San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (16 y última)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Lavedan · Traductor: I. Fernández. · Año publicación original: 1928.
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Sus últimos días

El señor Vicente ya en el tiempo de su robusta ma­durez, ofrecía aspecto de anciano.

A los cincuenta años representaba mucho más.

A los sesenta tenía el cabello completamente blanco.

A medida que en sus hábitos cada vez más amplios el cuerpo disgustado de la carne se consumía y desecaba, la cabeza ardiente aumentaba de volumen. La frente, de las más amplias que se han visto, tomaba una extensión im­presionante. Las orejas, como distendidas y cansadas por tantas confesiones, alargaban sus lóbulos hasta el borde del cuello. Las mejillas hundidas, hacían resaltar el hue­so de los pómulos como si fueran a traspasarlas. Del men­tón arrancaba una barba puntiaguda de viejo marino, y la bondadosa nariz, famosa y potente traía a la memoria la del anciano angelical pintado por Ghirlandaio y hacia el cual un hermoso niño extiende los brazos en ademán de abrazarlo.

Pero este pequeño defecto pasaba inadvertido ante la formidable frente de mármol luminoso a la cual parecía haber ascendido el antiguo vigor del cuerpo, de sus huesos y médulas para refugiarse allí y juntarse con el del es­píritu, como se habían refugiado en la oquedad de sus ojos más profundos y vivaces que nunca los fuegos del cora­zón y los diamantes del alma.

Tres veces, en 1616, 1644 y 1649, estuvo gravemente enfermo, pero las tres veces, gracias a su fuerte consti­tución y a su voluntad de vivir, se restableció. Esta vo­luntad iba en disminución a medida que entraba en años, más en virtud de un deseo convertido en resolución que como consecuencia de su debilitamiento. A medida que la vida lo abandonaba, él no se abandonaba, pero se abstenía de luchar. Había en él una especie de resignación particu­lar y definitiva, un fíat de serenidad. En el momento de recoger sus frutos, se recogía, para merecer hasta el últi­mo segundo y para sobreponerse a las torturas de su po­bre cuerpo convertido en un «tejido de dolores».

Hacía treinta años que luchaba con sus piernas re­cargadas sin compasión. Para recorrer la campaña hubo de servirse de un caballo y más tarde para sus visitas en la ciudad debió usar la carroza que le impusiera la du­quesa d’Aiguillon. Subía golpeándose el pecho como acu­sándose y diciendo:

«Esto es mi ignominia». Pero llegó un día en que sus piernas atormentadas y condenadas a tantas fatigas no le permitieron ni siquiera subir a la carroza. Hincha­das y cubiertas de úlceras, formaban una horrible llaga que mantenía oculta, impidiendo que le curasen. Verdad que era incurable. Sin embargo se procuraba curarlo de una manera poco apropiada para causarle mejoría.

A fin de detener el curso de la fiebre perpetua que soportaba, sobre todo durante los grandes calores estiva­les, se convirtió su cuarto en una especie de estufa. No se sabe cómo, estando tan extenuado, pudo soportar un ca­lor capaz de ahogar a una persona joven y robusta. Cuan­do salía de este suplicio al cual se le obligaba tanto de día como de noche, la cama y las ropas estaban empapa­das. Era retirado de aquel lecho de hospital anegado de sudor, como de un baño de vapor. Los humores que se detenían en las articulaciones mientras permanecía acos­tado, volvían a correr, causándole dolores indecibles y re­doblando sus sufrimientos. Con todo, más maltratado y dolorido que Job, tuvo durante mucho tiempo la energía de levantarse todos los días a las cuatro de la mañana, su hora, para hacer oración junto con la comunidad y para presidir las, conferencias del martes. Seguía recibiendo las damas de su amistad que acudían para tener el consuelo de escucharlo una vez más.

En cada visita se decía que podía ser la última. Pero en aquellos extremos, se sobrevivía, permaneciendo lúcido con una presencia y un dominio de espíritu como cuando se hallaba en plena presión de sus recursos. Dictaba o termi­naba cartas para las Misiones.

Dos de sus últimas cartas están dirigidas a dos perso­najes, que por diferentes razones, le preocupaban gran­demente: una a su protector y amigo el General de las Galeras, señor de Gondi, ordenado después de la muerte de su esposa; la otra a su antiguo y escandaloso discípu­lo el cardenal de Retz. El primero sufría humildemente el destierro en Clermont caído en desgracia de Richelieu. El segundo, a la sazón en Roma, avanzaba en el camino de la penitencia. No podían estar junto a él para recibir los últimos consejos del gran director como hubiese sido su deseo, pero tenían el consuelo, al recibir sus cartas, de ver que no los olvidaba.

Recordaba todo y a todos, excepto al mal que le hu­bieran deseado. Su renunciación era cada vez mayor y rogaba a Dios que lo llevase pronto: «¿Por cuánto tiempo, Señor, me sufriréis todavía en la tierra?». Y Dios parecía escucharlo, no sólo despojándolo de día en día del limo que envolvía su alma, sino también retirándole uno después de otro los últimos puntos de apoyo que eran sus amistades más profundas, más tiernas y más antiguas…

La muerte del señor Portail, su venerable y querido discípulo, ocurrida poco después del fallecimiento de la señorita Le Gras, su hija predilecta, le advirtieron que el momento de partir se acercaba. Estos amigos le prece­dían para abrirle y mantener abierta la mansión del Padre. El cuerpo casi en ruinas, parecía irse acostumbrando al sepulcro, a la inmovilidad, a la corrupción. Vicente ya no podía caminar. Se servía de los brazos que aún podía mover para hacer ademanes hacia Dios. Pidió muletas y empuñándolas con rigor de enfermo exaltado, sin tolerar ayuda, él, el pastor de las Landas, ahora octogenario, se arrastraba victoriosos sobre estos otros zancos tan distin­tos de los de la infancia. Así iba hasta la capilla para oír misa y comulgar de pie, en equilibrio. Pronto las muletas no bastaron; caían de sus manos. Entonces se creyó sa­tisfacerlo convirtiendo su cuarto en capilla. Pero se opuso protestando contra un honor del que se juzgaba indigno. Como esto significaba para él una gran privación, accedió a ser transportado a los oficios en una silla, y aunque el trayecto era breve y pesase menos que ésta, pedía perdón a los hermanos que lo llevaban, por la molestia causada.

Hasta entonces, a pesar de sus sufrimientos, no los dejaba traslucir, pero llegaron a ser tan agudos que le arrancaban ayes, de los cuales se lamentaba más que del mismo mal. La imposibilidad de hacer el menor movimien­to en el lecho sin ser atravesado de horribles dolores, era lo más molesto.

Para que pudiera volverse le habían puesto una cuer­da a poca distancia de la cabeza, anudada a una viga del techo a la cual se asía para levantarse o cambiar de postura. Esta simple operación era una verdadera tortura. Al ver­lo aferrado al extremo de su cuerda balancearse desespe­radamente, se le hubiera creído un prisionero suspendido por las manos sometido al interrogatorio en la tortura. «¡Ah mi Dios, mi Salvador!», suspiraba dulcemente co­mo si diera gracias a Dios por su martirio en vez de im­plorar el fin. Gemir no es quejarse. El jamás se quejaba ni quería, que nadie lo hiciera. Cuando le venía la tenta­ción de hacerlo, la apartaba humillándose, acusándose de su flaqueza y de estar demasiado apegado a los bienes de este mundo. «¡Miserable de mí!¡Yo que tuve caballo y carroza, y que tengo todavía una habitación (paseaba su mirada sobre las paredes desnudas de su celda y sobre la chimenea) … una habitación con calefacción! (Golpeaba su camastro como para castigarlo) … un lecho con gran­des cortinas!¡Yo que siempre he sido tan mimada y a quien nada falta, qué escándalo doy, señores y hermanos, a la Congregación!¡Y todo por este cuerpo de viejo pe­cador que un día de estos será enterrado y reducido a ce­nizas y que vosotros hollaréis con los pies!».

Al decir estas severas palabras, no hacía como muchos enfermos que las pronuncian por pura fórmula. No se hacía ninguna ilusión sobre su próximo fin. «Después que Dios le sufría sobre la tierra por más de ochenta arios», sentía haber abusado de su bondad y que este favor no podía prolongarse. Una prueba de esta creencia suya era la preocupación de utilizar lo mejor posible los últimos instantes de su vida.

El 27 de agosto, un mes antes de su muerte, reunió «a sus hijas» para nombrarles una superiora en reempla­zo de la señorita Le Gras. Pidió perdón a todos sus fa­miliares por las faltas que creía haber cometido contra ellos y por los disgustos que les había causado. A veces caía en letargos tan profundos que era imposible volverlo en sí.

Armado de la pequeña cruz de madera que siempre le acompañaba y sobre la cual seguían fijos sus ojos cerra­dos, parecía no pertenecer más a este mundo, donde toda­vía respiraba. Reflejos y brisas celestiales parecían venir a acariciar la calma de su rostro.

Los que rodeaban el lecho o lo contemplaban tendien­do el cuello por la puerta, permanecían sobrecogidos.

Si los agonizantes reflexionan, piensan y meditan más de lo que se sospecha durante las pérdidas de conocimien­to exterior, cuando todo se concentra en el interior, ¿en qué pensaría sino en su vida maravillosa?

Como Dios, que ve a la vez todas las cosas, veía y abarcábala en todos sus pormenores desde el comienzo al último instante. En esta visión adquiría la primera no­ción de eternidad. Todo su contenido desfilaba en el or­den prescripto por el destino, no para inspirarle tristeza, escrúpulos, cándidos remordimientos, inocentes desespera­ciones sino para tranquilizarlo y regocijarlo, ofreciéndole los frutos de los árboles que plantara y un poco de la miel celestial de la azul colmena por él formada.

Se veía nacer allá en las Landas y crecer… Veía el pequeño cortijo de sus padres, sus manos, sus rostros, sus ovejas… el Adour. Su entrada en el colegio de los Fran­ciscanos… los libros… el latín. Es un joven alumno, más tarde maestro, diácono, sacerdote. Después un huracán de sangre y de fuego lo lleva a la cautividad de Berbería de arenas candentes, de azul profundo, de señores con tur­bantes. Aparecen las mujeres, la pagana tocada de la gra­cia, arrodillada… el Super flumina. . Luego la libera­ción… Roma… París… dos mundos que ya no le atemorizan, de horizontes tan claros como los de Dax y de Pouy. A cada momento cruza un rostro amigo, alguna de aquellas personas que en una forma o en otra han sido los personajes de su historia. Laicos, religiosos, palacios, ciudades, campos, desfilan ante él, y todos los campos don­de labró, sembró y dejó tantas mieses que le ofrecieron sus espigas.

A medida que el número de rostros aumenta sucediéndose y en inmensa confusión, los va reconociendo tímida­mente como si temiera espantarlos y ponerlos en fuga con sus muestras de alegría, porque no sabe con certeza si está despierto o no, si continúa en esta vida. Poco a poco la visión cobra contornos tan claros, que en su delirio aplica nombres y revive recuerdos: «¡Señora de Gondi!¡Señor general!¡Señora de Mignelais!¡Mis antiguos alum­nos, mis maestros!¡Y nosotros, pastores y labradores jun­to con los príncipes y duques¡He aquí mis ministros, mis cancilleres, mis capitanes, mis mariscales, mis cardena­les!¡Bérulle, Retz, Richelieu, Mazarino!…¡Mis pre­lados —vestidos de rojo como mis galeotes!—¡Mis cómi­tres, mis enfermeros, mis carceleros!… Ilustre asam­blea! ¡Aquí están mis reinas! ¡Mis tres reinas! Margari­ta de la que fui capellán, María de Médicis en cuyas bo­das oré tanto, Ana de Austria que me hizo de su Conse­jo de Conciencia. ¡Buenas y generosas Majestades! ¡Dis­pensáis demasiado honor al más vil y al último de vuestros súbditos; os saludo avergonzado! ¿Es posible? ¿También reyes?¡Ah sois vos, Enrique tercero, bajo cuyo triste reinado nací y a quien veo ahora por vez primera!¡Y vos mi Bearnés, mi rey preferido, que me recibíais con tanta amabilidad, me decías cosas tan bellas, y a quien contemplé muerto después que Ravaillac…!¡Y vos, pá­lido rey Luis cuya pequeña mano tuve tantas veces entre las mías cuando vuestro padre os llevaba a presentar vues­tras gentilezas a la reina Margarita!…¡Y vos, señor Del­fín, que seréis Luis XIV!¡Que el rey de los reyes, que im­pera en la tierra y en el cielo os bendiga! Y ahora, ¿quién más puede venir? ¡Ah, Señor, vuestra bondad es inefa­ble, vos no olvidáis ningún detalle! Después de tantos fa­vores me reserváis el más grande y precioso para el final, pues vos mismo cerráis la marcha resplandeciente, rodea­do de representantes de todas las obras que me permitisteis realizar a despecho de la Liga y la Fronda, de las guerras, y de tantos flagelos. No falta ninguna: las cofradías de hombres y de mujeres… mis Hijas de la Caridad… mis buenas damas… mis buenos ricos… mis buenos pobres, mis misioneros, mis confesores, mis mártires, mis enfermos, mis galeotes, mis ancianos, mis niños abandonados!

Si he podido hacer todo esto, Señor, es porque vos me disteis los medios, las ideas, la fuerza. Mi misión está cum­plida. Ahora voy a Vos. Nunc dimittis…».

Los circunstantes, entretanto, examinaban si aún res­piraba. Al fin abre los ojos con tal aire de bienaventuran­za que parece descender del cielo cuando todos creen que acababa de subir a él.

Al salir del largo sopor, explica con fina sonrisa: «Es el hermano que viene a esperar a la hermana». La hermana se acercaba. Estaba ya en la casa, subía lentamente las escaleras, deteniéndose en cada peldaño. Todos sabían quién era ella, pues no se ocultaba y la seguían de cerca. El 27 de setiembre llegó al piso de Vicente. Cuando entró en la pequeña celda, lo encontró sereno, sentado en su sillón. Estaba preparado. Acababa de recibir la extremaunción. Al verla, después de haberla llamado tanto tiempo, su rostro pasó del rojo púrpura al blanco de la nieve. Le acercan un crucifijo a los labios. Un beso… articula la palabra final: Confido, y muere buena y sencillamente, como si aplicase el humilde método. En el reloj sonaban cuatro campanadas. Era la hora en que se solía levantar.

Después de expirar su rostro no se alteró y su cuerpo quedó tan flexible como cuando vivía. «Los cirujanos que le hicieron la autopsia discurrieron mucho acerca de un hueso que se le había formado en el bazo, semejante a una placa de marfil. Muchos que conocían íntimamente al sier­vo de Dios, atribuían esta curiosa formación a la violen­cia con que combatía el humor sombrío y melancólico que le era propio por temperamento».

Permaneció expuesto dos días, con solideo y sobre­pelliz, tal como siempre le habían conocido. Las exequias fueron sencillas, como lo había deseado. «La muchedum­bre se dirigió en masa a la capilla mortuoria de modo que la vida de París se interrumpió por un día». El príncipe de Gonti, arzobispo de Cesarea, nuncio del Papa, nume­rosos prelados, grandes señores, damas de la nobleza, en­tre las cuales la duquesa d’Aguillon, asistieron en gran pompa; tras ellos le,„ ,demás nobleza: las buenas Hijas de la Caridad, los sacerdotes de la Misión, y todo el pueblo de los pobres que formaban la especial clientela del santo.

Su corazón fue guardado en un vaso de plata (él lo hubiera preferido de plomo) y su cuerpo depositado ante el altar, en la antigua iglesia gótica de la leprosería.

El epitafio reza así:

Hie jacet
Venerabilis vir, presbyter Fundator, seu Institutor
Et primus Superior Generalis Congregationis Missionis
Nec non Puellarum Charitatis.
Obiit die 27 septembris anni 1660
Aetatis yero suae 85.

La explosión de pesar fue unánime. En París, Reims, y en otras ciudades tuvieron lugar servicios solemnes a los cuales acudían de muy lejos para oír y pronunciar los elogios fúnebres de aquel que en vida sufría tanto al ser alabado Ahora que no estaba presente, nadie se privaba de expresarlos. Entre otros, el obispo de Pouy, Mons. Enri­que de Maupas du Tour, pronunció un discurso de dos ho­ras y bajó del púlpito sin haber terminado, «pues la ma­teria, según expresó, era tan abundante que diera lugar a predicar un’ cuaresma, entera». A pesar de su longitud, logró resumir y caracterizar excelentemente la obra de Vi­cente de Paúl al decir que «había cambiado la faz de la Iglesia».

Las voces que se elevaron de todas partes para ex­presar su aflicción o para emitir un juicio acerca de esta gran figura, se pueden condensar en algunas frases defini­tivas, tan justas como breves. «La Iglesia y los pobres, dijo la Reina madre, han sufrido una gran pérdida». «No he conocido a nadie, declara el príncipe de Conti, en quien halla brillado tanta humildad, tanto desprendimiento, tan­ta generosidad de corazón. El señor Piccolomini, nuncio en Francia, se expresa en los mismos términos.

La reina de Polonia, el marqués de Pianéze, los obis­pos de Pamiers, de Alep, cuantos prelados y sacerdotes pretendieron formular su pesar y su admiración se valie […].

Hasta en los elogios, que Vicente no podía impedir después de su muerte, imponía la concisión y la simpli­cidad. La desesperación de los pobres que sólo atinaban a gemir «hemos perdido nuestro amigo», la silueta sombría de los galeotes murmurando entre cadenas: «ya no tene­mos padre», hubieran sido, si los oyera, los más dulces a su corazón: los que sufrían más con esta pérdida eran los que menos lo sospechaban y que sin embargo lloraban como si lo supieran… los pobres niños abandonados. «En fin, concluiremos con Bossuet, hubo en su muerte infini­dad de lágrimas».

Lo que deja

Los despojos de Vicente fueron depositados en el co­ro de la iglesia de San Lázaro.

Hasta 1712 reposaron en paz. En esa fecha, abierta la tumba, «se halló el cuerpo en perfecto estado».

En 1724, cuando fue beatificado por Benedicto XIII, fue extraído el sarcófago en una ceremonia especial e im­ponente, presidida por el arzobispo de París. Los muros estaban cubiertos de tapices, y en medio de las luces y de los cantos se hallaban presentes los miembros de la Corte; la reina de España presenciaba bajo un dosel.

El cuerpo fue depositado en la Cripta.

En 1729, una infiltración de agua causada por una inundación apresuró la descomposición del cadáver, bas­tante perjudicado en 1712 por el contacto del aire. Era, pues, necesario retirar de allí los restos del apóstol que fueron encerrados en una caja de plata y colocados sobre el altar de la capilla, donde en 1737, año de su canoniza­ción, fueron objeto de insignes honores.

Durante cincuenta años acuden de todas partes a ve­nerarlos y a implorar gracias.

En 1789 se desencadena, el ciclón. La multitud amo­tinada el 10 de julio, asalta las armerías se apodera del Palacio de los Inválidos. La noche del 12 al 13 se oyen los clamores de :—»¡A San Lázaro!» como vociferará algo más tarde: — ¡A la Bastilla!».

Un puñado de asaltantes, no más de doscientos, pero tan eficaces para el mal como un ejército entero, invaden el edificio y se entregan a la destrucción más salvaje. Todo cuanto cae en sus manos es roto, destrozado, pisoteado, reducido a girones, arrojado por las ventanas, robado o llevado.

La caja de plata maciza, que contenía los restos del santo, ¿no excitaría la codicia y el furor de los facinero­sos? Allí está sobre el altar, sin defensa alguna, expuesta imprudentemente a las miradas, en el esplendor del pre­cioso metal, de los ornamentos, joyas y ofrendas que atraían los ojos, los brazos, los golpes, las hachas, el sacrilegio y la profanación. Sin embargo allí queda intacta. t, Cómo y por qué ? ¿Casualidad, olvido, distracción, negligencia? ¿Desconocimiento del lugar o más bien milagro?

El caso es que nadie toca la urna. En todas las na­rraciones del desastre de San Lázaro y en el del Padre Lamourette que fue testigo de los hechos nada se dice de la iglesia ni de los restos de Vicente.

Sin embargo todo lo referente a su persona y a la veneración de su memoria era muy a propósito para enco­lerizar a aquellos furiosos. Su estatua, esculpida poco an­tes y destinada al Louvre para que perpetuase sus rasgos y su recuerdo, se hallaba ubicado en un vestíbulo. Al des­cubrirla, exhalan un rugido de rabia y alegría; saltan so­bre ella, la arrojan por tierra, la mutilan y la reducen a fragmentos. Le cortan la cabeza, aquella cabeza augusta y bondadosa, y la pasean en el (extremo de una pica después de haberla pintarrajeado de rojo para impresionar a los viandantes.

Cuando ya no es más que un muñón de mármol la arrojan en el estanque del palacio real.

Al mismo tiempo es invadida su celda. La reconocen inmediatamente, pues su pobreza la denuncia. En un rin­cón se conserva todavía el pobre lecho tan poco usado por él para dormir, su única silla vacilante como su dueño sus­pendidos de un clavo están sus vestidos remendados que denuncian la, forma, del anciano cuerpo, su sombrero desteñido por el sudor, su gran manto en el que tantos ni­ños fueron rescatados, las medias de sarga de talonea per­forados, el rosario recorrido por sus dedos, el breviario car­gado de imágenes y marcado por las yemas de sus pulga­res. En el ángulo descansa el bastón y en el extremo de la mesa el candelero de hierro enmohecido en el que todavía quedan restos del cirio que alumbró su agonía y cuya lla­ma fue apagada en el instante en que él se extinguía… Todos estos humildes objetos convertidos en reliquias y que conservados allí hablaban al corazón y hacían subir al cie­lo las plegarias, fueron también despedazados, profana­dos, y arrojados al fango.

Felizmente la urna se salvó del diluvio. Pero en 1792 la Revolución la confiscó como propiedad nacional y los huesos, colocados en una pequeña caja, y remitidos a un notario, en cuyo estudio quedaron olvidados en depósito hasta 1804. De 1804 a 1830 fue encomendada la custodia de los mismos a las Hermanas de la Caridad, primero en la calle Vieux Colombier y más tarde en la calle Bac. En 1830, en solemne ceremonia son llevados a la casa madre de la Misión, calle de Sévres. Después, de 1909, la ley de separación los envía al destierro.

¿Dónde encontrarles un lugar seguro?

En Bélgica. En este país tranquilo y neutral, preser­vado de conmociones, nada iría a turbar su reposo… Pero llega 1914 y la violación de las fronteras. Los Padres La- zaristas consiguen atravesar con el sarcófago las líneas enemigas y llevarlo a Inglaterra Allí permanece hasta 1919, en que vuelve a ocupar su legítimo sitial en la capi­lla de la Misión de la calle de Sévres, sobre el altar.

Después de haber soportado tantas revoluciones y gue­rras, tantos viajes por tierra y mar, entre la sangre y las bombas, tantas idas y venidas en carros, trenes, autos, barcos y tal vez aviones, ¿habrán encontrado los frágiles despojos de Vicente el lugar de su reposo definitivo? Bien lo merecería. Ojalá pudiéramos aplicarles las pala­bras de aquel epitafio que se lee en las tumbas de las an­tiguas catedrales:

Hic molliter ossa cubant in aeternum! Cubant, es ver­dad, ¿pero será in aeternunt?

Qué es nuestro aeternum, el que nosotros concebi­mos y llamamos tal? Nada; menos que nada. El y nosotros somos incompatibles.

¿Pero qué importa este menoscabo del cuerpo que vale tan poco? Lo que jamás pasará, aun cuando no quede un puñado de las cenizas de Vicente, será su obra viviente e inmortal como su memoria. Hijo de la tierra, de nuestra tierra, pastor durante setenta años, sacerdote, educador, fundador incomparable y misionero incesante, director se­guro del espíritu, orador íntimo capaz de conmover sin ar­tificio al auditorio, escritor elegante y castizo, fue en todos los órdenes de ideas, de sentimientos, y de obras, un rea­lizador acabado y magnífico… siempre sereno y constan­te como un maestro dócil a las órdenes de la Providencia. Todas sus empresas alcanzaron el éxito. Admiremos y ve­neremos en él una de las mayores glorias de Francia. Cano­nicemos a nuestro santo nacional, alma de oro y de lis, ma­ravilla de amor, que Dios creó pensando en su Hijo —co­mo añade un ángel a su Paraíso o una estrella a su fir­mamento— y que deja caer entre los hombres para pro­barles su existencia.

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