La sensibilidad de Vicente de Paúl cuajada en lágrimas

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Antonino Orcajo, C.M. · Año publicación original: 2010 · Fuente: Anales españoles, 2010.
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saintvincent5Con frecuencia, los biógrafos de Vicente de Paúl hacen alusión a los distintos estados emocionales, de alegría y pesar, de gozo y esperanza, de sonrisas y lágrimas del santo fundador de la Misión y de la Caridad, pero no se detienen en el análisis de las causas que los provocaban ni en los efectos que producían en sus destinatarios epistolares u oyentes de las conferencias. La Dra. Siiri Juva, de quien se podía esperar que lo abordara, dada su afición a planteamientos del temperamento, carácter y problemas psicológicos del Sr. Vicente, ni siquiera lo toca, haciendo caso omiso de este aspecto de su personalidad1. Nosotros mismos, en la obra Vicente de Paúl a través de su palabra, no le dimos la importancia que tenía su exquisita sensibilidad, que hoy presentamos al público con ocasión del 350 aniversario de su muerte.

Dedicamos este recuerdo emocionante, de su ser y hacer humano y cristiano, al propio Vicente de Paúl, que goza de la misión del cielo, pero con la sana intención de sensibilizarnos ante las miserias materiales y morales de nuestro mundo de hoy. Las últimas catástrofes causadas por los seísmos en Haití y Chile no pueden pasar desapercibidos para un vicenciano que contempla a miles de hermanos que sufren la desolación y el hambre, amén de las pobrezas permanentes de los países subdesarrollados.

Vicente de Paúl, lejos de comportarse como un sentimental enfermizo, estaba catalogado como hombre emprendedor y organizador; era proverbial su trabajo infatigable en la consecución de ideales vocacionales y apostólicos. Y, sin embargo, reaccionaba ante el sufrimiento ajeno como si recayera sobre él toda la responsabilidad. Además de esas cualidades cohabitaban en él un hondo sentimiento religioso y una aguda inquietud social por el bienestar de los necesitados. No le faltaba gracia para agradecerle a Dios todos los días los bienes recibidos ni tampoco virtud para sufrir con los enfermos y abatidos la ignorancia, el hambre, la peste, las herejías y las guerras, cuyas consecuencias principales recaían entonces y ahora y recaerán siempre en los pobres e indefensos.

No consta ni una sola vez que llorara llevado de una psicología enfermiza ni por chochez senil, aunque es cierto que la acumulación de experiencias espirituales y pastorales a lo largo de su larga vida de ochenta años -muchos para aquel tiempo, cuando la expectativa de vida no superaba los 50 años- le hicieron cada vez más sensible a las buenas y a las malas noticias que le llegaban de cerca y de lejos. Si de joven pudo tener un mayor dominio de sus sentimientos, según iba creciendo en edad y en vivencias humanas y evangélicas, se desarrollaba en él, a la par, una capacidad de solidaridad y unión de sentimientos que le llevaba, con relativa facilidad y sin poder reprimirlo, al derramamiento espontáneo de lágrimas, sin perder por ello la serenidad y firmeza de carácter. Desde aquel retiro practicado en Soissons, en 1621, en el que, según palabras textuales suyas, «me dirigí a nuestro Señor y le pedí que transformara mi carácter seco y repelente»,2 hasta alcanzar un espíritu de misericordia y compasión se operó en él una transformación admirable, por la gracia de Dios y el cuidado que él puso.

Las más de las veces es él mismo quien nos descubre la alegría o la pena que le embarga; otras, en cambio, son testigos oculares quienes nos lo revelan. Louis Abelly se limita a decir de su biografiado que se le vio llorar repetidas veces y por distintos motivos, en particular por los ultrajes y profanaciones del Santísimo Sacramento, por la muerte o enfermedad de algún misionero, o por la suerte desgraciada de los pobres, sobre todo por el sufrimiento de los pobres y abandonados.3 Sobre este particular escribirá al P. René Alméras: «Los pobres que no saben adónde ir ni qué hacer, que sufren y se multiplican cada día son mi peso y mi dolor».4

Sea lo que fuere del asunto de las emociones íntimas que experimentara, las lágrimas y suspiros no cambian la sustancia de su experiencia fundamental de Dios, aunque añaden, eso sí, un matiz interesante, como ocurre con Ignacio de Loyola o Francisco de Sales, por citar dos santos muy conocidos. Dividimos este trabajo en dos partes: 1ª.Las emociones del hombre y santo Vicente de Paúl. 2ª. Las emociones que el Sr. Vicente provocaba en sus oyentes.

1ª. Las emociones del hombre y santo Vicente de Paúl

La corta descripción de la humanidad de Vicente de Paúl, recién hecha, a la que habría que añadir su vocación y misión y su carisma de la caridad, puede explicarnos las circunstancias que provocaban su emotividad expresada en lágrimas, circunstancias que concretamos en las cuatro más clásicas: por qué, dónde, cuándo y cómo se emocionaba y lloraba. Al término «lágrimas», sus biógrafos emplean otros sinónimos y antónimos como llanto, sollozos y lamentos, suspiros y aflicción por una parte y, por otra, alegría, contento, gozo y satisfacción. No es nuestro propósito, ni mucho menos, anotar todas las veces en que aparece en su correspondencia y conferencia alguna de sus emociones, sino únicamente los acontecimientos más reveladores del estado de ánimo de Vicente de Paúl en un momento determinado. No perdamos de vista que estamos delante de un hombre íntegro que busca la santidad por la práctica del amor.Hagamos un breve rastreo de esas emociones, cuyo comentario, por no alargarnos, reduciremos al mínimo.

Por qué se emocionaba Vicente de Paúl

No se emocionaba por debilidad constitutiva ni por contrariedades del quehacer diario, sino por algo más trascendente que le surgía, bien fuera en el decurso de la oración o en el fragor del trabajo. Contemplando, por ejemplo, en la oración a Jesús llorando por la muerte de su amigo Lázaro o por la ingratitud de Jerusalén que se negaba a recibirle como salvador, se enternecía también él profundamente. Las lágrimas de Marta y María y del grupo de judíos que acompañaron a Jesús hasta la tumba de Lázaro y le provocaron lágrimas solidarizándose con el pueblo, era causa suficiente para que el propio Sr. Vicente quedara contagiado y la unción de su palabra tradujera ante la el público la emoción que le producía la lectura evangélica.

A este respecto, oigámosle hablar sobre el cuarto efecto que produce la caridad, según él, a saber: «No ver sufrir a nadie sin sufrir con él, no ver llorar a nadie sin llorar con él… ¡Qué cariñoso era el Hijo de Dios! Le llaman para que vaya a ver a Lázaro, y va. La Magdalena se levanta y acude a su encuentro llorando. La siguen los judíos llorando también. Todos se ponen a llorar. ¿Qué es lo que hace nuestro Señor? Llora con ellos lleno de ternura y compasión. Ese cariño es el que le hizo venir del cielo. Veía a los hombres privados de su gloria y se sintió afectado por su desgracia».5

Dígase algo parecido del comentario que hace a las Hermanas de las lágrimas de David arrepentido después de matar a Urías el hitita, para quedarse con la mujer de su veterano siervo (cf. 2 S, 12), y de las lágrimas amargas de san Pedro, tras haber negado a Jesús durante la pasión del Maestro (cf. Mc 14, 66-72): «Cuando renegó de Nuestro Señor, no pensaba que obraba mal. Pero cuando fue amonestado, no dejó de llorar, al conocer que había sido una falta enorme».6

En contraste con lo dicho, está su normal actitud de ecuanimidad y agradecimiento a Dios ante ciertos infortunios, por ejemplo por la pérdida de la finca de Orsigny, en septiembre de 1658. En tal caso no quiso apelar el fallo del tribunal de justicia, como trató de convencerle uno de los jueces, sino que se limitó a comunicar la noticia a la comunidad, invitando a todos a la conformidad con los mismos sentimientos de Job: «Dios me lo dio, Dios me lo quitó. Bendito sea su santo nombre» (Job 1, 21).7

La visión realista de la Iglesia podía ser otra razón que le impresionara en lo más vivo de su ser, al menos eso apunta la exhortación hecha a los misioneros al animarles a ser formadores y ejemplos del clero: «La Iglesia tiene necesidad de buenos sacerdotes que reparen tanta ignorancia y tantos vicios de los que está cubierta la tierra, y que libren a la pobre Iglesia de este lamentable estado, por el que las almas buenas deberían llorar lágrimas de sangre».8

Pero era la situación lastimosa de los pobres, que conocía de cerca, la que excitaba en él sentimientos de profundo e intenso dolor. Hacia 1635, al Cardenal Richelieu le pide la paz a causa de las guerras y profanaciones que sufría Francia: «Puesto de rodillas -recurso del que echaba mano en casos extraordinarios-, le dice: Monseñor, dénos la paz, tenga compasión de nosotros; dé la paz a Francia».9 Con el Ministro Mazarino estuvo todavía más valiente, tras haber expuesto su vida, al decirle condolido por las guerras y el hambre que azotaban el país: «Monseñor, dobléguese ante la desgracia, échese al mar y se calmará la tempestad».10

En la conferencia a los misioneros sobre la caridad con los afligidos, dará rienda suelta a sus sentimientos, al comentar la solidaridad que ha de reinar entre los fieles: «¡Cómo! ¡ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias».11

Estos son tan sólo algunos episodios que conmovían el corazón de nuestro misionero, tan empapado del amor de Dios como del amor al prójimo. La creencia en la unidad del cuerpo místico (cf. I Cor 12, 27), le llevaba a practicar el consejo de san Pablo y a recomendarlo a sus compañeros de comunidad: «Llorad con los que lloran» (Rom 12, 15).

Dónde y cuándo se emocionaba

Una fuerte emoción podía sentirla a solas o en comunidad, en su habitación o en la capilla, en las salas de conferencias a los misioneros, Hijas de la Caridad o señoras de la Caridad y en otros muchos y distintos lugares, como en el Norte de África, Roma, París y en puntos geográficos distintos de Francia.

Si damos por cierta la noticia de su cautividad, refiere al Sr. De Comet, en carta del 27 de julio de 1607: «… Una de las tres mujeres que tenía el renegado estaba dotada de buen entendimiento y me quería mucho, pero al final, aún más, otra turca de nacimiento, que sirvió de instrumento a la inmensa misericordia de Dios para retirar a su marido de la apostasía y devolverle al seno de la Iglesia, y contribuyó a liberarme de la esclavitud. Curiosa por conocer nuestra manera de vivir, acudía todos los días a verme en el campo en el que yo cavaba, y después me mandó cantar alabanzas a mi Dios. El recuerdo del Quomodo cantabimus in terra aliena de los hijos de Israel cautivos en Babilonia me hizo comenzar, con lágrimas en los ojos, el salmo Super flumina Babylonis, y luego la Salve Regina y varias otras cosas; todo lo cual le gustó tanto que quedó grandemente maravillada».12

Es la primera vez que tenemos noticia de sus lágrimas. La segunda se remonta a 1623, aunque su descubrimiento fuera hecho el 2 de mayo de 1659, al hablar del desprendimiento de la familia. Es emotiva hasta más no poder esta comunicación y merece ser transcrita totalmente, aunque sea larga de contar: «Cuando todavía estaba en casa del señor general de las galeras, antes de que se fundase nuestra congregación, sucedió que, estando las galeras en Burdeos, me enviaron allá a tener una misión con los pobres condenados; así lo hice por medio de religiosos de diversas órdenes de aquella ciudad, dos en cada galera. Pues bien, antes de salir de París para aquel viaje, avisé a dos amigos míos de las órdenes que había recibido y les dije: «Amigos míos, me voy a trabajar cerca del lugar donde nací; no sé si sería oportuno que me diera una vuelta por mi casa». Así me lo aconsejaron los dos: «Vaya, padre, su presencia será un consuelo para los suyos; podrá hablarles de Dios», etc.

La razón que tenía para dudar de ello es que había visto a varios buenos eclesiásticos que durante algún tiempo habían estado haciendo cosas maravillosas fuera de su país y que, después de haber ido a ver a sus padres, volvieron muy cambiados y ya no sabían hacer nada útil a la gente; se entregaban por entero a sus asuntos familiares; todos sus pensamientos se dirigían allá, en vez de dedicarse a sus obras habituales, prescindiendo de la sangre y de la naturaleza. Tengo miedo, me decía, de apegarme de esta misma forma a mis parientes.

En efecto, después de pasar ocho o diez días con ellos para hablarles del camino de su salvación y apartarles del deseo de poseer bienes, hasta decirles que no esperasen nada de mí, pues aunque tuviese cofres de oro y de plata no les daría nada, ya que un eclesiástico que posee alguna cosa, se la debe a Dios y a los pobres, el día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el camino, derramando lágrimas casi sin cesar. Tras estas lágrimas me entró el deseo de ayudarles a que mejorasen de situación, de darles a éste esto y aquello al otro. De este modo, mi espíritu enternecido les repartía lo que tenía y lo que no tenía; lo digo para confusión mía y porque quizás Dios permitió esto para darme a conocer mejor la importancia del consejo evangélico del que estamos hablando.

Estuve tres meses con esta misma pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y hermanas, era un peso continuo en mi pobre espíritu. En medio de todo esto, cuando me veía un poco más libre, le pedía a Dios que me librase de esta tentación; se lo pedía tanto, que finalmente tuvo compasión de mí; me quitó estos cariños por mis parientes; y aunque andaban pidiendo limosna, y todavía andan lo mismo, me ha concedido la gracia de confiarlos a su providencia y de tenerlos por más felices que si hubieran estado en buen acomodo».13

Aquella comunicación fue un acto admirable de sinceridad ante la comunidad. Después vendrán otras que nos hablen igualmente de sus emociones. El 20 de julio de 1631, escribe al P. Du Coudray, a la sazón en Roma: «¡Cuán feliz es, señor, por poder caminar sobre la tierra por la que caminaron tantos grandes y santos personajes! Esta consideración me conmovió tanto cuando estuve en Roma hace treinta años, que, aunque estaba cargado de pecados, no dejé de enternecerme, incluso con lágrimas, según me parece».14

En septiembre de aquel mismo año de 1631, Juana Francisca F. de Chantal escribe a Vicente de Paúl: «Le conozco a usted por esa porcioncita de lágrimas que ha derramado, al ver nuestras últimas respuestas».15 Reconozcamos que el agradecimiento a Francisca de Chantal por la ayuda en la fundación misionera de Annecy (1641) y la correspondencia recibida de la fundadora de la Visitación, le llegaba al alma, acaso porque las experiencias de Dios de la santa confirmaban en gran manera las suyas propias y le recordaba además el trato con Francisco de Sales. Es notorio el elogio que hace de la Madre Chantal, a raíz de la muerte de ésta, cuando hace declaración para el proceso de beatificación del santo obispo de Ginebra y nos revela la visión de los tres globos. Retengamos el último párrafo de dicha declaración, que nos manifiesta el juicio realista de Vicente, que habla en tercera persona: «Lo que puede hacer dudar de esta visión es que aquella persona tiene tan gran estima de la santidad de aquel alma bienaventurada -de Madre Chantal- que no lee jamás sus respuestas sin llorar, pensando que es Dios el que inspiró lo que ellas contienen, y que dicha visión es por tanto un efecto de su imaginación…»16

Delante de las Hijas de la Caridad era especialmente emotivo, al comprobar cómo unas pobres aldeanas, con escasa o nula formación, se entregaban al servicio de los pobres y estaban dispuestas a ir y venir a las órdenes de sus superiores, movidas por el espíritu de caridad. Ello explica su condescendencia permitiéndoles que tomaran apuntes de las charlas de formación espiritual y apostólica que les impartía -caso que jamás permitió a los misioneros- e incluso podía enviarles una memoria de lo dicho en la conferencia. Luisa de Marillac era la más fiel y exacta en tomar las notas y en transmitirnos el lenguaje y pensamiento del Sr. Vicente, verdadero oráculo para todas ellas. Las alusiones a la elocuencia emocional del Sr. Vicente en las conferencias son muy abundantes. Recogemos tan sólo un pequeño ramillete de muestra.

El 25 de enero de 1643, antes de que se echara la noche, la Señorita Le Gras se apresuraba a escribir a su director pidiéndole la memoria de los puntos tratados sobre la imitación de las jóvenes campesinas, porque «así podré acordarme de una gran parte de lo que nuestro buen Dios nos ha dicho por sus labios».17 Y así lo hizo su buen director. Tres años más tarde, leídas en parte las notas tomadas de la conferencia del 19 de agosto de 1646, el Sr. Vicente escribe a la misma Señorita Le Gras: «Le envío el resultado de la conferencia con nuestras queridas hermanas, redactado por la Hna. Hellot. He leído una parte. Le confieso que he llorado un poco en dos o tres ocasiones».18 No es éste el único caso en que confiesa su impresionabilidad.

Otras veces, eran las mismas amanuenses las que nos aclaran la emoción de su santo director. Señalamos el de una Hija de la Caridad, la amanuense de la plática del 4 de agosto de 1658, con motivo del envío de cuatro Hermanas a Calais. Según palabras textuales de la cronista, el conferenciante lloró en dos momentos a lo largo de aquella emocionante plática, dirigida en especial a las Hermanas destinadas a curar a los soldados enfermos: «El corazón de nuestro venerado padre, llenándose de ternura, derramó lágrimas de sus ojos… Después -(del comentario, se entiende, que hizo a las palabras: ‹la sangre de nuestras Hermanas hará que vengan otras muchas›)-, nuestro venerado padre se vio obligado a detenerse por la abundancia de lágrimas; luego, con una voz entrecortada por los sollozos, continuó».19

La salida de la Compañía de alguna Hermana le era especialmente sensible. La conocida sor Hellot, secretaria de Luisa de Marillac, hace notar que en la conferencia sobre el amor de Dios, del 19 de septiembre de 1649, exclamó: «Cuando oigáis decir (en este momento cambió de tono de voz y se llenaron de lágrimas sus ojos), cuando oigáis decir que se ha salido una Hermana… no os extrañéis; llorad su pérdida… y tomad vosotras nuevas fuerzas con esta ocasión».20 De sobra sabía él, que a pesar de la buena voluntad de las Hermanas, no todas tenían la misma tenacidad y fuerza para mantenerse perseverantes en el servicio de los pobres y en la convivencia diaria.

Más todavía provocaban sus lágrimas las salidas de la Congregación de la Misión de algún misionero y la muerte de otros en quienes tenía puesta su confianza. El agradecimiento a Dios, por el contrario, por las gracias derramadas sobre la Misión y la Caridad podía también suscitarle lágrimas de emoción.

Cuenta Abelly que un día se puso de rodillas y permaneció cerca de dos horas en aquella postura, con lágrimas en los ojos, a los pies de un sacerdote de su Compañía, «conjurándole, en el nombre y por amor a Jesucristo, que no sucumbiera a una tentación que sufría. ‹No -le dijo-; yo no me levantaré mientras no me conceda lo que le pido por usted mismo; y quiero ser con usted tan fuerte, por lo menos, como el demonio›».21

Un cambio de lugar, deseado por un misionero, pero innecesario o peligroso según el Sr. Vicente, daba origen en el fundador de la Misión a tomar esa medida de postrarse a sus pies. Así se comportó con el P. Nicolás Guillot, a quien suplica: «En nombre de Dios, padre, no consienta usted en esa horrible tentación (de dejar Varsovia para volver a Auxerre). Se lo pido postrado en espíritu a sus pies y con lágrimas en los ojos. Así lo espero de la bondad de Dios y de la suya».22

La muerte de los Misioneros o de las Hijas de la Caridad le llevaba, con frecuencia, a llorar la pérdida irreparable de los hermanos y hermanas sacrificados por la Misión y la Caridad. Llevado siempre de la fe y del amor, lloraba unas veces de alegría por la misión del cielo que ya disfrutaban los misioneros difuntos, mientras otras, no podía por menos de aceptar con resignación la voluntad de Dios, al verse privado de algún sujeto valioso y en edad de trabajar. Estos casos le herían sus sentimientos más íntimos.

Son muy conocidas y célebres, entre otras muchas, las cartas que escribió a Jean Barreau: «Ayer tarde recibí la triste, pero feliz, noticia de la muerte del padre Nouelly, que me ha hecho derramar muchas lágrimas en varias ocasiones, pero lágrimas de gratitud a Dios por su bondad con la Compañía».23 Célebre también la dirigida al P. Toussaint Bourdaise en noviembre de 1658: «La última y breve relación que nos envió usted… nos ha hecho derramar lágrimas de alegría y gratitud… Pero al mismo tiempo hemos llorado con su dolor la pérdida de los PP. Dufour, Prévost y Belleville».24

¿Quién no se imagina al Sr. Vicente llorando, contagiado por las lágrimas del P. Charles Nacquart, que en carta del 27 de mayo de 1649 le describe la muerte del P. Nicolas Gondrée, primicia de la misión de Madagascar, tan querido y tan lleno de espíritu misionero que impresionaba a la comunidad?25

La muerte de las hermanas no era menos sentida ni llorada. En la conferencia sobre la condescendencia, del 30 de mayo de 1658, el orador dijo emocionado al escuchar el elogio hecho a una hermana difunta, distinguida precisamente por la práctica de esa virtud de la condescendencia: «Eso es lo que dijisteis de ella y yo no pude oírlo sin que las lágrimas acudieran a mis ojos».26

Pero fue sobre todo la muerte de Luisa de Marillac la que produjo en él lágrimas incontenibles al escuchar a las hermanas que comentaban las virtudes de su gran colaboradora en las obras de caridad. Sor Margarita Chétif, que tomó las notas de la conferencia presidida por el Sr. Vicente, destacó la aportación de una hermana, que se había abstenido de hablar, al principio, impedida por las lágrimas: «Padre, si le parece bien que hable ahora procuraré hacerlo. Nuestro venerado padre le respondió: «Con mucho gusto, hija mía». Y no pudo retener las lágrimas al oír lo que decía aquella hermana, por lo impresionado que estaba».27 Y así podríamos continuar la lista de óbitos que enternecieron el corazón de Vicente de Paúl.

Cómo controlaba las emociones

De ordinario, confiando a la providencia misericordiosa de Dios la suerte afortunada o desgraciada de las personas relacionadas con él. No olvidemos de nuevo que estamos ante un sacerdote transido de espíritu de fe y amor a Jesucristo, deseoso de hacer el bien a los necesitados, pero impotente ante las catástrofes y situaciones adversas que azotan la humanidad. La muerte, por ejemplo, del P. Portail, el sábado 14 de febrero de 1660, su primero y querido compañero, le produjo un profundo dolor que supo contener y ofrecer a Dios con espíritu de confianza: «Habríamos perdido mucho en su persona -comenta en la circular que dirige a los superiores- si Dios no dispusiera todas las cosas para mayor bien y no nos hiciese encontrar nuestro beneficio donde creemos recibir algún daño. Hay motivos para esperar que este servidor suyo nos será más útil en el cielo que lo hubiese sido en la tierra».28

En ocasiones, su palabra emocionada irrumpe en invocaciones y evocaciones de personas lejanas, cuya situación desconoce. Es famoso aquel apóstrofe dirigido al Hno. Barreau en Argel y al P. Bourdaise en Madagascar: «¿Qué hará nuestro pobre hermano, ese hombre que ha abandonado su país, su patria, sus padres, el lugar de su nacimiento, donde podría vivir tranquilamente?… Y el P. Bourdaise que se encuentra tan lejos y tan solo y que, como sabéis, ha engendrado para Jesucristo, con tanto esfuerzo y fatiga a un gran número de aquellas pobres gentes. P. Bourdaise, ¿sigue usted todavía vivo o no? Si está usted vivo, ¡que Dios quiera conservarle la vida! ¡Si está ya en el cielo, rece por nosotros».29

Henri Bremond comenta que «este pasaje es digno de compararse con otras tres maravillas del género: David llorando a Jonatán: Montes Gelboe; Virgilio: Heu si qua fata, y san Bernardo en la oración fúnebre de su hermano».30

2ª. Las emociones que el Sr. Vicente provocaba en sus oyentes

Era inevitable que en hombres y mujeres de buena voluntad no impresionara una exhortación del Sr. Vicente. La sencillez y unción con que hablaba llegaba al corazón de todos, pues sabía insinuarse por medio de la palabra y de los gestos provocados por una actitud humilde y cercana, vehículo trasmisor de sus íntimos sentimientos y emociones: alegría o dolor, esperanza o temor, sonrisas o lágrimas. Ese era el común sentir y comentario de sus contemporáneos.

Emitía de ordinario su voz en «tono suave, humilde, dulce y devoto», como cuando impartió la bendición al P. Alméras y demás miembros de la comunidad, al distribuir las Reglas o Constituciones Comunes de la Congregación de la Misión el 17 de mayo de 1658. El cronista comenta al término de la conferencia: «Todos los que le escuchaban creían estar con los apóstoles, oyendo hablar a nuestro Señor, especialmente en aquel último sermón que tuvo antes de su pasión, en el que también él les entregó sus reglas, dándoles el mandamiento del amor y de la caridad… Muchos no pudieron contener las lágrimas, y todos sintieron en sus almas diversos movimientos de gozo al ver y escuchar todo lo que se decía, de amor a su vocación, junto con nuevos deseos de progresar en la virtud y un firme propósito de ser fieles a la observancia de sus reglas».31

No pocos entraron en la comunidad misionera arrastrados por el ejemplo de este hombre de Dios en el que no cabía mentira ni engaño ni politiqueos, sino sinceridad y cordialidad, comprensión y misericordia. Huelga la lista de hombres y mujeres que sintieron la llamada del seguimiento de Jesús evangelizador y servidor de los pobres atraídos por Vicente de Paúl, desde los primeros, Antonio Portail y Margarita Nassau, hasta los últimos que viven hoy entusiasmados la vocación y misión de evangelizadores, según el espíritu del «gran fundador de la Misión y de la Caridad».

La razón no es otra que la ya apuntada por el mismo santo: «Si uno tiene sentimientos de amor en el corazón, ¿podrá ver a su hermano y a su amigo sin demostrarle amor? De la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12,34). De ordinario las acciones exteriores demuestran sentimientos interiores: los que tienen verdadera caridad por dentro, la demuestran por fuera».32 De donde pudo concluir: «A nosotros nos toca rogar a Dios que envíe buenos obreros a su mies y vivir tan bien que con nuestros ejemplos les demos más aliciente que desgana para trabajar con nosotros».33 Ved aquí compendiada toda su pastoral vocacional misionera.

Antonino Orcajo, C.M.
Tomado de Anales, Noviembre de 2010

  1. Cf. Juva, S., Monsieur Vincent. Évolution d’un Saint, Bourges, 1939.
  2. Collet, P., La vie de S. Vincent de Paul…. Nauncy M.DCC.XLVIII, Tome I, Lvr II, p. 99.
  3. Abelly,L., Vida del Venerable Siervo de Dios Vicente de Paúl…. CEME, Salamanca 1994, p. 178, 494, 605, 613-614, 657.
  4. Collet, P., o.c., Tome I, Liv. V, p, 479. La carta, con fecha exacta del 8 de octubre de 1649, dirigida al P. René Almérsas, citada por Collet, no ha llegado desgraciadamente a nosotros sino sólo el texto referido.
  5. SVP XI, 560; cf. SVP III, 407.
  6. SVP IX, 299.
  7. SVP XI, 363-367.
  8. SVP XI, 392.
  9. Abellý, L., o. c., L. I, c. XXXV, p. 168.
  10. Román, J. Mª., San Vicente de Paúl. Biografía, BAC, Madrid 1981, p. 570.
  11. SVP XI, 561.
  12. SVP I, 82.
  13. SVP XI, 517-518.
  14. SVP I, 176.
  15. SVP I, 182.
  16. SVP X, p.142.
  17. SVP II, 293.
  18. SVP III, 27.
  19. SVP IX, 1087. 1089.
  20. SVP IX, 437-438.
  21. Abelly, L., o.c., p. 657.
  22. SVP V, 82.
  23. SVP III, 219.
  24. SVP VIII, 145.
  25. Cf. SVP III, 407.
  26. SVP IX, 1034.
  27. SVP IX, 1226.
  28. SVP VIII, 236.
  29. SVP XI, 377.
  30. Bremond, H., Histoire littéraire du sentiment religieux en France, T.III, 1, p. 209.
  31. SVP XI, 331.
  32. SVP XI, 556.
  33. SVP VIII, 285.

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