Reflexión sobre las misiones «Ad Gentes» a la luz de san Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»1 Comment

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Autor: Antonino Orcajo, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: Vincentiana.
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logo-cm-iiDesde el anuncio de la próxima canonización de Juan Gabriel Perboyre bulle en el pecho de muchos misioneros una inquietud renovada por las misiones «ad gentes». De éstas dicen las Constituciones CM, en consonancia con el pensamiento de San Vicente, que «ocupan un lugar eminente entre las obras de apostolado de la Congregación» (CC. 16). Las exhortaciones del Fundador sobre el mismo tema se han agolpado en mi memoria al releer las cartas del P. Robert P. Maloney C.M., Superior General, en las que daba cuenta de las visitas giradas a China y a África y lanzaba a la vez llamadas a todos los miembros de la Congregación, para que respondieran generosamente ofreciéndose a ir a las misiones internacionales sostenidas por la Congregación. ¿Será debido a que en las circunstancias actuales la Congregación entera tendrá que dar pruebas más evidentes, o hacer mayores sacrificios de personas y de medios, para demostrar que, de hecho, las misiones ocupan ese «lugar eminente» entre sus obras? ¿No estará pendiente la reactivación del espíritu misionero en una entrega más generalizada a las misiones en cuyos países existe la pobreza más vergonzosa y urgente de socorro? La dedicación real a las misiones revitaliza hoy y siempre el espíritu de una Congregación nacida precisamente para evangelizar en cualquier lugar del mundo.

Ya en tiempo de San Vicente, los misioneros se crecían en la vocación ante la urgencia de ir a «países lejanos» en los que el Evangelio no había sido predicado, o la Iglesia no estaba establecida. El llamamiento a las misiones constituía un revulsivo vocacional que explotaba el Fundador en sus comunicaciones orales y escritas.1 Lo mismo cabe afirmar de las misiones asumidas por los Superiores Generales, sucesores de San Vicente, que generaron y consolidaron valiosísimas vocaciones a la Congregación de la Misión. El ejemplo de Juan Gabriel Perboyre lo confirma. Su dedicación a predicar el mensaje del Evangelio, primero en los seminarios de San Floro y del Seminario Interno de París y luego en China, dedicación sellada por el amor a Jesucristo y a la Iglesia, ha producido bienes incalculables en toda la cristiandad y sobre todo en la pequeña parcela de la familia Vicenciana.

La pasión por el seguimiento de Jesús Evangelizador de los pobres.

La entrega a las misiones arranca del amor apasionado a Jesús, enviado del Padre para evangelizar a los pobres, según la experiencia Vicenciana. Jesús es el primero y el modelo excelso de todos los misioneros. Encarnado en nuestra naturaleza y ungido por el Espíritu para anunciar la Buena Noticia de la salvación, Jesús de Nazaret enseña en las sinagogas, cura a los enfermos, perdona a los pecadores y llama a todos a la conversión. En él se cumplen las Escrituras sobre el Mesías (cf. Lc 4,21), que pasó haciendo el bien por los pueblos y aldeas de Palestina, y que habría traspasado sus fronteras «si hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar y predicar la conversión a las naciones pobres. Para eso envió él a sus apóstoles y nos envía a nosotros como a ellos, para llevar su fuego a todas partes» (SVP XI,190).2 He aquí el misionero de los pobres, lleno de caridad compasiva y misericordiosa, que suscita la vocación de Vicente de Paúl y de la Misión que él mismo echara a andar, a partir del año 1617, con ocasión de la misión dada en Gannes-Folleville.

Las referencias Vicencianas a Jesús misionero son constantes en cualquier área en que se desenvuelvan sus enseñanzas espirituales, comunitarias y apostólicas. Un testigo nos asegura que «cuando el Sr. Vicente habla a fondo (…) de la compasión con los afligidos, de la asistencia a los pobres, del celo por la salvación de las almas (…), eso lo realiza en la práctica y en la expresión» (SVP X1,835-836). Con toda seguridad, el contagio que inyectaba en sus compañeros se debía al amor profesado a Jesús, Salvador del mundo. De ahí que todos quedaran impresionados de su conducta y palabra, y dispuestos, en general, a ir hasta los últimos confines del mundo para «dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el Reino de los cielos, y que ese Reino es para los pobres» (SVP XI,387). Muchas veces le habían oído decir que su mayor ideal, en la tierra, era servir el Evangelio a toda criatura, por distante que fuera, y que envidiaba la suerte de los misioneros enviados a «los cuatro rincones del mundo» (cf. SVP III,260; XI,28). En fin, el deseo de imitar a Jesús Evangelizador de los pobres no era sustituido, en absoluto, por motivos exclusivos del orden sociológico.

¿Quién no percibe en estas palabras la resonancia que produjeron en generaciones posteriores? No hay nadie entre nosotros que desconozca, al menos en teoría, que la vocación a seguir a Jesús Evangelizador de los pobres entraña una disposición íntima para ir a cualquier lugar del mundo. Si existe alguna pista de discernimiento vocacional misionero, tiene que ser la de sentir la urgencia de la caridad de Cristo, como San Pablo, para llevar a todos al conocimiento de Dios y de su enviado Jesucristo (Jn 17,3). De no ser así, habría errado al entrar en una Compañía, «educada en tal disposición que, dejándolo todo, cuando quiera Su Santidad enviarla a capite ad calcem, vaya muy gustosa» (SVP II,214). Esto escribía el Fundador a B. Codoing, el 25 de mayo de 1642, expresándole el gran consuelo que experimentaba al recibir distintas llamadas de Mons. Ingoli, primer secretario «de Propaganda Fide», para hacerse cargo de algunas misiones. Tal sentimiento no obedecía a una emoción pasajera, sino a la más profunda convicción de fe y de amor a Jesucristo, como lo prueban multitud de comunicaciones anteriores y posteriores a la conocida del 25 de mayo de 1642. Pesaba sobre él el convencimiento de que era en esos países de misión donde reinaban la mayor pobreza material y la falta de operarios, y la mies era más abundante (cf. SVP X,379). Pese a los tres siglos transcurridos, se mantiene la misma realidad: no hay desolación más triste en el mundo que la contemplada en los países subdesarrollados, como lo acreditan incontables testigos, no sólo Jerarcas de la Iglesia y Superiores de Congregaciones misioneras, sino cualquier observador atento a la evolución de los pueblos.

El amor probado a la Iglesia

La misión de Jesús al mundo y el envío que él hace de sus Apóstoles, con el mandato de predicar el Evangelio a todas las gentes (Mt 28,19-20), vigorizan las catequesis de San Vicente a sus discípulos. Tras muchas explicaciones sobre la vocación misionera, concluye con gran conocimiento del sentido etimológico y conceptual del término «misionero», equivalente al de apóstol: «¿Qué quiere decir misionero? Quiere decir enviado, enviado de Dios. A vosotros os ha dicho el Señor: Euntes in mundum uníversum, predicate evangelium omni creaturae» (SVP XI,342). En efecto, los Doce, obedeciendo la orden de su Señor, se reparten por el mundo, dando testimonio con palabras y obras de la vida de Jesús, encarnado, muerto y resucitado por la salvación liberación de toda la humanidad. Como prueba de su amor a Jesús, arrostran persecuciones, cárceles, amenazas y hasta la muerte sin que nada ni nadie detuviera sus pasos o acallara su voz. Sobre todo el gran Apóstol San Pablo, vaso de elección, es modelo infatigable de trabajo y de amor a las comunidades cristianas que van surgiendo en un lugar o en otro, a impulsos del Espíritu que le llevaba por distintos caminos.

El Fundador de la Congregación no sabe leer el libro de los Hechos de los Apóstoles sin sentirse acuciado por el mismo Espíritu que impelía a Pablo de Tarso a anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo. Después de la lectura, el Sr. Vicente transmitía a sus compañeros el fuego que le devoraba por dentro. Tampoco a él, como a los Apóstoles, le arredraban las penalidades de la evangelización, ni siquiera las bajas de la Compañía por causa de las misiones. Decía, por el contrario: «Que no os acobarden las dificultades. Se trata de la gloria del Padre y de la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo. La salvación de los pueblos y nuestra propia salvación son un beneficio tan grande que merece cualquier esfuerzo, al precio que sea; no importa que muramos antes, con tal que muramos con las armas en la mano (…). Por un misionero que da la vida por caridad, Dios suscitará otros muchos que harán el bien que primero haya dejado de hacer» (SVP Xl,290).

La historia se ha encargado de confirmar esta profecía que había sido ya consignada por Tertuliano en su Apologeticus: «Sanguis martyrum, semen christianorun«.¡Qué duda cabe que la sangre de nuestros mártires, como la de Juan Gabriel Perboyre y poco antes la de Francisco Regis Clet, por citar sólo dos ejemplos, han sido semilla de abundantes vocaciones misioneras! La obra de las misiones interiores y exteriores no admite parangón con otros ministerios de la Congregación. Aquélla posee una fuerza educadora que no ofrece el resto de los ministerios. Son los modelos admirables de entrega a la evangelización de la fe los que han forjado las auténticas vocaciones a la Congregación y han dado más santos a la comunidad. Si esto es así, como no cabe duda, en el caso de diluirse el carisma de las misiones quedaría minada la Compañía en su vocación esencial y poco podría ofrecer a quienes se presentan para ser continuadores de la obra principal de Jesús, que vino del cielo a la tierra en cumplimiento de la misión encomendada por el Padre.

El amor apasionado por Jesús se vive conjuntamente en el amor a la Iglesia evangelizadora y evangelizada por aquellos mismos a los que ella consagra su trabajo. Así lo han testimoniado todos los servidores del Evangelio. La Iglesia como Reino de Dios, Redil de las ovejas y Cuerpo de Cristo sugiere a San Vicente interesantes enseñanzas misioneras, expresión de su experiencia bautismal y sacerdotal. Como Reino de Dios, la Iglesia demuestra, por medio de las misiones, que el Espíritu Santo la guía (cf. SVP XI,730). Como Redil o Grey, la Iglesia requiere pastores celosos que apacienten a sus ovejas, vayan en su busca si se han extraviado, venden sus heridas y atraigan a todas al único establo de salvación (cf. Lc 15,4-7; Mt 18,12-14). Como Cuerpo de Cristo, la Iglesia se compone de muchos miembros trabados íntimamente entre sí, siendo los misioneros los más solidarios y compasivos de los miembros dolientes de ese Cuerpo (cf. SVP XI,560-561). En estas imágenes de la Iglesia y en otras, como Mies que requiere obreros que trabajen para la cosecha (cf. SVP X1,734), o como Esposa que necesita purificarse (cf. SVP II,377), se destaca la bondad de Dios, que «nos ha escogido a los misioneros como instrumentos de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas» (SVP XI,553).

El temor de que la Iglesia desapareciera en Europa a causa de las guerras de religión y de la depravación de costumbres, espoleaba el celo de San Vicente. En 1647 descubre dicha inquietud a J. Dehorgny: «Puedo decirle que es éste un sentimiento que hace tiempo está haciendo mella en mi alma (.. J. Pero, aunque Dios no tuviera este designio, ¿no debemos, acaso, contribuir a la extensión de la Iglesia?» (SVP IIl,143). Lo cierto es que en la dedicación a las misiones y a la formación del clero invertía sus mejores fuerzas como prueba de su amor a la Iglesia.

El ardor de la caridad

Evidentemente, aquellas imágenes de la Iglesia tienen su aplicación a personas físicas y colectivas, aunque no todas hayan recibido el mismo carisma de la caridad misionera. La caridad fue la que arrastró al Hijo de Dios a hacerse hombre como nosotros y «para establecer entre nosotros, por su ejemplo y su palabra, la caridad con el prójimo» (SVP Xl,555). Si analizamos bien los orígenes de la Misión, veremos que fue «el celo por la salvación de las almas» el que le dio nacimiento. Por eso obra siempre urgida por la caridad e incluso permanece «en estado de caridad» (cf. SVP XI,564).

El efecto sobresaliente de la caridad es el celo apostólico, celo por la gloria de Dios en la tierra, celo por llevar el Evangelio a todas las naciones. Es la virtud más característica del misionero y en la que más insistió el Fundador de la Misión bajo distintos aspectos. Todos hemos oído infinidad de veces aquella reflexión suya, inspirada por cierto en otra similar de San Francisco de Sales sobre la devoción: «El celo consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo por extender el Reino de Dios, celo de procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor es fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo. El celo es lo más puro que hay en el amor a Dios» (SVP XI,590). Ahora se comprende mejor por qué los misioneros son dechados de caridad: porque siguen a Jesús, «que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de hacer nosotros sino que arda y lo consuma todo?» (SVP XI,555).

El misionero demuestra que está abrasado de caridad teologal si siente la necesidad de llevarla a los pueblos necesitados, aunque se vea imposibilitado por la debilidad. En este caso, el hervor de su caridad interior producirá efectos invisibles pero reales en el Cuerpo total de Cristo. Muchos, como consecuencia de la comunión de los santos, experimentarán, sin saber cómo, que una fuerza les empuja a dar su vida por los hermanos. Los Papas Pablo VI y Juan Pablo 11 lo han puesto de relieve en sus encíclicas y alocuciones misionales al referirse al celo, producto de la caridad, tan necesario en la empresa común de la evangelización de los pueblos. La ausencia de celo traduciría, en cambio, efectos contrarios a la caridad, que es, por naturaleza, expansiva y contagiosa: la pusilanimidad, la cobardía, la insensibilidad, la pereza y la comodidad, vicios que fustiga severamente San Vicente como enemigos enconados de la Misión. Causa hasta risa imaginarse al Fundador de la Congregación ironizando y ridiculizando a los perezosos y vacíos de celo evangélico, mientras que levanta admiración y entusiasmo cuando ensalza a los intrépidos apóstoles del Evangelio. Semejante entusiasmo le brotaba al constatar la vida interior que cultivaban muchos misioneros, ansiosos de ir a misiones a pesar de su edad avanzada y de la enfermedad; pero, sobre todo, al comprobar que algunos compañeros morían empeñados en la obra principal de la Iglesia y de la Congregación.

A éstos consideraba felices y dichosos. San Pablo, San Vicente Ferrer y San Francisco Javier eran tenidos como auténticos testigos de Jesús, por haber llevado a los pueblos el Reino de Dios. Por eso San Vicente alentaba la ilusión de las misiones, que «es la labor más elevada, la más útil y santificadora que hay en la Iglesia …). Los apóstoles y los mejores santos se han considerado muy felices en consumirse por esto» (SVP IV,348). En una ocasión, al hablar de la vocación misionera, apuntó la causa de tanta dicha: «¡Qué feliz es la condición de un misionero que no tiene más limites en sus misiones que el mundo habitable! ¿Por qué restringirnos entonces a un punto y ponernos límites dentro de una parroquia, si es nuestra toda la circunferencia del círculo?» (SVP X1,828-829).

La envidiable disponibilidad

El celo o caridad en llamas exige una actitud de disponibilidad sin la que es imposible la obra excelsa de las misiones. En tiempo del Fundador, la disponibilidad era requisito y prueba de la vocación a la Misión. En efecto, «nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia ni sólo a una Diócesis, sino por toda la tierra» (SVP XI,553). Lo contrario equivaldría a negarse a los designios de Dios sobre esta Compañía que ha de estar presente donde haya mayor necesidad de operarios evangélicos. No habrá misiones si faltan misioneros disponibles, libres de toda atadura esclavizante: lugares, ministerios y aficiones idolátricas. La disponibilidad no conoce fronteras de lenguas, color, culturas ni costumbres. Las dificultades que presentan las misiones carecen de importancia para un misionero despegado de sí mismo y de los bienes que promete el Maligno. Lo que cuenta para él es el seguimiento de Jesús, que no tuvo lugar fijo ni dónde reclinar su cabeza.

¿Está hoy en crisis la disponibilidad de las viejas comunidades de la Congregación? ¿No tienden a replegarse en sí mismas, como el caracol en su concha? ¿No andan más preocupadas de la propia subsistencia, que de ampliar horizontes universales? A juzgar por las cartas antedichas del actual Superior General, se advierten signos de entusiasmo misionero por doquier; no obstante, insiste en dirigir nuevas llamadas a la disponibilidad de todos los miembros de la Congregación. Aunque el descenso numérico de vocaciones en Occidente y el envejecimiento del personal de las antiguas Provincias son datos irrefutables, no responden, al parecer, a pruebas contundentes de falta de espíritu para las misiones «ad gentes». Si es cierto que el número total de salidas y de defunciones en la Congregación supera hoy al de ordenaciones sacerdotales, se comprueba, por otra parte, que el ardor misionero permanece incandescente en muchos cohermanos que trabajan en Iglesias jóvenes de gran porvenir vocacional. Si se detecta cierto individualismo en el desempeño de algunas funciones, desenmascarado en documentos de las últimas Asambleas, se cuenta a la vez con la colaboración internacional en proyectos misionales. Argumentos a favor y en contra matizan el comportamiento disponible de los misioneros de hogaño, que ojalá guarden «memoria selectiva» de la conducta generalizada de los misioneros de antaño ante las llamadas de socorro recibidas de los Superiores Mayores.

Algunas viejas comunidades aún tienen campo abierto para el ministerio de las «misiones populares». Si como enseña Juan Pablo II, «la misión ad intra es signo creíble y estímulo de la misión ad extra, y viceversa» (RM 34), la disponibilidad para la primera contribuye a verificar el espíritu universal que requiere la segunda, y a la inversa, la participación activa -cuanto mayor, mejor- en las misiones exteriores refuerza el ideal de las misiones interiores. Esta constatación viene además firmada por la historia de la Iglesia y de nuestra propia comunidad. En la Congregación de la Misión, las misiones «ad gentes» nacieron de la pujanza de las misiones a los pueblos de vieja cristiandad. Así lo entendió y explicó San Vicente: «Hemos de mantener aquí animosamente las posesiones de la Iglesia y los intereses de Jesucristo, y entre tanto trabajar incesantemente por realizar nuevas conquistas y hacer que lo reconozcan los pueblos más lejanos» (SVP XI,245). Esto decía, con lenguaje de su tiempo, contando con reducido número de personal y con adversidades previstas e imprevistas.

Conclusión

Nada y nadie impiden que el espíritu misionero, abierto a cualquier disposición de la Providencia, se viva con esperanza ante el futuro. Todos los misioneros, incluidos los enfermos y ancianos, están llamados, cada uno desde su puesto, a buscar y a establecer el Reino de Dios cerca y lejos de sí mismos. Los probados por la incapacidad física ayudan a sostener vivos los anhelos de misión de los que trabajan en medio de fuerte oposición. A este propósito conviene recordar aquella sentencia de San Vicente: «Jesucristo y los santos hicieron mucho más sufriendo que obrando» (SVP II,9). Clavados sus ojos en Jesús crucificado, que murió por la salvación de todas las gentes, en obediencia al Padre y amor a los hombres, los misioneros reducidos al silencio y al dolor completan la pasión redentora de Cristo uniéndose, cordialmente, al Cuerpo doliente y Evangelizador de la Iglesia.

  1. El tema de las misiones «ad gentes», en relación con San Vicente, ha sido ampliamente tratado por distintos autores. Aquí damos un breve extracto de sus enseñanzas, cf. Redondo, J., Misionología de San Vicente, México 1960; Van Winsen, Saint Vincent et les missions étrangeres, Vincentiana (1978), pp. l58-182; Esparza, C., San Vicente de Paúl y la misión «ad gentes», Caminos de Misión (1992), n_ 50, pp.21-26; n_ 51, pp.23-25; Orcajo, A., La visión misionera de San Vicente, San Vicente y la misión «ad gentes», CEME, Salamanca 1995, pp.169-199.
  2. Citamos a San Vicente de Paúl, Obras Completas, según la edición española de Sígueme, en letra cursiva, seguida de tomo y página a continuación del texto.

One Comment on “Reflexión sobre las misiones «Ad Gentes» a la luz de san Vicente”

  1. Buenas noches quiero saber si tienen hogares misioneros en México , si me pueden proporcionar los teléfonos , se los agradeceré infinitamente

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