Noticia de la Manifestación de La Milagrosa

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina Labouré, Virgen MaríaLeave a Comment

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Autor: Desconocido · Año publicación original: 1984 · Fuente: Anales Españoles, Tomo II, año 1894.
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santa-catalinaNoticia histórica de la manifestación de la Medalla Milagrosa y de sor Catalina Labouré, Hija de la Caridad, a quien se apareció la Inmaculada Virgen María el 27 de Noviembre de 1830.

El culto de los fieles a la Medalla milagrosa acaba de ser sancionado por autoridad de la santa iglesia, instituyendo una fiesta para conmemorar la Manifestación de la Inmacu­lada Virgen María de la Medalla Milagrosa, a imitación de la que ya se celebraba en honor del santo Rosario y del Es­capulario de la Santísima Virgen del Carmen.

El Escapulario, el Rosario y la Medalla milagrosa son tres manantiales de bendición, de gracia y de milagros; triple atadura que asegura más la salvación a los que acuden a Vos y a vuestro poder maternal y maravilloso, ¡Oh María!, sin pecado concebida.

I

Este culto comenzó en París, donde la Virgen Inmacula­da se apareció el año 1830 a Sor Catalina Labouré, de la Com­pañía de las Hijas de la Caridad, en la capilla de su Cata- matriz, y en breve tiempo se propagó por todas partes. Trans­cribiremos aquí de la obra que tiene por título La Medalla milagrosa, algunos pormenores acerca de la mencionada Hermana y de la aparición de la Santísima Virgen.

Sor Catalina, conocida antes con el nombre de Zoe Labouré, nació el día 2 de Mayo de 1806 en Fain les Mou­tiers, pequeño lugar de la Costa de Oro, perteneciente a la parroquia de Moutiers-Saint-Jean. Sus padres eran muy cristianos, vivían honradamente cultivando sus campos y disfrutaban del bienestar que la actividad del trabajo y senci­llez de la vida proporcionan a los labradores. A los doce años hizo Zoe la primera comunión, con grande fervor y pureza de espíritu, en la iglesia de Moutiers- Saint-Jean, inspirán­dolo Dios deseos de ser única y enteramente de Aquel que se había dignado venir á habitar en su corazón.

Por aquel entonces entró su hermana mayor en la Com­pañía de las Hijas de la Caridad, y Zoe quedó como ama de casa, ayudándola una criada en los trabajos más pesados. Llevaba la comida a los segadores y no se rendía a ninguna fatiga.

Había en Moutiers-Saint-Jean una casa de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, a quienes Zoe visitaba con la mayor frecuencia que podía, y la Superiora, de quien Zoe era muy estimada, la animaba en su vida laboriosa.

Una de las cosas en que ponía mayor esmero era en cuidar del palomar, que ordinariamente tenía de setecientas a ochocientas palomas. Estas conocían tan bien a Zoe, que luego que la veían se le acercaban e iban volando á su alre­dedor en forma de corona, verificándose que las palomas, que son símbolo de la inocencia, eran atraídas por la inocen­cia. Desde sus primeros años se mostró grave y recatada; en los divinos Oficios, a los cuales puntualmente asistía, estaba con mucha modestia y compostura; y era tan amante de la mortificación, que, a pesar de lo mucho que trabajaba, tenía costumbre de ayunar los viernes y sábados, pero sin conoci­miento de su padre. Cuando éste lo supo la reprendió; mas no por eso dejó sus mortificaciones, porque pensó que debía preferir a la voluntad de su padre la voz de Dios que in­teriormente sentía. En esto se revela el carácter de la futura Hermana, que puede muy bien describirse con estas bre­ves palabras: por una parte se ve sencillez verdadera y sin afectación, diligencia en el cumplimiento de sus obligacio­nes, inocencia y fervor, y por otra se advierte un espíritu imperioso e inclinación a mandar, de modo que para seguir la voluntad ajena tenía que hacerse violencia.

En medio de las ocupaciones del campo no se olvidaba de su vocación, y así, deseada de muchos para esposa, constantemente respondió que su esposo era Jesús, su amado Salvador, a quien se había entregado mucho tiempo hacía. Mas ¿en qué Congregación había de entrar? Un sueño, en el cual se puede ver la mano de Dios, parece que la mani­festó el camino. Parecíale que se hallaba en la capilla de las almas del purgatorio y que un sacerdote anciano, de ve­nerable aspecto, entró en la misma capilla y se vistió los sa­grados ornamentos para celebrar el santo sacrificio de la Misa. Asistió a ella Zoe, Pero muy conmovida con la presencia del sacerdote desconocido; y como éste, concluida la Misa, la hiciese una señal para que se acercase, se retiró despavo­rida. Habiendo salido de la iglesia entró en una casa para visitar á un enfermo, y allí se encontró también con el sa­cerdote desconocido, quien le habló de esta manera: “Bueno es, hija mía, visitar a los enfermos. Ahora huyes de mí; pero llegará día en que tengas por gran dicha el seguirme. Dios tiene designios sobre ti; no lo olvides”. Sucedió que algunos años después, habiendo ido a visitar á las Herma­nas de Chatillón, quedó muy sorprendida al ver en el reci­bidor un retrato, que perfectamente semejaba al sacerdote que en el sueño referido le había dicho: “Hija mía, ahora huyes de mí; pero llegará día en que tengas por gran dicha el seguirme.” Preguntó en seguida cuyo era aquel retrato, y como le respondiesen que era San Vicente, comprendió lo que el sueño significaba, y que aquél era a quien debía ele­gir por Padre.

A principios del año 1830 fue recibida en la casa de las Hermanas de Chatillón, y el 21 de Abril del mismo año llegó al puerto del Seminario por ella tan deseado. Seminario quiso San Vicente que se llamara el tiempo que las jóvenes están en la Casa principal para formarse en el espíritu de su vocación, temiendo que el nombre de noviciado hiciese mi­rar á las Hijas de la Caridad como Religiosas, pues con santo atrevimiento meditaba no encerrarlas en los claustros, sino enviarlas, bajo la guarda de la caridad, a visitar a los enfermos en sus propias casas y, siendo necesario, cuidar á los he­ridos en los campos de batalla. Contribuyó mucho para su dicha y felicidad el haber tenido por director durante el tiem­po ¿el seminario a Juan María Aladel, sacerdote de gran piedad y verdadero hijo de San Vicente, hombre de juicio recto, de mucha experiencia, austero como un anacoreta e infatigable en el trabajo, cuya memoria es venerada, así en­tre las Hijas de la Caridad como entre los sacerdotes de la Congregación de la Misión. Halló Sor Catalina en este ve­nerable sacerdote un guía prudente para dirigirla por los caminos extraordinarios por donde el Señor la quería condu­cir. Este avisado director cuidó con gran vigilancia que estu­viera siempre alerta contra las ilusiones, y sobre todo que se guardase del orgullo, trabajando al mismo tiempo porque adelantase en el camino de la perfección, mediante la prác­tica de las verdaderas y sólidas virtudes.

II

Tres días antes que con solemnidad se trasladasen las reliquias de San Vicente a la capilla de San Lázaro, en Abril de 183o, tuvo Sor Catalina una visión profética. Aquel Señor que llamó a San Vicente para hacerle de pastorcillo instru­mento de su diestra, confió a una pobre aldeana los secretos de su misericordia.

“He tenido—dice—el consuelo de ver el corazón de San Vicente sobre la caja en que sus reliquias han estado expues­tas. Este mismo corazón se me ha aparecido tres días conse­cutivos y en cada uno de distinta manera”.

Una voz interior le decía: el corazón de San Vicente está muy afligido por los grandes males que van a caer sobre Francia. El último día de la octava vio el mismo corazón de color bermejo, y oyó que una voz interior le decía: el corazón de San Vicente está algún tanto consolado, porque por me­diación de María ha conseguido de Dios que sus dos familias no perezcan en la catástrofe, y que el Señor se sirva de ellas  para reanimar la fe. Con el fin de calmar su espíritu, Sor Ca­talina dio cuenta de la visión á su confesor, quien la encargó que no pensase más en ella ; y fue tan obediente, que nada se manifestó en su exterior que pudiese llamar la atención de sus compañeras.

Mientras esta humilde Hija de la Caridad tuvo visión de los próximos infortunios, Francia manifestaba su alegría y regocijo por la toma de Argel conseguida por sus ejércitos. Pero ¡ay! que bien pronto había de suceder a este triunfo una revolución sangrienta. A los pocos días de la memora­ble jornada de Julio, el espanto se apoderó del clero y de las Comunidades religiosas de París, y el señor Aladel temía también mucho por las dos familias de San Vicente de Paúl, las Hijas de la Caridad y los Misioneros, a pesar de que Sor Catalina repetidas veces le había asegurado que ni éstos ni aquéllas perecerían en la horrible tempestad.

No quiso Sor Catalina escribir las gracias con que el cielo la favorecía, así porque se juzgaba incapaz para ello, como por creer que esto sería faltar á la humildad. Por eso conten­tóse con referir á su director todo cuanto en las apariciones de la Virgen Santísima había visto y oído, quien, aunque aparentaba no juzgarlo cosa de importancia, no dejaba de hacer sus apuntes.

Sólo en el año 1856, cuando los acontecimientos vinie­ron á confirmar lo que había dicho, obligada de la obedien­cia, se determinó á escribir, aunque con repugnancia, lo que aconteció en 1830, esto es, la visión del corazón de San Vi­cente, como ya dejamos dicho, y las apariciones de la Vir­gen Santísima. También en 1876 escribió por obediencia una relación de las mismas apariciones. Después de su muerte se halló entre sus papeles otra relación, pero sin fecha.

Con estos autógrafos á la vista y demás apuntes de su director, el Sr. Aladel, publicamos las manifestaciones de la Inmaculada Virgen á la humilde Hija de San Vicente de Paúl.

III

Después que empezó á ser favorecida con visiones celes­tiales, deseó mucho Sor Catalina ver á la Santísima Virgen, y sus piadosos deseos fueron satisfechos en diversas ocasiones. No es posible ir refiriendo todos los pormenores de las apariciones, por lo cual sólo citaremos los principales rasgos que se relacionan con la Medalla Milagrosa.

¡Cuántas veces los siervos de Dios han sido guiados o avisados sobrenaturalmente por sus ángeles! Santa Francis­ca Romana gozaba de la presencia visible de su ángel de la guarda. He aquí lo que sucedió a Sor Catalina: Una no­che, a eso de las once y media, oyó que la llamaban por su propio nombre, y despertando entreabre la cartilla por la parte de donde se oía la voz, y ve un niño como de edad de cuatro ó cinco años, de rara hermosura, los cabellos rubios, vestido de blanco; el cual despedía de sí rayos muy resplan­decientes, que iluminaban todo lo que a su alrededor había. “Ven—dijo el niño con dulce acento,—ven a la capilla, por­que allí te aguarda la Virgen Santísima”. Pero reflexio­nando Sor Catalina que se hallaba en un dormitorio donde había muchas Hermanas, dijo para sí: “No puede ser, porque lo advertirán y seré descubierta”. .”No temas—replicó el niño,—porque aún no son más que las once y media y todas están durmiendo. Ven, que yo te acompañaré”.

Al oír estas palabras, no pudiendo resistir a la invitación que tan amorosamente el niño le hacía, se vistió prontamen­te y marchó siguiendo a su conductor, que iba a su derecha, esclareciendo con el resplandor que de sí despedía el lugar por donde pasaba”. Grande fue la admiración que Sor Ca­talina experimentó viendo que todas las luces del tránsito estaban encendidas; pero mucho mayor fue todavía viendo que la puerta se abrió al instante con sólo tocarla el niño con la punta del dedo, y encontrando el interior de la capilla todo iluminado; lo cual dice ella que le trajo a la memoria la Misa del Gallo. Fué siguiendo a su guía hasta el comul­gatorio, donde se arrodilló, entrando aquél en el presbiterio, donde se quedó en pie al lado derecho.

A los pocos instantes dijo el niño: “Aquí está la Virgen”; y luego apareció una Señora de inefable hermosura, vestida de blanco con velo azul. Dudó por un momento Sor Catali­na; mas cesando luego la vacilación y siguiendo los movimientos de su corazón, se arrojó a los pies de la Virgen San­tísima.

“No puedo decir con certeza —añade Sor Catalina—el tiempo que estuve con la Reina de los cielos; pero es cierto que después de haberme hablado largo rato, desapareció de la vista como una sombra que se desvanece”.

Levantóse entonces Sor Catalina y halló al niño en el mismo lugar que antes dijimos, el cual exclamó: “¡Ya se ha ido!”; y poniéndose otra vez a la derecha de Sor Catalina, fue acompañándola hasta el dormitorio, despidiendo de sí un resplandor celestial.

“Creo—prosigue el relato—que aquel niño era el ángel de mi guarda, porque con mucha instancia le había suplicado que me alcanzara la gracia de ver a la Virgen. Luego que volví a acostarme oí las dos, y ya no pude pegar los ojos”.

IV

Lo que hasta aquí queda referido es sólo parte de la co­misión dada á Sor Catalina, o, mejor dicho, una prepara­ción a la que pronto había de recibir como prenda del amor de María Inmaculada hacia los hombres.

He aquí lo que sucedió en la aparición del 27 de No­viembre de 183o. Esta visión, que el Sr. Aladel refirió al pro­motor de la diócesis, se halla inserta en el proceso verbal de la información canónica del 16 de Febrero de 1836, y es como sigue:

“A las cinco y media de la tarde, estando las Hijas de la Caridad haciendo oración, la Virgen Santísima se mostró a la Hermana en un retablo de forma oval; la Reina de los cielos estaba de pie sobre el globo terráqueo, del cual sólo se veía la mitad; llevaba vestido blanco y manto azul plateado; tenía en sus benditas manos unos como diamantes, de los cuales salían en forma de hacecillos rayos muy resplande­cientes que caían sobre la tierra, pero en un punto de ella con más abundancia.

La Hermana creyó oír una voz que decía: Estos ra­yos son figura de las gracias que María consigue de Dios para los hombres, y el punto en que con más abundancia caen es Francia. También vio en la parte superior del re­tablo escritas con caracteres de oro estas palabras: ¡Oh Ma­ría!, sin pecado concebida; rogad por nosotros, que recurri­mos a Vos. Las cuales palabras formaban un semicírculo, que pasando sobre la cabeza de la Virgen terminaba á la altura de sus manos virginales. En esto volvióse el retablo y en su reverso vio la letra M, sobre la cual había una cruz descansando sobre una barra, y debajo los corazones de Je­sús y María, de los cuales el primero estaba circundado de una corona de espinas, y atravesado con una espada el se­gundo. Luego oyó estas palabras: Es preciso acuñar una Medalla según este modelo: cuantos la llevaren teniendo aplicadas indulgencias, y devotamente rezaren esta súplica, alcanzarán especial protección de la Madre de Dios. É in­mediatamente desapareció la visión”.

Esta escena, según afirma el Sr. Aladel, se repitió mu­chas veces en el espacio de algunos meses, ya durante el santo sacrificio de la Misa, ya en la oración, y siempre en la capilla de la Casa-matriz de las Hijas de la Caridad; y añade que no está cierto cuántas veces sucedió; pero que puede asegurar que a lo menos fueron tres, porque en tres distintas ocasiones le habló sobre esto la Hermana.

El día en que sucedió la visión que acabamos de referir.

Era sábado y víspera del primer domingo de Adviento, 27 de Noviembre de 183o. En el mes de Diciembre, transcurrido un mes próximamente, se repitió la visión á la misma hora que la precedente, pero en diverso sitio de la capilla; por­que la Virgen no se detuvo junto al retablo de San José como la vez primera, sino que se dejó ver sobre el sagrario, aunque algún tanto hacia atrás. En este lugar se colocó des­pués la efigie que recuerda las maravillas de que fue teatro la capilla de las Hijas de la Caridad.

V

Después de haberse quejado la Virgen a Sor Catalina porque no se ejecutaba su mandato, el Sr. Aladel se resol­vió á hacer acuñar la Medalla según la descripción que de ella se le había hecho. Oigamos lo que él mismo nos dice en la obra Noticia de la Medalla milagrosa. “Luego que se acu­ñó la Medalla comenzó á extenderse, particularmente entre las Hijas de la Caridad, quienes, como ya tenían alguna noticia de su origen, la llevaban puesta con mucha confianza. És­tas la dieron a algunos enfermos, de los cuales, seis al punto experimentaron saludables efectos, porque tres curaron de sus males y tres se convirtieron súbitamente, lo cual fue causa de que de todas partes pidieran “la Medalla milagrosa, la Medalla que cura”. Las madres de familia en cuyos pe­chos se conservaba todavía la piedad, se la daban a sus que­ridos y ciernecitos hijos, y estas inocentes criaturas, por el extraordinario júbilo con que la recibían y guardaban, pa­rece que conocían el mérito que en ella estaba encerrado. Tan pronto como era conocida en un lugar, todas las almas piadosas se apresuraban á hacerse con ella; pero lo que más nos admiró y edificó, y no queremos dejar de referirlo aquí, es que desde los primeros tiempos de su propagación, en dos capitales de provincia, casi todos los jóvenes conviniesen en tomarla como salvaguardia de la juventud, y nos enviaron 400 medallas de plata que a este fin mandaron hacer, para que las bendijésemos y aplicásemos las indulgencias. Pronto imitaron su ejemplo otros pueblos de diversas partes, y todos los fieles acudían a sus párrocos pidiendo la Medalla y lo que causa mayor admiración todavía es que hasta los sol­dados la tomaban, de suerte que un oficial de alta gradua­ción tomó una vez 60 para enviarlas a otros oficiales que la habían pedido. Propagase la Medalla de la Inmaculada Concepción por todas las provincias y entre todas las clases de la sociedad de una manera verdaderamente prodigiosa, y de todas partes nos escribían diciendo mil alabanzas de ella. Los sacerdo­tes, llenos del espíritu de Dios, decían que por la Medalla se despertaba el fervor, así en las grandes poblaciones como en las aldeas y que ninguno de los que llevaba esta Medalla dejaba de sentir sus saludables efectos”.

El Ilmo. Sr. de Quilen—continúa el autor de la Noti­cia—nos dijo varias veces que la había dado a muchos en­fermos, a cuyo lecho le había conducido su ardiente caridad, y siempre con feliz resultado. Pero no satisfecha aún su pie­dad, hizo publicar estas maravillas en una Pastoral que diri­gió a sus diocesanos a los 15 de Diciembre de 1836, con oca­sión de consagrarse la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Loreto, en París. “Tenemos—dice en ella—el consuelo de haceros saber y deseamos que se sepa hasta en los últi­mos confines del orbe católico, cómo esta devoción ha echado en nuestra diócesis hondas raíces, y cada día se robus­tece y aumenta prodigiosamente por los enfermos que por ella recobran la salud, y cómo las gracias y favores se mul­tiplican a medida que entre nosotros se acude a la tierna piedad de María concebida sin pecado. Por eso exhorta­mos a los fieles a que lleven la Medalla que hace algunos años se acuñó en honor de la Santísima Virgen, y a que repitan con frecuencia la súplica que en torno de la imagen se halla grabada: “¡Oh María!, sin pecado concebida; rogad “por nosotros, que recurrimos a Vos”.

El piadoso e ilustre Obispo de la Iglesia de París, com­prendiendo desde el principio la importancia de la aparición de 1830, la miró con mucho interés. Él fue quien animó al Sr. Aladel a que se decidiese a dar á conocer al público la Medalla; él deseó que se le diesen algunas de las primeras que se acuñaron, cuya eficacia luego experimentó; él, antes de ordenar la información, llamó a la Superiora general de las Hijas de la Caridad, a las de su consejo y a otras Herma­nas que estuviesen bien enteradas de las cosas de la Con­gregación, para informarse de sus usos y costumbres, con el fin de averiguar cuánto fuese posible la causa por qué la Santísima Virgen les había concedido tan singular favor. Y no contento el piadoso Prelado con tener la Medalla mila­grosa, mandó además poner en su propia cámara una ima­gen de la Virgen Inmaculada según se había mostrado en la aparición. La imagen se hizo de bronce, a la vista y bajo la dirección de su S. Ilma. Esta misma estatua se expuso a la veneración de los fieles en la iglesia de Nuestra Señora, sobre un trono adornado de flores, cuando en 1839, por vez pri­mera se celebró solemnemente en la diócesis de París la oc­tava de la Inmaculada Concepción. También el día 1.° de este mismo año había consagrado su diócesis a María Inmaculada.

Para perpetuar la memoria de este acontecimiento mandó hacer una pintura, en donde él aparece en pie, puestos los ojos en la estatua de María, a quien mira con gran confian­za; y la Reina de los cielos sobre un globo, en el cual se leen estas palabras: Virgo fidelis, y en la parte superior del cua­dro, estas otras: Regina sine labe concepta, ora pro nobis. El día de la Asunción hizo a su Cabildo donación de este cuadro, para que sirviese de testimonio de la devoción suya y de su Cabildo hacia la Madre de Dios, venerada bajo el título de su Inmaculada Concepción.

En una Medalla acuñada el 1.° de Enero de 1839 se grabó esta pintura, y en uno de sus lados se representó un navío combatido de furiosa tempestad, con una estrella señalando el puerto de salvación; cuyo sentido alegórico está encerra­do en aquellas palabras de San Bernardo: Respice stellam, roca Mariam, y cuya explicación completa el siguiente verso :

Vana, Hyacinthe, furit ; Stella maris auspice, vincis

Al mismo tiempo en toda la extensión de Francia los fieles pedían a porfía la Medalla milagrosa; y lo que es más, también los que vivían en la indiferencia, los pecado­res endurecidos, los protestantes, los impíos y hasta los ju­díos buscaban la Medalla, la recibían con muestras de ale­gría y llevaban con religiosa veneración.

Y no sólo en Francia, sino también en otros países, como Suiza, el Piamonte, Italia, España, Bélgica, Inglate­rra, América, en el Oriente y hasta en la China se difundió con prodigiosa celeridad. Luego que en Nápoles se tuvo not­icia de la Medalla, escribió el Cabildo de aquella metrópoli a uno de nuestros establecimientos de esta ciudad haciendo un pedido; el Rey la hizo acuñar de plata para su real fa­milia y para toda la corte, y de otro metal hizo acuñar un millón, que distribuyó durante el cólera; y casi en todas las casas y en muchas iglesias de aquel reino es venerada la imagen de nuestra Medalla. También en Roma los Gene­rales de las Órdenes religiosas procuraron que prontamente fuese conocida. El Sumo Pontífice la puso al pie de su cru­cifijo, y la dio a muchas personas como prenda particular de su benevolencia pontificia.

Para conocer la rapidez con que se propagó, basta con­sultar los registros del Sr. Vachette, que fue el encargado de acuñarla, pues de su examen resulta que desde el mes de Ju­nio de 1832 hasta este mismo de 1842, ha despachado veinte millones: dos millones de oro y plata,, y dieciocho de cobre. Además, por encargo suyo, otros fabricantes han ven­dido aquí mismo en París veinte millones: en Lyon, otros cuatro conocidos suyos, hasta cuarenta millones por lo me­nos, y las acuñadas y expendidas en otras ciudades de Fran­cia y del Extranjero no tienen número”.

A vista de tan prodigiosa propagación y movido de las repetidas instancias que de todas partes hacían para que se diese á conocer al público el origen de la Medalla, el Sr. Ala del publicó en el año 1834 un libro en el que se contenía un breve resumen de la aparición y de las gracias y favores que por medio de la Medalla se habían alcanzado. Apenas había visto la luz pública el librito cuando quedó agotada la edición. Imprimióse de nuevo, y en 1842, cuando se hizo la octava edición, el número de ejemplares expendidos ascen­día a 130 000. Cada una de las ediciones salía aumentada con los muchos milagros que en ella de nuevo se referían.

La conversión del Sr. Ratisbona es uno de los hechos más memorables, por lo cual no se puede pasar en silencio.

VI

Era Alfonso Ratisbona hijo de una familia hebrea muy distinguida de Estrasburgo. A fines del año 1841 contrajo esponsales con una joven de su misma raza, la cual reunía todas las cualidades que al parecer le habían de hacer fe­liz. Pero antes de celebrar el matrimonio quiso hacer un via­je de recreo al Oriente, y de paso visitar las principales po­blaciones de Italia. Parecióle que nada digno de llamar su atención habría en Roma, y de Nápoles se dirigió a Paler­mo; pero la divina Misericordia le llamaba sin que él discer­niera su voz, pues como violentado por un impulso secreto del cielo cambió de resolución y se dirigió a Roma. Aquí le esperaba la gracia. A causa del odio que Alfonso tenía al ca­tolicismo, parece que no podía presagiarse su conversión; y su oposición a la verdad habíase aumentado más aún después que su hermano Teodoro había renunciado á las creen­cias de sus mayores y había recibido los sagrados órdenes. No podía perdonarle lo que él llamaba deserción.

Estas eran las disposiciones en que se hallaba Alfonso cuando se dirigió a Roma, de donde pensó ausentarse luego que puso los pies en ella. Pero antes de salir de Roma tenía que visitar a un condiscípulo y amigo desde la infancia, con quien siempre había conservado íntimas relaciones, por más que fuesen distintas las creencias de entrambos. Este amigo era Gustavo de Bussiére, de religión protestante.

Fuese, pues, Alfonso a casa de su amigo; preguntó por él, pero no estaba en casa; mas por disposición de la Providen­cia, como el criado que salió a recibirle, que era italiano, no le entendiese bien, le introdujo en la sala de Teodoro Bus­siére, hermano de su amigo, el cual había tenido la dicha de abjurar el protestantismo. Este, sabiendo que Ratisbona era judío, le recibió con muestras de particular afecto y cariño. Después de haber hablado, como parecía natural, de los di­versos lugares que había visitado nuestro viajero, hicieron recaer la conversación sobre asuntos religiosos; mas Alfonso no pudo disimular su animadversión contra el catolicismo, y protestaba que había nacido judío y judío había de morir.

El Sr. de Bussiére, sin alterarse con semejantes protes­tas, movido por secreto impulso de la gracia, tuvo la ocu­rrencia de ofrecer al judío la Medalla milagrosa. Semejante ocurrencia hubiera parecido a muchos temeridad; pero el Sr. de Bussiére, con aquella santa libertad que da la fe pre­sentó a nuestro Alfonso la Medalla de María Inmaculada, di­ciendo: “Dígnese Ud. aceptar este insignificante recuerdo, y le ruego que no lo rehúse”. Admirado Ratisbona y como fuera de sí por lo peregrino de la ocurrencia, la rechazó con tal indignación que fuera bastante para desalentar a cual­quiera que no fuese su nuevo amigo. Por fin la aceptó, pero acompañando su condescendencia con tales burlas que des­pedazaban el corazón cristiano de quien las oía.

Durante la contienda, dos niñas del Barón de Bussié­re, que aunque de muy poca edad, merced a la educación eminentemente religiosa que habían recibo, eran muy pia­dosas, pusieron un cordoncito a la Medalla, y luego el padre la puso en el cuello del israelita. Animado con este primer triunfo el Sr. de Bussiére, quiso pasar más adelante, y, en efecto, consiguió de Ratisbona que había de rezar á la San­tísima Virgen la súplica: “Acordaos, oh piadosísima!… “; y con esto se despidieron.

Pocos días después tuvo el Barón de Bussiére la desgra­cia de perder a unos de sus más queridos amigos, el señor de La Ferronais, el cual falleció repentinamente el día 17 de Enero de 1842.

A la una de la tarde del día 20 dirigíase el Barón de Bussiére a la iglesia de San Andrés delle Fraile con el objeto de preparar lo necesario para el día siguiente, que era el se­ñalado para celebrar los funerales del Sr. de La Ferronais, y en el camino encontró al Sr. Ratisbona. Entraron ambos en la iglesia, y el de Bussiére rogó a su compañero que le espe­rase un poco mientras él iba á hablar con uno de los monjes acerca del funeral que se había de celebrar el día siguien­te. Al cabo de unos doce minutos volvió el Barón, y ¿cuál sería su admiración cuando vio al judío a la parte iz­quierda del templo arrodillado y en la postura más humilde y reverente? Por fin Alfonso se vuelve para responder al de Bussiére, y su rostro bañado en lágrimas y sus manos jun­tas descubren en parte el misterio que acaba de verificarse. ¡Ah, seguramente ha rogado por mí el Sr. de La Ferro­nais! Lléveme Ud. adondequiera — añadió.— Después de lo que he visto… Y no pudiendo articular más palabras, saca la Medalla que hacía cuatro días llevaba, la besa con ternu­ra, la riega con dulces y abundantes lágrimas, y entre sus­piros y sollozos se le escapan estas palabras: ¡Cuán bueno es Dios! ¡ Cuán dignos de lástima los que no tienen fe!

El Barón de Bussiére llevó al recién convertido a presencia del Rdo. P. Villefort, por quien fue recibido cariñosa­mente el Sr. Ratisbona. Este, tomando la Medalla de María Inmaculada, la besaba devotamente y exclamaba: ¡La he visto! ¡La he visto!

Y después, añadió: Al poco tiempo de haber entrado en la iglesia experimenté una turbación inexplicable; levanté los ojos y me pareció que desaparecía de mi vista todo el edificio, reconcentrándose, por decirlo así, toda la luz en una de las capillas. En medio de la luz apareció sobre el altar, resplandeciente y llena de majestad y dulzura, la Virgen Santísima, del mismo modo que está grabada en esta Medalla. Una fuerza irresistible me impulsaba hacia esta Virgen Purísima, la cual me hacía señas con la mano para que me arrodillase, y al mismo tiempo parece que me decía: “Bien, Alfonso, bien”. Aunque no me habló, com­prendí cuanto quería decirme.

Al día siguiente se supo en toda la ciudad la conversión maravillosa, y todos deseaban con ansia saber lo ocurrido. Algunos días después, el neófito fue bautizado, y el Sumo Pontífice dio audiencia al nuevo convertido. El Papa—decía después Alfonso—ha tenido la bondad de introducirnos en su propia cámara, y allí, junto a su cama, me ha mostrado una excelente pintura de mi amada Medalla, la cual venera con tierna devoción. Llevaba yo muchas medallas, y Su San­tidad se dignó bendecirlas. Estas son las armas de que me serviré para conquistar almas a Jesús y María.

La conversión del Sr. Ratisbona había hecho mucho ruido para que la Silla Apostólica no tomase parte en un acontecimiento que de todos era tenido públicamente por milagroso. Mandó, pues, Su Santidad que fuese examinado y juzgado según las reglas establecidas por la Iglesia; y en consecuencia, el Cardenal Vicario ordenó que se hiciese in­formación. Después de haber interrogado a nueve testigos y recibido su declaración, pesadas con madura deliberación todas las circunstancias, el Emmo. Cardenal Patrizzi declaró el día 3 de Junio de 1842 que constaba plenamente el verdadero e insigne milagro que Dios había obrado por intercesión de la Bienaventurada Virgen María en la conver­sión de Alfonso María Ratisbona del judaísmo al catolicis­mo. Además, su Eminencia, para mayor honra de Dios y acrecentamiento de la devoción que los fieles profesan a la Bienaventurada Virgen María, dio licencia para que se im­primiese y publicase la relación de tan portentoso milagro. También se hizo un cuadro que representaba la aparición de la Santísima Virgen al Sr. Ratisbona, y fue colocado en la iglesia de San Andrés, donde el milagro había ocurrido.

Poco después de haber vuelto á Francia concibió nuestro buen Alfonso el designio de erigir en la casa de huérfanas de la Providencia, situada en el arrabal de San Germán (en París) una capilla bajo la advocación de María Inmaculada. El día 1º de Mayo de aquel mismo año 18.42 se puso la primera piedra, y al cabo de dos años ya estaba terminada la obra; de suerte que el 1º de Mayo de 1844 se bendijo con mucha solemnidad la capilla, hallándose presentes el Sr. Des­genettes, párroco de Nuestra Señora de las Victorias, funda­dor de la casa; el Barón de Bussiére, el Sr. Etienne, Supe­rior general de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad; D. Eugenio Boré , sucesor inmediato del se­ñor Etienne, aunque a la sazón era todavía seglar, y el pres­bítero Bennechose, que más tarde fue Obispo y Cardenal, etcétera.

A esta capilla venía frecuentemente el Sr. Ratisbona para dirigir al cielo sus oraciones, junto con las de las huerfanitas y de las Hijas de la Caridad, y siendo ya sacerdote tuvo el consuelo de celebrar aquí muchas veces el santo sacrificio de la Misa, y postrarse ante la imagen de la Inmaculada Con­cepción para dar gracias á su celestial bienhechora, pues ha­bía en el altar un cuadro que representaba la aparición de San Andrés delle Fraile.

VII

Como preludio á la consagración de la Manifestación mi­lagrosa por el oficio litúrgico que ha concedido León XIII, la Iglesia autorizó en 188o el celebrar el quincuagésimo ani­versario de la Aparición de la Medalla milagrosa, y puede de­cirse que en aquella ocasión se celebraron fiestas solemnes en todas partes.

No asistió á dichas fiestas Sor Catalina, pues ya había pa­sado á mejor vida después de haber vivido santamente du­rante muchos años en la Compañía de las Hijas de la Cari­dad. En 1831 fue con el nombre de Sor Catalina al hospicio de Enghien, situado en el arrabal de San Antonio (París), y allí pasó toda su vida y dejó el recuerdo de su edificante vir­tud. Con su humildad consiguió no ser conocida por el ins­trumento de las manifestaciones tan admirables de la Virgen Inmaculada. Solamente en los últimos años fue descubrién­dose poco a poco el secreto. Merced a la discreción que se guardó, pudo Sor Catalina permanecer oculta en su humilde ocupación durante muchos años, pues estuvo empleada pri­mero en la cocina, después cuidando de la ropa blanca, y luego, casi por espacio de cuarenta años, en la sala de ancia­nos del hospicio de Enghien, juntando a estos oficios el cui­dado de las gallinas.

En tan humildes ocupaciones hallaba sus delicias, juz­gando que no había nada en el mundo que se pudiera prefe­rir á la dicha de estar con sus pobres, y era además muy di­ligente en tenerlo todo aseado y muy bien ordenado. Ha­blando de esto al fin de su vida, como de su mayor consue­lo, decía: “Siempre me gustó estar en casa, y de buena gana cedía mi vez á las demás cuando sólo se trataba de dar un paseo, por servir a mis pobres”.

Para una cosa solamente salía con gusto, y en esto no cedía su turno a nadie, a saber: para ir a la Casa-madre (no conocía otro camino en la ciudad de París) y allí orar igno­rada y desconocida en la capilla donde la Virgen Inmacula­da se la había aparecido.

No tomó ocasión de los singulares favores con que la Vir­gen Inmaculada la había enriquecido para envanecerse; y en los últimos meses de su vida, en que Dios Nuestro Señor le concedió algún desahogo, permitiendo que hablase sobre la aparición , decía : “Yo he sido favorecida del cielo; pero no he sido más que mero instrumento. No únicamente para mi provecho, ni por mis méritos, se me ha aparecido la Virgen, pues yo no sabía nada, ni aun escribir, y lo poco que sé lo he aprendido en la Congregación; mas por esto me ha esco­gido la Virgen Santísima, para que no pudiese haber lugar a duda.”

Habiendo vivido Sor Catalina por espacio de cuarenta y seis años en una casa bastante grande, bajo el gobierno de cinco Superioras, donde el número de Hermanas era consi­derable, necesariamente hubo de tener muchas compañeras de distintos caracteres, las cuales la apreciaron de diversas maneras, no faltando quien dijese que tenía trastornada la cabeza, sin que por ello se turbase lo más mínimo. Recibía con señales de agradecimiento las demostraciones de afecto y cariño, y no mostraba resentimiento por las palabras pi­cantes y molestas.

Con tanta exactitud y uniformidad guardaba las reglas, que parece obraba sólo por costumbre. Jamás se le oyó una palabra contra la caridad, y rara vez, ni siquiera cuando la edad parece que podía darle alguna autoridad sobre las jó­venes, se permitía una reprensión o un aviso á no ser que se la consultase; y a propósito de la sumisión, solía decir en estos casos: “Aquí está todo nuestro negocio, porque sin obediencia no puede existir Comunidad alguna”. Así es que al fin de su vida obedecía a su Superiora con la misma pron­titud que cuando salió del Seminario.

Y no se crea que Sor Catalina fuese de carácter apacible, de modo que le fuera como espontánea la obediencia; al con­trario, tenía su geniecito. Era de bastante disposición, enten­día de las labores propias de su sexo, y desempeñaba con per­fección cuanto se le encargaba.

Sor Catalina conservó durante toda su vida la ocupación que desde el principio le dieron en el hospicio de Enghien, á saber: el cuidado de los ancianos, a quienes servía con en­trañable solicitud, sin que por esto descuidase el palomar, que le recordaba las delicias más puras de la inocencia de su infancia; y la que cuando joven vimos rodeada de palomas, también ahora, aunque de edad avanzada, cuida con mu­cho esmero de estas avecitas, que son símbolo de la ino­cencia.

Llegado el año de 1876, hablaba con frecuencia de su muerte, y en cada una de las fiestas decía: “Esta será la última vez que yo celebre la presente festividad.”

Sus fuerzas se disminuían cada día, pues el asma, junto con el mal de corazón, la iban acabando poco á poco; pero esperaba sin temor la muerte. Hablando un día de su muer­te, le dijo la Superiora: “¿No tiene Ud. miedo, Sor Catali­na?” “i Miedo!—exclamó.—¿Por qué he de tener miedo? Voy á unirme con Nuestro Señor, con la Santísima Virgen y con San Vicente”.

Por fin, el 31 de Diciembre de 1876, asistida con todos los socorros espirituales de la Comunidad, entregó piadosa­mente su alma a Dios. A las siete pareció que se adormecía, y sin agonía, sin señal de padecimiento alguno y sin que apenas se pudiera advertir, expiró… Es imposible presenciar muerte más tranquila.

Bajaron el cadáver a la capilla adornado de flores (allí estaba la Virgen Inmaculada), siendo el remate del adorno aquellas palabras: ¡Oh María!, sin pecado concebida; rogad por nosotros, que recurrimos a Vos; las cuales parece como si representaran el último eco de su vida.

Sin duda desde el cielo se alegra con la tierra de los honores tributados a la Inmaculada Virgen María, cuyo in­térprete fue. Puede ser que llegue día en que podamos invo­car a la humilde Hija de la Caridad, por medio de la cual ha recibido del cielo el mundo cristiano el don de la Medalla Milagrosa.

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