San Vicente De Paúl Y La Misión

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 2.
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A. Presentación del tema

Nadie discute la importancia que ha tenido, en la vida de la Iglesia, el Concilio de Trento. Una reforma tanto tiempo deseada y siempre aplazada. Cansados de esperar, los protestantes estaban en disposición de imponer una en el desorden y las guerras civiles. Los Papas de mediados del siglo XVI, Pablo III sobre todo y Pío IV, tuvie­ron la lucidez de definir claramente los principios de una reforma de la Iglesia en pro­fundidad, y el valor de convocar y de volver a convocar de nuevo, y de sostener des­pués hasta el fin el concilio, cuyo nombre, Trento, permanecerá como el símbolo de esta actualización de la doctrina y de la disciplina de la Iglesia.

La voluntad de los Papas y de los Padres conciliares señalaba una vuelta a las fuentes de la vida evangélica y preparaba una nueva primavera de la Iglesia. Pero, como los principios estaban ya sabiamente definidos, faltaba todavía llegar rápidamente a sus aplicaciones. El concilio fue promulgado en todos los estados, que habían permanecido católicos, excepto en Francia y en Austria, y se había sacado partido de él por medio de los sínodos provinciales.

Después de su conversión, Enrique IV promete promulgar en Francia el concilio, y trata de hacerlo, pero la oposición del Parlamento de París es tenaz y sólo cederá en 1615, año en que, por fin, el concilio es aprobado y promulgado.

Mientras Francia está sumergida en la pesadilla de las guerras de religión, otras naciones ponen por obra los principios reformadores del concilio: el episcopado se renovaba, las órdenes religiosas se reformaban, una floración de santidad se desple­gaba en España y en Italia. La diócesis de Milán y su provincia, bajo la dirección del cardenal Carlos Borromeo, sobrino de Pío IV, era puesta en todas partes como ejem­plo. Se habían hecho experiencias; los éxitos y los fracasos servirían útilmente para quienes, en Francia, iban a poner manos a la obra.

Hecha ya la paz, la obra de la reconstrucción de la Iglesia, en Francia, empezó a dar sus primeros pasos, y entonces se vio que asomaban los primeros brotes de lo que iba a ser la magnífica floración de iniciativas del siglo XVII francés.

San Vicente, a partir del año 1617, fue uno de los mejores obreros de esta puesta en acción del concilio.

  • Combate el mal más visible: la miseria religiosa que frecuentemente iba a la par con la miseria material. Se compromete a fondo en la lucha con la ayuda de los sacer­dotes seculares o religiosos, y con la abnegación de los laicos, y promueve las misio­nes y las Caridades, lo cual conllevará la creación de los Sacerdotes de la Misión y de las Hijas de la Caridad.
  • Después asciende a las causas: la ignorancia y la falta de preparación de los sacerdotes. Entonces organiza una especie de formación permanente de los sacerdotes con las Conferencias de los Martes, y una preparación al sacerdocio, primero con los Ejercicios de Ordenandos, después con los primeros seminarios. Finalmente, es llamado providencialmente por Ana de Austria al Consejo de Conciencia, donde ejer­ce, durante diez años, una función preponderante en el nombramiento de los obispos y abades. Uno de sus mejores biógrafos, Mons. Calvet, dice a propósito de esto: “Gracias a él, jamás el episcopado francés había llegado a un tan elevado nivel”, y añade con cierta malicia: “ni ha vuelto después a alcanzarlo tampoco .

San Vicente no se refiere siempre explícitamente al Concilio de Trento, aunque en sus escritos lo cita unas cuarenta veces; pero la puesta por obra del Concilio ha sido la actividad de su vida, hasta el punto de que, después de su muerte, su panegirista, el obispo de Puy, Enrique Maupas de la Tour, dijo de él que “casi había cam­biado la faz de la Iglesia”.

El Concilio de Trento tuvo tal importancia y tales consecuencias en la vida de la Iglesia que, durante tres siglos, no se juzgó útil renovar una tal experiencia. El recien­te concilio ha llegado en el momento adecuado para permitir a la Iglesia analizar la situación, promover “su aggiornamento”, como decía Juan XXIII: El próximo síno­do está destinado para ver dónde nos encontramos en la aplicación del Vaticano II.

  • En Francia, después del Concilio de Trento, hicieron falta 50 años para ini­ciar su puesta en marcha. Ahora estamos a 20 años de las últimas sesiones del Concilio Vaticano II.
  • Hace falta mucho tiempo para hacer evolucionar a las mentalidades y para cam­biar las costumbres. Así, por ejemplo, la función de los laicos, en la Iglesia, está ya doctrinalmente definida en lo que se dice sobre el Pueblo de Dios, en la Constitución conciliar acerca de la Iglesia. Pero le resulta difícil al clero renunciar, en cuestión de un día, a dirigir todo y a supervisar todo. Es difícil renunciar a un poder que se ha venido ejerciendo hasta entonces indiscutiblemente; incluso para aquéllos que claman que los laicos, en la Iglesia, son responsables. Los textos pueden ser modifi­cados con bastante rapidez, pero las mentalidades, cuando menos, necesitan una generación para evolucionar.

La vida de la Iglesia se enjuicia a escala de siglos; estamos demasiado cerca de los acontecimientos para distinguir con claridad las líneas de fuerza que preparan el futuro.

  • Al menos en Francia, todavía no hemos digerido las consecuencias sobre los modos de vida y de pensamiento de la revolución industrial y urbana, y no hablamos todavía de la revolución informática. Seguimos con la impresión de una decadencia religiosa en el mundo moderno.
  • Miramos más allá de nuestras fronteras, especialmente a los países, donde, a causa del pequeño número de sacerdotes, o a causa de las persecuciones, los laicos han tenido que encargarse de las funciones, para que la Iglesia viva: de hecho, se trata de nuevas formas de Iglesia, de comunidades nuevas, de vocaciones nuevas, de expresiones nuevas de la fe.

El Concilio se ha celebrado en el más hermoso período del resurgir industrial de la postguerra, cuando ese resurgir pretendía responder a las aspiraciones del hombre a la felicidad. La crisis actual demuestra el claro fracaso de aquella pretensión y la necesidad, para el hombre moderno y para la humanidad, ¡del hallar un sentido a la vida y a su marcha hacia adelante!

Ahora más que nunca nos hará falta, como señalaba Juan XXIII, atender a los “signos de los tiempos”, leer en los acontecimientos la voluntad de Dios, como había sabido hacer san Vicente, para saber como él: aprovechar las ocasiones, poner en movimiento a las personas, y preparar de ese modo, para la Iglesia, una renovación que, quizás, ¡no la veamos tampoco nosotros!

B. San Vicente y la Misión

Un historiador del Concilio de Trento (1545-1563), Leopoldo Willaert, al resumir la obra conciliar, ha podido escribir: “En su marcha a través de los siglos la Iglesia conoció entonces “una hora estrellada””; y Vicente de Paúl, dirigiéndose a Juan Des Lyons, deán de Senlis, le hacía notar:

“Si espera que Dios le mande un ángel del cielo para iluminarlo mejor, no lo hará; lo ha enviado a la Iglesia, y la Iglesia reunida en Trento lo envía a la Santa Sede en el asunto de que se trata, tal como se ve en el último capítulo de este concilio” (VI, 265).

Toda la obra misionera de san Vicente encuentra su fundamento y su dinámica a partir de esta convicción (1); su preocupación primordial es seguir a Cristo, misione­ro del Padre y Evangelizador de los pobres (2); y para eso, trabajar en la Iglesia (3).

I. San Vicente misionero

La obra misionera del señor Vicente será consecuente y, sin embargo, empieza modestamente, provocada por unos hechos, que a primera vista, parecen anodinos. Varias veces, le ha gustado relatarlos, como, en 1657 por ejemplo, cuando hacía referencia a todas sus primeras experiencias apostólicas:

“…Así es como trabajó al principio la compañía…”

“Si encuentra por ahí buenos sacerdotes que quieran trabajar en las misiones y le dan bue­nos informes de ellos, hará usted bien en admitirlos, sin aguardar mi respuesta. Así es como trabajó al principio la compañía, recibiendo a personas extrañas, para que trabaja­sen con ella, ya que no podía atender a todo; además esos señores se forman de este modo en el servicio de las almas” (VII, 36).

Se puede uno imaginar los días y los meses: san Vicente y sus compañeros visi­tan las tierras de los Gondi; renuevan los corazones y las conciencias; predican; confiesan. Después, de repente, Vicente decide abandonar la casa del General de las Galeras (cfr. I, 91), y Bérulle, ayudándole en su decisión, le propone la pa­rroquia de Chátillon-les-Dombes. AIIí, el Señor le inspira de nuevo. San Vicente descubre que debe perfilar su obra; y 1a Misión, enraizada en lo humano, se des­plegará en la caridad.

“…Se podrían socorrer estas necesidades grandes con mucha facílidad…”

“Yo era cura, aunque indigno en una pequeña parroquia. Vinieron a decirme que había un pobre enfermo y muy mal atendido en una pobre casa de campo, y esto cuando estaba a punto de tener que ir á predicar. Me hablaron de su enfermedad y de su pobreza de tal forma, que lleno de gran compasión, lo recomendé con tanto interés y con tal sentimiento que todas las señoras se vieron impresionadas. Salieron de la ciudad más de cincuenta; y yo hice como los demás; lo visíté y lo encontré en tal estado que creí conveníente confe­sarlo; y cuando llevaba el Santísimo Sacramento, encontré algunos grupos de mujeres, y Dios me dio este pensamiento: “¿No se podría intentar reunir a estas buenas señoras y exhortarlas a entregarse a Dios para servir a los pobres enfermos?” A continuación les indiqué que se podrían socorrer estas grandes necesidades con mucha facilidad. Inmedia­tamente se decidieron a ello” (IX, 202).

En diciembre de 1617, vemos que vuelve a la casa de los Gondi. En adelante, una intuición anida dentro de él y lo estimula. Hemos de sintetizar su experiencia: predicar la Misión y, finalmente, erigir una Caridad, que adopta el reglamento de Chátillon. La cosa está en marcha: ¡Villepreux, Joigny, Montmirail, etc.! De 1617 a 1625, visita de esa forma al menos cuarenta localidades. Luis Callon, Antonio Portail, Francisco du Coudray, Juan de la Salle, Juan Bécu, Antonio Lucas, Juan Dehorgny y José Brunet trabajan con él. Y cuando la primera súplica para el reconocimiento de la Congregación naciente es enviada al Papa Urbano VIII, la anima un fuerte soplo misionero:

“…Bajo el nombre de Sacerdotes de la Misión…”

“Se han reunido y forman entre todos la sociedad conocida con el nombre de “Sacerdotes de la Mísíón” o “misíoneros”, para consagrarse enteramente, bajo la dirección del índíca­do Vicente de Paúl, a la salvación de las gentes del campo, yendo de aldea en aldea, pre­dicando, exhortando, enseñando en público y en privado los misterios de la fe necesarios para la salvación, que la mayoría ignoran por completo, disponiendo a los fieles a hacer una confesión general de toda su vida, oyéndolos en el tribunal de la Penitencia, convir­tiendo a los herejes, poniendo fin a las disputas, aplacando los odios, las discordias y las enemistades, estableciendo la cofradía de la Caridad, donde es necesario, para el bien cor­poral y espiritual de los pobres enfermos” (l, 122-123).

San Vicente nunca cesará de trabajar en la Misión, hasta llegar a conmover, a sus 72 años, a la duquesa de Aiguillon: “No puedo menos de extrañarme mucho de que el padre Portail y los demás buenos padres de san Lázaro permitan que el padre Vicente vaya a trabajar al campo con el calor que hace, con los años que tiene” (IV, 546, nota a pie de página). En 1657, exhorta a los suyos con acentos expresivos:

“…Pongámonos de corazón en las manos de Dios…”

“Bien, pongámonos de corazón en las manos de Dios; trabajemos, trabajemos, vayamos a asistir a las pobres gentes del campo que nos están esperando. Gracias a Dios, hay casas en las que casi siempre están trabajando, unas más y otras menos, en esta misión, en aquélla, de esta aldea a aquella otra, trabajando siempre, por la misericordia de Dios” (XI, 316-317).

II. Seguir a Cristo, misionero del Padre

¿Cuáles son las razones que motivan a los misioneros? La carta que san Vicente dirige al que ha destinado a Roma es elocuente. Francisco du Coudray en 1631 reci­be unas consignas muy concretas para hablar al Papa:

“…Tenemos ya experiencia…”

“Es preciso que haga entender que el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si Su Santidad supiese esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para poner orden en ello; y que ha sido el conocimiento que de esto se ha tenido lo que ha hecho erigir la compañía para poner reme­dio de alguna manera a ello; que, para hacerlo, hay que vivir en congregación y observar cinco cosas fundamentales de este proyecto: 1° dejar a los obispos la facultad de enviar a los misioneros a la parte de sus diócesis que les plazca; 2° que estos sacerdotes estén some­tidos a los párrocos de los sitios a donde vayan a dar la misión, durante el tiempo de la misma; 3° que no tomen nada de esas pobres gentes, sino que vivan a sus expensas; 4° que no prediquen, ni catequicen, ni confiesen en las ciudades donde haya arzobispado, obispado o presidial, excepto a los ordenandos y a los que hagan ejercicios en la casa; 5° que el superior de la compañía tenga la dirección entera de la misma; y que estas cinco normas tienen que ser como fundamentales de esta congregación”.

“Observe cómo la opinión del señor Duval es que no es preciso cambiar nada del proyec­to cuya memoria le envío. Pase con las palabras… de otra forma, no sería posible quitar ni añadir nada sin que se causase un gran perjuicio. Este pensamiento es solamente suyo, sin que yo le haya hablado de ello. Manténgase, pues, firme y dé a entender que hace largos años que se piensa en esto, y que tenemos ya experiencia” (I, 176-177).

“…Se siente también afecto por sus amigos…”

“Dios ama a los pobres, y por consiguiente ama a quienes aman a los pobres; pues cuando se ama mucho a una persona, se siente también afecto a sus amigos y servidores. Pues bien, esta pequeña compañía de la Misión procura dedicarse con afecto a servir a los pobres, que son los preferidos de Dios; por eso tenemos motivos para esperar que, por amor hacia ellos, también nos amará Dios a nosotros. Así, pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios” (XI, 273).

La constatación es clara, pero san Vicente de Paúl no obra por puro altruismo filan­trópico. Su motivación es bien diferente: quiere seguir a Cristo, Misionero del Padre:

“…El mismo fin que el que ha movido a Dios a hacerse hombre…”

“En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al pare­cer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. Misit me evangelizare pauperibusm (Lc 4, 18). Y si se le pregunta a nuestro Señor: “¿Qué es lo has venido a hacer en la tierra? A asistir a los pobres. ¿A algo más? A asistir a los pobres”, etc. En su compañía no tenía más que a pobres, y se detenía poco en las ciudades, conversando casi siempre con los aldeanos, e instruyéndolos. ¿No nos sentiremos nosotros felices por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre?” (XI, 33-34)

“…Dios descarga en nosotros…”

“¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir en la hora de la muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: ccEvangelizare pauperibus misit me Dominus!H (Lc 4, 18). Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de pasada. ¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Porque nos hemos entregado a Dios para esto, y Dios descarga en nosotros” (XI, 56-57).

III. Trabajar con otros, en la Iglesia

San Vicente ha mantenido de forma bien precisa su función de sacerdote “secu­lar”, de Clichy, Folleville y Chátillon-les-Dombes. En todos esos sitios, se ha visto obligado a colaborar con otros. Su experiencia se agranda al unirse a los responsa­bles locales. Incluso después de la fundación de la Congregación de la Misión, no concibe una actuación autónoma.

“…Usted, padre, tenga cuidado de la dirección del equipo…”

“Si todavía queda alguna aldea por misionar, ¿qué le parece, señor, si deja a los padres Bécu y Miloir? Sin embargo, si sólo se trata de 3 ó 4 días, atiéndalos, y cuando haya terminado, se puede marchar. Necesitan a usted en Joigny, donde encontrará al señor Pavi­llon, al señor Renar, a los padres Morel, Massé y a otro, de san Nicolás, además de los padres de Sergis y de Renel. No está el padre de la Salle, que se encuentra aquí enfermo. “La orden que hemos dado es que el señor Pavillon tenga las predicaciones, y Ios padres Renar, Roche, Grénu y Sergis explicarán: el primero, el símbolo; el segundo, los manda­mientos de Dios; el tercero, las oraciones, dominical y angélica; y et (cuarto), los sacra­mentos; y para el catecismo pequeño, los padres Roche y Sergis deberán quedar libres del mismo, cuando prediquen el grande; y usted, padre, tenga cuidado de la dirección del equipo” (I, 230).

“…¡Bienaventurados sean los misioneros que perseveren!…”

“En cuanto a lo que me escribe, de que encuentra menos sumisión en las personas de la compañía que la que tuvieron los de fuera cuando trabajaron con usted, le diré, padre, que de ordinario siempre gusta lo nuevo, y que estos señores que nunca habían hecho misio­nes, ni siquiera las habían visto hacer, lo mismo que las demás funciones de la compañía, las encontraron tan hermosas y tan útiles, que sintieron la satisfacción de ejercerse tam­bién en ellas. Se pusieron de buena gana a las órdenes del superior, porque las entendía mejor que ellos; pero fue solamente durante algún tiempo; no siguieron adelante; todos se retiraron, como usted mismo está viendo. Antes había un gran número de eclesiásticos que salían de París para trabajar con nosotros en el campo; pero una vez que ha pasado la nove­dad, ya no viene casi nadie. ¡Bienaventurados sean los misioneros que perseveren en unos trabajos tan penosos para ellos, pero tan provechosos para el prójimo! Si los suyos se can­san o son duros en obedecer, hay que soportarlos; saque de ellos mansamente todo lo que pueda. Realmente conviene ser firmes para conseguir lo que se propone; pero sírvase de los medios convenientes, atrayentes y suaves para ello” (IV 75).

Las relaciones de los misioneros son interesantes, porque insisten en el trabajo llevado a cabo por todos, sacerdotes de la Misión y seculares; testigo, esta carta de un cohermano dirigida a san Vicente en 1658.

“Nuestra misión de Vassy ha recibido todas las bendiciones que cabía esperar. Nos han estado ayudando cuatro párrocos y otro buen sacerdote, todos muy capaces y virtuosos. Dos de ellos han sabido captar tan bien el método de la compañía en sus predicaciones que, aunque tenían pocas disposiciones para hablar en público, lo hacen ahora con tanto provecho y con tanta facilidad como se ve pocas veces en personas de su profesión… Hoy mismo han acudido doce sacerdotes de tres o cuatro leguas expresamente para asistir a los actos y aprender el método de instruir a los pueblos..:’ (VII, 92).

“…Tomar algunos buenos sacerdotes externos…”

“Como nos resulta difícil poder enviarle otro sacerdote en lugar del padre Gorlidot, conven­drá que tome usted algunos buenos sacerdotes externos, bien escogidos y aptos para ayu­darle en las misiones de este año” (VII, 279).

Claro que hemos de dejar igualmente hablar a un gran testigo, Santiago Benigno Bossuet, quien felicita a san Vicente el 23 de mayo de 1658:

“No puedo ver partir a estos queridos misioneros sin exponerle la maravillosa edificación y la inmensa pena en que nos dejan. Todo ha ido tan bien, padre, que tiene usted todos los motivos del mundo para alegrarse en nuestro Señor; con gusto me pondría a hablar largo y tendido sobre este tema, si no fuera porque los resultados sobrepasan con mucho a todo cuan­to pudiera decir. No se ha visto nunca nada más ordenado, nada mas apostólico, nada más ejemplar que esta misión. ¡Cuántos detalles podría referirle, principalmente del director y de todos los demás, que nos han predicado el evangelio tan santa y cristianamente!…Le suplico que pida a Dios que, después de haberme unido en esta ocasión a tan santos eclesiásticos, permanezca eternamente unido a ellos recibiendo verdaderamente su espí­ritu y aprovechándome de sus buenos ejemplos” (VII, 139-140).

Además Bossuet formaba parte de las Conferencias de los Martes, y san Vicente envía a menudo a “esos señores”, a las misiones de las ciudades, reservando celosa­mente a los suyos, para el campo:

“…La mayor parte pertenecen a nuestra reunión de los martes…”

“El padre Eudes con algunos otros sacerdotes que ha traído de Normandía, ha venido a tener una misión en París, que ha hecho mucho ruido y mucho fruto. La concurrencia era tan gran­de que el patio de los Quinzengts era demasiado pequeño para contener al auditorio. Y al mismo tiempo, muchos buenos eclesiásticos han salido de París, la mayor parte de los cuales son de nuestra reunión de los martes, para ir a otras ciudades a tener también misiones, unos a Cháteaudun y otros a Dreux, donde ha querido Dios derramar igualmente muchas bendiciones. Nosotros no tenemos parte alguna en esos bienes, ya que nuestra porción es el pobre pueblo de los campos. Solamente tenemos el consuelo de ver que nuestras pequeñas ocupaciones han servido de emulación a muchos buenos obreros que se ponen a trabajar, no sólo en lo referente a las misiones, sino también en cuanto a los seminarios, que se multi­plican mucho en Francia. Incluso se celebran los ejercicios para los ordenandos en varias diócesis. Pidámosle a Dios que santifique a su Iglesia cada vez más” (VIII, 308).

“…Así lo han hecho con mucha bendición…”

“Una vez que la reina oyó hablar de la poca fe y de los abundantes desórdenes que reina­ban en la ciudad de Metz, incluso entre el clero, tuvo la idea de mandar hacer allí una misión, y me mandó decir por medio de dos prelados que fuesen a hablar con ella sobre esto. Fui y su majestad me dijo que tenía este piadoso proyecto, y que deseaba que la com­pañía fuese a Metz para tener allí la misión; yo le respondí: “Señora, su majestad no sabe que los pobres sacerdotes de la Misión están solamente para las pobres gentes del campo; pero tenemos otra compañía de eclesiásticos que se reúnen en san Lázaro todos los mar­tes y que podrán cumplir, si le parece bien a su majestad, este deseo más dignamente que nosotros”. Entonces la reina me respondió que no sabía que la compañía de la Misión no desempeñaba esas funciones en las ciudades, que no deseaba apartarnos de la finalidad de nuestro Instituto, y que aceptaba de buena gana que los sacerdotes de la conferencia de los martes dieran la misión en Metz. Así, lo han hecho, gracias a Dios, con mucha bendición. Están ya a punto de volver” (XI, 323-324).

Todo esto es el fruto de la experiencia. En efecto, Vicente de Paúl, desde los días de su estancia en casa de los Gondi, había concebido su ministerio en participación con otros sacerdotes, y con ellos predicó en 1623 la misión de Burdeos:

“…Por medio de religiosos de otras órdenes…”

“Cuando todavía estaba en casa del señor general de las Galeras, antes de que se fundase nuestra Congregación, sucedió que, estando las galeras en Burdeos, me enviaron allá a dar una misión a los pobres condenados; así lo hice por medio de religiosos de diversas órdenes, dos en cada galera” (XI, 517).

“…Que envíe buenos obreros a la mies…”

“A nosotros nos toca rogarle que envíe buenos obreros a su mies y vivir tan bien, que con nuestros ejemplos les demos más aliciente que desgana, para que trabajen con nosotros” (VIII, 285).

“…Con tal que se realice la obra de Dios…”

“Si ve que otros trabajan en las misiones, hay que bendecir a Dios y alegrarse de que Dios suscite obreros para la instrucción y la salvación de los pueblos, mientras que nosotros seguimos siendo inútiles. Lo que cuenta es que la obra de Dios se lleve a cabo, sin importar por quién” (VIII, 173).

C. La misión en la actualidad

Cuestiones para los intercambios

  1. Para seguir a Cristo Misionero del Padre y Evangelizador de los Pobres,
    1. ¿A qué renuncias debo proceder en la actualidad?
    2. Cualesquiera que sean nuestras comunidades, nuestras implantaciones, nuestros grupos a los que pertenecemos…¿aceptamos el que abran nuestros corazones y nuestras puertas, y el ser molestados para la realización de la Misión?
  2. Para seguir a Cristo Misionero del Padre y Evangelizador de los pobres,
    1. ¿Qué tiempo consagramos como particulares y como grupo, a la oración en nombre de los pobres, para dejarnos formar por Cristo?
    2. ¿Introducimos esta preocupación en la Iglesia?
  3. San Vicente trabajó con otros sacerdotes:
    1. En la Misión ¿tenemos la preocupación de trabajar con los sacerdotes? ¿Cómo vivimos esa colaboración?
    2. Como san Vicente, ¿tenemos, en esa colaboración, la preocupación por los más desfavorecidos, para que puedan ser reconocidos y hechos respon­sables?

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