1. Un barrio de París
Hay en París, en esta ciudad de cien aspectos, barrios, como en el campo hay comarcas.
Llamo comarca en la campiña a la circunferencia que se puede trazar alrededor de un punto fijo para realizar un itinerario de una hora de marcha aproximadamente. Mi comarca en la campiña es la red de estos paseos posibles; es el horizonte que puedo contemplar desde una ventana de mi casa. Son los campanarios que puedo divisar, los lugares a los que puedo ir a visitar a un amigo, entrar en una capilla vacía, realizar en ella una oración solitaria. Una comarca es peculiar a cada uno.
Y se puede decir que Francia está formada por una infinidad de comarcas, ya que, después de mi definición, deberían existir tantas comarcas cuantos habitantes hay en la campiña, capaces de trazar esta circunferencia que contenga a todos los seres vivos «según su especie» (como dice el libro del Génesis) todos los animales, todos los vegetales que existen hasta la línea del horizonte, lo que agota la capacidad de la mirada —y sin duda también la del amor.
Por otra parte lo mismo que en Francia existen comarcas, en París existen, para mí, barrios.
Yo llamo barrio a una realidad viva muy distinta del distrito, o de las demarcaciones que se encuentran en las guías. Un barrio es una creación personal, como hace un momento lo era la comarca. Es la circunferencia que yo trazo en París alrededor de mi pupila tomada como centro. Es lo mismo decir que hay en París una infinidad de barrios al igual que en Francia hay una infinidad de comarcas.
El barrio místico que voy a describir posee un centro, que he elegido arbitrariamente, o más bien, que ha sido objeto de una elección misteriosa. Es el número 140 de la calle del Bac, el lugar donde se encuentra la capilla de las Hijas de la Caridad, llamada «capilla de la Medalla Milagrosa».
Al principio de una obra en la que seguiré muchos caminos divergentes, convergentes, a veces sutiles e invisibles, quisiera recorrer con vosotros los itinerarios visibles, describir este barrio conocido solamente por algunos amigos y ángeles, cuyo hogar está constituido por la capilla.
Lo que llama la atención en este barrio místico, es que no hay centro, si se entiende por «centro» un monumento, un paraje, o un río. Yo no encuentro en él ni la torre Eiffel ni el Panteón, ni el Sena, ni esa Torre de Babel que se está edificando en donde yo conocí antiguamente mi buena Gare Montparnasse y que va a dominar a este barrio como un obelisco americano, egipcio, babilónico. Esa torre que desafía las leyes de la gravedad es todo lo contrario a «la capilla» ya que aquella atraerá a todas las miradas que quieren ver, mientras que «la capilla» sólo atrae a las miradas que se cierran para ver.
El barrio místico que describo alrededor de esta capilla llena de misterio, si no tiene monumentos, comporta diferentes arterias.
La lenta, trivial, interminable calle de Vaugirad que jamás ha podido, en el transcurso de la larga historia de París, ser cambiada de nombre. Ni incluso ser dividida. La calle de Sévres, destrozada por el desbroce en 1907 del Boulevard Raspail, pero que tiene 151 números. La calle del ChrecheMidi, sinuosa también, encantadora, por su abandono y que parece, como indica su nombre, buscar el sol. Y la famosa Rue du Bac, también abandonada y sinuosa, sin belleza, sin iglesia, sin plaza, ni fuente, pero cuya historia mística, de la que hablaré en seguida, es rica en contenido. Arterias sin duda, arterias muy viejas, pero sin monumentos. Y, dislocando estas arterias venerables, los bulevares, calles geométricas trazadas por administraciones implacables: El bulevar Raspail, la calle Rennes, el pequeño jardín del Bon Marché, el mismo pasaje de la bonne Temptation, de esa religión que tiene por rito el canje, el comercio, la hechicería. No hay jardines públicos en este barrio. Y sin embargo, si se contemplase desde un helicóptero, se verían innumerables árboles en jardines, la mayoría pertenecientes aún a los conventos. Me atrevería a decir que un gorrión, un gorrión piadoso, podría volar de jardín en jardín de convento, sin tocar una sola rama laica.
El padre Rodhain se ha asomado a este «barrio» que linda con su barrio de caridad, si es que no lo incluye. Ha escrito al respecto una página que le hubiese gustado a Michelet. Habiendo intentado en vano reconstruirla, la cito:
Un hormiguero sobre un suelo de creta es París visto en un corte vertical.
Un hormiguero en medio de un bello jardín es París visto en un corte horizontal.
Los remolinos de los mares y la tierra han depositado, en otro tiempo, sobre este lugar la creta y la arena y la piedra. Al formar inmensas canteras, cuyas galerías afloran aún a la entrada de las calles, un pueblo laborioso ha edificado una ciudad: París.
Los aluviones han depositado lentamente por todas partes el más fértil de los terrenos: una isla, una isla llena de trigales y de huertas: el jardín de la Isla de Francia.
Se llama Isla de Francia porque flota en medio del país como una isla en el centro de un estanque. Allí se llega de todas partes. Cada provincia hacia allí conduce. El hormiguero se convierte en una encrucijada. Los hay que pasan de largo y los hay que se detienen. Así, a lo largo de los siglos, transeúntes y comerciantes se instalan en este quicio: París, que poco a poco crece expansionándose alrededor de sí mismo. En el centro hay una mezcla de palacios nobles y reservados y de tiendas, demasiado apretujados en un recinto que a veces se ensancha porque la ciudad comienza a desbordarse sobre los campos. El trabajo se localiza por zonas. Bajo Felipe Augusto, los carniceros se instalan cerca de Chátelet. Aún están allí. Los orfebres están en la calle Coq; los ebanistas en la calle SaintAntoine. La historia de cada barrio es la misma que la de cada oficio.
Y el padre Rodhain expone a continuación que el más bello de los oficios es el ministerio, el oficio de la caridad, oficio que no necesita bancos ni herramientas. Se podría hacer una historia de la «caridad» que girase alrededor de la «medalla» tomada como centro y hogar. Entiendo por caridad no solamente el acto de dar sino también el de recibir y que se llama «oración». Quien desee conocer un barrio de este tipo, en su savia, en sus raíces, debe, como lo hizo en otro tiempo el padre Brémond, escribir la historia de todas «las caridades» que en él se han establecido a lo largo de los siglos.
En el 95 de la calle de Sévres se halla la capilla de los PP. Lazaristas (Paúles) dedicada a san Vicente de Paúl, donde descansa su cuerpo en un relicario de plata. En el núm. 33 de la calle de Sévres, está la casa de los PP. Jesuitas, establecidos en 1922. Su capilla sirve de iglesia para extranjeros; se confiesa en todas las lenguas. Allí se ruega por la unión de los cristianos. En ella se venera la tumba del P. Olivaint y sus compañeros, muertos por su fe durante la Commune, en mayo de 1871.
En el 42 de la calle de Sévres se halla la capilla del hospital de Laénnec, donde murió en 1640 el amigo de san Francisco de Sales, Jean-Pierre Camus, obispo de Belley, que consagró la iglesia del hospital dedicada a la Anunciación.
En el 128 de la calle de Bac está el Seminario de Misiones extranjeras, fundado en 1663 por el padre Bernard de SainteThérése que era obispo in partibus de Babilonia, de aquí el raro nombre dado a esta calle, del que ningún parisino, estoy seguro, conoce la explicación. El parque diseñado en el siglo xviii aún está intacto. Ha sido testigo de las despedidas de casi cuatro mil sacerdotes que abandonaron Europa con rumbo a las misiones, y de los que 163 han sido condenados a muerte por confesar la fe.
En el número 106 está la sede del Secours Catholique. Ocupa un lugar célebre en la historia de la caridad. En 1650, monseñor Camus fundó en él una obra singular cuya finalidad era recoger, a la salida del hospital, a los convalecientes.
En el número 78 de la calle Sévres se encuentra la Procuraduría general de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, el Instituto fundado por san Juan Bautista de la Salle en 1681 para la instrucción de los pobres.
En el 90 de la calle de Sévres se halla la Casa de las Hijas de la Cruz fundada por la Madre Richier des Anges y el Padre Fournet que han sido inscritos, los dos, en el catálogo de los santos.
En el 16 de la calle San Juan Bautista de la Salle está la casa madre de las Auxiliadoras del Purgatorio fundada por Mlle Smet (convertida en la bienaventurada María de la Providencia) que anhelaba con ello la totalidad de la redención.
En la calle Regard, que no está lejos, se encuentra el seminario de San Sulpicio.
Tal es este barrio considerado en sus parajes más elevados, es decir, en sus profundidades, que podrían ser llamadas altos fondos. El bosquejo es suficiente para poder respirar, por un instante, en espíritu, el perfume espiritual que se desprende de tal lugar —perfume insensible que sólo puede ser captado por el que esté acostumbrado a la meditación—. Invisiblemente, insensiblemente, penetra en los que pasan indiferentes por este barrio: lo mismo que en un cementerio las cenizas incontables de los muertos emiten ondas que recoge el pasajero. En este recinto consagrado a la fe y al amor, deben existir una especie de fuerzas invisibles que arrastran a éste o aquél predestinado hacia una invención de amor. Aquí, lo antiguo reaparece bajo formas nuevas. El caso más reciente es el de monseñor Rodhain que ha creado un «cuartel general» de la Caridad, dándose cuenta de que la tradición consiste en la renovación de una identidad profunda: aquí, la de la abnegación.
Yo no he vivido, a decir verdad, en este barrio místico, pero he pasado, no lejos, seis años de mi juventud. Cuántas veces he contemplado el horizonte desde el segundo piso del número 95 de la calle de Sévres, cuando visitaba al P. Pouget.
A veces veía ponerse el sol. Bajo la cúpula dorada de los Inválidos contemplaba el sepulcro de Napoleón, me sumergía en sus órbitas vacías, a mi alrededor se erguía una severa arquitectura, que me recuerda la de El Escorial, la parrilla de san Lorenzo, que siempre me ha gustado (como la parte vieja del palacio de los Papas, o la plaza de Vosges, el estilo anterior a Luis XIV): el bello conjunto formado por la Escuela Militar, los Inválidos, las avenidas que allí convergen; el Catnpo de Marte (donde Talleyrand celebró en 1790 la misa de la Federación), lugar de fiestas y guerras atravesado por la línea que va desde la parada ecuestre de Joffre a la de Foch en el Trocadero, que está representado, no sé por qué, sin quepis: ¿para indicar quizá el papel del pensamiento en la guerra? De este modo, este lugar de contemplación está rodeado por un barrio de gloria militar, pero dicha gloria subsiste únicamente en el nombre de las avenidas y en algunas piedras, mientras que «la caridad permanece siempre».
Volvería a insistir una vez más en que este barrio es trivial, que no ha sido diseñado por ningún arquitecto, que carece incluso de la disimetría de la belleza, que sus arterias han sido trazadas por el capricho o la costumbre.
Roma está salvada por su luz de oro; Londres por su niebla de plata y su estuario. París es bello para mí, sólo por la ribera del Sena, por la curva del río que traza su órbita alrededor de una isla. En las capitales, el esplendor y la grandeza sólo se descubren en algunos puntos, en algunas perspectivas o acrópolis. Pero la verdadera Roma, el verdadero Londres, el París verdadero están constituidos, ante los ojos eternos de los Ángeles, por barrios pobres y comunes: allí donde se hacinan, trabajan, sufren, los hombres.
Existe en el barrio un centro oculto, difícil de descubrir, por donde gota a gota, grupo a grupo, desfila incesantemente (como en Londres, Roma o Jerusalén) una procesión de peregrinos.
En 1957, el número de visitantes del Louvre fue de 631.000, el de Panteón fue de 150.000. La capilla recibió a 900.000 peregrinos. Y sin embargo no hay ninguna señalización que indique el lugar de este santuario, ninguna publicidad se ocupa de él, ningún esplendor lo recomienda. En fin, cosa paradójica (un poco escandalosa) la capilla está cerrada a ciertas horas; es una capilla privada, la capilla del «seminario» donde se forman las hijas de san Vicente de Paúl antes de salir en misión hacia los cuatro puntos del planeta.
Qué paradójico resulta que este lugar de silencio, esta gruta en el corazón de París, se halle en una casa sin fachada que semeja un anejo de los almacenes del Bon Marché.
Voy a imaginarme a un visitante desconocido, procedente de un platillo volante o del planeta Marte, que ignorase todas las cosas propias de los hombres. En su carnet de notas podría anotar lo siguiente:
«Ayer observé en París un fenómeno muy raro. ¿Cómo llamarlo? La oración en estado puro, la oración constante, la imploración más que la oración —la adoración mezclada a la imploración. Difícil de definir. Hay silencios, murmullos, gestos desconcertantes: hombres y mujeres de todas las razas, de todas las culturas, se arrodillan ante un sillón situado en un rincón para besarlo, para depositar en él algunos billetes. Fenómeno regresivo, fenómeno infantil (por estudiar), retorno al estado mítico y mágico en este país tan cultivado sin embargo, emancipado, razonable, podría decirse. He visto allí a un sabio atómico conocido en toda Europa. Al respecto tendré que estudiar aún «la superstición entre las gentes inteligentes», el retorno de los adultos, de los clérigos y de los sabios a la infancia, fenómeno de compensación. Por el contrario, quiero anotar una impresión totalmente opuesta: es preciso no omitir nada. El silencio absoluto es como un silencio en el interior del silencio. Las personas parecen estatuas; nada de teatro, ni de plañideras, ni de pitonisas…
Podría decirse que los que rezan en esta capilla son agradecidos de antemano debido a la certeza de obtener lo que piden. Podría decirse que poseen ya en ellos mismos lo que imploran. Estas personas son como flores que se abren, que se expansionan. Y, lo mismo que las flores de un jardín parecen ignorarse la una a la otra, así también los visitantes no se hablan aquí, parecen yuxtapuestos por el azar. Se podría pensar en una sala de oraciones perdidas (es extraño que en este templo de la «caridad» nadie hable con nadie): ni jerarquía, ni clerecía. Los sacerdotes se han mezclado con los fieles. Y todo en medio de una paz y un silencio que no necesita de la intervención de la policía ni del estadista. ¡Ni cirios, ni comercio! Nos hallamos lejos de Lourdes o de Fátima. ¿Es que quizá el Bon Marché absorbe todas las veleidades de los cambios, de las ventas de imágenes y de esos condumios que parecen inseparables de las peregrinaciones? Por otra parte parece que aquí se llega individuo a individuo y no en grupo, y que no se quiere dejar huella.
He aquí uno de los raros sitios de París en que se puede no sólo concebir sino observar y, por así decirlo, sentir lo que es la oración en su esencia. Porque repentinamente se encuentra uno en presencia de una comunidad católica en estado de oración. Y sin embargo, esto no constituye una muchedumbre, ni una masa, ni una colectividad; los fieles que pasan no se conocen ni se reconocen; sólo están unidos invisiblemente por la comunión de la fe católica. Y, aunque sea una oración común, parece que en esta capilla la oración es más personal que en otras partes. Tal vez se deba a que muchos vienen aquí y no a otro lugar a pedir un apoyo casi sensible, un socorro excepcional en un caso secreto y particular, lo que el vocabulario llama «una gracia»: es decir, algún golpe de suerte, que no es una necesidad primaria, y que viene por añadidura. Por ejemplo, la solución de un caso familiar insoluble, una intuición clara y decisiva sobre algo que es preciso hacer, la cita en un punto preciso de lo imposible y lo necesario.
Aunque no se oiga ningún ruido, parece que el silencio de la capilla está hecho de todas las angustias reunidas, recogidas, ofrecidas, que se compone de ese océano de imploraciones a propósito de lo insoluble, de lo imposible, de lo desesperado, de la prueba inverosímil, de lo que no tiene salida.
Y es posible también que algunos vengan aquí a traer la inquietud fundamental inscrita en la naturaleza del hombre: conocer el sentido de la vida, el porvenir de la humanidad, pedir a Dios que se manifieste por fin y sin ambigüedad, que diga claramente si existe o no existe.
El silencio del santuario está tejido de estos interrogantes implorantes en este lugar único en París, ciudad madre, donde lo divino, por un instante, como yo diría, se ha posado en 1830. Los hilos de las Parcas con los que los antiguos comparaban los destinos, están tendidos aquí. Parece que la Virgen tiene estos hilos en sus manos. Se diría que cada uno, después de haber presentado su súplica, la sometiese a una voluntad más poderosa, =como si, después de la súplica, cada uno se abandonase a decir: «Haced lo que vos queráis. Vos sabéis mejor que yo lo que me va bien o mal». Este carácter privado, pudoroso, oculto, y como se dice en nuestros días «informal», confiere un carácter especial a la oración realizada en esta capilla. Existe un incógnito del mal que es tan ostensible en las capitales. En la terraza de un café, en una calle de París, en el metro, se le puede tener por compañero, por compañía de un día, seguro de que no ha de ser descubierto, protegido por la indiferencia y la complicidad de la muchedumbre. Pero hay también un incógnito del bien en París, y encuentros entre los consagrados que se ignoran, y santas complicidades.
Se habla de «los lugares donde sopla el Espíritu». Parece extraño que el Espíritu sea caprichoso, que sople en tal sitio y no en tal otro. Aquí, nosotros estamos en París, en 1973, en lugar donde sopla el Espíritu: el 140 de la calle Bac, y no al lado, aquí y no allí. ¿Qué significa la noción de lugar privilegiado? ¿Por qué, decía Pascal, existo yo en este momento, en este lugar? ¿Por qué este tiempo y este lugar me han sido destinados? Nadie puede aún responder. Lo que sabemos es que el Amor universal se nos manifiesta en los amores particulares, que el Verbo ha elegido Nazaret, el Tabor, el Gólgota— esa colina, ese grumo de tierra; y que el Espíritu que ha elegido tal lugar, lo ha elegido para siempre porque carece de arrepentimiento.






