San Vicente de Paúl y la «arqueología»

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1986 · Fuente: Vincentiana 1987.
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Evidentemente. Pero tal vez no sea del todo un anacronismo hacer ver las posibles conexiones entre el pensar y obrar de san Vicente y la teología política o la teología de la liberación, si es que tales conexiones existen. Y podría ser aún mejor idea tener en cuenta tales teologías, si son teologías válidas, como transfondo interpretativo, e incluso como principio hermenéutico, para desentrañar hoy algunos aspectos del verdadero espíritu de san Vicente. ¿No es eso lo que pretende el artículo del que hemos sacado la cita del comienzo: examinar la idea que tiene san Vicente sobre el sacerdote desde el hoy del autor?

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San Vicente de Paúl no es evidentemente el fundador o «jefe de fila», ni siquiera un precursor de ninguna clase de teología polí­tica o de cualquier otro tipo. ¿Pero, no podría comprenderse mejor hoy a san Vicente, incluso comprenderle mejor en su propio con­texto histórico, si se le leyera teniendo en cuenta los hallazgos per­tinentes de ésa o de cualquier otra teología válida, por moderna que sea?

Veamos un ejemplo. He aquí una idea sobre el sacerdocio de entre las muchas que dijo san Vicente a lo largo de su vida:

«Los sacerdotes de este tiempo tienen un gran motivo para temer los juicios de Dios… y… El les imputará la causa de los castigos que envía, porque no se oponen como deben a las pla­gas… como la guerra, el hambre…» (V, 568; «Sígueme», V, 541).

En el esquema del autor del artículo este texto, tan significa­tivo, no parece encontrar un lugar apropiado, pues ni se cita ni se imagina uno fácilmente en conexión con qué idea del artículo podría ser citado. Pero es fácil ver que en un esquema interpretativo más amplio y más «moderno» que el del autor, un esquema por ejem­plo como el de la teología de la liberación, un tal texto encontraría fácil acomodo. Adviértase que con ello no sólo se entendería mejor la idea que tiene san Vicente sobre el sacerdocio desde el contexto de la Iglesia de hoy sino que se le entendería mejor en sí mismo, pues se daría cuenta y razón de un texto importante para entender el verdadero pensamiento de san Vicente, texto que sin embargo no cabe en el artículo del que estamos hablando por la limitación y la poca modernidad de la perspectiva.

Veamos otro ejemplo, éste en relación a un hecho histórico que afectó profundamente el tiempo de san Vicente y su vida misma. Estudiado en sí mismo, es decir en los escuetos datos que nos pro­porcionan los actores, el jansenismo no es más que una de tantas querellas teológicas en la turbulenta historia de la teología y de la Iglesia. Incluso no fue más que una querella menor, una especie de degradación de algunos de los temas teológicos suscitados en el siglo anterior por Calvino y no resueltos del todo por la teología ortodoxa (Molina, Báñez). Para los actores, incluido san Vicente, la controversia jansenista no pone en juego más que valores religioso-teológicos. Estos estaban sin duda involucrados, tal vez incluso como motivo principal de la controversia (así es al menos en relación a san Vicente mismo), pero ha habido que esperar al siglo XX para que L. Goldmann, usando principios hermenéuticos modernos, haya podido señalar en la controversia jansenista un aspecto importante de fricción político-social entre nobles y bur­gueses que a los actores mismo pasó inadvertido. Es decir, apli­cando una perspectiva moderna ha sido posible obtener una visión más completa, más profunda y más «objetiva» de la controversia jansenista que la tradicional visión que se limitaba a exponer los datos provistos inmediatamente por los actores mismos.

Algo parecido se podría advertir en relación a otro hecho his­tórico importante del tiempo de san Vicente, las rebeliones popu­lares. Ha sido necesario que un historiador marxista, B. Porchnev, aplicara a ese hecho un método de análisis histórico inventado dos­cientos años después de que ocurriera para que los historiadores se dieran cuenta de que, aparte las sangrientas anécdotas y las cau­sas inmediatas y perceptibles de las rebeliones, había en juego en ellas un elemento innegable de lucha de clases que la historiogra­fía tradicional no había tenido en cuenta. Las múltiples y razona­das objeciones de Mousnier a la tesis de Porchnev no la invalidan del todo. Sólo hacen ver el exagerado exclusivismo de su interpre­tación marxista. Pero entre una y otra interpretación hoy es posi­ble tener de esos levantamientos populares una visión moderna más profunda que la proporcionada por la descripción histórica ante­rior.

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Hasta ahora los estudios vicencianos más conocidos no se han mostrado muy inclinados a señalar las posibles conexiones entre lo que llamamos el espíritu vicenciano y las corrientes modernas del pensar teológico y de la práctica actual de la Iglesia. Algo se encontrará en algún que otro trabajo de las semanas de estudios vicencianos de Salamanca, y con más frecuencia en la que nos parece ser la publicación más rica y sugerente de entre las que publican las diversas ramas de la familia vicenciana en todo el mundo, el boletín de la CLAPVI. Ahora bien, si los mejores estu­diosos no ven tales conexiones, hay que preguntarse si ello se debe tal vez a la perspectiva más o menos «arqueologizante» que adop­tan en sus estudios sobre san Vicente. La explicación alternativa sería suponer que tales conexiones no existen, y que por eso es inútil buscarlas.

Pero hay que preguntarse si una tal suposición es a priori vero­símil teniendo en cuenta que tanto la vida y obra de san Vicente como la teología de la liberación, por ejemplo, tienen una perspec­tiva fundamental común: la evangelización de los pobres. Sólo si la teología de la liberación fuera radicalmente nueva en sus presu­puestos y en sus métodos habría que suponer que no hay conexión alguna entre ésta y el pensar y obrar del hombre que más ha hecho en la historia de la Iglesia por la evangelización de los pobres. Pero la teología de la liberación es plenamente ortodoxa y hunde sus raí­ces en la tradición y apela por ello continuamente al evangelio, a los Padres, y al pensamiento teológico tradicional.

San Vicente, como toda figura o hecho que pertenece al pasado, puede ser estudiado desde múltiples perspectivas. En cualquier caso, el estudioso debe ser plenamente consciente en lo posible de la perspectiva asumida en su trabajo para que, por ejemplo, no quiera hacer pasar ante sí mismo y ante el lector el resultado de su trabajo como un estudio moderno si sólo se trata de un estudio de tipo más o menos «arquelógico». También son necesarios los estudios de este tipo, pero es bueno darse cuenta de que la mayor parte del trabajo que se hace hoy sobre san Vicente es exactamente de ese tipo.

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Tres niveles o tipos de enfoque podríamos describir en lo que se refiere a estudios sobre la figura de san Vicente. Estaría en pri­mer lugar el enfoque «arqueológico». Este pretende determinar en sí mismos, descritos en su contexto histórico, los hechos y dichos de san Vicente: trata de saber cómo era san Vicente, qué hizo y qué dijo. Para ello hay que conocer en lo posible, se insiste muy a menudo con razón por parte de los estudiosos, el tiempo de san Vicente. A pesar de que siempre habrá lugar para pequeñas adi­ciones parciales debidas a descubrimientos documentales, este nivel, después de Abelly, Collet, Coste, los Anales franceses y Dodin, ya está prácticamente agotado. Todas las Vidas de san Vicente, aún las más recientes, y la mayor parte de los trabajos sobre diversos aspectos de su figura entran de lleno en este nivel, son vidas o estu­dios de carácter netamente «arqueológico».

Vendría en segundo lugar el enfoque histórico. No nos referi­mos con esto a la historia de las instituciones vicencianas, cosa intentada hasta su día por Maynard y por historias generales de la Congregación de la Misión, de las Hijas de la Caridad, o histo­rias parciales de provincias, casas, u obras de origen vicenciano. Nos referimos a la influencia que haya podido tener san Vicente en el conjunto de la historia de la Iglesia, e incluso de la sociedad civil en general. Por ejemplo, en cuanto a la Iglesia, si sería posi­ble señalar algún tipo de influencia de san Vicente en la visión de los pobres y la acción evangelizadora en su favor en el pensamiento y práctica posteriores a su muerte. Lo mismo habría que pregun­tarse en lo que se refiere a la sociedad civil, terreno en el que la influencia de san Vicente es ampliamente reconocida. Piénsese en la historia posterior a san Vicente, fuertemente influenciada por la obra de éste, en lo que se refiere al cuidado de los niños sin padres, de los hospitales, la atención sanitaria en los ejércitos, y otros varios aspectos de la asistencia social moderna. La creación de la enfermera profesional es obra y creación rigurosa de san Vicente, más bien de santa Luisa. La que en la cultura laica pasa por ser la creadora de la figura de la enfermera moderna, Florence Nightingale, aprendió espíritu y técnica de la atención sanitaria al enfermo en las Reglas Comunes de las Hijas de la caridad.

Este segundo nivel, el que llamamos «histórico», está aún por hacer casi del todo. Lo escrito en este terreno, sobre todo en lo que se refiere a la influencia de san Vicente en la Iglesia posterior, es escasísimo, exceptuando en parte el aspecto que se refiere a la influencia de san Vicente sobre Ozanam, y sobre la fundación de otras congregaciones posteriores, en particular femeninas.

En tercer lugar, el enfoque actual. Dos clases de preguntas podríamos hacer en este tercer nivel. La primera: ¿Ha influido algo lo que llamamos «espíritu de san Vicente» en la visión y práctica actual — incluyendo la estrictamente teológica — de la Iglesia? Esta es una pregunta difícil de contestar, pero merecería la pena inten­tarlo. Nos inclinamos por una respuesta positiva que habría que estudiar en detalle. Sugerimos una línea de posibles conexiones: san Vicente-Ozanam-León XIII-Doctrina Social de la Iglesia. (Daniel Rops sugiere otra línea que pasaría por San Alfonso María de Ligo­rio. Se podría también pensar en el cura de Ars, Don Bosco …). Los teólogos de la teología política y de la teología de la liberación no son muy amigos de reconocer su dependencia de lo que se llama Doctrina Social de la Iglesia. Algunos, más extremistas y ya dudo­samente teólogos, la rechazan explícitamente. Pero si hoy muchos no lo ven, nos parece que no es arriesgarse en absoluto el vatici­nar que antes de diez o veinte años la conexión entre la doctrina social de la Iglesia y la teología de la liberación será patente a todo el mundo, incluyendo a los teólogos de la liberación.

La segunda pregunta que brota de un enfoque actual de la figura de san Vicente: aunque no haya conexión histórica de causa a efecto, o no se pueda probar tal conexión, ¿hay algo en el pensa­miento y práctica actual de la Iglesia (en particular, si se quiere, en la teoría y práctica de la teología de la liberación) que nos traiga resonancias evidentes del pensamiento y práctica de san Vicente? Si hay algo (y por nuestra parte estamos convencidos de que hay mucho, aunque no vamos a tratar de ello aquí), resultaría que estu­diar a san Vicente, o algunos aspectos de su figura, desde una pers­pectiva netamente actual, no sólo nos ayuda por supuesto a ver en qué aspecto pueda sernos útil hoy el apelar a la figura de san Vicente, sino que nos ayudaría incluso a entenderlo mejor en su propio contexto histórico. Así podríamos concluir, por ejemplo, que en éste o el otro aspecto Vicente de Paúl se sale de su contexto, o se adelanta a su tiempo, o expresa mejor que otras figuras (Bérulle, por ejemplo, o san Francisco de Sales) las tendencias pro­fundas de su tiempo que sólo en tiempos posteriores, e incluso en el nuestro, han venido a aparecer en su plenitud histórica. Pero esto no se puede hacer más que desde una perspectiva netamente actual. De otra manera, la figura resultante no podrá dejar de ser una figura básicamente «arqueológica». Esta es la impresión que pro­ducen la mayor parte de Vidas y estudios sobre san Vicente, aún los que pretenden pasar por modernos e insisten en que hay que conocer las circunstancias históricas del tiempo de san Vicente, para conocer adecuadamente a éste. Hay que conocer, efectiva­mente, las circunstancias históricas en que se movió san Vicente para hablar con sentido acerca de él. Pero también hay que cono­cer y tener en cuenta el tiempo en que vive el autor. Esto lo debe hacer él mismo si quiere evitar que su Vida o su estudio traiga al olfato del lector actual un tufillo de polvo «arqueológico» que en lugar de hacer comprensible la figura de san Vicente lo envuelva en un fanal de figura de museo, que se mira pero no se toca.

A todo esto que venimos diciendo se podría objetar que si se quiere conocer de verdad a san Vicente hay que estudiarlo desde un punto de vista neutral y objetivo, hay que estudiarlo en sí mismo y en su circunstancia histórica; que estudiarlo desde presupues­tos modernos desfiguraría la visión del san Vicente real, tal como fue; que apenas sería posible evitar el proyectar sobre él los deseos, los prejuicios e incluso las manías del mundo moderno, con lo cual obtendríamos una figura e la medida de nuestros ideales que no correspondería más que casualmente a la figura de san Vicente tal como fue en realidad.

Esta objeción es válida. Por eso al escribir sobre san Vicente, o sobre cualquier otra realidad del pasado, hay que estar en conti­nuo estado de vigilancia para no dejarse llevar por los deseos ile­gítimos y las manías del mundo moderno. Pero el que sueña con la posibilidad de un punto de vista totalmente objetivo y neutral no hace más que engañarse a sí mismo. Incluso en un terreno tan aséptico y libre de pasión e ideología como el de la física han venido advirtiendo los científicos más avanzados desde hace unos sesenta años, Einstein por supuesto a la cabeza, que es imposible supri­mir la perspectiva y la influencia del punto de vista del observa­dor en la observación y descripción de los fenómenos físicos. Lo que le sucede al «arqueólogo» vicenciano es que, aunque también tiene su perspectiva propia, que suele ser además clericalizante y algo o mucho pasada de moda, no es consciente de ella, y cree inge­nuamente que por citar en abundancia las palabras de san Vicente ha dado con la verdad absoluta en la descripción de su héroe.

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Hay, pues que elegir. Quien crea que de san Vicente se puede extraer inspiración para vivir hoy el eterno espíritu evangélico, tra­tará de mirar a san Vicente desde un hoy pleno procurando que no interfieran en su visión las distorsiones debidas a aspectos que tal vez sean muy modernos pero que no tienen nada que ver con san Vicente. No lo evitará del todo, pero el esfuerzo le acercará a una visión del san Vicente real tal como fue en su tiempo. Quien para evitar las trampas de la mentalidad actual prefiera la tenden­dia «arqueológica», que es la que predomina hoy en los estudios sobre san Vicente, no llegará por ello a una visión más objetiva de nuestro santo. Pero sí hará que siga predominando en sus institu­ciones, pues de ellas salen los lectores, una visión del fundador que se pretende objetiva, pero que es en realidad «arqueologizante» y más que un poco anacrónica.

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