Las cartas de San Vicente y de Santa Luisa se conocen, se leen, se meditan, por el contrario, las de las primeras Hijas de la Caridad se conocen mucho menos. Muchas se han perdido, se han extraviado; solamente se han conservado 45 en los Archivos de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad. Es conmovedor descubrir la letra torpe de algunas, constatar la vida cotidiana que llevaban las Hijas de la Caridad, percibir la calidad de relación que existe entre los corresponsales.
Estas cartas van dirigidas a Luisa de Marillac, a Vicente de Paúl, al Señor Portail, o a otras Hijas de la Caridad.
Las cartas a Luisa de Marillac
En las diecinueve cartas que hay en los Archivos, dirigidas a Luisa de Marillac, las Hermanas describen con mucha sencillez su vida cotidiana. Por ejemplo, Juana Dalmagne cuenta su viaje a Nanteuil-le-Haudoin, la angustia que en un momento llega a oprimirle súbitamente, al sentirse lejos de París, y cómo, para serenarse, medita detenidamente en el viaje de la Virgen María, cuando iba al destierro camino de Egipto. Enriqueta Gesseaume de camino hacia Calais, se expresa con mucho más entusiasmo: es la misionera llena de ardor que no teme las dificultades. Nada parece detenerla, ni el anuncio de la muerte de dos Hermanas al servicio de los soldados enfermos, ni la enfermedad de las otras dos, ni el espectáculo de los heridos tan numerosos tendidos a lo largo del camino.
Las Hermanas comparten sus pequeñas alegrías. Francisca Douelle se siente con solada al haber recibido las cartas del Señor Vicente y de la Señorita Le Gras; ¡El correo llega tan raramente hasta Polonia! Las Hermanas expresan su preocupación cuando una de ellas está enferma; las epidemias son frecuentes. Hablan de los Pobres a quienes sirven, piden lancetas para las curas. En Nanteuil, Juana Dalmagne quisiera recibir papel y plumas bien cortadas para la escuela de las niñas. María Joly, preocupada por el hambre que se instala en torno a Sedan, compra gallinas y un cerdo para poder dar de comer a los Pobres.
Juliana Loret, que ha enviado unos hermosos higos a la Casa Madre, reclama sencillamente la cesta que los contenía, porque no le pertenece. Bárbara relata su encuentro con la Reina Ana de Austria durante su estancia en Chálons-sur-Marne.
En sus cartas, las Hermanas no vacilan en hacer preguntas a la Señorita. ¿Cómo debe obrar la Hermana Sirviente (Juliana Loret) ante su compañera que se niega a ir a París como se le ha pedido? ¿Es posible ir en peregrinación a «Nuestra Señora de las Virtudes» con un grupo de gente de la Parroquia? ¿Cómo juzgar serenamente una acción, en qué criterios basarse (se trata de un pequeño robo a una compañera)? ¿Cómo portarse con una joven que quiere ser Hija de la Caridad?
Casi en la mitad de estas cartas, las Hermanas expresan el profundo sufrimiento que sienten, debido a la desunión comunitaria, a la actitud de las Hermanas no conforme con el ideal de una Hija de la Caridad, al inmenso dolor y miseria de los Pobres… Isabel Martín expresa su desánimo ante el oficio de Hermana Sirviente que le parece está por encima de sus fuerzas. Nicolasa Haran, que tiene que hacer frente a las exigencias de los Administradores del hospital de Nantes, manifiesta todo su agobio ante el inmenso trabajo que exigen a la Comunidad. Juana Lepintre expresa su incomprensión por las visitas, que considera demasiado rápidas, del Señor Vicente y del Señor Grimard, Sacerdote de la Misión, que no han sabido explicar claramente al Obispo de Nantes la forma de vida de las Hijas de la Caridad y hacer que cesen las acusaciones que pesan sobre ellas.
Margarita Chétif expresa su profunda preocupación ante la posible decisión de los superiores de permitir a una Hermana que regrese con su familia (Luisa de Marillac anotará en el reverso de la carta que esa decisión no llegó a tomarse). Las Hermanas se expresan claramente, con verdad, pero sus cartas están impregnadas de respeto y de dignidad, a pesar de su, a veces, muy agudo sufrimiento.
Las cartas de las primeras Hijas de la Caridad a Luisa de Marillac muestran la gran confianza que tienen en su Madre y Superiora. Expresan su preocupación por compartir los sencillos acontecimientos de cada día, su constante inquietud por comprender y vivir mejor las exigencias de la vocación de Hijas de la Caridad. Estas cartas revelan el afecto que une a cada Hermana con Vicente de Paúl, con la Señorita y con las demás Hermanas. Todas se sienten miembros de la Compañía y lo dicen claramente.
Las cartas a san Vicente
Las cartas de las primeras Hermanas a San Vicente son de otro estilo. Sólo se han conservado nueve, cuatro de ellas de antes de la muerte de Luisa de Marillac.
En esas cuatro cartas, el Muy Honorable Padre aparece como el recurso supremo, el que debe resolver todas las dificultades. Santa David ha transmitido a la Señorita Le Gras la petición hecha por la duquesa de Bouillon de otra Hermana para el servicio de los Pobres. Como no ha recibido contestación, se dirige a San Vicente, porque la Señora Duquesa desea una respuesta rápida. Nicolasa Haran ha pedido también a Luisa de Marillac que envíe una Hermana a Nantes. Como ve que la Hermana no llega, escribe una carta, llena de dolor, al Señor Vicente. Las Hermanas de Polonia, poco después de su llegada a Varsovia, escriben manifestando su angustia al Señor Vicente que conoce bien a la Reina de Polonia. El sabrá allanar las dificultades y facilitar la puesta en marcha del servicio a los Pobres.
En las otras cinco cartas escritas después del 15 de marzo de 1660, las Hermanas dan sus noticias y cuentan las dificultades que encuentran en las recientes y lejanas fundaciones: Narbona, Ussel, Belle-Ile-en-Mer. Parece que las Hermanas prefieren dirigirse al Superior General más bien que a Juana Gressier que ha sido elegida provisionalmente, en espera del nombramiento de la nueva Superiora General.
Las cartas al señor Portail
Hay cinco cartas dirigidas al Señor Portail, Director de las Hijas de la Caridad, en las que se le pide ayuda en el plano espiritual. Las Hermanas hacen una sencilla revisión de vida y esperan les dé ánimos para mejor vivir como Hijas de la Caridad.
La Comunidad de Angers acaba de tener la visita «canónica» del Señor Portail. Magdalena Mongert, la Hermana Sirviente, escribe poco después, contando la repercusión que ha tenido esta visita en cada Hermana y en la Comunidad. Bárbara Angiboust, Hermana Sirviente de Cháteaudun, expresa las dificultades que encuentra con sus Hermanas para poner en práctica los avisos que dejó el Señor Berthe al final de la visita.
Esas pocas cartas muestran también el deseo de las Hermanas de impregnarse del espíritu de la Compañía. Juana Delacroix pide que se envíen las Reglas. Bárbara Angiboust pide la copia de la última conferencia para poder intercambiar con sus Hermanas sobre ella.
Las cartas a otras Hijas de la Caridad
Estas cartas son de dos categorías: hay cuatro escritas por la secretaria de Luisa de Marillac; otras seis datan de después de la muerte de la Fundadora de la Compañía.
Las secretarias, Isabel Hellot o Maturina Guérin, escriben pórque la Señorita Le Gras está enferma. Esas carta tratan de una cuestión concreta y bastante urgente. A Juliana Loret se le dice vaya a París para estudiar el problema del cambio de casa, de la Comunidad de Fontenay-aux-Roses de la que es Hermana Sirviente. Bárbara Angiboust que está en Bernay debe ver rápidamente al cartero a quien ha entregado un paquete con tela para hacer los tocados y los cuellos. El paquete no ha llegado, ¿no corre peligro de perderse? A dos Hermanas de Richelieu, Isabel Hellot da noticias de sus familias y comunica a Carlota Royer la muerte de su hermana.
Las otras seis cartas están escritas en el mes siguiente a la muerte de Luisa de Marillac. Dan noticas de la salud del Señor Vicente, pero sobre todo relatan la última enfermedad de Luisa de Marillac, su muerte, su sepultura. Esas cartas insisten en el testamento espiritual dejado por la Fundadora de las Hijas de la Caridad. Bárbara Bailly escribe a las Hermanas de Brienne:
«Les diré, queridas Hermanas, lo que la Señorita me encargó la noche anterior a su muerte, que dijera a todas las Hermanas: que seamos muy fieles a Dios y a nuestra vocación, que vivamos con gran unión y caridad juntas y con gran tolerancia mutua y que sirvamos a los Pobres con gran afecto».
Francisca Noret, en su carta a María Donion completa el último mensaje de Luisa de Marillac:
«Nuestra buena Madre nos ha dejado a la Santísima Virgen como nuestra Única Madre».
Las primeras Hermanas están atentas para recoger las enseñanzas de Luisa de Marillac con el fin de meditarlas, impregnarse de ellas y vivirlas. Margarita Chétif pide a Maturina Guérin que le envíe toda una relación sobre las virtudes de la Señorita y sobre la manera como se comportaba con las Hermanas. Maturina Guérin empleará varias semanas para redactar aquel largo informe de dieciséis páginas.
Al enviar a las primeras Hijas de la Caridad a las fundaciones lejos de París, Luisa de Marillac les pedía que le escribieran cada quince días. Las Hermanas fueron fieles a la petición de su Superiora, a pesar de las dificultades que experimentaban para escribir, a pesar de la sobrecarga de trabajo, a pesar de la lentitud e irregularidad del correo. Algunas de estas cartas, que han atravesado los siglos, son el reflejo de su obediencia, de su espíritu de Fe, de su amor a los Pobres y a la Compañía.






