Nuestra casa de Barcelona y la revolución (1936)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Antonio Tugores · Year of first publication: 1939 · Source: Anales Barcelona.
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Barcelona 3Por encargo de nuestro Sr. Visitador voy a escribir, para nuestros hermanos ausentes que no han vivido los días trágicos de la revolución ni han experimentado los sinsabores 92 la dominación roja, la suerte que tocó a nuestra amadla Ca-a Central de Barcelona y a su personal. Muy apurado me veo, por cierto, al cumplir tal encargo, primeramente porque al hallarme de nuevo en nuestra amada Casa, en un aposento, que por lo bonito, y pulcra, aunque modestamente amueblado, en compañía .de varios de mis queridos cohermanos, contribuye en gran manera a que uno se olvide de las tribulaciones pasadas y no piense más que en la dicha presente; y en se­gundo lugar, porque son tantas y tan variadas las impresio­nes y las escenas y los temores y las angustias sufridas, que más son para ser contados en una tertulia que para ser tras­ladados al papel. Sin embargo, contando con la bendición de la obediencia y con la amabilidad de los lectores de nuestros «Anales», intentaré resumir lo sucedido desde el 19 de Julio de 1936 hasta el presente en lo tocante a nuestra Casa y a, su personal.

AÑO 1936

Sabido es de todos el dichoso y’ bendito día en que el Ejér­cito Nacional, al grito heroico y justiciero del nunca bastante ponderado General Franco, hoy invicto Caudillo y bienamado Jefe de las Españas, se levantó contra un gobierno sectario para salvar a la Patria amenazada de muerte. Aquel día, 18 de Julio de 1936, empezó la expectación de algo nuevo, bueno y grande; se conmovieron las entrañas de todo buen espa­ñol; se despertaron las ansias de sacudir el yugo ominoso de un no sé qué; se vislumbraron horizontes de color de rosa; se concibieron vivas esperanzas de un dichoso porvenir…; pero no contábamos con las fuerzas del mal, y así fue que aquellas esperanzas se convirtieron en la expectación larga y dolorosa de un anhelado alumbramiento que después de dos años y medio de agudos dolores nos ha dado la paz y la ver­dadera libertad. Ahora sí que podemos felicitarnos y alegrar­nos en Dios, porque hemos visto el feliz desenlace de una lucha, la más encarnizada que han visto los siglos y el glo­rioso éxito de la Cruzada más heroica y grande de España.

Al saberse en Barcelona el levantamiento del Ejército en África y el traslado de fuerzas a la península, se conmovie­ron las masas populares, rugió la fiera del Frente popular, todos los elementos más extremistas se dieron la consigna echarse a la calle como un solo hombre para aplastar a les militares y hacer abortar lo que ellos llamaban la militarada. De Madrid empezaron a llover por la radio destituciones de generales, licenciamientos de la tropa, excitaciones a la huel­ga general, arengas para que el proletariado en masa se opusiera con toda la fuerza al Movimiento de los militares traidores.

Aquella noche estuvimos sobre un volcán y nos acostamos muy tarde cargados de negros presentimientos de que algo muy grave sucedería al día siguiente, como así fue.

Hacia las 5 de la madrugada se oyó fuerte tiroteo que duró todo el día. Nosotros celebrábamos la fiesta principal de San Vicente. A las 8 aun se llenó la iglesia de gente y hubo comunión general; pero en las otras misas ya disminuyó la concurrencia de fieles. A las diez se había de celebrar misa solemne con sermón; todo quedó suprimido; aumentaba el tiroteo, se oía el estampido del cañón; se veían volar algunos aeroplanos que ametrallaban a las tropas; empezaron a correr noticias alarmantes, de soldados heridos, de fuertes combates en la Plaza de Cataluña, en Atarazanas, frente a Capitanía…; empezó a oírse la campana de la ambulancia que trasladaba muertos y heridos al Hospital Clínico; las calles de nuestra barriada se veían solitarias; a las 12 se dijo la última misa con 4 o 5 personas, cerramos las puertas de la calle y nos quedamos con dos invitadas para la comida, los demás ya no comparecieron.

Todo el día estuvimos con la puerta de la calle cerrada oyendo el fragor de la refriega. Hacia las 6 de la tarde empezó a despejarse la, situación; se decía que las masas po­pulares, echándose como un bloque sobre las ametralladoras de los soldados, arrollaban a éstos y se apoderaban de aque­llas; que lo mismo hacían con los cañones y con los fusiles; que los soldados se escapaban; que el pueblo ganaba la b– talla; que se veían correr locamente autos abarrotados de obreros armados de fusiles apuntando en todas direcciones; que ardían algunas iglesias, por ejemplo, Belén, los Escola­pios, la parroquia de Bonanova…. Ante estas noticias resolvi­mos abandonar nuestra amada Casa e intentar poner a salvo al Santísimo Sacramento y a nuestras personas.

Formábamos la Comunidad: El Sr. Comellas, Visitador; el Sr. Ramis, Superior; el Sr. Vigo, el Sr. Carmaniu, el Sr. Be­renguer, el S. Civit, el Sr. Domenge, el Sr. Bartolomé, el Sr. Binimelis, el Sr. Navarro, el Sr. Pérez (Luís), el Sr. Que­ralt y el que suscribe, con los Hermanos Coadjutores Rit, Portí, Irigoyen, Salas e Inglés. Además había el Rdo. José Casabosch, sacerdote de la Diócesis de Vich, quien vivía k-u nuestra casa hacía ya varios años; el ayudante de la Esco­lanía D. Antonio Trilla y dos hermanos de los EE. UU., los Sres. M. Stakelum y E. Guyot, venidos de Roma para pasar sus vacaciones en España. Estos dos pobres señores no enten­dían el español; sin embargo, dado su carácter afable, sim­pático, alegre y tranquilo o despreocupado, pudieron ser colo­cados en una casita próxima a la nuestra, la familia del Sr. José Pérez, un señor socio de nuestro Apostolado de lo Oración, muy intrépido y celoso, a quien Dios ha hecho participante notablemente en la cruz durante el dominio rojo, pues ha sido detenido dos veces, metido en las cárceles, llevado al campo de fortificaciones, padeciendo malos tratos y muchas necesidades, hasta que con la llegada de los Nacionales reco­bró la libertad. Dichos Sres. sacerdotes estuvieron con la familia del Sr. Pérez hasta el día 24, en que pudieron embar­carse hacia Marsella, adonde llegaron el día de Santiago.

El día 17 había embarcado para Palma de Mallorca el Sr. Comellas acompañado del Sr. Bartolomé y del Hno. Salas para asistir a las fiestas que aquella Casa, verdadera Arca de salvación, celebraba con motivo del segundo centenario de su ininterrumpida existencia. Con el mismo objeto se oían reunido en dicha Casa nuestros Hermanos Estudiantes de Espluga de Francolí y varios miembros de las casas de Figueras y de Bellpuig, todos los cuales han encontrado en nuestra antigua Casa de Palma un verdadero asilo preparado por la Providencia de Dios, ya que sin ella sin duda hoy ten­dríamos que lamentar muchas víctimas más.

El Sr. Domenge, por razón de su delicada salud, se encon­traba en Viladrau, haciendo curas de descanso. Allí le sor­prendió la revolución. En medio de muchos apuros pasó a Barcelona; de aquí pudo obtener un pasaporte para Génova, donde residió durante un mes; de allí pasó a Roma y de la Ciudad eterna pasó a Mallorca, donde actualmente se halla reponiendo su salud.

Todos los restantes nos vestimos de paisano y nos dispu­simos a marchar de nuestra amada Casa, dejando en ella nues­tro corazón depositado sobre mil objetos ,q),. ya no veríamos más. Por ser la fiesta principal de la Casa, en la iglesia quedaban los mejores lienzos y ornamentos; en la cocina los víveres para los convidados, que sin duda sugerirían a los incendiarios la idea de que los frailes se daban una vida opí­para; en la escuela mis desvelos de 14 años, libros, cuadros, armarios, el gramófono con una hermosa colección de pla­cas…; todo se quedaba allí, adiós todo y para siempre; la excesiva y falsa seguridad de que todo pasaría como en el seis de Octubre de 1934, en que un puñado de soldados redujo a la Generalidad, y los gritos de Dencás llamando a su alre­dedor a la F. A. I. y a toda su parentela se perdieron en la inmunda oscuridad de una cloaca, o tal vez los secretos desig­nios de Dios hicieron que el sábado no pensara en poner a salvo lo más querido, repartiéndolo entre las familias de les niños, varios de los cuales estuvieron jugando por el patio hasta las 8 de la noche; entonces me encontraba solo, ya no había tiempo para nada; ya no me quedaba más que la sole­dad y el miedo acompañado de los más negros presentimien­tos. Mientras el Sr. Pérez ponía a salvo la sagrada Eucaristía trasladándola a casa de las señoritas Ibáñez, yo me postré ante el buen Jesús pidiéndole su bendición y su asistencia, que conozco me ha acompañado en todo momento durante todo el período de calamidades que me ha tocado vivir.

Todos nos despedimos y nos dispersamos acogiéndonos en casas hospitalarias de vecinos o amigos. A aquella hora transitaba muy poca gente por nuestra calle. Yo me dirigía a casa del Sr. Cayetano Florenza cuyos hijos había tenido por discí­pulos, quien ya me esperaba. Antes de llegar entré en otra casa para saludar a sus habitantes, la familia del Sr. José Castells, también padre de tres discípulos míos, quien, al ver­me, me obligó a quedarme en su casa.

Desde mi primer refugio pude ver un poco lo que pasaba. Completo triunfo de la revolución : empezaron a circular a gran velocidad autos llenos de obreros armados, con banderas rojas llevando escritos con grandes caracteres los nombres de F.A.I- C.N.T-U.G.T y otros. También se veían hombres con bonete de sacerdote puesto en la cabeza; todos pasaban gritando y gesticulando con el puño en alto e invitando a todos a levan­tarlo. Lo que me horrorizó más fue el ver a la Guardia Civil metida en tales autos mezclada entre los obreros armados, con la pistola en la mano y mirando a los balcones. ¡Qué mal y qué degradado aparecía el tricornio! ¡Cómo! ¡La Guardia Civil, esperanza y brazo robusto para imponer el orden, mez­clada con los incendiarios, con los asesinos! ¡Quomodo obs­curatum est ,aurum!

Derrotado el Ejército de Barcelona y preso el general Go­ded, tomado el edificio de la Capitanía, asaltados los cuar­teles, todas las armas pasaron a manos de los revolucionarios, toda la gente más soez iba armada, la escoria de la sociedad lucía un fusil o una pistola, las fachas patibularias aparecían amenazadoras, surgieron, como las setas, los temibles milicia­nos, la barbarie creció como el mar tempestuoso, que, lejos de calmarse iba agigantándose, agitado por su misma loca ma­licia y muy especialmente por los más osados que empezaron a hablar por la radio, ensalzando hasta las nubes las gestas del pueblo, arengándole para conquistar todos sus derechos, ofreciéndole una dicha nunca soñada, despotricando horroro­samente contra el militar traidor, presentándole como enemigo del obrero y amparador del capitalista; a ese militar se le aca­baba de aplastar en Barcelona ; no había bastante, todos de­bían prepararse para ir a Zaragoza, todos a Zaragoza.

Con las multitudes armadas ya no se podía esperar nada bueno, y había que temer lo peor. Así fue que aquella noche y durante días y semanas lo peor de la sociedad se manifestó como lo que era; se cometieron multitud de actos capaces de avergonzar a los caníbales y a las mismas fieras de la selva; empezaron, como siempre quemando iglesias y conventos; se profanaron las tumbas, se persiguió, se cazó y se mató a in­finidad de religiosos de ambos sexos; la prensa daba cuenta en artículos y en fotografías de los hechos consumados y lo daba por muy bien hecho añadiendo la burla sarcástica y blasfema contra las instituciones religiosas.

Por eso no es de extrañar que nuestra Casa e iglesia fue­ran devastadas; porque la impiedad no ha perdonado ningu­na capilla ni ermita; allí donde aparecía el más sencillo signo de religión, allí acudía la barbarie utravandálica a marcar su huella infernal; se había propuesto destruir y borrar toda señal de la Iglesia, según he oído en varios mítines celebrados por las fobias más asquerosas, y en que los charlatanes sectarios eran aplaudidos por una multitud entusiasta. Cuan­do yo oía tales absurdos, tamañas mentiras y calumnias, tan gratuitas afirmaciones contra toda verdad, y especialmente cuando oía los aplausos de los concurrentes, me horrorizaba y me preguntaba si la sociedad, la humanidad se había vuelto loca,, si ya no había hombres en el mundo, puesto que sólo había derecho para decir monstruosidades, y cuanto mayores eran las sandeces contra la historia, contra la razón, contra el sentimiento natural, más libertad había y más aplaudido era el que tal decía. Me refiero a mítines que se celebraron más adelante, que venían a ser como el visto bueno que se ponía a todas las atrocidades cometidas y constituían como un acicate para animarse a cometer otras nuevas. (Los prime­ros días no había mítines, pero sí mucho crimen y muchas peroratas emitidas por la radio). En uno de tales mítines oí al fc. Meso Ventura Gasol que parecía un energúmeno al hablar de Cataluña, por los gritos estentóreos que daba, asegurando que no le espantaba una Cataluña roja por roja que fuese y eme lo que le espantaba era una Cataluña negra, clerical, eso sí, le espantaba; refiriéndose a la revolución, la comparaba a un torrente impetuoso, que todo lo arrolla, lo arrasa todo y no hay Dios que lo detenga; y acabó su perorata atacando violentamente al santo Obispo Irurita acusándole de mal obis­po y pidiendo que, allá donde se hallara, la tierra le fuese leve (Aplausos y gritos contra el Sr. Obispo). Y el honora­ble (!!!) Companys, en unas manifestaciones hechas a un periodista, dijo que lo hecho contra las personas de derechas, estaba bien hecho y que aun era poco.

Con estos ejemplos y otros y- otros, se comprende que se formara un ambiente de sectarismo y de paganismo el más lastimoso; que los malos cobraran un coraje sin límites, y que los buenos nos viésemos perseguidos y acorralados; se explica muy bien el nacimiento de comités, de patrullas de forajidos, de hombres sin letras, que se dedicaban .a buscar por las casas y a todas horas, hasta en el silencio de la noche, a reli­giosos, sacerdotes o monjas, al principio, y después a toda católico por poco significado que fuera, aunque no tuviera más nota que estar suscrito a un buen periódico, o por ser de alguna asociación religiosa o católica, obligarle a levantarse inmediatamente, llevárselo sin darle tiempo para vestirse con­venientemente, meterlo en un auto, conducirlo a la Rabasada, detrás del Tibidabo, y allí asesinarlo ignominiosamente. Otras veces, .al entrar por las casas, armados de largos fusiles seis u ocho de tales monstruos, rompían todo signo religioso, imá­genes, cuadros, libros, rosarios, lo echaban por la ventana y en la callé encendían unas grandes hogueras, y al mismo tiempo si encontraban objetos, de algún valor, joyas, cubier­tos… todo lo requisaban (léase lo robaban) y hasta amenaza­ban al poseedor por el delito de poseer tales objetos. ¡Qué época, Dios mío, más terrible hemos pasado! Me refiero a todo el tiempo de la esclavitud roja, no únicamente a los primeros días de la revolución.

Otro aspecto muy triste lo ofrecía la inmoralidad. Privada la sociedad de toda influencia religiosa, libre de todo freno, no molestada por la vista de ningún hábito sacerdotal o reli­gioso, sin sacramentos, sin iglesias, sin misa, sin predicación, sin reprensiones, el hombre se manifestaba tal como es después del pecado original. La propaganda más soez lo había invadido todo, todo se exhibía menos el bien, por todas partes abun­daban los libros, los folletos, las revistas, los periódicos con­tra la España auténtica, contra la moral y contra la religión La blasfemia más provocativa se oía en labios de las multitu­des, blasfemaban hombres, mujeres, niños, empleados, guar­dias, soldados,, ¡oh los soldados! ¡cómo blasfemaban! se blasfemaba contra Dios, contra la Virgen, contra la sagrada Hostia divina consagrada (sic); a veces yo la llevaba en el bolsillo para administrar la sagrada Comunión y me soltaban a la cara la horrorosa blasfemia en el tren; ¡y no poder decir nada bajo pena de muerte!, porque hubieran dicho que yo era fascista. ¿Y qué diré de las relaciones entre los dos sexos? Todo se puede creer y temer de una sociedad sin Dios. Basta fijarse en los casamientos que se hicieron; la prensa alababa los que se celebraban en el frente de Aragón en presencia y por la autoridad del nefasto Durruti, glorificado por los rojos como el héroe modelo ideal.

Lo más crítico y triste para aquella sociedad era el verse voluntariamente privada de todo elemento e influencia sobre­natural. En otras épocas hubo un Santo Domingo de Guzmán, un San Vicente Ferrer, un San Antonio de Padua que predi­caban penitencia y recomendaban la oración; pero en la zona roja esto era imposible, por cuanto no se quería a ningún sacerdote ni se podía pronunciar el nombre de Dios, ni osten­tar el menor signo religioso, ni manifestarse católico, y si por fin nos atrevimos a celebrar por las casas, fue siempre ocul­tamente y tomando todas las precauciones necesarias para evitar la más leve sospecha. Familias conozco muy buenas que, a pesar de los más vivos deseos, no podían tener misa en casa por causa de una criada a quien no se podía ocultar tal acto religioso. Algunas personas deseaban oír misa y recibir la confesión y la comunión y no se las podía contentar porque hubieran llamado la atención de la portera o de los vecinos. Un día en que acudieron unas 14 personas a oír la misa don­de yo vivía, la portera dijo a la señora: «En este piso hoy ha habido o conspiración o misa».—Pues ni una cosa ni otra– respondió la señora—y le explica como supo (que de esto sabía mucho) el por qué aquellas personas habían ido casual­mente a su casa. Así se vivía en Barcelona. Gracias a buenos españoles, que en las provincias liberadas, y especial­mente en la fervorosa Mallorca, rogaban por sus hermanos prisioneros en la zona roja. ¡Gloria y alabanza al Caudillo y a su Ejército que acabó con tan ignominiosa esclavitud y nos ha dado la verdadera libertad, la libertad de los hijos de Dios!

Dada esta somera idea del estado social, moral y religio­so de Barcelona, voy a contar brevemente los acontecimientos referentes a nuestra casa y a su personal.

Desde la casa donde estuve seis días, una manzana lejos de la nuestra, oí a las 12 de la noche unos fuertes golpes; eran los incendiarios que intentaban repetir en nuestra casa lo que acababan de realizar en la iglesia parroquial de San José Oriol, El Sr. Pérez, que estaba refugiado en casa de las señoritas Ibañez, que está enfrente, y lo observó todo, dice que un grupo de hombres, con armas, tablones, palancas, bi­dones de gasolina y bombas de mano atacaron la puerta de hierro, y tras duros y repetidos esfuerzos, lograron abrirla: enseguida aplicaron la gasolina a las puertas y echaron bom­bas a las ventanas; como pudieron, entraron en la casa y el luego pronto ardió en todas las dependencias.

Al día siguiente, a las 8 de la mañana, me atreví a ir a ver si nuestra casa había sido quemada y cómo había que­dado. El efecto que me produjo fue de honda pena. No puco subir a los pisos porque la escalera aun ardía; la planta baja estaba completamente quemada; la iglesia aun intacta; había el Rdo. Casabosch y algunas mujeres en la sacristía que in­tentaban retirar algunos objetos; yo me marché enseguida, por prudencia. Pronto volvieron los incendiarios a consumar su obra, cebándose en la hermosa iglesia, en el órgano y en los altares e imágenes; todo quedó reducido a cenizas; el techo que cubría el órgano se hundió por la vehemencia del fuego. Después pasaron a la escuela y al gallinero y a la galería del patio donde Be guardaba el monumento de Semana Santa, y todo fue pasto de las llamas. Desde mi nueva habitación yo veía la humareda que subía y las palomas volando. Nos han dicho que pegaron fuego a nuestra Residencia diez veces; de modo que se saciaron, y si no la han destruido por completo ni se han salvado las paredes de la casa y todo el piso bajo, algunos aposentos y la bóveda de la iglesia, ha sido muy contra su voluntad, y si no han hecho más mal, es porque no han podido o porque no han sabido.

Desde aquel día tuvimos contra nosotros tres enemigo terribles: la persecución, el hambre y más tarde el bombardeo.

La persecución, sí, porque los revolucionarios no se con­tentaron con destruir las viviendas, quisieron hallar a sus moradores, y por esto se dedicaron a cazarlos por las casas. Esto creó una situación muy violenta, y difícil en que los que tenían sacerdotes, o monjas, o religiosas ocultos en sus casas se exponían a todo lo peor, porque no solamente se llevaban al religioso, sino también al jefe de la casa, echaban los mue­bles a la calle y les pegaban fuego.

Durante dos o tres meses era muy ordinario ver 300 y más cadáveres cada día expuestos en una sala del Hospital Clínico, y me decían que varios eran de sacerdotes, y otros pare­cían de monjas. De hecho el Sr. Binimelis (e. p. d.) fue uno de tantos. Por otra parte era muy peligroso ir a identificar un cadáver, porque allí había milicianos que observaban. y s: alguno de los visitantes se perturbaba, porque no podía evitarlo, al reconocer el cadáver de un amigo o pariente, se exponía a correr la misma suerte; así es que los visitantes en general, eran curiosos que no corrían ningún peligro y por su conducto yo sabía lo que estoy narrando.

Yo, consciente de lo que sucedía, estaba aturdido por dos cosas: por la marcha de Riego, que por la, radio se oía a cada momento, después del más insignificante discurso o co­municación de Madrid, de Valencia, de Barcelona… ¡oh aque­lla marcha! ¡cómo hacía respirar el ambiente de revolución.! Lo otro que me tenía trastornado y casi me daba ataque et¿ nervios, era el «tin-tin» de la campana de la ambulancia sani­taria, porque su sonido era anuncio de varios infelices ase­sinados en medio de la calle y trasladados a la sala del Hos­pital Clínico para ser expuestos un día o dos. Aquel tétrico «tin-tin» yo lo oía demasiado seguido. Un día, hacia las 10 de la mañana, oí unos disparos en la calle de Aragón, vi a algunas personas que corrían, y un muchacho me dijo que cuatro o seis milicianos acababan de matar a un hombre; la gente lo contempló echado en un charco de sangre y algunos decían: Parece un sacerdote.

Después se supo que no era sacerdote. Bueno, pues, cabo de 10 minutos ya vi la ambulancia y oía el fatídico «tin­tín», señal de que la víctima era recogida y trasladada al depósito del Hospital Clínico para que sus parientes al ver que no llegaba a casa fueran a ver si la reconocían entre los otros asesinados expuestos en una sala del hospital. ¡Qué horror y qué días más llenos de angustia se pasaban! Yo, cada vez que oía pararse un auto delante de casa, ya pensaba si subirían sus ocupantes a mi piso; cada vez que oía ruido en la escalera, pensaba si subían por mí; y esto que pasaba por mi interior sucedía a muchos, y se dieron varios casos de pérdida del juicio causada por estos temores. Y es que nadie estaba seguro en su propia casa. ¡Cuántas escenas las más trágicas se desarrollaron en muchísimas familias, en que el padre era arrebatado entre ayes y gritos desgarradores de la esposa y de los hijos que se le colgaban del cuello para ir a morir con él! En muchas casas han sido varios los asesina-, dos; y muchacha hay que ha quedado sola, porque el padre sus hermanos fueron asesinados por los falsos predicadores de la libertad y de la fraternidad. ¿Y por qué? Porque eran católicos, porque no eran rojos.

Aquella situación producía un malestar en la, familia que me había amparado. Querían y no querían tenerme. Querían, porque tenían fe, y se sentían felices en amparar en nombre (fe Jesucristo a un ministro suyo, y esto es muy de agradecer. como yo lo agradezco con toda mi alma, esperando que el buen Dios sea el premio de tan buenas personas que me han auxiliado en los días de necesidad. Por otra parte no querían, o mejor dicho, temían muchísimo, y este temor aumentaba mi mal, porque yo pensaba que si me decían claramente que me fuera, me encontraba en medio de la calle, solo y a merced de los forajidos. ¿Qué hacer? Pues, rogar a Dios y poner la confianza en El. Esto decía yo a mis tímidos bienhechores, y lograba calmar en parte sus temores y los míos.

La primera persona que tocó las consecuencias de haberme alojado en su casa, fue precisamente la primera que me socorrió, la que me obligó a quedarme en su familia y me de­claró prisionero suyo. No se supo cómo los enanos de Eroles, así se llamaban una pandilla temible de matasiete que actua­ban a las órdenes de un bandido llamado Eroles, que se hizo tristemente célebre por sus crímenes y asesinatos con sus satélites, no se supo cómo aquellos patibularios vinieron en conocimiento de que yo había estado total seis días en casa del Sr. Castells. El hecho es que un día se presentó un auto ante una pequeña tienda que posee Dña. Rosario, de él bajaron seis malas fachas y le preguntaron si había tenido en su casa al P. Antonio Tugores, de San Vicente de Paúl. Ella, que es una señora de fe muy arraigada, que está segura de que Dios nunca la ha abandonado, que estaba dispuesta a sufrir la muerte antes que delatarme, respondió que sí, pero que esto era en los primeros días, que por entonces yo ya estaría en Mallorca o habría muerto, y que, por consiguiente, se habían despertado muy tarde. Entonces los esbirros la obligaron a subir al auto so pretexto de acompañarla ante el delator, m ella tuvo tiempo de avisar a otra señora, que la ayudaba en la tienda, de que lo comunicara a su hermano, que estaba en la Generalidad. La condujeron a una cárcel particular y la amenazaron con colocarla en una silla debajo de la gota de agua, tormento que hacía perder el juicio, si no decía dónde estaba yo. Ella, impertérrita se negaba, y mientras así dispu­taban, notó que entraba alguien y que se hablaban en voz baja, después de lo cual con amenazas y recriminándole que fuera encubridora de curas, a lo que ella respondió—no encubrido­ra, sino salvadora—la pusieron en libertad. ¿Qué había pa­sado? Pues que su hermano, enterado de lo sucedido, amenazó con hacer saltar la cabeza a aquellos esbirros si no soltaban inmediatamente a su hermana. Gracias a Dios, por ella y por mí. Este lance tuvo lugar por Noviembre, pero yo no lo supo hasta Febrero, porque ella no quiso explicármelo antes, para no espantarme.

El día 24, a las siete de la tarde después de confesar a toda la familia, me despedí de mis primeros bienhechores, y acompañado del señor, me trasladé a mi segundo refugio, la familia del Sr. Cayetano Florenza, que ya me esperaba. Aquí pude apreciar la generosidad y amor de tan buena familia, pues dado lo reducido de la casa, la hija, Consuelo, iba a dor­mir a otra casa para que yo tuviera lugar en la de su padre. Vivía también con dicha familia una anciana de 90 años, chocha, «viuda» de un hombre con quien había vivido 60 años sin estar casados, mujer sin religión, muy maniática, que casi siempre lloraba y hablaba de su «marido», ensalzán­dole hasta las nubes, diciendo que no había hombre mejor que él, y decía que todas las noches lo veía. Yo traté de cate­quizarla algo para bien de su alma, mas ella se me echaba a llorar no queriendo oír hablar de nada referente a religión y siempre acababa hablando de su difunto. No sé cómo fue que, a pesar de mi buena voluntad, y del cuidado que ponía en saludarla y portarme afablemente con ella, me cobró un miedo y una manía o antipatía, que no la dejaba tranquila. A veces se indisponía con los de la casa, diciendo estupide­ces. Yo creo que todo tenía por causa sus muchos años, su modo de vivir y su educación en materia de religión.

Empezó por manifestar que la molestaba mi presencia y acabó por decir que me delataría, y como casi cada tarde iba al cine para distraerse, todos empezamos a temer nos diera un disgusto. La señora, sobre todo, a pesar del honor que sen­tía de tener a un sacerdote en casa, y a mí, especialmente pues me quería mucho por haber sido profesor de sus hijos, temía mucho ver preso a su esposo y que le echasen los mue­bles por la ventana. Esto me lo dijo varias veces, con lo que comprendí que su deseo era de que yo me buscase otra casa. Yo también pensaba lo mismo, pero ¿a dónde tenía que ir? Así pasé hasta el 20 de Agosto, día en que la vieja, notando que yo hablaba quedo con la hija dándole cuenta de mis apu­ros, pensó que hablábamos de ella, y, enojada, se descaró y amenazó que iba a delatarme.

Envié urgentemente a uno de los hijos del Sr. Florenza a preguntar a D. Jaime Masagué, padre de dos muchachos muy buenos, discípulos míos en otro tiempo, si me podía ad­mitir en su casa, ya que varias veces me la había ofrecido caballerosamente, aunque fuera pequeña y humilde. Pronto volvió el muchacho con la respuesta afirmativa de parte de la Sra. Paquita Rodríguez, esposa del Sr. Masagué, diciendo que ya me escondería. Con esta expresión se reveló el temple de heroína intrépida, prudente, sagaz, oportuna, abnegado, incansable, sacrificada, amable y diligente de mi nueva y prin­cipal salvadora, que, cual otra Judit, burló durante el dominio rojo a todos los Holofernes ante quienes se halló, sin decapitar a ninguno. Durante 19 meses que me ha amparado, he sido testigo de lo mucho que vale el corazón de la mujer según la describe el Sabio Salomón en la conducta que ha obser­vado la Sra. Paquita de Masagué. A nadie ha negado un fa­vor ni un sacrificio, y desde su esposo y sus hijos a quienes ama con vivo amor de esposa y madre, como se ve por las emocionantes escenas de que he sido testigo, hasta el último que le ha pedido ayuda, todos se ven obligados a bendecir su nombre, y a rogar al Dios de todo bien sea su recompensa. Porque no he sido yo solo que me refugié en su casa, sino va­rios, y andando el tiempo llegamos a formar una verdadera comunidad, de seglares y religiosos, y a todos atendía con diligencia y alegría, como abeja laboriosa, desde primeras horas del día hasta la una de la noche, sirviendo a todos, dándolo todo sin reservarse nada para sí; hasta el pan de su boca en los días de escasez era para sus queridos hijitos, que tenían hambre , y ella, siempre la mima bondad, les repartía su propia porción. Días amargos hemos pasado, mas con la ayuda de Dios y con su serenidad y con su valor, de todo hemos salido bien, y al dar una mirada retrospectiva, podría­mos escribir una interesante historia con visos de novela, e im­presionar una película que parecería inverosímil, y sin em­bargo sería real y verdadera. Dichoso esposo y felices hijos a quienes Dios ha dado una tal esposa y tal madre.

El mundo no conoce estos humildes y ocultos actos de caridad pero Dios, que ve en lo más recóndito, sí los ve, y él los premiará. Nosotros, sus favorecidos, también los tendre­mos presentes para agradecerlos y rogar por nuestros bienhe­chores, y yo cuando oiga pronunciar el nombre de Paquita siempre me acordaré de la valiente e infatigable esposa del Sr. Jaime Masagué.

El día 20 de Agosto, dando gracias a Dios porque me abría las puertas de otro asilo, a las cuatro de la tarde me despedí de la buena familia Florenza y me dirigí a la del Sr. Masa­gué, y tuve la gran suerte de que la portera no me vio, y pude llegar al quinto piso sin que nadie notara mi presencia.

La puerta ya estaba entreabierta y pude entrar con todo si­gilo en mi nuevo encierro. La señora se alegró mucho al ver­me porque no sabía nada de mí y estaba preocupada por mi suerte. Yo tampoco había sabido nada de su familia, y enton­ces me enteré de que el Sr. Jaime estaba preso en el «Uru­guay» por haber tomado parte muy activa en el Movimiento Salvador que por entonces había fracasado en Barcelona. Yo al saber esta noticia me sobresalté interiormente pensando que me había metido en una ratonera, porque un día u otro la policía se presentaría a hacer un registro, y ¿cuál sería mi suerte? Me puse en manos de Dios y confié que él me ayudaría, y así ha sido, pues a pesar de las peripecias que me han pasado por estar con esta familia, Dios no me ha abandonado y siempre hemos acabado riendo.

Mi nuevo encierro era muy pequeño, como vivienda de un empleado de teléfonos, que tal era el Sr. Masagué, un medio quinto piso, debajo de terrado, muy caluroso en verano y una Siberia en invierno. Sin embargo, como desde el primer día ya noté que todo estaba a mi disposición, como formamos una familia y ya nos conocíamos de cuando los hijos, Antonio y Guillermo, asistían a la Escolanía (todos los P.P. se acuerdan de ellos como ellos se acuerdan de todos los miem­bros de nuestra Comunidad y de otros) me encontré muy bien, y me sentí feliz en medio de mi crítica situación. Fue un verdadero encierro, porque, además de estar el medio piso en la parte interior de la manzana, y así no veía nada de lo que pasaba en la calle, como al subir nadie me había visto, me interesaba conservarme oculto, y ¡con qué cuidado!

Desde mi encierro, a través de una delgada pared oía como la hermana de la portera, que ya me conocía, pero que igno­raba que yo estuviera tan cerca, cantaba el «Tantam ergo» la «Salve», «la Virgen María», «Corazón Santo», y otras can­ciones piadosas, de tal manera que los vecinos ya la llamaban la «Virgen María», y se llama María, pero que tiene tan vacía la cabeza como larga la lengua, lo que ha sida causa que con su hermana la portera, y los respectivos maridos, después de venir los Nacionales, pasaran a un encierro más ri­guroso que el mío, por una larga temporada, y quiera Des que no le suceda algo más grave.

También mi soledad fue grande, porque, como la Sra. Paquita tenía su esposo preso, casi todo el día, además del tiem­po empleado en la compra, iba a llevar paquetes de comida y de ropa a la Intendencia de Atarazanas, para su esposo; los muchachos se iban al trabajo y yo me quedaba solo casi siempre hasta las nueve de la noche. ¡Qué horas más largas! ¡Qué bien me hubiera venido la Moral de Noldin o la Teologia de Mazzella, para repasar y renovar conocimiento que uno siempre debería tener bien frescos! Mientras tanto cuidado con hacer ruido, ni toser, ni estornudar; si llamaban a la puerta, no abrir, que enfrente hay una familia de la F.A.I.; si quería ir .a beber agua a la cocina, tenía que entornar la ventana para que no ,me viera la vecina cantatriz.

Algunos días, por encargo de la señora, apagaba el fuego del gas para que no se quemara la comida o la cena. Esto dio origen a que yo pasara a ayudante de cocina, y en dos o tres meses llegué a mondar 300 kg. de patatas que después ponía al fuego con la correspondiente sal, las retiraba pasado el tiempo señalado por el ama y ya estaba hecha la comida o la cena por el Sr. Antonio.

Una de las cosas que más me gustaron en mi nueva vi­vienda fue oír al simpático Queipo de Llano. Hasta entonces no había oído más que gritos y la marcha de Riego; no sabía nada de lo que pasaba en las regiones donde los Cruzados se batían contra los modernos vándalos; ¡qué alegría para mí oír voces amigas; desde entonces oí casi cada noche al ilustre speaker de Sevilla y disfrutaba muchísimo al escuchar sus palabras llenas de optimismo que caían sobre mi espíritu co­mo bálsamo bienhechor y reconfortante. La señora también lo escuchaba, pero no con tanto entusiasmo cómo yo, y me decía a veces: —»No se entusiasme tanto, Sr. Antonio, que «Quipo» también dice mentiras; no son sólo los de aquí los que mienten.»

Después lo he sabido por boca del Generalísimo, cuando en Sevilla felicitó a Queipo de Llano, porque con sus mentiras grandes y andaluzas había contribuido tanto a levantar los ánimos e infundió tantas esperanzas en la, completa victoria a favor de los verdaderos españoles. Sí, señor, esto es muy cierto, y yo diría que además de grandes y andaluzas, eran «piadosas» mentiras.

En mi pisito recibía algunas visitas de amigos que pre­guntaban a la portera «si estaba Paquita» (?) Por ellos supe algo de mis cohermanos. El Sr. Pérez me explicó la muerte violenta del Sr. Binimelis, asesinado el 12 de Septiembre. La del Sr. Carmaníu en idéntica forma; por él supe las andan­zas de una casa a otra de los Sres. Ramis, Civit, Berenguer…;  es decir, me enteró de cómo se hallaban todos. Por él supe que tenía muy cerca al Sr. Civit, pues me señaló la galería en que se hallaba (Calle de Mallorca, yo estaba en 13 conti­gua de Valencia).

También tuve visitas de sujetos no amigos ni conocidos, visitas por cierto muy desagradables. La primera fue el 19 de Septiembre, hacia las 12. Yo estaba solo, entretenido en sujetar con alfileres un cordoncito sobre un mapa mural para contemplar las posiciones de los Nacionales conforme a 198 partes de guerra dados desde Sevilla, cuando veo quo la se­ñora entra corriendo y da un enérgico tirón al cordoncito, cayendo éste al suelo con todos los alfileres y algunas bande­ritas, no nacionales. Yo me quedé tieso como un poste del tranvía; detrás de la señora entraban dos señores a quienes saludé; eran dos policías que iban a practicar un registro en la casa con motivo de estar preso el Sr. Masagué. Ensegui­da me pregunté a mí mismo:–«Bueno, y ahora, ¿quién eres tú? y ¿quién has de ser?»—Empezaron el registro, que fue muy minucioso, no dejando armario sin abrir, ni libro sin hojear, ni escrito sin examinar, ni cama sin revolver, ni vestido sin registrar, ni baúl sin vaciar, y con muchas preguntas. Llegó Ia hora de comer, nos dijeron: fassin, fassin. Les invitamos sin que ellos aceptasen. ¿Quién tenía ganas de comer con aquella compañía? A todos se nos atragantó el arroz blanco y seco en la garganta, temiendo a cada momento que encontraran algún objeto comprometedor. La señora. como pudo, retiró de mi aposento el breviario y el crucifijo de pos votos y alguna otra cosa, y lo trasladó al suyo, como si fuera cosa de su uso.

A pesar de nuestro sobresalto, hay que decir, en honor de nuestros nuevos visitantes, que se portaron como perfectos ca­balleros; poco a poco nos tranquilizamos y acabamos por hablar como entre amigos. Al encontrar una fotografía de los dos hijos de la señora vestidos con la sotana rosa, la más bonita que teníamos en nuestra iglesia, que imitaba el vestido de la Milagrosa, fotografía hecha por el Sr. Masagué el día de la primera comunión de sus hijitos, y que guardaba como muy grato recuerdo, dijeron a uno de los muchachos en tono de broma: «A qué va, que ahora no serías capaz de salir por la calle vestido así»?

Acabado el registro, levantaron acta del mismo, y me pre­guntaron si podía yo firmar como testigo, y para eso me pre­guntaron con qué motivo estaba yo allí, a lo que respondí que como pupilo. Firmé, y ellos, dándonos la mano, y pidiéndonos dispensáramos la molestia que nos habían causado, y que ello- comprendían, dijeron, se retiraron.

Quedamos todos muy satisfechos. No resultó así en la segunda visita del día 5 de Octubre, porque esta vez la tal visita tuvo todo el aspecto de denuncia, y los que nos visitaron eran dos de los llamados escamots de los del Avi (Maciá) y que subieron por su cuenta, sin duda para hacer méritos y ga­narse algún galón. Mas, ¿quién me había denunciado estando yo tan escondido? Juzguen mis lectores, a ver si piensan igual que la señora Paquita.

Entre la portera y la familia Masagué existía desde mu­chos años viva oposición por distintas miras políticas; mien­tras la primera es o era muy separatista, la segunda es muy españolista; la primera, cuando los hijos dé la segunda eran pequeños les prometía un caramelo si decían muera España, y cuando la señora Paquita la sabía, le decía que se lo dijera a ella y no a los niños. Por esto y por otras cosas se miraban con recelo. Resultó por aquellos días que la señora Paquita  acogió en su pisito a una pobre mujer, conocida suya, muy buena, pero minus habens, a la que advirtió desde el primer día que no tenía que hacer ninguna mención de mí, que en el piso no había más que ella y sus hijos. «Bien, bien, Paquita»—respondió la pobre.

Pero, se dio dos días la coincidencia de que al bajar ella subían los muchachos y le preguntaban si había alguien arriba, y ella respondía: «No hay más que el señor». Esto lo oyó la portera, porque un día subió el portero a advertir a la señora que fuera con cuidado, pues él sabía que tenía a un señor en casa y él no quería compromisos. La señora le respondió que el tal señor no era ninguno de los que él se figuraba (algún cuñado) sino otro, que él me conocía, y que si quería, podía pasar a saludarme, a lo que él se negó porque, decía, no que­ría compromisos.

Pocos días después (5 de Octubre) se presentaron dos su­jetos con aire de matón, entraron precipitadamente en el piso acompañados de la señora, que venía de la compra, y su pri­mer saludo fue decirme muy bruscamente: «Usted vístase que vendrá con nosotros». Menos mal que no me tutearon, según costumbre introducida por aquellos días en que todos decían a todos: tú, y camarada; no había otro tratamiento. Al oír esto la señora, les dijo: «Pero, señores, si aquí ha venido la policía, han visto a este señor y no le han dicho nada». A lo que uno, que era el que me había «saludado» tan brusca- ente, la dijo, también en tono de mando y dispongo: «Y V. también».

Era cerca de medio día. ¿Quién haría la comida para los hijos que pronto llegarían? Aquellos dos valientes daban prisa, mientras tiraban de las camas y sin ningún miramiento, levantaban los colchones, abrían cajones y se apoderaban de mi crucifijo, que se llevaron. Tengo que decir que ya sabían que yo era sacerdote, por la misma señora, que mientras subían, subiendo que eran policías, les dijo, respondiendo a sus preguntas, que en su casa tenía a un sacerdote, y para inspirarles algún respeto, había añadido: «No es un sacerdote cualquie­ra, es un Padre Misionero».

Bajamos a la calle, mientras la portera miraba el destile por la mirilla del entresuelo, donde vivía, y subimos al auto de la policía La señora, indignada, no quiso subir al auto de­lante de su casa, sino que se fue al final de la manzana, y allí subió colocándose al lado del chofer, preparada para frenar en seco aunque sabiendo que hubiéramos dado la vuel­ta de campana, en el caso de que hubiera notado que pasá­bamos la calle de París, donde hay la Comisaría de Policía. No quería la mataran en la Rabasada como un conejo.

Llegamos a la Comisaría, y el Comisario le preguntó sepa­radamente, mientras me quedé en una sala, por qué me tenía en su casa. A lo que ella contestó, que porque yo había tenido a sus hijos en la escuela gratuitamente y además les había dado de comer una temporada en que por la huelga telefónica ella no tenía nada que darles. Y acabó diciendo: «¿No les parece a Vdes. muy justo que ahora, que este señor está sin casa, yo le ayude escondiéndole? ¿Qué no harían lo mismo Vds. con uno que les hubiese auxiliado cuando Vds. no hubiesen tenido nada y él ahora se encontrase necesitado? ¿No le esconderían, aunque fuera debajo de los ladrillos? Yo bien lo haría con cualquiera de Vds.» — «Hombre—dijo el Comisario—esto está muy bien». Y acabó por dar una fuerte repulsa a los dos que por sil y ante sí se habían atrevido a detenerme, diciéndoles que ya estaban cansados de hacer «planchas».

La señora se fue a su casa y yo me quedé detenido.—. ¿Por qué? A mí me parece que fue porque el pastel ya estaba he­cho, y los que me detuvieron no habían de quedar del todo mal; al fin y al cabo eran policías, y se había de guardar cierta unidad de acción, porque si uno hace y otro deshace, ¿qué subsiste? Así fue que con muchas atenciones, porque eso sí, puedo decir que me ahorcaron con un cordón de seda, con todas las atenciones, diciéndome que me tranquilizara, que no me pasaría nada, que en aquellos días todos (refiriéndose a los policías) estaban angustiados por lo que sucedía, (era un cabo, muy buen hombre, el que esto me decía) me trasladaron a la Jefatura de la Vía Layetana, donde, después de ser inscrito un el libro de los detenidos y registrado para ver si llevaba algún arma, me acompañaron a los calabozos ‘que hay en el sótano. Aquel día no pude rezar Vísperas, y encerrado en mi celda recé el Rosario, contando con los dedos, porque en la Comisaría lo había entregado al cabo por medio de su yerno, también policía, y al parecer buen hombre, porto que me ex­plicó, y que me pidió para bien mío, le entregase todo signo religioso, y me avisó que no dijese a nadie más, que yo era sacerdote, diciéndome que por entonces un sacerdote era más peligroso que un anarquista,—»entienda el sentido»–añadió. Recé el Rosario contando con los dedos y meditando que ya empezaba a imitar a los Apóstoles en la cárcel, si bien no del todo, porque ellos ibant gaudentes y yo no sentía ninguna alegría, contentándome con el in patientia vestra possidebitis animas vestras.

En la celda en que fui recluido no había absolutamente nada más que un frío y duro banco de cemento junto a la pared. Uno de los detenidos pronto me habló, y me invitó a pasar la noche en su celda donde había otros cinco detenidos que ya tenían mantas, todos los cuales me rodearon de aten­ciones, y me ofrecieron sus mantas, alegrándose mucho al saber, por sus preguntas quien era yo. A las ocho y media me llamaron porque tenía visita; ¿»quién es, pensaba yo, que ya sabe mi nuevo domicilio»? y fue la señora. Paquita, que, muy serena y tranquila, me traía dos mantas y una almohada. Se lo agradecí todo de corazón y se despidió diciendo que al día siguiente volvería a verme con sus hijos. Con las dos mantas y la almohada descansé sobre el banco de cemento y cogí un reuma en una pierna que me dolió cuatro días. A la mañana siguiente a las nueve me volvieron a llamar para decirme que podía marcharme, pues estaba en libertad. Entonces sí que sentí alegría, como la sintieron mis amigos y compañeros de prisión los cuales me felicitaron, extrañados como yo, de que saliera tan pronto y me pidieron les diera la bendición, lo que hice muy gustoso.

Dejé las mantas y la almohada y me fui rápido a la casita del Sr. Massagué. La portera me hizo un saludo muy amistoso, la «Virgen María» se quejó mohinamente a la Sra. Paquita de que hubiera sido tan reservada, que ni a ella le hubiese dicho que tenía en casa al P. Tugores; y la Sra. Paquita disimulaba muy bien. Entonces supe todo lo que ella había hecho y el por qué yo había salido tan pronto de la Jefa­tura sin ir a la cárcel como hacían los detenidos después de ocho días. Cuando ella salió de la Comisaría, sin comer, se fue a ver a un jefe de policía muy amigo de su esposo, que cuando jóvenes, los dos eran del Requeté, y le suplicó, le exigió que me pusiera en libertad. El Sr. Antonio Amat, tal es su nombre, hizo un informe en mi favor, y así pude librarme de todo e’, mal que va anejo a la vida del preso. Y así como los atenienses daban culto al Dios desconocido, así yo amo a ese buen señor para mí desconocido y ruego por él sin haberlo visto. Le escribí una carta de acción de gracias, y sé que que­dó muy contento. Ahora está en Francia y ha escrito al señor Massagué enviando afectuosos saludos para el Sr. Maestro de sus hijos.

Supongo que el Sr. Amat enseñó mi carta al Sr. Comisario porque la Sra. Paquita fue advertida de que convenía que yo me ausentase una temporada de su casa, porque dentro breves días habría cambio en la Policía en la que entrarían elementos de la F. A. I. y si se les antojaba hacer un registro en su casa y me encontraban en ella, temían me pasara algo grave. Nue­vo sobresalto y también nuevo favor de Dios y de la Policía. ¿A dónde voy? La Sra. Paquita ya tenía la solución, En la calle de Consejo de Ciento, cerca de la de Aribau, hay la casa de sus suegros; sus cuñados habitaban en el principal, pero entonces estaba desocupado porque sus dueños se habían mar­chado, perseguidos; los milicianos lo habían registrado lleván­dose lo que les plugo e intentaban aprovecharlo si continuaba inhabitado; para evitar esto, un hijo de la Sra. Paquita y un sobrino que vivía con ella, ya hacía varias noches que iban a dormir a aquel piso. Yo, pues, hacia las 10, cuando las por­terías estaban cerradas, podría irme con los muchachos sin que se notara. Así se hizo el 20 de Octubre.

Y ya estoy en un nuevo encierro. Aquí sí que eran largas las horas, pues sólo veía a los muchachos a las 10 de la noche y a la señora Paquita cuando me traía la comida que primero servía a sus hijos después de haber acudido a su esposo con los paquetes que llevaba a Intendencia. Aquella soledad era abrumadora, porque no podía dar ninguna señal de presen­cia; siempre caminando de puntillas y con las ventanas cerra­das. «En cambio, cuando llegaban los dos jóvenes, aunque fuera tarde, les daba por jugar y tirarse por la cabeza lo que les venía a mano, aunque se rompiera.

Yo perdí el apetito, por lo que la señora Paquita resolvió trasladarse a aquel piso; así salí de mi soledad y estuve mu­cho mejor que en la Siberia del medio quinto piso de la calle de Valencia.

Me proporcionaron una cédula; adquirí un carnet de auxi­liar de escuela y comencé a circular por la calle procurando no acercarme a nuestra barriada para evitar que algún niño de la Escolanía me viera y me creara algún conflicto serio, como desgraciadamente ha sucedido con algún sacerdote y ha sido causa de su desaparición. El primer día que me vio la nueva portera, se le dijo que yo era un maestro, pariente de la Sra. Paquita. Después se fijó en mí, empezó a sospechar que yo era lo que soy y acabó por saberlo, como me lo dijo cuando, acabada la guerra, me presenté con sotana. Siempre se portó muy bien con el Sr. Antonio.

Aquí pasamos una temporada tranquilos, mas no nos fal­taron penas y sustos, de todos los cuales salimos con la ayuda de Dios El día 20 de Noviembre tuvo lugar el juicio contra el Sr. Jaime Massagué, que compareció desde Montjulch ante el tribunal popular número uno, el más cruel y temible de los cuatro que se habían creado. La vista se verificó en el pala­cio de Justicia, y el Sr. Massagué fue condenado a muerte, mas esta pena fue conmutada por la de treinta años de cárcel.

Por la noche del mismo día llegó ocultamente el Sr.Jesús Massagué, y quedó refugiado en su propia casa.

El día 27 tuve que comunicar a la pobre madre que su hijo Antonio había sufrido un accidente yendo en tranvía.

Aquello sí que fue un trago amargo para el corazón maternal. Fue conducido al Hospital con el brazo derecho roto y la cla­vícula izquierda dislocada, además de muchos rasguños en todo el cuerpo. Se le vendó y se le Puso una armazón con tablas y arreos y así atado, que no podía hacer ningún mo­vimiento, fue trasladado al lado de su madre, pues quería cuidarlo ella misma. ¡Qué escenas, qué lágrimas, qué noches durante un mes! Después fue convaleciendo y al cabo de cua­tro meses quedó completamente bien.

El día nueve de Diciembre se presentaron tres milicianos a hacer un registro. La señora Paquita, avisada por la portera, tuvo tiempo para ocultar a su cuñado en la familia vecina por la parte trasera de la casa. Enseguida abrió a los milicia­nos con toda tranquilidad y con una sonrisa, como si se hu­biesen conocido de antiguo, los introdujo en una habitación y les dio a leer un haz de cartas para que se entretuviesen Después, con excusas de tener que vigilar el fuego de la co­cina, vino a decirme que me marchase, habiendo dejado la puerta de la escalera entornada para que yo no llamase la atención. Salí de puntillas y me fui a pasear, y al medio día me fui a comer a casa de la señora María Sanmartí de Des­cals.

Ahora presento a mis lectores a otra alma grande y cari­tativa, de la cual hemos recibido singulares favores, y que en casos apurados ha sido nuestra salvación. Todos los nues­tros que han estado en Barcelona durante la guerra, saben quién es la Sra. María de los aguardientes (la llamamos así porque tiene una tienda de vinos, aguardientes y licores). Todos hemos pasado por su casa; allí nos hemos entrevistado y allí hemos comido cuando ha sido necesario, puede decirse que aquella tienda ha sido nuestra oficina de reunión y de información. Casi todos los días que he ido, he encontrado nuevos huéspedes sentados a la mesa disfrutando de la gene­rosa y caritativa hospitalidad de sus dueños, porque el señor Modesto Descals es digno esposo de tan buena señora y además, siempre me ha llamado la atención por su optimismo, serenidad y clarividencia durante la guerra, de modo que mis dudas y temores se calmaban cuando tenía un rato de conversación con él.

La buena señora María con su habitual sonrisa, que revela la tranquilidad y belleza de su alma, nos dice con satisfac­ción y alegría que unas noventa y seis personas religiosas han pasado por su tienda. Y a todas ha dispensado sus favo­res, con caridad inagotable.

Los nuestros han sido más de veinticinco.

Pero no se ha limitado a recibir en la tienda; ha salido de ella para acudir en ayuda del necesitado, llevando ropas y alimentos a los presos de Montjuich y de la cárcel Modelo; esto lo saben muy bien el Sr. Solá, el Sr. Civit, el Sr. Be­ruiguer y otros muchos.

Y nunca, ha tenido miedo ni ha dejado de ayudar al necesitado por temor a los rojos. Claro que ha tenido que tram­pear y disimular, como toda mujer, que en aquellos aciagos dial se mostró más fuerte, más ingeniosa, más constante y más hábil que el hombre. Parece que la devoción de su sexo le ha hecho superior en valor e intrepidez al hombre. Que Dios bendiga a la buena señora María, a su esposo y a toda su familia por los favores que nos ha dispensado.

Por la tarde regresé a mi habitación, y supe que los mi­licianos habían roto varios objetos religiosos, entre otros un cuadro de la Cena y mi rosario que había ocultado en un armario debajo de mucha ropa, y que habían preguntado, in­dignados, quién dormía en mi cama, porque les parecía muy extraño que, después de los varios registros practicados ante­riormente en aquel piso, ellos todavía encontraran un rosario. La señora Paquita les dio una respuesta completamente despistadora.

Uno de los registros que más nos afectó y una de las visitas más importunas y molestas que tuvimos fue la que nos hicieron seis tipos de las patrullas de control el 18 de Diciembre, a las dos y media de la noche. ¡Qué despertar más violento y más desagradable tuvimos al oír el timbre de la puerta! Al preguntar la señora Paquita: «¿Quién hay?» y oír que respondían: «Las patrullas», se preocupó de esconder a su cuñado, que era el que corría verdadero peligro, ya que venían por él. Este se levantó de un salto y se vistió con una rapidez increíble y que hace reír cuando lo explica, como que ya estaba entrenado por lo que le sucedió en otra casa, y rápido como el rayo, se tiró de un salto al patio y se ocultó en un pequeño cuarto; la señora cerró la persiana y fue a abrir a las patrullas que continuaban llamando, respondiendo ella en tono familiar y medio cantando: Voy, voy. Abrió y saludó a los recién llegados, que eran seis, cuatro con fusil y dos con pistola, más el vigilante, que les había franqueado la puerta de la calle.

—¿Cómo ha tardado V .tanto en abrir?

—Es que no encontraba un zapato.

—¿Quién hay aquí?

–Pasen hacia allá, que encontrarán a un señor profesor. Y todos vinieron hacia mi habitación.

—¿Se puede?—preguntaron.

—Pasen—respondí yo.

—Tenga la bondad de levantarse y presentar la documen­tación.

—Enseguida—respondí.

Mientras tanto el sobrino fue a ocupar la cama caliente de su tío, y los cuatro del fusil empezaron a abrir cajones, dos por cada parte de la casa. Al llegar al cuarto del enfer­mo, le saludaron y le preguntaron si había sido herido en el frente, y al saber la causa, lo lamentaron y manifestaron de­seos de que se curase pronto. No miraron debajo de la cama, donde muy bien se hubiera podido ocultar el tío sin necesidad de ir a tomar el fresco matutino, de diciembre al patio, aun­que esto último era más seguro para el caso. Ni tan sólo se fijaron en las persianas que daban a la galería del patio. Mejor.

Así que estuve vestido, salí de mi dormitorio y saludé a los dos que dirigían las operaciones y sólo llevaban pistola. —Buenas noches.

—Buenas noches. ¿Tiene V. la documentación?

Sí, señor; tome,—y les alargué el triste carnet.

Después de mirarlo me preguntó uno de los dos:

–¿No tiene V. nada más?

—La cédula—, respondí, pero sin enseñarla, pues no tenía ganas de que la vieran, porque podía comprometerme por cuanto llevaba un número sin casa, esto es, que en la calle mencionada no existía ninguna casa con aquel número.

—¿Dónde va V. con esto tan pobre

—Pues ¿qué? ¿No es bastante?

—¿Cómo es que tiene este carnet nuevo ahora en la hora del peligro?

—Pues, sencillamente; yo ya era maestro, pero me dijeron que si no entraba en el sindicato, no podría ejercer el magis­terio, y para ganarme la vida me sindiqué, y adquirí el carnet. ¿Qué dificultad hay en eso?

—¿De dónde es. V.?

—De Mallorca.

—¿De Mallorca? (Sorprendido y contrariado).

—Sí, señor.

—¿Cuánto tiempo hace que está en esta casa?

—Unos dos meses.

—Y antes ¿dónde vivía?

—En la calle de Valencia.

—¿Y por qué ha venido aquí?

–Porque allí estaba debajo terrado y hacía frío, y aquí se está mejor.

—¿Cuánto tiempo hace que conoce esta familia? –Desde que tuve a sus hijos en la escuela.

—¿Y cuánto tiempo hace?

—Unos siete años.

—¿Y V. qué dice? (A la señora).

—Sí, unos siete años—respondió ella.

(Pequeña pausa, durante la que parece deliberan si me han de hacer más preguntas).

El otro, sentado al lado de la señora, mientras iba rompiendo, con toda naturalidad, sin enojo, como si se tratara de una hoja de árbol o de papel, una pequeña imagen de metal de San Ignacio, patrón de la difunta madre del Sr. Masagué, hablaba y preguntaba, no en forma amenazadora, sino al con­trario, naturalmente, como podrían hablar dos personas sen­tadas en el tranvía:

—¿Dónde están los dueños de este piso?

—No sé; los suegros murieron, y los cuñados se mar­charon.

—Pero V. sabrá dónde están.

—No, no. Marcharon al principio de la revolución; pienso si estarán en Francia.

—Pero, ¿V. no sabe dónde están?

—No señor; estamos reñidos y no nos escribimos. —Me parece que tiene V. unos ojos de pícara….

—Y esto que no me he lavado la cara.

Corta pausa, después de la cual la señora, fijándose en él, le dice:

Parece que le tengo visto yo a V. ¿V. vive cerca del puerto? —Nosotros somos de las patrullas del Paralelo.

Es muy probable que ella le hubiese visto, porque tres días cada semana iba a llevar alimentos y ropa a su esposo dete­nido, primero en el «Uruguay», y después en Montjuich, mas esto no quiso decirlo para no infundir sospechas, y se limitó a contestar:

—Sí, sí, yo le he visto. Bueno, y ¿qué significan tantos registros en esta casa?; porque ya han venido catorce veces; primero los milicianos, y ahora ustedes. ¿Por qué vienen a molestarnos tantas veces?

—Porque se huele, señora.

—No sé qué ven.

Pausa, durante la cual el que me había interrogado, pre­guntó a su compañero:

—Bueno, y de éste ¿qué hacemos?—señalándome a mí. El interpelado tomó el carnet y lo miró.

Después se dirigió a la señora, y le dijo:

—Bueno; con que V. no quiere cantar.

—¿Qué quiere que le diga? Yo no sé nada.

—Pues nos la tendremos que llevar.

—¿Y tendrían corazón para llevarse a una madre teniendo a su hijo enfermo y herido en la cama?

—¿Corazón? ¿Quiere decir, señora, que aun tenemos co­razón? Yo dudo si lo tenemos, porque me palpo y no lo encuentro.

—Será porque hace frío.

Otra pausa, después pregunta a su compañero:

—¿Aun no han acabado aquellos? Vamos para allá.

Y levantándose, se fueron todos a reunirse en la parte de la casa que da hacia el patio, quedándome yo solo. Entonces pedí a la Virgen y al Angel custodio me hiciesen salir bien ‘le aquel trance.

Ellos deliberaron y se preguntaron;

—¿Qué? ¿Nos lo llevamos a aquél?—refiriéndose a mí. —¿Por qué se lo han de llevar?—preguntó la señora. —¿Qué? ¿Es de confianza?

–‘Ya lo creo, a lo menos para mí que le conozco; ahora rara ustedes, que no lo conocen.. (!) Además lo tengo reco­mendado por la Policía.

—¿Qué Policía? ¿La nueva o la antigua?

—No sé si es la nueva o la antigua. Es uno que está en el consulado ruso.

Ah! entonces es buena recomendación.

Y dirigiéndose, el que me había preguntado, hacia mí, me entregó el carnet, diciéndome, sonriente:

—Tome, descanse y esté tranquilo.

–Gracias—contesté yo, y añadí:

Sabe V. que hacen pasar mal rato!

–No; cuando se tiene la conciencia tranquila, no hay que temer.

¡Todo lo que V. quiera, pero a estas horas, tantos, y con tus armas y siendo autoridad, ¡ vaya si hacen pasar mal o!

No somos malos nosotros.

–Yo no digo eso, sino que…

Bueno, buenas noches.

—Buenas noches, buenas noches.

Y con muchos saludos los despedimos.

Después con bastante trabajo ayudamos a subir al cuñado y tío, y a las cinco volvimos a descansar, haciendo los comen­tarios que son de suponer.

Sin más incidentes llegamos a las fiestas de Navidad y de Año Nuevo. En nada se conoció fueran tales fiestas si no es por la escasez del pan, y por las colas que empezaron a for­marse, en las que tomé parte sin tener la fortuna de alcanzar un triste pan; un poco antes de llegar a la puerta de algunas panaderías, se había acabado. ¡Paciencia! otro día veremos.

Durante el periodo revolucionario transcurrido habían sido detenidas y asesinados los Sres. Carmaníu, Binimelis y Queralt, y probablemente el Rdo. Casabosch, pues se sabe que fue preso y puesto en libertad; se dice que de nuevo fue preso, y no se sabe nada más. Habían sido detenidos y metidos en la cárcel los Sres. Berenguer y Civit; el primero murió en el Hospital Clínico, víctima de pulmonía y meningitis, que contrajo en la cárcel Modelo, y recibió los sacramentos que le administraron nuestros cohermanos los Sres. Civit y Solá (de la casa de Bellpuig) también preso. El Sr. Berenguer murió el día 27 de Mayo de 1937, fiesta del Corpus. El Sr. Civit, que fue apresado el 13 de Noviembre y trasladado primero a Montjuich y después a la cárcel Modelo, estuvo preso has­ta el 7 de Noviembre de 1937.

Habían sido detenidos por breves horas los Hermanos Irigoyen (e. p. d.) y Riu.

El Sr. Vigo había logrado pasar a Turín.

El Sr. Ramis, también finé detenido y conducido a la Co­misaría, de donde salió en breve providencialmente, pues al enviar el Comisario a un ordenanza que fuera a comprobar el domicilio y demás señas que había dado el Sr. Ramis, fal­sas, no hubo el coche, y el Comisario, suponiendo que eran exactas, le dijo que se fuese.

Después, viendo que la situación de todos nosotros se complicaba y agravaba, pensó marchar a Francia, para desde allí probar de facilitarnos la salida o al menos ayudarnos con dinero. Después de mucho discurrir, lo consiguió, vestido con un mono viejo y cargando cajas de naranjas, escondiéndose en el vapor que debía llevarlo a Marsella después de tener que esperar, confundido entre milicianos, desde eso de las seis o siete de la mañana hasta después del mediodía (Dic. 1936).

Gracias a Dios llegó bien, y desde París ha sido nuestra ayuda enviándonos dinero, y últimamente varios paquetes de alimentos.

El Hno. Inglés también pasó a Francia, refugiándose en Dax.

El Hno. Portí, después de algunos cambios de casa, se fue a Manresa, el 24 de Octubre; entró enfermo de una pierna en una Clínica, donde estuvo hasta el día 31 de Mayo de 1937, en que pasó a vivir con un hermano suyo en Manresa hasta acabada la guerra.

El Sr. Antonio Trilla, el buen ayudante de la escuela, se había pasado a los Nacionales; yo no había sabido nada de suerte hasta que llegó a mis manos una carta suya fechada cl 15 de Marzo último, en la que dice que ha estado enfermo en algunos hospitales, y que se preparaba para entrar en Madrid.

Durante aquellos seis meses vi a algunos de mis cohermanos, con los que alternaba y cambiaba impresiones. El que ras me visitaba era el Sr. Lacorte, escapado providencialmen­te de Espluga de Francolí y de la muerte; se quedó en Bar­celona, y aquí ha permanecido todo el tiempo de la guerra, habiendo podido conseguir dos empleos muy lucrativos. Cada quince días nos veíamos y nos confesábamos en casa; otros hacían paseando por la calle.

De toda la Comunidad, al cabo de seis meses, éramos total tres sacerdotes que íbamos por la calle: el Sr. Pérez, (Luis), el Sr. Navarro, y el que suscribe, con los Hermanos Coad­jutores Irigoyen y Riu.

 

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