Luisa de Marillac, Carta 0197: Al señor Portail

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Roma

21 de junio de 1647

Señor:

Hace mucho tiempo que deseaba tener el honor de escribirle, aunque no me atrevía a importunarle; pero el estado en que ahora se encuentra usted me hace superar todos mis temores para hacerle presente la necesidad que sus pobres Hijas de la Caridad tienen de SU regreso, no vaya a ser que en su enfermedad confunda usted «Paraíso» con París. ¿Y qué haríamos entonces? Porque estoy persuadida de que la perfección que Dios pide a toda la Compañía requiere su dirección y sus caritativas advertencias. Ciertamente su prolongada ausencia ha sido muy penosa para nosotras, aunque yo personalmente he sentido consuelo al pensar se hallaba usted en las fuentes de la santa Iglesia, junto a su cabeza visible, el Padre Santo de todos los cristianos, a donde tantas veces he deseado (ver)me para recibir como hija, aunque indigna, su santa bendición. Pero como mi edad y mis enfermedades, que aumentan cada día, empiezan a hacerme perder la esperanza de favor tan deseado, y como por otra parte tengo el conocimiento de la gran dicha que por gracia de Dios ha sido para mí vivir y querer morir en la fe de Jesucristo, me ha venido, señor, el pensamiento de suplicarle humildemente, por amor de Dios, que me consiga para la hora de mi muerte esa gracia que se me pueda aplicar en aquel instante.

Pero, señor, yo querría extenderme más todavía y rogarle, si es cosa que pueda hacerse, procure la misma dicha para todas aquellas a quienes Dios conceda la gracia de morir en la Compañía de las Hijas de la Caridad, ya que me parece que es el Espíritu de Jesucristo el que ha inspirado escojan esta forma de vida a las personas que El ha elegido para honrar la vida humana que llevó aquí en la tierra.

¿No le parece, señor, que esto es avisarnos con insistencia que tenemos doblemente la dicha de ser hijas de la Iglesia? y siendo esto así, ¿no tendremos también un doble deber de vivir y obrar como hijas de tal Madre? Esto requiere una perfección muy grande. Venga usted pronto, señor, para ayudarnos a adquirirla, y entre tanto, siga prodigándonos sus caritativos cuidados desde el altar y en sus santas oraciones y, actualmente, en sus sufrimientos.

Permítame, señor, saludar respetuosamente al señor Dehorgny1 y al señor Alméras,2 a quienes pido la misma caridad que a usted.

Nuestra Hermana Sor Carcireux3 está bien de salud, gracias a Dios. Nuestras Hermanas Florencia, Francisca de Montargis, Maturina, de Angers y Petra Fleury, una de las tres que su caridad nos envió desde Angers, han fallecido, así como varias otras a las que usted no conoce; Sor Micaela, la alta, que mandó usted también de Richelieu y otras más, han salido. En fin, que tenemos gran necesidad de Hermanas, porque nos piden muchas de todas partes. Ya ve usted, señor, si tenemos necesidad de mucha ayuda ante el buen Dios.

Encomiéndenos a toda su santa familia, especialmente a mí que más que nadie tengo motivos para temer y dudar por mi salvación, aunque la espero de la misericordia de Dios por los méritos de su Hijo, en cuyo amor soy, señor, su muy obediente y humilde servidora.

  1. Señor Dehorgny (ver C. 6 n. 1).
  2. Señor Renato Alméras (1613-1672). Entró en la Congregación de la Misión en 1637. De 1641 a 1646, fue Director del Seminario, en París y Asistente de San Lázaro. Enviado a Roma en 1646, regresó en 1651 para tomar la dirección del Colegio de Bons Enfants. Después de visitar las casas del Oeste de Francia (1653) y las regiones devastadas de Picardía y Champaña (1654), regresó a San Lázaro como Asistente A la muerte del señor Vicente fue elegido Superior General.
  3. Francisca Carcireux (ver C. 251 n. 2).

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