La Misión Popular itinerante y la inculturación

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benjamín Romo, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: Vincentiana.
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Introducción

Voy a iniciar esta charla narrando un cuento que bien puede ilustrar nuestro tema e introducirnos a él.

Un borracho del pueblo, muy conocido, atravezó la aldea tambaleándose. Con su hablar enredado iba anunciando: «He visto un león…he visto un enorme león… he visto un león, hip, muy horrible…». Todos los que lo oían se reían de él pensando en los efectos del alcohol sobre la fantasía, y se divertían observando al borracho.

Quince minutos más tarde, los dos primeros habitantes de la aldea caían destrozados por las garras del león.

Nos podemos preguntar: ¿por qué un anuncio tan importante tenía que ser proclamado por una persona cuyo mal estado le quitaba todo valor y credibilidad?. La distancia tan grande entre las personas en su sano juicio y la persona embriagada impidió que aquellos captasen la verdad que éste proclamaba.

La evangelización es también un anuncio, y más importante aún que la presencia del león. O si se quiere, es el anuncio de la presencia del león de Judá, como en alguna ocasión la Biblia llama a Jesucristo (Cfr Ap 5,5). La distancia puede ser de diverso tipo: social, cultura, física o religiosa.

La distancia ha sido uno de los grandes problemas que el hombre ha tenido que resolver. La distancia entre un lugar y otro, entre una generación y otra, entre una cultura y otra, y de esta última distancia es de la que nos ocupamos en este trabajo.

A. ¿Qué pretendo con estas reflexiones?. No ciertamente agotar el tema, tampoco responder a todas las interrogantes que sobre él nos puedan surgir. Ojalá que logre hacer un poco de luz sobre el tema y suscitar la reflexión y el intercambio entre nosotros, para un enriquecimiento mutuo que nos lleve a buscar caminos para la misión itinerante más eficaz en favor de nuestros pobres.

B. Metodología: Iré presentando algunas reflexiones y en su momento proyectaremos en la pantalla algún cuadro o texto que nos ayude a retener mejor la idea que quiero compartirles. Me apoyo sobre todo en nuestra limitada experiencia Provincial que tenemos en este campo.

1. La misión popular itinerante en la tradición vicentina

Sabemos que las misiones populares fueron, desde el momento de la fundación, el primero y el principal ministerio que san Vicente practicó y que quiso que la Compañía practicara. Lo dice él mismo:

«El nombre de misioneros o sacerdotes de la Misión, nombre que no nos hemos apropiado indebidamente, sino que por beneplácito de Dios nos ha impuesto la voz común del pueblo, muestra con claridad que el oficio de las misiones debe ser para nosotros el primero y principal de entre los trabajos con el prójimo» XI, 10.

Todos los demás ministerios sabemos cómo para San Vicente estuvieron subordinados a este que es el primero y el principal de todos.

Dando un salto hasta nuestras Constituciones, encontramos en ellas lo siguiente:

«Se han de promover con empeño las misiones populares, tan entrañablemente queridas por el Fundador. Emprenderemos, pues, la obra de las misiones, adaptándolas a las circunstancias de tiempo y lugar y buscando con esmero todas las posibilidades de darles nuevo impulso, bien para renovar y reconstruir la verdadera comunidad cris-tiana, bien para suscitar la fe en los corazones que no creen» (C 14).

Tres son los elementos que me parecen importantes en este número y que quisiera resaltar como tres tareas o desafíos que tenemos, hoy, a nivel de nuestra congregación y de nuestras provincias. Ellos son:

1.1. Adaptar las misiones a las circunstancias de tiempo y lugar.

Este primer punto desde luego que nos habla del tema de la inculturación. Nos habla de tomar en cuenta la situación histórica, la eclesiología, la cultura y demás circunstancias que rodean al evangelizado a quien pretendemos dar a conocer el mensaje salvador de Jesucristo.

El reto que se nos presenta en este momento es el de mantener la identidad de nuestras misiones, e incluso nuestra propia identidad, a través de ellas. ¿Cómo seguir manteniendo lo nuestro en un mundo que cambia? ¿qué hacer para que ellas sean un atractivo evangelizador para nuestra Iglesia?. El desafío es discernir lo válido de nuestra tradición vicentina, y descubrir los nuevos derroteros de la Iglesia hoy. ¿Qué elementos deben permanecer? ¿qué debe cambiar en nuestras misiones para que respondan a las necesidades de la Iglesia y del mundo actual?. Nuestra tarea será ubicarnos en el hoy y en el aquí, y hacerlo desde aquello que somos como seguidores de San Vicente.

1.2. Darles un nuevo impulso.

Esto nos indica que nos habíamos quedado rezagados en ellas o habían perdido el interés por parte de nuestra misma Compañía, provincia y personas. Si nos ubicamos en el contexto de la nueva evangelización a la que el Papa nos ha convocado, nos percatamos de que es un «nuevo ardor» el que necesitamos para emprender la evangelización desde este ministerio y tradición vicentina.

¿Acaso en nuestras provincias no se ha perdido este impulso misionero e itinerante que caracterizó a San Vicente y a los primeros misioneros?. Este nuevo impulso nos habla de una profunda y real pasión por el pobre y por la evangelización de él. Nos habla de una fuerte conciencia de ser seguidores de Jesucristo, primer evangelizador de los pobres, y con quien intentamos configurar nuestra vida.1 Y por último nos habla de un gran amor por la Iglesia.

1.3. Para reconstruir la comunidad o suscitar la fe.

Desde nuestras Constituciones tenemos claro el fin de la Misión popular vicentina: Renovar y dar nuevo impulso al camino de fe en una comunidad, parroquia o diócesis. También puede ser la finalidad, suscitar la fe a través del primer anuncio de la Buena Nueva.

El fin de la misión popular vicentina sigue hoy siendo válido porque, ¿qué comunidad no necesita renovarse?. ¡Cuántos pueblos aún no han recibido el primer anuncio!.

2. La mision popular vicentina.

2.1. Con palabras de San Vicente.

Dar a conocer a Dios a los hombres pobres, (cfr San Vicente de Paúl), anunciarles a Cristo, decirles que el Reino de Dios está cerca y que ese Reino es de ellos y para ellos (XI 387;EN 26). El Evangelio que debemos llevar a los pobres es el conocimiento del Padre, revelado en Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo.

2.2. En nuestros días.

¿Cómo podríamos hoy hacer una descripción de lo que es la misión popular vicentina?. Digamos que, «la misión popular vicentina es una acción de la pastoral extraordinaria, que se pone al servicio de la pastoral ordinaria por medio de la abundante e intensa predicación de la Palabra de Dios, pues es un tiempo especial de gracia de la pastoral profética; en su tarea de anuncio y denuncia».2

Dicho de otra manera, podemos decir que va encaminada a lograr una conversión, una instrucción y un compromiso cristiano más fuerte. En la práctica son una síntesis de ejercicios espirituales, de catequesis doctrinales y morales, de prácticas de oración y de penitencia dirigida a toda la población de una zona, buscando con ello una transformación profunda desde el evangelio.

2.3. El Objetivo específico de la Misión popular vicentina.

«Formar en la comunidad, parroquia, zona, etc., una familia que animada por la Palabra de Dios, crea y siga a Jesucristo para celebrar juntos la fe y trabaje por la construcción del Reino de Dios».

Esta comunidad puede constituirse, como nos lo dice el Documento de Santo Domingo, por «pequeñas comunidades familiares» que son la base y el apoyo de toda la comunidad, (parroquia) y de la Iglesia misma.3

Se busca también, en la misión, concientizar a los pastores de la comunidad, como a la comunidad misma, de su compromiso misionero como bautizados en favor de la misma iglesia local y universal de forma que ellos sean los primeros agentes de la misión y de su caminar después de ella.

3. La misión popular itinerante y la inculturación

3.1. Sobre la Inculturación y evangelización

Digamos una palabra sobre la misma inculturación: es el proceso por el cual el mensaje cristiano se inserta progresivamente en una cultura dada a partir de los presupuestos de esa misma cultura. Es la siembra de la semilla evangélica en una cultura, de modo que el germen de la fe pueda desarrollarse en ella y expresarse según su propio genio.4

Una evangelización inculturada puede describirse como una acción en la que hay que considerar cuatro conjuntos de elementos y que podemos ubicar en cuatro cuadrantes:

1 _ 2

___________

3 _ 4

 

En el primer cuadrante colocamos todos los elementos que constituyen la evangelización: Testimoniar con la vida a Jesucristo; anunciar y proclamar con las palabras a Jesucristo, y actuar para que la sociedad se impregne de Jesucristo.

En el segundo colocamos la cultura de quien comunica el mensaje. Es importantísimo el hecho de que quien anuncia el mensaje sea consciente de su propia cultura, de los elementos que la componen, de los valores y antivalores que la animan, de los símbolos y lenguajes que la expresan. De esta manera podrá distinguir entre su cultura y el mensaje evangélico que la anima. De forma que pueda ofrecer el agua para beberse, sin beber el vaso mismo.

En el tercer cuadrante es preciso colocar la cultura de quien recibe el mensaje. Si no se toma con cuidado la cultura del destinatario, el que anuncia no logrará comunicar el mensaje y éste nunca logrará ser percibido como Buena Noticia, esto es como respuesta al deseo profundo de vida del destinatario.

Dice una leyenda que, una vez, Dios decidió visitar la tierra y envió un ángel para que inspeccionara la situación antes de su visita. El ángel regresó diciendo: No tienen comida… no tienen empleo. Y Dios dijo: entonces, voy encarnarme en forma de comida para los hambrientos y en forma de trabajo para los desempleados.

La vida se vive y se expresa en el contexto de la propia cultura sin que por ello se reduzca a ésta. La cultura nos revela el núcleo de valores, de aspiraciones, de preguntas de fondo a las cuales el evangelio, como luz y levadura, responde iluminando y vitalizando. Muchos diálogos del evangelio nos revelan ese contacto estrecho entre las preguntas existenciales de la vida y las respuestas en Dios revelado en Cristo.

En el cuarto cuadrante hemos de considerar la presencia de Dios, la acción del espíritu actuante en el evangelizado y en su cultura. Las culturas no son terreno vacío carentes de auténticos valores. Estos son los gérmenes del verbo, presentes en ellas, y que germinan en salvación al contacto con la Palabra de Dios que todo lo transforma y lo vivifica.

No es la presencia de quien anuncia, que logra que el Señor se haga presente, pues El ya está allí. Al máximo, la presencia de quien anuncia ayuda a ver, a descubrir, a explicitar esa presencia del Señor (Cfr. Hch 17,23-24).

3.2. Características de la misión popular vicentina inculturada.

a. Eclesial.

La misión que ofrecemos debe ser solicitada por el Obispo o el Párroco. Ellos son los que nos dan las facultades para realizar el trabajo misionero en el territorio a ellos encomendado.

Nuestras misiones, se esfuerzan por responder a las necesidades de la Iglesia y buscan siempre la manera de insertarse en los planes pastorales de la diócesis y de la parroquia que se va a misionar.

b. Universal.

La proclamación que hacemos del evangelio de Jesucristo intenta llegar a todos los hombres de buena voluntad.

c. Preferencial por los pobres.

En consecuencia con nuestro carisma vicentino, optamos por las misiones entre los más pobres y abandonados de nuestra sociedad: marginados de las grandes ciudades, campesinos e indígenas.

La opción evangélica y preferencial por los pobres es elemento fundamental en una práctica evangelizadora que responda a las exigencias de la inculturación. El «ver desde los pobres» es clave fundamental del trabajo misionero. Esto se expresa en la metodología, al asumir el punto de vista del otro, dejándose interpelar y aún evangelizar por él. Es ponerse en la piel del otro, e implica actitud de mucho diálogo.

La caridad de Cristo nos impulsa a buscar, y a responder a las necesidades más urgentes de los lugares marcados por la pobreza y que más necesidad tienen de presencia de lo misionero y de la predicación del evangelio para transformar su realidad.

d. Profética.

Nuestra misión conserva al mismo tiempo el gozo de predicar el evangelio y el sentido de la esperanza de un mundo mejor. Somos conscientes de formar parte de un pueblo peregrino, siempre en camino de perfección y abierto a la esperanza del triunfo definitivo del Reino (cf AG 6). En toda misión hay un anuncio gozoso de la Buena Noticia de Jesucristo, y la denuncia de todas aquella realidades de pecado que se oponen al reino.

e. Participativa.

La misión la realiza la misma comunidad que la pide, pues una comunidad evangelizada debe ser a su vez evangelizadora. Los misioneros venidos de fuera son solamente una ayuda, cierto que muy importante, pero sólo eso. Dada la situación de la Iglesia en su momento presente es indispensable la incorporación de ellos en el proceso evangelizador.

f. Situada.

Debe partir de la realidad local, teniendo en cuenta la religiosidad popular, las costumbres y la situación socio-política y las directrices en la pastoral local

g. Encarnada.

Inserta en el pueblo, acomodándose a su estilo de vida, para desde allí hacer patente la vida cristiana de la comunidad.

h. Comunitaria.

Realizar el trabajo de la misión en equipo con los agentes «ordinarios» de la evangelización del lugar, párroco, vicarios, ministros, celebradores, grupos, asociaciones, animadores de comunidades, etc.

i. Itinerante y permanente

Los misioneros vamos de pueblo en pueblo, y se ve la conveniencia, siempre que los mismos obispos o párrocos nos lo pidan, de regresar al lugar misionado para afianzar el trabajo realizado en las comunidades familiares, y sobre todo con los animadores laicos que se comprometieron a trabajar en la evangelización de su comunidad.

j. Mariana.

Nuestra misión debe ser mariana por dos razones, la primera porque es parte de nuestra tradición vicentina, la segunda porque la piedad del pueblo lleva muy en sus entrañas un amor y una devoción entrañable a María, y por tanto la religiosidad del pueblo está fuertemente impregnada de esta devoción a nuestra Madre.

4. Los medios para una inculturación en la misión

4.1. Conocimiento de la realidad.

Es preciso conocer antes la comunidad, su situación económica, social, política y religiosa, principalmente. Hay dos puntos que se deben de tener muy en cuenta para la predicación: el mensaje mismo y el deseo de vida, cuando existe conexión entre ambos el mensaje penetra en la vida misma y la transforma. Veamos dos maneras de predicar a los mismos campesinos.

A. Queridos hermanos campesinos: en este tiempo en que participamos de la carrera del tiempo en que nos sentimos víctimas de la planeación y del computer, de la televisión y del reloj, en que corremos agitados de una reunión a otra, nos estamos volviendo sordos a la voz de Dios.

B. Queridos campesinos: Cuando vemos que las plantas que sembramos se van volviendo amarillas, deseamos que llegue la lluvia, nuestra cosecha puede perderse si no llega el agua. El agua es necesaria para la vida. Por eso Jesús mismo no dudó en presentarse como el agua viva para que el que la beba tenga vida eterna. Sin esa agua nuestra vida cristiana se va volviendo amarilla, marchita y débil.

En el conocimiento de la realidad es necesario conocer el sistema de significados del pueblo, descubrir la verdaderas necesidades, y no las que el misionero cree aunque con muy buena voluntad, analizar los comportamientos, la intención y el sentido que ellos tienen.

4.2. Incorporación de los laicos en el proceso de la misión.

Es importante que en la misión los mismos laicos comprometidos o por comprometerse en la comunidad, conozcan el proceso y la dinámica de la misión, de forma que ellos juegen un papel de compromiso en las distintas actividades de la misión. Ellos, mejor que el misionero que llega de fuera, conocen la propia cultura y pueden exponer en nombre de todo el pueblo lo que es más conveniente en orden a las decisiones que se deban tomar, o los métodos que se deban emplear.

4.3. Acompañamiento posterior a la misión

Desde nuestra experiencia hemos visto como algo positivo el acompañamiento posterior al momento fuerte de la misión, sobre todo para animar a todos los agentes laicos comprometidos con la evangelización. Es también una oportunidad para alimentarles con nuevo material que les facilite su caminar y su proyección de fe desde su realidad cultural concreta.

Este trabajo se ve útil y conveniente realizarlo hasta dos años después de haber realizado la misión. Cabe mencionar que en este trabajo de acompañamiento debe haber un grande interés y compromiso del párroco y de los sacerdote que día a día caminan con el pueblo.

4.4. La dinámica de la misión a través de «las comunidades familiares».

Si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casa de los hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dificultades. Ella tiene la misión de evangelizar y de adelantar la inculturación de la fe en las familias, por lo cual nuestro trabajo misionero y evangelizador debe partir también de actividades y reflexiones sobre la Palabra de Dios que nazcan de pequeños núcleos de familiares, y que unidos a otros constituyen la gran comunidad de la parroquia.

Al realizar el trabajo misionero de esta manera estamos buscando que el evangelio penetre las realidades más concretas y reales de la familia, de forma que también desde esta realidad brote el cambio, la conversión, y el compromiso cristiano que en definitiva construya el reino de Dios.

Dichas comunidades son célula viva de la parroquia que deben caracterizarse por una decidida proyección universalista y misionera hacia dentro de la misma comunidad local y hacia otras comunidades también necesitadas.

5. Actitudes del misionero en la mision inculturada

«El campesino fue donde el oculista con el fin de comprar anteojos para leer. El oculista le puso unos anteojos y lo colocó frente a las letras. El campesino no lograba leer. El oculista buscó otros anteojos más potentes pero tampoco pudo leer. Finalmente le preguntó: ¿Pero, usted ya aprendió a leer?. No, aún no, respondió el campesino, por eso quiero anteojos para leer».

Es inútil llevar anteojos para leer si antes no se aprendió a leer. Igualmente es inútil saber toda la teoría sobre una nueva evangelización inculturada si antes no se aprendió a ser, en la mente y en el corazón, un evangelizador inculturado en su sentido más profundo.

5.1. Pensar y amar a la medida del género humano.

Tener un corazón con dimensiones universales que busca amar a todos. Este es el «hombre nuevo» del que habla san Pablo: «Aquí no se hace distinción entre griego y judío, entre quien fue circuncidado y quien no. No hay más extranjero, bárbaro, esclavo u hombre libre, sino Cristo en todos y en todo» (Col 3,11). Es el hombre nuevo revestido del espíritu y sentimientos que tuvo Cristo: Comprensión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, mortificación, perdón, paz, agradecimiento (cfr Col 3,9-17).

El Papa Juan Pablo II lo expresaba así:

«todos estamos llamados a reconocer esa solidaridad básica de la familia humana como condición fundamental de nuestra vida sobre la tierra». Las actitudes del misionero inculturado le llevan no solo a subir muy alto, sino también a bajar muy bajo y ser solidario con aquellas condiciones infrahumanas de la humanidad misma.

5.2. Estar abierto a todo lo diferente.

Nuestra vida está movida por dos fuerzas; la una que nos lleva a agruparnos con los que más se asemejan a nosotros, clase social, raza, lengua, cultura. La otra nos lleva a solidarizarnos con aquellos que son diferentes de nosotros. Más un ser humano es diferente de nosotros, más debe interesarnos, pues representa un fragmento de humanidad que debe revelársenos. El más diferente no es sólo el alejado geográficamente, a veces es sólo una lejanía vivencial. Así nos lo presenta Jesús en el Evangelio. Para el judío el más diferente era el Samaritano. De ahí la insistencia de Jesús de acercarse al Samaritano como vemos en la parábola (cfr Lc 10, 25-37), en su encuentro con la samaritana junto al pozo, o en dar relieve al Samaritano curado, el único agradecido entre los diez leprosos.

5.3. Saber relativizarse a sí mismo.

En el camino para crear la identidad personal o cultural corremos el peligro de caer en absolutizaciones, en creerse autosuficiente, perfecto, de forma que al lado de sí mismo los otros pueden ser poca cosa, todo para reforzar la propia identidad, incluso se construyen leyendas que terminan en la absolutización, y lo que es más grave, en la incapacidad de abrirse al otro. El misionero es el hombre que relativiza todo y sabe que solo hay un absoluto: Dios. Se acomoda en su mentalidad.

Se cuenta que en las primeras comunidades cristianas, cuando uno de los miembros debía emprender un largo viaje, se rompía una vasija de barro y se le daba uno de los fragmentos. Al regresar, sería reconocido por el fragmento que, unido a los otros , pondría la vasija de barro. Si nuestra identidad es sólo un fragmento de humanidad, debemos estar dispuestos a unir dicho fragmento para recomponer la totalidad.

5.4. Asumir el riesgo en favor de la vida ajena.

Esto es parte fundamental de nuestra vocación misionera; dar la vida por el pobre ya que en él encontramos a Jesucristo. En la vida vale la pena arriesgarse, lo importante es saber el motivo del riesgo. Lo importante es saber por quién se juega la vida. El misionero es aquel que se priva de seguridades para dar la vida en favor del pobre, del herido, del enfermo, del necesitado, de todo aquel que en el camino de la vida «se condena y se muere de hambre».

Para lograr un buen contacto con la otra cultura a evangelizar es preciso ser humildes, sencillos, sacrificados y de mucha oración.

Conclusión

Necesitamos intensificar nuestra reflexión y nuestra búsqueda para llegar a hacer más realidad lo que el no. 14 de nuestras constituciones nos piden: Adaptar las misiones de forma que ellas no queden desfasadas y dejen de ser una respuesta a las necesidades de la Iglesia de hoy.

Necesitamos también buscar nuevos métodos, nuevas estrategias y nuevos contenidos teológicos, especialmente cristológicos, eclesiológicos y pastorales que respondan mejor a las realidades concretas de nuestros países y a las directrices de nuestra Iglesia universal, de nuestras conferencias episcopales y sobre todo a la realidad concreta que se misiona, sea diócesis o parroquia.

Por último recordando el caminar de nuestra Compañía en estos últimos años nos sentimos impulsados sobre todo a tomar muy en serio el quehacer de «hombres nuevos», ya que todo intento de inculturación del evangelio desde el ministerio de las misiones sería inútil e ineficaz, si no es emprendido con unas disposiciones de un misionero que se ha tomado en serio el evangelio, la evangelización y la espiritualidad de San Vicente de Paúl.

Bibliografía

  1. Luis Augusto Casto, «Beber en el Pozo ajeno«, ed. Paulinas – Colombia, 1989, 1a. edición.
  2. Directorio de Misiones Populares Vicentinas, Provincia de México, 1995.
  3. AA.VV. «Diccionario de Espiritualidad Vicentina«, CEME, Salamanca. 1995.
  4. Revista «Christus«, México, abril-mayo 1994; junio 1993, Diciembre 1994.
  5. Revista Concilium, no. 251, febrero 1994.
  6. Documento de Santo Domingo.
  7. Documentos Pontificios, «La Liturgia y la inculturación«, no 107, ed. Paulinas, México, 1994

Directorio de misiones populares vicentinas, México 1995, p. 4.

  1. Cfr. Const. 1.
  2. Directorio de misiones populares vicentinas, México 1995, p. 4.
  3. Cfr. DSD nos. 55-64
  4. José Manuel Madruga, I.E.M.E., «Teología de la inculturación», en, San Vicente y la Misión Ad gentes; XXI Semana de Estudios Vicencianos, CEME, Salamanca 1995 pp. 75-98.

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