La «fundación» de Andújar

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1980 · Fuente: Anales españoles 1980.
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Andújar, la antigua Illiturgi, cuna de varones ilustres, ciudad afortunada por su hermoso cielo y su saludable clima, aunque algo extremado, como por su si­tuación geográfica; ubicada al pie de Sierra Morena, a la derecha del Guadalqui­vir, en una planicie que se extiende entre este río y el arroyo Mestanza…; no me­nos afortunada por las óptimas vías de comunicación con que cuenta; por su feraz campiña, sus extensos olivares y dilatadas dehesas en la decantada cordi­llera Penibética…; más afortunada aún por haber sido sede del varón apostólico San Eufrasio y haberse aparecido en ella la Virgen de !a Cabeza, cuyo santuario se levanta, majestuoso, en lo más empinado y abrupto del centro de dicha sie­rra…; afortunada también por su talante hospitalario y por ser tal vez la más hermosa de las muchas ciudades del Santo Reino y, entre ellas, la más y mejor marcada con el sello de la sal y gracia andaluzas… Fue la primera ciudad de Andalucía que abrió sus puertas y recibió con entusiasmo a los hijos de San Vi­cente de Paúl, quienes el 15 de agosto de 1879 se hicieron cargo de la fundación que se les ofrecía en ella.

Origen de la Fundación

Débese esta fundación a la piedad y munificencia del Excmo. Sr. don José Ma­ría Valenzuela y Lassus, marqués del Puente de la Virgen.

Dios había dotado a este señor de un corazón generoso y compasivo; de aquí que todos los necesitados acudiesen a él seguros de hallar remedio en sus apu­ros. En las calamidades públicas, él era el primero en acudir en socorro de los necesitados, arrastrando con su ejemplo a los demás nobles y ricos.

Este fue el hombre que escogió Dios para fundar la primera casa que en la hermosa Andalucía posee la Congregación.

Otro instrumento no menos eficaz, del que se sirvió igualmente la Divina Pro­videncia para llevar a cabo sus designios de nuestra fundación en Andújar, fue don Francisco López Requena.

Aunque Dios se había mostrado espléndido con el señor marqués, concedién­dole bienes de fortuna en abundancia, no le había concedido, sin embargo, el don de la salud corporal, pues dicho señor estaba casi por completo paralítico, viéndose precisado a valerse de un sillón, manejado por sus sirvientes, para tras­ladarse de un lugar a otro. Esta triste circunstancia sirvió tal vez de mucho para erigir esta Casa.

Don Francisco López Requena, que había sido novicio de la Congregación, con­servó siempre su afecto por ella. El, una vez terminado el servicio militar, vino casualmente a Andújar y entró al servicio del señor marqués, quien muy pronto depositó en él su confianza.

Trataba por entonces el señor marqués de entregar su ex convento de Capu­chinos a alguna comunidad religiosa para que se encargase de atender el culto que a la Divina Pastora se le daba en la iglesia del ex convento, y a la cual tenía mucha devoción. No pudiendo aceptarlo los Capuchinos por falta de personal, intervino don Francisco López Requena para que se lo ofreciera a nuestra Con­gregación.

Enterado el P. Cardellac, quien por aquellos días se encontraba dando ejer­cicios espirituales a las Hijas de la Caridad no lejos de allí, se avistó con el se­ñor marqués y después con el P. Aquilino Valdivielso, Procurador provincial, a quien el señor Visitador, P. Mariano Joaquín Maller, confió este asunto, y empe­zaron los trámites para la fundación. Terminados éstos y cerrado el contrato el 15 de agosto de 1879 con el beneplácito del Excmo. Sr. Obispo de la diócesis, doctor Manuel Basulto, ese mismo día tomó posesión de la Casa el mencionado P. Cardellac, que por algún tiempo contó con la ayuda del sacerdote diocesano señor Posadilla, natural de San Lúcar de Barrameda, dado que no acababan de llegar los Padres que debían formar la Comunidad de Andújar. Era entonces Superior General de la Congregación el P. Antonio Fiat.

Tan sólo nueve meses permaneció al frente de la Casa el P. Nemesio Carde­llac, pues habiendo sufrido un ataque de apoplejía fue trasladado a Madrid, don­de murió a consecuencia del mismo. Sucedióle el P. Farré, que llegó a ésta el 2 de octubre de 1880, y para finales de este año ya se hallaba formada la Comunidad. Esta se componía de ocho Misioneros: los PP. Farré, Rojas, Pato, Arana y López, junto con los Hermanos coadjutores Adrover, Pedrosa y Pérez, si bien los PP. Pato y Arana, que habían sido destinados a la nueva fundación en 1879 para reponerse y terminar sus estudios en ésta, fallecerían muy pronto.

En mayo de 1880 había entregado el señor marqués lo que en principio sería la dotación y renta de la Casa, y que posteriormente se completaría al entregar en 1888 los albaceas del ya fallecido señor marqués un legado que incluía un olivar con 1.500 olivos denominado “Quitapesares” y una haza contigua a la Casa de 90 áreas y 30 centiáreas, más otro pequeño olivar de noventa pies. Este se vendió más adelante, y su precio fue agregado al capital. Así quedó consolidada la Fundación.

Por todo ello, el señor Visitador, P. Maller, exhortaba a los sacerdotes y her­manos de este Casa “a dar gracias a Dios y a ser siempre agradecidos al ilustre don José María Valenzuela y Lassus, a quien de algún modo podemos apellidar nuestro padre, como apellidaba San Vicente al prior de San Lázaro por igual razón” (visita canónica de 14 de enero de 1888, según nota escrita por el P. Ra­fael Arnáiz).

Esta gratitud debe extenderse también a don Francisco López Requena, que si al tener que ir a Cuba para hacer el servicio militar dejó la Congregación cuan­do todavía era novicio, fue en cambio el mejor y más fiel amigo de esta Comu­nidad, a la que favoreció constantemente hasta el momento en que el Señor le llamó a Sí el día 19 de mayo de 1921.

La Compañía en Andújar recordará siempre con veneración y gratitud a estos dos insignes bienhechores.

Lo estipulado en el contrato

Del contrato suscrito por la Compañía al aceptar esta fundación se sigue que hay:

  1. Obligación estricta de dar culto a la Divina Pastora en su templo anejo a la casa.
  2. Deseos —no obligación estricta— del ilustre donante de que se hiciese en esta casa un centro de enseñanza para el bien de la población.
  3. Ofrecimiento voluntario y decidido empeño de los Padres para trabajar en la obra de las misiones populares y dar ejercicios espirituales al clero en la me­dida que les sea posible y lo permitan las circunstancias.
  4. Deber de atender a la capellanía de las Hermanas del colegio de San José, salvo que los Superiores dispongan otra cosa.

Sobre estas bases se asienta el contrato fundacional.

El edificio y la Iglesia de la Fundación

El edificio, que había sido un convento de Capuchinos fundado en el año 1645 por el caballero de Alcántara don Alonso de Valenzuela Pérez Serrano, ascen­diente de don José María Valenzuela y Lassus, está situado al nordeste de la ciu­dad, y ocupaba por entonces, junto con los patios, jardín y huerta, una superfi­cie de más de 15.000 metros cuadrados.

De todo ello se incautó el Ayuntamiento de Andújar al ser suprimido y des­amortizado dicho convento el 5 de septiembre de 1835, lo cual obligó a los Capu­chinos a abandonarlo. Pero el señor Marqués, que por herencia de sus antepa­sados tenía derecho sobre él y sus rentas, apremiando su devolución en la Corte, consiguió que se le devolviera mediante Real Orden de 25 de marzo de 1845, y en su bondad lo prestó para alejamiento de pobres, gitanos y vagabundos, quienes lo redujeron en poco tiempo a tal estado de deterioro que tuvieron que dejarlo.

Así se encontraba el ex convento cuando nuestros Misioneros lo recibieron.

No sufrió tanto el templo. Este, aunque sobrio en su conjunto, es bello, de estilo renacentista. Sus adornos y decorado están hechos con tanto gusto y sen­cillez que casi no se puede pedir más. Presenta la forma de cruz latina, aunque algo irregular, pues el ábside es más largo que los brazos de la cruz. Mide 21,80 metros de largo por 6,90 de ancho. Su pavimento en aquel tiempo era de baldo­sín de muy buen gusto. Contaba con siete altares y todo él tenía un zócalo de azulejos de relieve cuya altura era de 1,60 metros.

El señor marqués, tan pronto lo recuperó, costeó un capellán con el fin de que lo atendiera, e hizo que se restaurara el culto a la Divina Pastora, su titular, mandando construir en el presbiterio un hermoso camarín para su imagen, ima­gen que, según las indagaciones realizadas por el P. Rafael Arnáiz, había sido esculpida en 1714 ó 1715, es decir, en los primeros tiempos de esta advocación, introducida en el Pueblo de Dios el año de 1703, no sin inspiración divina, por Fr. Isidoro de Sevilla (Cfr.: La Divina Pastora y el Beato Diego de Cádiz, por Juan Bautista de Ardales, t. 1, c. 2.°).

Indudablemente, este templo constituía la joya de la casa, aunque al hacerse cargo de la misma los nuestros, precisaba de diversas reparaciones.

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