San Vicente de Paúl, siervo de los pobres (05)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Iginio GIordani · Translator: A. O. León. · Year of first publication: 1964.
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V. La Congregación de la Misión

Los Bons-Enfants (1624)

Todo el año 1623 estuvo dedicado a las misiones en­tre los campesinos, los forzados y los feligreses.

En medio de esta actividad sustanciosa y callada, al año siguiente Vicente vio su nombramiento de prior de Saint-Nicolas de Grosse Sauve. Es de creer que fue la pro­tección de los Gondi la que le procuró este nuevo título, según las costumbres de entonces de honra a una persona, acumulando, de año en año, títulos y rentas sobre sus es­paldas. Pero, aunque no fuera más que para no echarse sobre sí asuntos curiales, hacia los que sentía aversión, Vicente no hizo nada.

Otra fue la suerte de otro título, que le procuraron el mismo año: el de superior del colegio de los Bons-En­fants. También este título le vino de los Gondi, sobre todo por los ruegos de Francisca Margarita de Silly, en quien los éxitos misionales en Folleville y en los otros centros de sus tierras habían suscitado la idea de una institu­ción sacerdotal estable para evangelizar los campos. Para tal obra ofrecía una dotación permanente, a la que ahora añadía el instituto de los Bons-Enfants de París.

No era poco que el colegio de los Bons-Enfants fuese uno de los más importantes de la universidad de París ; aunque, en aquel tiempo, uno de los más abandonados, con los edificios en ruinas.

Vicente no se desanimó ante aquella desolación: vio la belleza de la idea, y se sintió animado a la nueva em­presa; y, por orden del arzobispo, Juan Francisco Gondi, fue a tomar posesión, como superior, con la intención de establecer en aquel lugar una comunidad de sacerdotes misioneros.

El colegio, en la puerta de Saint-Victor, en sus tres edificios, a duras penas podía hospedar a siete u ocho pen­sionistas. La generala de las galeras intervino para repa­rar los locales, con el fin de que estuvieran en disposi­ción de alojar a siete o más eclesiásticos, bajo la direc­ción de Vicente, destinados a evangelizar los campos y es­pecíficamente las tierras de los Gondi, y asistir a los for­zados. Su convivencia se sostendría materialmente con las rentas de 45.000 pesetas de la fundación, a base de un contrato formal.

Dos meses después de haber hecho este contrato, es decir, el 23 de junio de 1625, la piadosa testadora fue a recibir el premio de su celo. En su lecho de muerte, le asistió, como había deseado, aquel sacerdote cuya santi­dad había descubierto ella con su marido. Este, a quien Vicente llevó con toda delicadeza, a Marsella, la triste noticia, sintió que se rompía el último lazo que le unía al mundo y deseó terminar su carrera, como sacerdote, entre los Oratorianos. Esta resolución facilitó el plan de Vicente, de abandonar el cuidado de Clichy y la casa de los Gondi, a la que la señora difunta le había vinculado por toda su existencia ; y se trasladó al colegio de los Bons-Enfants, para convivir con Antonio Portail, Fran­cisco du Coudray y Juan de la Salle, tres sacerdotes de virtudes nada comunes, iluminados por una valiosa cul­tura. Con ellos constituyó el primer núcleo de una nueva Congregación, destinada a servir a los pobres de los campos.

Esta comunidad de misioneros, lo mismo que las con­fraternidades de la caridad, vio que se le abría un vasto campo de trabajo.

Ahora la guera se había abatido sobre Europa y tam­bién sobre Francia, arrastrada a ella por Richelieu, deseo­so por una parte de quebrantar el poder de los hugono­tes dentro y por otra de destruir el poder de los Habs­burgo fuera. Los hugonotes llamaron a Francia a los ingleses, que desembarcaron en ella a mediados del año 1627, y, sin declarar la guerra, penetraron en el terri­torio francés en dirección a la Rochelle. Toda Europa, ardió, especialmente después que el Edicto de restitución del emperador Fernando II, el año 1629, impuso a los señores protestantes. del Imperio, la restitución de los bienes ocupados a partir del año 1552. La causa prin­cipal de la revuelta religiosa un siglo antes había sido precisamente el apetito de aquellos bienes (iglesias, con­ventos, obras pías, legados sagrados, escuelas religiosas… ) ; y ahora, antes que renunciar al botín, se prefirio la gue­rra, en la que el cardenal católico se encontró aliado con los autores y usufructuarios de la expoliación de obras católicas. Con ese fin se alió con el rey luterano de Sue­cia, Gustavo Adolfo ; que con victorias fulgurantes, como impidió la unificación alemana bajo los Habsburgo, te­mida por Richelieu, así también detuvo el renacimiento del catolicismo en gran parte de Europa. Murió luchando en Lutzen, el año 1632, cuando todavía no tenía treinta y nueve años de edad.

En el vórtice de la conflagración el Santo había da­do a la Iglesia una de las instituciones más beneméritas y más grandes, inspiradas por la Providencia para hacer frente a las nuevas necesidades de una sociedad que es­taba experimentando un cambio borrascoso.

Al instituir con los misioneros una «pequeña com­pañía» (Vicente insistía en este adjetivo «pequeña», pa­ra construir sobre la tierra firme de la humildad), echó los cimientos duraderos de toda su obra, ahora vasta y compleja. O mejor, el fundamento o cimientos que estaba echando era tan sólido y vasto que sobre él se pudieron levantar las paredes maestras de un edificio complejo. O si se quiere, la dinámica apostólica de aquel núcleo sa­cerdotal era tan eficiente que durante treinta años salie­ron de él, con fuerza, iniciativas fecundas.

Vicente no preveía lo que surgiría de la fundación de los Bons-Enfants. Según un criterio que no le abandona­rá jamás, se dejó guiar por el Señor, cuya voluntad dedu­cía de las circunstancias y de la Iglesia: estaba, pues, con­vencido de que obraba bajo el impulso de Dios. Es decir, estaba convencido de que el que obraba era Dios, de cuya acción él y los suyos se consideraban dóciles instrumentos.

Hablando de esto más tarde a los misioneros, solía preguntar:

—¿Quién os ha llamado a las misiones? ¿Yo? De ninguna manera. ¿Portad, a quien Dios asoció conmigo desde el principio? Tampoco. Ninguno de nosotros pensa­ba en ello ni había formado ningún proyecto de esta clase. ¿ Quién, pues, es el autor? Dios: su Providencia pa­ternal ; su purísima bondad…

Aun al fin de su vida, la obra de la Misión le parecía un sueño : no se explicaba cómo había podido nacer. Ni se explicaba el origen del nombre.

Sin embargo si hubiera querido definir toda su vida, su ministerio, se hubiera definido de suyo misionero. Ja­más quiso ser otra cosa ni quiso que los suyos fueran otra cosa. Si desde 1617 a 1625 había encendido la llama del Evangelio por las tierras de los Gondi, unos cuarenta en­tre ciudades, pueblos y aldeas, desde el 1625 al 1632 su acción se amplió, dando y haciendo dar por sus sacerdo­tes no menos de ciento cuarenta misiones.

El 13 de febrero del año siguiente (1627) la Compa­ñía creció : recibió al primer hermano coadjutor. En ma­yo obtuvo la aprobación del rey y en junio logró del ar­zobispo la unión del colegio de los Bons-Enfants con la Congregación. Aquel año el Señor recompensó al gran apóstol con una alegría extraordinaria : con el encuen­tro con santa Juana de Chantal, colaboradora de san Fran­cisco de Sales. Brotó entre ambos una amistad religiosa, en la que él fue para ella «el único padre» y ella fue para él «la única madre».

Se vieron en 1627 y luego volvieron a verse en 1628, después en 1635 y finalmente en 1641: pero se escribieron y, como veremos, colaboraron durante toda su existencia.

El año 1628 se gastó en obtener para la Compañía la aprobación de Roma. Con este fin Vicente escribió una súplica al Papa, que era Urbano VIII, acompañándola con cartas de recomendación del rey y del nuncio. En ella exponía cómo la Compañía de los sacerdotes de la Mi­sión estaba instituida en beneficio de las poblaciones ru­rales sumidas en la ignorancia religiosa y, en general, con el fin de trabajar en la «conversión del pueblo».

Como la aceptación tardaba, Vicente redactó una se­gunda súplica. Pero ambas fueron rechazadas, según el parecer de la Propaganda y, probablemente, a petición del padre, luego cardenal, Berulle: el consejero espiri­tual, el maestro y amigo, desconfiaba de aquellas misio­nes: no las había comprendido, aunque era una mente abierta y aunque estimaba altamente a Vicente.

Así, a pesar de los apoyos curiales y de la corte real, la Congregación de Propaganda negó la autorización, tras el informe desfavorable del cardenal Bentivoglio: a lo más se concedía que se consintiera, solo para Francia, una so­ciedad de veinte o veinticinco sacerdotes sin título de congregación o confraternidad.

Todas aquellas dificultades inducirían cada vez más a Vicente a considerar que quien lo hacía todo era Dios.

Convencido de la bondad de su obra por los frutos, con tenacidad campesina, siguiendo adelante sin desanimarse ; más aún, para ilustrar a los oficiales de la Santa Sede y combatir intromisiones hostiles, envió a Roma, como pro­curador inteligente y activo, a uno de sus sacerdotes, a Francisco du Coudray.

Du Coudray sabía muy bien su cometido, culto, ver­sado en la lengua hebrea, conocedor de hombres y de dicasterios, trabajó tenazmente desde el año 1631 al 1635 en la Ciudad Eterna, sostenido con cartas alentadoras de Vicente.

Eran cartas que respiraban catolicidad junto con romanidad, desde la primera, del 20 de julio de 1631, en la que le escribía:

«Has llegado por fin a Roma, donde está el Jefe vi­sible de la Iglesia militante, donde están los cuerpos de san Pedro y san Pablo y de tantos otros mártires y santos personajes, que dieron su sangre y gastaron su vida por Jesucristo… Dichoso tú que has podido poner tus pies sobre la tierra por donde pasaron personajes tan gran­des y tan santos»1.

Por las cartas se ve cómo Vicente basó toda su acción ante la Curia sobre verdades elementales: la ignorancia religiosa de los pobres, el peligro de que, por ella, se per­dieran (¿no decía santo Tomás que quien ignora los mis­terios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación se condena?) y la urgencia, por consiguiente, de instruir­los «con la pequeña ayuda» de las misiones.

—Por esto —escribía Vicente desde París en 1631—tienes que hacer comprender que el pueblo pobre se con­dena, porque ignora las cosas necesarias para la salva­ción y porque no se confiesa. Si Su Santidad conociera es­ta necesidad, no tendría paz hasta que no hubiera pues­to las cosas en orden. El conocimiento que nosotros he­mos tenido de esa necesidad nos ha hecho erigir esta Com­pañía, para que, de alguna manera, ponga remedio a ella. Para hacer esto es preciso vivir en congregación y, obser­var sus cinco puntos fundamentales, a saber:

  1. dejar a los obispos la facultad de enviar a los misioneros a las partes de sus diócesis que les parecieren más necesitadas;
  2. hacer que esos sacerdotes estén sometidos a los párrocos en las parroquias a donde vayan a tener mi­sión, mientras esta dure ;
  3. impedir que acepten nada de aquella gente po­bre, y exigir que vivan a espensas propias ;
  4. evitar que prediquen, catequicen y confiesen en las ciudades, donde hay arzobispo, obispo u ordinario, ex­cepto en caso de ordenandos y de cuantos hagan ejercicios cerrados ;
  5. obtener que el superior de la Compañía tenga toda su dirección.

«Estas cinco exigencias deben ser fundamentales en esta Congregación…

«Mantente firme y haz comprender que hace muchos años que se piensa en ello y que se tiene la debida expe­riencia».

Du Coudray se mantuvo firme, haciéndose intér­prete elocuente de las aspiraciones del Santo ; y obtuvo la victoria: la bula Salvatoris Nostri, dada por Urbano VIII con fecha de 12 de enero de 1633, otorgó reconocimiento pleno a la obra.

Colaboran seglares y sacerdotes

De esta carta se deduce también que, si la actividad misionera era la principal, no era la única.

En julio del año 1628, Vicente había convencido al obispo de Beauvais a reunir en el palacio episcopal a los clérigos próximos a la ordenación sacerdotal (ordenandos) para formarlos y prepararlos: y esto para poner fin a la costumbre, muy difundida, de ordenar de sacerdote a jó­venes desprovistos de ciencia y conciencia sacerdotal.

Vicente redactó un programa apropiado de retiros: y así echó los fundamentos de esos ejercicios de los orde­nandos, que constituirán una de las actividades apostó­licas más saludables de su familia religiosa.

San Lázaro

Cierto día se presentó a Vicente un religioso: el padre Adriano Le Bon, prior de un instituto universalmente co­nocido, de París: San Lázaro. Llegado a la presencia del Santo le propuso, de repente, que se instalara en San Lá­zaro. Vicente se quedó atónito como si le hubieran dispa­rado una bombarda junto al oído.

Le Bon, riéndose, le preguntó: —¿Qué? ¿Tembláis?

San Lázaro (Saint-Lazare) no era una casa: era un complejo enorme de edificios y jardines, en el suburbio de San Dionisio (Saint-Denis) de París. Como deja enten­der su nombre, al principio había sido una simple lepro­sería. Ahora comprendía una iglesia, una cárcel, un co­rreccional, caballerizas, un molino, además de habitacio­nes para religiosos agustinos, que regían aquella funda­ción, y los asilos para los enfermos. Con el tiempo los le­prosos habían ido disminuyendo ; y en esa época no había más de un par de ellos. Había además presos y tres o cua­tro locos.

Los canónigos agustinos, una docena, vivían bajo el gobierno de Adrián Le Bon, desunidos entre sí, fastidia­dos quizás por las ocupaciones demasiado pobres y uni­formes. A su sustento proveían varios feudos, distribui­dos por toda Francia.

Habiendo oído hablar de los trabajos de Vicente de Paúl, el prior pensó cederle todo para que hiciera de ello la central de una obra activa, moderna, cual eran las Mi­siones.

Vicente, como se ha dicho, quedó atónito.

Había visto a su obra como una iniciativa modesta para la que era suficiente un pobre albergue; por eso admitió que la propuesta excedía toda su perspectiva.

Le Bon volvió a la carga seis meses después, acom­pañado del párroco de San Lázaro, Guillermo de Les­tocq. Encontró la misma repulsa. Invitado a comer por Vicente, admiró en la pobreza del ambiente de los Bons­Enfants, la limpieza y el orden, y en los comensales la piedad y el silencio. Precisamente por esto, los dos peti­cionarios se convencieron de que valía la pena insistir, y durante otros seis meses asaltaron reiteradamente a Vi­cente con ofrecimientos, mostrándole las ventajas para la Iglesia y para las misiones. «Jacob no empleó tanta pa­ciencia para lograr a Raquel», hubo de confesar el pá- TrOCO.

Finalmente, tomándolo por el lado de la humildad, el prior arrancó el consentimiento para que el asunto fue­ra puesto en manos de un jurista de valía, del que Vicente se estaba valiendo con provecho en su disputa con Roma: Adrés Duval, célebre doctor de la Sorbona, uno de aque­llos laicos profundamente religiosos que, por amor a Dios, se sentían impulsados a admirar y ayudar a un hombre de Dios.

Duval le aconsejó que aceptara : y Vicente aceptó. Entonces se llegó a la estipulación de un contrato, con que se estableció mantener en San Lázaro a los religiosos agus­tinos por una pensión modesta de unas 200 pesetas por cada uno, en estancias separadas, de modo que no hubie­ra interferencias con el horario de los misioneros. En cam­bio san Vicente no aceptó que los misioneros se transfor­maran en canónigos y fueran a cantar con los agustinos en el coro, con muceta y manteleta, porque esto le pare­cía un principio de alejamiento de su vocación, que era «trabajar incensantemente por la gente pobre de los campos». En una carta a Lestocq, Vicente confesó esta preo­cupación añadiendo lealmente que, si no era posible sal­var esta libertad de sus sacerdotes, quería permanecer en la antigua pobreza y no «desviar los designios de Dios». Le Bon, consintió también en este punto y se firmó el acuerdo.

El buen prior había logrado realizar una gran em­presa, con la que salvaba lo salvable de su comunidad y contra la que había encontrado y encontraría oposicio­nes diversas. A la firma del acuerdo, siguió, al día si­guiente (8 de enero de 1632), la aprobación del arzobis­po de París y sucesivamente del rey, de los mercaderes y regidores de la ciudad. Surgieron discusiones y resisten­cias, sobre todo de los religiosos de San Víctor, y Urbano VIII no envió su consentimiento hasta el año 1635.

Las defensas principales fueron la humildad y la in­diferencia de Vicente; y de la irascibilidad súbita y fre­cuente de Le Bon, venció también siempre con su humil­dad. No terminaba de pedir perdón por faltas verdaderas y sobre todo imaginarias, de tal manera que fue a arro­dillarse a los pies del prior por lo menos unas cincuenta veces. El prior, en el fondo, se sentía feliz y estaba orgu­lloso del gesto que había realizado, y que completó con otras concesiones en los años siguientes, mereciendo mo­rir asistido por Vicente y sus sacerdotes, con una caridad y una paciencia inestimables.

Bajo la dirección del Santo, se reorganizó todo el re­cinto. Floreció con nueva vida, convirtiéndose en un cen­tro de despertar espiritual, donde se reunían sacerdotes para hacer retiros, doctores para tener sus disputas, jó­venes para prepararse al sacerdocio y seglares para hacer ejercicios. Y siguió hospedando a locos en la sección de las enfermedades mentales, a jóvenes libertinos en la pri­sión apropiada para ellos y continuó curando leprosos cuando era preciso hacerlo. Personalmente Vicente asistió al viceprior de los agustinos, Maheut, enfermo de lepra, de la que murió.

Poco a poco San Vicente se convirtió en el corazón del renacimiento religioso de París y de buena parte de Francia ; al que, contribuyeron, desde aquel centro, obis­pos y sacerdotes, entre ellos Bossuet, y seglares reforma­dos en la fe y en las costumbres o convertidos del protes­tantismo y mahometismo, junto a personalidades del mundo político o del campo, que venían a contemplar la juventud de la vida cristiana, que nacía de la tierra ara­da, como arbusto florecido bajo la mano de experto agri­cultor. En San Lázaro cotemplaban cómo los cristianos podían amarse, cómo las funciones sagradas debían cele­brarse, con solemnidad y austeridad litúrgica, entre cán­ticos, que conmovían los ánimos.

Era una casa de pureza y de unión en medio de una ciudad frenética de lujuria y de intrigas.

El edificio de los Bons-Enfants, después que los mi­sioneros se trasladaron a San. Lázaro, hacia el año 1636 se dedicó a seminario para jóvenes, y después, hacia el año 1642, a seminario para sacerdotes. Tres años más tarde también los jóvenes fueron trasladados a San Lázaro. Por esto, con sus muros viejos y sus edificios ruinosos, en cier­to modo se convirtió en el compendio topográfico de la obra de reconstrucción espiritual de san Vicente, pues en su recinto albergó a misioneros, eclesiásticos, huérfanos, ordenandos, seminaristas, jóvenes díscolos, locos y hasta leprosos: además de hospedar a sacerdotes y estudiantes y proveer de personas y medios para distribuir entre los pobres —hasta seiscientos al día— comidas, vestidos, li­bros, dinero, etc…

Sin embargo la posesión por parte de Vicente toda­vía era discutida por los antiguos ocupantes (victorinos, genovevianos y caballeros de san Lázaro), que presenta­ban todos los días argumentos capciosos y un sinfín de re­cursos. Estos terminaron después de la muerte del Santo.

Se necesitaba la paciencia y el desinterés de Vicen­te para no sucumbir bajo aquella petulancia. Cuando cier­to día, por ejemplo, llegó a conocer que la causa por la hacienda de Orsigny, de la que San Lázaro sacaba gran parte de lo necesario para su subsistencia, se había per­dido, exclamó: «¡ Bendito sea Dios ! «, y se fue a adorar al Santísimo en la capilla.

Y eso que se trataba de un legado hecho según to­das las normas legales ! Pero entre los jueces, algunos no perdonaban a Vicente su lucha contra el jansenismo, otros se oponían, por principio, a la ampliación de la propie­dad eclesiástica.

Comentando el hecho tuvo que explicar así su senti­miento : «Todo lo que Dios hace, lo hace por el mayor bien ; por consiguiente tenemos que esperar que esta pér­dida nos será de provecho, desde el momento que viene de Dios…»

Y no quiso ceder a las sugestiones de juristas que le aconsejaban que presentara recurso de apelación.

No quería pleitos ; creía en la caridad. Y tuvo razón, aun esta vez: pues poco después otro bienhechor legó a la Congregación una propiedad, que no valía menos que la hacienda de Orsigny, mientras que los herederos que habían arrancado la hacienda, más tarde la restituyeron espontáneamente a la Compañía.

  1. t. I, p. 114.

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