San Vicente de Paúl (la esclavitud en Túnez) (V)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl, Formación Vicenciana, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Guichard, C.M. · Año publicación original: 1937 · Fuente: Desclée de Brouver.
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X. Aviñón

Aviñón, la ciudad pontificia, la Roma francesa, con qué gozo desbordante los dos viajeros la saludaron de lejos! Aviñón, la tierra de su largo camino, Aviñón, el puerto de paz donde el alma del convertido iba a recibir el perdón de sus numerosos años de apostasía!

El sol poniente irradiaba con sus tintes dorados las robustas fortificaciones que rodean la ciudad. El palacio poderoso y grandioso levantado sobre la roca inmensa que forma con el Ródano una ciudadela inexpugnable, dominaba con su masa la ciudad entera.

Decenas de campanarios dirigían hacia el cielo sus finas flechas coronadas por la cruz…

Los dos extranjeros avanzan en silencio, concentrados en su espíritu agitado por las emociones más profundas. Atraviesan el Ródano por el puente antiguo, pasan por la pesada puerta Eyguière que le termina contra la muralla y penetran en la ciudad. Van a llamar a una modesta posada para cenar y descansar por la noche. Están agotados.

Al día siguiente en cuanto llega la hora conveniente, se dirigen al palacio. Después de responder a varis interrogatorios, sin introducidos ante el vice-lagado, Mons. Pierre-François Montorio: Vicente presenta a su penitente y cuenta los sucesos que han transcurrido de dos años acá. Habla poco de sí y mucho del convertido, cuya causa defiende con gran claridad y una sencillez que encanta al prelado éste acoge con extremada benevolencia a los dos desconocidos.

Se interesa en alto grado por la narración del joven sacerdote cuya inteligencia y celo le ganan enseguida por completo.

Promete una salida favorable a su gestión. Les pide que hagan retiro y se preparen para la penitencia, la oración y la ceremonia de abjuración y de vuelta a la Iglesia que él fija para el domingo siguiente. Durante ese tiempo él completará la investigación.

Con un gesto liberal que no era su costumbre, los retiene a los dos, ofreciéndoles la hospitalidad en su palacio y proponiéndoles llevarlos a Roma con él cuando -una vez llegado su sucesor- él vuelva, concluida ya su misión de vice-legado después del 24 de junio.

El penitente entrará en el convento de los Fate ben Fratelli , donde podrá entregarse a las obras de caridad; Vicente podrá, por su parte, seguir los cursos de las universidades romanas.

Y es así cómo el día fijado por el vicelegado -uno de los primeros domingos de julio muy probablemente- tuvo lugar, como nos lo cuenta el Santo, en la iglesia de San Pedro de Aviñón que tenía el privilegio de estas ceremonias, la absolución pública del renegado. Éste habiendo renunciado a sus errores y pedido perdón por el escándalo de su mala vida, presentado por Vicente, su liberador, fue recibido de nuevo en el seno de la Iglesia católica, “para la honra de Dios y edificación de los espectadores”.

Mons. Montorio quien conocía al pormenor los acontecimientos ya relatados, no era el menos emocionado. Según una expresión corriente por entonces, Vicente nota que “tenía lágrimas en los ojos y sollozos en la garganta” en el momento de la absolución.

Se habrá podido ver que nos apartamos de cierta tradición establecida hace dos siglos en dos puntos que interesan al renegado:

1º sobre el nombre de éste;

2º sobre la fecha de su abjuración.

No vamos a dar las razones que explican nuestra manera de ver.

Pedro Collet, sacerdote de la Misión, autor de una Vie de saint Vincent de Paul , publicada en 1748 poco después de la canonización del Santo, con un aparato histórico y crítica que va mucho más lejos que Abelly y marca un gran progreso sobre él, quiso, para llegar a un mayor número de lectores, redactar un resumen de su enorme obra.

Entre tanto (1757), había tenido la ocasión de pasar un tiempo bastante prolongado en la ciudad de Aviñón. Allí intentó estudios por las bibliotecas y se puso en contacto con muchos historiadores locales. El que le aportó la mejor colaboración -y que era por otra parte el mejor cualificado para ello- fue Joseph-Louis-Dominique de Cambis, marqués de Valeron (1706-1772), quien cumplía el cargo de lugarteniente general de la infantería del Condado de Aviñón.

Era un verdadero erudito cuya pluma había puesto al día varias obras de historia local y cuya biblioteca de Aviñón conserva preciosos manuscritos.

Collet aprendió de boca del marqués que existían en los archivos de la iglesia de San Pedro los registros de las Conclusions capitulaires o deliberaciones de los canónigos.

Pues bien, se leía en este registro (libro II, p. 27):

“El día de San Pedro, 29 de junio de 1608, Monseñot Ilustrísimo y Reverendísimo Joseph Ferreri, arzobispo de Urbino y vice-legado de Aviñón, cantó la misa pontifical y dirigió las segundas vísperas, habiendo, antes de ellas, recibido públicamente en la dicha iglesia a un ministro calvinista, llamado Guillaume Gautier, el cual había sido sacerdote de la orden de los Franciscanos”.

Collet se quedó deslumbrado por este nombre de Guillaume Gautier. Siguiendo en esto a algunos eruditos locales que habían tenido la misma confusión, registrada en sus notas manuscritas sobre la historia de Aviñón, identificó a Guillaume Gautier con el renegado de Vicente y lo imprimió en la vida abreviada que preparaba entonces.

“Este nuevo amo, que se llamaba Guillaume Gautier, llevó a nuestro Santo a su temat”, etc.

Se atrevió incluso a mencionar al sr de Cambis:

“Me entero en el lugar, en 1757, de estas particularidades del virtuoso y sabio sr marqués de Cambis”.

El marqués de Velleron al leer este elogio inesperado en la obra que el sr Collet le había enviado como homenaje, se sorprendió mucho, a su vez.

Se tomó su tiempo a pesar de todo, escribió la memoria inserta en los Documentos y se la envió al sr Collet con una larga carta explicativa de la que es este pasaje esencial:

“No podía expresaros con qué solicitud he leído la Vida abreviada de vuestro santo Fundador. Estoy encantado. Sin embargo no sois de todo irreprochable a mis ojos, no me merezco ninguno de los elogios que me prodigáis y me encuentro en condiciones de probároslo de manera sólida. Os he inducido en errores capitales; pero reconozco mis culpas y presento mis excusas. Echad un vistazo a la pequeña memoria que adjunto a esta carta; y tras esta lectura, presumo de que os retractaréis en la segunda edición de la Vie abrégée de saint Vincent de Paul, de las alabanzas que me habéis tributado con tanta injusticia, y por algunas peculiaridades que se refieren a vuestro santo Fundador”.

En su memoria, en cambio demuestra con gran claridad que según el texto auténtico del Libro II de las conclusions capitulaires del capítulo de San Pedro,  citado antes, no se puede identificar al renegado de san Vicente con Guillaume Gautier:

Guillaume Gautier había sido ministro calvinista después de ser sacerdote de la orden de Franciscanos;

el converso de san Vicente era un laico de Niza que, capturado en el mar por los corsarios y conducido  en esclavitud, había renegado de su fe y pasado al Islam;

Guillaume Gautier fue absuelto públicamente, el 29 de junio de 1608, por Mons. Joseph Ferreri, arzobispo   de Urbino, vice-legado;

el renegado había sido absuelto un año antes, en 1607, por Mons. Pierre Montorio, obispo de Nicastro, predecesor de Mons Ferreri.

“He tenido, añade el marqués de Cambis, el privilegio extraordinario de hojear en los archivos del Santo Oficio para buscar el nombre del renegado de Niza del que habla el Santo y no he descubierto nada.

Como no se encuentra ningún rastro de la primera absolución en los archivos del capítulo de San Pedro y los registros de los años 1607 y 1608 de la inquisición de Roma, donde están insertos los que hacen abjuración, se han perdido, de manera que es imposible descubrir el nombre del renegado de quien se trata en la vida de san Vicente de Paúl”.

Es también este mismo documento de Aviñón, falsamente aplicado al renegado convertido de san Vicente, el que ha extraviado al P. Collet, y por él, a todos los que han escrito sobre san Vicente durante dos siglos, sobre la fecha del día de la abjuración.

Collet ha fijado esta fecha en el 29 de junio de 1607, sin darse cuenta de que ese día era materialmente imposible, si la víspera tan sólo Vicente y su compañero -como lo asegura en su carta- desembarcaban en Aiguesmortes,

“Las formalidades que cumplir después del desembarco, ha escrito el P. Coste, la necesidad del descanso después de la travesía del Mediterráneo, los 70 kilómetros que hay para ir a la ciudad del vice-legado, los informes antes de la absolución, el retiro impuesto de ordinario a los renegados que vuelven al rebaño, todo eso pedía varios días”.

Abelly en sus dos ediciones de la Vie du vénérable serviteur de Dieu, Vincent de Paul, no había caído en esta inexactitud, interpretando estrictamente la carta de Vicente que escribe: “Lleganos el 28 de junio a Aiguesmortes y muy pronto a Aviñón”, no fijó el día en que se hizo la ceremonia de la absolución en San Pedro.

Todos los analistas de Avoñón han seguido el error de Collet, menos Drapier que no fija el día de la absolución, pero que se equivoca de año, situándola en 1605, en su Journal .éste es su texto:

“Año 1605 (entre el 16 de mayo y el 18 de julio, sin fecha del mes ni del día):

el sr Vicente de Paúl, misionero apostólico, mandó hacer abjuración a un renegado (la palabra abjuración ha sido borrada y en sobrecarga, ha puesto el autor: ministro nombrado Guillaume Gautier, quien había sido sacerdote y religioso Franciscano) entre las manos de Mons Pierre Montorio, vice-legado de Aviñón. Esta ceremonia tuvo lugar en la parroquia de San Pedro. Más tarde el autor ha añadido: “el sr Vicente de Paúl fue canonizado más tarde)”.

Este última advertencia fija definitivamente esta nota después de 1737, año de su canonización.

El canónigo Massilian precisa el día:

“!607, 29 de junio. San Vicente de Paúl, habiendo convertido a un renegado, le hizo hacer la abjuración en la iglesia de San Pedro, e 29 de junio de 1607, entre las manos de Mons. Pierre de Montorio, vice-legado de Aviñón, que asistía, al oficio de San Pedro”.

Este texto se reproduce de una manera casi idéntica, en una ficha del canónigo Requin, antiguo archivista de la diócesis quien añade: “Véanse deliberaciones del capítulo de San Pedro y bautismos”.

Por fin, en 1775, el secretario de las deliberaciones capitulares del capítulo de San Pedro, después de mencionar la abjuración de dos calvinistas, el 29 de junio, añade esta nota: “Al comienzo del siglo pasado, san Vicente de Paúl había hecho lo mismo en nuestra iglesia, el mismo día, bajo Mons Pierre-François de Montorio, obispo de Nicastro, vice-legado de Aviñón”.

Todos estos textos parten de la confusión entre el renegado de san Vicente y el ministro Guillaume Gautier.

La cita auténtica dada anteriormente sobre las conclusiones del capítulo de San Pedro y la memoria del marqués de Cambis arrojan una luz definitiva sobre el pasaje de san Vicente y su convertido a Aviñón.

El sr Pierre Coste, al publicar esta memoria en los Annales de la Mission ha tenido a bien añadir al asunto de la identificación del renegado con Guillaune Gautier y la abjuración del 29 de junio de 1607:

“Es la conclusión que he adoptado yo en el Grand Saint du Grand Siècle (t. Y, p. 50). Hoy después del descubrimiento de la disertación del sr de Cambis, diré que el nombre del renegado nos es desconocido y que la fecha de la abjuración debe colocarse en julio de 1607″.

Una cosa entre todas había despertado la curiosidad de Mons Montorio mientras que Vicente le hacía el relato de sus dos años de esclavitud en Túnez: su estancia en casa de un médico espagírico.

No se cansó de hacer preguntas curiosas al joven sacerdote, queriendo conocer al detalle todo lo que había visto y oído sobre la alquimia con este anciano.

El vice-legado sentía pasión como tantos otros dignatarios eclesiásticos de aquel tiempo por estas cuestiones. Se ha precisado ya esta curiosidad al recordar las objeciones hechas  contra la heroicidad de las virtudes en el proceso de canonización del venerable siervo de Dios.

Veremos en el capítulo siguiente que esta pasión de Montorio continuó en Roma.

Estos secretos de alquimia y, sin duda también, el carácter ameno, abierto e ingenioso del joven sacerdote le merecieron un interés lleno de benevolencia y toda la protección de su nuevo bienhechor quien le prometió proporcionarle un buen beneficio. Le encargó -según la expresión de Vicente- que se hiciera con las cartas de sus órdenes que eran necesarias a este efecto.

Esta es la razón por la que Vicente escribió esta famosa carta del 24 de julio de 1607 al sr de Comet, abogado en la corte de justicia de Dax, que nosotros analizamos.

Como tenía dificultades para encontrar a un portador benévolo que la llevara a su destino, se presenta uno de sus amigos de la casa del vice-legado indicándole al sr Canterelle -también afecto a la persona del prelado- que iba a salir para Toulouse. Este buen servidor aceptó “darse un golpe de espuelas hasta Dax” para entregar el correo y recibir las cartas pedidas con las de bachiller en teología por la Universidad de Toulouse. El vice-legado dio por si parte al sr Canterelle orden formal de cumplir con fidelidad esta misión.

En el espacio de tres semanas, Vicente supo conquistar los favores de Mons Montorio y ganarse las simpatías y la amistad de la gente del palacio.

En tres semanas encontró amigos en este medio con algo de morada pontificia.

En tres semanas se atrajo a todos cuantos le abordaron. Este joven sacerdote parece ya un hombre extraordinario.

Está tan seguro de su amigo Canterelle que le entrega una carta para Darnaudin , y otra para su querida madre. Su comisionado, especifica, pagará al portador especial de Dax a Pouy.

Vicente le confía también una de las dos piedras preciosas que se ha traído de Turquía para entregársela de su parte al sr de Comet, testimonio de afecto y de agradecimiento, prueba tangible de la veracidad de su cautiverio. “Yo os suplico que la recibáis, escribe al sr de Comet, con tan buen corazón como humildemente os la presento”.

¡Vaya bien dicho que está todo eso, y tan delicadamente ofrecido!

Sin duda que capturado en el mar por sorpresa como ha sido, tiene los asuntos en mal estado, y cómo lo siente, y se avergüenza:

“No puede ser verdad, Señor, que vos y mis padres no estén escandalizados de mi por mis acreedores, a quienes ya habría ya satisfecho  con cien o ciento veinte escudos que me dio nuestra penitente, de no haber sido aconsejado por mis mejores amigos conservarlos hasta mi regreso de Roma para evitar los accidentes que por falta de dinero me podrían sobrevenir (ahora que tengo la mesa y la gracia de monseñor.); pero estimo que todo ese escándalo cambiaré para bien”.

¡Qué humildad confesando sus miserias, qué confianza en Dios, y cómo se deja sentir en él la Providencia divina! El agradecimiento del converso manifestado por un regalo de siete u ocho mil francos de nuestra moneda actual, la benevolencia del vice-legado que le une a su casa.

En verdad, si se siente humillado por lo que pasó, puede esperar en una recuperación próxima y rápida de su situación.

¿Cuánto tiempo se quedó Vicente de Paúl en Aviñón?

Según la promesa de Mons Montorio Vicente no debió marcharse hasta que éste regresó a Roma Pues bien, el prelado no dejó el puesto hasta el mes de noviembre de 1607.

“Este vice-legado, escribe el sr de Cambis -que había tratado de resolver el problema histórico- dictó todavía una ordenanza fechada en Aviñón, el 6 de noviembre de 1607: Mons. Joseph Ferreri, su sucesor, hizo otra con fecha del 16 del mismo mes”.

Una carta de los Cónsules de Aviñón al cardenal Conti, en Roma, del 27 de noviembre, dando cuenta de la llegada del arzobispo de Urbino, nuevo vice-legado, precisa la fecha más exactamente. Esta es la carta, traducida del italiano:

“La llegada de Mons. arzobispo de Urbino, el nuevo vice-legado a este gobierno que tuvo lugar el 13 del mes corriente causó un gran consuelo y alegría en nuestra ciudad. Fue recibido por todos nosotros con todo el honor y el respeto que convenían a una persona de su calidad enviada por Su Santidad Pablo V. Con anterioridad se había marchado Mons. Montorio sin hacérnoslo saber, queriendo dejar este mal proceder al final de su gobierno, como no había dejado de hacerlo al principio, en medio y en toda su duración.

Por lo cual hemos resuelto daros a saber las mil afrentas que hemos recibido de él, bien en público, bien en particular.

Suplicamos muy humildemente a Vuestra Eminencia ilustrísima que tenga a bien continuarnos sus favores, sus beneficios y toda su protección, remitiéndonos por completo a todo cuanto os diga de nuestra parte Mons el obispo de Orange, etc…”.

El mismo día, en una carta al cardenal Borghèse, legado de Aviñón, los cónsules escribían en el mismo sentido: “Mons Montorio para colmo de sus modales displicentes ha querido partir sin informarnos del momento y por ello no pudimos acompañarlo ni rendirle nuestros deberes.

Estas cartas nos dicen pues que Mons. Montorio dejó Aviñón antes del 13 de noviembre de 1607. Con él partieron para Roma el joven Vicente y su compañero-. Ellas nos hacen saber aparte de eso, que las relaciones del vice-legado Montorio con los cónsules de Aviñón no habían sido nunca buenas y que su partida fue un gran alivio para la ciudad. Tampoco nos extrañamos al ver, en la primavera de 1608, levantarse formidables oposiciones cuando corrió el tumor de que Mons Montorio intrigaba para hacerse nombrar coadjutor en el arzobispado de Aviñón.

Los cónsules tomaron de nuevo la pluma y acudieron al legado, el cardenal Borghèse, para rogarle que se opusiera a este nombramiento:

“Habiendo oído que el sobrino de nuestro arzobispo de Aviñón había llegado de la costa por correo para llevar a su tío a renunciar al arzobispado o a consentir en una coadjutoría en favor de Mons. Montorio y previendo que eso no podía suceder a causa de la mala inteligencia que hubo entre él y nosotros, habiendo declarado que sería el enemigo  particular de nuestra ciudad, hemos creído prudente informar a Vuestra Señoría Excelentísima y suplicarle humildemente que se interese en lograr que la amenaza no llegue a efecto y -si la necesidad de cambiar de titular se impusiera-  en proveernos de un prelado amable y de vida ejemplar, para que podamos tratar como buen padre y pastor y con quien podamos vivir tranquilos y sin miedo a ninguna venganza. La confianza que tenemos en la prudencia y bondad del Santo Padre y en la habitual protección de Vuestra Señoría Excelentísima nos hace augurar en esta especial circunstancia como en toda otra ocasión de la que recibimos pruebas diarias”.

Antes de su salida, los baúles de Mons Montorio y de las personas de su comitiva habían sido expedidos a Roma por intervención de Guillaume Du Vair, primer presidente del Parlamento de Provenza, residiendo en Aix.

A primeros de noviembre, se extendió la falsa noticia, hasta el palacio de Aviñón, de la pérdida de estos equipajes. Du Vair debió desengañar al prelado y le escribió la carta siguiente:

“El 6 de noviembre de 1607.

Señor,

Me siento satisfecho de que os hayan engañado y de que vuestros enseres estén a salvo, como creo que ya habéis tenido alguna noticia. El capitán de la Galera del Señor de Épernon quien ha llevado al sr cardenal de Bellarmin me ha asegurado que los ha escoltado hasta Civita Vecchia. Excusad pues mi demasiado excesiva facilidad en creer lo que pueda sucederles de malo a quienes yo tengo en honor. Al menos os aseguro que no he perdonado diligencia alguna para ordenar que no se extraviara nada de cuanto había tocado a estas costas”.

¿En qué empleó su tiempo Vicente mientras estuvo en el palacio de Aviñón, desde primeros de julio hasta mediados de noviembre de 1607?

Es imposible saberlo con exactitud. Una cosa no obstante parece clara, que se mostró útil y estuvo a disposición del vice-legado.

¿Fue acaso secretario, capellán, catequista? ¿Desarrolló algún ministerio en la ciudad? No se sabrá indudablemente nunca. La historia es una ciencia muy relativa que guarda siempre puntos oscuros.

XI. Roma

La historia de la esclavitud de san Vicente de Paúl se termina en realidad en Aiguesmortes. Pero su regreso de Berbería tuvo consecuencias inmediatas que han exigido seguir al joven sacerdote a Aviñón.

Por el mismo principio, hemos de acompañarle también hasta Roma y París ya que desde estas dos capitales escribió cartas que dan detalles retrospectivos sobre su cautiverio. Estos detalles serán preciosos de estudiar, y su paso -por Roma como por París- nos permitirá ya constatar con qué cuidado atento, el hombre de Dios se prepara al papel que parece trazarle el dedo de la Providencia.

Vicente de Paúl y su converso llegaron a la ciudad eterna hacia el final de noviembre de 1607, con el vice-legado, Pierre Montorio, y las personas del séquito.

Su estancia en la capital del mundo cristiano nos proporciona una fuente auténtica, su segunda carta al sr de Comet, con fecha del 28 de febrero de 1608.

Como la primera, ésta tenía por objeto obtener del obispo de Dax una copia de sus cartas de ordenaciones, autenticada y firmada de su mano. La copia preparada por los cuidados del sr de Comet y confiada al comisionado de Vicente, Canterelle, no había sido dada por válida, porque no llevaba la firma y sello de Monseñor de Dax.

El antiguo vice-legado de Aviñón le urge vivamente para que se los procure. Son absolutamente necesarios para poder conseguir, por su crédito, algún buen beneficio. Vicente pide una vez más al sr. De Comet que le consiga del ordinario de Dax un certificado de buena vida y buena conducta “que podría retirar, dice, mediante una encuesta sumaria entre algunos de nuestros amigos, de cómo se me ha reconocido siempre como hombre de bien, con todas las demás pequeñas formalidades requeridas del caso”.

¿No se ve aquí un testimonio notable de la honradez de Vicente?

¿Y cómo concordar esta afirmación de su boca y de su pluma con las insinuaciones de los que vienen a hablarnos de conducta oscura, de vida agitada, de falta de juventud?

Él nos afirma: “Se me reconoció siempre como hombre de bien”. ¿Qué documento se ha encontrado que contradiga a éste, que se oponga a éste, que anule éste?

Y admírese su delicadeza en materia de gastos. La expedición de las piezas pedidas exigirá gastos que podrán elevarse hasta tres o cuatro escudos. Ya ha remitido dos “como por limosna y sin reproche” al religioso encargado.

No se atreve a ir más lejos y acompañar a la carta con dinero, temiendo, con razón, que el dinero la eche a perder. Esto ya le ha pasado.

¿Entonces que hará? En el momento que lleguen los primeros papeles, enviará una letra de cambio para cubrir todos los gastos ocasionados por su petición. Al mismo tiempo pagará todas sus deudas de Toulouse. “Porque estoy resuelto, afirma, a pagarlo todo ya que Dios ha querido concederme los medios para ello”.

Sus asuntos marchan pues bien, hacia finales de febrero de 1608

“Estoy en esta ciudad de Roma, escribe, donde continúo mis estudios, mantenido por Monseñor el vice-legado que fue de Aviñón, quien me hace el honor de estimarme y de desear mi adelanto”.

Se a dicho antes cómo le servían con Mons. Montoro los secretos de la alquimia. Gracias a este apoyo, su situación personal se ha restablecido. Habiendo recibido algunos fondos, a pesar de las distancias y de las fronteras, se va aprovechar de ellos para liquidar las deudas restantes no pagadas como consecuencia de su cautividad. Se ha enterado hace poco que uno de sus tíos acaba de ser nombrado para la parroquia de Pouy, su parroquia natal, y se le ocurre la inspiración de pedirle la ayuda de sus servicios.

“Escribo al sr Dusin, mi tío, y le ruego que tenga a bien ayudarme en este asunto”.

Y así fue como con la ayuda de este pariente, todo se arregló en Pouy y en Toulouse, en la primavera de 1608.

Durante su estancia de doce meses que Vicente hizo en Roma, tuvo la ocasión de encontrase con varios personajes de los que algunos le tuvieron simpatía y conservaron con él lazos de amistad y de negocios.

Además del papa Paulo V, que ocupaba por entonces la cátedra de san Pedro, a quien vio varias veces, y de toda la curia pontificia a la que se pudo acercar por el patronazgo benévolo del obispo de Nicastro, tuvo en esta ciudad relaciones con os miembros de la embajada del rey, y con varios religiosos franceses de paso por la ciudad eterna.

Coloquemos en primer lugar a Franciso Savary de Brèves, embajador de Enrique IV ante la curia de Roma, cuya noticia ya hemos dado.

Éste llegó a la capital del mundo cristiano por el mes de julio de 1608, para suceder al sr d’Alincourt. Fue este mismo de Brèves quien, al regresar a París desde Constantinopla, dos años antes, pasó a Túnez para aplicar el tratado concluido con el Gran Sultán y liberar a los esclavos franceses. Vicente conoció su paso y le recuerda en su relato. No fue liberado por él pero su viaje fue la ocasión de su venta al renegado quien, convertido, le procuró la libertad.

De Brèves debió tener conocimiento de la aventura del joven Vicente. Le mostró la alta estima que había concebido por él eligiéndole para llevar a Enrique IV la comisión secreta que fue la ocasión de su salida de la ciudad eterna.

Vicente conoció en Roma a una persona de Iglesia con quien debía en lo sucesivo encontrarse repetidas veces en su camino., Denis-Simon de Marquemont. Nacido en París, el 1º de octubre de 1572, llamado auditor de Rota, el 4 de febrero de 1605. Será, el 5 de noviembre de 1612, promovido obispo de Lyon. Será en calidad de tal como firmará, en julio de a1617, la nominación de Vicente de Paúl, como párroco de Châtillon y aprobará el primer reglamento de la cofradía de la Caridad, en noviembre de 1617.

Creado cardenal el 19 de enero de 1626, morirá en Roma, el 16 de setiembre siguiente, habiendo pasado toda su vida en la carrera diplomática.

Conoció también en la embajada de Francia a Étienne Gueffier, primeramente secretario en 1607, luego encargado de negocios en 1632. Éste pasó casi toda su vida en Roma, y allí murió hacia finales de junio de 1660, a la edad de 94 años. Lamentablemente se inclinó por los Jansenistas y según Rapin, fue el consejero de sus delegados llegados a Roma en 1652 para defender allí a Jansenio e impedir su condena.

A pesar de ello, en una carta del 5 de octubre de 1657 al sr Jolly, superior de Roma, san Vicente hace el elogio de este personaje en los términos siguientes:

“Me sentiría molesto si el asunto de la Merci os hubiera mezclado con el sr Gueffier que es un hombre bueno, tan dulce y tan prudente. Doy gracias a Dios porque eso no ha sucedido para hablar de esta manera era preciso que por fuerza que Vicente le hubiera conocido y tratado personalmente.

Vicente encontró en Roma a varios religiosos. Cuando llegó a finales de noviembre de 1607, los RR. PP. Jesuitas estaban reunidos en asamblea general durante el año 1608, hubo sucesivamente los capítulos generales de los Capuchinos, de los Mínimos, de los Jacobinos.

Vicente pudo oír las predicaciones que tuvieron lugar en nuestra lengua en Saint-Louis-des-Français por los RR. PP. Humbolt, mínimo, Honoré, capuchino, y A. Valladier, jesuita.

Allí vive todavía el P. Coeffeteau, jacobino, cuyo papel en el capítulo de su orden fue tan importante. Llegado en abril de 1608, éste se volvía a marchar en junio como nos lo dice una carta del cardenal de Givry. Vicente se volverá a encontrar pronto con él en París, en el hotel de la reina Margarita.

El joven Vicente se quedó en Roma durante un año entero disfrutando de apoyo y favores de Mons. Montorio.

Debió de hacer numerosas y fervientes visitas  a su converso, profeso de la Caridad de San Juan de Dios. Juntos recorrieron a menudo las salas del hospital, deteniéndose al lado de los enfermos para animarlos a soportar y santificar sus sufrimientos. Después de llevar a su amo a la fe, le ayudó así a subir el sendero de la perfección religiosa donde había entrado. Se iniciaron en común en las obras de misericordia.

Observador atento, Vicente se llevó de su paso por la ciudad eterna un tesoro de conocimientos prácticos para el gobierno de los hombres que le ayudarán más tarde a tratar los asuntos tan graves y variados que pasarán por su manos.

Este año no se perdió para él. Se perfeccionó en el conocimiento del italiano y de las ciencias eclesiásticas frecuentando las universidades romanas; recorrió con avidez los lugares sagrados recordando las escenas más impresionantes de la antigüedad cristiana reafirmando con ello su fe y piedad.

Cuando sonó la hora para él de volver a Francia, él estaba listo; había hecho sus provisiones espirituales en el centro de la cristiandad; nada podía impedirle compartirlo con los que la Providencia le iba a poner en su camino.

Los biógrafos de san Vicente de Paúl, Abelly y Collet a la cabeza, son unánimes en declarar que la razón de su salida de Roma para París, en el mes de diciembre de 1608, fue un asunto político. Habría sido elegido por Savary de Brèves para transmitir al rey Enrique IV alguna confidencia diplomática que nos se habría podido dar por escrito, a causa de su gravedad, y debería llevarse de viva voz.

Hasta aquí nada ha traslucido de este asunto. Su último historiador, el mejor informado de todos, lo confiesa en estos términos:

“Todos los estudios realizados en París para dilucidar este punto de la historia, no han dado ningún resultado; ningún documento habla de esta misión diplomática del joven sacerdote.

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