Luisa de Marillac ha sorteado los duros años de tormenta y ha salido de ellos desprendida de sí misma y pacificada en Dios. Ahora se encuentra totalmente disponible en sus manos para completar la «fundación» de la Compañía.
Este trabajo de afianzamiento que empezó durante la crisis, prosigue hasta los últimos años de la vida de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac. Ambos ven cómo el establecimiento de algunas estructuras es indispensable después de los primeros años de existencia y de experiencia de la nueva Comunidad.
Los Consejos en la Compañía
Los Consejos en la Compañía se implantan a partir del mes de junio de 1646. En ellos toman parte varias Hermanas. Los Fundadores piensan, en efecto, que es necesario formar poco a poco a algunas Hermanas para que estén en condiciones de asumir por completo, cuando llegue el caso, la dirección de la Compañía. La salud de Luisa de Marillac sigue siendo frágil. El Señor Vicente hace alusión a ello escribiendo a uno de sus cohermanos, el 13 de diciembre de 1647:
«Considero a la Srta. Le Gras como muerta naturalmente desde hace diez años; se diría al verla que sale de la tumba, dada la debilidad de su cuerpo y la palidez de su rostro. Pero Dios sabe la fuerza de espíritu que posee».
Durante el primer Consejo —el 28 de junio de 1646— Vicente se dirige a las participantes en el mismo:
«Mis queridas hijas: la creación de este Consejo supone, por la gracia de Dios, un comienzo de orden y de fundamento puesto por su Providencia en vuestra Compañía».
Tres Hermanas están presentes ese día junto a Luisa de Marillac: Ana Hardemont, Hermana Sirviente de la Parroquia de San Pablo, en París; Juana Lepintre, que sustituirá a Luisa de Marillac al frente de la Compañía durante el largo viaje que hará aquella a Nantes en los meses de julio a septiembre del mismo año; e Isabel Hellot, secretaria de la Señorita, que será quien escriba el acta del Consejo. El Sr. Alméras está presente también, en lugar del Director, Sr. Portail, que en esa fecha está pasando visita a las Comunidades del oeste de Francia.
El Sr. Vicente empieza por exponer la finalidad de un Consejo:
«Estamos aquí reunidos… para estudiar algunas necesidades, según se practica en todas las Comunidades bien reguladas».
Durante este Consejo se abordan temas muy distintos: el despido de Jacqueline, que es causa de numerosos desordenes por su conducta y sus palabras; la admisión de una joven, Catalina, muy buena pero inválida; la elección de una Hermana Sirviente para la Parroquia de San Pablo, en sustitución de Ana Hardemont; la constitución de la nueva comunidad del Hospital de Nantes; la necesidad, o no, de tener un locutorio en la Casa Madre.
El Sr. Vicente dedica todo el tiempo necesario para explicar a las Hermanas en qué forma deben participar. Luisa de Marillac, Hermana Sirviente de la Compañía, es la que expone el asunto que se ha de tratar y da las razones a favor y en contra. A continuación, se invita a cada una de las Consejeras a que dé su opinión sencillamente y motivándola. El Sr. Vicente hace destacar con toda claridad que las opiniones pueden ser diferentes y que no hay que temer exponerlas. No obstante, cada una tiene que estar en guardia para no querer imponer a toda costa su punto de vista. La decisión corresponde a Luisa de Marillac; se toma inmediatamente o bien se aplaza para poder «pensarlo delante de Dios».
En el transcurso de aquel primer Consejo, cada una de las Hermanas expresó su parecer con toda libertad. Las discusiones resultaron a veces largas porque los pareceres eran diferentes. Algunas decisiones se aplazaron para más adelante.
Ocho días después de aquel primer Consejo, se celebró el segundo. Es difícil saber si a partir de entonces se celebró el Consejo todas las semanas. Entre 1646 y 1660, han llegado hasta nosotros solamente 29 actas. Estos documentos, en los que puede verse de qué manera reflexionaban los Fundadores ante cada problema, cómo tomaban una decisión… son una riqueza para toda la Compañía. El Consejo General —y algunos Consejos Provinciales— al empezar cada una de sus sesiones, hoy día, leen y meditan estos textos con el deseo de impregnarse mejor del pensamiento de los Fundadores.
El Seminario
El 30 de octubre de 1647, el Señor Vicente inició el Consejo insistiendo en la necesidad de proseguir la organización de la Compañía.
«Hijas mías, se trata de poner orden en algunas cosas necesarias que la Srta. Le Gras ha advertido en la Compañía, en las que, si se puede poner algún remedio, más vale hacerlo ahora que más tarde… La Srta. Le Gras sigue con vida. Lo que se haga actualmente quedará para siempre; si dejamos que las cosas sigan envejeciendo, cuando dentro de algún tiempo se las quiera remediar, de aquí a treinta años, a cuarenta años, a cincuenta años, si la Compañía dura hasta entonces, ya no será posible hacerlo. Se dirá: «esto es lo que se hacía desde el principio y continuó del mismo modo; vivían entonces el Padre Vicente y la Srta. Le Gras, y ellos aprobaron que se hicieran así las cosas’: Por eso, hijas mías, si hay algo que hacer para la perfección de la Compañía, es menester hacerlo y cuanto antes».
Un punto importante que se estudió en este Consejo fue la cuestión de la formación de las nuevamente llegadas a la Compañía. Hasta entonces, Luisa de MariIlac acogía a las postulantes que le mandaban de las casas, estudiaba con ellas su vocación, les explicaba cuál era la misión de la Hija de la Caridad. Se encomendaba cada una de estas Hermanas a una Hermana antigua y a su lado aprendía a servir a los Pobres en una parroquia de París o en el Hospital General. Con el tiempo fueron apareciendo algunos abusos: las jóvenes se apegaban profundamente a su formadora, a la que llamaban «tía», y se iban formando pequeños grupos que suponían un desorden en las casas.
Luisa de Marillac pensó que era necesario disponer de una Hermana encargada especialmente de formar a las «novicias» y sometió su proyecto al Señor Vicente, quien lo consideró positivo y lo sometió al Consejo. Juliana Loret fue la primera Directora del Seminario que se nombró en la Compañía. El Señor Vicente le explicó en qué consistía su misión de formadora:
«¡Hermana mía! ¿Qué es lo que quieren hacer con usted? Es el primer cargo después de la Superiora y el más importante. Se trata de formar a jóvenes para que puedan servir a Dios en la Compañía, hacer que arraiguen en la virtud, enseñarles la sumisión, la mortificación, la humildad, la prática de sus reglas y de todas las virtudes…».
Cuando se fundó el Seminario, las Hermanas jóvenes llegadas a la Compañía compartían por completo la vida de las Hermanas de más edad que vivían en la Casa Madre: rezos, comidas, dormitorio… Fue en el generalato de Maturina Guérin cuando se habilitó un pabellón distinto para el Seminario.
Las Reglas y las Constituciones de la Compañía
Desde la fundación de la Compañía, en 1633, Luisa de Marillac había puesto por escrito el empleo del día y preparado un breve reglamento para las primeras Hermanas. Hacia 1639-40, redactó un proyecto de Reglas que el Sr. Vicente leyó y comentó en la Conferencia del 19 de julio de 1640:
«La Providencia ha permitido que las primeras palabras de vuestras reglas sean de esta manera: «La Compañía de las Hijas de la Caridad se ha fundado para amar a Dios, servirle y honrar a Nuestro Señor, su Patrono, y a la Santísima Virgen». ¿Y cómo le honraréis? Vuestra Regla lo indica haciéndoos conocer el plan de Dios en vuestra fundación: «Para servir a los Pobres enfermos, corporalmente, administrándoles todo lo que les es necesario, y espiritualmente, procurando que vivan y mueran en buen estado»».
Después de haber explicado este artículo, el Sr. Vicente lee el segundo:
«El segundo artículo os dice que os améis las unas a las otras como hermanas a las que ha unido Jesucristo con el vínculo de su amor».
Esta primera redacción, de la que no se ha conservado el texto (por separado), no es, sino un esbozo hecho por Luisa de Marillac, pero que va a servir de hilo conductor para la preparación del reglamento de las Hermanas de Angers.
Luisa desea una redacción definitiva para que cada una de las Hermanas pueda leer u oir leer las Reglas de la Compañía. El Domingo de Pascua de 1647, Luisa, al recordar al Sr. Vicente el tema de la próxima Conferencia, termina su carta con este deseo:
«Como también el que tuviéramos nuestros pequeños reglamentos para que los leyéramos de vez en cuando en la Compañía».
Estas Reglas que Luisa desea tanto están en parte redactadas. Se han sometido al Arzobispo de París (ver ECOS de enero 1988, p. 20); pero Luisa de Marillac no puede aceptarlas porque colocan a la Compañía de las Hijas de la Caridad bajo la dirección del Arzobispo de París y, por lo tanto, de los Obispos de las diversas diócesis.
Sin desalentarse, con gran tenacidad, Luisa vuelve a emprender su insistencia para conseguir que el Señor Vicente y sus sucesores sean reconocidos como Superiores de la Compañía. En abril de 1651, va a visitar al Procurador General ante quien se depositaron las Cartas Patentes redactadas en 1646. Pero éstas han desaparecido. En su conversación con el Procurador, Luisa insiste en el carácter secular de la Compañía. El Procurador General alaba la labor llevada a cabo por las Hermanas con los Niños Expósitos y con los Condenados a Galeras.
El 5 de julio siguiente, Luisa expone «muy sencillamente» a Vicente de Paúl aquello que «la experiencia nos ha hecho ver podría impedir el afianzamiento de la Compañía»:
«El fundamento de este establecimiento, sin el cual me parece es imposible que la Compañía pueda subsistir ni que Dios saque de ella la gloria que a todas luces parece ha querido le tribute, es la necesidad de que dicha Compañía sea erigida, bajo el título de Compañía o el de Cofradía, totalmente sometida y dependiente del gobierno venerable del muy Honorable General de los Reverendos Señores Sacerdotes de la Misión».
La insistencia de Luisa descansa en dos convicciones. El Superior General de la Congregación de la Misión es la piedra sobre la que Dios ha edificado la Compañía; él tiene que ser quien fortalezca la Fe de esta Compañía. El Superior General de la Congregación de la Misión ha comunicado un espíritu a esta Compañía: sus sucesores, formados en ese mismo espíritu, podrán mantenerlo en las Hijas de la Caridad.
Pero, por su parte, Vicente de Paúl encuentra obstáculos en este proyecto. En su humildad, no quiere reconocerse como Fundador de las Hijas de la Caridad: es Dios quien lo ha hecho todo, es Dios el autor de la Compañía. Además, Vicente no querría apartar a la Congregación de la Misión de su finalidad: la evangelización de la gente del campo y la obra de los Seminarios. ¿Puede y debe la Congregación de la Misión encargarse de la dirección de las Hijas de la Caridad? Por otra parte, Vicente se ha mostrado siempre muy respetuoso con la Iglesia. En cada diócesis la vida cristiana está sometida al Obispo; ¿pueden las Hijas de la Caridad sustraerse a esta regla? Las Hijas de la Caridad son sencillamente cristianas consagradas a Dios, pero no son monjas.
Pacientemente, Luisa de Marillac espera que la gracia de Dios actúe. En septiembre de 1651, al escribirle tras la muerte de varias Hermanas, el Señor Vicente parece responder indirectamente a sus insistencias:
«Es Dios el que ha fundado esa pequeña Compañía y el que la dirige; déjele hacer y adoremos su divina y amable dirección».
Pero poco a poco el Sr. Vicente va dejándose convencer. Ayudado por el Sr. Portail, prepara una nueva petición al Arzobispo de París. El 18 de enero, el Cardenal de Retz, refugiado en Roma, aprueba de nuevo la Compañía de las Hijas de la Caridad. En adelante, su dirección y su gobierno quedan encomendados a Vicente de Paúl, de por vida, y después de él, a sus sucesores los Superiores Generales de la Congregación de la Misión. Luisa está feliz, no de su propio éxito, sino de que la Compañía pueda seguir adelante cumpliendo, según el designio de Dios, la obra comenzada. Con la ayuda de los Sacerdotes de la Misión, la Compañía podrá ser fiel al carisma que se le ha confiado.
¡Quiera Nuestro Señor, en su bondad, continuar por largos años la ejecución de sus designios sobre la Compañía por la santa dirección de usted!» escribe Luisa de Marillac a Vicente de Paúl.
El 8 de agosto de 1655, se celebra una ceremonia importante en la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, en el arrabal San Dionisio. Vicente de Paúl, en presencia de Luisa de Marillac y de todas las Hermanas reunidas para asistir a la Conferencia, erige oficialmente la Compañía:
«Quiero leeros ahora la aprobación de vuestra fundación por el Señor Arzobispo de París y la confirmación de la misma por el Sr. Cardenal de Retz, su Coadjutor. También os leeré vuestras Reglas».
Después de la lectura, el Sr. Vicente alentó a !as Hermanas escogidas por Dios para ser los «cimientos» de la Compañía a que perseveraran fielmente en su vocación.
Las Reglas prevén la elección de la Superiora y de su Consejo. Luisa de Marillac había suplicado al Sr. Vicente que, ateniéndose a las Reglas aprobadas, se hiciera la elección de una nueva Superiora. El Sr. Vicente, actuando en su calidad de Superior General, rogó a su vez a Luisa de Marillac que continuara en el cargo de Superiora y Directora de la Compañía.
En ese día, el Sr. Vicente nombró tres oficialas: Juliana Loret, como primera Asistenta; Maturina Guérin, como segunda Asistenta y Tesorera, y Juana Gressier, como Despensera.
Para mayor constancia de este hecho tan señalado, cada una de las Hermanas presentes va a estampar su firma al pie de una hoja grande de pergamino en la que se relata sucintamente el origen de la Compañía, así como su aprobación por el Arzobispo de París y el nombramiento de las Consejeras. Luisa de Marillac firma la primera, pero dejando un espacio en blanco para que vaya por delante la firma del Superior General. A continuación, firman las tres Oficialas y siguen las firmas de las 37 Hermanas que estaban presentes. A algunas de ellas se las adivina muy emocionadas. María Joly suelta un gran borrón de tinta antes de poner, trabajosamente, su nombre. Otras trazan una cruz porque no saben escribir, y la secretaria pone su nombre al lado. El Sr. Vicente ha querido firmar el último.
Después se inscriben cuidadosamente «los nombres de todas las demás Hermanas que han sido recibidas desde la primera institución–de dicha Cofradía y Sociedad hasta la fecha de hoy, 8 de agosto de 1655″. El orden de inscripción se hace aproximadamente siguiendo el orden cronológico de entrada en la Compañía. Por lo que se refiere a las más antiguas —las que ingresaron entre 1634 y 1640—, este orden no se respeta muy bien. Es posible que las Hermanas presentes se fueran acordando, después, de las que habían seguido el período de formación con ellas. Pero la memoria tiene fallos, y en esta lista hay olvidos: por los menos 15 Hermanas cuyos nombres son conocidos y de las que existen notas biográficas después de su muerte, no están apuntadas. Entre ellas: Marta Dauteuil, Juana Delacroix, Francisca Manceau, Avoie Vigneron… Las fallecidas durante los 22 años de existencia de la Compañía no están inscritas en la lista.
El Sr. Vicente concluye la ceremonia con una oración a María Santísima y a su Divino Hijo:
«…te suplicamos, estas buenas Hermanas y yo, que asistas a esta pequeña Compañía. Continúa y acaba una obra que es la mayor del mundo… Continúa tu santa protección sobre esta pequeña Compañía… concede a estas buenas Hermanas la gracia de la perseverancia final…».
A partir del 29 de septiembre siguiente, Vicente de Paúl inicia la explicación de las Reglas comunes. A ello dedicó 24 conferencias, desde 1655 a 1658. A continuación dará la explicación del «Empleo del día» y las reglas particulares de las Hermanas de las Parroquias.
Para Luisa de Marillac, el afianzamiento de la Compañía va más allá de unas estructuras, aunque sea necesario recurrir a ellas. Para Luisa, trasciende esas estructuras, porque lo que le parece esencial es la fidelidad a la vocación, la adhesión a la voluntad de Dios y a la misión que El ha confiado a la Compañía. Las estructuras tienen como finalidad ayudar a las Hermanas a vivir como Hijas de la Caridad. Durante una conferencia del Señor Vicente sobre la explicación de las Reglas, Luisa de Marillac expresa lo que lleva muy dentro del corazón:
«Dios quiere ser glorificado en nosotras de todas las maneras, y… quiere que cooperemos con su voluntad».
Con frecuencia invita a las Hermanas a permanecer fieles a la vocación recibida de Dios:
«Sean, pues, animosas, avanzando por momentos por el camino en el que Dios las ha puesto para que vayan hacia Él».
La Compañía no puede mantenerse, perseverar en su servicio, sino mediante una cooperación verdadera en la Misión de Cristo Redentor.






