La superstición superada. Rue du Bac. 9. Perspectivas sobre el porvenir

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina Labouré, Virgen MaríaLeave a Comment

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Autor: Jean Guitton · Traductor: Antonio Beneyto. · Año publicación original: 1973 · Fuente: Ceme.
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9. Perspectivas sobre el porvenir

Así acaba este libro sobre una historia mística. Salida del silencio, esta historia se ha expandido sobre el planeta como un reguero de luz. Y este reguero no ha acabado aún de ex­tenderse, esta luz no ocupa aún todo su espacio, esta energía espiritual no está disipada. No podemos saber si no estamos entrando, hacia el fin de este segundo milenio, en una ter­cera fase también de la existencia de Catalina, de la fecun­didad de su «visión».

Pues de todos los fenómenos místicos, se puede decir que son intemporales, porque tienen sus raíces en una larga his­toria espiritual antecedente. Y son ellos mismos raíces, anun­cios y gérmenes para la historia subsecuente, aquella de la que nosotros no sabemos su duración corta o larga o muy larga. La mayor parte de las especies animales duran de veinticinco a treinta millones de arios: la especie humana no ha durado más que un millón de años.

Esta incertidumbre actual sobre el porvenir humano lanza también su esperanza y su sombra sobre el pensamiento cristiano. En los primeros tiempos de la Iglesia, el fin del tiempo les parecía muy próximo. El siglo xx, lleno de espe­ranza en el progreso humano creía en un porvenir indefinido, siempre perfectible. La idea del fin de los tiempos parecía un temor infantil. Las últimas guerras, la bomba atómica, el aceleramiento de los procesos destructores, su   convergencia, han cambiado nuestras perspectivas. Ya no sabemos si el fin de los tiempos está tan lejano como se pensaba hacia 1910. No sabernos si el progreso acelerado de las técnicas va a acercar el fin en lugar de alejarlo, casi indefinidamente. Esta ambivalencia está en el fondo de nuestra inquietud actual; tiñe nuestros pensamientos secretos tanto como tratamos de rechazarla.

Tiñe también la conciencia que tomamos de la fe. La pen­samos, esta fe la vivimos sin embargo dentro de una pers­pectiva escatológica, como se dice, más atentos que nunca a la idea de que las cosas del tiempo son sombras y figuras, y que un acontecimiento final puede estar bastante próximo. Esto puede ser aún ilusión; pero la ilusión está en el aire; por este lado, estamos más próximos que hace veinte años a la actitud de los primeros cristianos, que vivían en la hi­pótesis de un fin del tiempo bastante cercano.

Cuando reflexionamos sobre la «medalla», sobre «la calle del Bac» en 1973, sobre el puesto de la intercesión ma­riana en la economía de la fe después del Vaticano H, no nos encontramos con el mismo estado de espíritu que en 1940.

He hecho una curiosa experiencia. He vuelto a leer la obra que compuse entre 1940 y 1945 sobre la Virgen María y que presentaba algunas consideraciones sobre la relación de la Virgen con el final de los tiempos: estas páginas estaban escritas antes de Hiroshima. Han envejecido. Acentuaría aún más el punto de vista que exponía entonces (con varios místicos) sobre la relación de la Virgen con la escatología.

Uno de los temas de Grignion de Montfort era que la devoción a la Virgen crecería con el fin de los tiempos, que el progreso de este culto sería un signo de este final de los tiempos.

Hasta 1945, este «fin de los tiempos» permanecía en tal lejanía que parecía mítica. La ciencia por otra parte nos acos­tumbraba a un progreso indefinido. Antes de la era atómica, no se podía prever qué mecanismo de causas segundas po­dría traer una cuasi-destrucción a la humanidad. Sin em­bargo, esta amenaza está colocada sobre nuestros destinos, de tal suerte que la humanidad tomada en su conjunto se parece al hombre individual: se ha vuelto mortal y ella se sabe mortal.

En esta humanidad nueva, la religión está en crisis, en particular el cristianismo. Sin duda podemos encontrar va­rias «figuras» de esta crisis actual de la religión, por ejemplo, el peligro corrido por la cristiandad en tiempos del Islam. Pero el Islam era una religión al menos, el Imperio romano suponía él mismo una religión; todos los pueblos han sido pueblos religiosos, hasta en las cavernas. Pero ahora es la idea misma de religión la que está puesta en cuestión, la de los lazos de los hombres con una esfera divina. Para muchos de nuestros contemporáneos, esta teasfera en la que toda la humanidad estaba hasta ahora inmersa, parece inexistente, inútil o (lo que es peor) carece de significado. Y la lucha ya no consiste entre la religión cristiana y otra forma inferior de religión, ni siquiera entre los «ateos» y los creyentes, sino de un lado los creyentes y del otro los adoradores del «hombre» y del «mundo». Una nueva organización del pla­neta, sin creencia, sin fe en un más allá no es imposible de prever. Incluso parece que, por un proceso bastante frecuente en la historia, todo trabaja en su favor, e incluso los esfuer­zos hechos para luchar en contra.

La humanidad que gira alrededor del segundo milenio después de Cristo va a franquear un umbral. Esto no puede seguir en el mismo sentido. Se acerca el momento en que el mismo exceso de progreso va contra la esencia de lo que el progreso quisiera alcanzar. Esto se ve en el terreno de la energía atómica, que puede ayudar a todo o destruirlo todo, en el terreno de la concentración urbana y de la poluci 5n del medio. Menos visible que la amenaza sobre las existencias, más temible es la amenaza sobre las esencias, quiero decir: sobre la propia concepción del amor, de la familia, de la naturaleza y de la cultura.

Se acerca una época en que la humanidad deberá elegir entre la subversión y la conversión, el medio en que crea poder establecerse un feliz término, no siendo ya sostenible.

Una época se acerca. Una barrera (de la que la barrera del sonido no es más que una lejana imagen), deberá ser franqueada. El aceleramiento de la historia puede hacer este momento más cercano de lo que nosotros pensamos.

Para la cristiandad quizás sea una hora admirable: pues sólo ella puede ayudar a la especie humana a convertirse. Pero hace falta para eso que la cristiandad y el catolicismo en ella estén vivos.

Hay aquí para la cristiandad un peligro inédito. A este peligro no se puede saber cómo reaccionará la Iglesia; si tiene promesas de duración eterna, nada dice bajo qué for­ma, bajo qué modo, con qué número de fieles, Dios quiere hacerla durar. Cournot ha previsto como posible un estado en que la civilización, extrañando al mundo por su ingrati­tud, se divorciará del cristianismo, y esto será, dice, divor­ciarse al mismo tiempo de toda religión. Entonces, la Iglesia viviría con una vida germinal y oscura, esperando el fin o un nuevo comienzo.

Pero el que estemos próximos a una crisis sin preceden­tes (o mejor, como yo creo, ante una nueva fase de la creencia en la Iglesia) en los dos casos, puede significar que «el tiempo de la Virgen» se aproxime.

Esta hipótesis está fundada sobre la idea ya presente en los primeros tiempos de la Iglesia que, en las grandes nece­sidades, la intervención, la intercesión de la «Mujer eterna» forma parte del plan divino de la «recapitulación de todo» en Jesucristo.

Al acrecentamiento de las necesidades debe corresponder un acrecentamiento de los auxilios, una más exacta adapta­ción del género de socorro al de las necesidades.

Esta era la idea (oculta) de uno de los textos más profun­dos que se hayan escrito, el más bello, sin duda, por su ob­jeto y por su penetración: el Evangelio de Juan. La realidad de la madre de Jesús está descrita allí: ella lo envuelve todo, estando presente en aquellos dos momentos plenarios del principio y del fin: Caná y el Calvario, la madre de Jesús interviene con poder y con (lo que es de señalar) la certeza de su poder a pesar de las apariencias contrarias, tan fuertes (la negación de Jesús): ella es la que precipita la hora fijada («no ha llegado aún mi hora»), la que tiene piedad de las necesidades e incluso de las inutilidades de los humanos (el vino de las bodas); aquella que es la causa que desenca­dena la primera manifestación del Mesías, aquella que es la fe de Juan y los Apóstoles. Claro está, todo esto pudo pro­ducirse sin ella. Y los gestos del Evangelio son, de alguna forma, gestos que se recogen y vuelven a iniciarse misterio­samente en este evangelio continuado que es la Iglesia vi­sible.

De la misma manera al atardecer, cuando se hace tarde, la Virgen recibe de Jesús al discípulo como a su hijo bien amado, que es una figura de la Iglesia, de la que ella es constituida la «madre», así como la llamó Pablo VI en el último Concilio.

No podemos por menos de pensar, siguiendo las líneas de Evangelio que, en todos los períodos de la historia en que se producen situaciones análogas, la intercesión de la Virgen será más manifiesta.

En nuestro tiempo, en el que Dios parece callar y «morir», la gracia se oculta a la vista de los hombres. Pero, ¡cuánto más, la «naturaleza», sin la que «la gracia» no puede actuar! Sin embargo en Caná, es sobre la naturaleza de las cosas so­bre la que la Virgen parece velar: El matrimonio, la vida del pueblo, las primeras comunidades, el vino de la alegría hu­mana. Las cosas más sencillas se han vuelto tan difíciles, la vida cotidiana es tan incómoda y está tan amenazada que tenemos más necesidad que nunca de que se nos enseñe a hacer difícilmente lo fácil y fácilmente lo difícil. Diría gus­toso que lo que, para la comprensión de nuestro tiempo, está oscuro, no es tanto las cosas tomadas en sí mismas, como la relación que las cosas tienen entre ellas; es el lazo del alma y del cuerpo, el lazo del hombre y la ciudad, el lazo de la naturaleza y de la gracia, el lazo de la conciencia y del inconsciente, el lazo de la vida (moral y social) con sus in­fraestructuras. Esta oscuridad es una consecuencia del ex­ceso de análisis.

Si la crisis de angustia que aqueja a los tiempos moder­nos, debe ser superada, hará falta una gracia de naturaleza penetrante, íntima, proporcionada con este estado hiper­sensible y disociado de nuestras conciencias y de nuestro saber.

La Virgen es también la imagen de la actitud del alma en la época de siembra, como es la nuestra, cuando es pre­ciso volverse hacia el porvenir, saberse un nuevo comienzo. Que sea la Virgen la primera de las criaturas glorificada en interceder para la unidad de los cristianos en Cristo, esto no ofrece ninguna duda. La analogía de la maternidad es elo­cuente: la madre quiere que sus hijos se parezcan y estén unidos en el lazo de un mismo amor.

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