San Vicente de Paúl y los Gondi: Capítulo 04

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Régis de Chantelauze · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1882.
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo IV

Vicente de Paúl en la casa del general de las galeras. – Retratos de familia: Felipe Manuel de Gondi, su mujer Margarita de Silly y sus hijos. – Vicente de Paúl, fundador.

Volvamos sobre nuestros pasos y entremos en el castillo de Montmirail donde, hacia el fin del año 1613, como hemos dicho, había llegado a instalarse el venerable sr Vicente, para llevar la educación de los hijos de Felipe Manuel de Gondi, general de las galeras. Este señor1, que era conde de Joigny, marqués de las Islas d’Or2, barón de Montmirail, de Dampierre y de Villepreux, era el segundo hijo de Alberto, mariscal de Francia, y de Claude-Catherine de Clermont, baronesa de Retz. Apenas había llegado a los diecisiete años, cuando su padre, con el consentimiento de Enrique IV, había dimitido en su favor del cargo de general de las galeras y de lugarteniente general del rey en los mares del Levante3. Felipe Manuel era sobrino del cardenal de Gondi, obispo de París, quien murió, como ya lo hemos dicho más arriba, en 1616, a la edad de ochenta y cuatro años, y hermano de los otros dos prelados que le sucedieron: Enrique de Gondi, primer cardenal de Retz, quien ocupó la sede episcopal hasta 1623, y Juan Francisco de Gondi, que fue primer arzobispo de París, a partir de esta época hasta 1654.

El joven general de las galeras, según su pariente Corbinelli, el amigo de madame de Sévigné, era «el hombre mejor hecho, el más diestro y uno de los más valientes del reino». «Metido (por entonces) en las intrigas y los placeres de la corte4«, según el testimonio de si hijo, el cardenal de Retz, se hacía notar por sus buenas gracias, su distinción y la amenidad de su carácter y de su espíritu. Cenaba con frecuencia en gozosa compañía con los duques de Guisa y de Chevreuse, los Srs de Créqui y de Bassompierre; y Tallemant de los Réaux nos dice que estas cenas eran de lo más alegre por las bromas que se hacían uno del otro, sin nunca llevar sus intenciones demasiado lejos5. Un hermoso retrato grabado del conde de Joigny, que figura en la Histoire généalogique de la maison de Gondi6 no desmiente más que en un punto todos estos testimonios de los contemporáneos. Su cabeza elegante, de trazos finamente dibujados, reposa en una gorguera a la Enrique IV; todo en él respira una gran dulzura: los ojos, la boca ligeramente alegre, la nariz que va ensanchándose un poco en la base; pero nada recuerda allí la extrema audacia y la intrepidez que estallan en los rasgos fuertemente acentuados de sus dos hijos, el duque Pierre y el cardenal de Retz. Si se ha de creer a Corbinelli, el joven general de las galeras habría brillado «en la escena y en el Parlamento»; pero, como él no nos da ningún detalle y ningún especimen de sus talentos en este género y que no queda de ello ningún vestigio en los escritos de la época, se permite creer que sus ensayos poéticos apenas merecían sobrevivirle.

Se había casado, hacia 1600, con Francisca Margarita de Silly, hija mayor de Antonio de Silly, conde de la Rochepot, doncel de Commercy, soberano de Euville, y de Marie de Lannoy, dama de Folleville.

La Sra. de Gondi era una mujer de una rara virtud, de una dulzura angelical, de una ferviente piedad, que ella llevaba hasta el misticismo y hasta los últimos escrúpulos. Toda su alma se lee en el retrato que nos ha dejado de esta frágil y delicada belleza, púdica y tímida, el hábil buril de Duflos. Sobre una gorguera en abanico, a la Médicis, se destaca su cabeza encantadora, de perfil griego de una gran pureza y de una notable finura. Sus grandes ojos de mirada vaga, parecen absortos en una contemplación celestial. Por su expresión y dulzura de las líneas, es una verdadera cabeza de madona del Perugino, de una belleza que sería irreprochable a no ser que los ojos estuvieran menos separados uno del otro y el mentón algo menos corto. Tal era la madre del cardenal de Retz, en quien no debían revivir ninguna de sus virtudes, ni ninguno de los rasgos de su cara.

El sr de Gondi que había sabido estimar en su justo precio todas las cualidades de su joven mujer, la amaba con el amor más tierno, con un amor que no sufrió nunca la menor distracción, que no se desdijo jamás, con un amor tan profundo que, cuando tuvo la desdicha de perderla, no encontró otro refugio contra su dolor que en la vida religiosa.

Tres hijos, tres chicos nacieron de esta unión tan perfecta: Pedro de Gondi; Enrique, marqués de las Islas d’Or (o Hyères); Juan Francisco Paúl, quien, más tarde, fue el cardenal de Retz.

Pedro, el mayor, nació en 1602; tenía pues por consiguiente doce años cuando fue confiado a los cuidados de Vicente de Paúl. Más tarde casó, con dispensa del Papa, con su prima hermana, Catalina de Gondi, hija de Enrique de Gondi, duque de Retz7, último representante masculino de la rama mayor de los Gondi, y de Jeanne de Scépeaux; y fue debido a esta alianza de donde le vino el ducado de Retz. De su mujer no tuvo más que dos hijas: la mayor, Marie-Catherine, y Paule-Françoise-Marguerite de Gondi, duquesa de Lesliguières, en quien se apagó el nombre de Gondi8.

No carecerá de interés saber con qué terribles niños se las tuvo que ver Vicente de Paúl.

Pedro y su hermano Juan Francisco Paúl, quien más tarde fue el cardenal de Retz, eran por temperamento, por carácter, como por la raza, verdaderos Italianos del siglo quince o dieciséis, Italianos de la escuela de Maquiavelo, dignos nietos de aquel mariscal de Retz quien, por pura política y no por fanatismo religioso, había aconsejado la San Bartolomé, luego había abrazado con indiferencia la causa de Enrique IV, todavía hugonote. Vicente de Paúl se encontró en presencia de dos jóvenes demonios, cuya alma estaba absolutamente cerrada a las ideas religiosas: de manera que le fue imposible hacer de ellos ángeles. Pedro de Gondi, de quien acabamos de hablar, y quien sucedió a su padre en el cargo de general de las galeras, cuando éste entró en el Oratorio, era un hombre de una rara bravura y de una indomable resolución. En este particular, si no por parte del espíritu y de la intriga, no tenía nada que envidiar a su hermano, el cardenal de Retz. En el sitio de la Rochelle, y muy joven todavía, Pedro se destacó en un combate naval, al lado de su padre; y en la isla de Ré un disparo de mosquete le rompió el hombro y se mató un caballo debajo de él. En tiempo de Luis XIII, habiéndole forzado a dimitir de su cargo de general de las galeras para dárselo a un sobrino suyo, el cardenal Richelieu, Pedro resolvió tomar venganza de este favor injusto. Entró, con su hermano Juan Francisco Paúl, en la conspiración del conde de Soissons y, hallándose en Amiens, propuso al duque de Orléans asesinar a Richelieu. Mazarino decía tener el relato de este hecho de la boca misma de Gaston de Orléans9. Retz, por su parte, cuenta en sus Memorias que él mismo había resuelto golpear al cardenal en el momento que dijera la misa, modo de ejecución que con toda seguridad había tomado de la conspiración de los Pazzi10. Fue la muerte misteriosa del conde de Soissons11, en la batalla de la Marfée, la única que le impidió dar curso a este criminal y sacrílego propósito.

Más tarde, en los inicios de la Fronda, el coadjutor, indignado por el desprecio que le había demostrado la Reina en el día de las Barricadas, envió en secreto a su hermano Pedro a Noisy, casa de campo del arzobispo de París, su tío, a donde se habían dirigido la duquesa de Longueville y el príncipe de Conti, y fue allí donde Pedro, con la duquesa, formó el primer partido de la Fronda contra Mazarino y la Regente12.

Cuando el arresto de su hermano el cardenal, Pedro, duque de Retz, escribe al Rey para pedirle que le devuelva a la libertad, y cuando el cardenal de Retz se escapó del castillo de Nantes, corre a Belle-Isle para proteger su vida y hace jurar a los habitantes que se arrojen al fuerte al primer cañonazo13.

Por estos pocos trazos, se puede juzgar de qué temple era el carácter de los dos hermanos, del que el buril de Duflos supo expresar toda la audacia y toda la energía.

El segundo hijo del Manuel de Gondi, el marqués de las Islas d’Or, estaba, desde su infancia, destinado por su padre a suceder a Juan Francisco de Gondi, su tío, al arzobispo de París. Tallemant des Réaux, quien conocía de cerca a la familia, nos dice que era rubio, a diferencia de sus dos hermanos, cuya tez bronceada así como los trazos recordaban tanto su origen florentino. Nos refiere del pequeño marqués unas palabras características: «Este muchacho decía que quería ser cardenal para adelantar a su hermano: tenía ambición, pero murió tristemente en la caza. Al caerse del caballo, con la pierna enganchada en el estribo, le mató una coz en la cabeza que le propinó el caballo. Muerto este muchacho, se cambió de modo de pensar, y se destinó al caballero a la Iglesia14«.

Tallemant designa así a Juan Francisco Pablo, el tercer hijo del general de las galeras. Se había pensado primeramente en hacer de éste un caballero de Malta. Como había nacido durante un capítulo, fue caballero desde la cuna, «de manera, añade Tallemant, que habría sido gran Cruz desde muy temprano».

Los beneficios del muerto, las abadías de Buzay y de Quimperlé, pasaron en seguida a la cabeza de Juan Francisco Pablo, y a pesar de que, según su propio testimonio, tuviera «el alma menos eclesiástica de todo el universo», su padre, cuya ambición se confundía demasiado con la devoción, le forzó, bien a pesar suyo, a ser hombre de Iglesia, para que el arzobispado de París no saliera de la familia.

Habría sido interesante de verdad saber, según el testimonio del propio cardenal, cuáles fueron las primeras lecciones que le dio Vicente de Paúl y qué impresiones le había dejado el recuerdo del santo hombre. Sin duda alguna, debía entrar en algunos detalles asaz curiosos sobre la estancia del Santo durante doce años en la casa de su padre. Lamentablemente, como se sabe, las doscientas cincuenta primeras páginas in-quarto de las Memorias autógrafas de Retz, en las que contaba sus locas aventuras de juventud, fueron rasgadas por una mano demasiado escrupulosa; y de otro manuscrito de estas Memorias hoy desaparecido, un editor de 1719 no pudo salvar de este comienzo más que algunos fragmentos mutilados. Bajo el punto de vista literario, es una pérdida para siempre deplorable e irrecuperable; bajo el punto de vista histórico y biográfico, no es imposible recuperar esta laguna. Esto lo intentaremos algún día, con la ayuda de numerosos documentos inéditos. Por hoy debemos limitarnos a no hablar más que de los primeros estudios de Retz, bajo la dirección de Vicente de Paúl.

Vicente tenía una doble misión que cumplir con sus alumnos: enseñarles al mismo tiempo los primeros elementos de los estudios clásicos y los de la doctrina cristiana. La piadosa Margarita de Silly, se había inquietado ante todo por esta última parte de la educación de sus hijos, y era con la esperanza de procurarles un instructor a la vez hombre de saber y de piedad por lo que se había dirigido al sr de Bérulle. «Deseo mucho más, decía, hacer de aquellos que Dios me ha dado, y que me pueda dar todavía, santos en el cielo que grandes señores en la tierra». Se sabe qué mal fueron oídos los deseos de la santa mujer y los de Vicente de Paúl.

Se ha pretendido a menudo que Juan Francisco Pablo de Gondi era demasiado joven para poder sacar algún fruto de las primeras lecciones religiosas y literarias de su venerable instructor. Es ésa, para nosotros, una opinión bastante mal fundada, al menos en lo que respecta a los estudios clásicos.

El sr Vicente entró en la casa de los Gondi en el mismo momento del nacimiento del futuro cardenal, y no salió de la casa hasta doce años después. Es pues muy natural suponer que un espíritu tan vivo, tan despierto, tan precoz como el de Retz, avanzó mucho en sus estudios latinos bajo un maestro que conocía muy bien esta lengua por haberla estudiado y enseñado mucho tiempo a hijos de familia. Veamos, para justificarlo, un documento impreso, muy curioso, del que los historiadores de san Vicente de Paúl han ignorado la existencia o no han sacado partido. Le tomamos en los Éloges hsitoiques des évêques et archevêques deParis, depuis environ un siècle, etc., por Étienne Algay de Martignac15: «Vicente de Paúl que fue luego superior general de las Misiones de San Lázaro, dice el autor en el capítulo que dedica al cardenal de Retz, Vicente de Paúl le instruyó en sus estudios, en los que hizo un maravilloso progreso. Podía decir con el Salmista, que sabía más que sus maestros, habiendo aprendido hasta siete idiomas con mucha facilidad, el hebreo, el griego, el latín, el italiano, el español, el alemán y el francés que hablaba con educación… Fue recibido doctor por la Sorbona con muchos aplausos».En cuanto al francés, el elogio, se convendrá con nosotros, no tiene nada de exagerado. En cuanto a las otras lenguas, esto es cuanto se puede decir según otros testimonios: el italiano era para Retz una segunda lengua natural que no se había dejado de hablar en la familia; quedan de él varias cartas latinas, dignas de los cardenales Bembo y Sadolet; se sabía de tal manera el griego, que en el seno de la congregación dell’Indice, de la que formaba parte, traducía corrientemente un libro escrito en griego moderno, que se sospechaba tachado de herejía y en el que nada habían podido comprender los otros cardenales. Finalmente, hacia la última época de su vida, según el testimonio de su amiga Madame de Sévigné, leía su breviario en el texto hebreo. Pero no nos olvidemos de decir que, de todas estas lenguas, no debía a su primer instructor más que el conocimiento del latín y quizás un poco del griego.

En cuanto a las lecciones de doctrina y moral cristiana que recibió de él, se sabe, según su propia confesión, el escaso provecho que sacó de ellas, sea en esta época, sea más tarde en sus demasiado famosos retiros en San Lázaro. ¿No sería ir en sentido contrario a la verdad querer hacer un cristiano a pesar suyo de este hombre que dijo de sí mismo «que tenía el alma menos eclesiástica del universo entero»? Esta alma estuvo siempre cerrada a las cosas de la religión, y nunca se sintió obsesionada ni perseguida más que por los intereses del mundo y por las ambiciones de la política. Nada, por lo demás, debe extrañarnos en semejante estado de espíritu. A consecuencia de las guerras de religión, el número de los incrédulos y de los indiferentes era más importante de lo que era de suponer. Es suficiente, para convencerse de esto, acordarse de los prodigiosos esfuerzos que se intentaron por los Bérulle, los Olier, por Vicente de Paúl y otros hombres apostólicos, para traer al redil a tantas almas descarriadas. El espíritu del joven Retz, abierto únicamente a temprana hora a las ambiciones de familia, fue sordo a las piadosas exhortaciones de su maestro. Ya, sin ninguna duda, se manifestaba en él este carácter altanero e intratable que explotó pronto más terrible en los bancos del colegio de Clermont, y que los Jesuitas fueron tan incapaces de domar como Vicente de Paúl. Vicente ni llegó a influir más en él de lo que lo hizo Savonarola sobre Maquiavelo. ¡Cuántas veces se vio sometido a rudas pruebas por la indisciplina de sus tres turbulentos alumnos! Vicente había nacido con un temperamento bilioso y pronto a las impaciencias. Se ha dicho de él «que era de natural triste y melancólico, y que necesitaba de todos los esfuerzos de la virtud para limar a sus rasgos un poco de dureza y aspereza16«. Las extravagancias de los jóvenes Gondi no debían contribuir poco a avinagrarle la cara. Tenemos de él un curioso testimonio que dio duranre su misma estancia en su familia: «Me dirigí a Nuestro Señor, escribía en 1621, pidiéndole insistentemente que me cambiara este humor seco y desagradable, y me diera un espíritu dulce y benigno17. Y, por la gracia de Nuestro Señor, con un poco de atención que puse en reprimir los borbotones de la naturaleza, he dejado algo de mi humor negro». Había encontrado el medio de corregirse, de dulcificarse, donde otros no habrían podido sino amargarse y exasperarse más y más.

Existe un importante retrato de Vicente de Paúl, grabado por un célebre artista del siglo diecisiete, Van Schuppen, según el cuadro original de Simon François, y que ha sido reproducido muy hábilmente por heliograbado en la obra del sr Loth. Este retrato merece tanto más nuestra atención porque el original fue pintado ad vivum, y en estas circunstancias. Se sabe qué resistencia inflexible oponía Vicente a las peticiones de sus discípulos y de algunas piadosas mujeres del mundo cuando le pedían que se dejara pintar. A mí, miserable de mí, a mí, una nada!» exclamaba tapándose la cara con las dos manos, a cada propuesta que se le hacía de posar ante un artista. Los sacerdotes de San Lázaro, al no poder triunfar de sus negativas, usaron de un santo fraude. Hicieron entrar secretamente en su casa a Simon François y lo ocultaron mucho tiempo, de tal modo que, sin ser visto y contemplando a satisfacción a su modelo, pudo ejecutar una obra maestra. Cuando se examina el retrato grabado de Van Schuppen, que le reproduce de maravilla, a primera vista aparece un rostro de campesino, de rasgos groseros y rústicos, una nariz enorme que va ensanchándose por la base, una boca demasiado hendida, un mentón demasiado corto, oculto bajo una barba tupida y entrecana, orejas demasiado abiertas, en una palabra, la imagen de la fealdad más acusada. Pero, tras un examen más atento, se percibe una frente espaciosa e inteligente, ojos de una viveza y de una dulzura singulares, y sobre esta fisonomía afable y sonriente, una tan grande belleza moral, que os hace olvidar por completo la fealdad física.

Hemos mostrado al preceptor en medio de sus alumnos, rincón del cuadro un tanto desdeñado por sus historiadores. Tratemos de pintarlo en sus relaciones con el sr y Sra. de Gondi, y preparando con ellos sus primeras obras. Comenzó por trazarse con ellos una regla de conducta excelente y que le gustaba recordar más tarde en sus conferencias de San Lázaro, para que pudiera servir de ejemplo a los sacerdotes colocados bajo su dirección. Por una ficción ingeniosa, y a fin de que todo fuera irreprochable en sus palabras y en sus actos, transformó en santuario el castillo de Montmirail; se propuso honrar a Jesucristo en la persona del sr de Gondi, a la Santísima Virgen en la de su mujer, «y a los discípulos del Salvador en la de sus hijos, de los oficiales y de los sirvientes». Se trataba, según él, de no perder nunca de vista esta manera de considerar al prójimo, y así resultaba cómodo a todo cristiano cumplir los deberes más difíciles. Por discreción y modestia, no se presentaba nunca en casa del sr y de la sra de Gondi sin que le llamasen ellos, y no se mezclaba por propia iniciativa en nada que no estaba relacionado con su cargo de preceptor. «Fuera del tiempo dedicado a la educación de sus alumnos y obras de caridad, dice uno de sus antiguos biógrafos, no abandonaba su habitación: era para él una verdadera celda, y a pesar de los que iban y venían a la brillante residencia de Gondi, había sabido crear en ella una soledad profunda». Sólo la caridad le sacaba de su retiro, para visitar y cuidar de los campesinos enfermos, para consolarlos, para arreglar amistosamente sus diferencias, para enseñarles la doctrina cristiana, por entonces muy oscurecida en el campo.

A pesar del profundo respeto con que rodeaba al general de las galeras, no temía, si se presentaba el caso, darle sabios y firmes consejos, pero con todos los miramientos que le dictaba su benevolencia y caridad. Poco tiempo después de la entrada de Vicente en su casa, Felipe Manuel recibió una ofensa de un señor de la corte, y le citó a duelo. Pero antes de acudir, entró en la capilla de su palacete, oyó devotamente la misa, y con un rasgo de devoción bastante raro, encomendó a Dios el resultado de su duelo y la salvación de su alma. Vicente, quien decía la misa y estaba instruido de los planes del general dirigió una plegaria a Dios totalmente contraria y le suplicó que impidiera el duelo. En cuanto se vio solo en la capilla con el sr de Gondi, corrió a echarse a sus pies: «Permítame, Monseñor, que le diga una palabra con toda humildad. Yo sé por buena fuente que tenéis el plan de ir a batiros en duelo, pero yo os declaro de parte de mi Salvador, a quien os acabo de mostrar y vos acabáis de adorar, que si no os quitáis de la cabeza este plan malo, él ejercerá su justicia sobre vos y sobre toda vuestra posteridad».

El general de las galeras, cuyo valor no admitiría la sombra de una duda, se sintió tan impresionado, tan preocupado y quizás tan asustado por los suyos a causa de las palabras amenazadoras de Vicente, que se arrojó él mismo a sus pies, declarándole que dejaba a Dios el cuidado de su venganza.

Más tarde, Vicente de Paúl sentía satisfacción al contar, en San Lázaro, en una conferencia en la que sólo se hallaban tres personas, la victoria que había conseguido entonces sobre el general de las galeras. Cuando llegó a ser uno de los hombres más importantes del clero, se sirvió de toda su influencia para que la Iglesia prestara todo su concurso a la autoridad real para la represión de los duelos.

La noticia de este asunto no podía dejar de llegar a oídos de la sra de Gondi, y el servicio que acababa de hacer a su marido y a su familia Vcente de Paúl debió aumentar singularmente la profunda estima que ella sentía por sus virtudes. Pensó a partir de entonces que no podría elegir a un director más santo, más prudente que él, y por miedo a que su humildad opusiera alguna resistencia, rogó al sr de Bérulle que le impusiera esta nueva tarea. Vicente, a una sola palabra del sr de Bérulle, a quien escuchaba como a un oráculo, se apresuró a obedecer. A partir de ese momento, entre la Sra. de Gondi y su nuevo director, fue como una emulación hacia el bien. Bajo la inspiración de Vicente, distribuía, sobre todo en sus dominios, abundantes limosnas; visitaba a los enfermos y consideraba una alegría y un honor servirles con sus propias manos. Con el fin de que se practicara escrupulosamente la justicia en sus tierras, se cuidaba, en ausencia de su marido, de no escoger más que a los oficiales de una probidad a toda prueba; se convirtió en el consuelo de las viudas, una segunda madre para los huérfanos. De salud débil y delicada, se encontró pronto sin fuerzas y cayó gravemente enferma en un pueblo, donde se vio obligada a guardar cama. Gracias a los prontos auxilios que le procuró el sr Vicente, pudo levantarse; pero a partir de esta época, ya no llevó sino una vida lánguida. Vicente la secundaba con tanta actividad en sus caminatas a pie, por los campos, que poco le faltó a él también para sucumbir bajo el peso de tantas fatigas. Fue atacado de una peligrosa enfermedad y no se libró de ella sino gracias a su robusta constitución. Pero sus piernas, tan cruelmente castigadas por su cautividad de Túnez, conservaron desde esta enfermedad una dolorosa hinchazón que, según su expresión, le sirvió de reloj hasta su último suspiro.

  1. Había nacido en Lyon en 1581.
  2. O de Hyères.
  3. Por cartas patentes del 25 de abril de 1598.
  4. Caera del cardenal de Retz, impresa en la Vie de la Vénérable Mère Marguerite Acarie (por Tronson de Chenevières).
  5. Histoires, etc., edición Techener, t. III, p. 40.
  6. Por Corbinelli; 2 vol in-4º, 1705.
  7. Hijo de Charles de Gondi, marqués de Belle-Isle, y de la primcesa Antoinette d’Orléans, hija de Léonor d’Orléans, duque de Longueville, y de Marie de Bourbon, princesa de la sangre..
  8. Ella no tuvo de su matrimonio con François-Emmanuel de Blancefort, de Bonne, de Créquy, duque de Lesliguières, par de Francia, etc., más que un hijo único, Jean-François-Paul, muerto sin hijos, en 1703.
  9. Carta de Mazrino a la Reina, 10 de abril de 1651. Colección de Ravenel.
  10. Bazin, en su Histoire de Louis XIII, y Feillet, en sus anotaciones de las Mémoires du cardinal de Retz, fundándose uno en el otro sobre el silencio de todas las Memorias de la época sobre la complicidad del joven abateen esta conjuración, han contestado la veracidad del relato de Retz sobre este punto. Creemos, por el contraio, que teniendo quejas, como su hermano Pedro, de los malos tratos de Richelieu con su familia, y por el temperamento que tenía, todo lo que cuenta es perfectamente verdad.
  11. Louis de Bourbon, conde de Siosson, nieto de Louis Y, próncipe de Condé. Era promo hermano del padre del príncipe de Condé, padre del gran Condé.
  12. Mémoires de Guy Joly.
  13. Pedro murió en Bretaña, en Machecoul, el 20 de abril de 1676, a la edad de setenta y cuatro años.
  14. Tallemant des Réaux, t. IV, capótulo destinado al cardenal de Retz. El joven marqués de las Islas d’Or, siguiendo al P: Baterel, murió en 1622
  15. Paris, in-quarto, 1698. Esta obra encierra magníficos retratos de varios prelados de la familia de Gndi, retratos grabados por Duflos, y que Corbinelli ha reproducido de nuevo en su Histoire généalogique de la maison de Gondi, que fue publicada por él, en 2 vol in-4º, en 1705.
  16. El sr abate Maynard.
  17. Vicente de Paúl no salió de la casa de los Gondi hasta 1625.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *