Luisa de Marillac, Carta 0030: Al señor Abad de Vaux

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Angers

La Chapelle, en esta fiesta de Santa Ana (26 de julio de 1640)

Señor:

Me he dado cuenta de que con frecuencia tiene usted que salir fuera de la ciudad y me parece que hay cierto desorden en nuestras Hermanas; no sé si el señor Lamberto1 habrá ido por ahí; si va, le ruego a usted humildemente se tome la molestia de hablarle con toda claridad del estado en que se encuentran, tanto en general como en particular. Alabo a Dios con todo mi corazón de que esa buena muchacha se haya consagrado al servicio de las Penitentes. Le aseguro que si yo hubiera estado ahí y me hubiera hablado de ello, creo que la habría persuadido, de serme posible, que lo hiciera; como sabe usted muy bien, durante mi estancia en esa, no dije una palabra de quedarse con nosotras, ni a ella ni a otras que de muy buena gana hubiera deseado, sólo por consideración a ese establecimiento. ¿No es razonable, señor, servir a todas las almas que Dios ha redimido? Y las que están en Angers me son tan queridas como las de cualquier otro lugar, y si me atreviera a decirlo, un poco más. Va en ello mi propio interés, por el honor y caridad que ahí he recibido. Así pues, señor, que la santísima voluntad de Dios se haga en nosotras y por nosotras en el tiempo y en la eternidad. No he pensado todavía nada acerca de las jóvenes de las que su caridad me hace el honor de escribirme; no sé si es debido a que mi espíritu espera que tenga usted la bondad de darme más informes de ellas. Me parece que yo recelaría casi por igual de un espíritu que, por no sé qué sentimiento, nada temiese, que de otro que, por prudencia humana, quisiera saberlo todo antes, aunque luego cediera. Tengo un poco de recelo de las muchachas que han servido y se quedan en la ciudad; no obstante, el Espíritu de Dios se derrama en todas partes.

Todavía no he tenido el honor de ver a la persona a quien ha encargado usted le proporcione los Salmos del difunto señor de Marillac2; no sé si quedarán ejemplares a la venta; por lo que se refiere a sus libros de Job, no han visto la luz. Mi hijo me ha dicho que su señor sobrino regresaba pronto. Le entregaré a él el libro que tengo yo si no he podido hacerme con otro. Ya ve, señor, con qué libertad le hablo y me porto con usted. Mucho me agradaría, a su regreso de Loudun, saber por usted lo que hay de cierto sobre ese lugar. Permítame que siga encomendando, como siempre, a nuestras pobres hijas a su caridad. Supongo que el señor Tonnelier3 no estropeará la cosa. Créame siempre en el amor de Jesús Crucificado, señor, su muy humilde hija y obediente servidora.

  1. Lamberto aux Couteaux, ver c. 22 n. 1.
  2. Miguel de Marillac (1563-1632), Guardasellos–o Ministro de Justicia. Hombre de gran profundidad espiritual. Trabajó en su reclusión de Châteaudun en un Tratado sobre la Vida Eterna. Emprendió también la traducción del libro de la imitación de Cristo, de los Salmos y la del libro de Job. Su nuera que había ido a reunirse con él en Châteaudun, se encargó de la publicación de dichas obras.
  3. Confesor de las Hermanas del Hospital de Angers.

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