Cuanto más estudio y medito las obras de San Vicente de Paúl, más grande aparece ante mi vista su grandiosa figura, y me siento cada vez más impulsado a bendecir al Señor, que elevó a este humilde Sacerdote, haciéndole ejemplar vivo y perpetuo de la caridad cristiana. Cuanto más profundizo en la consideración de su vida, virtudes y ejemplos, más ciertas me parecen las palabras del Pontífice León XIII: «Entre todos los héroes de la caridad cristiana, ninguno hay más popular, ni que merezca más de todas las clases sociales que San Vicente de Paúl» Y las otras: «A la verdad, casi no hubo calamidad ni desgracia que no socorriese, ni ímprobo trabajo, ni dura fatiga que no abrazase para atender así al socorro y alivio del prójimo». De este modo hablaba el inmortal Pontífice, convencido de los beneficios que hizo al mundo entero San Vicente de Paúl, a quien honró con el glorioso título de Patrón de las Obras de Caridad.
No intento yo estudiar ahora las casi innumerables obras, de caridad que practicó el Santo; sólo pretendo referir aquí brevemente, para instrucción de nuestros lectores, el origen, progreso y estado actual de las Hijas de la Caridad en España, pues bien sabido es que el recuerdo más consolador del paso del siervo de Dios por la tierra, la muestra más gráfica de su tierna caridad con las dolencias de los hombres, la expresión más sublime de aquel amor generoso, noble, inextinguible, que abrasaba el corazón de San Vicente hacia los prójimos, es el tipo de la Hija de la Caridad, a la que vulgarmente llaman también Hermanas de la Caridad.
I.- INTRODUCIÓN DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD EN ESPAÑA
El Instituto de las Hijas de la Caridad apenas se conocía en la cuna de San Fernando y de Isabel la Católica, de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, y de Suárez y Murillo, a fines del siglo XVIII. La divina Providencia, que reservó a nuestra Nación tan importante papel en la evangelización y cultura de la mayor parte del universo, no dilató por mucho tiempo el cumplimiento de sus designios amorosos con la fundación de una Compañía tan benemérita en esta tierra de héroes y de santos.
Sirvieron de dóciles al par que piadosos instrumentos, algunas personas de elevado carácter y religioso espíritu, que habiendo leído la Vida del Apóstol de la caridad, San Vicente de Paúl, traducida por entonces del francés, entraron en vivos deseos de hacer a nuestra Patria participante de las ventajas y bienes inmensos que nuestros vecinos de allende el Pirineo recibían de tan benéfica institución.
Acogido con entusiasmo el proyecto por el Visitador de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión española, D. Fernando Nualart, y puesto en conocimiento del Superior General, mereció y obtuvo la aprobación, a condición de que algunas jóvenes pasasen al Noviciado de la Casa- Matriz, establecida en París, para que, instruidas en los deberes de su vocación, regresasen a España aptas para fundar sobre las mismas bases el Instituto.
Quiso el Cielo inspirar a seis jóvenes el santo y generoso deseo de consagrarse al servicio de los pobres, aun cuando para esto fuese necesario abandonar su país natal y pasar en una tierra extranjera todo el tiempo que se juzgase necesario para instruirse en los deberes de su santa vocación. Salieron, por tanto, de Barcelona con dirección a Francia el 8 de Marzo de 1782 las seis jóvenes, a saber: Josefa Esperanza Miguel, natural de Barcelona; María Esperanza Blanc, natural de Barbastro; María Teresa Lecina, natural de Bessians, en el Obispado de Barbastro; Francisca Antonia Teresa Cortés, natural de Tremp; María Catalina Rebentós; natural de Villanueva de Geltrú, Obispado de Barcelona, y Antonia Andreo, natural de Palau-Tordera, del mismo Obispado. Después de cinco días de un viaje feliz llegaron sin novedad, acompañadas del Sr. Nualart, a Narbona; permanecieron seis meses en este punto repartidas en las diferentes casas de las Hijas de la Caridad aprendiendo el francés e imponiéndose en el espíritu, reglas y deberes de su vocación, y a mediados de Agosto siguieron su viaje hasta París, en cuyo Noviciado fueron muy bien acogidas el día 25 del mismo mes.
Pasaron allá seis meses de toquilla, vistieron el santo hábito, y destinadas a diversos establecimientos de beneficencia desempeñaron los pesados deberes de su vocación hasta el 1790, por habérselas juzgado suficientemente dispuestas e instruidas.
Y como el principio de esta obra de Dios venía y los hombres no habían sido otra cosa que instrumentos manejados por el Supremo Gobernador, la Divina Providencia habíalas preparado una colocación segura de un modo prodigioso.
Cuando el Sr. Conde de Fernan-Núñez, Embajador de España en París, escribía al Capitán general de Cataluña, Conde de Lacy, interesándole en favor de las mencionadas jóvenes, que deseaban regresar a su Patria y colocarse al servicio de los enfermos en establecimientos benéficos, los testamentarios de una hermana del Marqués de Sardañola, que había dejado un legado de importancia para la mejor asistencia del Hospital de Barcelona, enterados de que seis jóvenes españolas deseaban volver a su Patria después de haber pasado ocho años de aprendizaje en la vocación de las Hijas de la Caridad, juzgaron que no podría tener el mencionado legado una aplicación más en armonía con las intenciones de la piadosa legataria: por lo cual visitaron al Conde de Lacy, y éste a su vez, enseñándoles la carta del de Fernán-Núñez, les respondió tan favorablemente como no se hubieran atrevido a esperar.
Puestos los medios necesarios para el regreso a Barcelona, llegaron a ésta cinco de las Hijas de la Caridad a fines de Mayo de 1790, pues la otra quiso permanecer en Francia; pero en su lugar venía Sor Juana David, asistenta de la Superiora General. Fueron recibidas por las primeras Autoridades y personas de la mayor distinción con júbilo extraordinario. El Capitán general las condujo en su coche a la casa llamada de Convalescencia, y después de haber algún tanto descansado del cansancio del viaje, los Administradores del hospital les confiaron el cuidado de las salas de mujeres y de los niños expósitos.
Bajo la dirección de las Hijas de la Caridad mejoró el Hospital notablemente, hasta el punto de que toda la ciudad de Barcelona miraba con universal aplauso unas mejoras tan ventajosas para la humanidad, de manera que se daban mil bendiciones a los autores de tan útil institución.
Todas las obras de Dios sufren persecuciones con que se purifican más y más como el oro en el crisol; y no había de ser menos ésta tan amada de la Divina Providencia. Cuando todo convidaba a su consolidación, vino a ser juguete de las pasiones qué si no pudieron ahogarla en su misma cuna, consiguieron al menos privar a las Hijas de la Caridad del primer establecimiento que se las había confiado en España. Sobre este triste acontecimiento, sólo Indicaremos lo que se hizo público y notorio a todo el mundo.
Con motivo o pretexto de algunas medidas sabias y prudentes tomadas con mucho acierto por la Superiora Sor Juana David, comenzaron a disgustarse los administradores del Hospital, llegando sus pretensiones a querer alterar sustancialmente el Instituto y prácticas que legó su Santo Fundador, queriéndose arrogar el derecho de destinar por sí mismos a las particulares para los diversos empleos; que no renovasen sus votos todos los años el día 25 de Marzo, uno según la elección particular de cada una y el consejo de su confesor; que se sujetase a la regla que ellos habían formado; y otras disposiciones por el estilo, que minaban los fundamentos del Instituto, como la obediencia, pobreza, observancia regular, etc
No eran, ciertamente, la Superiora y compañeras las personas más dispuestas a escuchar sin horrorizarse unas proposiciones que tendían a la subversión total de su Compañía, oponiéndose «con todo aquel tesón y fortaleza que ha caracterizado siempre la virtud de las Hijas de la Caridad». Convencidas al mismo tiempo de lo imposible que se hacía desistiesen los administradores en sus injustas pretensiones, abandonaron el establecimiento con el corazón traspasado de dolor en 23 de Junio de 1792, retirándose con el firmísimo propósito de seguir constantemente su santa vocación en los tiempos y lugares que les deparase la Divina Providencia.
Permaneció, no obstante, en Barcelona Sor Juana David bajo los auspicios de los Misioneros de San Vicente de Paúl, y muy pronto tuvo el consuelo de ver fundadas dos Casas: el Hospital de Lérida y el Colegio-escuela pública de Barbastro, que les abrieron sus puertas antes de terminar el mismo año de 1792.
II: SUS RÁPIDOS PROGRESOS EN ESTA NACIÓN.
Tales fueron los primeros días de existencia que en España pasó la familia que reconoce por Fundadores a San Vicente de Paúl y a la Venerable Madre Luisa de Marillac.
A partir del 1792 las fundaciones se multiplican de manera tan prodigiosa, que en medio siglo llega su número a 45, establecidas en muchas capitales de provincia. Según hemos indicado, al par de Lérida, vemos a Madrid con cuatro Casas, la Inclusa, el Real Noviciado, el Hospital de mujeres incurables y el Hospital General. Pamplona, Valencia, Segovia, Valladolid, Vitoria, Badajoz, Oviedo, Cádiz, San Sebastián, Cáceres y Toledo las reciben en su seno, así como también Sevilla, Málaga, Córdoba, Santander y otras poblaciones importantes, que siguen tan piadosas huellas.
No es nuestro intento hacer una relación detallada de cada una de las mencionadas fundaciones ni de las siguientes; no podemos, empero, sin una especie de ingratitud, dejar de decir cuatro palabras acerca de las Casas ya mencionadas de Madrid, como prueba irrecusable de la piedad que siempre ha distinguido a nuestros Monarcas.
Sabedora la Excma. Sra. Condesa de Montijo del establecimiento en nuestra Península de las Hijas de la Caridad, de que tantas ventajas reportaba la humanidad, juzgó como el medio más a propósito para mejorar la suerte de los niños expósitos de la Real Inclusa de Madrid confiar su cuidado a las Hijas de San Vicente de Paúl, cuyo deseo significó debidamente a S. M., obteniendo la Real orden de II de Noviembre de 1799, del tenor siguiente: «Enterado el Rey de la representación de la Junta de Señoras de Honor y Mérito, unida a la Sociedad Económica de Madrid dirigida por V. E. con fecha nueve del corriente, y persuadido S. M. del beneficio que resultará que la Casa de la Inclusa de la Corte, esté a cargo de la Junta, y buena asistencia que experimentarán los niños expósitos si se ponen al cargo una y otros de las Hospitalarias o Hijas de la Caridad, las cuales están ya establecidas en Lérida y Barbastro, ha venido S. M. en conceder a la Junta de Señoras el Real permiso que su celo activo solicita, para que de las Casas expresadas vengan a la Inclusa de Madrid cuatro o seis Hermanas de la Caridad y se encarguen del cuidado de ella, bajo la dirección inmediata de ella, y en los términos que se va a establecer; lo que de Real orden comunico con esta fecha al Gobernador del Consejo para que expida las correspondientes al efecto.»
Comunicóse oficialmente esta Real disposición al Señor Director general de la Hijas de la Caridad, y éste dispuso desde luego la venida de seis Hermanas, que llagaron a Madrid el 3 de Septiembre de 1800, dándoselas posesión de la Inclusa en el mismo día; mas como el Colegio de la Paz, que se hallaba agregado al Noviciado por una Real orden, fecha 3 de Enero de 1803, quedó separado del mismo por otra de 8 de Octubre de 1806, y se reunió a la Inclusa, fue preciso aumentar el número de Hermanas. Tenían a su cargo todo lo perteneciente al gobierno económico de la Casa: los niños de lactancia, los destetes y las niñas del Colegio, que son numerosas. Se les da una educación adecuada para formar, o unas honradas y laboriosas madres de familia, o unas sirvientas virtuosas que con los productos de su trabajo puedan asegurarse una decente subsistencia. Para eso se les inculca desde su más tierna infancia los principios más sanos de la religión y moral, inspirándolas el amor al trabajo y a la virtud: enséñaselas a leer, escribir y contar y todo género de labores propias de su sexo, etc También había a mediados del pasado siglo en el Colegio dos fábricas, una de sombreros de paja y otra de guantes, muy productivas para el establecimiento.
Para formarse una idea de la fundación del Real Noviciado, basta mencionar las palabras de la Real orden que se comunicó a la Sra. Condesa de Trullas, con fecha 8 de Octubre de 1802, por medio del Excmo. Sr. Ministro Don Pedro Ceballos.
«Hallándose el Rey sumamente penetrado de lo demasiado interesante que es por todos respectos el Instituto de las Hijas de la Caridad, y que no debe privar de tan útil como necesario consuelo y socorro espiritual y temporal a sus amados vasallos, y en especial a los desvalidos y dolientes, a cuyo servicio están consagradas estas heroínas, ni dejar de abrigarlas en sus Estados de una manera la más sólida y duradera, para que, atendida su particular buena asistencia, su ejemplo y su buen orden, método y ,economía en los piadosos establecimientos que la beneficencia de su glorioso y augusto padre fundó y ha fundado, y funda con incesante desvelo la de S. M. mismo, quede perpetuado en España un bien tan general, útil y necesario: quiere S. M., usando de su soberana autoridad, que se establezca en la villa de Madrid un Noviciado de Hijas de la Caridad.»
El Noviciado que por esta Real orden se establece ha sido siempre mirado como un objeto de predilección y favorecido con una protección especial.
Los decretos de supresión de Comunidades religiosas nunca han comprendido a las Hijas de la Caridad, como consta de varias Reales órdenes, entre las que hallamos la siguiente, de 15 de Julio de 1840, en la que se dispone lo que sigue:
«Excmo. Sr.: He dado cuenta a S. M. la Reina Gobernadora de una exposición de la Superiora de las Hijas de la Caridad, que V. E. remitió con eficaz recomendación, en 29 de Enero último, en solicitud de que se conserve y proteja la Casa-Noviciado de las mismas; y S. M., en su visita y de lo informado por la Contaduría y Junta consultativa de este Ministerio, se ha servido resolver: Primero: que se conserve el Noviciado de las hijas de la Caridad de fundación de San Vicente de Paúl que existe en esta Corte para educar jóvenes que se dediquen a los piadosos ejercicios de su Instituto y acoger a las que se inutilicen por su edad y enfermedades.—Segundo. Que dicho establecimiento provea a los hospitales de esta Corte y a los de otros puntos del Reino hasta donde lo permita el número de las Hijas de la Caridad, para que ejerzan en ellos los cargos de su profesión.—Tercero. Que se auxilie al expresado Noviciado con la dotación anual de sesenta mil reales de vellón que le está asignada, satisfaciéndose por la Pagaduría general de este Ministerio con la puntualidad que permitan sus atenciones.—De real orden, etc.
S. M. la Reina Doña Isabel II (q.e.p.d.) continuó la misma particular protección que sus augustos predecesores dispensaron siempre a las Hijas de la Caridad, como lo manifiestan sus deseos de proporcionar a las mismas un local más cómodo y capaz de contener mayor número de novicias; y si no se cumplieron al pronto los augustos deseos, no fue por falta de la Real protección.
En la misma Corte de Madrid, la Junta de Señoras del hospital de mujeres incurables quiso que las Hijas de la Caridad se encargasen del servicio y asistencia de las pobres enfermas, y del gobierno y arreglo doméstico de la casa. Se hicieron las debidas diligencias, y conseguido el debido permiso pasaron cinco Hermanas del Real Noviciado a desempeñar los indicados deberes en el Hospital de incurables el 15 de Julio de 1816, como consta de la escritura de fundación. Esta Comunidad de Hermanas, tan poco numerosa en sus principios, se ha aumentado tanto, que al presente consta de treinta Hermanas que con verdadera abnegación asisten corporal y espiritualmente a doscientas veinticinco enfermas.
A estas tres fundaciones en Madrid siguió en 1822 el Hospital General, que pareciendo también insignificante en sus comienzos, ha llegado a ser la mayor Comunidad de Hermanas, después del Noviciado. No puede uno menos de alabar a Dios al ver en ese espacioso y magnífico establecimiento ochenta y seis Hermanas dedicadas a socorrer y aliviar a tanta multitud de pobres enfermos afligidos por las diversas dolencias que aquejan a la mísera humanidad.
No proseguiré hablando de las otras Casas de esta capital, pues sería apartarme del fin que me propuse al escribí, esta breve reseña. Sólo añadiré que actualmente hay en Madrid más de treinta Casas de Hijas de la Caridad españolas, que asiduamente desempeñan los diversos oficios a que les obliga su amada vocación.
Además de las ya citadas fundaciones, las Hijas de la Caridad se vieron establecidas, entre otras ciudades, en La Selva, Tafalla, Sangüesa, San Felipe de Játiva, Los Arcos, Santo Domingo de la Calzada, Tolosa, Cabra, Sigüenza, Vich y Manresa.
También la ciudad de Méjico comprendió muy pronto que en medio de las ricas minas de oro y de plata se hallaba muy necesitada si le faltase esta celestial institución de humildes siervas de los pobres, por lo que se apresuró a pedir, por conducto del Sr. D. Bonifacio Fernández de Córdoba, en 16 de Agosto de 1843, al Director General de las Hijas de la Caridad: diez Hermanas para fundar una Casa-Noviciado en la Capital de aquel Reino.
Elevada la solicitud por el referido Director General de las Hijas de la Caridad al conocimiento del Gobierno de la Nación, tuvo la satisfacción de saber oficialmente que Su Majestad aprobaba un proyecto tan ventajoso a la humanidad y que le confería las más amplias facultades para su pronta realización.
Designóse por la República mejicana a D. Bonifacio Fernández de Córdoba como representante en Madrid de /os fundadores; y por fin, en 25 de Noviembre de 1843 se probaron las bases de fundación, legítimamente convenidas y acordadas entre los Sres. D. Juan Roca, Director de las Hijas de la Caridad de España, y el citado Fernández de Córdoba, apoderado de los señores fundadores por poderes otorgados en la Capital de Nueva España.






