Sábese que San Vicente de Paúl, con aquel ardor de celo y de proselitismo que abrazaba, por decirlo así, el universo entero, y que tan perfectamente se aliaba con aquella prudente humildad que reglaba todas sus empresas, había concebido deseos y aun formado el proyecto de enviar sus hijos hasta la China. Lo vemos bien claro en una carta de uno de los más dignos de ellos, el misionero Estienne, quien el 15 de Enero de 1664, desde Madagascar, adonde había ido para ser asesinado por la fe , escribía al sucesor de San Vicente, Sr. Almerás, rogándole le alcanzase de Roma el poder de anunciar el Evangelio por toda la tierra : «Si me obtenéis esta gracia,—decía,—una vez que haya recorrido todos los pueblos de la isla de San Lorenzo, iré hasta la China, el Japón y otras islas infieles, y abriré el camino a nuestra Congregación para que también allí dé gloria a Dios y trabaje en la salvación de las almas como lo hace en Europa. De este modo se cumplirían los deseos del fervoroso San Vicente, nuestro bienaventurado Padre, quien deseaba pasase a China.
Los deseos del santo Fundador de la Misión eran muy conocidos en su religiosa familia, y no tardaron mucho en provocar entre los hermanos de Estienne una santa emulación de celo apostólico. Así es que mucho tiempo antes del ario 1785 los chinos habían ya admirado las virtudes de los hijos de San Vicente y recogido los frutos de su celo. Cierto que antes de esta fecha la Congregación de San Lázaro no tenía en propiedad ningún establecimiento en el Celeste Imperio, ni tenía en su nombre y por cuenta propia la administración religiosa de ninguna provincia Misión; pero sí que muchos de sus miembros habían sido mandados aisladamente como enviados por la Propaganda, asociándose a los trabajos y a las obras de los religiosos y de los sacerdotes seculares que les habían precedido.
La memoria que ellos dejaron no nos permite pasar en silencio sus nombres. «Los tres son verdaderos santos», escribía el ir de Octubre de 1723 el Sr. Bonnet, Superior general de San Lázaro, hablando de los señores Appiani, Pedrini y del Ilmo. Sr. Mullener. No hay duda que al llegar a China los señores Raux y Ghislain, recordando los ejemplos tan admirables de sus predecesores, pusieron sus nuevos ministerios bajo el patronato de tan dignos protectores.
1) Originario del Piamonte el Sr. Appiani, era ya doctor en Teología cuando a la edad de veinticuatro años fue recibido en la Congregación de la Misión en Génova. Llamado luego a Roma, en la Casa de Monte Citorio enseñó sucesivamente Filosofía, Teología dogmática y moral. Virtuoso al mismo tiempo que sabio, juntó a la enseñanza las funciones de director espiritual de los alumnos del Colegio Urbano ó de la Propaganda. En este tiempo fue atacado de grave enfermedad, que rápidamente le condujo a las puertas del sepulcro, y viéndose desahuciado de los médicos hizo voto de consagrar el resto de su vida a las misiones del Oriente si Dios le volvía la salud. Bien pronto tuvo ocasión de cumplir su promesa. Inocencio VII, celoso propagador de la fe cristiana, resolvió llenar los numerosos huecos que había en muchos vicariatos de la China enviando nuevos obreros a aquella vasta é interesante porción de la viña del Señor. En 1697, por orden suya, la Propaganda dispuso una expedición apostólica para aquellos pueblos: el señor Appiani, que a la sazón contaba treinta y cuatro años, pidió formar parte de la misma, y en el mismo año se puso en camino en compañía de otros treinta y cinco misioneros, religiosos de diferentes Congregaciones y también sacerdotes seculares, entre los cuales se hallaba el Sr. Juan Mullener.
Uno de los pensamientos de la Propaganda era fundar en alguna populosa ciudad del Celeste Imperio, en Pekín, por ejemplo, ó en Cantón, un Seminario donde se formase el clero indígena. Las excepcionales dotes que el Sr. Appiani había manifestado, ya como profesor en Monte Citorio, ya también como director espiritual en el Colegio Urbano, le hicieron acreedor a que le designasen para tan importante obra; v a fin de que pudiese trabajar con mejores resultados, se le confiaron las más amplios poderes y el título de Vicevisitador apostólico ; mas apenas llegó a China, cuando quiso poner manos a la obra, fueron tantas las intrigas y la oposición que se le hizo, que para evitar conflictos, y llevado de su amor a la paz, creyó deber abandonar, ó al menos dejar para tiempo más oportuno, un proyecto cuya ejecución encontraba tantos obstáculos, y tomó la resolución de ir a trabajar en la conversión de los infieles en una de las provincias más apartadas del centro del reino, y por lo mismo de las menos frecuentadas por los europeos, en la provincia de Su-tchuen. Allí, encargado de una cristiandad que contaba poco más de cien cristianos, mostróse digno hijo de San Vicente de Paúl por su celo y, sobre todo, por su espíritu de abnegación y de pobreza. Sin condenar ni echarle en cara las preocupaciones y usos de aquel pueblo tan vanidoso, jamás se doblegó a participar del excesivo lujo y fausto exterior que le aconsejaban adoptase en honor de la religión é imitando a otros misioneros, obligados tal vez por su posición a hacer concesiones que él ni quería condenar ni imitar. Jamás consintió en llevar hábitos de seda, ni en servirse de litera; vestido como la gente del pueblo, caminaba como ellos siempre a pie, diciendo: «Yo no miro a mis pies como cosa sagrada, para que, en vez de padecer y sufrir, vayan a caballo y en coche.»
Esta afición a las humillaciones, que no entran por poco en la herencia de los hijos de San Vicente de Paúl, era efecto del grande y filial amor que el Sr. Appiani profesaba a la Congregación. «Que mi mano derecha se seque, ¡oh Congregación de la Misión!—escribía al dejar a Roma, y en ella a los maestros de su juventud, —si yo me olvido de ti, madre mía. Plegue a Dios que, si al presente me encuentro privado de hermanos, me haga digno de tenerlos en China, y que este pequeño grano de mostaza crezca como el del Evangelio!» Este era, en efecto, uno de sus más ardientes votos: ver en China, al lado de los hijos de San Francisco, de Santo Domingo y de San Ignacio, los de San Vicente de Paúl. «Yo he venido el primero, — decía él, —con el fin de abrirles el camino en estos campos tan extensos y a la vez tan faltos de operarios», y no podía creer que «el más inepto é indigno hijo de la Congregación » fuese honrado con un ministerio tan apostólico, con exclusión de muchísimos hermanos suyos que .valían más que él. «Yo confío, —añadía— que Dios dará a nuestra Congregación el valor necesario para imitar el celo de nuestro venerable Fundador por la conversión de las almas, y que tendré el consuelo de abrazar en este país a muchos de mis hermanos antes de terminar mi carrera.» Los deseos, las esperanzas del Sr. Appiani no habían de verse realizados durante su vida; la hora de la Providencia no había llegado todavía, y, bien así como todas las obras de San Vicente, la llegada de su familia religiosa a China debía de ser ante todo efecto de la voluntad y de la acción divinas. El Sr. Appiani se resignó, pues, a trabajar casi solo, a esperar y a sufrir.
Los sufrimientos, efectivamente, ocupan mucha parte de su vida de misionero. Muy reducida era su comunidad cristiana de Su-tchuen, y no por eso fueron pocas las amarguras que experimentó. Pasando en silencio las vejaciones de que fue víctima por parte de las autoridades chinas, ¡cuántas decepciones de parte de los mismos cristianos, y, sobre todo, cuántos motivos de desaliento al ver el duro natural de aquel pueblo, tan desesperadamente rebelde a los cuidados y trabajos que se tomó para convertirle!
Dos grandes pruebas principalmente aguardaban al señor Appiani: la llegada del Ilmo. Sr. Tournon a Pekín fue la señal de ellas. Pariente del Sr. Appiani, el Legado le tomó por intérprete y por su secretario, y al asociarle a su misión no le hizo menos partícipe de sus pruebas y tribulaciones.
El 23 de Noviembre de 1706 el santo misionero fue preso, cargado de cadenas, puesto en prisión, y entonces comenzó para él la larga y penosa cautividad de veinte años, durante los cuales no hizo más que mudar de carcelero y de prisión. Conducido desde las prisiones de Pekín a las de Su-tchuen, vuelto otra vez a Pekín, fue llevado finalmente a Cantón, en donde sus guardianes, moderando algún tanto el rigor con que hasta entonces le habían tratado, le permitieron celebrar alguna vez la santa Misa, cosa que se le había inhumanamente rehusado durante cuatro años, y en donde pudo también mantener correspondencia con sus amigos de Europa y escribir aquellas admirables cartas en las que, cual otro San Pablo, firmaba : Vinctus Christi (el cautivo de Cristo), y en las que también se revela el fondo de su hermosa alma en trozos como éste : «Según las enseñanzas de la verdad misma, de los santos, y muy particularmente de nuestro venerable Fundador, las calumnias y las vejaciones deben mirarse como una bendición de Dios. Por eso yo me regocijo y doy gracias a su divina Majestad porque quiere que sea víctima de ellas, y le suplico que se sirva de este medio para derramar sus gracias sobre nuestra Congregación, concediéndole toda suerte de beneficios. Ninguna razón tengo para quejarme de mis tribulaciones, puesto que durante estos cuatro años he recibido de Dios muchas gracias, que tal vez no las hubiera alcanzado en la prosperidad. ¡Quiera su divina Majestad revestirme de fortaleza por que mis padecimientos sean agradables a sus ojos y verdaderamente meritorios!»
El 21 de Agosto de 1727, después de diecinueve años y nueve meses de prisión, recibió la libertad. La edad, las privaciones, los padecimientos de todas clases habían ya gastado sus fuerzas y arruinado su salud; la hora de la recompensa no debía tardar en sonar para el siervo bueno y fiel: deseó y suspiró siempre por la muerte de los mártires, y puede decirse que realmente la obtuvo. Comenzaba un nuevo reinado, cuyos principios se señalaron arreciando más la persecución con la orden de que todos los misioneros de Cantón abandonaran la ciudad y se retiraran a Macao. El Sr. Appiani hallábase gravemente enfermo, y fue preciso llevarle en una camilla hasta el vapor; las fatigas que en el viaje padeció le acabaron; así es que apenas desembarcó recibió los últimos Sacramentos, y el 29 de Agosto de 1732 falleció «como un verdadero santo, fiel y valeroso confesor de Jesucristo, y como verdadero mártir de nuestra santa fe», según escribía el Sr. Bonnet, Superior general de San Lázaro, en la carta circular del 2 de Octubre del año siguiente.
La muerte del Sr. Appiani no fue llorada únicamente por su Congregación. El renombre de sus virtudes y largas pruebas, tan heroicamente soportadas, se había extendido mucho, y hasta el mismo Padre Santo le había rendido solemne homenaje. El 22 de Agosto de 1711, cuando el señor Appiani se hallaba entre cadenas en Cantón, Clemente XI le dirigió un Breve, que es un título de gloria para la Congregación de la Misión, no menos que para su santo hijo.
No fue esta vez la única que el Soberano Pontífice dio al Sr. Appiani pruebas de particular estimación y afecto. Quiso en otra ocasión ponerle al frente de la misión de Su-tchuen, que había recogido las primicias de su apostolado en China, y nombróle Vicario apostólico de esta provincia con carácter episcopal. Al oír semejante noticia, se alarmó la modestia del piadoso misionero; opuso que su edad era ya muy avanzada, alegó sus enfermedades, que empezaban ya a paralizar sus fuerzas, y sobre todo su falta de virtud. Suplicó con instancia al Padre Santo transfiriese su benevolencia y el honor que le dispensaba a su compañero de armas, Sr. Mullener. Fueron escuchadas sus súplicas, y acabó sus días peleando humilde en segunda fila, siendo en su lugar consagrado el Sr. Mullener obispo de Mynophis y vicario apostólico del Su-tchuen.
2) No fue solamente su elevación a la dignidad episcopal lo que el Sr. Mullener debió al Sr. Appiani; érale también acreedor a su entrada en la Congregación de la Misión. Pertenecía al clero secular cuando la Propaganda le envió a China, y cuando en el año 1697 tomó el camino de las Indias en compañía del Sr. Appiani. Durante el viaje le encantó el espectáculo de las virtudes que observó en este digno hijo de Vicente; a medida que se acercaba a los países infieles sentía cada vez más la necesidad de evitar la impotencia y los peligros anejos al aislamiento, y de buscar en los lazos de una vida más perfecta fortaleza para sí mismo y a la vez alguna garantía para el buen éxito de sus ministerios. Comunicó tales pensamientos al Sr. Appiani, y le manifestó el deseo de ser su hermano. Este escribió en seguida a su Superior general, Sr. Pierron; y presumiendo su consentimiento, el 25 de Enero de 1699, hallándose en Madras, en el momento mismo en que los dos misioneros se iban a embarcar para China admitió como novicio en la Congregación de la Misión al Sr. Mullener, de edad entonces de veinticinco años.
La cualidad dominante del Sr. Mullener era una gran dulzura, que hacía recordar la de San Francisco de Sales, con quien se le comparaba de buen grado. Esta alma tan benévola, que parecía nacida para desarmar todos los odios; sufrió, no obstante, la persecución, experimentando de rechazo los indignos tratamientos de los que por tanto tiempo fue el Sr. Appiani el blanco principal, y siendo dos veces separado de su rebaño y condenado a destierro. Pero bajo la dulzura de su carácter, al parecer incapaz de resistencia, se ocultaba una indomable energía de voluntad, sostenida y animada por el ardor del celo de un apóstol. No obstante la sentencia de proscripción que pesaba sobre él, al cabo de cuatro años volvió a entrar en China, y después de permanecer algún tiempo oculto en Cantón, penetró disfrazado en la provincia de Su-tchuen; llegó a su antigua misión, donde experimentó el dolor de ver a los infieles dueños de la iglesia que en otro tiempo había servido en compañía del Sr. Appiani; retiróse a la parte más desierta del país, en los confines del Imperio chino y en el seno de mor tañas casi inaccesibles; «llevando allí,—escribía el Sr. Bonnet el 1.° de Marzo de 1716,—una vida trabajosa, muy semejante a la de los apóstoles, in solitudinibus errantes», disfrazándose de mozo de cuerda ó de mercader para ejercer así con mayor seguridad su ministerio entre los infieles, viendo, por lo demás, sus fatigas bendecidas por Dios y sus predicaciones seguidas de numerosas conversiones. En estas ocupaciones se hallaba cuando recibió las Bulas pontificias que le elevaban al episcopado. La nueva dignidad en nada cambió la sencillez de su modo de vivir. Hacía la visita pastoral caminando a pie con las piernas desnudas, llevando sobre sus espaldas una maleta con mercancías. Únicamente mudó su esfera de acción, que desde entonces fue mucho más extensa, pues a la administración de su vicariato apostólico del Su-tchuen, ya tan extenso que no podía recorrerlo del todo en el espacio de nueve meses, se le agregó el gobierno de la inmensa provincia del Hon-konang, futuro teatro de los trabajos y del martirio del venerable Clet, la cual se hallaba por entonces privada de su legítimo Pastor, el ilustrísimo Sr. Visdelon, retenido en el destierro. Casi solo para sostener tanto peso, el valiente apóstol acudía a todas partes; siempre activo, incansable, no hacía ningún caso de su ya avanzada edad; se hallaba a las puertas de la muerte, y no pensaba más que en trabajar siempre. Avisado cariñosamente por un venerable obispo de la Sociedad de las Misiones extranjeras, el Ilmo. Sr. Engoberto de Martillat, que se hallaba en su compañía, accedió con la docilidad de un niño a recibir los últimos Sacramentos, rogando a este Prelado tuviese la bondad de oir su confesión general. «Ella fue,—decía después el Ilmo. Sr. de Martillat,—la confesión de un novicio.» Al día siguiente, 17 de Diciembre de 1742, a las cuatro de la mañana, exhalaba el último suspiro, dejando tan grato recuerdo de sus admirables virtudes que cuantos le habían conocido se sentían más inclinados a invocarle que a rogar por él; y conformes todos con el testigo -que acabamos de citar, afirmaban que «no era posible llevar vida más pura, más santa ni que mejor pudiera servir de modelo a todos los hombres apostólicos».
3) Después de la muerte del Ilmo. Sr. Mullener, todavía .quedaba en China un lazarista europeo, el último de los tres santos misioneros de quienes hablaba el Sr. Bonnet. El Sr. Pedrini había seguido de lejos a sus dos predecesores, y ya corría el año de 1710 cuando se juntó con ellos en Cantón. En los primeros días del año de 1702 había salido de Roma con el Ilmo. Sr. Tournon, a quien debía acompañar en su embajada. Muchos y graves obstáculos, contratiempos cada día renacientes, los cuales diéronle ocasión de ver la mala voluntad de los hombres y en los que más tarde reconoció y admiró la conducta de la Providencia, retrasaren su salida de Europa, impidieron su viaje, y sólo después de ocho años le permitieron llegar al término hacia el cual, a pesar de tantas contrariedades y desprecios, no había cesado de dirigir sus miradas y encaminar sus deseos; porque fue providencial el que no hubiese llegado antes, pues de otra suerte las turbulencias que habían puesto en prisión al señor Appiani y conducido al destierro al Sr. Mullener hubieran hecho inútil su venida, siendo envuelto en la persecución de la que eran víctimas sus hermanos, ó al menos viéndose reducido a la inacción. En la época que llegó a China, nadie hizo caso de tratarle como cómplice de un partido que ya parecía no debían temer, y de ese modo pudo libremente ponerse en muy buenas condiciones de cumplir su misión.
Si había sido llamado a formar parte de la embajada del Ilmo. Sr. Tournon, era porque se sabía que el emperador de China estaría contento si el Papa, con el fin de atraerle a su servicio, le enviase un artista de talento, y el Sr. Pedrini tenía reputación de ser un músico muy hábil. Se creía con razón que su reconocido mérito no tardaría mucho en abrirle las puertas de la corte de Pekín en pro de la Religión, y que merced al ascendiente que obtendría sobre el príncipe podría inclinarle a favorecer, ó al menos a no perseguir a los misioneros y a los neófitos. Así sucedió en efecto. Los talentos y la afabilidad del Sr. Pedrini le conciliaron bien pronto la simpatía del Emperador y la amistad de los jóvenes príncipes, sus discípulos, con quienes su oficio de profesor le ponían en relaciones casi cotidianas, y en las que sin ningún temor les hablaba siempre que podía de nuestra santa Religión. Uno de ellos, entrando un día en su aposento y viendo un crucifijo, le pidió explicaciones sobre él, y el Sr. Pedrini aprovechó esta circunstancia para hablarle del misterio de la Redención, demostrándole también la necesidad de la fe. Si tales conversaciones no hacían que los hijos del Emperador recibieran el bautismo, al menos desvanecían las preocupaciones de sus compatriotas contra el Cristianismo, y les disponían a tratar con más benignidad y justicia a los ministros y a los partidarios de una doctrina de la que tan buena idea formaban desde entonces.
Sin embargo, no faltaron pruebas al Sr. Pedrini; tuvo también que llevar su cruz. En la época misma de su mayor privanza en la corte, el clima, la mudanza de régimen, las fatigas de una vida que, bajo un exterior brillante, ocultaba una sujeción algunas veces bastante pesada, alteraron grandemente su salud, de suyo muy débil. «Además de mi enfermedad habitual de dolores de cabeza y de estómago,—escribía en 1718 los que de vez en cuando siento en todo mi cuerpo, tengo ya la barba muy cana y la vista muy cansada, señales todas de que el edificio camina a su ruina.» Mucho mayores aún eran sus padecimientos morales, y a pesar de su mucha paciencia y resignación no podía menos de desahogarse y buscar algún consuelo comunicándolos a su Superior general, a quien en sus cartas hablaba de «sus tribulaciones, que sin llevar consigo el brillo de las prisiones y cadenas, y, por consiguiente, las ventajas de la compasión, no por eso se dejan de sentir vivamente ‘.» No obstante, esta misma compasión debía también a su vez excitarla en los demás. Fiel a los ejemplos de los Sres. Appiani y Mullener, y como ellos incapaz de transigir en nada acerca de la más perfecta y completa sumisión a las prescripciones de la Santa Sede, se atrajo las mismas enemistades, se expuso a las mismas vejaciones y cayó, como ellos, en desgracia. En el mes de Octubre de 1721, poco tiempo después de la partida del Ilmo. Sr. Mezzabarba, el Sr. Pedrini escribía desde Dje-Hol, en Tartaria; «No he podido ver a su Ilustrísima el Legado cuando ha partido de Pekín , por hallarme entonces en prisión y cargado de nueve cadenas por orden del Emperador, después de haber sido golpeado, abofeteado y maltratado a puñadas y puntapiés en su presencia. Continúo en la prisión, bien que sin guardias y en mi propia casa de Tartaria, adonde he sido conducido por orden del Emperador.» Dos veces fue puesto en prisiones; y cuando por fin obtuvo su libertad, nuevas pruebas, atroces calumnias que hicieron concebir graves sospechas acerca de su honor, y hasta vacilar algo la estima y aprecio de sus amigos y protectores de Roma, causaron al valiente confesor de la fe otra clase de dolores, por cierto mucho más crueles. «Es preciso rogar por él,— decía a este propósito el señor Couty, Superior general de San Lázaro, en su circular del 1.° de Enero de 1744,—á fin de que el Señor haga aparecer su inocencia y le conserve la tranquilidad de espíritu y de corazón.» Dios le concedió ambas gracias : su inocencia fue reconocida y proclamada ; y al ver la espiritual alegría que reina en sus cartas de esta época, y tanto encanto en la pluma de este anciano, gastado por la edad y los trabajos y abrevado de amargura, se comprende que jamás había perdido la tranquilidad de corazón y de espíritu. Murió en Pekín el 10 de Diciembre de 1746, a la edad de setenta y siete años y treinta y seis de permanencia en China.
Los tres admirables misioneros cuyos bosquejos hemos diseñado, creyeron siempre que ellos no eran más que una vanguardia destinada a abrir el camino a otros muchos compañeros de armas que esperaban irían en su ayuda. Verdad que murieron antes de ver realizados sus votos; ¿mas podrá ponerse en duda que sus oraciones, sus trabajos, y sobre todo sus padecimientos, contribuyeron en gran manera a su completa realización?






