La Oración según la enseñanza de San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: G. Gallain · Año publicación original: 1982 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1982.
Tiempo de lectura estimado:

Uno de los momentos clave de su jornada es… la oración, contemplación desinteresada, escucha del Señor en busca de su voluntad, presentación de la vida y de las necesidades del mundo» (Constituciones, 2.7).

Presentación de la Conferencia del 31 de Mayo de 1648

Se celebró el día de Pentecostés, fiesta tan querida a Santa Luisa, quien reconoce haber escogido el tema de la conferencia

«sin haberle pedido antes parecer, mi muy Honorable Padre…» (IX, 413).

¡Feliz iniciativa! Es la única conferencia consagrada exclusivamente a la oración. San Vicente había abordado con frecuencia este tema, pero, tratándose de las Hijas de la Caridad, a través de la explicación del Regla­mento, y, tratándose de los Misioneros, con motivo de las repeticiones de oración, en las cuales, por lo demás, su «crítica» nos vale preciosas en­señanzas. Aquel domingo por la tarde, el Sr. Vicente tenía prisa —lo repite tres veces… Pero afortunadamente, se toma todo el tiempo necesario.

Según su costumbre, empieza por preguntar a las Hermanas lo que han pensado; también a la Señorita. Sus intervenciones nos serán igualmente de utilidad.

En realidad, el tema de la conferencia es doble:

  • Punto primero: Importancia de la oración diaria.
  • Punto segundo: Pensamientos sobre el misterio del día: la venida del Espíritu Santo.

De suerte que, en el segundo punto, puede verse la aplicación de los principios enunciados en el primero. O sea: la teoría y su aplicación.

Otras fuentes vicencianas sobre la oración: En sus conferencias:

  • A las Hijas de la Caridad: además de esta conferencia del 31 de mayo: con ocasión de la explicación del Reglamento, cuya primer artículo se re­fiere a «Actos de levantarse y Oración», Conferencias del 31-7-34 (C. IX, 3); 2 y 16-8-40 (IX, 26); 13-10-58 (X, 567); 17-11-58 (X, 585).
  • A los Misioneros: C. IX, 183 (Santisimo Sacramento); XI, 215 (acer­carse a Dios); XI, 252, 301, 356, 403; XII, 64, 70 (un sacerdote se niega a repetir su oración…). Extractos de conferencias, XI, 83 (transmitidos por Abelly).

I. La oración permanente

«Digo: hacer oración todos los días, hijas mías; pero si fuera posible, yo diría: no salgamos de ella… Hacedla, si podéis, en todo momento, o mejor, no la dejéis nunca» (31-5-48).

1.° La consagración «celebrada»

Estas palabras lo demuestran: en el pensamiento de San Vicente, el tiempo de oración medido por el reloj (cf. 17-11-58) es verdaderamente el «tiempo fuerte» de una actividad permanente, crónica; una mayor densidad de fe y amor sobre un fondo de vida ya consagrada a Dios; una tensión acentuada de la mirada y del corazón: la mirada fija en Nuestro Señor, el corazón entregado a Dios, conscientemente, sabiéndolo, regocijándose por ello.

La vida consagrada, en efecto, se llama así porque pertenece a Dios fun­damental y exclusivamente:

«Ser Hijas de la caridad, es ser hijas de Dios, hijas que pertenecen por completo a Dios…» (5-7-40, IX, 14).

Pues bien, hacer oración no es otra cosa que vivir intensamente, con el espíritu y el corazón, esa pertenencia, dar gracias a Dios por ella, podría­mos decir: celebrarla. Y tender a que sea cada vez más íntima, cada vez más efectiva también (a eso corresponden las resoluciones).

El ideal de la santidad, según San Vicente, es eminentemente práctico:

«hacer bien las cosas que se hacen, hacerlas en el espíritu en que Nuestro Señor hacía todas sus acciones… en eso es en lo que consiste la verdadera y sólida santidad» (15-11-57, X, 353).

San Vicente explicará que, lo mismo que los sacramentos —por ejemplo, el bautismo— nuestras acciones tienen una materia —»hacerlas bien»— y una forma —»en el espíritu»— (cf. 18-10-55, C. X, 131).

¿Cuál era, pues, ese «espíritu de Jesucristo»? Ese es el tema esencial que hemos de meditar: «En Cristo contemplan, para traducirlas a la propia vida, esas disposiciones» (Constituciones 1975, p. 20).

Nuestro Señor estaba sin cesar unido de corazón a su Padre —Adorador del Padre— y, sin cesar, caminaba, hablaba, obraba para hacer las obras de su Padre: Servidor de su designio de Amor, «Evangelizador de los Pobres» (XI, 32, citado por Abelly). Refiriéndose a El, San Vicente repite las pala­bras que el Salmo 16, 8 le aplica: «Tengo siempre a Yahve ante mí…» Nuestro Señor es el modelo del espíritu de oración: «Era hombre de gran­dísima oración. Su principal y continuo ejercicio (actividad) era la ora­ción» (31-5-48, IX, 415),

Por eso, debemos honrar sus oraciones cuando hacemos las nuestra, uniéndolas a las suyas (cf. 18-10-55, X, 129).

2.° Mirada, afecto, ofrenda

La oración es la respiración, las pulsaciones del alma consagrada. Tene­mos en los grandes momentos de oración su curva natural y también la «dialéctica» de la vida.

Expliquémonos: ¿qué Hija de la Caridad, al ser a la vez mujer de ora­ción y mujer de acción, no experimenta cierta dificultad para equilibrar en su vida ese diálogo entre la acción y la oración (de donde surge la pala­bra culta «dialéctica»)? ¿Dificultad en unificar la vida, en encontrar la pro­pia identidad profunda? Con mayor claridad todavía: ¿es la misma persona la que se entrega a la oración con la impresión de sustraer algo a la ac­ción? ¿Es la misma persona la que se empeña en la actividad, pero sufrien­do cierta dispersión, quedándosele Dios como un tanto lejano? ¿Cómo darse por igual a Dios y a los pobres? Problema práctico de unidad de vida… El espíritu de oración consigue esa unidad de la vida consagrada. Unidad que, por lo demás, reivindican con insistencia las Constituciones (Ed. 1975):

  • Pág. 24: «La vida de las Hijas de la Caridad es a la vez oración y -servicio…»
  • C. 9: «… la oración, contemplación desinteresada… para conocer la volun­tad (del Señor)… saben dejar a Dios, contemplado en la oración, para encontrarlo en el pobre».
  • Pág. 15: «Un mismo amor anima y orienta su contemplación y su servicio…» De ahí esta expresión un poco «culta»: «la unidad dinámica de su vida». Porque la pertenencia a Dios se expresa en el servicio a los pobres, en la acción generosa en sí (‘Dynamis’, quiere decir ‘fuerza’).
  • C. 13: «… Como Ella (María) (tratan de hacer) de la propia vida un culto a Dios (oración) y de su culto (oración), un compromiso de vida.»

Algunos pensamientos de San Vicente ilustrarán todo esto:

  • La mirada de Fe: «El ejercicio de vuestra vocación consiste en el recuerdo frecuente de la presencia de Dios» (31-7-34, IX, 6). «Hemos de hacer nuestras acciones como Nuestro Señor hizo las suyas cuando estaba en la tierra y para ello, comportarnos como si le viéramos (cf. 18-10-55, X, 129 y Heb. 11, 27).
  • El afecto dirigido a Dios: «Cuando el reloj da la hora, haced algún acto de adoración… como decir en el fondo de vuestro corazón ¡Dios mío! os adoro. Dios mío, sois mi Dios. Dios mío, os amo con lodo mi corazón. Quisiera, mío, que todo el inundo os conociera y honrara» (31-7-34, IX, 6). (Acerca de las palabras «Dios es mi Dios», véase la carta de Santa Luisa a San Vicente, del 24-8-47, C. III, 231. (el año no es seguro).
  • «En la oración, el alma conversa con Dios en amor y familiaridad» (Pensamiento de una Hermana, 31-5-48, IX, 410).
  • «Que al mismo tiempo que hacéis la acción exterior, vuestro espíritu se esté ocupando interiormente con Dios» (18-10-55, X, 130).
  • La ofrenda (u oblación) de uno mismo: pensamiento de Santa Luisa la conferencia que estamos estudiando: «Mucho he deseado glorificar a Dios en sus maravillas, darme a El para que haga en mí y por mí su Santísima Voluntad» (31-5-48, IX, 413).
  • Este pensamiento coincide con el de San Vicente, cuando envió a Metz a cuatro Hermanas: «Tenéis, pues, que pedir a Nuestro Señor os dé las disposiciones que debéis tener y que, por su bondad, haga en vosotras, por vosotras y con vosotras, todo lo que quiere que hagáis» (26-8-58, X, 559).
  • «Porque al levantaros habéis hecho una oblación de vosotras mis­mas a Dios… todos vuestros pensamientos, todas vuestras acciones, todas vuestras palabras y todo lo que hagáis, será agradable a los ojos de Dios» (cf. 17-11-58, X, 600).
  • «Dios pide lo primero el corazón, y después, la obra» (cf. 18-10-55, X, 131).

3.° Condiciones para la oración permanente: silencio y mortificación

La oración en acto —o «actual»— es el «tiempo fuerte» consagrado al ejercicio de la oración. Pero acabamos de ver la importancia que da San Vicente a la oración «virtual», o lo que es lo mismo «la oración en poten­cia»: estar dispuestos habitualmente a hacer oración.

«No salgamos de ella, no dejemos pasar mucho tiempo sin estar en oración, es decir, sin tener nuestro espíritu elevado a Dios…» (31-5-48, IX, 422).

«Hermanas, un alma interior es la que se ocupa sólo en Dios; porque, ¿qué quiere decir interior si no es estar ocupada en Dios? Bien se echa de ver…» (Acerca de las virtudes de Santa Luisa, 3-7-60, X, 716).

Esta tensión, que no es inquietud evidentemente, puede constituir lo que se llama preparación remota a la oración; supone un clima habitual de silencio y mortificación.

  • El silencio: «Estimo mucho a los religiosos que guardan silencio… El silencio sirve para hablar con Dios, que no nos habla fuera del silencio, porque las palabras de Dios no se mezclan con las palabras y el tumulto de los hombres» (cf. 1-8-55, X, 96).

Recomienda el ejemplo de la Santísima Virgen

… ¡Ay! ¿existe algo que disipe más el corazón que las palabras y algo que perjudique más al recogimiento y al adelanto espiritual que las visitas inútiles? ¡Ah!, si alguna de vosotras, hijas mías, bajo cual­quier pretexto engañoso, cualquier pretexto piadoso, porque de manera no lo aceptaríais, se dejase ir a hacer visitas, de las que no se ve provecho ante Dios, ¡que se deshaga de ellas!… La Santísima Virgen salía por las necesidades de su familia o para el alivio y consuelo de su prójimo; pero siempre era en la presencia de esos casos permanecía en paz en su casa, conversando en espíritu con Dios y los ángeles. Pedidle, hijas mías, que os alcance ese recogi­miento interior…» (18-8-47, IX, 340).

  • El silencio, «clima de Dios» (Const. 10): «Vuestra práctica ordinaria del «gran silencio» después de las ora­ciones de la noche hasta después de las oraciones de la mañana siguiente, debéis tenerla también en gran. veneración. No habléis sin necesidad a ninguna Hermana, no sea que interrumpáis la conver­sación que acaso sostiene su alma con Dios. Hijas mías, ese tiempo de silencio le está consagrado; Nuestro Señor lo ha dicho: ‘Llevaré a mi esposa al silencio y le hablaré al corazón'» (Oseas, 2, 14) (22-1-45, IX, 219).

La mortificación… «la mortificación va por delante y la oración la sigue» (31-5-48, IX, 427), porque establece en nosotros la paz al disciplinar «los ‘sentidos exteriores, las pasiones, el juicio, la voluntad propia» (id.), creando una atmófera interior de humildad y pobreza (cf. id.). Una Her­mana interrogada al principio de la conferencia había dicho:

«Hemos de tener una gran humildad y ,paz interior, porque el Dios de paz no habita sino en donde reina la paz.»

II. «Cuando se busca a Dios…» — La meditación

1.° Tomar el tiempo necesario para la oración

«Ese tiempo consagrado a Dios» (22-1-45, IX, 219).

En una vida activa, el tiempo para la oración no se nos da… ¡nos vemos «cogidos» por tantas cosas! Ese tiempo debemos «tomarlo», y a veces no será sin lucha: lucha contra el sueño, contra las distracciones (suscitadas por lecturas, televisión…). San Vicente adelantó la hora de levantarse, las Hermanas de las 5,30 a las 4, para que pudiesen hacer la oración jun­tas (cf. 1510-41, IX, 50; véase también la carta de 15-1-50, dirigida a los Superiores de las Casas de la Compañía: III, 539). Pero lo que recomienda sobre todo es la organización del tiempo. Como lo dirá, entrando en su espíritu, el Sr. Thibault que hizo sus veces en la conferencia del 28-7-48 (IX, 432):

«Pongan de acuerdo a Marta y a María y dispongan sus asuntos de forma que acción y oración se encuentren».

«Ese tiempo está consagrado a Dios», dice San Vicente (22-1-45, IX, 219). De modo que el tiempo dedicado a la oración tiene ya un valor en sí, como materia preciosa ofrecida a Dios –el tiempo tiene cada vez más valor—, y aun cuando sea una materia árida, sin gusto ni sentimiento, hasta el punto de que, como decía una Hermana, yendo a la oración, no hacía nada, no sentía nada, a lo que San Vicente replicaba:

«tenéis que saber, hijas mías, que todas las virtudes se encuentran encerradas ahí: lo primero la obediencia.., la obediencia… la humil­dad…» (cf. 31-5-48, IX, 425).

Es cierto que se pueden tener razones, santas inclusive, para faltar a la oración, lo mismo que ocurre con respecto a la misa de precepto:

«En ese caso, tratad de recordar que nuestras Hermanas están dando comienzo a sus ejercicios; ofrecédselos a Dios y participaréis en ellos…» (22-1-45, IX, 215).

Claro que para ello es necesario que la mayor parte de la comunidad esté haciendo la oración, y que no se excusen tomando apoyo en la ausencia de las otras.

«Ofrecedle también lo que vais a hacer durante ese tiempo que está consagrado a Dios» (22-1-45, IX, 216).

Sí, el tiempo de una Hija de la Caridad siempre está «consagrado», porque siempre pertenece a Dios, ya esté empleado en la oración, ya en el servicio:

«Dejar a Dios por Dios» (cf. 30-8-56, X, 226, citado en Const. 9).

A condición de que se sirva a los pobres en la Fe, no se deja a Dios.

«Servir a los pobres es ir a Dios, y debéis mirar a Dios en su persona… En ese caso, servir a un enfermo es hacer oración» (cf. 31-7-34, IX; 30-5-47, IX, 326).

Sí, es muy cierto que ver a Dios en la persona de los pobres y a los pobres en Dios —»con la estima que Jesucristo tuvo por ellos» (XI, 32)— es ponerse en estado de oración; es haber encontrado ya a Dios, o por lo menos estarle buscando. San Vicente dice, sin embargo: «Si a la hora de la Comunidad, surge un impedimento… recobrad ese tiempo» (cf. IX, 414, 525, 692). «Recobrad» en el lenguaje de la época, es «recuperad» (ambas palabras tienen la misma raíz latina: «recuperare»). Es posible que en la vida moderna se admita que ese tiempo se podrá recuperar más intensamente en otra ocasión: en vacacio­nes, en un fin de semana. Pero San Vicente es terminante en cuanto a la oración diaria: «Digo… todos los días, hijas mías…» (31-5-48, IX, 420).

En este capítulo del tiempo consagrado a al oración, San Vicente concede gran importancia a los ejercicios espirituales y retiros, tiempo privilegiado en el que Dios se comunica.

«Esos ocho días de silencio son un tiempo de cosecha. ¡Qué dicha si empleáis bien ese tiempo que Dios os da para conversar con vosotras de corazón a corazón!» (22-1-45, IX, 221).

Tomar el tiempo necesario para la oración, es ya orar. En medio de los «empleos duros, trabajosos», el tiempo dedicado a la oración puede ser un alto en el camino, un santo ocio. Sentarse —si de ordinario se camina sin parar— o pasear —si se lleva una vida sedentaria… Se puede hacer oración andando», explica San Vicente (17-11-58, X, 585). En una palabra, distenderse, descansar. ¡Gradas, Dios mío! Es, en cierto modo, lo que dice Oseas y también Nuestro Señor a sus discípulos que regresaban de una misión: «Venid, retirémonos a un lugar desierto para que descanséis un poco» (Mc. 6, 31). La Biblia nos muestra cómo, cuando Dios quiere que el hombre trabajador se vuelva hacia El para adorarle, empieza por darle un tiempo, que le prescribe guardar: es el sábado, el ocio divino (Gen. 2, 3). Es como un atisbo del cielo (la Teología del 8.° día). Porque en el cielo, ¿cuáles serán nuestras ocupaciones? Según San Agustín —que sigue de cerca el Apocalipsis— serán «la alabanza de Dios». Le veremos sin fin, le amaremos sin hastiarnos, le cantaremos sin cansarnos. Cantaremos «Amen, Aleluya». (Ciudad de Dios, 22, 30). Será la celebración por excelencia.

2.° Ponerse en la presencia de Dios

«Nuestro Señor, mientras estaba en la tierra, hacía sus oraciones con gran respeto, en la presencia de Dios, con confianza y humildad» (18-10-55, X, 129).

El alma que se presenta ante Dios para orar —como el publicano— se halla en la actitud del pobre, del mendigo, como aquel sencillo Hermano Carmelita de quien habla San Vicente (13-10-58, X, 575):

«Señor, aquí tenéis a un pobre ignorante que implora vuestra gracia para hacer oración. No sé nada; pero, vos, Señor, decidme alguna cosa. ¿Dejaréis a vuestro pobre siervo sin decirle nada?».

O también:

«Un segundo medio —para hacer bien la oración— es pedir a Dios la gracia de poder hacer oración… Es una limosna que le pedís. No es posible que, si perseveráis, os lo niegue» (31-5-48, IX, 426).

«¡Dios es tan bueno lo ha sido ya tanto con vosotras llamándoos al ejercicio de la caridad! ¿Por qué pensar que fuera a negaros la gracia de que necesitáis para hacer bien la oración? (31-7-34, IX, 3).

Hacer oración es, para empezar, presentarse ante Dios, como lo han hecho tantos de sus fieles servidores, como Moisés: «Se mantenía ante Dios con las manos elevadas al cielo, silencioso pero suplicante» (y con tanto poder sobre el corazón de Dios) (31-5-48, IX, 418); o como David (17-11-58, X, 589). Podemos hacer nuestra la hermosa elevación del Salmo 123:

«¡A ti alzo mis ojos, a ti que habitas en los cielos! Como los ojos del siervo (están atentos) a las manos de su señor; como los ojos de la esclava a las manos de su señora, así (se alzan) nuestros ojos a Yahvé, nuestro Dios, hasta que se compadezca de nosotros».

Pensemos en todos los que, un día, se presentaron ante Nuestro Señor, ya en sus parábolas, ya realmente en la vida: El Hijo Pródigo, Zaqueo, el Publi­cano, María Magdalena, la mujer adúltera, los leprosos, los ciegos, los niños.

Presentarse ante Dios, es el acto religioso del «umbral»: «Porque nos haces dignos de servirte en tu presencia» (Plegaria Eucarística II, cf. Rom. 12, 1).

Pero, de hecho… «Ponerse en la presencia de Dios», ¿hasta dónde puede llegar literalmente?, ¿o de dónde no puede pasar?

«La oración, ¡rijas mías, es tina elevación del espíritu hacia Dios, por la cual el alma se desprende de ella misma, por decirlo así, para buscar a Dios en Sí» (31-5-48, IX, 419).

No sería ésta la cumbre y el todo de la oración?

«Porque, hablando en propiedad, la oración es una elevación del espíritu a Dios» (31-5-48, IX, 422).

Con admirable sencillez, San Vicente concibe muy bien que algunas almas quemen etapas y se encuentren de golpe en presencia de Dios, contemplado, sentido; iluminadas por esa ciencia «infusa… llena de amor» (infusa quiere decir: «vertida dentro»)… Es lo que se llama gozar de gracias místicas.

Otras, por el contrario —y son la mayoría—, permanecerán en el umbral del santuario místico, en presencia de Dios, sí, pero de un Dios escondido tras el velo, invisible, no sensible al corazón; esperando la limosna —como un mendigo desde la puerta— de una gracia de luz y de fortaleza o sencilla­mente de perdón.

¡Qué abismo de diferencia! Quedarse a la puerta, del otro lado del velo… ocupado en revolver los propios pensamientos, aunque sean pensamientos que tienen a Dios por objeto; ocupado en «poner en orden, por meditación, las luces que Dios nos otorga» (San Vicente a Nacquart, el 22-3-48, III, 281); ocu­pado en discurrir, es decir, en ir encadenando consideraciones, aunque santas…

.. y entrar en mutua comunicación con Dios, en conversación… en la que Dios habla al alma, y el alma habla a su Dios» (cf. 31-5-48,IX,419).

Pero puesto que distingue estas dos clases de oración: la meditación y la contemplación, vamos a seguir a San Vicente en su análisis.

3. La búsqueda de Dios o meditación

«Lo que se llama ordinariamente meditar, todo el mundo lo puede hacer» (Coste, IX, 420. 31-5-1648. «Sig.» IX-1 p. 373).

…porque es una actividad intelectual que depende de nuestro esfuerzo, en la que cada uno alcanza, es cierto, según sus posibilidades y las luces que Dios le otorga» (IX, 421).

San Vicente describe como sigue la meditación u «oración de entendi­miento»:

«Hacemos oración de entendimiento cuando, después de haber escu­chado la lectura, el espíritu se despierta en presencia de Dios y se ocupa en buscar la comprensión del misterio que se le propone, en ver las ense­ñanzas que contiene y en producir afectos o deseos de abrazar el bien y huir del mal. Esto es lo que ordinariamente se llama meditación» (IX, 420).

Como vemos, San Vicente señala bien la naturaleza intelectual de esta oración: empleo las palabras «buscar» (2 veces), «escuchar la lectura», «ver las enseñanzas». Al ser intelectual, esta forma de oración se presta al método. En general, la meditación se refiere a un tema o, dicho de otro modo, a una idea: ahora bien, la idea no es Dios. Es el velo que oculta a Dios aunque a la vez pretende darlo a conocer; pero a la medida limitada de nuestra com­prensión, de nuestra capacidad y experiencia humana (analogía, trampas o lazos del lenguaje…).

Ese «tema» es variado: el buen Hermano Antonio (que no era de la Con­gregación de la Misión) «partía de algunas predicaciones que había oído y después las meditaba». Puede tratarse de un «misterio», como el de Pente­costés, en aquel 31 de mayo de 1648. San Vicente recomienda, como es natural, las páginas del Evangelio, sobre todo las más conocidas: en particular, la Pasión de Nuestro Señor, como más fácil de imaginar, «más figurativa», y que se supone es más familiar a las ‘Hermanas.

Hay, pues, que hablar de «método de oración»… Digamos en seguida que San Vicente no da al método de oración sino una importancia relativa: es una guía, una ayuda. Muchas almas, y Dios todavía menos, no lo necesitan. Pero, en fin, son numerosas también las que han menester de ayuda… En la conferencia del 15 de octubre de 1641 (IX, 50), una Hermana —que habla en nombre de muchas compañeras— objeta a San Vicente que tiene gran difi­cultad en hacer oración y que no encuentra en ella gusto alguno. Como suele hacerlo, San Vicente alude a los métodos de oración, especialmente el de San Francisco de Sales, que entonces era algo así cuino el método oficial, el que se enseñaba a los ordenandos y seminaristas (C. I. 563). A las Hermanas, San Vicente se lo explica un poco por encima y sin demasiada convicción, en la conferencia del 17 de noviembre de 1658. En otra ocasión, le ocurre abreviar sus explicaciones diciendo: «hijas mías, esto es muy complicado. Será difícil que os acordéis de todo ello»… (X, 573, 13-X-1658, «Sig.» IX-2, p. 1105).

A Juliana Loret, la primera directora de formación, encargada de enseñar a hacer oración a las nuevas, y que arguye su falta de competencia: «Sea usted alma de oración, y Nuestro Señor le enseñará todo lo que tiene que saber» (Cons. del 22-3-1648, XIII, 667).

Volvamos, entre tanto, a nuestra Hermana, la que encontraba dificultad para la oración, en la conferencia del 15 de octubre de 1641 (IX, 50, «Sig.» IX-1, p. 69):

«Las que pueden valerse de los métodos que se dan para hacer ora­ción y en particular el que se encuentra en la Introducción a la Vida devota (2.a parte, cap. 1-9), harán muy bien en servirse de ellos. Pero no todas pueden. En cambio, cualquiera puede mantenerse al pie de la cruz en pre­sencia de Dios; y si ella no tiene nada que decir, espere a que El le hable; y si El la deja así, permanezca allí de buen grado esperando de su bondad la gracia de poder escucharle o hablarle.»

Además de los métodos completos ‘y bien preparados, como el de San Fran­cisco de Sales, San Vicente propone a la elección de las Hermanas otros muy sencillos y prácticos. Veamos:

El método de los sencillos, la imagen o estampa «un poco grande» (¡nues­tros «posters» de ahora!) para uso de las que dicen: «Pero, Señor, ¿qué voy a hacer en la oración si no sé leer? Ni yo ni mi Hermana sabemos…» (X, 574; IX, 217). (Acerca de «aprender a leer», se puede ver: IX, 219-20; X, 568.) Pero volviendo a las estampas, San Vicente, siempre atento a la experiencia, habrá de reconocer (cf. 22-1-45, IX, 217, «Sig.» IX-1, p. 208):

«Propusimos utilizar estampas de la vida de Nuestro Señor… Y así se hizo durante algún tiempo; pero parece que esta práctica no ha dado re­sultado, puesto que se ha abandonado» (véase, sin embargo, 13-10-1658, X, 574, donde habla de nuevo de ella).

Hay una «estampa» que ha servido a los más grandes santos y también a los más sabios: es «el libro sagrado de la cruz» (IX, 217). Santo Tomás de Aquino respondió a un Hermano que admiraba sus altos conceptos de Dios: «Voy a llevarle a mi biblioteca.» Y le condujo ante su Crucifijo, diciéndole «que no había otro estudio fuera de aquél» (IX, 32).

No es de extrañar, entonces, que San Vicente haga esta recomendación a la Señora de la Caridad, encargada de visitar a los pobres enfermos (Regla­mento de Chátillon, XIII, 427):

«Ante todo le llevará una imagen de un crucifijo y la clavará en un lugar en el que pueda verla, para que, poniendo a veces sus ojos en ella, considere lo que el Hijo de Dios ha sufrido por él».

Esa «mira» (adviertan la palabra «consideración»), ¿no es acaso hacer oración? San Vicente aconseja, cuando ya no se sabe qué decir a los enfer­mos en lo más agudo de sus males y que ellos mismos son incapaces de decir nada, que se les muestre el crucifijo. Y en los momentos difíciles de la vida, por ejemplo, un traslado a otro destino, costoso, impuesto por la obediencia, será también el caso de hacerlo —¡y no digamos cuando llegue ese último destino, que es la muerte!:

«que se vaya al remedio, es decir, a los pies del crucifijo, y se dirija amorosamente la queja a Nuestro Señor… Ayudadme, os lo ruego, para que no haga yo nada contrario a lo que queréis; dadme fuerza, Dios mío, para no caer» (cf. 14-7-51, IX, 569, «Sig.» IX-1, p. 476).

El método de Santa Juana de Chantal (1572-1641) o del retrato: porque se trata de esta santa cuando habla de la «piadosa señora» que meditaba en los ojos de la Virgen… (cf. 13-10-58, X, 575; 2-8-1640, IX, 31, «Sig.» IX, 1-47, …, etc.).

El método de la Reina, o «con un libro». Este método parece gozar de las preferencias de San Vicente. Se comprende, y a nosotros también nos gusta más (¡ahora que sabemos leer!):

«Bueno es que tengáis cada una un libro… Así transcurrirá para voso­tras más fácilmente el tiempo de vuestra oración. La reina sigue este mé­todo» (IX, 427).

San Vicente recomienda que se lean los puntos de la meditación la vís­pera por la noche, y de nuevo otra vez por la mañana: «Así hacemos en casa» (en San Lázaro)…, detenerse o interrumpir la lectura para meditar, «razonar, ver a qué finalidad tienden los puntos».

El método del Presidente, o la previsión (cf. 2-8-40, IX, 29, «Sig» IX, 1, página 46): aquel magistrado, antes de ir a Palacio, revisa sus papeles del día y ésa es su oración:

«Preveo lo que he de hacer durante el día y de ahí nacen mis resolu­ciones. Iré al Palacio de Justicia: tengo tal causa que defender; encontraré, quizá, personas influyentes que, con su recomendación, querrán corrom­perme: mediante la gracia de Dios, me guardaré mucho de ello. Quizá intenten hacerme algún regalo, que me agradaría: pero no lo aceptaré. Si me siento inclinado a rechazar a alguna de las partes, le hablaré con man­sedumbre y cordialmente

Pues bien, hijas mías, vosotras también podéis hacer oración así, es la mejor forma de hacerla; porque no hay que hacer oración para tener pensamientos elevados, para tener éxtasis y raptos, más perjudiciales que útiles; sino solamente para llegar a ser perfectas y verdaderas Hijas de la Caridad… ¿No os parece este método útil y fácil? La opinión de todas las Hermanas fue que sí.»

San Vicente volverá sobre el mismo tema en la conferencia siguiente de 16-8-40:

«¿Os habéis acordado del método de aquel buen Presidente?»

III. Los efectos de la meditación

San Vicente los enuncia en el breve pasaje en que define la meditación (1X, 420). Habla de «comprender» (inteligencia), de producir afectos, de re­soluciones. Es decir: lucidez, afectos, resoluciones.

1. Lucidez

«En la oración, Dios comunica a sus servidores ¡tantas y tan excelen­tes luces!» (IX, 421).

Luces sobre nuestro pasado o acerca de nuestro porvenir. Revisión… Pre­visión…

  • Revisión, San Vicente emplea la palabra «revista» pasar revista):

«La oración es un espejo en el que el alma ve todas sus manchas y todas sus fealdades. Se ve en Dios… Dios quiere que los que le sirven se miren, pero en el espejo de la santa oración» (IX, 417).

¿Cómo, en efecto, al presentarse ante Dios, no empezar por reconocerse pecador?

«No soy digna de conversar con Dios; pero puesto que la obediencia lo quiere y que es su voluntad, voy a a la oración para honrar a Nuestro Se­ñor» (X, 129, 18-10-1655, «Sig» IX, 2, p. 756).

Después de este acto penitencial, análogo al de la liturgia eucarística, hay que proseguir. Simplemente en el plano humano, la oración es indispensable al hombre de acción: detenerse para vez claro, para evaluar… ¡Qué decir cuando al esfuerzo de la inteligencia se añaden las luces de la gracia!

«Con esta luz, conocéis las cosas como son» (X, 603, 17-11-1658, «Sgi» IX-2, p. 1131).

San Vicente no se queda muy lejos de decir: en la oración se ven las cosas como Dios las ve, en su luz natural de realismo y en la luz de la fe que, a sus ojos, es una «supersabiduría». Debemos ver a nuestros Superiores, a las per­sonas, a las cosas de este mundo, con la mirada misma de Nuestro Señor:

«Estáis llamadas al seguimiento de Nuestro Señor y por eso debéis huir de todo lo que es contrario a El, amar todo lo que El ama, alabar lo que El alaba y estimar lo que El estima» (X, 48, 2-11-1655, «Sig.» IX, 2, p 768).

Y lo mismo han de hacer las Hijas de la Caridad, diríamos por profesión, con la mirada que dirigen al pobre, que fijan en él (mirada que es ya una forma de oración):

«Volved la medalla y veréis, con las luces de la fe, que el Hijo de Dios quiso ser pobre, se nos representa por esos pobres… ¡Ah, Dios mío!, ¡qué hermoso es ver a los pobres si los consideramos en Dios y con la estima que Jesucristo tuvo por ellos! Pero si los miramos según los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables» (Confe­rencia de San Vicente a los Misioneros, XI, 32, Fragmentos, «Sig.» XI-2, página 725).

La oración nos invita así a una constante conversión de nuestra mirada, que dará también nuevo giro a nuestro corazón, enderezando sus inclinacio­nes demasiado naturales. La oración nos lleva a una «revisión de vida», pri­mero en la intimidad, con Cristo, sin complacencia con nosotros mismos, pero llenos de confianza en su misericordia. Después, y sólo después, a costa de esa primera sinceridad, diríamos, podemos hacer revisiones de vida en comu­nidad, que merezcan la pena.

  • Previsión:

«Acordaos del método de aquel buen Presidente… Dios nos hace ver lo que conviene a nuestro adelantamiento, o lo que es necesario que evite­mos» (cf. IX, 417).

¡Cuántas veces en sus cartas y en las sesiones del Consejo, dice San Vi­cente: «Lo pensaremos delante de Dios…!»

Por su parte, era una prudente perspectiva en la que se situaba antes de tomar cualquier decisión, pero era sobre todo un espacio concedido al Espíritu de Dios, su supremo Consejero. Todo lo que sea de alguna consecuencia en nuestra vida, tiene que pasar antes por la oración, muy especialmente cuando se trate de decisiones u operaciones delicadas. Veamos ahora algunas reco­mendaciones concretas de San Vicente:

Advertencia fraterna o en virtud del cargo que desempeña:

«No hay que advertir a cualquier hora; porque lo que creemos ser una falta, acaso no lo sea; hay que hacer antes oración sobre el caso…» (A unas Hermanas enviadas a Provincias, 22-10-50, IX, 534, «Sig» IX-1, p. 499).

«Os ruego, queridas Hermanas, por amor de Dios, cuando queráis ad­vertir a una compañera de una falta, encomendad a Dios lo que vais a decirle, y si la cosa lo merece, haced antes oración sobre ello» (Conferencia sobre la reconciliación, IX, 228, 1634-1646, «Sig.» IX-1, p. 220).

Con motivo de la elección de la Superiora General y de las Oficialas (27-8-1660, X, 741): Veréis delante de Dios la que es más a propósito… «Pro­poneos como resolución mirarlo todo en Dios…»

Estas últimas reflexiones plantean el problema de lo que se llama las distracciones en la oración. Las Hijas de la Caridad, como su padre, son per­sonas de acción. ¿Cómo establecer un corte entre la oración y la vida? La vida de ustedes está consagrada «a las cosas del Señor», es decir, a los pobres (cf. 1 Co., 7, 34). Y sus Constituciones las invitan a que introduzcan en su oración a los pobres a quienes sirven, con sus problemas evidentemente, y los medios que se proponen para servirlos:

  • C. 5 (de 1974): «En… la súplica… son intermediarias de los que se re­lacionan con ellas a lo largo del día…»
  • C. 9: Su oración es «presentación de la vida y de las necesidades del mundo…».
  • C. 31: «La oración por los pobres y en nombre de ellos es el primero de sus deberes…»

Los pobres, presentes en su oración, ¿podrían considerarse como una dis­tracción—, ¿y sus compañeras?

«Lo pensaremos delante de Dios…» Siendo esto así, podemos sorprender frecuentemente a San Vicente en flagrante delito de «distracción». Un ejemplo entre mil: estudia la espinosa cuestión del cohermano que Roma le pide envíe como Obispo a Persia. Primer tiempo de su reacción —lo encontramos en su carta a Luis Lebreton (7-6-40, C. II, 50)—: fastidio, molestia, ganas de decir: «No». Después, dejando la carta a medio terminar, se va a celebrar la misa, hace oración.. Segundo tiempo de su reacción, después de haber estado tra­tando el asunto con Dios, vuelve a tomar la carta:

«He ofrecido a Dios esta pequeña Compañía (de la Misión) para ir a donde Su Santidad nos ordene… En este asunto de Persia no quiero bus­car más que la voluntad de Dios» (ver también III, 182).

Vemos también cómo hacía orar a sus cohermanos acerca de la compra dé una residencia en Roma (V, 459). El mismo escribe a Santa Luisa, que está buscando una carta proporcionada a las dimensiones de su comunidad cre­ciente: «Hay que seguir rezando por el asunto de la casa» (II, 166). Ya se ve. Para él, rezar era «pensar en ello delante de Dios»… Nosotros también po­demos orar por las intenciones, inquietudes, personas queridas que llevamos en el corazón.

¡Qué santa, prudente, «iluminada», consagrada, sería nuestra vida si pusiéramos en práctica esta espiritualidad de San Vicente: «Lo pensaremos delante de Dios»!… Y entonces, ¿cómo podríamos hastiarnos en la oración? Es cierto que no se trata de convertir la oración en una técnica: por ejemplo, prepararse a recibir a una Hermana con delicadeza, atención personalizada, caridad…, ¡eso sí! Pensar en qué vamos a poner de comida…, ¡eso no!

«No es, hijas mías, qué tengamos que emplear todo el tiempo de nuestra oración en prever las cosas que vamos a hacer y los medios para hacerlas bien. Tenemos que’ ocuparnos también en el alma en que tenemos que me­ditar, conversar acerca de él con Dios y por amor suyo» (IX, 35-36, 16-8­1640, «Sig» IX-1, p. 52).

Nuestra oración, acto de religión, «centro de la devoción», como la misa (cf. IX, 3, 5), debe ser esencialmente «desinteresada» (Const. 9).

2. Afectos

«El espíritu se ocupa en producir afectos o deseos de abrazar el bien y huir del mal» (IX, 420).

Esta presentación parece aquí un tanto fría, moralizadora. Pero sabemos hoy que San Vicente entendía por «afectos» lo que nosotros llamamos «sen­timientos». El corazón se conmueve y caldea con la meditación, pero sobre todo se enciende en afecto por Nuestro Señor. A este respecto, es típica la lección que San Vicente da a sus Misioneros en la repetición de oración que tuvo lugar el día de la fiesta del Santísimo Sacramento (27-5-55, XI, 183 y ss., «Sig» XI-3, p. 106):

«Hermanos, observo que en todas las oraciones que hacen, todos y cada uno se esfuerzan por aducir cantidad de razones, razones sobre razones: esto se echa de ver. Pero, en cambio, no producen bastantes afectos. El razonamiento es algo, pero no bastante; hace falta algo más; es necesario que la voluntad actúe y no sólo el entendimiento, porque todas las razones que hayamos discurrido no tendrán fruto alguno si no llegan a los afectos. Por ejemplo, hoy, fiesta del Santísimo Sacramento, no hay nada que mirar ni investigar en cuanto a ese aspecto (el de la doctrina que nadie de los presentes niega)… Lo que tenemos que hacer en esta meditación es diri­girnos a Dios por medio de actos de fe—que hemos de hacer—, de espe­ranza, sí de esperanza en este divino misterio, de caridad, de humildad, de reconocimiento, de adoración, de dependencia. Ahora bien, pidamos perdón a Dios por las faltas que hemos cometido hacia este Sacramento…

Y sobre todo, hay que razonar poco, pero orar mucho, mucho, mucho. Después de haber considerado lo que les acabo de decir, había que elevarse a Dios, y decirle: Señor, enviad buenos obreros a vuestra Iglesia…» (Repetición de oración del 18-10-56, XI, 375, «Sig.» XI-3, p. 247).

San Vicente se dirigía en San Lázaro a misioneros predicadores, con ten­dencia a la controversia. Acaso no habían comprendido bien una definición de la meditación que San Vicente da de pasada: «Es una predicación que se hace uno a sí mismo…» (cf. XI, 90). Por lo que se refiere a los «afectos», reconoce la superioridad de sus hijas:

«La devoción y las luces y las ternuras espirituales son comunicadas con más frecuencia a las jóvenes y mujeres verdaderamente devotas que a los hombres, si no es celos que son sencillos, y humildes ¿Y por qué así, hijas mías? ¡Ah! Es que Dios lo ha prometido y encuentra su agrado en conversar con los pequeños. Consolaos,’ pues, vosotras las que no sabéis leer, y pensad que eso no os impide amar a Dios, ni siquiera hacer bien la oración» (22-1-45, IX, 220, «Sig.» IX-1, p. 21).

¿Era consciente San Vicente de que hacía eco a Santo Tomás de Aqui­no? (Sum. Teol.2, 82-3: La devoción):

«La ciencia…, por ser ocasión de fiarse de uno mismo, impide que se entregue uno totalmente a Dios. Por eso es a veces un obstáculo ocasional a la devoción; mientras que personas sencillas, mujeres, tienen una abun­dante devoción, al reprimir toda elevación orgullosa. Pero la ciencia…, si se la somete perfectamente a Dios, no hace sino acrecentar la devoción.»

3. Resoluciones

De todas formas, la oración es una ventana abierta a la vida, que conti­núa y aun precede a la vida y debe marcarla con su huella:

«Hagan recaer sus resoluciones en las acciones del día, principalmente las que más puedan llevarlas a la perfección, al cumplimiento de su Regla, para mejor honrar a Dios en su vocación…» (16-8-40, IX, 36).

«Propónganse prácticas conformes a los afectos que Dios les haya con­cedido en la oración» (cf. 13-10-58, X, 573, «Sig.» IX, 2, p. 1107).

San Vicente pone en relación la oración con el examen particular (cf. 17­11-58, X, 606, «Sig» IX, 2, p. 1132).

IV. En qué se reconoce que se ha hecho bien la oración

Se podría contestar: en «el intercambio» (Est. 4) que la sigue… Pero San Vicente contesta:

«Se reconoce a los que han hecho bien la oración no sólo por la forma en que dan cuenta de ella, sino mucho más por sus acciones y conducta, en las que se trasluce el fruto que han sacado de aquélla…

Señores y Hermanos míos, temo que varios no hagan la oración como se debe y que se entretengan demasiado en buscar razones, en componer esto y aquello; lo que no es propiamente oración, sino más bien estudio. Se dirán para sí: «Fuerza es que diga algo si me preguntan», y así se dis­traen en componer lo que van a decir. Ahora bien, Hermanos, no hay que hacer así» (A los Misioneros, XI, 253, 16-8-1655, «Sig.» XI, 3, p. 161, y cf. C. XI, 403).

Habremos hecho una buena oración, sencillamente, si salimos de ella me­jores cristianos, más entregados a Dios más animosos —»vuestros empleos son penosos» (IX, 426)—, más pacientes, más inclinados a perdonar. ¡Muchas ora­ciones son necesarias para acabar con ciertas escorias de amor propio, de amargura, de rencor! Habremos hecho bien la oración, sencillamente, si sali­mos de ella con mayor delicadeza en la vida común, con mayor entrega al servicio de los pobres… Si, en una palabra, se han estrechado los lazos de nuestra pertenencia a Cristo y estamos dispuestos a dar fruto, los «frutos del Espíritu» (Gal., 5, 22).

«¡Si supierais, hijas mías, qué fácil es distinguir a una persona que ha hecho oración de otra que no la hace! Si. Es algo visible. Veréis a aquella Hermana modesta en sus palabras y en sus acciones, prudente, recogida, afable, alegre, pero santamente. Podréis decir: «Es un alma de oración». Por el contrario, la que no la haga o la haga con poca frecuencia y se alegre cuando se le presente la ocasión de no hacerla, ésa dará mal ejemplo, no tendrá afabilidad ni con sus Hermanas, ni con los enfermos, será incorre­gible en sus costumbres… Enfadosa para los demás e insoportable para ella misma… ¡Sí!, es fácil darse cuenta de que no hace oración» (IX, 425, cf. 416).

El comunicar la oración, compartiendo con las demás los pensamientos que el Señor ha inspirado (Est. 4; cf. 31-7-34, IX, 4), es una excelente práctica. Es una exhortación fraterna, un acto de caridad espiritual, una muestra de con­fianza y de sencillez. San Vicente fustiga a un misionero que se ha negado a hacer la repetición de oración (XII, 70). Pero es a los pobres a los que hay que comunicar esos buenos pensamientos (cf. IX, 222); también a nuestras Hermanas, en comunidad, a base de esa palabra de Dios, espontánea, aunque «preparada a gusto»… en el ocio de la oración. San Vicente decía a nuestras Hermanas enviadas a Metz (X, 560, 26-8-1658, «Sig.» IX, 2, p. 1096):

«Decid a las señoras algunas palabras de vuestra oración, sin decirles que las habéis pensado en la oración»…

Sor Ana de Gennes «no salía nunca de la habitación de un enfermo sin haberle dicho alguna palabra de edificación» fruto de su oración (IX, 536, 9-12-169, «Sig.» IX, 1, p. 500).

«Pero nosotras, Señor, que somos tan ignorantes, ¿tenemos que decir algo? Hijas mías, no lo dudéis. No temáis pedir a Dios lo que conviene decirles, que El no dejará de inspiraros. ¡Hay nada más bello! ¡Qué con­movedor es ver que, no contentas con todo lo que trabajáis, tenéis en los labios palabras que atestiguan que vuestro corazón está lleno de amor de Dios y que queréis comunicarlo a esos queridos pobres, nuestros amos!» (cf. 22-1-1645, C. IX, 22, «Sig.» IX, 1, p. 214).

V. La contemplación

«Es una conversación del alma con Dios…»

«La oración, hijas mías, es una elevación de la mente hacia Dios, por la cual el alma se desprende de ella misma para ir en busca de Dios en sí. Es una comunicación del alma con Dios, una mutua relación, en la que Dios dice interiormente al alma lo que quiere que ella sepa y haga, y en la que el alma dice a su Dios lo que El mismo le da a conocer que debe decir…

… La otra clase de oración se llama contemplación. Es aquella en que el alma, manteniéndose en la presencia de Dios, no hace sino recibir lo que El le da. Sin acción de su parte y sin que le cueste trabajo. Dios mismo le inspira cuanto ella podría desear y mucho más

En una u otra de esas dos formas (meditación y contemplación) es como Dios comunica tantas y tan excelentes luces a sus servidores; como ilumina el entendimiento…, inflama la voluntad…, como toma entera posesión del corazón y del alma…» (IX, 418).

Estos textos, tan sencillos como admirables, nos invitan a distinguir lo que, con una palabra poco afortunada, podríamos llamar los diferentes «niveles» de oración, nombre genérico que designa actividades del alma muy diversas.

1.- La simple meditación: acabamos de verlo: el espíritu trabaja, lee, re­flexiona, busca, ve, prevé, sin por eso dejar de producir afectos; lo que San Vicente llama «poner en orden las luces recibidas por la meditación, discu­rrir…» (III, 81). La repetición de oración se introducirá con la clásica expre­sión «He visto que…», lo que da a entender que se han introducido «ideas» acerca del «tema». De la meditación, San Vicente dirá: «Todo, el inundo lo puede hacer…, aunque cada uno según sus posibilidades y las luces que Dios le otorga» (IX, 421). Admite cierta ventaja en las personas más cultas: «las personas sabias…» (íd.).

Tenemos en esto un discurso (reflexión) acerca de Dios. Sí, es ciertamente como una predicación que se hace uno a sí mismo…, aunque se piense a veces en los demás. Es una ciencia adquirida a base de esfuerzo.

2.- La oración, en la que se habla a Dios. Es otra cosa que razonar «acerca de Dios». Es el momento de los «afectos» dirigidos hacia Dios. San Vicente los llamaba «suspiros» o «respiraciones», para significar que hay una supe­ración de la propia palabra. La mayoría de sus conferencias las termina mediante una oración dirigida directamente a Dios: «¡Oh, Salvador!…» Des­pués del discurso acerca de Dios, la súplica dirigida a Dios.

Esta oración podría no ser más que un monólogo. Pero si el «alma se des­prende de sí misma para ir en busca de Dios en Sí…» su oración estará hecha de mucho silencio, un silencio que quiere ser acogida, escucha. Analicemos el texto de San Vicente (IX, 419):

Conversación ( = diálogo): Dios dice al alma lo que quiere que sepa, que haga.

Mutua comunicación (o relación) (= intercambio): El alma dice a su Dios lo que El mismo le da a conocer que debe pedir.

El diálogo, en general, debe constar de un tiempo de silencio tan largo, por lo menos, como el tiempo de palabra. ¿Por qué habría de quererse que orar sea únicamente «hablar a Dios»? San Vicente insiste mucho en el silencio interior, en la reflexión, el «recogimiento» del alma que se mantiene en pre­sencia de Dios (como Moisés silencioso…).

Por lo demás, el silencio, la acogida a Dios, la escucha, el descansar en El parecen ocupar todo el tiempo de la contemplación, supremo grado de la oración.

3. La contemplación. Entramos en el campo de las gracias místicas, en el que Dios toma la iniciativa del diálogo, hasta el punto de que el alma puede mantenerse en descanso, en «pasividad»: «Sin acción de su parte…» Dios sólo tiene la palabra; El es quien «inspira», quien «llena el alma de luces» (ciencia confusa), superando con mucho la capacidad intelectual del orante. Esto nos remite a San Pablo (Ef. 3, 20, citado en Const. 51): «Aquel que es poderoso, en virtud de su poder que actúa en nosotros, para hacer sobreabundantemente más de lo que pedimos o pensamos…» Por eso, én esta forma de oración ya no existen sabios ni ignorantes. Dios gratifica a las almas «en la medida del don de Cristo» (Ef., 4,7), con una marcada predilección por los pequeños y TOS humildes:

«Hemos visto al Hermano Antonio…Dios se había comunicado tan abundantemente a él que nunca se habló mejor de Dios» (IX, 423).

San Vicente pensaba —y razones tenía para ello— que Dios podía comu­nicar gracias semejantes a las Hijas de la Caridad, sobre todo durante sus ejercicios anuales:

«…Dios… ilumina el entendimiento…, inflama la voluntad…, toma entera posesión del corazón y del alma».

(sobre los ejercicios, ver también 22 enero 1645, IX, 221, «Sig.» IX, 1, p. 213). Las dos pulsones de la oración pueden, pues, expresarse así:

«Habla, Señor, tu siervo escucha» (1 Sam., 3, 9-10).

Demos a Dios, a quien debemos servir el primero, lo que nuestra espiri­tualidad de servicio nos pide en favor de los pobres: atención, escucha, aco­gida. Las Constituciones emplean esta palabra, «escucha», tratándose de los pobres (C. 30, C. 69) y tratándose de Dios (C. 9). No querremos que Dios sea el más pobre de los que nos rodean, en el sentido de ser el único a quien no esperáramos, buscáramos, escucháramos…

«Señor, me doy a ti…» (fórmula de los votos, Est. 17).

El servidor está atento. Está dispuesto y pronto, también: «He aquí la esclava del Señor…» (Le., 1, 38). ¿Qué mejor oración podemos hacer que la de ofrecernos a Dios? San Vicente dice con mucha frecuencia: «Démonos a Dios…» para todo proyecto de virtud, para todo esfuerzo, para perdonar, para aceptar una cosa difícil, para morir, por último. Reflexionemos en esto: enton­ces es cuando nuestra oración se convierte verdaderamente en una oración de ofrenda: «Dios mío, os pido esta gracia, de curación, de conservar la vida… ¡Alejad de mí este cáliz! No obstante, hágase vuestra voluntad y no la mía. Quiero colaborar así a vuestro designio sobre mí…» Más que un abandono, una resignación, una oración así es una actitud activa, un acto de ofrecimiento, una «oblación»,

«en unión de las oraciones de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen».

Concluyamos volviendo a la conferencia del 31 de mayo de 1648.

Una Hermana hace su «repetición de oración» de aquel día de Pentecostés:

«He mirado la alegría que experimentaba la Santísima Virgen sintiéndose tan llena de amor del Padre y del Hijo, que había operado en ella el mis­terio de la Encarnación; los actos de adoración que tributaría a Dios, las acciones de gracias y la ofrenda que de nuevo le haría de ella misma… Me he dirigido a la Santísima Virgen como Esposa del Espíritu Santo, para que me alcance de El que tome posesión de mi corazón y lo abrase en el sagrado amor» (IX, 411).

Oración final de San Vicente en la misma conferencia (IX, 48):

«¡Oh Salvador Jesucristo!, os suplico que concedáis abundantemente a la Compañía el don de oración, para que, por vuestro conocimiento, pueda adquirir vuestro amor. Dádselo, Dios mío, vos que durante toda vuestra vida fuisteis hombre de oración, desde vuestra más tierna edad la hicisteis y la continuasteis después, preparándoos finalmente por la oración a afron­tar la muerte. Dadnos este don sagrado para que con él podamos defen­dernos de las tentaciones y ser fieles al servicio que esperáis de nosotros».

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