a punto de entrar en un estado peor; y sólo el pensarlo me produciría tanto daño que no sé si, sin gran disposición anterior, sería causa de mi muerte7«.

Una carta así no podía dejar insensible el corazón de Vicente, ya que nadie sabía apreciar como él las eminentes cualidades y las virtudes de la señora de Gondi8. Se dice que después de leerla, se puso de rodillas y pidió para defenderse contra el enternecimiento que le producía, y para pedir a Dios la fuerza de proseguir la tarea que había emprendido. Respondió a la generala dándole todos los consuelos que podía inspirarle su excelente corazón, y suplicándole que se resignara a las voluntades de la Providencia.

  1. 24 de abril.
  2. Muy probablemente acabar con una vida un poco disipada, y practicar un poco mejor sus deberes religiosos.
  3. Hippolyte de Gondi, casada el 18 de enero de 1607 con Léonr de la Magdaleine, marqués de Ragny. ( Histoire généalogique de la maison de Gondi).
  4. Esta carta ha sido dada por los historiadores de Vicente de Paúl según un manuscrito del Oratorio. Es Abelly quien la publicó el primero.
  5. El sr Fournier tenía la narración de esta conversación de la boca misma de Vicente de Paúl, quien la había recogido de la sra de Gondi, en su entrada en su Misión.
  6. Abelly, p. 39 y 40.
  7. Abelly, o más bien el sr Fournier, quien publicó por pprimera vez esta carta (p. 41 de la edición in-4º), la tenía sin duda alguno de vicente de Paúl mismo, o bien fue hallada en San Lázaro, en sus papeles después de su muerte.
  8. Vicente, muchos años después, en sus instrucciones pronunciadas en San Lázaro, solía recordar las virtudes de la señora de Gondi, y sobre todo su caridad e indulgencia en cubrir las faltas del prójimo. «Alababa sobre todo esta virtud, dice Abelly, en la persona de la señora generala de las galeras, la cual, por una ternura y preza de conciencia, no hablaba nunca y no podía sufrir que en su presencia se hablara de los defectos de los demás». (Libro III, cap IX, p. 104).

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