Capítulo I: De su vocación a la Congregación de la Misión.
Para conocer mejor la fuerza de la gracia de Dios en la vocación del Sr. Alméras, es necesario saber con qué lazos estaba unido a este mundo, y cuáles fueron los combates que tuvo que sostener para desprenderse de ellos y retirarse a la Congregación de la Misión. René Alméras había nacido en París, el 5 de febrero de 1613. Podía pretender a honores, placeres y riquezas considerables. Estando dotado de un espíritu distinguido que había cultivado por el estudio, y siendo el mayor de una honorable familia, que tenía como próximos parientes o aliados a obispos, consejeros de Estado, presidentes y consejeros del Parlamento, y a otras personas de la más alta calidad, tanto eclesiásticos como laicos. Su padre era maestro de cuentas, y él mismo era consejero en el alto consejo, que era, como se sabe, una justicia soberana cuya jurisdicción se extendía por todo el mundo.
Su nacimiento, sus cualidades, su cargo, su edad, -no tenía entonces más que 24 años, -le ofrecían fácil acceso a las más hermosas compañías, y le abrían la puerta a los partidos más ventajosos, si hubiera querido comprometerse en matrimonio. Pero aunque todas estas ventajas fueran muy poderosas para retirarle del mundo, donde él las podía poseer con felicidad y vivir a su gusto, Dios le dio la gracia de despreciarlas generosamente, para dedicarse de una manera particular a su servicio; y nada pudo impedirle de ejecutar la elección que había hecho «de ser abyecto en la casa del Señor, antes que habitar en los tabernáculos de los mundanos», que la mayor parte de los hombres buscan con tanto empeño.
No se contentó con huir así de todos los señuelos engañosos del mundo, quiso incluso evitar en su retiro todo cuanto hubiera podido encontrar de esplendoroso. En efecto, en lugar de elegir una de estas santas e ilustres compañías que florecían entonces en la Iglesia de Dios por la eminencia de su ciencia, de sus talentos y de sus empleos, así como unos de sus próximos, que había sabido su plan, trató de persuadírselo, él hizo ver con claridad cuán desprendido estaba de todo cuanto el mundo estima; respondió a este amigo que era a causa de su resplandor mismo como no los quería elegir, por miedo, decía él, que al huir el mundo y los vanos honores por una puerta, se los encontrara por otra. Fue con estas miras de un perfecto desprecio del mundo y por amor a su propia abyección como puso los ojos en la Congregación de la Misión que estaba como en su cuna, casi desconocida en el mundo, y la más pequeña de todas, no estaba por entonces compuesta más que de un muy pequeño número de eclesiásticos de humilde condición, a los que Vicente, su fundador llamaba sacerdotes de los pueblos y los servidores de los pobres, y que hacían profesión particular de sencillez, de humildad y de pobreza.
Recibió pues con una perfecta correspondencia de su corazón la inclinación que Dios le dio a abrazar el estilo de vida de esta Congregación naciente, que estaba en su primer fervor, y en la que los que la componían no eran no tenían más que un corazón y un alma, por la unión de una perfecta caridad, como los cristianos en la primitiva Iglesia. Después de examinar bien ante Dios y pensar por espacio de dos años en los medios de hacerle triunfar, se resolvió a hablar a su respetable padre y seguir sin descanso su ejecución. Le empujaba un deseo tan ardiente de cumplirlo, para obedecer a la vocación divina de la que estaba plenamente persuadido, que el menor retraso le parecía insoportable, como se lo declaró después a una persona de confianza.
Su padre, aunque muy hombre de bien, se sorprendió en extremo por esta propuesta y vivamente afectado por esta resolución, no sólo a causa de la privación de una persona que le era tan querida, sino también a causa del interés de su familia, cuyo hijo debía ser su principal apoyo; de manera que después de manifestarle todo lo que el amor paterno y el sentimiento de una pérdida tal le pudieron sugerir para hacerle cambiar de resolución, le dijo por fin, al verle inflexible, que puesto que había gastado dos años en formar y preparar este proyecto, él necesitaba también al menos otro tanto para ver si debía dar su consentimiento.
Si el Sr. Alméras halló tanta resistencia por parte de su padre en la ejecución de su piadoso proyecto, no la encontró menos por parte del Sr. Vicente cuando se lo hubo declarado; puesto que, si bien este prudente superior reconoció en él excelentes disposiciones, temía todavía que al recibir en su Congregación incipiente a un joven de condición, alimentado delicadamente y que estaba ya educado en un cargo considerable, él no abrió la puerta al menor relajo del espíritu de sencillez, de humildad y de mortificación de lo que hacía con todos los suyos una particular profesión. Por eso hizo todo lo posible para apartarle de su resolución cuando le habló. El Sr. Alméras le contó un día a un sacerdote de la Compañía: » El Sr. Vicente, dijo, adivinando la vanidad de la que yo estaba lleno, me habló de la Congregación de la manera más humillante que se pueda imaginar; me dijo entre otras cosas: Señor, somos unas pobres gentes, mal acomodadas y sin ningún lugar seguro, viéndonos obligados a ir por todas partes adonde la obediencia nos envía. Me explicó después la pobreza del vivir, de los vestidos, del lecho y de todo lo demás, de una manera sorprendente, hasta decirme que si yo hubiera visto la pobreza de los seminaristas y la abyección de sus de sus ejercicios, esto me repelería: de suerte que me imaginaba que el seminario era como un lugar lleno de todas las clases de miserias. Pero, no obstante eso, yo estaba resuelto a entrar en él, porque Dios ya me había avisado sobre este pensamiento, que un hombre que dejaba el mundo no debía ya amar y estimar otra cosa que la pobreza, los sufrimientos y las humillaciones; y yo podía comprender que una persona que se revestía con saco en una religión o con una sotana en una congregación eclesiástica pudiera desear ni buscar otra cosa; y así todo lo que me decía el Sr. Vicente para desaconsejarme era lo que más me fortalecía para abrazarla».
Esto es lo que el Sr. Alméras ha contado él mismo de lo que había pasado entre él y el Sr. Vicente en muchas conversaciones que tuvieron sobre su vocación a la Misión. Este sabio Superior no se quedó allí pues, viendo que no podía con todas estas razones hacer cambiar de resolución al postulante, empleó las advertencias de la Sra. presidenta Goussault, a quien su piedad singular, así como su parentesco daba mucho crédito sobre el espíritu del Sr. Alméras, que era su sobrino; pero todo lo que pudo decir sobre la vida oculta y laboriosa de los misioneros que ella conocía particularmente aumentó su ardor su ardor en lugar de disminuirlo; habiendo reconocido sensiblemente que Dios la llamaba a este género de vida humilde y penoso, se había de tal manera resuelto a ello desde el comienzo que no se esperaba otra cosa en la Misión que privaciones y humillaciones; y él ha conservado tan bien siempre los mismos sentimientos que, como lo confesó después, estaba sorprendido de que le hicieran algún honor y le dieran algún descanso, no creyendo que se le debiera tratar de otra forma que como al último de la casa.
Por último, tras diversas pruebas, la constancia perseverante del Sr. Alméras sobrellevó la resistencia de su padre; y pronto uno y otro, uniendo sus peticiones ante el Sr. Vicente le hicieron aceptar su demanda. No se debe omitir aquí una circunstancia digna de notar, que su padre que había sido al comienzo tan contrario al plan de su hijo, estuvo con el tiempo tan persuadido que su vocación venía de Dios que no se contentó con darle su consentimiento y su bendición; cual otro Abrahán, quiso él mismo contribuir a la ejecución de su sacrificio, llevándole a San Lázaro y presentándosele a san Vicente, al que dijo con una generosidad verdaderamente cristiana que él dejaba en sus manos toda la autoridad que Dios le había dado sobre su hijo, para disponer de él a su voluntad, según los designios de la divina Providencia. El Sr. Vicente, por su parte, le recibió como un regalo del cielo y como una persona cuya vocación extraordinaria y las ventajas de naturaleza y de gracia que había recibido de Dios le eran un presagio que pronto sería una de las principales columnas de la Congregación. Él lo fue, en efecto, durante toda su vida, por el ejemplo de sus virtudes y por su prudente conducta en los primeros cargos de la Compañía.
La gracia que Dios hizo en esta ocasión al Sr. Alméras se extendió hasta la persona de su padre, quien aprovechó mucho, en su estado secular, del ejemplo de virtud que veía en su hijo. Se puede constatar por los sentimientos de heroico desprendimiento del que hizo gala en la carta siguiente. Escribió en 1647 al Sr. Vicente para responder a las excusas que éste le había presentado porque su hijo había ido a Roma sin darle a saber ni despedirse de él: «Cuando considero, dice, de qué manera y con qué conformidad consentí en la vocación de mi hijo, sin que las ternuras naturales me hayan impedido consignarle en vuestras manos, que desde hace casi diez años no he exigido ninguno de los cuidados que los hijos prestan a su padre, que nunca le he hablado de su vocación sino para aprobarla y congratularme de verle allí, tan bien seguro, os manifiesto delante de Dios, que es el único escrutador de los corazones, que no tengo nada que decir sobre los designios que tengáis con la persona de mi hijo, en las comisiones ni en los empleos que le dais ni en los viajes que le encargáis hacer, aunque fueran hasta las Indias. Habiendo puesto, cuando os le llevé por primera vez, en las manos de Dios y en las vuestras la autoridad paterna que tenía sobre él, para haceros su dueño absoluto, yo no puedo ni debo revocar la ofrenda que tan voluntariamente hice de él: de modo que lo que me queda es pedir a Dios que bendiga sus acciones, que haga prosperar sus viajes, y a vos, Señor, que me hagáis un huequecito en vuestras oraciones».
Los términos de esta carta son todo un testimonio de una virtud poco común en un padre que sentía con toda seguridad por un hijo tan digno un afecto igual a su mérito; pero fue más adelante todavía, en el ejercicio de esta virtud, cuando a imitación suya hizo un sacrificio de sí mismo a Dios en la misma Congregación, donde fue recibido el 2 de marzo de 1657. En ella dio una edificación muy grande hasta su muerte. Y ahora el testimonio que de él ha dado el Sr. Vicente, escribiendo a un superior de la Compañía: «El padre del Sr. Alméras honra desde hace algún tiempo al seminario con su presencia, habiendo tenido la devoción de tomar el hábito y la calidad de seminarista, y de asistir a los ejercicios como lo hace, en la medida que se lo permite sus ochenta y dos años. Es una gran humildad para un contable, cabeza de una muy honorable familia, y un venerable anciano; pero así ha encontrado de esta manera el secreto de ser grande en la otra vida, después de haberlo sido en ésta, que es de hacerse pequeño como un niño por el amor de Nuestro Señor».
Después de su muerte, que tuvo lugar al cabo de seis meses, el Sr. Vicente escribió sobre él a las casas de la Congregación en estos términos: «El Sr. Alméras padre ha encontrado el fin de sus días tras ochenta y tres años que ha vivido en la tierra; cayó enfermo el primer día del año, y el cuarto se fue al cielo, tenemos motivos de creerlo así, a la vista de los actos de virtud que le hemos visto practicar a partir de su entrada en la Congregación, que han edificado a toda la casa y que le han dispuesto a una buena muerte, como premio de una larga vida».
Estas son en pocas palabras las bendiciones con las que Dios colmó a este digno padre por los méritos de su hijo.
Capítulo II: Entrada del Sr. Almerás en la Congregación; de las virtudes que se practican en el Seminario, en especial la devoción que tuvo hacia sus padres
El Sr. Alméras una vez obtenida del Sr. Vicente la gracia que pedía después de todas las pruebas que hemos referido ya, comenzó primeramente por el retiro que se hace antes de ser recibido en el seminario de la Congregación de la Misión. A propósito de su situación, hablando confidencialmente a un sacerdote de la misma Compañía, le dijo entre otras cosas, que habiendo pasado seis días en el retiro, según el uso de aquel tiempo, esperaba que le hablaran enseguida de recibirle en el seminario, pero el director del seminario, que le dirigía en sus ejercicios, esperando que pidiera ser recibido, le dejó continuar hasta doce días sin decirle nada sobre el asunto y sin darle a conocer la causa de este retraso. Esto duró hasta que el Sr. Vicente fue verle y le preguntó qué tal encontraba los ejercicios, él le dijo que los encontraba bien y que esperaba la orden de recibirle en el seminario. El Sr.Vicente respondiendo que él esperaba también que se la pidiera de nuevo; y viendo que persistía aún en su primera resolución, le dio a leer el reglamento de la Congregación, para probar todavía más la firmeza de su vocación, antes de admitirle en el seminario con los principiantes.
Durante el tiempo que el Sr. Alméras permaneció así en el retiro, un hermano de la casa que tenía orden de encenderle fuego y hacerle algunos servicios, ha contado lo que sigue: «Como yo iba, decía él, de vez en cuando a la habitación donde el Sr. Alméras hacía su retiro, aprovechaba la ocasión para preguntarme qué se hacía en la Misión, cómo se portaban, lo que se proponía, cómo se vivía, y cosas semejantes de las que se enteraba con diligencia; y yo le respondía sencillamente lo que sabía; los daba señales de interesarle mucho, encendiéndose más y más en su resolución. Y yo le oía decir; «Aquí es donde Dios me llama, aquí es donde me ha llamado siempre. He buscado muchas cosas, no sabía lo que buscaba; pero por fin he encontrado lo que Dios pide de mí».
Fue pues al fin recibido en el seminario el 24 de diciembre de 1638. Desde un principio dio muestras de estar tan muerto a todas las cosas del mundo y a las inclinaciones de la naturaleza, en particular respecto de sus padres que se puede decir con verdad que Nuestro Señor le dio ese día una abundante participación de la gracia de su nacimiento despojándole del hombre viejo y revistiéndole del nuevo de una manera extraordinaria. En este espíritu y en esta disposición de una vida nueva, envió a su casa toda su ropa delicada, su sotana de seda y los demás hábitos, como los restos del hombre viejo, de los que se había despojado de manera que no quería ver ni rastro de ello en la casa; pero lo que es mucho más difícil y digno de admiración, es que se despojó de las máximas del siglo y de las maneras de actuar y de hablar que son ordinarias en los hombres del mundo, y en particular en las personas de condición, que parecía otro distinto a los que le habían conocido antes. En efecto, se entregó en primer lugar, en una continua atención a sí mismo, a imitar a nuestro Señor en sus virtudes que son las más opuestas al orgullo, al fasto y a la vana moda del mundo, por la práctica de la sencillez y de la humildad cristiana que veía brillar en la Congregación de la Misión, y particularmente en la persona de su fundador, el Sr. Vicente, y en la del Sr. de La Salle, director del seminario que eran dos copias fieles de este divino original; en lo que hizo tales progresos que parecía transformado en otro hombre, de manera que muchos que fueron recibidos en la Congregación y que no sabían lo que había sido en el mundo, al verle actuar en particular de una manera tan sencilla y tan humilde le tomaban por un hombre de pueblo o de baja condición. Se entregaba con el mismo fervor a la práctica de todas las virtudes, y en particular de las que son más propias a los misioneros y que componen el espíritu de su vocación. Fue en aquel tiempo cuando el Sr. de La Salle tuvo sobre este asunto varias conferencias en el seminario para descubrir con mayor certeza en qué consistía principalmente este espíritu. Una vez reconocido como un sentimiento unánime, que fue aprobado y confirmado por el Sr. Vicente, que este espíritu consistía en la sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación, celo por la salvación delas almas, el Sr. Alméras, a quien Dios había dado sobre ello muchas luces, no tuvo menos ardor en enriquecerse en este tesoro que había mostrado cómo descubrir, haciendo un provisión tan buena de este espíritu que la ha conservado y aumentado con una fidelidad sin igual hasta su muerte. Esto es lo que le hacía destacar entre los demás, incluso por los externos, que mostraban en los encuentros una estima particular de su virtud. Un sacerdote de la Congregación ha dicho a este propósito que, hallándose por aquel tiempo en una asamblea de muchos abates y de otras personas de condición y de piedad, les oyó hablar con elogio de las virtudes del Sr. Alméras; le compararon con el devoto Berchmans, quien ha sido en su tiempo un excelente modelo de perfección en la Compañía de Jesús; añadieron incluso que veían también varias cosas notables en la vida del Sr. Alméras que no encontraban en la de Berchmans, en tanta estima era considerado ya entonces en virtud y en santidad en el mundo.
Sin embargo él tenía tan bajos sentimientos de sí mismo, que después de acabar, con su fervor ordinario el año de su seminario, pidió y obtuvo del Sr. Vicente quedarse aún un segundo año con los principiantes; y habiendo reconocido por su propia experiencia los grandes frutos que se obtienen de estos dos años de seminario, logró de san Vicente que esta santa práctica fuera observada universalmente en la Congregación, como lo ha sido en adelante con gran provecho de los principiantes que hasta entonces no había permanecido más que un año en el seminario. Pero uno de los más raros ejemplos de virtud que ha dado es el desprendimiento de sus padres, que él practicó desde el comienzo y que lo ha continuado durante toda su vida en un grado muy alto de perfección. Una vez recibido en el seminario, su padre y sus hermanos y demás parientes próximos venían algunas veces las fiestas y los domingos a oír las vísperas a San Lázaro para hablarle a la salida de la iglesia, donde le esperaban al paso; pero él se contentaba con saludarlos de paso sin decir nada, se retiraba con los demás al seminario, y seguía allí hasta que le ordenaran por parte de su director que fuera a hablarles, cosa que ha observado por el resto de su vida con una maravillosa exactitud, no habiendo hecho nunca en tales encuentros mientras ha sido inferior en la Congregación, que por la orden expresa de sus superiores. Desde el día de su entrada, no fue a ver a su padre durante veinte años que permaneció en el mundo, más que unas o dos veces lo más, cuando estaba enfermo; y aún no fue cosa suya, sino por obediencia, que le envió el Sr. Vicente, y aunque haya pasado más de una vez por delante de la casa, saliendo por la ciudad para los asuntos de la Congregación, no entró nunca en ella, como él mismo se lo declaró a un sacerdote de la Compañía, cuando le escribió para disuadirle del pensamiento que tenía de ir a ver a sus padres. Pero lo que parece más sorprendente todavía, es que habiendo sido enviado a a diversos lugares muy alejados, incluso a Roma, donde pasó varios años no sólo no fue a ver a su padre antes de marchar, aunque no supiera si le volvería a ver jamás, ni tampoco al regresar de los viajes, ni siquiera se lo decía, tan muerto estaba al mundo y a las más tiernas inclinaciones de la naturaleza.
Si era tan comedido en este punto para con su padre, no es de extrañar que lo fuese con sus hermanos y sus hermanas: no los fue a visitar nunca, ni siquiera a dos de sus hermanas, religiosas muy virtuosas y que le pidieron varias veces por carta que las consolara con sus palabras, para su edificación espiritual. Sucedió incluso que habiendo sido enviado por el Sr. Vicente al monasterio de Longchamp, donde estaba una de sus hermanas, para tratar de algún asunto importante para la gloria de Dioscon una de las principales religiosas, cumplió su comisión y regresó sin ver ni preguntar por su hermana, siguiendo firme en esta máxima cristiana que ha observado siempre fielmente, de no conceder nada nunca al amor natural para con sus prójimos sino por fuerza de la obediencia; es lo que ha hecho ver en muchas otras ocasiones que se han presentado.
Mientras estaba empleado en las misiones cuya dirección tenía él, su padre le pedía con frecuencia que fuera a dar una en la tierra de un señor que era de sus parientes, y donde él habría sido recibido con honor y con todas las clases de satisfacciones, pero ésta sola consideración fue suficiente para disuadirle, y logró del Sr. Vicente no ser enviado allá.
Él negó, con el mismo espíritu, al Sr. abate Alméras, su hermano la gracia que le pidió de habitar en San Lázaro, aunque fuera por algún tiempo; ya que, aunque fuera por entonces Superior general de la Congregación y tuviera motivos para creer que nadie podría decir nada por haberle concedido este privilegio particular a una persona que tan allegada a él, él no quiso dispensarse a favor suyo de la costumbre ordinaria de la casa, no deseando usar de su poder más que para mantener las reglas y las prácticas de la Congregación. Se excusó por el mismo principio con su hermana, religiosa de Longchamp, por no satisfacer la petición que le había hecho de parte de la abadesa de enviar a alguno de los sacerdotes de su Congregación, de la que era entonces Superior general, para hacer alguna exhortación o conferencia espiritual a las religiosas de este monasterio; le expuso sencillamente la costumbre contraria de la Congregación, alegando su deseo de no dispensarse de las reglas y laudables costumbres que están en uso, sobre todo a favor de la carne y de la sangre, aunque sea por motivos que parecen muy espirituales y no tener otra finalidad que la gloria de Dios.
Capítulo III
Empleos que ha tenido en la Congregación antes de ser elegido Superior general: director del seminario interno (1641); asistente de la casa de San Lázaro; director de los ejercitantes, etc.
El progreso que el Sr. Alméras hizo en la perfección durante los dos años de su seminario fue tan considerable que el Sr. Vicente pensó con justa razón que no era necesario ya tenerle por más tiempo oculto en el retiro y el silencio, sino ponerle en el estado de emplear útilmente en la salvación de las almas las gracias y los talentos con que Dios le había enriquecido. En este plan, le hizo recibir las sagradas órdenes, a las que llevó todas las disposiciones que se podían esperar de su piedad; por ello, recibió el espíritu con plenitud como se ha visto claramente en la continuación de su vida por las bendiciones particulares que Dios ha dado a los diversos empleos a los que se le ha dedicado. El Sr. Vicente comenzó al mismo tiempo a disponerle a las principales funciones de la Congregación, en las que trabajó después bajo la dirección de los más antiguos de la Congregación. Habiendo adquirido pronto en ellas un perfecto conocimiento, llegó a ser en escaso años capaz de guiar y dirigir a los demás. Así, desde el año 1641, el Sr. Vicente le nombró director del seminario interno en el que, con el ejemplo de sus virtudes, sus fervientes y frecuentes exhortaciones, y con su vigilancia y su exactitud elevó a la perfección cristiana y al espíritu de la Misión a gran número de buenos súbditos, quienes han conservado siempre después a él un afecto muy particular.
Se comportaba de tal manera con todos, que creían ser queridos de manera singular por él, lo que es un maravilloso secreto para ganarse el corazón de los inferiores y llevarlos a hacer todo lo que se les proponga.
Todos los domingos y días de fiesta, hacía exhortaciones públicas en el seminario, a las que, no sólo los seminaristas sino también las demás personas de la casa que podían asistir no dejaban de acudir; y tomando por texto durante dieciocho meses o dos años estas palabras de Nuestro Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», trató de las virtudes cristianas y propias de los misioneros con tanta gracia y energía que sus discursos eran recibidos por sus oyentes, según nos lo ha contado uno de ellos, como un celeste maná y como un festín delicioso.
Una de las cosas que él inculcaba muy a menudo a los seminaristas, en particular y en público, era no pararse en el aspecto exterior de la virtud, sino pasar al interior y entregarse a una virtud sólida, fundada en una entera abnegación de sí mismo, que decía muy raro, aun entre los que aspiran a la perfección; usaba de diversas ideas para convencerles de esta verdad, y no omitía ninguna ocasión para hacérsela practicar.
Un día entre otros, les ordenó entregarse a la oración a pensar ante Dios cuál era la virtud más necesaria en un seminarista, con el fin de dedicarse a ella y de tomar resoluciones eficaces; y al día siguiente, charlando con ellos sobre el tema, les pidió a todos, a uno tras otro, hasta los hermanos, sus sentimientos; él escribió al mismo tiempo sobre un papel las virtudes que cada uno le mostró.
Después de lo cual, habiendo constatado qué virtud había tenido más votos, vio que era la mortificación de donde tomó pie para para exhortarles a la práctica de esta de esta virtud fundamental del cristianismo y convencerse por el sentimiento de la mayor parte de entre ellos y por otros poderosos motivos a entregarse a ella con fervor y perseverancia.
Empleaba así diversos medios para instruir y animar a mortificarse en todo; es lo que él ha recomendado tanto a los directores que, después de él, han sido dedicados a este empleo, enseñándoles los medios de hacer adelantar a los seminaristas por el ejercicio de la mortificación en la virtud sólida y en el verdadero espíritu del cristianismo, del que poseía una idea muy alta y un afecto muy ardiente.
Aunque este solo empleo de la dirección de seminario fuera suficiente para ocupar por completo a un director, sobre todo en aquel momento en que había que redactar los estatutos y reglamentos de todos los oficios del seminario y ponerlos en el buen orden en que se los ve hoy todavía, aparte de las exhortaciones más frecuentes, su asiduidad al oficio en el coro y otros ejercicios que añadía a las funciones ordinarias del director, no obstante todo ello era como nada en comparación de su celo: estaba siempre listo para correr con todos los trabajos que la obediencia le proponía a menudo por encima de esta carga pesada.
El Sr. Vicente conocía el alcance y la capacidad de su espíritu, y los grandes dones que Dios había puesto en él para todos los empleos de la Congregación, le confiaba de ordinario los más importantes y los más difíciles: así que le hizo también asistente de la casa de San Lázaro, empleo que por sí solo, como es sabido, ocupa a un hombre por completo; le llamaba también a su consejo para todas las cosas que se presentaban para resolver y le enviaba muchas veces a tratar con las personas del exterior asuntos principales que requerían a un hombre ilustrado como él. El Sr. Vicente decía a veces que estaba seguro de que el Sr. Alméras no se olvidaría nada de lo que se le confiara, tan seguro estaba de su prudente gestión en todo.
Se dedicaba también por aquel entonces a dirigir las misiones de mayor envergadura, y salía a flote siempre con una gracia singular. Por un lado mantenía a los obreros que trabajaban bajo su dirección en una observancia exacta del reglamento, y esto más con el ejemplo que con las palabras; y en cuanto lo que se refiere al pueblo, sabía muy bien, a imitación de san Pablo, hacerse todo a todos para ganarlos a todos a Dios, predicaba según el espíritu de la Misión, de una manera sencilla, clara e inteligible a todos, pero sólida y docta, y propia para persuadir a sus oyentes. No era menor la gracia que tenía para tocar los corazones y llevarlos a una perfecta contricción en el tribunal de la penitencia, para reconciliar a los enemigos, poner de acuerdo a los que estaban en proceso y cumplir con todos los ejercicios que se practican en misión, porque todas sus palabras y todas sus acciones estaban no sólo animadas de un gran celo, sino también acompañadas de una rara prudencia y de una dulzura y paciencia inalterables; traeremos en seguida a colación algunos actos particulares al hablar de estas virtudes.
Fue también dedicado con frecuencia en esta misma época la dirección de personas de la más alta calidad, tanto eclesiásticos como laicos que venían a hacer el retiro espiritual a San Lázaro, como también a la dirección de los ordenandos durante sus ejercicios. Poseía tan bien el orden de estos ejercicios y todo lo requerido para que fueran un éxito para gloria de Dios, que ha redactado la mayor parte de sus reglamentos; de ahí viene que se daba cuenta de las menores faltas que los oficiales subalternos cometían, y no dejaba de advertirles al punto, lo que obligaba a todo el mundo a ser muy cuidadosos en cumplirlos. Lo que, por último, es más digno de admiración respecto de su exactitud en este punto, es que él lo ha practicado hasta el fin de su vida, incluso en lo más fuerte de sus ocupaciones y de sus sufrimientos.
Habiendo continuado así por algunos años ejerciendo el oficio de director del seminario con el cuidado, de toda la casa en calidad de asistente, y todos los demás empleos que acabamos de citar, sucumbió al fin agotado de fuerzas, bajo el peso de tantos trabajos y de las penitencias extraordinarias que hacía al mismo tiempo. Es lo que obligó a san Vicente, en 1646, a darle por sucesor en la dirección del seminario al Sr Lambert, uno de los más antiguos sacerdotes de la Compañía y uno de los más virtuosos de su tiempo, a fin de compensar la privación de un director tan excelente por la elección del más digno sucesor que le podía dar.
A partir de ese tiempo, el Sr. Alméras no pudo recuperarse nunca y estuvo siempre hasta los últimos momentos de su vida en continuos sufrimientos, como se lo declaró a algunas personas de confianza. Pero lo que nos debe hacer admirar más aquí el plan de Dios sobre su fiel servidor, es que habiendo querido santificarle, con esta larga cruz de las debilidades corporales, cuya duración ha sido de más de veintisiete años, él ha suplido de tal manera las fuerzas del cuerpo con las del espíritu, animadas de la gracia, que no ha dejado en toda su vida de trabajar para procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas en los mayores y más importantes empleos de la Congregación.
En efecto, se recuperó un poco de su agotamiento, cuando el Sr. Vicente le empleó en hacer la visita a algunas casas de las provincias alejadas, y desempeñó esta comisión con un fruto muy grande y una singular satisfacción de todos, lo que ha hecho después en diversas provincias, con la misma bendición. Y el Sr. Vicente estaba de tal manera persuadido de la gracia que había tenido para llevar a cabo su empleo, que dijo alguna vez que para restablecer una casa en decadencia de la observancia exacta de las reglas, no había más que enviar al Sr. Alméras, y que él la devolvería pronto a su primer estado.
Después de las primeras visitas que hizo, en especial en Génova, el Sr. Vicente le envió a Roma, y le nombró algún tiempo después superior de la casa, adonde su presencia llevó muchas bendiciones tanto espirituales como temporales. Era un nuevo establecimiento que había comenzado hacía dos años, en el que no había aún más que una casa de alquiler; esta situación era un gran obstáculo al progreso de la Congregación y de sus funciones en aquél país, y una ocasión de muchos líos, a causa de los cambios de residencia en los que había que estar sometidos a la voluntad de los propietarios. El Sr. Alméras a la vista de la gran necesidad de una casa estable y segura, se lo comunicó al Sr. Vicente por cartas para que viera los medios de remediar el asunto cuanto antes. Aunque este prudente superior alabara el celo que le concedía en esto para la gloria de Dios y del adelanto de la Congregación, no obstante teniendo por máxima inviolable de su conducta seguir paso a paso, como él decía, la adorable providencia de Dios, sin adelantarse a ella nunca, y no viendo todavía entonces que le abriera el camino y presentara los medios de ejecutar este plan, se contentó con responder al Sr. Alméras que la hora no había llegado aún; que las obras de Dios no se hacen cuando nosotros las deseamos, sino cuando a él le place, y que era una bondad particular de su parte sobre nosotros darnos esta ocasión de honrar la pobreza de Nuestro Señor, que no había tenido asilo propio en la tierra.
El Sr. Alméras no perdió los ánimos por estas dificultades; al contrario, adivinando los grandes bienes que la Congregación produciría por el servicio de Dios en esta primera ciudad de la cristiandad, si hubiera una casa segura, creyó que no debía omitir nada de lo que dependía de él para hacer realidad este piadoso proyecto. Él se resolvió pues, con el consentimiento del Sr.Vicente, a emplear en la compra de esta casa una suma considerable de la herencia de la Sra. Fayet, su abuela; y cuando la hubo recibido, usó de todos sus cuidados y de toda su diligencia para encontrar una casa propia para las funciones de la Compañía.
Esto fue sin embargo sin poder encontrar ninguna proporcionada a los medios de que se disponía. Se reconoció visiblemente en lo sucesivo que los diversos obstáculos que se encontraron a partir de entonces en la ejecución de esta obra eran un efecto particular de la divina Providencia sobre esta casa naciente.
En efecto, habiéndose visto privada de su renta algún tiempo después por las guerras civiles que sucedieron en Francia, no subsistió durante dos o tres años más que por el socorro de este dinero, del que consumió una parte durante su extrema necesidad; y a pesar de la disminución notable de esta suma destinada a la compra de un inmueble, Dios dispuso tan bien las cosas, algunos años después, que se encontró una casa cómoda, de un precio razonable, que se compró con el resto de este dinero y la ayuda de algunos bienhechores que la divina Providencia suscitó oportunamente para llevar a cabo esta obra importante a su gloria.
Sin embargo, como todas las cosas se logran para el bien de todos los que aman a Dios perfectamente, el Sr. Alméras, que estaba animado en extremo por este amor, sacó un gran provecho de todos estos retrasos y accidentes molestos con muchos actos excelentes de una entera sumisión a la voluntad de Dios.
Los practicó con tal perfección, que habiendo regresado a Francia antes de la compra de una casa, dejó el dinero en las manos del que le sucedió, sin preocuparse y sin dar a conocer que hubiera aportado nunca ningún bien a la casa de Roma. Pero no debe sorprender que después de darse a sí mismo sin reserva a la Compañía hiciera tan poco caso del presente, si bien muy considerable, que le había hecho de sus bienes.
El Sr. Alméras de regreso pues a Francia en 1651, fue establecido algunos meses después superior de San Carlos, en un tiempo difícil a causa de los estragos y pillajes que los extranjeros hacían entonces en los alrededores de París, y a los que esta casa, que se halla a las afueras de los barrios de París, se encontraba expuesta.
Como el Sr. Vicente sabía por experiencia que Dios favorecía en todas partes de forma especial a este digno Misionero, juzgó prudentemente que no podía dar a esta casa, destituida de todo auxilio humano, un apoyo más fuerte que el que ella podía recibir por los méritos de la prudente dirección de tal superior. En efecto, su esperanza no fue vana. Dios protegió en diversas ocasiones a esta casa en medio de los peligros; se vio en particular en una ocasión a propósito de la cual el Sr. Vicente escribió entonces al superior de Génova en los términos siguientes:
«Me hacéis pues esperar, Señor, vuestras oraciones por la paz de este reino: os lo agradezco; nunca la necesidad de ellas fue mayor, no hace más que tres o cuatro noches que teníamos un ejército completo por nuestros alrededores; mas como era perseguido por el del rey levantaron el ala por la mañana a toda prisa, y la retaguardia fue atacada fue atacada tras el seminario de San Carlos. Este seminario corrió muchos riesgos de ser saqueado. Los soldados que habían entrado con estos propósitos quisieron maltratar al Sr. Alméras, que les ofrecía la mesa y el dinero, con tal de que no causasen daños; pero fueron a las habitaciones y rompieron cofres, y cargaron con lo que les pareció lo mejor; y en el momento que salían cargados con el botín, un suizo y un cochero del Sr. duque de Bouillon que pasaban por allí vieron este desorden y echaron mano a la espada contra ellos y, tras hacerles devolver lo que habían tomado, los pusieron en la calle y se quedaron el día y la noche en la casa para impedir que otros ladrones entrasen. Se trata de hombres que no nos conocían y que nos defendieron por compasión. Hay que confesar que Dios es admirable por enviarnos esta defensa tan oportuna. Los hemos recibido y tenido como a dos protectores llegados de su parte; se retiraron al día siguiente, miércoles último, bastante satisfechos de nosotros».
La extrema desolación que causaron las guerras civiles en diversas provincias de Francia, en particular en Picardía y Champaña, encendió la caridad de muchas damas de París para procurar el alivio de los pueblos que se encontraban desprovistos de todo socorro humano.
El Sr Vicente, para corresponder a sus piadosas intenciones, envió el año 1650 a varios Misioneros que fueron empleados en proveer a las necesidades espirituales y corporales de una infinidad de pobres abandonados. Pero como la continuación de estas guerras, que duraron diez años, renovó en diversos lugares miserias semejantes, el Sr. Vicente continuó también siempre las mismas asistencias, con los auxilios de estas caritativas damas envió, entre otros obreros propios para este plan, al Sr. Alméras a la ciudad de Laon y lugares vecinos, en 1654, y éste llevó a cabo su misión con tanta prudencia, caridad y edificación, que los sacerdotes y los pueblos le veneraban como a un santo, y muchos le calificaban con este nombre al hablar de él
Reunió a los pastores y a los sacerdotes del campo que estaban en las ciudades. Les dio varias conferencias espirituales para hacerles distribuir a sus pueblos los socorros que necesitaban; y como no los habían dejado más que porque les faltaban los medios necesarios para subsistir en sus parroquias, él les proporcionó a todos ropas, ornamentos sagrados y pensiones regladas que les eran entregadas de vez en cuando según la necesidad de cada uno; por este medio restableció el culto divino y la administración de los sacramentos en un gran número de iglesias desiertas y despojadas de toda clase de ornamentos.
Procuró con la ayuda de un hermano que le acompañaba, la asistencia corporal de un gran número de pobres de toda edad y condición, y se ocupó de retirar a las pobres jóvenes cuya salvación peligraba debido a la extrema pobreza. Su caridad le había comprometido en trabajos que sobrepasaban con mucho sus fuerzas, cayendo enfermo en el mismo lugar y muy pronto reducido al extremo. El hermano que trabajaba bajo su dirección en el alivio de los pobres de Laon y sus cercanías acudiendo entonces a atenderle, el Sr. Alméras no podía consentir que por él se alejara por poco que fuera de los pobres de quienes debía ocuparse; le decía a menudo: «Hermano, id a vuestros pobres y dejadme a mí». Aunque estuviera en peligro de muerte, no quería tampoco permitir que el hermano le vigilara por la noche, por miedo a incomodarle: haciéndole más sensible su caridad a las necesidades de los pobres y de sus hermanos que a sus propias necesidades.
Quiso al fin Nuestro Señor conceder al piadoso Misionero la salud que tan generosamente había consumido en el servicio de sus miembros; y después de poner buen orden en el alivio de los pobres que todavía necesitaban auxilios, fue llamado a París por el Sr. Vicente. Éste le envió algún tiempo después a Sedan para remediar algunas dificultades que se encontraron entonces en la dirección de la parroquia a consecuencia de la oposición de una persona influyente. Cuando se concluyó su misión, lo que hizo con mucha prudencia, volvió a París. Allí ejerció nuevamente el oficio de asistente en la casa de San Lázaro, no obstante sus debilidades ordinarias que no le impedían emplearse en la dirección de los ordenandos y de otras personas particulares que venían a hacer el retiro espiritual, y demás ocupaciones semejantes.
Sin embargo, como el Sr. Vicente deseaba no omitir nada de cuanto podía contribuir a restablecerle en una salud más perfecta, le envió, en 1657, por consejo de los médicos, a tomar las aguas de Bourbon. Pero el Sr. Alméras, en lugar de encontrar allí algún alivio a sus debilidades, cayó enfermo, debido a una dirección particular de la divina Providencia, y puesto en peligro de muerte. Los médicos perdieron las esperanzas, pero no el Sr. Vicente, quien escribió a un sacerdote de la compañía, por entonces al cuidado del enfermo, esta carta. Hace saber igualmente la estima y el afecto que tenía por un hijo tan digno: «La enfermedad del Sr. Alméras, dice, nos ha consternado a todos, y no sé si alguna vez me he sentido más afligido que ahora, en el temor de que nos veamos privados de él como castigo de mis pecados. Espero no obstante de la bondad divina que con el tiempo y los remedios, se le devuelva la salud. Ya sé que empleáis toda vuestra capacidad, y la de los demás con una gran confianza en Dios. Sí, no hay uno solo que no se tenga por afortunado de asistir a este querido enfermo; pero no estando presentes más que vos y el buen hermano Gauthier, descansamos todos en vuestro afecto y en vuestros cuidados; nos contentamos con compartir vuestra pena común y ofrecérsela a Dios con vuestras personas».
Por último, Dios atendiendo a las oraciones del Sr. Vicente y, de todos sus hijos, devolvió la salud al Sr. Alméras y le concedió además, contra toda apariencia humana, como en otro tiempo a Ezequías, otros quince años y medio de vida más para el bien de toda la Congregación, como vamos a ver.
El Sr. Alméras regresó a París después de un mes de ausencia; allí continuó el oficio de asistente de la casa hasta el año de 1660. Ese año, el Sr. Vicente le envió a la casa de Richelieu, de la que había sido nombrado visitador unos años antes, lo mismo que de otras casas de la Compañía de la provincia del Poitou. Allí se encontraba a la llegada de la corte que regresaba de Guienne después de la conclusión de la paz general, y allí tributó sus cumplidos a sus Majestades.
Hizo la visita de la casa tras la partida de la corte; y se dispuso para regresar a París, siguiendo la orden del Sr.Vicente, cuando cayó enfermo hasta temer que tenía los días contados. Dios se complacía de esta manera en probar la paciencia de su fiel servidor, no sólo por sus debilidades ordinarias, que eran continuas, sino también por grandes y frecuentes enfermedades, para aumentar sus méritos mediante el buen uso que hacía de estas rudas pruebas. Esta enfermedad continuó por varias semanas, aunque a intervalos sentía ligeras mejorías. El Sr. Vicente le escribió durante aquel tiempo varias cartas muy llenas de sentimientos extraordinarios de estima y de amor hacia él, como por el más digno de sus hijos y el más firme apoyo de su Congregación. Traeremos aquí a colación algunos extractos como fieles y muy seguros testimonios de la excelencia de la virtud y del mérito del Sr. Alméras.
«Toda esta casa, le escribía el Sr. Vicente en una de sus cartas, siente vivamente vuestro mal redobla sus instancias ante la divina Bondad por vuestra conservación, y no puedo expresaros la parte que yo tengo en ello en particular; pero viva la voluntad de Dios y que sea siempre alabado por todas sus disposiciones sobre nosotros! Ciertamente, sentiría mucho en tenerlas que soportar, si las considerara fuera del plan divino, que ordena todo para lo mejor. No pensaba que un accidente así os debiera suceder cuando os envié a Richelieu, pero no lo volveré a hacer, aunque vos y yo viviéramos quince o veinte años; la Compañía sufre con la privación de vuestra presencia, y me sentiré más consolado con vuestro regreso de lo que podría estar por cualquier otro asunto que pudiera suceder».
Las otras cartas están llenas de parecidos sentimientos; mas, para abreviar, añadiremos tan sólo lo que el Sr. Vicente, un mes antes de su muerte o así, le informa en la última, después de enterarse que le iba un poco mejor: «¿Cuándo llegará el día, Señor, le dice, que tengamos el consuelo completo de vuestra recuperación? Cómo lo deseo, será una grande gracia, así se lo pido frecuentemente, no sólo po mi interés particular, que no es pequeño, ya que lleno de estima y de ternura por vos, yo soy el primero que sufre con vuestro mal y vuestra ausencia; pero también por la Compañía, la cual, habiendo recibido de vos por la gracia de Dios una gran edificación, necesita aún de vuestra ayuda y de vuestros ejemplos. Os digo esto, Señor, con un sentimiento de gratitud para con Dios y para con vos, y no digo más, porque ello basta para el fin que yo pretendo, que es mostraros que haréis una cosa agradable a Dios si os conserváis y os cuidáis por el reposo y los remedios que tenéis al alcance, y sobre todo por el socorro de Dios. Él no os negará las fuerzas de cuerpo y espíritu necesarias para el plan que tiene sobre la Compañía, si se los pedís por su Hijo Nuestro Señor, el cual, habiendo suscitado la Compañía para su servicio, os ha llamado también a vos tan útilmente por su gracia. No ahorréis pues nada de lo que puede contribuir a vuestra salud y al adelanto de vuestro regreso, tras el cual estamos suspirando».
El Sr. Alméras, habiendo recibido esta última carta, partió de Richelieu, todo lo indispuesto que estaba, echado en unas parihuelas, y llegó a París el 24 de septiembre del 1660, tres días antes de la muerte del Sr. Vicente. Estaba tan abatido por la fatiga del camino, que hubo que llevarlo en primer lugar a la enfermería sin poder hablar entonces al Sr. Vicente; pero este caritativo padre, gozoso en extremo por la llegada de este muy digno hijo, se le adelantó al día siguiente por la mañana, haciéndose llevar a la enfermería. Después de oír la misa, conversó con él en particular largo tiempo y, como se puede adivinar, le instruyó obre las cosas más importantes para el buen orden de su Congregación. Después de lo cual, se hizo llevar a su habitación, y viendo todos sus deseos cumplidos en la tierra por la presencia del que creía deber sucederle, no pensó más que en unirse más perfectamente a Dios mediante la separación de todas las cosas de este mundo, y la liberación de la larga prisión de su cuerpo. Es lo que Dios le concedió pronto, entrando desde el día siguiente en agonía y habiendo terminado su santa vida con una muerte dichosa, la mañana del día siguiente, 27 de septiembre.








