Los votos «no religiosos» y el hábito «como las campesinas»

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Alberto Vernaschi · Traductor: Rafael Sainz. · Año publicación original: 2004 · Fuente: CEME.
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guardameAl tratar del carácter secular de las Hijas de la Caridad (c. III), he afirmado que los Fundadores, en orden a salvaguardar la identidad, evitaron cuidadosamente cuanto era propio de la vida religiosa: votos, hábito, terminología, usos, como rejas en el locutorio, cambio del nombre del bautismo, etc. ¿Cómo, entonces, encontramos en la Compañía de las Hijas de la Caridad el uso de los votos, un hábito uniforme, y otros usos que recuerdan muy de cerca a la vida religiosa?

1. Los votos «no religiosos»

• En los orígenes de la Compañía

Ya en la «Luz» de Pentecostés de 1623 Luisa de Marillac había sido advertida de que llegaría un día en que podría hacer votos de pobreza, castidad y obediencia, y ello acaecería en una pequeña comunidad en la que algunas personas harían lo mismo. Personalmente la Santa el 4 de mayo de 1623 hizo el voto de viudez, que renovaba todos los años y todos los meses, y el 25 de marzo de 1634 hizo voto perpetuo de consagrarse totalmente a la formación de sus Hijas.

El 25 de Marzo de 1642 Luisa, Bárbara Angiboust y otras tres Hijas de la Caridad hicieron votos perpetuos. Durante la vida de los Fundadores otras Hijas de la Caridad hicieron votos perpetuos: se trataba, sin embargo, más bien de una excepción, como una recompensa a una perfecta fidelidad a la vocación en el curso de bastantes años. Poco a poco, de hecho, se fue introduciendo la práctica de hacer y renovar los votos anualmente. Esta práctica estaba ya bien establecida al momento de la muerte de los Fundadores, que la preferían a cualquier otra, de tal manera que después de 1660 no se habla más en documento alguno de votos perpetuos.

Es preciso admitir, sin embargo, que para llegar a la práctica de la emisión de los votos el camino no fue corto. Las Hijas de la Caridad comenzaron a vivir y a servir a los pobres juntas bajo la dirección de Luisa de Marillac el 29 de noviembre de 1633. Las Hermanas se entregaban a Dios para el servicio de los pobres, pero no hacían votos. La cuestión de los votos no surgió antes del 5 de julio de 1640, cuando san Vicente indicaba: «Dos clases de personas en el mundo pueden permanecer en este estado (el que las hace más agradables a Dios): las primeras están en su ocupación y solamente se preocupan del cuidado de su familia y de la observancia de los mandamientos; las segundas son aquellas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las Órdenes y también aquellos que Él pone en comunidades como las Hijas de la Caridad, las cuales, aunque por ahora no tengan votos, no dejan de estar en estado de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad». En la conferencia del 19 de julio del mismo año el Santo leyó a sus Hijas la fórmula de los votos de los religiosos hospitalarios de Italia. Varias de las presentes preguntaron si también en su Compañía no podría haber Hermanas admitidas a hacer un acto semejante. Vicente respondió precisando: «Sí, desde luego, hermanas mías, pero con esta diferencia: que los votos de esos buenos religiosos son solemnes, y no pueden ser dispensados de ellos ni siquiera por el Papa; pero los que vosotras podríais hacer los podría dispensar el obispo. Sin embargo, valdría más no hacerlos que tener la intención de ser dis-pensadas de ellos cuando una quisiera».

Sabemos que Sor Bárbara Bailly, el 8 de diciembre de 1648, hizo los votos que posteriormente renovó de año en año; en 1656 obtuvo de san Vicente la autorización de hacerlos perpetuos, pero continuando renovándolos anualmente'». Ya antes, muchas Hermanas habían hecho los votos, aunque no sabemos si perpetuos o anuales.

Recorriendo la historia de los orígenes, se descubre que los votos no eran obligatorios para ninguna Hija de la Caridad. Los hacen las Hermanas que lo desean y piden. Hay diversidad en el modo de hacerlos y de renovarlos sin que ello cree problemas. Para hacerlos y para renovarlos se requiere necesariamente la aprobación de san Vicente: de ello hay constancia numerosa en la correspondencia de santa Luisa con san Vicente. La emisión de los votos se concede a condición de haber estado durante algunos años en la Compañía, de haber llevado una vida de verdadera Hija de la Caridad, de haber manifestad señales de perseverancia. La emisión de los votos «para toda la vida» se concede a algunas Hermanas. Aun las que han hecho los votos «para siempre» los renuevan todos los años. Mientras al principio san Vicente dudaba entre los votos perpetuos y los anuales, en 1651 optó por los votos anuales como práctica ordinaria para todas las Hijas de la Caridad, aunque concediendo a algunas el que los hicieran perpetuos».

En el pensamiento de los Fundadores, los votos que hacen las Hijas de la Caridad, ante todo, son votos privados. Como arriba se ha indicado, san Vicente los contrapone a los votos de los Religiosos Hospitalarios de Italia y los asimila a los votos que una persona particular o diversas pueden hacer por su cuenta. Aunque a veces los llama votos simples, en realidad lo que intenta decir es votos privados. Santa Luisa insiste en el hecho de que los votos de las Hijas de la Caridad «no son distintos de los que un devoto o devota puede hacer en el mundo; y aun ni siquiera son así, porque de ordinario cuando los del mundo hacen votos, es después de haberse puesto de acuerdo con el confesor».

Además son votos anuales. Los Fundadores los han preferido así. ¿Por qué? Ciertamente han visto en los votos anuales una ventaja para la vida espiritual de aquellas jóvenes reunidas como grupo secular para el servicio de los pobres. Santa Luisa explica: «en esto hay que someterse a las disposiciones de nuestros Superiores, quienes por razones de peso ordenan que se haga la ofrenda sólo por un año y que se renueve todos los años. ¿No piensan ustedes, queridas Hermanas, que será esto muy agradable a Nuestro Señor, puesto que, recobrando al cabo del año su libertad, pueden sacrificársela de nuevo?». Y todavía: «…no por toda la vida, sino sólo por un año, porque el señor Vicente no concede otra cosa a quienquiera que sea, y esto es más agradable a Dios que de otro modo, ya que teniendo al cabo del año la voluntad libre, pueden otra vez dársela a Dios enteramente de nuevo».

Finalmente, no son votos religiosos. Vicente recomienda a las Hijas de la Caridad que respondan en tal sentido a los obispos: «No, Monseñor, (no hacemos votos de religión), nos entregamos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año». Respecto a las Hijas de la Caridad, aun después de haberse establecido la práctica de los votos nunca se habló de votos solemnes ¿Por qué razones?

Ciertamente por un sentimiento de humildad. San Vicente decía a sus Misioneros: «Nosotros no somos religiosos; ha sido conveniente que no fuésemos, no somos dignos de serlo». No pensaba de otra manera respecto de las Hijas de la Caridad: «¿Compararos con las religiosas? Os creo inferiores a ellas…». Estaba también la incertidumbre del mañana: ¿por qué comprometerse y vincularse solemnemente con una obra que no se sabía si duraría por largo tiempo? Se debía, además, salvaguardar la libertad: la de los Superiores de poder devolver a sus casas a las jóvenes que no se hubieran mostrado idóneas; y la de las mismas Hermanas que, acabado el año de compromiso asumido con los votos, podían retirarse sin formalidad alguna.

La razón fundamental, sin embargo, era la de evitar un grandísimo peligro para la naciente institución: el peligro de que se las confundiera con las órdenes religiosas existentes, con todo lo que una tal confusión habría implicado. No se trataba de un vago peligro, abstracto, sino de uno plenamente real: los ejemplos de las Ursulinas y de las Hijas de la Visitación eran demasiado elocuentes. San Vicente no quería que sus Hijas de la Caridad terminaran cambiando de fisonomía y siendo consideradas como religiosas. Ahora bien, él sabía con toda certeza que si les hubiera concedido hacer votos solemnes, habría hecho de ellas unas religiosas en sentido estricto. Por este motivo no sólo no lo permitió, sino que usó un lenguaje muy prudente, hasta el punto de no aludir nunca ni en los Estatutos ni en las Reglas a vínculo alguno según el rigor de las leyes canónicas. Aun las mismas aprobaciones de la Compañía de 1655 y 1668 ignoran la existencia de los votos. Estos, aunque se emitían desde los primeros años de la vida de la Compañía, aparecerán solamente en los Estatutos redactados en 1710 por el P. Watel.

De otra parte, san Vicente estaba plenamente convencido de que los votos que emitían las Hijas de la Caridad no eran un elemento suficiente para hacerlas religiosas, tratándose de votos simples. «El Obispo de Nantes —decía el Santo a sus Hijas que partían para esa ciudad el 12 de noviembre de 1653— dice que sois religiosas porque le han dicho que hacéis votos. Si os habla de esto, respondedle que no sois religiosas. Sor Juana, que es la hermana sirviente, le ha dicho: «Monseñor, los votos que hacemos no nos convierten en religiosas, porque son votos simples, y se pueden hacer en todas partes incluso viviendo en el mundo».

• En el curso de los siglos

Aún mucho tiempo después de la muerte de los Fundadores parece que las Hijas de la Caridad tuvieron la libertad de hacer los votos o no. Después de 1660 no se trata ya de votos perpetuos sino sólo de votos anuales. Las Hermanas hacían los primeros votos en circunstancias diversas y los renovaban el mismo día en los años siguientes.

En la conferencia del 10 de marzo de 1669 el E Gicquel, Director General, advierte que la fecha del 25 de marzo, para renovar los votos, la había fijado el Superior General, P. Alméras. Tal fecha recuerda el día en que santa Luisa y algunas Hermanas hicieron por primera vez los votos en 1642. La Instrucción de los votos de 1701 afirma que «los votos de las Hijas de la Caridad son simples, no haciéndose ante la Iglesia para que ella los acepte y ratifique». La misma instrucción continúa diciendo que tales votos «no son más que por un año, aunque se tiene siempre la voluntad de renovarlos, con la ayuda de la gracia de Dios». A este propósito se nos pregunta: «¿Por qué en la Compañía de las Hijas de la Caridad no se hacen los votos más que por un año?», y se responde: «Es para mantener siempre a las Hijas de la Caridad en el fervor y deseo de renovarlos cada año, disponiéndose para ello con una más exacta observancia de las reglas».

Tanto al principio como posteriormente, ninguna ceremonia particular acompaña a la emisión de los votos de las Hijas de la Caridad. La Hija de la Caridad hace sus primeros votos después de al menos cinco años desde su ingreso en el Seminario. Después los renueva cada año. La Hija de la Caridad hace sus votos durante la Misa: se trata, empero, de un acto exclusivamente interno, sin que nadie se pueda dar cuenta de nada, sin ningún aparato externo. En cuanto al momento preciso, Sor Maturina Guérin precisaba el 13 de febrero de 1689: durante la Misa del 25 de marzo «apenas después de la elevación de la Hostia». La fórmula, tanto al principio como después, sencilla y corta, expresa claramente el compromiso que la Hermana asume y su duración.

Aun cuando la costumbre de hacer los votos fuera algo común y adquirido para todas las Hijas de la Caridad, fue sólo desde 1801 que «hacer los votos y renovarlos serán condiciones necesarias para permanecer en la Compañía». Se puede afirmar con certeza que en el curso del tiempo los votos de las Hijas de la Caridad han conservado las características que tenían al principio. De ellas se han servido con fuerza los Superiores para defender el carácter «secular» de la Compañía. El Memorial Perboyre de 1870 habla de «votos emitidos por cada una en particular, sin otros testigos que la propia conciencia». La ya citada súplica dirigida por el Superior General de la Misión al Papa en 1882, dice que los votos emitidos por las Hijas de la Caridad «son anuales, de carácter meramente privado, sin otros testigos que Dios y la propia conciencia: a lo más como los votos que cualquier persona piadosa en el mundo decidiera hacer al propio Director para mayor provecho espiritual».

• En las Constituciones de 1954

Las Constituciones de las Hijas de la Caridad de 1954 afirmaban que sus Votos «no son Votos públicos, en el sentido canónico, sino privados, privilegiados, reconocidos por la Iglesia. No se emiten en manos de ningún Superior eclesiástico, ni se aceptan en nombre de la Iglesia. Los primeros Votos se pronuncian en voz alta… Se hacen sólo por un año, siempre renovables… Se renuevan en voz baja, pero cada Hermana atestigua haberlos hecho, estampando su firma en un registro especial. Sólo el Sumo Pontífice y el Superior General tienen derecho a dispensar de estos Votos».

Al ojo atento no se le puede escapar que, mientras de una parte se permanece firmemente anclados en la tradición, de otra se usan términos innovadores. Los Votos de las Hijas de la Caridad continúan siendo considerados «no públicos en sentido canónico, sino privados», en cuanto que no se emiten en las manos de ningún Superior eclesiástico, ni son aceptados en nombre de la Iglesia; se añade, sin embargo, que son «reconocidos por la Iglesia». En la práctica, no obstante las numerosas y constantes afirmaciones de principio, que los definen como privados, los Votos de las Hijas de la Caridad nunca han sido tratados como simplemente de conciencia y privados: de hecho las Hermanas hacen la petición explícita de emitirlos, el Superior General concede el permiso de hacerlos después de algunos años de vida en la Compañía y, cuando es el caso, son dispensados solamente por el Superior General o la Santa Sede.

Se dice que son votos privilegiados. Este término es consecuencia probablemente de un paralelismo con los Votos de los Sacerdotes de la Misión. Significa que contrariamente a cuanto deja entender el vocablo «privados», durante el período de su validez tales votos no pueden ser dispensados sino por el Romano Pontífice y por el P. General de la Congregación de la Misión. Se habla de primeros votos hechos en voz alta, dándoles así objetivamente un carácter de publicidad en contra de la línea de cómo los entendieron los Fundadores y de la tradición, que ha hablado siempre de votos pronunciados de manera del todo privada, teniendo como testigos únicamente a Dios y a la propia conciencia. De otra parte, no se entiende qué necesidad haya del voz alta, teniendo en cuenta que «no se emiten en las manos de ningún Superior eclesiástico, ni son aceptados en nombre de la Iglesia», y que de su emisión hay documentación escrita.

Nos encontramos de frente a una serie de elementos que contribuyen a convertir siempre más en externo y público lo que había nacido como puramente interno y privado.

• En las Constituciones de 1983

Las Constituciones en vigor hoy nos dicen que los Votos de las Hijas de la Caridad «son votos «no religiosos», anuales y siempre renovables. La Iglesia los reconoce tal y como la Compañía los comprende en fidelidad a sus Fundadores».

La expresión «no religiosos» sirve para reafirmar claramente que los votos no convierten a las Hijas de la Caridad en Religiosas, en pertenecientes a los Institutos de vida consagrada. Se recuerda después una nota inconfundible y constante de tales votos: son anuales y siempre renovables.

Finalmente se enuncia un criterio hermenéutico muy inteligente: La Iglesia los reconoce tal y como la Compañía los comprende en fidelidad a sus Fundadores. Este criterio mientras indica, de una parte, el gran respeto de la Iglesia por uno de los elementos que forman parte de la identidad de la Compañía, de la otra constituye para las Hijas de la Caridad una llamada a la fidelidad a los Fundadores.

La Compañía, fiel a los Fundadores, comprende los votos de las Hijas de la Caridad como ratificación de la «entrega total a Dios para el servicio de los pobres y en ese servicio», «fuente de fortaleza, alianza que tiene sus raíces en el Misterio de la Iglesia», «expresión de un amor que quiere llegar hasta las últimas exigencias de la radicalidad, dentro de la línea propia de la vocación, como término de un caminar espiritual que lleva el compromiso de la Hija de la Caridad hasta el vínculo más sagrado entre Jesucristo y ella». Es el servicio a Cristo en los pobres el que determina la identidad de las Hijas de la Caridad y consiguientemente el que da un carácter específico a la práctica de los consejos evangélicos, práctica con la que ellas se comprometen a vivir su consagración bautismal. Bajo este aspecto hubiera sido de desear una inversión en la fórmula de la emisión de los Votos de las Hijas de la Caridad. Si el elemento determinante es la entrega total al Señor para y en el servicio de los pobres, lógicamente ese compromiso debería expresarse en primer lugar, como acaece en la fórmula de los Votos de los Miembros de la Congregación de la Misión que dice: «Hago voto de dedicarme con fidelidad a evangelizar a los pobres todo el tiempo de mi vida en la Congregación de la Misión, siguiendo a Cristo evangelizador. Y por eso hago también voto de castidad, pobreza y obediencia…».

En armonía con la doctrina de los Fundadores, las Constituciones precisan que «la renovación anual de los votos permite a las Hermanas afianzar su voluntad de responder a la vocación, a la vez que garantiza la estabilidad de su servicio a Cristo en la Compañía: supone un acto libremente hecho y siempre inspirado por el amor». La historia demuestra cómo las Hijas de la Caridad han sabido dar una particular profundidad a esta nota típica de sus Votos, preparándose y viviendo intensamente todos los años la renovación.

2. El vestido «de las campesinas»

¿Quién no recuerda el efecto que producía la vista de las aladas y blancas «tocas» en los pasillos de los hospitales, en las escuelas, en las iglesias, en las calles de la ciudad? Antes de que se procediese a una simplificación del mismo, el hábito de las Hijas de la Caridad era el más espectacular entre todos los de las diversas comunidades religiosas. Todavía hoy se lo toma como símbolo. Pero ¿se podría decir que ese hábito fuese, con pocas modificaciones, el vestido usado por la gente del pueblo en la época de la fundación?

Vestidas a lo campesino

Al recibir a las primaras jóvenes entre las Siervas de los pobres enfermos, Vicente no les impuso un hábito particular; continuaron vistiendo lo que consigo habían llevado. Y como casi todas eran originarias de los alrededores de París, su manera de vestir se componía de una bata de sarga gris, de un cuello o coleto y de una especie de gorro o cofia de tela blanca, llamada toquois, que cubría los cabellos. Pero no todas llevaban el toquois y ciertamente en 1638 no era todavía de uso común entre la Hijas de la Caridad.

Tela un tanto basta, color poco llamativo, corte sencillo, a lo campesino: todo recuerda el modo de vestir de las jóvenes del campo. Las Hijas de la Caridad debían parecerse a las mujeres del pueblo. Dado que su vocación las llamaba a ejercer el servicio en aquel ambiente debían parecerse a las jóvenes del campo, de donde provenían la mayor parte. Su vestido debía ser, además, un vestido pobre, con el fin de honrar la pobreza de Jesucristo y compartir la suerte de sus amos, los pobres.

Hábito uniforme

El Reglamento de 1645, en su laconismo, no deja duda alguna: «Se visten todas del mismo modo, como las aldeanas»35. La uniformidad era considerada como un medio para la unidad de la comunidad: «…Lo que constituye la unión en un cuerpo moral es la uniformidad: la observancia de las mismas reglas, una misma manera de vestir, una misma manera de pensar»36. Ciertamente se pone el acento muchas veces sobre lo que es esencial, a saber, el tener el mismo espíritu, el mismo modo de pensar y de obrar, pero también la manera de vestir tiene su importancia. Los Fundadores insisten y dan normas precisas. San Vicente dice: «Ser uniformes, mis queridas hermanas, es ser todas semejantes: por ejemplo, tener el mismo tocado, iguales cuellos, iguales hábitos, iguales zapatos y, si pudiera ser, el mismo lenguaje…». Para favorecer esta uniformidad y tener una tela igual, del mismo color, ninguna debía procurarse por su cuenta los hábitos, y para las

Hermanas de París y alrededores los preparaban en la Casa Madre; las Hermanas que residían lejos debían igualmente dirigirse a la Casa Madre para recibir indicaciones precisas.

En consecuencia, san Vicente sobrellevaba mal las que podían considerarse brechas en la uniformidad, como: el uso del velo por parte de algunas Hermanas, a no ser que lo llevasen las mujeres del lugar; el uso de la cornetta, que concedió de mala gana como excepción para las que sufrían molestias por el excesivo calor o frío»; la vanidad de la que tuviera sus propias maneras de darse gusto. Sutilmente admite que causa mucha fatiga impedir a las Hermanas toda singularidad, añadiendo después: «Si no pusiéramos la mano en ello, las veríais unas veces con el hábito hecho de una manera, otras con lencería más fina, otras con el pelo más cuidado, otras mostrando el cabello. En fin, si no pusiéramos atención en eso, ya no se vería ninguna uniformidad y sería la pérdida de la comunidad».

La misma Luisa, sin embargo, propuso a Vicente que permitiera a las Hermanas llevar algo que protegiera el rostro del gran calor y del mucho frío. El Santo consintió que las Hermanas que hacía poco habían tomado el hábito llevaran una toca de tela blanca (nunca negra) en la cabeza cuando fuera necesario. Tal toca, que era usada por las aldeanas de los alrededores de París, de la Picardía, del centro y del Poitou, y que durante la vida de los Fundadores era entre las Hijas de la Caridad como una excepción, se les impuso a todas en 1685 por mandato de Sor Maturina Guerin con el fin de poner fin a la diversidad que reinaba al respecto. Hacia 1750 las alas comenzaron a alzarse y a extenderse, y bajo el reinado de Luis XV se comenzó a usar el almidón. Pero las proporciones eran todavía reducidas. Durante las turbulencias de la Revolución francesa las «Hermanas grises», así llamadas porque endosaban un sayal gris y la toca blanca, debieron vestirse como las demás mujeres. En la época del Consulado llevaban hábitos de color negro. A partir de 1834 se pasó a un color gris-azul. En el tiempo del Superior General, P. Etienne, «la corneta se agranda, sus extremidades se doblan, se hinchan al viento como las velas de una fragata y, como para equilibrarlas, las dos piezas del cuello o pechera se alargan hacia la cintura».

En 1964 el complejo y singularísimo hábito de las Hijas de la Caridad, aun permaneciendo sustancialmente uniforme en toda la Compañía, fue notablemente simplificado, desapareciendo la vistosa corneta blanca que había merecido a las Hermanas el sobrenombre de «cappellone». Los años sucesivos registraron algunos otros pequeños retoques. La Asamblea General de 1997, en el contexto de la inculturación, dejó, a cada Provincia o naciones, ulteriores posibilidades de adaptación, según las varias situaciones y necesidades.

A nivel general, en todo caso, el hábito usual de las Hijas de la Caridad, que las distingue, es bien distinto del que llevan las mujeres del pueblo. ¿Está en la línea de cuanto lo Fundadores intentaban? Es dificil responder. Me parece, en todo caso, poder afirmar que, en orden a salvaguardar la unidad, san Vicente privilegiaba la uniformidad, aunque dejando abierto el camino a alguna posibilidad de adaptación.

En realidad el Santo insistía mucho en la uniformidad. En la práctica, a las Hermanas enviadas a los más diversos lugares se les pedía que vistieran todas del mismo modo, como en París. Cuando Sor Margarita Chétif, de la Casa de Arras, pidió a santa Luisa poder llevar sobre la cabeza una especie de tocado según el uso del lugar, para evitar que en la iglesia todos las miraran riéndose de ellas por su modo de vestir (como si vinieran de otro mundo), la respuesta de san Vicente fue negativa: «…Crearía usted una división en la compañía, que debe guardar la uniformidad en todo; porque si en Arras las mujeres se cubren la cabeza de una manera, resultará que en Polonia e incluso en Francia se la cubrirán de otra. Y si siguen ustedes esas modas, nacerá la diversidad…».

Pero hay que registrar, de otra parte, alguna apertura a las adaptaciones locales, como se ve en el caso de las Hermanas enviadas a Polonia, que pedían llevar una especie de sombrero y al cuello un pañuelo. Para acceder a su petición san Vicente citó «la regla que ha dado san Ignacio a todos los Jesuitas, entre las demás que ellos observan, y que dice que deberán entregarse a Dios, cuando entran en la Compañía, para servirle de la manera que Él les dé a conocer como más ventajosa para su gloria; esto hace que no pongan dificultad en cambiar de hábito, cuando es necesario…» y concluye: «Pues bien, según esta regla, parece que es conveniente no rehusar esta ocasión de servir a Dios, puesto que el hábito no hace al monje».

• ¿Hábito secular?

No obstante que fuera un hábito «uniforme» y por lo tanto caracterizador, se continuó hablando de hábito seglar. Así lo definía el mismo san Vicente en la conferencia del 22 de enero de 1645 a las Hijas de la Caridad; así es reconocido en la aprobación de 1668 por el cardenal Luis de Vendóme; a la secularidad del hábito apela el Mémoire Perboyre de 1870; no religioso lo considera la Congregación de Obispos y Regulares en 1873. Las Constituciones de las Hijas de la Caridad de 1954 reafirman que su hábito «es el usado por las campesinas de la Isla de Francia en el siglo XVII, vestido de aldeana…».

Es muy difícil poder afirmar hoy que el hábito de las Hijas de la Caridad es secular, en el sentido de vestido usado —por la clase y color de la tela, por el modelo, etc.— por las mujeres del pueblo. Al contrario, las Constituciones de 1983 dicen que «las Hijas de la Caridad llevan un hábito que es uno de los signos de su entrega total a Dios y de su pertenencia a la Compañía» y añaden que «la autorización para vestir de seglar queda limitada a casos concretos aprobados por la Superiora General y su Consejo». Aun en este caso las Hermanas deben llevar «un signo que permita identificarlas como Hijas de la Caridad».

De todas las maneras, la secularidad de las Hijas de la Caridad, como hemos tratado de ilustrar, tiene justificaciones y manifestaciones, que van mucho más allá de cuanto puede ser representado por un hábito. Es sobre todo cuestión de espíritu y de estilo de vida. De cualquier modo, teniendo en cuenta la evolución ya acaecida, también en este asunto, se deberá aspirar siempre a realizar el no fácil equilibrio entre las exigencias de la unidad (en un tiempo se hablaba más bien de uniformidad) y las del servicio de caridad.

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