San Vicente de Paúl (la esclavitud en Túnez) (y X)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl, Formación Vicenciana, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Guichard, C.M. · Año publicación original: 1937 · Fuente: Desclée de Brouver.
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VIII. Por qué envió San Vicente a sus misioneros a Berbería

“A nuestro parecer, se atreve a afirmar Grandchamp, lo que prueba que el Señor Vicente no había vivido dos años en Berbería, es que lo ignoraba todo de los Musulmanes. Si los hubiera conocido por poco que fuera, no se le habría ocurrido nunca la idea singular de hacer comprar por la duquesa de Aiguillon los consulados de Túnez y de Argel para instalar allí a los sacerdotes de la Misión. Fino y bien aconsejado como era se habría cuidado muy mucho de este error político que acusa desconocimiento absoluto de la mentalidad de los berberiscos. Hombre de acción, hombre enérgico, si los hay, el superior de los sacerdotes de la Misión se equivocó torpemente en esta ocasión, porque no sabía, porque nunca había sabido lo que aguardaba a sus misioneros en la costa de África.

Y si lo ignoraba, es porque él mismo no había estado allí nunca“.

El sr Grandchamp no ha pensado que su argumento iba a encontrarse frente a todo apostolado católico. San Vicente de Paúl no envió a sus misioneros a Túnez y a Argel por los beneficios pecuniarios del consulado. Léase si no su carta a Jean Le Vacher, del 8 de abril de 1659, se verá que se queja por los gastos excesivos. Vicente pensó, por medio del consulado, tener más facilidades para consolar a los cristianos esclavos, impedirles que renegaran de su fe y rescatarlos si fuera posible.

Si estas ocupaciones debían traer consigo sufrimientos y hasta el martirio a sus enviados todo ello estaba previsto y aceptado de antemano por él y sus hijos.

Querríamos pues, en este capítulo, no ya convertir, sino desengañar al sr Grandchamp y recordarle, con la historia en la mano, por qué quiso san Vicente, incluso y sobre todo en la hipótesis de su esclavitud, enviar a sus misioneros a tierras del Islam.

Esto parecerá apartarnos de nuestro asunto, pero en apariencia tan sólo. Y además, la refutación se ve obligada a seguir a seguir el ataque en todos los frentes.

Si, en la vida íntima del Santo como las obras que emprendió en todos los terrenos, se hiciera abstracción de las razones sobrenaturales en las que apoya toda su actividad interior y exterior, no se comprendería más que de manera incompleta el alma de Vicente.

Así, en 1653, en el reglamento, trazado por su mano, para Jean Le Vacher y Martin Husson, el primero vicario apostólico, el segundo, cónsul en Túnez, les recomendará, a fin de desempeñar dignamente su trabajo -“que es de asistir corporal y espiritualmente a los pobres cristianos esclavos- que guarden una devoción muy particular a la Encarnación por la que Nuestro Señor bajó a la tierra para ayudarnos en nuestra esclavitud, en la que nos tenía cautivos el espíritu maligno”.

Desde hacía mucho tiempo, el corazón de san Vicente estaba abierto a todos las ternuras, y a todos los ardores del corazón de Jesús. Los sentimientos que brillan en él son evangélicos por completo.

Desde el primer momento de la creación de su Compañía de misioneros, le asignó como fin “llevar la buena nueva a los pobres”, “evangelizare pauperibus misit me” (Lucas, 4, 18); pero no excluyó las demás obras buenas, que san Lucas da en el mismo texto,  como signos de la llegada del Mesías y de la obra redentora comenzada: “El espíritu del Señor… me ha enviado a curar a los que tienen el corazón roto, a anunciar a los cautivos la liberación, a los ciegos la vuelta a la vista, a librar a los oprimidos”.

San Vicente de Paúl recibió de Dios el don de la luz y del amor para llevárselo a los hombres. Los más desdichados de aquí abajo serán sus preferidos. Lo hará todo para ayudarlos según sus fuerzas. Se agotará a sí mismo y expondrá a sus  hijos a los suplicios más crueles y al martirio para llevarles ayuda.

Su propia cautividad le hizo conocer los sufrimientos físicos y morales y los peligros de toda clase a los que están sometidos los esclavos cristianos en país musulmán: el grave peligro de perder el honor para las mujeres, el más grave aún de renegar de la fe para los niños y los jóvenes.

Sabe que los rescates por las órdenes de los Trinitarios y de la Merced son raras y no obtienen la liberación más que un pequeño número; conoce por los relatos oficiales la cifra verdaderamente desoladora de los cautivos cristianos. Debió soñar, desde su juventud, con llevarles algún socorro; y a ello se dedica a medida que avanza en su vida de caridad.

¡Y qué admirablemente le sirve la Providencia! Desde 1613, entra en la casa de Emmanuel de Gondi. Éste no tarda en conseguir del rey el título de capellán real de las galeras (8 de febrero de 1619).

Las galeras son una especie de media esclavitud. Va entregarse de lleno a predicar a los forzados las misericordias del Señor. Marsella, Burdeos, le oirán y le verán dar misiones a los galeotes. Pero sus deseos están más allá de los mares. Otra etapa más de franquicia.

Gracias a la liberalidad de la duquesa de Aiguillon que acaba de fundar a su Congregación en Roma, puede fundar una casa de Misión en Marsella (25 de julio de 1643).

Oyendo siempre la llamada de los cristianos esclavos en Berbería, él prevé lo que va a suceder, y hace insertar con gozo en el contrato de fundación esta cláusula que le sale del corazón:

…”Convenido, en el cargo expreso de enviar por los dichos sacerdotes de la Misión para siempre y a perpetuidad, entonces y cuando lo juzguen oportuno, sacerdotes de la dicha Congregación de la Misión a Berbería, para consolar e instruir a los pobres cristianos cautivos y detenidos in dichos lugares, en la fe, amor y temor de Dios, y dar por ellos misiones, catecismos, instrucciones y exhortaciones, misas y oraciones que tienen por costumbre…”

Ya lo tenemos al pie de obra.

Se necesitaba un pretexto legítimo para penetrar en tierras del Islam y establecerse allí como misioneros para siempre. Se lo ha visto en el derecho conferido a los cónsules del rey tener un sacerdote católico como capellán para ellos y su misión.

Vicente había pensado en primer lugar -parece ser- unas misiones periódicas y temporales de sus sacerdotes, sin residencia fija, podrían cumplir con el fin propuesto.

Pero una vez que hubo tomado posesión de la vivienda de paso de Marsella, esta idea desapareció.

Apresura la salida de Julien Guérin, un héroe que morirá de la peste menos de tres años después, y del hermano Francillon que coronará la gloria del martirio, después de medio siglo de trabajos.

Julien Guérin fue un organizador fuera de serie.

En tres años estableció costumbres religiosas, en las mazmorras, que deberían ser la admiración de la historia eclesiástica de todos los tiempos.

Al principio todo se hizo en secreto. Pero pronto pudo dar a la religión su aparato exterior, con sus cantos y sus ceremonias. Las mazmorras se transformaron en otros tantos pequeños templos en los que los esclavos podían con libertad y en público oír la santa misa y participar en los divinos misterios.

Nuestro Señor residía en su tabernáculo día y noche, en medio de los pobres y afligidos, objetos eternos de sus predilecciones, y una lámpara ardía siempre delante de él, símbolo de la fe de los esclavos y de su amorosa Providencia. Cuando se lo llevaban a los enfermos, lo acompañaban con la antorcha o el cirio en la mano. En la fiesta del Corpus, era llevado en procesión seguido de una multitud cuyas ataduras y harapos constituían, a la mirada cristiana, un espléndido triunfo, y durante toda la octava, quedaba expuesto a la veneración pública.

El domingo y fiestas, se celebraba el oficio divino en las pobres mazmorras con menos riqueza, pero con tanta solemnidad como en las iglesias de París. A menudo se creaban piadosas fundaciones a las que contribuyó al diezmo del esclavo, y se establecían cofradías ya en honor de la Santísima Virgen, ya para el alivio espiritual de los vivos y de los muertos. Cada año la fiesta de san Luis, patrón de la capilla consular, patrón de toda esta tierra de Túnez la cual santificó él con su muerte, se celebraba con gran pompa. En todas las asambleas religiosas, tenían su recuerdo el rey y Francia.

“Quedaría entusiasmado, escribía el sr Guérin a san Vicente, oyendo todos los días de fiesta y el domingo cantar en nuestras iglesias y en nuestras capillas el Exaudiat y las demás oraciones por el rey y por Francia por quienes hasta los extranjeros rinden testimonio de respeto y afecto. Y no sería menor su entusiasmo al ver con qué cariño estos pobres cautivos ofrecen sus oraciones por todos sus bienhechores que reconocen que están en Francia o proceden de Francia. No constituye un pequeño motivo de consuelo ver aquí a casi toda clase de naciones en cadenas rogar a Dios por los Franceses”.

Guérin asiste en su martirio a Antonin de la Paix, de diecinueve años de edad, falsamente acusado cual otro José, por la mujer de su amo; convierte a un joven protestante inglés, de treinta años, a quien han capturado los corsarios; trae a la fe a un hijo del Bey de Túnez, Hadgi Mehemmed Codgia, conocido por el nombre de Don Philippe.

Cuando Jean Le Vacher llegue, en 1647, a hacer el relevo y a comenzar esta vida de trabajo duro y fecundo que se terminará con la muerte en la boca del cañón, la obra del socorro a los esclavos de Berbería estaré en pleno auge, y nadie la detendrá hasta la conquista francesa.

Después de Túnez, Argel; después de la organización, el rescate. San Vicente de Paúl no se propuso directamente la obra del rescate, -había que respetar las posiciones adquiridas por las dos órdenes de redentoristas- no obstante, dedicó durante los cinco últimos años de su vida, más de un millón de libras, y liberó a unos mil doscientos esclavos.

Fue Jean Le Vacher quien desarrolló el servicio del rescate. Nosotros destacamos una cantidad considerable de liberaciones efectuadas por él con dinero recibido directamente de Francia o enviado a este fin por el superior de Marsella.

Su atención se dirige en particular hacia los sacerdotes y religiosos, hacia los niños y las mujeres, en mayor peligro de renegar de su fe.

Cumplió durante toda su vida una acción verdaderamente apostólica. No aceptó según el deseo de su superior en París, Vicente de Paúl, el título y la función de cónsul por la nación francesa, ofrecido por la asamblea de los comerciantes y el Bet de Túnez, más que como in medio de extender más la influencia de la religión católica.

Y qué impresión se siente al leer certificados como éste, consignado en el libro de las actas del cónsul:

“8 de agosto de 1656, Pierre de la Comme, nativo de Vivecot cerca de Bayona, 22 años, hasta ahora esclavo de Ossain, Turco, bouloucbachi, ha sido rescatado el 27 de julio, por Jean Le Vacher, presente, por 152 piastras y 1/4, comprendidos los gastos de la carta franca y de los derechos del chaouch (ujier). Ha recibido además 17 piastras y ½ por los gastos de su viaje de Túnez a Marsella y de Marsella a París donde se presentará a Vicente de Paúl, superior general de los sacerdotes de la Misión. Le Vacher declara haber hecho este rescate y entregado los dichos diezmos de pura limosna enviada a él por cierta persona a quien no conoce, para ser empleados en el rescate de un esclavo francés que se encontrar en el mayor peligro de renegar nuestra santa fe. Ha llegado a escoger a Pierre de la Comme por el conocimiento particular y cierto que el dicho Pierre estuvo en dicho peligro a causa de los servicios y malos tratos extraordinarios a él causados por su patrón durante largo tiempo, para llevarle a renegar de nuestra santa fe y hacerse Turco… Pierre declara que ha estado más de una vez a punto de sucumbir, cosa que tal vez hubiera hecho al final, sin una gracia especial de Dios”.

Firmado: Jean Le Vacher.

Vicente de Paúl por sus cartas, sus direcciones, sus instrucciones sostiene el celo de sus hijos:

“Aunque sólo fuera, escribe, por dar a conocer a esta tierra maldita la belleza de nuestra santa Religión, enviando a hombres que atraviesen los mares, que abandonen voluntariamente su país y sus comodidades y que se expongan a mil ultrajes por el consuelo de sus hermanos afligidos, estimo que estarían bien empleados los hombres y el dinero”.

No se pueden leer los gritos de satisfacción, de esperanza, de terror que se le escapan del corazón, sin sentirse uno regocijado o trastornado.

“¡Oh Dios! Señores, ojalá tuviéramos un poco más de vista sobre la excelencia de los trabajos apostólicos, para estimar infinitamente nuestra suerte y para corresponder a los deberes de esta condición. Bastaría con diez o doce misioneros así iluminados para lograr frutos incomparables en la Iglesia… El cielo y la tierra miran con agrado la parte que nos ha caído en suerte, honrar con vuestro trabajo esta caridad incomprensible por la que Nuestro Señor bajó a la tierra para socorrernos y asistirnos en nuestra esclavitud. Pienso que no hay ángel ni santo en el cielo que no os envidie esta felicidad, en cuanto su estado de gloria se lo pueda permitir; y aunque yo sea el más abominable de todos los pecadores, os confieso no obstante que, si me fuese permitido, yo mismo os envidiaría”.

Los Turcos habían llegado a tal punto de respeto por las ceremonias de la religión católica, que permitían a sus esclavos, el domingo, acudir a casa del sr Le Vacher para oír la misa en su capilla, erigida bajo el título e invocación de san Cipriano. Esos días se les quitaban las cadenas.

Este ha sido el testimonio para Argel, hacia 1672.

Ahora el de Túnez.

La obra de evangelización entre los esclavos, lanzada por los hijos de san Vicente, produjo tan profundas raíces que los cónsules obtuvieron del Bey poder mandar celebrar la misa en su propio palacio, en favor de los numerosos esclavos cristianos que están a su servicio.

El Padre Jean-Baptiste de la Faye, en el relato de un viaje de rescate, nos hace así la descripción de esta misa:

El 24 (de junio de 1700), día de la Natividad de San Juan Bautista, fui, acompañado del ayuda de cámara del sr cónsul, a decir la misa en el palacio del bey para los esclavos. Como no salen nunca, no pueden encontrase  ni en el Fondouc (mercado), ni en los presidios, para hacer los ejercicios de religión; pero a petición de los cónsules, permite que se celebre de vez en cuando en su palacio…

Uno de los esclavos que me acompañaba me introdujo en un salón tapizado en estilo árabe que me dijo que era el apartamento del bey, al fondo del cual se levantó un altar con una mesa y los ornamentos necesarios. Por encima del altar se abrió la tapicería para descubrir un crucifijo en relieve bajo el cual había un cuadro de la Santísima Virgen, que se descubrió después del santo sacrificio. Podéis juzgar cuál no fue mi sorpresa al ver tales muebles en la cámara de un rey, tan enemigo del nombre cristiano  como este mahometano. Qué diferencia (decía para mí) del estado presente del cristianismo con el de los primeros siglos, durante los cuales había que buscar antros inaccesibles para celebrar los santos misterios y que hoy los cristianos ofrecen a Dios el más augusto de sus sacrificios hasta en el trono de los reyes infieles!

Todos los esclavos oyeron la misa con mucha modestia y silencio, tras la cual todos se retiraron, menos dos que se quedaron para deshacer el altar y cerrar los ornamentos en las cajas”.

Veinte años más tarde, de paso por Túnez, el mismo Padre anotará también en su Diario:

Durante las fiestas de Navidad, el oficio se hizo con tanta libertad y solemnidad como en tierra cristiana; la misa de medianoche se celebró al son de trompetas, flautas y óboes, que se dejaron escuchar desde las diez de la noche hasta las dos de la mañana”.

Finalmente, afirma que la esclavitud en Constantinopla es muy diferente y amarga que la de Berbería y cita esta carta del Padre Jacques Caschot, S. J., del 21 de julio de 1719:

“La mayor parte de los Beys o patrones no permiten la entrada a ningún religioso en sus galeras. He oído con frecuencia, en semejantes embarcaciones, confesiones de treinta y cuarenta años, visto que a ningún padre latino se le permitía entrar. La esclavitud en Berbería, comparada con la de Constantinopla es media libertad, como aseguran los que han sido esclavos en África y están aquí hoy”.

No se escribe aquí la historia de los misioneros de san Vicente en África: se muestra tan sólo, en textos, la utilidad de su presencia y la sabiduría del fundador que los envió allá.

San Vicente sabía lo que se hacía.

Había visto y trabajaba en consecuencia.

El cónsul de Francia en Argel, Dubois-Tainville, escribió él mismo el elogio de uno de estos últimos misioneros muertos en el servicio de los esclavos; anota en su reportaje oficial (enero de 1811):

“El sr. Joussouy, uno de los tres sacerdotes que servían a la iglesia francesa en Argel, al morir, se llevó el sentir unánime y la estima de todos los que le conocieron. Todos los cónsules extranjeros, todos los Europeos que residían o de paso por Argel, acompañaron a su comitiva fúnebre. Los esclavos se amontonaban en torno a su féretro gritando con dolor: “Hemos perdido a nuestro padre, el que nos sostenía en nuestros trabajos, el que nos aliviaba en nuestra miseria…” El sr Joussouy llevaba en Argel más treinta años. Había consagrado su vida a la ayuda a los desgraciados. Cuando la peste asolaba este país, los esclavos viéndose privados de los auxilios espirituales, el sr Jousouy venía a habitar entre ellos, los consolaba y ayudaba con su bolsillo, y tres veces fue atacado por este mal temible, sin que su celo haya disminuido”.

En 1827, cuando la ruptura entre Francia y Argel, los misioneros no abandonaron la ciudad hasta que lo hicieron el cónsul y los últimos Franceses.

IX. La confesión de sus faltas

Nadie ha hablado tan mal de sí como Vicente de Paúl.

Hay en él una necesidad, una manía de despreciarse a ultranza.

Abelly ha debido constatarlo y excusarle: “Ha parecido un tanto singular en esto”. “Singular, eh, ya lo creo, exclama Brémond, pero cuando se llama pobre hombre, miserable, ignorante y campesino, Vicente de Paúl es absolutamente sincero. Que se le tome la palabra o no, él consigue su propósito. Unos pensarán que después de todo se hace justicia sí mismo y sentirán en el alma que un hombre tan grande no haya hecho mejores estudios; otros le reprocharán sus gestos de humildad. Notadlo bien por demás que cuando se habla mal de uno mismo, corre siempre el peligro de que se le tome por la palabra”.

Es lo que le pasó a nuestro Santo en vida y después de la muerte. Se le ha criticado por sus enemigos (los jansenistas) que trataron y lograron disminuir su irradiación bienhechora y virtuosa; por sus amigos, (religiosos u hombres de obras), que soportaron difícilmente ser dominados por la superioridad de su saber, la prudencia de sus consejos, las iniciativas de su caridad, el logro de sus empresas y sobre todo por el brillo de sus virtudes.

¿Y qué no inventaron los primeros?

Y qué no han sostenido los segundos?

Y esto duró, a través de la historia, hasta nuestros días…

y para colmo de repente para sostener una tesis -que nunca pasó de hipótesis- la de una juventud de Vicente menos que virtuosa, hay quien se ha atrevido a recurrir a las confesiones más extrañas del hombre de Dios para presentárnoslas como las pruebas de sus debilidades. Se ha glosado sobre todo ello, se ha interpretado y se ha llegado a sostener las proposiciones más asombrosas!

Antonio Rédier concibió, el plan de mostrar en su obra sobre Vicente de Paúl la humildad de su héroe. Para eso se esforzó en tomar al pie de la letra los modos de hablar del Santo.

-Así a su regreso de Roma, hospedándose con uno de sus compatriotas, el juez de Sore, fue acusado de robo por él un día, como ya lo hemos referido. Rédier se atreve a  hacer este comentario:: “Ésta es una aventura que no le habría pasado a nuestro héroe en otro momento de su vida. Convenía que nos hubiera dado aún más que pruebas imperfectas de la alta calidad de su alma”.

Este razonamiento es del todo gratuito y fundado en un argumento negativo

!¿Se dice, exclama Pascal, que un hombre es culpable por ser acusado? No, la gente piadosa podrá ser acusada siempre que haya calumniadores. No es pues por la acusación, sino por la condena  por lo que se ha de juzgar”.

Pues bien, la condena (el fallo) no tardó y fue en favor de Vicente. Apresado el ladrón, el calumniador pidió perdón, y el honor de Vicente quedó restablecido a la luz del día.

La sospecha rebaja el alma del culpable, no la del inocente. Existe un aforismo en derecho que dice: “Nemo praesumatur malus nisi probetur”. Encontramos aquí dos presunciones a la ligera sin prueba alguna.

-Las “abominaciones de su vida pasada”, le estarían inspiradas por en recuerdo de “que a los veinte y veinticinco años, la santidad no constituía aún su primera preocupación.

Aquí está la idea del sr Rédier, expresada por él, no la del Santo. Interpretación estrecha que traiciona por su precisión y exclusivismo el pensamiento de san Vicente.

-“Vicente, continúa Rédier, tuvo las debilidades de muchos sacerdotes de aquel siglo turbulento. Fue, durante algún tiempo, un pobre hombre, parecido a los demás, y la prueba es la confesión que hace en 1631: ‘Cuando estaba en Roma, aunque estuviera cargado de pecados, ‘no dejaba de enternecerme, incluso hasta llorar’”.

La prueba es bien poca cosa para que cuele la afirmación que precede.

Y así es cómo las confesiones de san Vicente interpretadas con parcialidad y al revés sirvieron para establecer una acusación grave contra él. No solamente, en el caso, ha sido creído por las palabras, según la palabra de Brémond, sino que se ha construido y forjado por sus palabras mal interpretadas un monstruoso ataque contrario a la verdad.

Y Rédier prosigue sus citas, escogiendo siempre las exageraciones del lenguaje del demasiado humilde Vicente y dando una falsa interpretación.

-San Vicente es feo: “Nos fijamos, escribe, en su fealdad física. ¡Vaya tipo! exclamó un día al mirarse en un  espejo”.

Respuesta:  Si el alma, según se dice, se ve en los ojos, Vicente de Paúl los debía tener muy hermosos. Pero aunque hubiese sido el más hermoso de los hijos de los hombres, el humilde Vicente se habría calificado también de “espantoso” al ver su silueta en un espejo.

San Vicente cantaba mal. “Yo escuchaba a estos campesinos que entonaban los salmos, con admiración, sin fallar una sola nota. Entonces yo me decía: Tú que eres su padre espiritual, tú no te lo sabes.

Respuesta: Podía ignorar la ciencia de la música -y esto es lo que quiere decir- pero tenía una bonita voz y sabía servirse de ella. El Salve Regina del destierro y todas las maravillas que siguieron son la mejor de las pruebas. Y durante su vida entera su voz dulce y armoniosa fue el instrumento de su corazón y de su alma para llegar al corazón y el alma de sus contemporáneos y llevarlos a Dios.

“A los veinte años, escribe también Rédier, Vicente se ocupaba en abrirse camino en la vida mucha más que abismarse en Dios”. Y eso porque hablando de la benevolencia  del vice-legado de Aviñón, Vicente declara a su bienhechor: “El me prometió el medio de prepararme un retiro honorable, haciéndome para este fin alcanzar algún honrado beneficio en Francia’”.

Respuesta: ambas cosas no se oponen. A los veinte y veinticinco años, no está prohibido soñar en establecerse honradamente,  cumpliendo con perfección sus deberes de cristiano y de sacerdote.

A ver si nos colocamos en el espíritu de la época. En aquel momento, todos los cargos eclesiásticos se transformaban en beneficios; la menor capellanía, la menor parroquia del campo, dependían del nombramiento del patrón, a menudo de una persona secular. El rey, las grandes abadías, los obispados, los capítulos tenían los nombramientos a todos los beneficios eclesiásticos, y éstos se tenían la mayor parte del tiempo a gusto de los patronos, según las afinidades de familia y de intereses.

Apenas Francisco de Sales, a la edad de 26 años, declaró que entraba en la carrera eclesiástica, cuando fue nombrado hic et nunc para el beneficio de preboste o decanato del capítulo de Ginebra.

Olier, a los 18, siendo alumno de teología, es nombrado, por influencia de su familia, abad de la abadía de Pibrac, en Auvernia, canónigo-conde honorario del ilustre capítulo de Saint-Julien de Brioude, prior del priorato de Clisson, cerca de Nantes, y del priorato de Bazainville, en la diócesis de Chartres:

se podría continuar esta enumeración, se podría traer e la memoria todos los abusos que de este modo se habían introducido en la Iglesia y de los que san Vicente tratará mas tarde -en el Consejo de conciencia-  de corregir las funestas consecuencias.

Existía entonces el alto y bajo clero: todos los bienes de la Iglesia eran distribuidos “a gogó” a los miembros del alto clero, mientras que los del bajo clero las pasaban muy duras para elevarse.

Vicente en su juventud concibió este deseo bien legítimo.

Dios al parecer, opuso a ello toda clase de obstáculos para permitirle llegar no a los altos cargos, sino a la práctica de las altas virtudes por las cuales llegó a convertirse, según la palabra de Bossuet, “en el Santo del siglo”.

Los razonamientos de Rédier, son materiales, humanos, tierra. Supone, a lo largo de su libro, vistas egoístas e interesadas en Vicente, cuando éste no hace otra cosa que buscar la realización de legítimas aspiraciones. Es suficiente haber frecuentado por poco que sea los escritos del Santo para comprender sus excesos de lenguaje. Conviene prestar atención y saber interpretar sus palabras cuando, hablando de sí, Vicente se llama “un ignorante, un miserable, un condenado, peor que Judas, peor que el demonio”…

En cuanto a Rédier va a sacar sus argumentos de ahí.

Supone gratuitamente que la juventud de Vicente no pasó sin equivocaciones; pero sus argumentos son simples insinuaciones desnudas de toda fuerza probatoria.

He aquí una vez más un precioso texto que oponer a toda esta polvareda de sospechas.

El 27 de abril de 1628, cuando Vicente hizo su magnífica deposición en el proceso de beatificación de san Francisco de Sales, los jueces le hicieron todas las preguntas de identidad y moralidad que se dirigen a los testigos en parecidas ocasiones:

1º ¿Conocéis la importancia del perjurio en semejante causa?

Sí, yo sé que el perjurio, sobre todo en una deposición de canonización sería un pecado mortal, y con a gracia de Dios, no quiero cometerlo.

2º ¿Quién sois?

-Me llamo Vicente de Paúl, soy sacerdote, indigno superior de los sacerdotes de la Misión, capellán real de las Galeras de Francia, de unos 48 años de edad.

3º ¿Frecuentáis los sacramentos?

-No solamente me confieso y comulgo por Pascua, sino que me confieso varas veces a la semana y casi a diario celebro el santo sacrificio.

4º ¿Habéis sido acusado de algún crimen, sufrido alguna inquisición o proceso ante algún juez, sido excomulgado o denunciado públicamente?

-Nunca por la gracia de Dios he sido acusado de ningún crimen, ni buscado, ni juzgado, ni excomulgado por ninguna cosa.

Nunquam per Dei gratiam fui de aliquo crimine accusatus, nec inquisitus, nec processatus coram aliquo judice, nec etiam fui únquam nominatim nec publice denunciatus, excommunicatus“.

Esta respuesta de Vicente de Paúl es absoluta y vale toda su vida.

Sáquense las consecuencias.

Este trabajo iba bastante avanzado cuando apareció el artículo resonante del R. P. Debongnie, C. R.

El Reverendo Padre se propone el noble intento “de borrar de la historia del Santo la página” contenida en la primera carta del joven Vicente.

El sr Coste había tenido una duda, una sencilla duda; Rédier y Grandchamp habían hecho una opinión histórica; el R. P. Debongnie, por su parte enseña un dogma y se pronuncia en nombre de la Historia.

Y para hablar con semejante autoridad, ¿qué estudios personales, qué documentos nuevos nos ofrece el Reverendo Padre?

No da la impresión de sospechar que se pueda encontrar algo nuevo sobre el tema.

Se toma lo suyo donde lo encuentra, y nos da una segunda edición del P. Grandchamp.

Lo acepta todo de él, a ojos ciegas.

Como hemos refutado ya al P. Grandchamp, palabra por palabra, el Padre Debomgmie se puede dar también por refutado.

-Pero a fin de cuentas, ¿nos enseña o no nos enseña nada nuevo sobre la cautividad?

Esto es lo que ha hallado, lo que le pertenece en propiedad:

1º Un argumento negativo:

“A la muerte de Vicente, en ninguna parte hay relación con su lesión en la rodilla, este silencio da mucho que pensar que no se puede descubrir rastro alguno” (del flechazo).

-El Reverendo Padre se olvida de que Vicente moría con las dos piernas roídas de úlceras profundas.

2º Una fantasía histórica:

“Cuando habla a su madre de sus desastres y de su infortunio, escribe el buen Padre, comprendemos que el vice-legado le ha despedido; que se ha visto obligado a abandonar Roma. ¿No se podría sospechar que el prelado se ha dado cuenta, como nosotros hoy, de que su favorito las contaba gordas; o de que sus acreedores habiendo hallada su pista, le hicieron el escándalo que temía?”…

Después de todo esto, se puede exclamar: ¡Viva la Historia!

“El menor grano de mijo

“Me sería más provechoso”.

Conclusión

una vez concebido el plan de escribir un  estudio de crítica histórica sobre la cautividad de san Vicente de Paúl, nos hemos referido a lo largo de nuestra historia a los textos, impresos o manuscritos, de los relatos de otros cautivos que nos han dejado como Vicente la narración de sus aventuras.

Así hemos citado uno tras otro:

Cervantes, Emmanuel d’Aranda, de Fercourt y Regnard, Jean Bonnet, Thedenat, el señor Mouette, el autor del viaje de tres Capuchinos a Tierra Santa, las narraciones del Padre Dan, J.-B. de la Faye y otros Trinitarios, las narraciones de Jean Le Vacher, las actas del Consulado de Túnez, etc.

Todos estos relatos, en un punto o en otro, vienen a confirmar el de san Vicente de Paúl. Y el acuerdo, como lo hemos demostrado, va hasta el envío de la receta para curar la piedra, hasta el comercio de las piedras preciosas.

Las pretendidas singularidades o imposibilidades, adelantadas por éste último, se desvanecen por completo a la vista de estas declaraciones de esclavos cristianos de Argel o de Túnez.

Vicente de Paúl en las tres cartas conservadas sobre su cautividad nos da a conocer diversos personajes de su tiempo.

Informaciones históricas se han descubierto sobre todos estos contemporáneos.

Hemos visto desfilar ante nuestros ojos a:

los dos hermanos de Comet y su hermana,

la numerosa familia de los Saint-Martin,

la madre, todos los hermanos y hermanas de Vicente

Savary de Brèves,

Pierre François Montorio,

Canterelle, el amable comisionista,

Pierre Darnaudin, notario,

Pierre Rabel, secretario episcopal,

los de La Lande, padre e hijo,

Jean-Jacques Dusault, el obispo de Dax,

Dusin, tío de Vicente párroco del Pouy.

Uno solo de estos personajes, el que debía servir de intermediario para remitir la segunda carta de Vicente al sr de Comet, se ha escapado hasta el momento de todas las investigaciones, es el R. P. Antoine Pontanus “quien siempre ha sido, dice el Santo, de mis buenos amigos”.

Si el nombre propio de renegado no se nos ha revelado, ha sido por cierto intencionadamente y por caridad, para salvar su honor y el de su familia. En su correspondencia tan múltiple, Vicente de Paúl tendrá la ocasión, en lo sucesivo, de hablar de pecadores, de malvados o de culpables. Guardara siempre una reserva absoluta para no dar a conocer el nombre de los interesados.

En Roma y en París hemos visto antiguas caras y entrado en contacto con recién llegados:  el sr de Villeroi, la reina Margarita de Valois, el juez de Sore, Charles de Fresne, de Bérulle, Étienne Gueffier, Nicolas Coeffeteau, y, para terminar: Henry IV y Louis XIII.

Muchos aspectos nuevos han surgido ante nosotros en relación con los amigos del joven sacerdote.

Todo esto se ha conseguido en beneficio de la Historia y nos garantiza la sinceridad de Vicente de Paúl.

Hemos penetrado hasta cierto punto los misterios de la alquimia del sabio anciano de Túnez. Hemos estudiado su medicina espagírica, su dioptría física y su magia blanca.

Los numerosos argumentos negativos adelantados contra la historicidad de la cautividad nos han parecido sin fundamento y las dificultades surgidas respecto de la lengua, el lago, el témat, el viaje de Savary de Brèves, la novela de las mujeres, han recibido su plena respuesta.

Hemos constatado que Vicente conocía perfectamente las costumbres de África. Si se resolvió muy temprano a no hablar nunca de su esclavitud, le hemos sorprendido con frecuencia repitiéndonos inconscientemente lo que había visto y oído.

Su amor por las cuestiones médicas nació junto al médico espagírico.

Y su paludismo tenaz, él agarró sus gérmenes en el témat del converso.

Durante esta aventura de dos años, de Toulouse a París, el joven Vicente ejerció un encanto seductor que le ganó todas las simpatías. Su alma es de cristal. Ilumina a todos los que se exponen a su irradiación. Se gana a los que le ven o le oyen. Le crea amistades en todas partes por donde pasa. Con sólo presentarse ya conquista los corazones y qué dulces relaciones se establecen en seguida!

En Dax, con los de Comet y los de Saint-Martin; en Toulouse, con sus amos, los padres de sus alumnos y la anciana que le constituye su heredero; en Túnez, con el anciano alquimista, la mujer turca del renegado, con el renegado mismo; en Aviñón, con el vice-legado y toda la gente de su casa; en Roma, con los de Brèves, los Gueffier, y todos cuantos se le acercan; en París, con todos con quienes se encuentra en su camino.

Estas amistades llenan todas las páginas de su narración. Se adivinan más de lo que él nos cuenta. Ya está en posesión del don de velar cuanto contribuya a su brillo, a sus actos heroicos, a pasar a los demás méritos que sólo recaen sobre él.

Su pluma es tan experta en despojarse de su verdadero valor a los ojos del mundo, que llega a hacernos creer que no tiene nada que ver en la conversión del renegado, que es la mujer turca quien le ha devuelto a la fe católica, y que sólo a ella se debe toda la gloria.

Su acción sobre esta mujer la describe sencillamente, pero no insiste. Es un milagro de la gracia; a esta pobre ignorante Dios la había escogido como a la burra de Balaam! “Lo hizo tan bien con sus discursos que su marido me dijo al día siguiente que no pensaba en otra cosa hasta que nos viéramos a salvo en Francia”.

¡Y la jugada está hecha! Más tarde continuará diciendo de sus obras: “La Misión, la Caridad, yo no he tenido nada que ver; ni el sr Portail ni yo, no habíamos pensado en ello!

Si hay algo humillante, condenable, no teme cargar con la responsabilidad, de confesarlo una y otra vez.

Las deudas no pagadas son para él un tormento No nos permite ignorarlo, y se acusa de ello descaradamente.

es lo único que encuentran y retienen los adversarios de su aventura.

Y sin embargo todas sus cartas transmiten un son cristiano, son el testimonio de un alma recta que ama a Dios y al prójimo.

Doce veces pronuncia en nombre de Dios en su primera carta; no es necesario añadir que con todo el respeto.

¡Y qué muestras de fe y de piedad se le escapan!

“Dios operó siempre en mí una creencia de liberación por las asiduas oraciones que le dirigía y a la Santísima Virgen María, por cuya sola intercesión creo firmemente haber sido liberado”.

Cuando entona el Super flumina Babylonis y el Salve Regina, cantos piadosos que son el grito de su corazón, lo hace con “lágrimas en los ojos”.

Qué afecto desbordado se desprende de sus cartas, por los de Comet, por los de Saint-Martin, por todos los miembros de su familia y por todos los que encuentra en su camino. Paga con moneda del cielo el menor servicio recibido.

Todos los dones de la inteligencia y del corazón brillan en cada línea. Estas cartas nos muestran a un Vicente cristiano y ferviente, sacerdote fiel, animado enteramente del deseo de la gloria de Dios.

No se ve en ninguna parte al muchacho ligero de Rédier, al sacerdote turbulento de Grandchamp y menos todavía al mentiroso sin escrúpulos del Padre Debongnie!

En verdad, por extraña que pueda parecer la expresión, el lector, llegado al término de este libro,  deberá renovar la declaración tan categórica de mi cohermano citado anteriormente, Jean Parrang:

“Mientras no se pruebe que san Vicente era un granuja en 1607, tendré por verdaderos los hechos contados en las cartas de la cautividad”.

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