Lucía Rogé: El Rostro De Santa Luisa

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Autor: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

París, 15 de marzo de 1981

Han manifestado ustedes el deseo de contemplar más detenida­mente el rostro de santa Luisa y, consecuentemente, el mensaje que no deja de transmitirnos. Las observaciones que vamos a hacer a conti­nuación no pretenden otra cosa sino dar lugar a un intercambio que per­mita profundizar en la personalidad de santa Luisa. He tratado de pasar­le la palabra a ella, con extractos de sus escritos, acaso menos conocidos. Pero es mucho más lo que queda por leer, siendo tan rica como es su vida interior. Les pido perdón de antemano por las repeti­ciones y por las omisiones.

¿Qué rasgo de su fisionomía espiritual hay que destacar para poner de relieve su rostro y su personalidad? Si miramos los retratos que de ella han llegado hasta nosotras, advertimos en seguida cierta gravedad en su mirada, esa seriedad que san Vicente le señalaba de vez en cuando. Sólo en la Casa Provincial de Colonia he visto un retrato de santa Luisa son­riente; está leyendo una carta. ¿Es de alguna de sus hijas, o bien del señor Vicente? No lo sé, pero su cara está iluminada por una sonrisa.

Vamos a tratar, juntas, de deducir otras líneas principales a través de situaciones particulares y de circunstancias de su vida. Los aconteci­mientos hicieron de ella:

* una mística unida a Jesucristo por el sufrimiento y la pobreza;

* una mística totalmente entregada a Dios y comprometida a su ser­vicio en los pobres.

Es un alma ardiente y apasionada dentro de una constitución física, frágil y vulnerable. Todas conocemos su vida. Voy a subrayar sencilla­mente algunos puntos por orden cronológico, para intentar descubrir el ritmo de Dios en su biografía personal.

1591-1625

Sin duda, Luisa descubrió muy pronto, desde sus primeros años, lo insólito de su situación. Interna en Poissy, con las religiosas dominicas; interna muy niña, sin recibir visitas de su mamá. ¿Podría compensar tal

 

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carencia el afecto de una monja, prima hermana de su padre? Y éste, ¿qué visitas le hacía? ¿Le hablaban de su madre algunas veces? Pron­to pudo darse cuenta de esta anomalía, que acentuará en su corazón cuando descubra claramente que es hija natural. Acaso, sucedió así cuando su padre contrajo matrimonio.

Entra así en la adolescencia cuando muere su padre. Sólo cuenta 13 años. La soledad, tan sensible a esa edad, acompaña su pena. Sale del internado y empieza para ella el aprendizaje de la pobreza exterior, a la vez que entra también en la pobreza interior. Sólo Dios le queda como algo suyo en ese vacío. De todos esos acontecimientos, hará otros tan­tos medios para unirse a Él, y sin duda vivió una verdadera experiencia de Dios. En este período de su vida, surgen en su corazón unas exi­gencias íntimas que para ella se convertirán en fidelidades personales con las que quedará señalada su fisonomía espiritual.

En tal contexto, florece la vocación religiosa, y la elección de las capuchinas, son su regla rigurosa, será una de aquellas fidelidades. Ya se nos aparece como franqueando la entrada de la vida mística del sufri­miento y de la Cruz, unida a Jesús crucificado. De ahora en adelante, veremos en su fisonomía un reflejo de gravedad, impreso por la ascesis y la muerte a ella misma, enfocadas como un camino privilegiado para crecer en la intimidad del Señor.

Esa sed de intimidad divina tropieza, sin embargo, con una verda­dera prueba. ¿Cómo encajó aquella oposición a su entrada con las capuchinas? ¿Qué sentimientos suscitó en su corazón? El verdadero obstáculo a su entrada, ¿era realmente su salud o el ser hija natural? ¡Qué nuevo período de oscuridad para ella! Sin embargo, acoge en la fe ese aparente rechazo de Dios. De ese modo es como muy tempra­namente tropieza con la dificultad de discernir la voluntad de Dios. ¡Siente vibrar en ella esa exigencia íntima de ser toda de Dios, y no com­prende, no puede comprender! Entra así en una búsqueda inquieta que habrá de persistir mucho tiempo y que la moldea en la humildad. Es una especie de destrucción de su propio querer, que vive en unión con el anonadamiento del Hijo de Dios en su misterio de la Encarnación del que tan frecuentemente y tan bien hablará a sus Hermanas. La humildad empapa todo su ser y hasta el fin de su vida será un rasgo dominante de su personalidad.

Se casa o la casan a los 22 años. En esta nueva etapa de su vida, sigue estando presente la humillación desde el primer momento, cuando lee el contrato de esponsales. Una vez más, todo el pasado revive. Por fin, la alegría de ser madre disipa todos esos negros nubarrones y duran-

 

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te unos años aleja el peso que sobre ella dejan sentir. Luego, rápida­mente, vuelve a aparecer aquella primera exigencia, estableciéndola en un lamentable estado de inquietud. Tan cierto es que nada ni nadie pue­de ocupar definitivamente el lugar de Dios en un corazón en el que Él ha penetrado ya íntimamente. Con dolor, vive una espantosa tempestad interior. Bien comprende que sola, no llegará nunca a salir de tal estado.

Será entonces cuando llegue el Espíritu en su auxilio, con la ilumi­nación de Pentecostés. En el pergamino que se conserva en los Archi­vos y que relata esa invasión del Espíritu, en una esquina, ha escrito: LUZ. En adelante, su vida se verá impregnada por ese acontecimiento-gracia, que se traducirá por una devoción fiel al Espíritu de amor, lega­da a sus hijas. Conseguida la paz y la serenidad, aguardará el cumpli­miento de lo que Dios le ha hecho entrever.

Así es cómo me aparecen los primeros rasgos del perfil espiritual de santa Luisa. Es una mística, sellada por el sufrimiento, íntimamente unida a Jesús crucificado, en una búsqueda humilde de la voluntad de Dios.

De ahí, se desprenden para ella exigencias íntimas, imperativas, de mortificación, de multiplicidad de prácticas espirituales (recordemos los treinta y tres actos en honor de la humanidad de Nuestro Señor), de continuos exámenes de conciencia y otras. Esas exigencias han naci­do en ella a través de los acontecimientos que han tejido su vida; y seguirán surgiendo sin que se le impongan desde fuera. Al contrario, san Vicente se esforzará por atenuar esos rigores. Más que de su afec­tividad o de su sensibilidad profundas o aun de su conocimiento teoló­gico real, la savia que hace brotar esas exigencias nace de lo íntimo de su alma donde Dios actúa, donde Dios la llama a una misión todavía imprecisa. Sin embargo, como María, dice sí desde aquel día de Pen­tecostés de 1623.

De exigencias en fidelidad y de fidelidad en nuevas exigencias, santa Luisa va encaminándose así hacia un compromiso, una entrega en la que por fin será toda de Dios al darse por completo a los pobres.

1625-1650

Ya la tenemos viuda con un hijo de doce años. Quiere estar dispo­nible para lo que Dios le haga conocer ser su voluntad, a través de su director espiritual. Pero los plazos y demoras le parecen harto largos a su alma intrépida, llena de inquietudes. Trabaja, no obstante, por cen­trarse en Dios. Quiere vivir por Él y con Él. Día tras día, gracias a san

 

Vicente, va descubriendo la realidad de los pobres y de la pobreza. Por fin, se ve enviada a la misión, en 1629. San Vicente le encarga la visita de Montmirail, Liancourt y otros lugares, obligándola a salir de sí misma, para ver con sus ojos la miseria de los campesinos de Francia.

Bajo otro aspecto, la oposición que a veces encuentra, como le ocu­rre en Chálons, la afianza ante las resistencias humanas. Las relaciones o informes de sus visitas la inducen a exponer criterios de valor objeti­vos y claros. Por otra parte, tiene un don de organización, de adminis­tración, un sentido de la realidad, tan destacados como el señor Vicente. Más adelante, durante una ausencia suya de París, la veremos escribir a Sor Juliana Loret y a Sor Hellot una larga carta, en la que mezcla noti­cias recientes, recomendaciones diversas sobre la práctica de la virtud y la expresión personal de sus sentimientos: “Nunca fui tan dependien­te e hice tan poco mi voluntad como ahora”. Y después, una postdata tan sabrosa como ésta: “Por favor, no dejen salir juntos a todos los cer­dos y, sobre todo, que no vayan al huerto, para que podamos verlo reverdecer…”. La seriedad, la profundidad con que sigue todas las cosas, en cualquier aspecto, esa forma de estar presente en toda la vida ¿no es acaso un don del Espíritu Santo a la Fundadora?

A medida que va operándose lo que podríamos llamar la descen­tralización de sí misma, se va afinando también su penetración psicoló­gica. Discierne entre las jóvenes que le son enviadas, aquéllas que podrán seguirla, vivir con ella la mística del pobre, ese servicio a Jesu­cristo reconocido en ellos.

El 29 de noviembre de 1633, reúne al primer grupito de Hermanas, después de muerta Margarita Naseau, “la que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás”. El 25 de marzo siguiente, en 1634, santa Luisa se compromete por voto a ese servicio. Tiene a la sazón cuarenta y tres años. En el mes de julio de ese año, san Vicente lee y comenta a las doce primeras Hermanas el primer reglamento. En su humildad, la Seño­rita se maravilla; en fe, alaba a Dios y va apaciguándose progresiva­mente. No obstante, de vez en cuando, surgen brotes de inquietud y entonces, pide auxilio a san Vicente, casi con timidez: “Los pobres se contentan con poco”2, dice en 1636. En adelante, hasta en lo espiritual, su punto de referencia serán ellos.

También ellos y la defensa de sus intereses inspirarán su carta a la superiora de las benedictinas de Argenteuil, en 1639. Su tono es firme y

1 SLM, p. 280.

2 SLM, p. 26-27.

 

directo, el de una personalidad que se afianza y afirma ante el caso de que se intente desviar una vocación de Hijas de la Caridad. Le reprocha nada menos que “poner en peligro la salvación de un alma, privando de socorro a los pobres abandonados que se hallan en toda clase de nece­sidades y no tienen más ayuda que la que les prestan las jóvenes que desprendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio espiri­tual y temporal de esas pobres criaturas, a las que su bondad quiere considerar como miembros suyos”3… Queda condensada en esas fra­ses toda la finalidad de la Compañía.

Se multiplican las fundaciones al servicio de los pobres, pero es la fundación de Angers, en diciembre de 1639, la que supone el primer viaje largo, 14 días. Angers será siempre como el prototipo de los esta­blecimientos, y Luisa la seguirá de cerca con una especial y afectuosa atención. Escribe a Angers varias veces al mes; va siguiendo paso a paso la vida de las Hermanas; da indicaciones muy concretas al Abad de Vaux, Vicario General, que se ocupa de la comunidad. Habla, en verdad, como Fundadora y responsable. De 1640 a 1642 se cuentan 36 cartas suyas al Abad de Vaux, en las que queda expresada su humil­dad, así como su inquietud por una verdad mística y clara.

En lenguaje de hoy, podría decirse “está lanzada”, y nada ya la detendrá en ese servicio a los pobres. Parece que ha encontrado por fin cómo dar salida a un potencial de amor a Dios y al prójimo. La expe­riencia de las situaciones vividas anteriormente no se ha desvanecido y se sirve de ella como de una especie de punto de apoyo útil para el hoy. Desde ahora, pertenece a dos clases sociales, la suya y la de aquellas jóvenes, que es la de los pobres. Podemos hacernos una idea del grado de dominio que de sí misma poseía. Comparte la vida de aquellas muchachas del campo, sus reacciones y costumbres, que tan alejadas están de su educación personal.

Los avisos para la formación, que se llevan las Hermanas destina­das a Polonia, traducen en lo concreto su experiencia de vida común. Una parte de los mismos responden a un tratado de buena educación, de respeto mutuo, de delicadeza. Hay, por ejemplo, todo un pasaje sobre la necesidad de peinarse todos los días, de no dejar el pelo col­gando. Otro, sobre limpieza personal externa, que considera como un reflejo de la pureza del alma. También se encuentran en ellos las líneas generales de espiritualidad: sencillez, humildad, amor de Dios, con los puntos siempre preferidos de la Señorita, como es la mortificación.

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3 SLM, p. 30.

 

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“Mortificarse siempre en algo por amor de Dios, ya comiendo lo que se nos sirve aunque no sea de nuestro gusto; ya privándonos de algo más apeti­toso, si es posible hacerlo sin quitar lo necesario y sin dejar ver que una se mortifica”4.

La instrucción de las niñas y muchachas pobres le parece un deber imperioso. De ahí, su solicitud al Chantre de Notre Dame, gran iniciativa que lleva ella misma. Bárbara Bailly, testigo presencial, nos dice:

“Tuvo un gran celo por la salvación de las almas, yendo por los pueblos para instruir a los pobres. Organizó escuelas, donde en ocasiones tuvo que vivir tan pobremente que llegó a dormir en el suelo sobre un poco de paja”5.

Se desprende cada vez más de sí misma. Prácticamente, no le queda tiempo para pensar en sí misma. Se le ocurre escribir, en 1642, al Abad de Vaux: “Es que tengo tanta prisa…”6, expresión que repite al año siguiente, escribiendo a las Hermanas de Richelieu: “Tengo mucha prisa; buenas noches. Pidan a Dios por mí y por la Compañía”7. Y más adelante: “Siempre tengo prisa cuando escribo, o porque hay alguien delante o porque me están esperando”8.

A pesar de ese nuevo ritmo de vida, hay un punto peculiar de su carácter que persiste, una tendencia a la inquietud y a la inseguridad, tanto en el plano personal como comunitario. Aquel sufrimiento secreto de su juventud, que nunca pudo compartir con nadie y que tantas veces se renovó, la ha dejado como un poco tensa y siempre al acecho de una nueva prueba posible.

Movida por un gran impulso de fe, va a confiárselo todo a María, a Nuestra Señora de Chartres, en 1644: su hijo, la Compañía. Y de ella sale esta frase audaz: “Ofreciendo a Dios dicha Compañía, le he pedi­do su destrucción antes de que se estableciese en contra de su santísi­ma voluntad”9, porque siempre se da en ella esa ansiedad, esta duda de estar verdaderamente cumpliendo la voluntad de Dios. Llega hasta hacer una novena y escribe a san Vicente:

4 Archivos de la casa Madre.

5 La Compagnie des Filies de la Charité aux origines, D. 803, p. 923.

6 SLM, p. 77.

7 SLM, p. 248.

8 SLM, p. 167.

9 SLM, p. 125

 

“Suplico muy humildemente a su caridad que ofrezca a nuestro buen Dios nuestra humilde novena, que empieza hoy. Bien sabe ese Dios tan bueno que no quiero nada, por su misericordia, más que su santísima voluntad, pero deseo que su poder aleje todos los impedimentos para cumplir per­fectamente esa santa voluntad”10.

Su vida toda expresa una actividad de pobreza. Prueba de ello, las preguntas que dirige a san Vicente en vísperas de un viaje: “¿Cómo haré para quitar a Sor Ana?” La contestación, en el margen, la remite al Espí­ritu Santo: “Usted verá”. Y más adelante, ante su desconcierto por la ausencia de su padre: “¡Mujer de poca fe!”.

De hecho, se siente desprovista y pobre. Desde su juventud, ha experimentado la pobreza en todos los planos, y aún hoy, tratándose de la formación de las Hermanas, ¡hay tal desfase entre lo que son y lo que deberían ser! Bajo este aspecto, la Señorita se encuentra también como inmersa en “un mar de temores renovados por la Compañía”, según su propia expresión. En efecto, muchas Hermanas han salido, y piensa que ella es quien tiene la culpa de esas salidas. ¿Qué hacer? Firma una carta dirigida a san Vicente:

“Reconociendo no poder hacerlo mejor en el porvenir sin una gran ayuda

de su caridad de quien soy la pobre hija y agradecida servidora…u11.

La pobreza interior es otro rasgo de su fisonomía espiritual. Como los pobres, no tiene seguridad. En 1642, llega a proponer a san Vicen­te una sustituta, tan cercada de dificultades se ve por todas partes. En 1649 se pregunta si no será ella el Jonás del que hay que liberar a la Compañía… O también: “Me parece que nuestro Buen Dios quiere des­truirnos por completo”. Esa inseguridad la vive también por los pobres. Para defender a los niños expósitos, se hace vehemente en sus súpli­cas y exposiciones a san Vicente. Esta inseguridad estaba justificada y nos valió aquella memorable interpelación de Vicente: “Ahora bien, Señoras…”.

Otra fuente continua de angustia es su hijo. En 1643, tiene treinta años, y los amigos de santa Luisa intentan colocarlo. Santa Luisa pre­gunta entonces a san Vicente qué hacer, viendo la necesidad de sacar­lo de su melancolía. En otra carta, confiesa sencillamente: “No necesi­taría nada, si mi hijo tuviera empleo”. En 1644, escribe de nuevo a san

10 SLM, p. 332.

11 SLM, p. 93.

 

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Vicente diciéndole que no sabe dónde se encuentra su hijo. “¡Lo temo todo!”, dice; y más adelante: “¡Qué grande es mi dolor! Si Dios no me ayudara, no sé lo que haría. Ayúdeme usted también a mantenerme fuertemente unida a Jesús crucificado”12.

Sin embargo, a pesar de esos temores constantes, su inteligencia permanece extraordinariamente abierta al Espíritu para todo lo que se refiere a la Compañía. Es verdaderamente el jefe, que va más allá de la actualidad y piensa con prospectiva. Un ejemplo:

“Esos términos de dependencia tan absoluta del señor Arzobispo, ¿no podrían perjudicarnos en el futuro al dejar libertad para apartarnos de la dirección del Superior General de la Misión?”13.

le dice a san Vicente, y explica sus razones. Si tal cosa ocurriera,

“puede usted tener la seguridad de que inmediatamente dejaría de ser lo que es y los pobres enfermos ya no serían socorridos, y así creo que tam­poco se cumpliría ya por nosotras la voluntad de Dios”14.

Ese es su sentimiento profundo y la lógica de toda su conducta. 1650-1660

Pero con el año 1650, va a entrar en otra etapa de su vida, señala­da por el matrimonio de su hijo. Después de todas las inquietudes que le ha proporcionado ese hijo, el acontecimiento de la boda tiene que haber sido para ella una especie de liberación. Miguel tiene 37 años y, por fin, parece querer sentarse; ahora, otro cariño cuidará de él. Luisa ha de experimentar sin duda un sentimiento de paz interior.

En adelante, su actividad va a multiplicarse; envío de las Hermanas a Polonia, con una audaz confianza en la Providencia; las fundaciones van surgiendo numerosas, y ella no cesa de organizar.

*Fija los objetivos a sus Hermanas: el servicio a Cristo en los pobres. Si pide oraciones para las Hermanas de Polonia es porque, si las Hermanas cometen faltas, la Compañía tendrá que retirarse. Y “no debemos temerlo por nosotras, sino por el perjuicio que de ello resulta­ría para los pobres”.

12 SLM, p. 138.

13 SLM, p. 189.

14 SLM, p. 189.

 

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*Traza caminos para llegar a esos objetivos: unión con Dios, pobre­za, mortificación, humildad, caridad fraterna.

“Una de las razones que he pensado teníamos para practicar la mortifica­ción, es para mantener siempre nuestras almas en el estado de su crea­ción, porque habiendo sido hechas a imagen de Dios, están en cierto modo desfiguradas cuando no mortifican sus pasiones y se dejan llevar de ellas. Otra razón es… el ejemplo del Hijo, aunque lo que en nosotros es pasión y pecado en Él no se daba. Tercera razón: si no practicamos la vir­tud de la mortificación, no podremos soportarnos unas a otras, como a ello estamos obligadas, y con frecuencia seríamos motivo de escándalo para el mundo al dejarnos llevar por nuestros primeros prontos”15.

*Por último, ejerce una vigilancia para darse cuenta de que esos caminos se siguen efectivamente:

“Mucho me agradaría que me dijera usted algo de su vida espiritual; si observan con afecto sus sencillas reglas, si se comunican mutuamente, en algún momento del día, su oración, si hacen la conferencia los viernes y encuentran tiempo para sus demás ejercicios. Por lo demás, no dudo de que sus corazones viven en una gran unión, que se comunican una a otra lo que hacen; de no ser así, querida Hermana, no sentirían ustedes los con­suelos que Nuestro Señor promete, a los que están reunidos en su nombre de estar en medio de ellos”16.

¡Qué buen resumen de revisión de vida sobre la Regla, aspecto al que tanta importancia da!

El 8 de agosto de 1655, en la reunión de las Hermanas, san Vicen­te lee el Acta de Establecimiento de la Compañía, y la nombra Superio­ra perpetua.

Pero ella ha franqueado una nueva etapa y no parece inquietarse ya mucho ni por sí misma, ni por la obra emprendida:

“He renovado la resolución, tantas veces formada, de no preocuparme por lo que puedan creer, con tal de que Dios sea servido por quien quiera que sea”17.

O también, con un tono inusitado en ella, escribe a san Vicente el 24 de agosto de 1653:

15 SLM, p. 787.

16 SLM, p. 495.

17 Archivos de la Casa Madre, Meditaciones recogidas por Gobillon.

 

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“Mi corazón, todavía lleno de gozo por la inteligencia que me parece le ha dado nuestro buen Dios de estas palabras: “Dios es mi Dios…”, no puede por menos de comunicarse con usted esta tarde para suplicarle me ayude a hacer (buen uso) de estos excesos de alegría”18.

De ahora en adelante, en sus cartas a san Vicente, sólo excepcio­nalmente habla de sus necesidades personales. Prosigue el trabajo de desprendimiento interior. Y en ese movimiento íntimo, la devoción a María la mueve a pedir a san Vicente que consagre toda la Compañía y a cada una de las Hermanas, el 8 de diciembre de 1658, a María Inma­culada, bajo el título de única Madre de la Compañía. Escribe así:

“No me he atrevido a manifestar a su caridad, en nombre de toda la Com­pañía de nuestras Hermanas, que nos consideraríamos muy dichosas de que nos pusiera mañana en el santo altar, bajo la protección de la Santísi­ma Virgen, ni a suplicarle que nos alcance la gracia de que podamos reco­nocerla siempre como nuestra única Madre…”19.

La renuncia de los dos últimos años pasa por la enfermedad del señor Vicente, que no puede apenas moverse de su habitación. Confie­sa que la falta de visitas de su director es para ella la privación del único consuelo que Nuestro Señor le ha dado. Acepta esa privación tal y como la Providencia lo disponga y por amor de Nuestro Señor.

Unos meses más, y habrá ido a unirse a su Dios. El gran temor que le inspira la Compañía lo manifestará una vez más en enero de 1660 a san Vicente. Ese temor es el de que la Compañía se aleje de los pobres y de la “vida pobre, sencilla y humilde…”, que sobrevenga, por ejemplo, el deseo de “formar vivienda aparte para separarse de las que van y vienen y están mal vestidas”20. El tono de la carta nos confunde por la humildad que la dicta. Pide perdón por las repeticiones. Vaciada de sí misma, privada de toda alegría, sobre todo, de las entrevistas reconfortantes con su director, no es ya más que un instrumento disponible en las manos de su Señor.

Ha “llegado a la alta azotea en la que nada oculta ya al hombre la vista de Dios” (C. Peguy).

Él le ha exigido todo; ella se lo ha dado todo. Sin duda, nunca lo ha amado de tal suerte, por Él mismo, como en esta última etapa. Bien sien­te que se va encaminando hacia Él y que al fin encontrará la plenitud del gozo y la paz. En adelante, Él solo es su apoyo, su luz, su seguridad.

18 SLM, p. 335.

19 SLM, p. 600.

20 SLM, p. 651.

 

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Dice Bárbara Bailly:

“En el último año de su vida, noté que estaba por completo desprendida de la ternura que sentía por sus hijos a los que tanto quería, y hasta con rela­ción a las Hermanas parecía querer que nos desprendiésemos de ella; no demostrándonos tanto afecto sensible como antes hacía”21.

Su testamento espiritual nos deja la profundidad de su último men­saje. Bárbara Bailly, que asistió a la Señorita en su última enfermedad, escribe a las Hermanas de Brienne lo que ha recogido de sus labios en la tarde víspera de su muerte:

“…ser muy fieles a Dios y a nuestra vocación, vivir juntas con gran unión y caridad y una gran tolerancia unas con otras, servir a los pobres con gran afecto. Las que así lo hagan han de esperar una gran recompensa; las que no lo hicieren… No dijo nada de esto…”22.

De una manera un tanto arbitraria, he recortado, por decirlo así, tres partes en la vida de santa Luisa. Si en el margen de cada una de ellas hubiera que poner lo que especialmente la caracteriza, yo pondría:

En la primera:

*adhesión a la cruz, *humildad,

*experiencia de Dios.

En la segunda:

*servicio a los pobres y pobreza,

*celo por la salvación de los pobres: el servicio espiritual. *inquietud por la Compañía y por la caridad fraterna: la tolerancia.

En la tercera:

*adhesión total al querer de Dios, *desprendimiento,

*un total vaciarse, ofrenda,

“transparencia de Dios”.

21 Documents, n. 803, p. 924.

22 Documents, n. 800, p. 917.

 

Bueno será que intentemos unir el pasado con el presente, aquel ayer con este hoy, para hacer de ambos una actualidad abierta a nue­vas necesidades y llamadas de los pobres. A ello nos invita santa Luisa, como cuando nos exhorta a que nada nos detenga ni haga retroceder cuando se trata de ellos. Escuchémosla una vez más:

“¡Si supieran, Hermanas, cuánto consuelo tuve estos días pasados, al saber que un pobre había golpeado a una de nuestras Hermanas, la que, por la gracia de Dios, no se defendió! Pues sí, era un amo un tanto duro y había que sufrir su corrección porque somos siervas de los pobres y tene­mos que soportar todo de ellos”23.

¡Qué magnífico apunte para dibujar con claridad nuestra actitud de siervas! Hoy todavía, el rostro de santa Luisa está presente para sus hijas y su doctrina inspira la conducta de éstas. La Compañía de las Hijas de la Caridad goza de buena salud cuando reacciona ante el impulso de profundizar en el carisma de los Fundadores para hacerlo penetrar en nuestras vidas.

Queda, sin embargo, mucho que hacer. Dejemos que sea santa Luisa la que termine:

“¡Ah!, ¡qué dicha si la Compañía, sin ofensa de Dios, no tuviera que ocu­parse más que de los pobres desprovistos de todo! Y por eso la Compa­ñía no debe apartarse del ahorro, ni cambiar de manera de vida con el fin de que si la Providencia le da más de lo necesario, (las Hermanas) vayan a servir a sus expensas a los pobres, espiritual y corporalmente, sin ruido, con sordina, no importa, con tal de que las almas honren eternamente los méritos de la Redención de Nuestro Señor”24.

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23 Archivos de la Casa Madre.

24 SLM, p. 826.

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