San Vicente de Paúl, maestro de oración (12 y último)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Abbé Arnaud d'Agnel · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1929.
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Capítulo XII: San Vicente de Paúl y el misticismo

¿Es prudente solicitar consejos sobre la vida mística de un santo absorto por las obras exteriores como lo fue en todo tiempo el Fundador de slos Sacerdotes de la Misión y de las Hijas de la Caridad? La respuesta a esta cuestión se halla ya en un precedente capítulo en el que la vida interior de un santo es puesta de relieve. Numerosos textos muestran con evidencia que no hay acto exterior del Sr. Vicente que no haya brotado de esta fuente. Ni un gesto, ni una palabra, ni un manejo de asuntos que no haya tenido por punto de partida su doctrina sobre la adherencia a los diversos  estados del Verbo hecho carne.

Según el testimonio de los testigos de su vida, Vicente no perdía nunca el sentimiento de la presencia de Dios. En medio de ocupaciones muy diferentes que se disputaban su tiempo, este hombre conservaba un recogimientoy una serenidad imperturbables.

Le pedían consejo, cualquiera que fuese su naturaleza e importancia, no respondía nunca sin haber implorado la asistencia del Espíritu Santo. A él, cuyo juicio y experiencia eran apreciados por tantos grandes personajes y por la Corte misma, desconfiaba de sus propias luces. Se le ha visto alguna vez con la mirada fija por horas enteras en el crucifijo que tenía entre las manos. Le llegaban malas noticias, pues su paz interior no sufría ningún contra golpe, y su rostro no perdía nada de su celeste dulzura. Él mismo, sin nombrarse, ha entregado el secreto de su excelencia en todo.  «Se le ha oído decir  -escribe su primer historiador Abelly- que no había gran cosa que esperar de un hombre que no quería comunicarse con Dios; y que si no se ocupaba, como era debido,  de sus empleos para el servicio de Nuestro Señor, era por falta de acogerse a él, y pedirle el socorro de su gracia con una perfecta conciencia».

En sus correrías a través de París, Vicente caminaba en la presencia de Dios, alabándole y rezándole en su corazón. Cuando, en sus últimos días, su salud le obligó a servirse de una carroza, cerraba las cortinas,  y con los párpados cerrados, conversaba con el Huésped divino de su alma. Una de sus costumbres más queridas era santificvar  las horas e incluso los cuartos de hora con una señal de la cruz y oraciones jaculatorias.

No contento con estar sin cesar atento a la presencia de Dios, el santo, para entrenar a sus misioneros según él, mandó poner, en el claustro de San Lázaro, varios letreros en que se leían estas palabras: Dieu vous regarde (Dios os ve).

Émulo del seráfico Francisco de Asís y naturalmente poeta como él, Vicente adoraba al Creador en sus obras  más materiales. Ante el campo cubierto de trigo o ante los árboles cargados de frutos, du aslma meditaba sobre la abundancia inagotable de los bienes que desfilan, a cada instante, de la infinita bondad de Dios; admiraba la Providencia, vigilando por la conservación de sus criaturas y distribuyendo a todas alimentos según sus necesidades respectivas.

La vista de las flores o de un lugar pintoresco era, para el santo,  la ocasión de contemplar en espíritu  la soberana perfección del Creador y decir interiormente estas palabras que se han encontrado escritas de su propia mano «¿Qué hay de comparable con la belleza de Dios, principio de toda la perfección de las criaturas? ¿No es de él de quien las flores, las aves, los astros, la luna y el sol reciben su lustre y su belleza?»

Hallándose en una habitación tan bien tapizada con toda suerte de espejos de suerte que una mosca no hubiera podido escaparse, sin ser vista, Vicente se dijo a sí mismo : «Si los hombres han hallado el invento de representar así todo lo que sucede en un lugar, hasta el menor movimiento de las más pequeñas cosas, con mayor razón debemos nosotros creer que todas las cosas están representadas en ese gran espejo de la divinidad que lo llena todo y qwue lo encierra todo en su inmensidad, y en quien los bienaventurados lo ven todo y en particular las buenas obras de las almas fieles y por consiguiente todos sus actos de paciencia, de humildad, de conformidad con la voluntad de Dios y de las demás virtudes».

Como lo prueban estos textos y cuántos más, que se podrían alegar aquí, todo es bueno para el santo a fin de entrar en oración y obtener motivos de admirar los atributos divinos, y sumirse en sentimientos de fe, de humildad, de agradecimiento y de amor.

Una última cita confirma las precedentes y muestra todo el alcnace moral: «El pensamiento de la presencia de Dios nos hará familiar la práctica de hacer incesantemente su voluntad, el recuerdo de la divina presencia se establecerá poco a poco en el espíritu y, por su gracia, se convertirá en costumbre; de manera que estemos al final como animados por esta divina presencia. ¿Cuántas personas creéis, Hermanos míos, que hay incluso en todo el mundo, que no pierden apenas de vista a Dios  Me encontré, estos días pasados,  con una persona que se hacía caso de conciencia por haber estado, tres veces al día, distraída del pensamiento de Dios: esa gente serán nuestros jueces, que nos condenarán ante la majestad divina, por el olvido que tenemos de ella, nosotros que no tenemos otra cosa que hacer que amarle y testimoniarle nuestro amor con nuestras miradas y nuestros servicios».

Este texto es importante bajo el punto de vista místico por el pasaje siguiente: nos veremos por fin como animados por esta divina presencia. ¿Se puede imaginar preparación más directa a los estados superiores de oración? ¿Es admisible que un alma pueda no perder nunca a Dios de vista en sus pensamientos y en sus intenciones, incluso en la multiplicidad de los asuntos más absorbentes, y no ser contemplativa en el más alto grado? Es tanto menos creíble que existe, según los maestros de la espiritualidad de toda escuela, una estrecha correlación en tre la puesta en la presencia de Dios y la oración. Esta última correspnde como calidad, como valor, a la primera. Desde el momento que esta es perfecta en el Sr. Vicente, aquella debe serlo igualmente.

Este sentimiento de la presencia de Dios no es aquí simplemente una preparación próxima a  la oración, es un estado permanente y por el hecho mismo la preparación lejana de este ejercicio. Es más exactamente, por sí mismo, una oración constante.

Además de otras pruebas,  estamos seguros así de la excelencia en Vicente de las disposiciones requeridas  para vivir en unión con Dios. La humildad del santo, su mortificacion y su generosidad no nos serían conocidas por otro lado si no dudáramos de su existencia ni de su heroicidad ya que la excelencia de los efectos  probasría la excelencia de la causa. ¿Cómo admitir que un humilde entre los humildes haya sido elevado a la cima de la contemplación y hasta del éxtasis por el Dios que se complace en ensalzar a los que se abajan  y se anonadan en su presencia? Si el desapego de las criaturas  y de sí mismo predispone a los estados místicos, ¡dónde encontrarse con alguien mejor preparado a sus favores como el Sr. Vicente!

Por último si es suficiente darse generosamente a Dios para atraer sobre su alma los dones del Espíritu Santo, que ha realizado más perfectamente esta condición que el santo cuyo celo se reavivaba en la prueba.

¿Es posible que un apóstol de la oración mental, como lo ha sido el Fundador de laMisión, no haya alcanzado la cima de esta montaña por las pendientes de la cual ha conducidoa tantas almas con una entrega sin igual? No contento con llevar a los Sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad por el camino de la oración, se tomaba la molestia de hacerles dar cuenta públicamente del modo como este ejercicio se había hecho. Dos veces a la semana, sus misioneros  le exponían  como a sus cohermanos los pensamientos y los sentimientos con los que Dios los había favorecido durante esta hora de recogimiento interior. El intercambio de sus confidencias, ¡cuántos consejos iluminados y entusiasmos no recibían  de su General!

Otro argumento de apoyo  del misticismo del Sr. Vicente es la elocuencia con la que este último habla de la oración. Lejos de ser retórica y declamación, su elocuencia es el resultado de su ciencia experimental y de sus convicciones profundas. Observanción importante: no consiste nunca en una palabrería  edificante. Todo lo que dice y todo lo que escribe sobre este asunto denota una competencia notable. Es un hombre que trata el asunto con conocimiento de causa. Y en este orden de ideás, si se evita la vanalidad, se expone a caer en el error.

Cuando vicente se ocupa de la oración, no es nunca como teórico. Su enseñanza en este aspecto no es simplemente el producto de estudios metódicamente llevados, la síntesis de sus investigaciones  en la obra de un san Juan de la Cruz o de una santa Teresa, como no es tampoco el eco de sus sentimientos con alguno de los maestros de la espiritualidad de entonces. Es algo sentido, amado, vivido. Métodos y consideraciones tomadas en san Francisco de Sales, en el cardenal Bérulle o en otros, adquieren en sus labios y bajo su pluma jun carácter muy personal.

Que el santo considere la oración bajo un aspecto o de otro, que analice los diversos actos, que detalle sus ventajas y las dificultades, es siempre a su propia experiencia a donde acude. Ni una explicación doctrinal, ningún consejo que no sea el fruto de su experiencia. Tal es precisamente una de las causas  de la influencia que tienen sus escritos sobre tantas almas. Por eso dan al lector la impresión de haber sido redactados a su intención.

El Sr. Vicente no tiene tan solo el conocimiento práctico de la oración, tiene su amor, un amor profundo,  generoso y tan fiel que no qwueda desmentido en ninguna circunstancia. Este amor, él se lo comunica a los miembros de sus dos Institutos. Su mayor gozo, en sus últimos años, es constatar entre los Sacerdotes de la Misión, o entre las Hijas de la Caridad, un afecto muy fuerte a la práctica cotidiana de la oración mnetal. Para él, no hay pronóstico más seguro del bello porvenir reservado a estas dos Compañías. Qué espíritu sería bastante ilógico para dudar todavía del misticismo de uno de los mayores apologistas y propagandistas de la oración, de uno de los autores que han hablado de ella con el mayor espíritu sobrenatural, de convicción y de sentido práctico.

Antes de estudiar el modo como el santo dirige a las almas hacia los caminos místicos y las predispone, se plantea una objeción. Al ver a Vicente recomendar las formas de oración menos elevadas, mentalidades superficiales podrían creerle poco inclinado hacia la contemplación. Como un padre encuentra hermosa a su hija con todos sus aseos, él ama tanto la oración que la mira tiernamente en todas sus modalidades, desde las más humildes hasta las más sublimes.

Si el Fundador de las Hijas de la Caridad leva a estas hacia la meditación propiamente dicha, no es para prohibirles que se entreguen en lo futuro a la contemplación, si Dios las llama por ahí, sino al contrario para prepararlas a ella mediante un medio seguro manteniéndolas así en humildes sentimientosde sí mismas.

No sería esto, en efecto, presunción, y qué ridicula y peligrosa, querer de buenas a primeras elevarse muy alto en la mística. El mejor medio de no llegar nunca a la contemplación es juzgarse digna. En la mesa de la oración, es bueno colocarse en el último puesto, para que el dueño del festín diga: subid más arriba.

Vicente sirve la causa del misticismo moderando con los devotos dos tendencias opuestas. Una es complacerse en  hermosos pensamientos y dulces emociones, sin hacer ningún examen de conciencia para sacar provecho de las luces concedidas por Dios. La otra es examinar tan minuciosamente sus intenciones y sus actos que no quede ya el tiempo de contemplar amorosamente al Eterno como lo hacen los ángeles del Cielo y los santos en la Tierra.

» No conviene –dice el santo a las Hijas de la Caridad- que hagáis vuestra oración para tener pensamientos elevados, éxtasis y arrobamientos que son más perjudiciales que útiles, sino para haceros  perfectas «. Se cuida también de avisar a sus oyentes contra la inclinación opuesta, advirtiéndoles que no empleen todo el tiempo de la oración en prever el programa de su jornada y los medios de cumplirlo bien.

Una carta del Fundador de la Misión muestra su discernimiento y su destreza en el punto de vista místico. Está dirigida a un Cartujo que se cree llamado por la Providencia a salir de su orden para elevarse más alto en la espiritualidad. En un principio Vicente hace alusión a los favores extraordinarios de los que su corresponsal se dice el objeto, no sin alguna búsqueda personal. Reparemos con qué soltura se mueve en las líneas siguientes, señal de que no se aventura en un terreno desconocido: «Comenzaré pues por decirle, mi Reverendo Padre, el consuelo que he recibido al ver los atractivos que tenéis en la unión perfecta  con Nuestro Señor, la fiel correspondencia que tenéis en ello y las caricias con las que du divina bondad os ha favorecido con frecuencia. Las grandes dificultades y las contradicciones que habéis encontrado en los diversos estados por los que habéis pasado, y por último los filtros amorosos que tenéis por esta gran maestra de la vida espiritual, santa Teresa».

Este exordio no es evidentemente de un hombre de acción piadoso, sino extraño a las grandezas de la vida mística. Lejos de desdeñar esta vida o de no tener de ella más que una inteligencia mediocre, el Sr. Vicente la conoce bien, y lo prueba no dejándose engañar por  de su corresponsal. Este se ha equivocado pensando deslumbrar por la exposición de sus éxtasis. El santo le demuestra que debe permanecer en su Orden sin segundas intenciones y con todo su corazón. La obediencia y la renuncia a sí mismo son los únicos caminos para llegar a la cumbre de la perfección cristiana. Su deber es de someterse por completo a la dirección de su Superior. Todo Religioso debe tender a embriagarse cada vez más del espíritu de su Orden, so pena de no pertenecer a esta Orden más que por el hábito, en lugar de ser de ella por fuera y por dentro.

Habituado a distinguir, en su casa y en la de los demás, los impulsos de la naturaleza de los movimientos de la gracia, el Sr. Vicente opone las primeras a las segundas con una seguridad de doctrina propia para instruir al Cartujo en su caso: «Es una máxima que el espíritu de Nuestro Señor obra dulce y suavemente, y el de la naturaleza y del espíritu maligno obra por el contrario áspera y agriamente. Pues bien, se ve por todo lo que me decís que vuestros pasos son ásperos y agrios y que os hacen aguantar tenazmente vuestros sentimientos contra los de vuestros Superiores.

El santo tiene razón en acabar así su respuesta. Aferrarse a sus sentimientos es en efecto el gran obstáculo para el misticismo según los maestros de la vida espiritual. Es además la razón de las pruebas tan duras a las que Dios somete a las almas llamadas a la contemplación o a otros favores de este género. Estos privilegiados reciben de ordinario golpes en el cuerpo y en el espíritu. No hay en ellos nada que no sufra de un modo o de otro y a menudo de varios modos. Heridos en sus sentimientos humanos, lo son también  en sus sentimientos religiosos.

Es propio de un director competente recordárselo con frecuencia a sus dirigidos. «El tedio puede venir de Dios mismo; -escibe él- pues para elevar a un alma a una perfección soberana, la hace pasar por las sequedades, los espinos y los combates, haciéndole así honrar la vida abatida de su Hijo».

En estas líneas escritas a  la Hermana Hardemont,  el santo desarrolla la misma doctrina, pero explicando la actitud que conviene observar en las pruebas preparatorias a la vida mística: «Sí,  yo os expreso compasión al ver que vuestro pobre corazón gime oprimido por  gran desgana…  ¡Quiera Dios, por las misericordias de su dulzura, endulzar vuestro mal y haceros ver que  sois más feliz de lo que pensáis! Sí, Hermana mía, nuestra delicidad está en la cruz, y Nuestro Señor no ha querido entrar en su gloria más que por las amarguras. El os conduce por el camino de los santos; no os sorprendáis, os lo suplico, sino tened paciencia, dejadle hacer».

Qué función y que firmeza en este pasaje, estas advertencias no son solamente pensadas, sino profundamente sentidas: son, sin mezcla de duda, el fruto de una experiencia personal. Un soplo divino las anima. Es un místico quien las ha escrito como el eco de lo que había pasado en su alma. Tal es pues la causa de la acción que ejercen todavía en los coazones amantes después de tantos años.

Los consejos siguientes, recibidos por una Salesa, están señalados al calor de la misma sinceridad porque son, ellos también, frutos de la experiencia por quienes los dan, de donde su acento de convicción: «Yo compadezco sensiblemente en vuestras penas, que son largas y diversas; es una cruz extensa, que abraza vuestro espíritu y vuestro cuerpo, pero ella os alza por encima de la tierra, y es esto lo que me consuela. Debéis también consolaros mucho al veros tratada como Nuestro Señor lo ha sido. Sus sufrimientos esran nteriores y exteriores; y los interiores han sido continuos y sin comparación más grandes que los otros».

La fuerza ascendente del sufrimiento no podría ser mejor servida que por esta cruz que eleva al alma por encima de la tierra. En cuanto a la importancia y al papel de las penas interiores en las pruebas de los místicos, no se podrían afirmar con más claridad y en términos más teológicos.

Los tormentos de orden espiritual son en efecto instrumentos de que Dios se sirve para apresurar en ciertas almas el cumplimiento de sus vistas particulares. El Sr. Vicente precisa esta idea en estos términos  mediante una carta de dirección: «La conducta de Dios es tal sobre los que ella destina a algo grande o bien particulr para su servicio, que él los ejercita de antemano con desganas, obstáculos, aversiones y movimientos de inconstancia, ya para probarlos, ya para hacerles experimentar su debilidad,  ya para apartarlos más de las criaturas, otras veces para abatir los humos de alguna vana cmplacencia,  y siempre para hacerlos agradables a sus ojos.

Según el santo, » la mejor condición es la que nos hace más parecidos a Nuestro Señor tentado, suplicante, actuando  y sufriente «. Jesús –declara él-  por este medio, confuce a las almas que quiere elevar a una más alta perfección. Las invita a llevar el corazón a las llagas sagradas del Crucificado.  Su inteligencia penetrante comprende que es difícil y delicado conducir a los místicos a través de las vías misteriosas por las que avanzan sin darse cuenta, ellos mismos,  del camino que recorrer: por eso hay que seguirlos día a día y modificar continuamente sus  y sus consejos según las circunstancias.

El santo es particularmente admirable en el modo como comprende y secunda los designios de la Providencia sobre Luisa de Marillac. Es juna maravilla verle hacer en favor de su Philothée por excelencia lo que su amigo Francisco de Sales hace por la Señora de Chantal. Lejos de contentarse  con un recuerdo más o menos frecuente del gran deber de la unión con Dios, Vicente busca y combate en el alma de Luisa todo lo que se opone a ello directa o indirectamente: un amor excesivo por su hijo, un afecto más o menos vivo por su director, un estado de emotividad,  de agitación interior, de tristeza y de escrúpulos. Nosotros no lo seguiremos a través de las luchas incesantes renovadas que exige la dirección de conciencia así comprendida.

Luisa, un avez heroicamente humilde y desprendida de todas criaturas, no tien ya más que sostener una última prueba para elevarse muy alto por las vías místicas. ¿Encuentra en su director a un guía iluminado, un apoyo sólido? Si bien Dios se sirve de las alegrías como de las tristezas para nuestra santificación, reserva sin embargo estas últimas para las almas de elite. Gracias a Vicente, la Señorita Legras se convence de ello. Compende y gusta las líneas siguientes: «¿No se siente consolado vuestro corazón, Señorita, al ver que se ha hallado digno ante Dios de sufrir srviéndole?»

Este estado de sufrimientos extraordinarios al que se ha consagrado su hija, no es un misterio para el santo, como lo sería para la mayor parte de los sacerdotes. Este maestro en espiritualidad ve en ello la preparación de un alma a la vida mística. Lejos de sentirse apenado, él se regocija. Lo que teme más bien  por Luisa  es la alegría, entonces mismo cuando ella se ha desprendido de los sentidos y de la imaginación. Su solicitud a este respecto le inspra esta advertencia: «¡Bendito sea Dios, Señorita, por las caricias con las que os honra su divina majestad! Se han de recibir con respeto y devoción, y con la vista de alguna cruz que os va preparando. Su bondad tiene costumbre de avisar a las almas que él ama así, cuando desea crucificarlas «.

Con esta carta estamos en pleno misticismo.  En seguimiento de santa Teresa y de san Juan de la Cruz, el Sr. Vicente muestra con firmeza a su hija el fin al que tienden contemplación, éxtasis,  arrobamientos, y este fin es la crucifixión de las almas, cuando no lo es de los cuerpos también por los estigmas, en Jesucristo cuyos sufrimientos de todas clases son sentidos por estas almas de formas muy variadas y en medidas muy variables. El santo no podría entregar mejor  este misterio de amor que diciendo con respecto a los místicos embriagados de una felicidad celestial: La Bondad de Dios tiene costumbre de avisar a las almas que ama, de esta manera, cuando desea crucificarlas. 

Estas palabras del santo son la respuesta a las líneas siguientes que acaba de recibir de la Srta. Legras todavía bajo el golpe de los transportes divinos que ha experimentado: «Señor, mi corazón, aún todo lleno de gozo de la inteligencia que me parece que nuestro buen Dios me ha dado con estas palabras Dios es mi Dios, y por el sentimiento que he tenido de la gloria que todos los bienaventurados le rinden después de esta verdad, no puede por menos de hablaros esta noche y suplicaros qe me ayudéis a hacer uso de estos excesos de felicidad».

  Luisa de Marillac experimenta los sufrimientos de orden espiritual que endurecen los místicos. Como santa Teresa de Ávila, ella sufre por tener el espíritu confuso, cubierto. Su primer movimiento es entonces recurrir a su director  porque está llena de  confianza en sus luces: «Me parece que mi espíritu está todo envuelto, tan débil se muestra. Toda su fuerza y descanso es, después de Dios,  ser, por su amor, mi muy honorable Padre, vuestra muy humilde  y muy obediente sirviente».

Esta obediencia y esta humildad a toda prueba son algo la obra del santo. Temiendo hacer una comunión que no sea para su confusión, ya que siente el espíritu muy embarullado, Luisa pide al buen Sr. Vicente que la bendiga. ¿Hay prueba más segura de la competencia del santo en la dirección de los místicos?

Dios ha recompensado la entrega del gran director a su Philothée por excelencia. Sus consejos han dado su fruto. Qué maravilla ver a la hija llegar, a pesar de su natural emotivo, triste e inquieto, a la serenidad de alma de su padre espiritual.

La principal causa del éxito de Vicente es, dirigiendo de muy cerca a su hija, haber respetado la acción divina en ella. Ella se ha acordado siempre, según su expresión, que el verdadero director de las almas no es él, sino Jesucristo. Por eso, después de aconsejar a Luisa que retrase su viaje a Anjou por la peste, le escribe: «Ya que Nuestro Señor, por eso, después de aconsejar a Luisa que retrasara su viaje a Anjou a causa de la peste, le escribe: «Ya que Nuestro Señor os anima a ir a Angers, id allí in nomine Domini; lo que él guarda bien guardado está».

Esta manera tan desinteresada, tan sobrenatural, de dirigir las conciencias es precisamente la que exige Santa Teresa de los sacerdotes encargados de conducir a las místicas. No le sorprende a Vicente cuyo pensamiento dominante es la imitación del Maestro.

He aquí un pasaje de la correspondencia del santo que hace resaltar más todavía la acción que ejerce sobre la Srta. Le Gras y la confianza sin límites de esta última en su director. Se ve con más claridad lo serio de esta dirección en la que anima la voluntad divina, consuela, reprende, fortalece hasta el punto de dominarlo todo y de absorberlo todo: «Estoy seguro de que queréis y no queréis más que lo que Dios quiere y no quiere, y que estáis en estado de querer y de no querer más que lo que os digamos que nos parece que Dios quiere y no quiere. Tratad de vivir contenta entre vuestros motivos  de descontento y honrar siempre el no hacer y el estado desconocido del Hijo de Dios. Ese es vuestro centro y cuanto pide de vos para el presente y para el porvenir, para siempre».

Todo el esfuerzo de los místicos y de sus guías espirituales debe tender, por la humildad, la mortificación, la obediencia al reino de la voluntad de Dios en el alma por la completa renuncia de ésta a su propia voluntad.

Para demostrar bien que ninguno de los problemas descubierto por el misticismo no le es extraño al Sr. Vicente, preguntémosle primero sobre la cuestión tan a menudo discutida de las mortificaciones de orden físico. Su experiencia, que nunca anda escasa, responde que un uso inmoderado de las penitencias corporales, en particular de la disciplina, no es algunos más que la forma anormal y por lo tanto extremamente peligrosa de la sensualidad. «El exceso  de la práctica de las virtudes, -escribe a propósito de la flagelación voluntaria- es a veces un mayor mal que el defecto de practicarlas y, en ese género, se ha visto a personas, que yo conozco, que encuentran en ello voluptualidad sensual y universal.

Si somos inclinados hacia las mortificaciones exteriores, este aviso tan sabio debe determinarnos a no hacer nada, en este orden de ideas,  sin consultar a nuestro director y sin atenernos, a ojos ciegas, a su juicio.

Otro problema, sobre el cual es interesante conocer el sentimiento del santo, es si se necesita tener la contemplación por un privilegio otorgado solamente a una elite. En esta cuestión debatida entre las Escuelas de espiritualidad, el Sr. Vicente se coloca dell ado de los optimistas. Lejos de ser de esos teólogos según los cuales este acto místico queda reservado a algunas almas selectas, le tiene por accesible a la mayor parte de los cristianos de una devoción profunda, y hasta lo enseña en el pasaje siguiente de una de sus conferencias:

«En la contemplación,  el alma, presente en Dios,  no hace otra cosa que recibir lo que él le da, está sin acción, y Dios le inspira, él mismo, sin que ella sienta ninguna pena, todo lo que ella podría buscar, e incluso mucho más. ¿No habéis experimentado nunca, mis queridas hermanas, esta clase de oración? Estoy seguro de que bien a menudo, en vuestros retiros, en los que os habéis sorprendido de que, sin haber contribuido con el vuestro, Dios por sí mismo llena vuestro espíritu, imprime en él conocimientos que no habíais tenido nunca».

El santo no ignora nada de lo que concierne al misticismo. Muy al corriente –lo hemos visto- de las pruebas por las que pasan los místicos, las menciona en estos términos con motivo de la comunión: «Después de recibir la sagrada Forma, santa Catalina era torturada por tan enormes pensamientos que temía verse abandonada de Dios. En los momentos en que nuestro Señor se comunicaba a ella tiernamente, ella le hablaba muy cordialmente. Un día cuando se quejaba a él  po restas horribles representaciones, él la tranquilizó porque en medio de sus más fuertes penas, él estaba en medio de su corazón. Eso es lo que pasa a ciertas almas a las que Dios se complace en ejercitar de esta manera.

«He conocido a una persona de gran virtud tan trabajada estas penas molestas, en el momento de la comunión, que me daba pena. Nunca, fuera de esos momentos, tenía ningún pensamiento de ese género: eran pensamientos tan horribles que no me atrevería a contarlos». Volviendo al asunto, el santo habla de almas muy queridas que siguen abatidas y sin ningún sentimiento.

  Los extractos de cartas, conferencias y charlas del santo en el curso de este capítulo dan testimonio de la estima de Vicente por el misticismo y de la justeza de sus vistas. Ellas prueban así  que es hombre  para dirigir prudentemente a las almas más colmadas de favores extraordinarios.  Este conocimiento que tiene de los estados místicos le coloca en una admiración sin límites para los planes de la Providencia. Las líneas siguientes merecen en este punto de vista ser reproducidas. Es un cántico de acción de gracias de los más instructivos y de los más emocionantes: «Qué admirables y adorables son los caminos por los que Dios conduce a los suyos! De verdad, para él la santificación de un alma no tiene precio. Entrega el cuerpo y el espíritu a la debilidad para fortalecerlos en el desprecio de las cosas de la tierra y en el amor de su Majestad; bendice y sana; crucifica en su cruz para glorificar en su gloria; en una palabra, da la muerte para hacer vivir en la eternidad «.

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