San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (06)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Lavedan · Traductor: I. Fernández. · Año publicación original: 1928.
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Un distinguido personaje

Por su ilustre pasado, por su presente digno de él, la casa de Gondi brillaba entre las más famosas. Originaria de Florencia, había dado a Enrique II un jefe del palacio, después un mariscal, sobrino y hermano de tres Gondi que se sucedieron de 1572 a 1622 en la sede episcopal de París, más tarde un diplomático célebre por su boato, due­ño en Saint-Cloud de una residencia, donde se encontraba Enrique II cuando fue asesinado. Manuel, hijo del ma­riscal y esposo de doña Francisca Margarita de Silly, te­nía entonces dos hijos varones, Pedro, más tarde duque de Retz; par de Francia y heredero de los cargos paternos, y Enrique, muerto en la flor de su juventud a consecuencias de una caída de caballo. En 1614 tuvieron un tercero y último hijo, más tarde cardenal de Retz, de talento genial y vida escandalosa. Manuel de Gondi se hallaba en aquel año de 1610 en el apogeo del brillo irresistible que prodi­ga la juventud y la fortuna a sus favorecidos.

Imposible enumerar los «por vida de… «que como balas de arcabuz escapaban de los labios de quienes por vez primera contemplaban al espléndido señor. He aquí al arrogante caballero, al sonriente personaje. Un birrete de blanco penacho, elegantemente inclinado hacia una ore­ja, oculta un ángulo de su espaciosa frente. El rostro, per­fectamente oval, se recorta entre un oleaje de espesos ca­bellos. Cejas a la Ducerceau se extienden sobre los ojos meditabundos. La nariz aguileña se detiene sobre un bi­gote felino. La barba puntiaguda avanza sobre la gor­guera almidonada, sobre pliegues de terciopelo bordado de oro y encajes en los cuales campea la cruz del Espí­ritu Santo. Con tales atavíos y paramentos nos lo trae un grabado de Duflos, a cuyo margen, orlada de cintas, se lee su divisa: «non sine labore» y se ve su escudo de armas : Dos mazos de sable en sotuer sobre campo de oro, ligados en su parte inferior por cinta de gules ; el blasón timbrado con corona condal, teniendo por cimera un mazo de ar­mas, rodeado el todo por los collares de San Miguel y del Espíritu Santo. En la parte baja dos anclas en sotuer, recuerdan las funciones de Felipe Manuel de Gondi, ge­neral de las galeras a los treinta años.

Junto a esta solemne estampa pongamos la humilde imagen de Vicente, vestido de humilde sotana negra, em­blanquecida en los codos y especialmente en las rodillas, sin duda menos brillante que el último de los lacayos de antecámara Contemplemos su actitud a la vez digna y humilde, no menos imponente bajo la modestia de sus vestidos que la del señor cubierto de fastuoso paño. El cuadro nos presenta la reunión de dos hombres que he­chos el uno para el otro y llamados a completarse mutua­mente, echarán más tarde los cimientos de una obra admi­rable y monumental.

Por de pronto se dedica a la educación de los dos pe­queños Gondi, ocupación sencilla pero no carente de im­portancia. Educar en sus tiernos años, cuando han salido de la tutela de los ayos, dos pequeños grandes señores contentes de que lo son, enseñarles en qué consisten los deberes que de ello se derivan, atribuyendo a la palabra educar su sentido más elevado y estricto, es decir, obtener verdaderos hombres conscientes de las funciones a que Dios los ha destinado, imbuir en la obediencia a quienes han de mandar, enseñar el justo empleo de las riquezas a quie­nes han de ser el sostén de los pobres, encaminar dos per­sonajes hacia las cumbres divinas y humanas honrando un glorioso apellido, tal fue la misión confiada a Vicente y por él resueltamente aceptada. Madame de Gondi fue su principal colaboradora, pues la opulencia de su casa lejos de menoscabar la religión, contribuía generosamente al esplendor de la misma. En ella, no estaba la piedad supe­ditada al lujo, sino el lujo al servicio de la piedad. Dios primero y el rey después Ambos señores y el resto de los hombres recibían, cada cual según su condición, su parte proporcional de fasto y munificencia. Todo ello su­cedía, como se comprenderá, entre no poco estrépito y ru­mores profanos. El ex-capellán de Margarita de Valois, maltrecho aun de su paso por la Corte y temiendo igua­les contratiempos, elaboró, para evitarlos una severa regla de conducta que nos revela uno de sus biógrafos: «Firme­mente determinado a combatir la disipación con la pru­dencia y la sencillez, hizo propósito de no presentarse a M. y Mme. de Gondi sin ser por ellos llamado y de no en­trometerse en lo que no atañese directamente a su cargo de preceptor. Fuera del tiempo consagrado a la educación de sus alumnos o a obras de caridad, jamás abandonaba su habitación. Era ésta para él una verdadera celda y a pesar de las idas y venidas supo hallar en ella el más ab­soluto retiro.

Sólo un hombre de sus cualidades era capaz de llevar, dentro de la mayor perfección, esta vida múltiple de si­lencio y de clausura, de profundo estudio, de solícita de­dicación a sus alumnos al par que de participación en las fiestas y recepciones, en las que M. de Gondi le juzgaba indispensable. Nada digamos de su vida exterior de cari­dad, de limosnas, de visitas a los hospitales y de su corres­pondencia, que empezaba ya entonces a absorber buena parte de su tiempo. Cuán difícil es, en medio de tantas ocupaciones, conservarse de continuo en la presencia de Dios! Felizmente encontró para ello un medio eficaz. Se impuso la obligación «de tener presente a N. S. Jesucristo y honrarlo en la persona de M. de Gondi, y a Nuestra Se­ñora en la persona de Mme. de Gondi; y de ver en la de cada uno de los domésticos y siervos, cualesquiera fue sen, la muchedumbre de discípulos que seguían al Sal­vador». Declara candorosamente «que esta consideración lo conservó siempre en gran modestia y prudencia de to­das sus palabras y le confirió el afecto de sus señores y de toda su servidumbre y el medio de hacer notable fruto en esta familia».

Y añade «que este medio tan sencillo le había sido de gran provecho para no ver sino a Dios bajo diversos aspectos en todas las personas con quienes trataba habi­tualmente y para no hacer nada ante los hombres que no fuera lícito a los ojos del Hijo de Dios, si hubiera tenido la dicha de vivir con él durante su vida mortal».

¡Declaración de excelsa sublimidad! Habla aun el pas­tor con la inocencia de los eriales y la frescura primaveral de su fe. ¡Ver a Dios en todos y en todo! «Medio sen­cillo» lo llama él, en el cual le bastaba solo pensar para tenerlo a mano. Quien se imagine a Vicente viendo en la enjoyada figura de Manuel de Gondi, deslumbrante de pedrería, de espada y daga a la cintura, al Señor de su señor, al Salvador inmaterial envuelto en sencilla tú­nica de pliegues paralelos hasta los pies desnudos; y en la persona de la generala solemnemente ataviada y cubier­ta de verdugados y canelones, a la Inmaculada cuyo único adorno son los lirios… y tenga presente la clave del sis­tema, estará tan lejos de sonreírse como de asombrarse, por poco que sea. Es que los santos son los más grandes vi­sionarios y poetas. Sólo ellos son capaces de contemplar las cosas de este mundo a través de su apariencia terrena.

De esta manera nos revela, sin nombrarse a causa de su modestia, su manera de vencer los obstáculos y la po­lítica de su vida entera. Ver todo en Dios y Dios en todo, he aquí su programa habitual. Había penetrado el gran secreto: Dios no está únicamente en el cielo, lejos de nues­tros ojos y de nuestro espíritu, sino también en la tierra, en medio de nosotros, «en lo de todos los días», encerrado y conteniendo todas las cosas. Lo supo descubrir en la humanidad y en cada uno de, sus miembros, aun en los injustos, los rastreros, los indignos. A la vista de un mi­serable, de un impuro, olvidaba la miseria y la impureza mara no acordarse más que de la inocencia y de las gran­dezas ignoradas o perdidas, restableciéndolas al esplendor que hubieran podido o debido tener, reconstruyéndolas en Dios cuya imagen indeleble y majestuosa veía de tal ma­nera en todos los hombres que llegaba a sustituírlos y aniquilarlos. El hombre quedaba entonces reducido a la nada y para Vicente todo se explica y se hace fácil. El infeliz, deshecho de la sociedad, el pobre, inmundo y repelente, la pecadora, llorosa o sonriente, el muchacho cruel, el ban­dido, el galeote, los monstruos reprobados de toda laya… allí está Dios. Dios está en ellos o muy cerca de ellos, ase­diándolos para convertirlos en su morada; tal vez ya lo son o lo serán muy pronto, quizás esta misma tarde. Más aun; son ellos su morada predilecta. «A través de sus ma­les y de su cieno, lo veo y lo palpo. Acogiéndolos y amán­dolos, es a Él a quien saludo, amo y honro. Curando sus llagas, beso las suyas. Prodigándoles mis cuidados, obro mi salud».

De este modo desaparecían y caían ante Vicente las carnes corrompidas de la humanidad para dejar al descu­bierto tan sólo el alma invisible. Y cuando los harapos del dolor, del vicio o del odio se estremecían con la sonrisa del agradecimiento o se iluminaban con la mirada del amor, el santo sentía el corazón rebosante de júbilo. Era el re­flejo de Dios que le decía: «En ellos estoy yo, y tu lo has comprendido».

La reserva con que el capellán se mantenía en el lu­gar de su humildad voluntaria, no le impedía hacer sal vedades cuando lo juzgaba necesario. M. de Gondi recibió o creyó haber recibido una grave afrenta de parte de un señor de la corte. En aquellos tiempos un asunto de honor se anteponía a todos los demás y ni siquiera se discutía. Los duelos, aunque recientemente prohibidos por Enrique IV so pena de incurrir en crimen de lesa majestad, se prac­ticaban frecuentemente y sin ningún escrúpulo, se impo­nían, llegado el caso, con la fuerza y el respeto de una se­gunda religión, tan potente en su especie como la que los prohibía. Hasta se creyó que mutuamente se completaban. Lejos de ver un crimen en un acto condenado por la Igle­sia, se lo consideraba como un ejercicio de virtud permi­tido; los contendientes conjuraban al cielo para que estu­viese de su parte y erguida la cabeza, entraban al tem­plo para encomendar a Dios su lance, acompañados de la espada que pronto habrían de desenvainar. Más de uno, si hubiera podido, la hubiera hecho bendecir.

M. de Gondi siguió este plan. La mañana del día en que debía cruzar el acero oyó misa como acostumbraba y después de ella permaneció, en la capilla más de lo ordi­nario. Rezadas sus oraciones se disponía a salir, cuando Vicente que lo esperaba como emboscado, cierra la puerta y cae a sus pies: «Permitid, señor, que os diga humilde­mente una palabra. Sé de buena fuente que habéis de­terminado batiros a duelo, pero yo os digo de parte de mi Salvador al que acabáis de adorar que si no abando­náis ese siniestro propósito, descargará su justicia sobre vos y sobre vuestra descendencia».

Suspendido y excitado por aquellas palabras, quizá Gondi hubiera contestado aunque respetuosamente, expo­niendo todos sus motivos: «Veamos, ¿qué me echáis en ca­ra? ¡Y a mí? ¿Olvidáis quien soy y a lo que me obliga la honra de mi casa y la gloria de mis antepasados, el recuerdo de mi padre, el mariscal de Retz, mi cargo en el reino y en fin mi honor y el de mis hijos? Pero si el general pensó todo esto, no llegó a decirlo, pues el capellán, hecha su exhortación, había desaparecido, dejándole pre­sa del más completo asombro. Por alterado que se sintiese ante el estrépito de las razones que se entrechocaban en su alma, no estaba menos turbado ante la prohibición y ad­vertencia del sacerdote. ¡La ira de Dios! ¡La amenaza de su justicia suspendida sobre él y sobre toda su posteridad!

¡Cuán grandes motivos de reflexión! Y por primera vez la espada lista a pecar se detuvo en la vaina.

La señora de Gondi

Vicente no se contentó con esta feliz victoria. Pode­mos fijar este suceso como principio de la celosa campa­ña que llevó a cabo contra la manía de los duelos y que más tarde intensificó mediante sus consejos al rey.

Sin intentar disminuir su mérito, debió participar en este primer éxito la señora de Gondi, la cual ejercía so­bre su esposo una gran autoridad y cuyos sentimientos re­ferentes al falso concepto del honor no podían discrepar de los del religioso. En materia de educación, en toda fa­milia ordenada, quien tenga a su cargo la educación de los hijos tendrá también que entrar en contacto con la ma­dre y ocuparse de ella; y si el educador es capaz y pru­dente, no es raro que obtenga tanto o más provecho que sus alumnos, de sus mismas lecciones. No era este el caso de la generala, mujer de inteligencia y saber parejos con su virtud. No necesitaba por lo tanto mayor instrucción. Pero de frecuentar al preceptor, de asistir a su diminuta clase, de verlo y oírlo a cada paso, aun fuera de las horas de estudio, de sentirlo hablar, pensar, obrar, aprendió lo que no se enseña en los libros ni en el mundo, y por en­cima de todo comprendió a Vicente, aprendió su bondad, su piedad, su inalterable sabiduría y la profundidad de sus miras que sin desdeñar nada del hombre, traspasaban los horizontes de lo humano Parecía que por permisión es­pecial, se elevaba al cielo y descendía a la tierra, subien­do y bajando a voluntad y sin esfuerzo alguno. No hacía todavía un año que vivía en su casa, cuando la generala resolvió tomarlo por director espiritual. Tuvo para ello que recurrir a medios ajenos, por valederos que fuesen los su­yos, pues conocía la humildad del ejemplar sacerdote. Se dirigió al P. de Bérulle rogándole se interpusiese para ven­cer la resistencia que preveía.

Este intercedió, y aunque tan gloriosa y grave res­ponsabilidad como la de dirigir a Mme. de Gondi atemo­rizase a Vicente, la aceptó como aceptaba todo lo que le era costoso y sus superiores le prohibían rechazar.

Estaba habituado a ser «el que no se pertenece a sí propio».

Desde aquel día perteneció más aún a la casa de Gon­di representada en la generala, y a la Santísima Virgen que le inspirara la idea, como él pensaba, de escogerlo por director espiritual.

Por virtuosa que hubiera sido antes la generala, po­demos hacernos una idea de la perfección que llegó a al­canzar después de haber confiado a Vicente el cuidado de dirigirla. Unidas por el nuevo y sagrado vínculo que los fortificaba, estas dos almas compenetradas en el amor de Dios comenzaron a cumplir una obra magnífica. Los Gon­di poseían dominios tan vastos que ni siquiera una mu­jer de la inteligencia y del orden de la condesa de Joigny parecía capacitada ejercer en ellos la dirección moral co­mo ella lo deseaba. Ocuparse de su mantenimiento, de su cultivo y de sus rentas no la contentaba. Su principal preocupación consistió en poner al frente de sus tierras magistrados de probidad reconocida, en prevenir los pro­cesos, en dirimir justicieramente las diferencias, en hacer a sus vasallos pronta y sana justicia, en asegurarles su bienestar y sus buenas costumbres y en fin en que Dios fuese conocido y honrado en todas las dependencias de sus dominios. Pero además de éstas, ¡cuántas otras preo­cupaciones! Los ancianos, los recién nacidos, los enfermos las viudas, los huérfanos, todo un pueblo que juzgar, cal­mar, conducir, esparcido a veces por lugares remotos y distantes a donde era a veces necesario trasladarse para inspeccionar y decidir personalmente; y todo esto en medio de los deberes cotidianos que imponían a la gene­rala, en París, el mundo, la Corte, los príncipes, la Igle­sia, el rey… su marido y sus hijos. Sin embargo los sa­tisfacía, pero gracias Vicente, su hermano en celo y en caridad, quien tomando sobre sus hombros la mitad de la carga, dejaba a su dirigida tan solo la otra mitad.

De este modo en su doble ministerio lograron de co­mún acuerdo instruir, cultivar, bautizar, casar y sepul­tar centenares de servidores, humildes gentes de la plebe, súbditos de su blasón y que bajo otros señores hubieran sido equiparados a una manada de bestias, como dije más tarde el poeta:

Útiles para el manejo de la azada, del hacha, del arado y de la espada.

Notable por su belleza y su finura como por sus vir­tudes angelicales, noble y sencilla a la vez, pura y suave en su exterior, alma ardiente continuamente atormentada por crecientes ansias de perfección, tal nos describen a Mme de Gondi cuantos han escrito sobre ella.

Al dedicarse, bajo la dirección de Vicente, a las obras que acabamos de enumerar, no cambió por ello su carác­ter piadoso y apasionado. Su delicada salud no pudo so­portar tantos esfuerzos y cayó enferma de peligro.

Y como si estos dos inseparables compañeros del buen obrar lo fuesen también en el sufrimiento del mal que a veces no perdona a los bienhechores, Vicente, que se ha­bía prodigado no menos que su penitente, abrumado a su vez por la fatiga, se vió obligado a hacer una pausa.

La confesión general

Algo más tarde tuvo lugar un hecho imprevisto y accidental que debía señalar el rumbo definitivo de su carrera y orientarlo hacía los fines fijados por la provi­dencia.

Apenas restablecido, encontrándose con los Gondi en sus dominios de Folleville cerca de Amiens, fue llamado por un campesino gravemente enfermo que reclamaba sus auxilios Se traslada al lugar a toda prisa. El enfermo ha­bía sido tenido siempre por piadoso y buen cristiano. Sin embargo por una especie de intuición se le ocurre acon­sejarlo a que haga una confesión general ya que sus fuer­zas aún se lo permiten. A pesar de apoyar sus exhortaciones con su habitual fervor, triunfador de todos los obstáculos, no se debió a él sólo la victoria, pues Mme. Gondi que había acudido a la cabecera del enfermo en busca de noticias, aca­bó de doblegar con su intervención la voluntad de éste, quien descubre a Vicente su conciencia manchada de pecados mor­tales que la vergüenza le había impedido confesar hasta aquel momento. Los tres días que sobrevivió no cesaba de publicar, llevado de impulso irresistible, sus miserias y alegrías. Acercándose los últimos momentos y habiendo vuelto Mme. de Gondi a su lado, la reconoció y reuniendo sus fuerzas exclamó ante los vecinos de la aldea congre­gados en torno al lecho : «¡Sí, señora, si no fuera por vos y por esta confesión estaría condenado!».

Abelly nos refiere así la escena: «Lo cual hizo que esta virtuosa persona, asombrada al extremo, exclamase, tomando por testigo al capellán: «¡Ah, señor, qué es lo que vemos y oímos! Si éste, tenido por hombre de bien, le hallaba en estado de condenación, qué sucederá con otros que viven en peores costumbres! ¡Ah, P. Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué nos queda por hacer?». Al expresar su angustia, imploraba el remedio sólo por él conocido y que sólo él podía administrar. Se expresaba con tal vehemencia y con tal confianza en el hombre de Dios que los presentes conmovidos la acompañaban exten­diendo las manos. Y ante el resonar de lloros y lamentos el anciano agonizante entrega a Dios su alma iluminada, en brazos de un santo y de una de las damas más ilus­tres de Francia.

El suceso fue de incalculables consecuencias. La im­presión de aquella muerte y de las circunstancias particu­lares en que se produjo causó tal sensación en todos que Mme. de Gondi considerando el creciente peligro que ame­nazaba a tantas pobres almas propuso a su capellán hiciera un breve discurso a los habitantes de Folleville sobre la utilidad de las confesiones generales.

Vicente habló el 25 de enero de 1617, día en que la Iglesia honra la conversión de San Pablo y elegido a pro­pósito. Debió hacerlo con su acostumbrada sencillez, amis­tad persuasiva e impulsiva que penetraban los corazones de los oyentes y los sojuzgaba. Todos se apresuraban a in­dagar los más íntimos repliegues de sus conciencias para exhumar los antiguos pecados y confesarlos, avergonzados y orgullosos a la vez, pareciéndoles ahora fácil lo que has­ta ayer creyeran un imposible sacrificio. La población en­tera invadió la iglesia y asedió al confesionario. También los habitantes de las villas cercanas quisieron escuchar al santo. Por toda la provincia cundió la sed de gracia. Vi­cente que siempre pensó ser una débil antorcha, se en­contraba espantado como ante un resplandor inmenso y enceguecedor o ante un repentino incendio. Todos sen­tían su ardor, y se creían condenados. El horror de morir sin ser absueltos les convulsionaba el espíritu. Nadie quería aguardar un sólo instante. La confesión general hasta ahora desconocida, o no practicada, se había con­vertido en una necesidad inmediata. La multitud se apre­tujaba en la capilla y cada cual pugnaba para ser el pri­mero en arrodillarse junto al santo y liberarse de sus culpas.

—¡Me toca a mí! —¡No, a mí! —¡Yo estaba antes que él! ¡Rebaño turbulento y más difícil de contener que el de otros tiempos, aun en los momentos en que el ham­bre o el pánico enfurecían las ovejas! ¡Menos mal si las confesiones hubieran sido de las rápidas! ¡Pero estas eran de las que duran! Cada uno de los que empezaba pare­cía no tener fin. Y para colmo, la fila de los penitentes aumentaba y se impacientaba. El gentío se tomó tan in­gente, que Vicente se encontró anonadado y Mme. de Gon­di se vió obligada a enviar desde Amiens dos jesuitas de refuerzo para acabar de purificar aquellas buenas gentes.

¡Acontecimiento prodigioso! ¡Fecha memorable, no só­lo en la historia de Vicente, sino también en los anales de la religión! ¿Tuvo el santo conciencia de ello? Sus bió­grafos aseguran que no. Nosotros lo ponemos en duda. Nos parece difícil de creer que este visionario del bien, con la clarividencia que le era tan propia en todo, no abarcase en toda su plenitud el largo itinerario, del cual los suce­sos de Folleville no eran más que la etapa inicial. Vicen­te jamás olvidaría aquel 25 de enero, que sería para él un sagrado aniversario. Lo celebrará todos los años.

Más de un cuarto de siglo después, invitará a sus sa­cerdotes de San Lázaro a recordar el sermón de Folleville, el mismo día en que fundó su compañía en espíritu y en acción. La gran hora había sonado. La Misión discurría ya en el mundo, plena de vitalidad.

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