La organización y el espíritu de la vida común, según San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: André Dodin, C. M. · Traductor: Celestino Buhigas, C.M.. · Año publicación original: 1975 · Fuente: 3ª Semana de Estudios Vicencianos.
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Introducción: un guía clarividente

En el recorrido que vamos a emprender, permítanme la utilización de un guía. Y no se extrañen ante mi proposi­ción: elegimos para esta misión a un guía que es ciego: he nombrado al P. Pouget, nacido en Morsanges, el 14 de octubre de 1847. Ingresó en la Congregación de la Misión, el 7 de octubre de 1867, en París. Después de pronunciar los votos privados —de uso en la Congregación— fue ordenado sacerdote el 25 de mayo de 1872, falleciendo después de 61 años de vida sacerdotal en París, el 24 de febrero de 1933.

Tranquilícense; este ciego está dotado de una clarivi­dencia que proyecta luz sobre lo invisible, es decir, sobre aquello que sostiene y explica todo lo visible.

Recientemente, el Papa Pablo VI, refiriéndose a este hijo de san Vicente: “ese extraordinario sacerdote, ese maestro de espiritualidad, ese finísimo pensador” (Audien­cia General de 3 de abril de 1974. Documentation Catho­lique, n. 1653, 5 de mayo de 1974, p. 40, 4).

Interrogado un día, por Jean Guitton sobre el itinerario que le había llevado a la Congregación de la Misión, el P. Guillermo Pouget respondió: “Tuve primero la idea de hacerme jesuita para encontrar mayores facilidades para el estudio. Pero, en realidad vine a San Lázaro: lo que me atraía en los lazaristas, era la buena convivencia que existía entre ellos… Por Pascua de Resurrección, rezando ante una imagen de san Vicente, me vino a la mente: —¿Y si entrase en la Congregación de este santo? Esta idea se que­dó grabada en mí. Lo que me decidió fue la humildad. Re­nuncié a ser extraordinario. Sería uno del montón. Si fuera jesuita me sentiría más expuesto a querer brillar… Vale más que me dirija hacia los lazaristas” (JEAN GUITTON, Oeuvres complétes, París, Desclée de Brouver, t. I., pp. 43-44).

Buena convivencia, humildad: dos palabras, doble nube luminosa que va a guiar nuestro deseo de caracterizar la originalidad y al mismo tiempo reconocer el valor trans­histórico del vivir vicenciano.

Fijaremos, para nuestro caminar, tres etapas:

  1. La tarea vicenciana: ambientación, elementos ins­piradores.
  2. Cómo se logró esta tarea de agrupar a las personas, durante 35 años y aún quizás durante 43 años, si contamos desde 1617 hasta 1660.
  3. El resultado de este esfuerzo, es decir, el retrato es­piritual del vicenciano en su vivir comunitario.

1. La tarea vicenciana.

a) ¿Cuál es la intención que mueve a san Vicente?

—”Continuar la misión de Cristo definida ante todo por la evangelización de los pobres y la formación de Apóstoles”.

Notemos aquí que la palabra “continuar” nos viene enri­quecida con una doble significación:

1) La continuidad significa en primer lugar la ausencia de ruptura. Es inconcebible una continuidad a base de al­ternativas: una continuidad discontinua carece de todo sentido.

2) La continuidad, en la mente de san Vicente, no con­siste sólo en la mera oposición con la ruptura, remedio con­tra lo versatil de la naturaleza humana, ésta tiende siempre de por sí hacia el cambio:[note]La naturaleza tiende hacia el cambio: S. Vicente, IV. 163, 252, 276, 279, 359, 407, 452, 480. V 317, 446, 614, 617, 634. VI 54, 123, 429, 535. VII 454, 588.[/note] consiste en una continua referencia, en un ajuste permanente al continuo obrar de Dios y de Cristo en el mundo (S.V.IX. 489-491-492).

b) ¿Cuáles son los métodos empleados?

Para lograr esta continuidad y dominar la versatilidad natural, pueden seguirse dos caminos:

1) El primero consistiría en vincular a las personas. Así sujetaba el ejército romano a sus reclutas mediante la impresión de un “carácter” material y visible. Del mismo modo, Pacomio matriculaba a sus monjes, en espera de que llegase el abad Schnoudi ideando la emisión de votos. Bajo el antiguo régimen, el valor de los votos no se limitaba al orden moral. Reconocidos por la sociedad civil, ésta, incapacitaba jurídicamente para los actos que le fueran contrarios.

Dos razones, dos motivaciones van a apartar a san Vi­cente de querer atar a sus colaboradores mediante el vín­culo de votos emitidos en el fuero externo:

—Ni la Santa Sede, ni los notables, ni el clero, ni los demás “regulares” deseaban ver nacer y desarrollarse una nueva “religión”.[note]Oposición ante una nueva “religión”:

a) Oposición de los párrocos de París: S.V. XIII, 229-230.

b) Oposición de la Sagrada Congregación de la propagación de la fe: S.V. XIII. 222 – 225. 28 de agosto de 1628.

c) Oposición de los Canónigos de S. Víctor: A.N.M. 212, fajo 4º.

d) Oposición de los benedictinos de St. Méen: S.V. II, 569; A.N.S. 6, 711.

c) Oposición de los Oratorianos: Pierre de Berulle, correspondencia, t. III, pp. 434-435.[/note]

— En sí mismos, los votos emitidos en el futuro externo en esas fronteras de lo visible en las almas, podríamos de­cir, podían bastar. El más ligero balance de un esbozo de lo que era la vida religiosa y los votos, a principios del siglo xvii bastaba para no convidar a adentrarse por ese camino: benedictinos, cistercienses, carmelitas, capuchi­nos y franciscanos —por ceñirnos sólo a los más conoci­dos— ofrecían en el teatro de este mundo, un circo grotesco que, visto desde más cerca, se convertía en trágico espec­táculo.

2) El segundo camino llega a imponerse poco a poco. Convida a buscar el compromiso dentro de lo más hondo que pueda haber en la experiencia religiosa: intenta lograr algo que bien pudiera esquematizarse en esta doble orien­tación:

— En primer lugar, mantener y llevar a cabo las varia­das pero constantes intenciones de las primeras funda­ciones.

— Luego, inventar las disposiciones exigidas por la evolución de la vida social, afirmando siempre con la mayor fuerza y con mayor hondura las exigencias de Dios sobre su creatura.

c) ¿Cuáles son las cualidades del itinerario vicenciano?

Para que un método sea realista, eficaz, debe conseguir una doble meta:

  • Conservar lo adquirido por la experiencia de los tiempos pasados.
  • Convalidar esta herencia recibida, de tal modo, que sirva para preparar, afianzar y encauzar los tiempos ve­nideros.

Así llegamos a la formulación del doble interrogante al cual hemos de responder:

  • ¿Cuáles eran las adquisiciones que sería preciso conservar y hacer fructificar?
  • ¿Cómo supo san Vicente heredar de estas riquezas, explotándolas, convalidándolas, dotándolas de un valor renovado distinto del que ya poseían para sus contemporá­neos?

1) Las adquisiciones del pasado.

Para facilitar el inventario, me contentaré con fijarme en tres palabras que bastarán para catalogarlas:

a) La estabilidad de la vida monástica:

¿Qué es lo que Pacomio, Benito, Columbano, Bernardo, habían intuido, reconocido y adquirido al filo de su propia experiencia religiosa?

— Sin duda alguna, lo complejo que es la entrega de sí mismo a Dios.

Se sentían responsables de una institución que no podía identificarse ni con la Iglesia, ni con la Sociedad Civil. Diferente, sin duda alguna, pero que no podía subsistir sin vinculación con la Iglesia jerárquica y sin tener en cuenta el terreno social sobre el cual se fundaba.

Esta tarea era árdua y compleja y nos interesa aquí de­finirla • exigía tres condiciones previas:

— en primer lugar, permanecer en unión con la Iglesia jerárquica de quien le vienen la verdad y la gracia de Cristo.

— En segundo lugar, utilizar la estructura y economía de la sociedad de donde le viene la subsistencia requerida por su existencia terrestre.

— Finalmente, preparar a los hombres de la nueva so­ciedad a la acogida del misterio creador y redentor de Dios que va uniendo progresivamente a la humanidad con la divinidad. Esta adaptación, que supone —en negativo— la neutralización de los aspectos excesivos que hay en el hom­bre, va guiada por la búsqueda de una integración cada vez más lograda de la dinámica de todo crecer humano: ansias de vivir más y mejor en una creación marcada por la acción “divinizante” de Dios.

Ahora bien, en los mismos albores de la vida monástica, nos es fácil reconocer en esta vocación, una afirmación de ruptura y al mismo tiempo unas ansias de superación y de conquista dinámica.

San Benito escribirá en la redacción definitiva de su Regla: “Vamos a constituir una escuela de servicio al Señor (Prólogo). “Perseverando fieles a su doctrina en el monas­terio y hasta la muerte, participamos mediante la pacien­cia, de los sufrimientos de Cristo… Los cenobitas viven en un monasterio que milita bajo una Regla y un abad…”. Habla de la muy fuerte raza de los cenobitas…” (cap. I).

La función de complementariedad, equilibrio: una cierta invariabilidad del alma. Esta estabilidad indispensable se afirma mediante la estabilidad en la vida monástica.

Geográficamente, el monje encuentra su identidad y su ambiente vital en el cercado del monasterio. El abad es el Señor y el monje es el siervo feudal: esto significa que para él, la subsistencia material y espiritual se logra mediante una relación directa y personal con el abad. Su vida y con­ciencia reposan en la vida y conciencia del abad y en esta oblación se encuentra el vivir en este mundo y ese más alto vivir que polariza la existencia en torno a la voluntad de Dios.

La estabilidad constituye al monje, elevando su existir a las dimensiones de lo eterno.

La vida del monasterio es imagen y símbolo de un vivir en el cielo. Poco importa si la teología monástica hubiese podido ceder ante la tentación de una imagen de cielo a se­mejanza de un coro de monjes cantando o bien un cielo pa­recido a un batallón de paracaidistas ocupando y asegu­rando el dominio de Dios sobre este mundo.

b) El profetismo de los mendicantes.

Las dos órdenes religiosas fundadas en el siglo mil se referían y se inspiraban en la “vida apostólica”, el vivir evangelizador e itinerante de los primeros apóstoles. Cristo envía, dirige hacia los demás (1 Cor 1.17; Mt 28.19).

Nacían estas familias religiosas de los “Espirituales” marcados por una intensa teología del Espíritu Santo y muy atentos al carácter profético de la Iglesia. Los mendicantes mantienen, en más evidente apertura, la tensión de las pers­pectivas escatológicas.

Contrariamente a los benedictinos, estos se instalan en pleno corazón del mundo, junto a las masas para proclamar, iniciar y fomentar los avances hacia el Reino dentro de un ambiente de movilidad.

Permaneciendo en la lógica de nuestra imagen de “pa­racaidismo”, estos militantes de lo eterno, no intentan ocu­par terrenos sino inquietar y movilizar personas para el Reino.

c) La Contemplación activa.

Esta contemplación activa que preconiza y propone san Ignacio de Loyola abre una nueva etapa en la experien­cia de la vida religiosa.

El retrato espiritual del jesuita no se identifica ni se superpone con el del monje ni con el del “mendicante”.

Más enérgicos que en los principios, con el correr de los tiempos los nuevos adeptos acusarán mejor las diferen­cias.

Los cambios se advierten en la variedad de ocupaciones y en la orientación original de su prudencia.

Ciertamente, el equilibrio interior de los ignacianos es muy distinto del que nos ofrecen los religiosos del siglo mi’.

Tres notas características saltan a primera vista:

  • En primer lugar, su vinculación directa con la Santa Sede. Además de los clásicos votos, se quieren liberados de toda observancia monástica, preparados para cualquier forma de acción, en continua disponibilidad para lanzarse a cualquier misión que piense confiarles el Romano Pon­tífice.
  • En segundo lugar, la diversidad de ocupaciones. Uno se interroga, escribe maliciosamente Frossard¿ Ante quien nos encontramos? ¿Ante un estilo misionero como los de­más, ante una sencilla congregación religiosa, ante un ejér­cito secreto, ante un instrumento de universal dominio forjado a la sombra del Papado, ante un partido político? ¿Qué quieren? Sojuzgar las mentes, recuperar el poder tem­poral de la Iglesia? ¿Qué resorte los mueve? ¿La ambición, el fanatismo? ¿Quién es su verdadero jefe? ¿El Papa con quien están vinculados mediante el cuarto voto …o su propio general que dispone de suficiente poder, dentro y fuera de la Iglesia, para conducir su propia política? (A. FROSSARD, Le sel de la terre. París, A. Fayard, 1954, pp. 134-135).
  • Finalmente, el culto de la obediencia. Sin caracterizar a los jesuitas con los locos excesos que afirma Alejandro Dumas en el retrato del Vizconde de Bragelonne, resulta sin embargo evidente que la obediencia constituye la pieza clave de la psicología espiritual propia de los hijos de san Ignacio. A. Dumas, solo exagera los rasgos. “El jesuita, resume A. Frossard, no pertenece ni al pasado ni al pre­sente. No es persona, es un bloque fijo de obediencia mono­lítica. Donde el general pasa, el soldado ha de pasar o mo­rir” (A. FROSSARD, Le sel de la Terre, p. 134).

Esta modificación de las mentes, modifica también la relación de las personas con el mundo que las rodea.

El mundo no aparece ya como algo extraño. Se hace cercano y familiar: es amistoso y evangelizable. Por voca­ción propia, el jesuita es ciudadano del universo.

Los palacios y los tugurios de infieles, las Academias y el trabajo de los Colegios, constituyen para él, lugares propios para actividades apostólicas.

El jesuita no actúa nunca en nombre propio: es el lu­garteniente de un superior. De este modo, ninguna activi­dad logra enajenarlo. Tiene un apoyo en la Orden y actúa en función de una misión que le ha sido confiada: es repre­sentante y ejecutante fiel. Los que, como él, se han compro­metido bajo la bandera de Cristo, son hermanos entre sí, ciertamente, pero son ante todo compañeros de combate que nunca se traicionan. En todo momento, se ayudarán mutuamente. Al igual que la Iglesia, la sociedad ignaciana, ella también católica, afirma su originalidad mediante una inquebrantable solidaridad: cada miembro de la Compañía es hermano en la lucha, es compañero de combate.

Para evitar todo riesgo de exteriorización secularista, este nuevo estilo de presencia en el mundo y esta solida­ridad requieren como contrapeso, una interiorización per­sonal y religiosa que invada hasta lo más hondo del indi­viduo.

En su acción y en su oración, el religioso tiende hacia el logro arduo del querer de Cristo. En todo momento y lugar es actualización de Dios, y, en cierto modo, viviente entrega redentora.[note]Conducta de los jesuitas: Visita de las clases: S.V. VII, 427. Método de enseñanza: S.V. II, 234, 240. Avisos: S.V. IX, 296; Coloquios, 784. Avisos para el refectorio: S.V. XIII, 654. Lectura pública de penitencias impuestas a los delincuentes: Coloquios, 476. Castigo impuesto a los que entran en las habitaciones: Coloquios, 830, 831. Aislamiento del Noviciado: Coloquios, 760. Dispensa del Coro para los que estudian. Invitar raras veces a los de fuera en sus comidas, y siempre con razones serias: Coloquios, 292. En cada casa existe un inspector o invitador: Coloquios, 459. Devuelven ordinariamente los postulantes a sus provincias de origen: S.V. VII, 525. A los que van de viaje, se les da por escrito el reglamento durante el viaje: XIII, 631. Necesitan permiso para consultar al médico: S.V. X, 345. El correo pasa abierto plr manos del superior: X, 405. Pueden disponer generalmente de sus intenciones de Misa: S.V. VI, 28.

…y conducta de los Oratorianos: Tienen una regla: S.V. IX, 114. No tienen ni votos: S.V. XIII, 336. ni locutorio, Coloquios, 122. Pueden heredar: S.V. V, 493. No dan nada a los que se van: S.V. III, 381. El Sr. Gilles juzga severamente a los oratorianos por no tener Votos: S.V. XIII, 342.[/note]

Que Ignacio haya sido soldado y artillero de fortaleza, que haya enrolado voluntarios bajo las banderas de Cristo, que su familia religiosa aparezca como compañía que milita dentro de la multiforme variedad de sus miembros: todo ello constituye una evidencia que nadie puede poner en duda.

2) La acción de san Vicente.

¿Cuál va a ser? Lo más lamentable hubiese sido el dejar caer en el olvido las riquezas del pasado o bien sumar sin discernimiento la estabilidad monástica, el profetismo apos­tólico, la contemplación activa (Digamos aquí, de paso, que sería preciso situar en su propio ambiente el verdadero sentido de la célebre afirmación que se convirtió para no­sotros en consigna: “cartujos dentro de casa y misioneros fuera (Abelly, I, 16; Entretiens, p. 991). No se trataba de superponer dos estructuras armonizadas y vividas en con­diciones sociales y ante finalidades religiosas clarísima-mente definidas).

Lo que convenía pues era utilizar lo conseguido por la tradición religiosa; avanzar evolucionando y enriquecer lo adquirido con una fidelidad más profunda y más total al Espíritu de Dios. Era preciso saber heredar, orientar, pro­yectando luces que consiguieran esclarecer el oscuro por­venir.

II. Elementos positivos de la acción de San Vicente

Para mayor claridad, presentaré las características de esta acción en tres palabras:

  1. Integración progresiva de los individuos en la co­munidad.
  2. Disociación entre el terreno jurídico y el moral.
  3. Transposición de la triple herencia recibida del pa­sado en cuanto a la experiencia religiosa de la vida común.

1. Integración progresiva.

a) Al principio, la vinculación de las personas dentro de cofradías de caridad era muy tenue. Vemos ya una ad­hesión en la cual podemos notar ya dos ideas que han de constituir como el elemento medular, el germen de toda constitución del cuerpo:

Nuestro Señor es el verdadero Señor de la cofradía de Caridad: el Jesús de las Bienaventuranzas, especialmen­te el de la misericordia.

— Las personas en la cofradía han de quererse mútua­mente como seres que Dios ha unido y vinculado con su amor: así, han de procurar hacer visible esta unión y este vínculo: “se visitarán y consolarán en sus penas y enfer­medades; asistirán personalmente a los entierros de las que fallezcan…”.

b) Las actas de fundación (17 de abril de 1625, cf. XIII, 197) y de asociación (4 de septiembre de 1625, cf. XIII, 203) precisarán el carácter de vinculación entre los vicencianos que “han de vivir en común y en obediencia al Señor de Paúl (cf. XIII, 200).

c) Siete años más tarde, la cohesión se sienta sobre pilares:

— Vocación común: evangelizar a los pobres.

— Vivir en común dentro de una gran caridad y cordia­lidad.

— Participación común al trabajo de todos: los herma­nos viven esto mediante la unión íntima con los sacerdotes; los sacerdotes confiesan, predican, evangelizan.

Al mismo tiempo y paralelamente, san Vicente estudia el ajuste de una formulación que exprese la reglamentación de esta unión. Es curioso ir notando las vacilaciones en sus afirmaciones entre 1628 y 1655 es decir durante 27 años.

Así encontramos al principio, la práctica de los cuatro votos, con carácter privado (V, 457-458).

San Vicente, intenta siempre centrar todo en torno al voto de estabilidad, particularmente entre los años 1640 y 1655 (II, 28; XIII, 380).

Al final san Vicente propone una nueva formulación: votos simples y privados pero privilegiados (XIII, 380).

Mas para lograr esto, era preciso dar un paso hacia ade­lante: la disociación.

2. Disociación entre lo jurídico externo y lo moral privado.

El Breve Pontificio “Ex commissa nobis” del 22 de sep­tiembre de 1655, que reconoce y autoriza en la Congrega­ción de la Misión los votos privados en el fuero interno, es notorio por dos razones:

En primer lugar, ilumina, da por hecho y admite solem­nemente la distinción y la disociación entre los actos ex­ternos socializados, jurídicamente convalidados y recono­cidos y el misterio complejo del ser humano, de sus inten­ciones, de la dinámica de su ser. Lo que somos y queremos ser no puede ser catalogado, sabido ni descifrado. Lo que separa este mundo, cada día más desacralizado y profana­do, y el alma cada día más consciente de las progresistas exigencias de Dios, esta separación será cada día más evi­dente y dramática.

En segundo lugar, el Breve que nos interesa, ilumina y orienta hacia el porvenir. Cada vez más, la auténtica con­ducta moral se alejará de la moral aparente y jurídica. La verdadera moral, la del juicio y del corazón, dirá Pascal, la que es adaptable y rígida a la vez y a la vez exigente, añadirá Peguy, la moral abierta y que responde a la lla­mada, declarará Bergson en las “Deux sources” (1932), esa es la moral que debe caracterizar la vida religiosa. Esta vida religiosa supone una personalidad que sólo puede sa­ciar su sed en las fuentes místicas. Partiendo de estas exi­gencias sólo es posible captar la verdadera intuición del pensamiento vicenciano. “Se dice de los religiosos que se encuentran en un estado de perfección: nosotros podemos afirmar que estamos en este estado puesto que continua­mente nos dedicamos a la práctica verdadera de la caridad o nos mantenemos disponibles para esta práctica” (Colo­quio del 30 de mayo de 1659, p. 694).

3. Trasposición y espiritualización de la triple herencia de la vida religiosa comunitaria.

La disociación entre lo jurídico y lo moral, nos lleva a descubrir tranquilamente la evolución espiritual realizada por Vicente de Paúl, en continua fidelidad al progresivo actuar de Dios.

a) El elemento fundamental, la estabilidad, que impide que el religioso se convierta en “girovago” en permanente “inestabilidad”, esto no se logra con mediaciones mate­riales ¿Cómo conseguir que el hombre cese de dar vueltas llamando vitalidad y acción a lo que sólo es agitación y ligereza de espíritu?

Pacomio colgaba un látigo ante las puertas del monas­terio Tabennessi y sin duda alguna que el mencionado objeto no respondía a motivaciones de decorado.

Los responsables del monasterio pueden lograr vincu­lar algunos monjes con los alicientes del refectorio. Todos estos procederes pueden convencer, pero no fijan los co­razones.

La fidelidad es creación continua del alma, es fuego y llama que invade toda la vida sin consumirla:

Sólo se da en corazones únicamente vinculados por el corazón de Cristo.

No serán pues votos jurídicos los que afiancen al vi­cenciano en su vocación. Sólo el corazón de Cristo haciendo palpitar el corazón humano logrará superar los desfalle­cimientos. Fidelidad, sólo hay una, la de Jesús.

b) El profetismo misionero que caracteriza a los após­toles de los siglos xii y xiii, interesa a san Vicente: lo adop­ta pero saneándolo de posibles ilusiones, dándoles las raí­ces que precisa y ofreciéndole posibilidades de despliegue.

Así como san Pablo había logrado recuperar los “ca­rismas en la gracia” y la gracia en Cristo (cf. 1 Cor XII), san Vicente integra el profetismo en la caridad. La evan­gelización no puede reducirse a una palabra, a una procla­mación, ni siquiera al fuego artificial de un “verbo” la evangelización es ante todo expansión, difusión, profun­didad continua y silenciosa de un Amor.

c) La acción no consiste en el despliegue visible, exu­berancia natural y realización humana. La acción verda­dera es revelación, afirmación y expresión del amor de. Dios en el hombre. En unión con san Pablo que afirmaba “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”, san Vicente declara: “Hay que santificar estas ocupaciones, buscando en ellas a Dios, y hacerlas para encontrarle, más que por verlas hechas” (Coloquios, p. 548, 21 de febrero de 1659). “Nuestro Señor es comunión continua para aquellos que se unen a su querer y no querer” (san Vicente, I. 233). “Aun cuando alguien no diga palabra alguna, si está lleno de Dios, moverá los corazones con su sola presencia” (ABELLY, La vie du vénérable serviteur de Dieu M. Vincent de Paul, Paris, 1644, II, p. 297).

III. Fisonomía espiritual del vicenciano “en comunidad”.

¿Cómo lograr, en algunos rasgos, trazar un boceto que no fuera ni quimera ni caricatura, ni retrato estereotipado?

En esta foto de época se puede ver a los padres Paúles que se hicieron cargo del convento de Capuchinos (Andújar).

En esta foto de época se puede ver a los padres Paúles que se hicieron cargo del convento de Capuchinos (Andújar).

Reconozcamos que en nuestro intento, sólo puede guiar­nos la fisonomía de un ideal, ansiado desde lo más íntimo del alma. Semejante ideal, sólo en parte realizado por nues­tras vidas, aun cuando no le somos fieles, proyecta luz sobre nuestras miserias y tonifica nuestras avergonzadas anemias.

Para no ceder al engaño en esta empresa, digamos que los rasgos de nuestro boceto intentarán:

  • presentar una fisonomía interior;
  • expresar una dinámica;
  • dejar adivinar un secreto, una intimidad y un esplen­dor oculto.

Correré pues el riesgo clarificando lo desmedidamente complejo de mi proyecto con luces que arranquen desde cinco enfoques distintos:

1) La referencia a Jesús.

Lo que mejor puede y debe existir en la vida común de los vicencianos es lo que nos ofrece la referencia mere­cedora y moldeante que san Vicente de Paúl señala: lo que el vicenciano sueña con realizar en su vivir con los demás es la restitución y prolongación del ambiente sobre­natural que Cristo nos trajo para que se realizasen, la Encarnación y la Redención. Sin duda no olvida el santo que Cristo se fue al desierto para luchar contra el demonio, ni tampoco omite la experiencia de vida común en la Igle­sia de Jerusalén, sabe lo que debe recordar el misionero del andar peregrino de los Apóstoles. Mas san Vicente encuentra en todo ello su centro generador: nunca pierde de vista el clima que engendra la presencia del Amor Encarnado. Así afirma: “hay que honrar la vida común que Cristo quiso vivir con sus apóstoles” (Reglas com. VIII, 1). La verdadera luz, el fuego animador es Cristo Jesús. “Je­sucristo es la regla de la Misión” (Coloquios, p. 547). Una persona reveladora del Padre, que nos abre al misterio del otro revelándose en los demás y en nosotros mismos ahí se encuentra el auténtico creador y renovador de toda ver­dadera vida de comunidad.

2) Los fundamentos dogmáticos.

La vida común puede organizarse fácilmente y con ra­pidez utilizando los modelos y elementos que ofrecen las asociaciones ya existentes. Así Pacomio utilizó mucho del genio organizador de las milicias romanas. Para organi­zar sus empresas y ofrecerles garantías de duración, los fundadores disponen de una doble fuente de inspiración: la organización política de la sociedad, la organización ecle­siástica de la cristiandad. Es indudable que las líneas fun­damentales del Estado moderno reforzado por Richelieu entre 1624 y 1642, el estilo de una obediencia militante, la visión de las exigencias de la vida económica ofrecieron a san Vicente algunos elementos indispensables para el logro de la cohesión externa en la Congregación de la Misión. No dejó de informarse sobre los métodos propios de Jesuitas y Oratorianos para verificar sus experiencias.

Mas para san Vicente de Paúl las apariencias visibles y las estructuras se subordinan al tesoro misterioso que tiende a proteger y que solamente las justifica: a saber, el dogma cristiano en su doble faceta, transcendente e inmanente.

La transcendente revela y afirma que la vida comuni­taria sólo tiene sentido y consistencia si se tiende a fun­darse en el surgir del amor del Dios Trinidad mediante Cristo presente entre los hombres. Este amor tiene su es­tancia y su punto de arranque en la Iglesia que se cons­truye y se reconoce a sí misma en la eucaristía, sacrificio a la par que sacramento.

La faceta inmanente que san Vicente va a recordar con tal fuerza que nunca ya podrá olvidar la Iglesia de occi­dente:

Consiste en afirmar que la correcta comprensión de la revelación debe centrarse —mientras dura esta etapa terrestre— en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo. Redimiendo un olvido multisecular, san Vicente nos in­culca esta verdad fundamental: estamos vinculados unos y otros y según afirmación, ciento ochenta y cuatro veces repetida por san Pablo, sólo existimos en Cristo.

Nuestra verdadera vida no está en lo visible sino en lo invisible donde se revela nuestro ser profundo, su sub­sistir y su término final. “Nada me place sino en Cristo”, afirma san Vicente (ABELLY, Vida I, p. 78). La comunión con los demás y la compasión son reveladoras de lo que somos y más aún, de lo que estamos llamados a ser. La clave, la cifra de nuestra vida no está sólo en nosotros sino “en los otros y en nosotros” —es decir, en quien es comunión con unos y otros: El Cristo de ayer, de hoy y de siempre.

3) Tensiones antinómicas.

El signo de vitalidad, la palpitación se encuentran en el paso rápido de un extremo .a otro.

a) El vicenciano sabe que Dios se da a él, es decir, que en El se encuentra su paz. Pero sabe también y, toda su conducta lo debe demostrar, que su vida es de Dios, que es poseído por Dios, que le pertenece sin condiciones.

b) El vicenciano sabe también, y dolorosamente lo siente así como ansía vivirlo, que está en manos de Dios y que todo lo recibe de su Providencia. Todo es gracia. Pero también recuerda que sólo existe en la medida de su entrega a Dios. Hay que darse a Dios, repite, sin cansancio: san Vicente. En resumen, la verdadera existencia reside en el cruce de esta donación recíproca: la de Dios al hombre y la del hombre a Dios.[note]El cristiano está revestido de Jesucristo; Gál 3, 26, 27; mas debe comprometerse, Rom 6, 12 y vaciarse de sí mismo para que llegue así a revestirse de Cristo. Gál 3, 27; Rom 13, 14; Ef 4, 22.[/note]

c) La vida del vicenciano se afianza e intensifica en la búsqueda del Reino de Dios y de su justicia. La esencia y el evangelio de su vida son la sencillez que tiende inmediata y directamente hacia Dios.

Pero el prójimo es mediador indispensable. “Debemos despegarnos de todo lo que no es Dios y unirnos al prójimo, por la caridad, para unirnos a Dios mismo en Cristo” (Co­loquios, p. 544, 14 de febrero de 1659).

El camino de Dios pasa por los hombres, el camino hacia Dios lleva hacia los hombres.

c) El vicenciano se fuerza por ser humilde, es decir, por seguir el camino de Cristo humilde que nos ama como ama al Padre, por vías de anonadamiento y de obediencia. El verdadero amor, es decir, el amor sobrenatural, no tiene más que un estilo: el de Jesús. La caridad, es hija de la humildad. “Si os interrogan sobre vuestra condición, que podáis responder: la humildad. Que sea vuestra virtud. Si nos dicen, ¿quién va? —La humildad, que sea esta pa­labra vuestra voz de paso” (Coloquios, p. 623, 18 de abril de 1659).

Pero al mismo tiempo, el vicenciano debe mostrarse libre y de corazón magnánimo. “Los hijos de Dios gozan de perfecta libertad: ésta, sólo se encuentra en el amor de Dios. Estas son las únicas personas hermanos míos, que van de derecha a izquierda, de un solo golpe, sin pararse, las que nunca se sienten esclavas ni del demonio ni de sus pasiones. Oh, feliz libertad de los hijos de Dios” (Coloquios, p. 721, 22 de agosto de 1659).

Corazones dilatados que deben ensancharse hasta las dimensiones del mundo. El celo es un fuego que nada pue­da parar.

En una palabra, el vicenciano es el que permanece siem­pre en actitud y ofrenda de siervo que ama, pero nunca se muestra servil ni pedigüeño envilecido por el orgullo de los que explota y desprecia.

4) El programa soñado: El ideal.

Para nosotros, san Vicente describe las características ideales del vicenciano, en su conferencia del 22 de agosto de 1659 (cf. pp. 718-731). Esta conferencia nos la ofrece fielmente el hermano Bertrand Ducournau. Cinco virtudes, cinco elementos dinámicos, cinco componentes constitu­yen esta fisonomía ideal: si nos fijamos en ella detenida­mente, notamos, sin embargo, que la sencillez constituye el elemento orientador, la luz y la transparencia de toda esta vida. La humildad y la mortificación preparan la acogida de Cristo en esta vida y facilitan una colaboración exenta de ilusiones en la tarea redentora. Finalmente la manse­dumbre y el celo apostólico enfocan y dirigen todo hacia el prójimo en quien se encuentra, el Dios que nos espera y hacia quien hemos de avanzar.

Boceto sencillo y fuertemente marcado. Las cinco vir­tudes son como las facultades esenciales de la Pequeña Compañía (Coloquios, p. 729). Recordemos la palabra reve­ladora, la clave: cohesión proviene de un alma común, es decir, del Espíritu de Dios viviente y vivificador que transfigura.

5) La cortesía vicenciana.

No cabe duda que cuando san Vicente deduce las conclusiones prácticas sobre la uniformidad que moldea, sobre los detalles de esa política de convivencia entre los cohermanos que nosotros llamamos cortesía, nos puede parecer rigorista, excesivamente detallista. El mismo vestir, el mismo estilo de predicación, la misma manera de enseñar. Mas para comprender su doctrina y serle fieles, hemos de ver que esta uniformidad se sitúa entre una inspiración y una conducta real.

De esta manera, teniendo en cuenta la doctrina y la intención, notamos que la uniformidad sólo tiende hacia una disposición vital y muy honda: el esfuerzo por la adap­tación en el vivir de unos con otros. La preocupación por la uniformidad en san Vicente refleja el modo de evange­lizar la mundana cortesía, el modo de lograr la concreta y ágil mutua benevolencia; así se afianza la delicada em­presa que busca la compenetración de los corazones de unos y otros, la del corazón de Cristo en el de todos.

Nunca san Vicente se veía como la sombra y la copia de cualquiera de sus cohermanos. Procuraba ser ejemplo ins­pirador, como el verdadero pastor que logra más con su ejemplo que con sus palabras.

Concluiremos, en resumen, afirmando que san Vicente, al heredar de la sabiduría de quince siglos de vida religiosa, funda la estabilidad, la inspiración y la acción de esta vida religiosa, no en referencia a un tipo social, sino en su in­serción en el misterio de Dios, transcendente e inmanente.

Sólo en Cristo puede existir la unión, y nosotros sólo existiremos en la firmeza de este eterno misterio.

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