La Fe de san Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Morin, C.M. · Año publicación original: 2008 · Fuente: Ecos de la Compañía, Nº 06.
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I. San Vicente: un creyente

Para abordar cualquier tema referente a San Vicente, el método más seguro siempre es el de volver a la experiencia y al recorrido del Fundador. Por temperamento y por formación, Vicente de Paúl fue siem­pre un hombre que concedió gran importancia a la vida, al acontecimien­to y a la experiencia. Es ésta pues, una de las principales características de su espiritualidad. Veamos de nuevo, en primer lugar, el recorrido de Vicente y su itinerario hacia la fe.

Como para todos nosotros, el medio familiar y el periodo de la infancia jugaron un gran papel en la existencia de Vicente de Paúl. Nació en una familia campesina, pobre, profunda y tradicionalmente cristiana. Lo mejor de su primera formación cristiana, se lo debe, con toda certeza, a sus padres, sobre todo a su madre, a su familia y a su entorno.

No se sabe prácticamente nada del estado y la vida de la parro­quia de Pouy en esa época, pero es muy probable que fuera de la misa del domingo, la animación pastoral estuviera al nivel de todas las peque­ñas parroquias rurales de la región, es decir, prácticamente inexistente. En particular, no habría, sin duda, el catecismo organizado para los niños. Veremos que la catequización fue una innovación y una de las grandes acciones organizadas por san Vicente en la iglesia de Francia, precisa­mente porque por donde quiera que pasaba, sólo podía constatar su inexis­tencia o su mediocridad.

Hasta los 14 años, el joven Vicente apenas recibió educación cristiana, sólo en su familia y en su entorno. Sin embargo esta educación marcó profundamente y para siempre su fe. Al no tener tiempo para desarrollarlo extensamente, permítanme llamarles la atención, sobre un aspecto particular de la fe de Vicente de Paúl, un aspecto más importante que de lo que de ordinario se cree. Vicente tuvo una fe rural, es decir, una fe orientada por el pensamiento de la Providencia, una fe sustentada en el evangelio (sobre todo en su parte rural: las parábolas, por ejemplo), una fe sencilla «no rebuscada», como él decía; una fe práctica y concreta, atraído más por la vida que por las consideraciones intelectuales. Si tie­nen tiempo, busquen estas pistas que yo hoy sólo puedo evocar.

Así pues, la fe de Vicente de Paúl que, en primer lugar se inicia y forma en su medio familiar y social, quedó profundamente marcada en él.

A continuación vinieron nueve años de estudios, de 1595 a 1604, años también importantes. En el colegio de Dax, debía enseñarse el catecis­mo, tanto más, cuando en la época no había apenas distinción entre la ins­trucción religiosa y los estudios profanos: se aprendía a leer y a recitar los libros de oraciones, se estudiaba la Historia sagrada y la vida de los Santos.

Pero fueron sobre todo los años pasados en la Universidad de Toulouse los que permitieron a Vicente abordar seriamente la teología, tal y como se enseñaba en la época. Nuestro estudiante dejó la Univer­sidad con un diploma de Bachiller, lo que le daba derecho a ser docente. Subrayemos de paso el grado de formación y cultura de Vicente de Paul, muy por encima de la media del clero de la época. Con verdad, él se decía: «pobre escolar de cuarto». Humildad gascona, diríamos… lo que parecía querer decir… ¡un poco de humildad y mucha fanfarronada!

Se ha insistido mucho sobre la inteligencia práctica y concreta de Vicente de Paúl, del que a veces se ha hecho una especie de cura de Ars anticipado… Pero es justo recordar que San Vicente había hecho unos estudios de muy buen nivel. Y, podemos pensar que estos estudios lo ayudaron eficazmente a estructurar su fe, incluso si al parecer no lo llevaron a rectificar su primer proyecto de vida.

Durante sus estudios, Vicente atravesó las diferentes etapas hacia la ordenación sacerdotal: tonsura el 20 de diciembre de 1596, subdiacona­do y diaconado en 1598, sacerdocio el 23 de septiembre de 1600. Estas experiencias han marcado ciertamente el itinerario de fe de Vicente de Paúl. Escribirá un día «… si hubiera sabido lo que era, cuando tuve la temeridad de entrar en este estado, como lo supe más tarde, hubiera pre­ferido quedarme a labrar la tierra antes que comprometerme en un estado tan tremendo. Esto mismo es lo que les he dicho mil veces a las pobres gentes del campo, cuando para animarles a vivir contentos y como buenas personas les manifestaba que los consideraba felices en su condición. Efec­tivamente, a medida que me voy haciendo más viejo, más me confirmo en estos sentimientos, ya que descubro cada día lo lejísimos que estoy de aquella perfección en que debería esta» (Coste V, 540). Lo menos que se puede decir es que el joven estudiante de Toulouse, en 1600 no había tomado aún conciencia del sacramento y de la misión que recibía.

Después de los estudios en Toulouse, vino el período de los viajes; periodo mas bien movido, hasta el punto que a veces fue difícil seguir a nuestro Vicente viajero, que corre para conseguir un buen retiro.

A finales de 1608, lo encontramos en Paris. Se convierte enton­ces en el responsable de la distribución de las limosnas en la corte de Margarita de Valois y atraviesa una primera prueba: es injustamente acusado de robo. Mucho más tarde, el Señor Vicente recordará el penoso incidente y lo contará a los misioneros para terminar su relato diciendo: «Mirad, Dios quiere a veces probar a las persona, y para ello permite que sucedan estas cosas» (Coste X1-3, 230).

Parece que en ese momento, Vicente comienza a reflexionar seriamente y más teniendo en cuenta que conoció a Pedro de Béruile, fundador del Oratorio. Bérulle era un maestro espiritual impresionante, austero, profundo: Vicente se pone bajo su dirección.

La influencia de Bérulle en el desarrollo y la maduración de la fe de Vicente de Paúl fueron importantes, incluso si después de algunos años, el discípulo prefirió distanciarse. La fe de Vicente fue provocada, sobre todo, en dos puntos: Cristo y el sacerdocio. En efecto. Bérulle y toda la escuela francesa de espiritualidad, por una parte insistieron mucho en una fe centrada en Jesucristo y por otra parte, en la dignidad del estado sacerdotal. Se adivina fácilmente que este reciclaje teológico, sobre todo espiritual, llegaba en buen momento. Es entonces cuando Vicente de Paúl fue lanzado a la experiencia entusiasta de Clichy.

Era ya sacerdote desde hacía doce años y prácticamente era la primera vez que se encontraba realmente ante una situación pastoral. Fue un período extraordinario: «Tenía un pueblo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que le mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no dejaron de hacerlo. Venían y se confesaban, y cada día iba viendo los progresos que realizaban sus almas. Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: ¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pue­blo!». Y añadía: «Creo que el Papa no es tan feliz como un párroco en medio de un pueblo que tiene un corazón tan bueno». Y un día el señor cardenal de Retz me preguntó: » ¿Qué tal, padre? ¿Cómo está usted?». Le dije: «Monseñor: estoy tan contento que no soy capaz de explicarlo». » ¿Por qué?». «Es que tengo un pueblo tan bueno, tan obediente a cuanto le digo, que me parece que ni el Santo Padre ni su Eminencia son tan felices corno yo». (Coste IX-1. 580).

Este eco de felicidad es muy significativo en el itinerario espiri­tual del Señor Vicente. Vemos a un sacerdote resituado y reequilibrado en medio de un pueblo y una fe que se despierta con el contacto de la fe sencilla del pueblo.

Sin embargo, Vicente aún no había abandonado su proyecto de una honrosa jubilación. Después de dieciséis meses en Clichy, entró como preceptor en la influyente familia de los Gondi. Fue como el día y la noche. En efecto, la promoción fue indiscutible, pero a la actividad pas­toral tan consoladora, le sucedió una cierta ociosidad dorada. El contacto directo, cautivador y cálido de un pueblo bueno, fue sustituido por las costumbres con clase de una gran familia y sobre todo, por la presencia acaparadora de la Señora de Gondi, sin duda generosa pero muy escru­pulosa. Se comprende que Vicente en una tal situación, se haya poco a poco deteriorado y asfixiado.

Es entonces cuando pasa por una terrible crisis que alcanza lo esencial de su fe. Abelly, primer biógrafo de San Vicente, nos dejó al­gunos detalles sobre esta prueba y además sabemos que Vicente llegó incluso a no poder recitar el «Credo». Más tarde él mismo dirá lo que podemos considerar como un recuerdo autobiográfico: «Esto nos enseña, de pasada, cuan peligroso es vivir en la ociosidad, tanto de cuerpo como de espíritu: pues, lo mismo que una tierra, por muy buena que sea, si se la deja durante algún tiempo sin cultivar, enseguida produce cardos y abrojos, también nuestra alma, al estar largo tiempo en el descanso y la ociosidad, experimenta algunas pasiones y tentaciones que la incitan al mal.» (Coste XI-4, 726). Es sin duda un poco en este estado en el que se encontraba Vicente de Paúl en vísperas del célebre año 1617; el año… (Se puede decir y Vicente él mismo lo sugirió), el año de la conversión.

No vamos a volver sobre los acontecimientos ya conocidos de Gannes-Folleville y Chátillon-les-Dombes. Simplemente unos comenta­ríos, tocando por encima la historia.

Los testimonios que poseemos sobre los dos acontecimientos y sus consecuencias, nos permiten seguir de modo bastante cercano el iti­nerario psicológico y espiritual, durante esta etapa capital de la historia de la fe de Vicente de Paul.

En Gannes, después de la confesión del anciano, Vicente se nos muestra impresionado y desprevenido, como alguien que sale de una larga noche. Necesita un educador, un estimulador… Esta será una esti­muladora. En efecto, cuando Vicente evocará el acontecimiento de Gan­-nes-Folleville, siempre dará un lugar importante y de primer plano a la Señora de Gondi y podemos estar seguros que no fue sólo por humildad.

Fue la Señora de GONDI quien subrayó e interpretó el aconte­cimiento. Fue ella, quien, como buena escrupulosa, generalizó y drama­tizó: «¿Qué es lo que acabamos de oír? Esto mismo les pasa sin duda a la mayor parte de estas gentes. Si este hombre que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación, ¿qué ocurrirá con los demás que viven tan mal? ¡Ay, señor Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Qué reme­dio podemos poner?» (Coste XI-4, 699). Fue ella también la que impulsó a Vicente a predicar al día siguiente, incluso le sugirió el tema de la predicación; y fue ella quien pidió al Señor Vicente que continuara la experiencia de pueblo en pueblo. Fue necesaria esta excitación por parte de la Señora de Gondi para que Vicente reaccionara. Los textos lo afir­man y psicológicamente se comprende muy bien. No olvidemos que Vicente acababa de salir de una crisis.

Al día siguiente Vicente predicó y se sabe cual fue la reacción simple y masiva de la gente de Folleville, hasta el punto que tuvieron que llamar a los Reverendos Padres Jesuitas de Amiens para responder al inesperado número de penitentes. Después de la exaltación providencial y determinante por parte de la Señora de Gondi, vemos pues el testimonio tan provocativo e irresistible del buen pueblo. Sin novelar, podemos pensar que en la tarde del 25 de enero de 1617, Vicente de Paúl encontró al menos un poco de gozo, como el que conoció en Clichy: «la felicidad para un párroco en medio de un pueblo que tiene un corazón tan bueno» (Coste LX-I, 580).

En los días y los meses que siguieron, Vicente vivió de nuevo la experiencia de Folleville en otros pueblos y esto le hizo, sin duda, iniciar una profunda revisión de vida. ¿Podía continuar siendo preceptor en una gran familia, después de haber vivido lo que acababa de vivir? A finales de julio, desapareció de casa de los Gondi. Una carta del Señor de Gond, conocida por Abelly, muestra el asombro que provoca esta fuga: ¡Estoy muy sorprendido de que no haya dicho nada de su resolución! huyó, lo que era prueba de una decisión, pero igualmente señal de una cierta fragilidad y de una cierta desconfianza en si mismo. El Padre de Bérulle formaba parte del complot, ya que fue él quien propuso a Vicente ir a Chátillon.

Pasaron tres semanas cuando tuvo lugar el segundo aconteci­miento. En esta nueva situación, se mide todo el camino recorrido desde el 25 de enero. La estimuladora ya no estaba y Vicente reacciona solo y en el acto: esta vez es la hora de la Providencia.

Observemos que una vez más, el buen pueblo jugará un papel determinante, por la acogida que hizo a la llamada de su nuevo párroco y por su espontánea generosidad. La misma tarde del 20 de agosto de 1617, Vicente sacó las lecciones del acontecimiento y pensó sin duda, una vez más, en la felicidad de un párroco en medio de su pueblo.

Así, el tiempo recorrido desde el 24 de enero al 20 de agosto de 1617, fue efectivamente el período clave de la historia de la fe del Señor Vicente.

Más tarde, el itinerario continuará. Pero puede decirse que, desde 1617, la fisonomía espiritual de Vicente de Paúl estaba trazada y que los rasgos más importantes de su fe se habían fijado. Estos rasgos de la fe de san Vicente, los reduciremos a cuatro: Cristo, el Evangelio, la Iglesia y el Acontecimiento.

1. En primer lugar Cristo

Ya les he señalado con motivo del encuentro de Vicente con al Padre de Bérulle, que el centrar la fe en Jesucristo fue una de las grandes ideas de la Escuela francesa. Aproximadamente conocemos los progra­mas y los métodos de estudios en la Universidad de la época y podemos decir que probablemente no fue a su estancia en Toulouse a la que Vi­cente debe su fe profundamente «cristocéntrica», como decimos hoy.

Durante las sesiones, a veces bromeo respetuosamente con el Padre de Bérulle, autor de una «Vida de Jesús en el seno de su madre». Esto no impide que reconozca con mucho gusto que el mismo y los demás maestros de la Escuela francesa prestaron a Vicente de Paúl y también a nosotros, un servicio incalculable.

Desde finales de la Edad media, la fe y particularmente la fe del buen pueblo no llegaba a desprenderse de las mil prácticas, devociones, creencias y a veces, supersticiones de toda clase. En esta acumulación inverosímil que pensaba ser una fe, el dogma, la moral y el culto se presentaban a menudo y se admitían, sin que hubiera recurrido a cual­quier jerarquía de valores ni a la mínima estructuración. Saben ustedes que el protestantismo sólo fue una reacción, podríamos decir normal, contra este estado de hecho.

El concilio de Trento, en la mitad del siglo XVI, volvió a definir con energía y con claridad, todo lo relativo a la proposición de la fe. Pero el Concilio y sus decisiones fueron reconocidas en Francia por los Esta­dos Generales, bastante tarde, es decir, 51 años después del Concilio y como consecuencia su aplicación fue muy lenta.

La Escuela Francesa de espiritualidad tuvo, pues, el gran mérito de centrar de nuevo la fe en el misterio del Hijo de Dios. Vicente de Paúl sobre este punto capital, fue un alumno muy concienzudo de la Escuela francesa. «Acuérdese, Señor», escribía a uno de sus cohernanos, «Acuérdese, señor, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y qué nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo». (Coste 1. 320).

Esta frase que en realidad posee el balanceo de un himno, puede parecer un poco complicada. En cuatro o cinco líneas, el Señor Vicente cita ocho veces el nombre de Jesucristo y esto me parece una imagen fiel del lugar que ocupaba Jesucristo en la fe de Vicente de Paúl.

Había, por fin, encontrado esta fe sencilla y viva; esta fe «no rebuscada». Desde entonces todo se organiza a partir del principio de que nuestra vida debe ser una continuación de Jesucristo e imitación de Je­sucristo. Estos dos temas, vuelven sin cesar al pensamiento y a la acción de San Vicente.

Pero si Vicente se reveló así un alumno brillante y entusiasta de la Escuela Francesa, fue mucho más lejos. La escuela presentaba una doctrina teológicamente sólida, pero un poco etérea y planetaria. Para darse cuenta de ello habría que leer, por ejemplo, «Las elevaciones de Jesús en sus principales estados y misterios», de BERULI.E. ¡Son unas Elevaciones muy elevadas! «Y durante ese tiempo», hubiera dicho Vicen­te… «el pobre pueblo muere de hambre y se condena»

La fe de Vicente de Paúl en Jesucristo, fue definitivamente marca­da por los acontecimientos de 1617. El Cristo que se reveló en Gannes-­Folleville y luego en Chátillon, fue como, no cesaba de decirlo, Cristo enviado por Dios para evangelizar y servir a los pobres: «Así pues, señores y hermanos míos, nuestro lote son los pobres, los pobres: Pauperibus evan­gelizare misit me –Me ha enviado a evangelizar a los pobres—. ¡Qué dicha, señores, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra, y mediante lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo! ¡Continuar la obra de Dios, que huía de las ciudades y se iba al campo en busca de los pobres! En eso es en lo que nos ocupan nuestras reglas: ayu­dar a los pobres, nuestros amos y señores». (Coste X1-3, 324).

De este modo, Vicente de Paúl puso todas las riquezas indiscu­tibles de Bérulle y de los grandes maestros espirituales en relación con los pobres, con el pequeño pueblo de Dios. Quien estaba en el centro de su fe, era JESUCRISTO enviado para evangelizar a los pobres. Encon­tramos ahí el rasgo fundamental de la fe de san Vicente: una adhesión a Jesucristo… a Jesucristo enviado a los pobres. Tendremos una ilustración de ello al detenernos en el segundo trazo que caracteriza esta fe.

2. El Evangelio

Segun Abelly, un cohermano del Señor Vicente dijo: «El Evan­gelio era su libro y su espejo: en él se miraba en toda ocasión, y cuando tenia alguna duda de cómo debía hacer una cosa para que fuera perfec­tamente agradable a Dios, inmediatamente consideraba de qué modo habría actuado Nuestro Señor en una circunstancia parecida o bien, lo que había dicho de aquello, o lo que había expresado en sus máximas».

Para Vicente de Paúl el Evangelio era el libro por excelencia de la fe, el libro que le permitió encontrar directamente y sobre todo de modo muy sencillo, el pensamiento y la voluntad de Jesucristo. Está claro que no es una actitud tan original, porque esta aproximación del Evan­gelio debería ser la de todo cristiano. Pero Vicente, para alimentar su fe, tenía un modo particular de abordar el Evangelio. Tenía su clave, o más bien, sus claves de lectura. Cuando entraba en el Evangelio, lo hacía siempre por dos puertas: Lucas 4, 18 y Mateo 25, 31.

Lucas 4, 18 es un texto que he citado a menudo. Es el pasaje del Evangelio en el que en el comienzo de su vida pública. JESUS se aplica a él mismo las palabras del profeta Isaías: «El Señor me ha enviado a anunciar el Evangelio a los Pobres», Para Vicente de Paúl, este texto era la explicación base de todo el Evangelio. Y cuando leemos los textos vicencianos, se tiene la impresión de que cada vez que Vicente aborda el Evangelio, considera que eso que está dicho y escrito viene de Jesucristo, el Enviado a los Pobres. Esto supone que su lectura del Evangelio es esa, ni de los exegetas, ni de los teólogos, ni de Bérulle. Es la lectura de un misionero: de un misionero que no cesa de pensar en los pobres y que interpreta cada pasaje evangélico, en función del anuncio a los pobres. Puedo asegurarles que si ustedes comparan el enfoque vicenciano del Evangelio y el de otros maestros espirituales (Escuela francesa, San Ig­nacio, San Francisco de Sales), rápidamente verán en San Vicente, esta lectura selectiva y orientada así.

La segunda clave de lectura, Mateo XXV, 31, no hace más que acentuar este aspecto de la fe de San Vicente. Es la evocación del Juicio final realizado por Cristo: tuve hambre y me disteis de comer; estaba enfermo o en la cárcel y me visitasteis: extranjero y me acogisteis. Es para ustedes, Hijas de la Caridad, el texto evangélico de base. Es su clave particular mientras que Lucas 4. 18, seria más bien la clave de la Congregación de la Misión. ¿Lo ven? el Señor Vicente pensó en todo.

No quisiera alargarme. Sólo nos queda recordar dos aspectos importantes de la fe de san Vicente. Permítanme, sin embargo, que insista sobre esta lectura vicenciana del Evangelio, porque es muy significativa en la fe de san Vicente. Hoy en día, los especialistas en dietética suelen decir: «Dime lo que comes y te diré quien eres». Esta afirmación com­porta sin duda, cierta parte de verdad, sería sólo si lo acogemos compa­rando nuestras sociedades de consumo y los países subdesarrollados. Pero en lo relativo a la fe, se comprende fácilmente que nuestro género de alimentación es psicológica, sociológica y espiritualmente determinante. Y es cierto que conociendo la constante con la que el Señor Vicente leía y meditaba cada día el Evangelio para alimentarse hasta saciarse, pode­mos sin dificultad hacemos una idea de lo que fue.

3. La Iglesia

Hay que recordar el itinerario que hemos hecho antes y sobre todo de los diecisiete primeros años de sacerdocio tal y como fueron vividos por Vicente. Durante esos años, sólo conoció tres periodos de gozo pastoral: Clichy, Folleville, Chátillon. Y en cada una de estas cir­cunstancias, esta alegría le fue proporcionada por un buen pueblo. De la Iglesia, Vicente había tenido en primer lugar, durante catorce años en Pouy, una idea tradicional y sin duda un poco lejana. Luego, en 1595, es cierto que la concibió como una realidad sobrenatural pero sobre todo como un organismo jerárquico. En este período, pensaba en su ascenso. (Cf. ¡El viaje a Burdeos en 160411.

En Clichy, Vicente comenzó a tener la experiencia de una reali­dad más profunda: la realidad del pueblo de Dios. Vimos como Folleville y Chátillon lo llevaron a profundizar definitivamente en esta experiencia. Es cierto que la dimensión jerárquica de la Iglesia conservó para él su entero valor y Dios sabe, si luego lo tuvo en cuenta. Pero la jerarquía no estaba considerada por él como un término, sino como un medio puesto al servicio del pueblo de Dios y en el corazón del pueblo de Dios, prin­cipalmente al servicio de los más pobres.

Como en otros ámbitos, la eclesiología de Vicente de Paúl, es decir el concepto que él tenía de la Iglesia, era sorprendentemente moderna, cercana incluso, a algunos textos del Concilio Vaticano II. Para no alargarme demasiado, sólo las remito a dos hechos: el primero está rela­tado en Coste X1-4, 727-730, donde se cuenta la conversión de un hereje. El episodio tuvo lugar en el año 1620. El Señor Vicente, de regreso a casa de los Gondi, desde 1617 predicaba misión tras misión en los pueblos de la familia. Se encontraba en Marchais, en la Aisne, donde preparaba una misión que debía predicarse al año siguiente. Un protestante lo increpó, declarando que la Iglesia de Roma no era ciertamente la Iglesia fundada por Jesucristo, por la sencilla razón de que no se preocupaba de la evangelización de los pobres. Se comprende sin dificultad que esta discusión tocó al punto sensible de Vicente: no dejó de soñar con ello.

Al año siguiente, cuando Vicente predicó la Misión, el protestan­te participó en ella y se convirtió tras haber constatado con sus propios ojos, que esa era verdaderamente una evangelización de los pobres.

Lo más significativo del acontecimiento se encuentra sin duda en la conclusión que el Señor Vicente saca de ello: » ¡Qué dicha para noso­tros los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres!» (Coste XI-4. 730). Esta frase es para examinar y meditar si queremos entender la idea que San Vicente se hacía de la Iglesia: la evangelización de los pobres es un signo de la autenticidad de la Iglesia.

El segundo hecho al que quiero remitirles fue un sermón de Bossuet, cuya inspiración la obtuvo de San Vicente cuando tenía 79 años. Este sermón pronunciado ante la Corte Real, llevaba por título: De la eminente dignidad de los pobres. Me contentaré con citarles un pasaje que traduce bien, creo yo, a través de las palabras de Bossuet, el pensa­miento profundo de san Vicente y la idea que él se hizo de la Iglesia: «la Iglesia de Jesucristo es verdaderamente la ciudad de los pobres. Los ricos, no temo decirlo, no están admitidos en ella, en calidad de ricos sino por tolerancia. Venid pues los ricos, la puerta de la Iglesia os está abierta, pero se os abre a favor de los pobres y con la condición de servirles. Es por amor a sus hijos por lo que Dios permite la entrada a los extranje­ros… Los ricos son extranjeros, pero el servicio de los pobres los natu­raliza… Ricos del siglo, tomad todos los soberbios títulos que queráis, los podréis llevar en el mundo, pero en la Iglesia de Jesucristo, sois solamente los servidores de los pobres…»

La fe de San Vicente fue la fe de una Iglesia. Ciudad de los pobres y Sierva de los pobres, como lo recordó el Vaticano II. Las Con­ferencias de los martes, los seminarios y la acción del Señor Vicente durante diez años en el seno del Consejo de Conciencia, tuvieron sobre todo por objetivo el nombramiento de los obispos, formar a sacerdotes y laicos capaces de revelar cada vez más a la Iglesia como la ciudad de los Pobres.

4. El acontecimiento

Es el último trazo característico de la fe de Vicente respecto al que hemos de volver a su experiencia y a su itinerario. Su temperamento como sus raíces campesinas y gasconas, lo llevaban a convertirse en un hombre concreto e incluso pragmático. Pero principalmente fueron sus experiencias espirituales las que lo llevaron a considerar el acontecimien­to como portador de mensaje y como presencia de Jesucristo.

Este fue especialmente el caso de Gannes-Folleville y Chátillon. En estas dos circunstancias, el mismo afirmó que tuvo la certeza de haber encontrado a Dios. Tuvo ocasión de decir muchas veces: «No era yo… fue Dios». De este modo todos los acontecimientos, sobre todo los que tenían relación con los pobres, eran para Vicente mensajes y signos de fe.

Así fue por ejemplo en Marchais, donde espontáneamente, Vi­cente descodificó el mensaje y sacó una conclusión. Podría citar cantidad de ejemplos: los encuentros con Luisa de Marillac, Margarita Naseau, con el Obispo de Beauvai (para los Ordenandos) o los inicios de la obra de los Niños expósitos, los acontecimientos que se desarrollaron en Madagascar, o en Polonia,… en todas estas ocasiones. Vicente leía tanto el acontecimiento como el Evangelio y tanto como el Evangelio, el acon­tecimiento iluminaba y alimentaba su fe. Este fue un aspecto muy moder­no de la fe de san Vicente.

Después del Vaticano II, se habló mucho de los signos de los tiempos. Sin haber empleado estos términos, Vicente de Paul fue un maestro de lectura en la materia.

Tendríamos que tener tiempo para retomar aquí las repeticiones de oración que ligaran en los Tomos XI/3 y XI/4 de Coste. Estas repe­ticiones de oración, que fueron una invención del Señor Vicente tienen, en efecto, entre otras ventajas, el de hacemos penetrar en la oración del Señor Vicente: evidentemente, un tiempo muy fuerte de su vida de fe. Ahora bien, esta oración nos aparece como un diálogo intimo, en una plaza pública llena de gente. Diálogo con Jesucristo, constantemente presente, pero en un lugar invadido por la Misión de Polonia o la peste de Cénes o los dramas de Madagascar o los pobres del mundo. El Señor Vicente, con Cristo y la Comunidad evocaba los acontecimientos, busca­ba su sentido y la lección providencial que llevaban en sí, con miras a vivirlos mejor. Sin duda es en estas repeticiones de oración donde pode­mos encontrar la mejor ilustración, del lugar que la fe de san Vicente reservaba al acontecimiento.

Abrevio y termino… hemos evocado a Vicente de Paúl el creyente a lo largo de su itinerario, a través de los trazos esenciales y los pilares de SU FE: Jesucristo, el Evangelio, la Iglesia y el Acontecimiento. Lo más impresionante en todo esto, tal vez es en definitiva, la sencillez y la unidad. Todo, en efecto, parece coherente; todo parece dinámico en el sentido fuerte del término: lo que lleva a la acción y al compromiso. La contemplación de JESUCRISTO es contemplación del Enviado a los pobres; es pues una contemplación que debe orientarnos irresistiblemente hacia los pobres. AL EVANGELIO, se entra por las dos puertas vicencianas y cuando las hemos cruzado se nos envía de nuevo hacia los pobres. LA IGLESIA es la Ciudad de los Pobres. Por último EL ACONTECIMIENTO es Polonia, todas las Polonias; es Madagascar y todos los Madagascar; es hoy, el encuentro diario con tantos pobres.

En definitiva, la mejor definición de la fe de San Vicente parece habernos sido dada por el famoso «Dejar a Dios por Dios», el movimien­to perpetuo entre Jesucristo y el pobre. Seguramente es la experiencia de fe fundamental que nos propone san Vicente.

II. Educador y animador de la Fe

A decir verdad, solamente este terna apasionante es un mundo. Engloba prácticamente toda la actividad de san Vicente, porque incluso si se insiste más sobre el aspecto caritativo y social de su acción, sobre sus innumerables empresas, su objetivo primero fue siempre el anuncio del evangelio a los pobres. No hay nada fundado ni nada iniciado que no haya sido evangelización. También el tema que abordamos es práctica­mente inagotable. Me perdonarán si, finalmente, me detengo en unos grandes rasgos y algunas pistas de búsqueda y reflexión.

Sin retomar el ilimitado espiritual de San Vicente, veamos al menos que los dos acontecimientos determinantes del año 1617, justamente han sido unas situaciones en las que Vicente de Paúl se reveló y sobre todo se reveló a sí mismo, como educador y animador de la fe. En uno y otro caso, provocó a su entorno anunciando el evangelio y poniendo este anuncio en relación concreta con un hecho de vida: con la vida.

De este punto de vista, la conversión del Señor Vicente se presenta un poco como la llamada de los profetas en el Antiguo Testamento y como la vocación de los Apóstoles en el Nuevo. «Desde ahora, serás pescador de hombres», dijo JESUS a Simón Pedro… «Desde ahora serás mi misionera, siguiendo a Jesucristo, evangelizador de los pobres»… Es lo que Vicente entendió y progresivamente comprendió, entre el 25 de enero y el 20 de agosto de 1617. Así ser educador y animador de la fe fue sencilla­mente LA MISIÓN de Vicente de Paúl. ¿Cómo desempeñó esta misión?

En primer lugar no hay que olvidar que Vicente de Paúl vivió en una época y una civilización de cristiandad. Problemas de la increencia y del ateísmo prácticamente no existían. Esto nos obliga también a una seria gimnasia mental y pastoral para trasladar y traducir hoy, lo que Vicente vivió y realizó en un mundo muy diferente del nuestro.

La Iglesia tuvo dos grandes problemas: por un lado el Protestan­tismo (¡veníamos apenas de salir de las guerras de religión!) y por otra parte la ignorancia de la mayoría de los creyentes: ignorancia de la que el Señor Vicente culpa severamente a los sacerdotes: «¡Si, Señor, somos nosotros quienes hemos provocado tu cólera: sí, son los clérigos y los que aspiran al estado eclesiástico: son los subdiáconos, son los diáconos, son los sacerdotes, nosotros los sacerdotes, los que hemos causado esta ruina en la Iglesia!»

Referente al Protestantismo, digamos sencillamente que la acti­tud pastoral del Señor Vicente fue mucho más abierta y más ecuménica que la de la mayoría de sus contemporáneos (cf. Coste 1, 454-457. VIII. l67-16S y XI-4. 727-730). Pero no podemos abordar hoy esta cuestión.

De todos modos, la acción misionera del Señor Vicente no se dirigía más que a los creyentes y más exactamente a los bautizados sim­patizantes y esto hasta el día en que enviará a sus misioneros más allá de los mares, a Africa del Norte, luego a Madagascar. Educador y animador de su fe, Vicente estaba sobre todo para las pobres gentes, bautizadas pero ignorando lo esencial de su fe. ¿Cómo lo hizo? Retengamos cuatro medios que enumeraré sin pensar, en cualquier orden de importancia: la predicación, la catequesis, el servicio, el testimonio.

1. La predicación

Este no es, tal vez, el medio que más les interese. A este respec­to, ustedes son más bien usuarias…esperando, estoy seguro, ser dignas practicantes. Pero comprenderán fácilmente que es imposible hablar del despertar y de la animación de la fe de San Vicente sin tener en cuenta su predicación. Saben que fue precisamente por medio de la predicación en 1617, como Vicente de Paúl se manifestó en primer lugar educador y animador de la fe.

Indiscutiblemente, Vicente debía estar muy dotado para la palabra. El éxito (él mismo utiliza esta palabra en Coste X1-4, 698-700) que sancio­na sus intervenciones en Folleville y en Chátillon es la prueba de ello y si quieren hacerse una pequeña idea de su talento, pueden leer o releer en voz alta, si es posible, algunos pasajes de sus conferencias. Por ejemplo, en Coste XI-3 397: » ¿Pero, quiénes serán los que intenten disuadimos de es­tos bienes que hemos comenzado? Serán espíritus libertinos, libertinos, libertinos, que sólo piensan en divertirse y, con tal que haya de comer, no se preocupan de nada más…» O en Coste X1-1., 535, con los retratos a la moda de La Bruyere: «¡Dios mío! Ha habido algunos en la Compañía que, al no poder estudiar después de sus años de seminario todo lo que ellos esperaban, han empezado a murmurar, a quejarse y con un disgusto tan grande que daba lástima. Pero, Señor, pero hermano, ¿no ha venido usted aquí para hacer la voluntad de Dios y no la suya, para obedecer y no para estudiar? Pues bien, no estudiará. Ese hijo de su espíritu lo tiene atado, esa afición desordenada de su espíritu lo tiene cautivo; vaya, aprenda a ser li­bre e indiferente; que sea ésa su lección… Otros tienen la pasión de orde­narse de sacerdotes antes de tiempo; otros, de predicar, de discutir, de te­ner una ocupación, de ir y venir; hay pocos que no tengan a su Isaac metiendo; pero hay que deshacerse de él, hay que vaciar nuestro corazón de cualquier otro amor que no sea el de Dios y cualquier otra voluntad qué no sea la de la obediencia». Y aún, en Coste X. 943: «Bien, señoras, la compasión y la caridad les han hecho adoptar a estas criaturitas corno hijos suyos: ustedes han sido sus madres según la gracia desde que los abando­naron sus madres según la naturaleza; vean si ahora ustedes quieren tam­bién abandonarlas. Dejen ahora de ser sus madres para conventirse en sus jueces; su vida y su muerte están en sus manos; voy a recoger ahora sus votos y sus opiniones; va siendo hora de que pronuncien ustedes su sen­tencia y de que todos sepamos si no quieren tener misericordia con ellos. Si siguen ustedes ofreciéndoles sus caritativos cuidados, vivirán; por el contrario, si los abandonan, morirán y perecerán sin remedio; la experien­cia no nos permite dudar de ello».

Pero es tal vez, precisamente en una conferencia sobre la predi­cación, en la que el Señor Vicente, dirigiéndose a los misioneros, se revela como un predicador excelente. (Coste XI-3, 164-186). Es una conferencia apasionante además de por título por el contenido extraordi­nario. Es muy larga y, detalle divertido, vemos en ella al Señor Vicente pelearse con el reloj de San Lázaro, pues se extraña de verlo funcionar tan rápido. Apenas abordó su segundo punto cuando suena el reloj: «Pero ¿qué veo? han pasado tres cuartos de hora: señores, sopórtenme un poco más, por favor; sopórtenme, miserable. Digamos algo del tercer punto; veamos qué medios hay para ponernos en posesión de este método tan útil». (Coste XI-3, 178). Pero cuando el señor Vicente habla de predica­ción, es inagotable pues tiene muchas experiencias e historias vivas para contarnos. Y ahí lo vemos enumerar e ilustrar, a su modo, los medios para predicar bien, o más exactamente, a predicar a lo misionero, de vez en cuando, con palabras de disculpa y de aparente arrepentimiento: «Pero ¡ay!, soy un miserable, que no sé ser breve. Sopórtenme señores. ¡Quiera Dios que tengamos todos un mismo corazón, que nos sintamos íntimamente unidos en la observancia de este método divino!» (Coste X1-3, 180) Y continúa…y está hablando del cuarto medio cuando esa inopor­tuna campana suena de nuevo: «He aquí el cuarto medio, y acabo. Consiste en pedírselo a Dios, pedírselo muchas veces a Dios: se trata de un don de Dios, hay que pedírselo… Este es el cuarto medio. ¡oh Salvador! ¡Y ya termino!…» (Coste XI-3. 183). ¡Terminó tan bien, que siguen aún cinco páginas de consejos y recomendaciones!

Lo sabemos, Vicente de Paúl, provocó en la Iglesia una verda­dera revolución de la predicación. En su tiempo, o no se predicaba de­masiado (así ocurría en el campo, lo que explica la ignorancia de las pobres lentes) o bien, los sermones eran grandes obras de literatura, a mentido más paganas que cristianas. En la conferencia que hemos evoca­do, el Señor Vicente con una locuacidad irresistible, ridiculizaba estas maneras de predicar. «Ahora bien, estas predicaciones ¡Caelii caelonun! Todo queda en el aire… con hermosos discursos de artificio, que gritan fuerte, hacen mucho mido, y queda todo en eso… Quizás logren asustar a fuerza de gritar en no sé qué tono: calentarán la sangre, excitarán el deseo… pero todo eso pasa pronto, demasiado pronto, y aquel discurso será inútil». Y el Señor Vicente termina diciendo: «¡Viva la sencillez!» (Coste XI-3 186).

En efecto, su revolución está ahí: predicar buena y sencillamente, a la manera de Jesucristo y sus Apóstoles, insistiendo sobre dos puntos: el Evangelio y la vida. Sólo tenemos que predicar el Evangelio y nada más, haciéndolo como Jesucristo: Dios está con los sencillos y los humil­des, les ayuda, bendice sus trabajos, bendice sus empresas. ¡Pues qué! ¡Creer que Dios ayudará a una persona que intenta perderse! como hacen los que no predican con sencillez y humildad, sino que se predican a sí mismos… ¡Queridos hermanos míos, si supieseis qué mal está predicar de una forma distinta de como lo hizo nuestro señor Jesucristo aquí en la tierra, como lo hicieron los apóstoles y como lo hacen todavía hoy muchos siervos de Dios, tendríais horror de ello!» (Coste XI-3, 339).

EL EVANGELIO y sobre todo, ¡no predicar sobre uno mismo! El Señor Vicente reprocha a aquellos que aprovechan la predicación para hacer pasar sus ideas personales. (Hoy diríamos: sus opiniones, sus opcio­nes…): «…¿Suben al púlpito, no ya para predicar a Dios, sino a ustedes mismos, y para servirse, (¡qué crimen!), de una cosa tan santa como la palabra de Dios, para alimentar y fomentar su vanidad? ¡Oh divino Sal­vador!» (Coste X1-3, 179).

¡La Palabra de Dios y sólo la Palabra tic Dios! Pero hay que pre­ocuparse por establecer el contacto entre esta Palabra eterna y LA VIDA REAL y concreta de la gente. Es lo que San Vicente llama «descender a lo particular», es decir a los casos concretos y a las situaciones de vida. Es lo que el mismo Vicente hizo en Folleville y en Chátillon. Cuando recorre­mos las conferencias de San Vicente, en particular las dirigidas a las Hijas de la Caridad (cf. Coste, tomos IX-1 y IX-2), esta preocupación constante por unir la vida real es evidente. Es entonces sobre todo cuando San Vi­cente se siente a gusto y su predicación es eficaz y provocadora.

No desarrollaré más este medio que utilizó san Vicente para despertar y animar la fe de su tiempo: pero hubiera sido injusto y difícil no evocarlo al menos.

2. La catequesis

Este segundo medio privilegiado, Vicente de Paúl lo llamó como nosotros lo llamamos desde no hace mucho tiempo: el catecismo. En este ámbito fue, mucho más que en la materia de predicación, un innovador. En el transcurso de su experiencia como misionero, rápidamente se dio cuenta de que el CATECISMO era un medio para despertar y animar la fe, mucho más que la predicación. Además en sus proyectos en las mi­siones parroquiales, le concedió cada vez más un lugar preponderante. Según él para cada día de misión, había que prever dos catecismos: durante el día el pequeño catecismo para los niños y por la noche el gran catecismo para los adultos. El Señor Vicente tuvo la ocasión de llamar severamente al orden a los misioneros que suprimían el catecismo de la noche para sustituirlo por una predicación: «He sentido mucho saber, escribía a un Sacerdote de la Misión, que, en vez de tener el catecismo mayor por las tardes, ha pronunciado usted sermones en la última misión. No se debe hacer eso…porque el pueblo tiene más necesidad de catecismo y se aprovecha más de él.» (Coste Vl. 358).

¿Por qué esta preferencia expresa por el catecismo con relación a la predicación? Probablemente por la forma dialogada que llevaba en si la necesidad y la garantía de una gran sencillez.

En el catecismo, las preguntas de los auditores y sus respuestas obligan, constantemente al Misionero, a la Hija de la Caridad o al laico a ponerse al nivel del buen pueblo. Para expresar esta preocupación, el Señor Vicente tiene una expresión muy bonita que la emplea a menudo: «adaptarse a las pobres gentes». Y es así como por todas partes por donde pasan los Misioneros, las Hijas de la Caridad o las Cofradías, la práctica del catecismo se da a conocer y se implanta. Es innegable que de este modo, el Señor Vicente constituyó una extraordinaria red de catequesis en la Iglesia de su tiempo.

La enseñanza del catecismo saben que era uno de las grandes responsabilidades de las Hijas de la Caridad. Desde 1634, cuando su Compañía aún no tenía un año, el Señor Vicente escribía a Luisa de Marillac: «¡Dios mío! ¡Cómo deseo que sus hijas se ejerciten en aprender a leer y que sepan bien el catecismo que usted enseña!» (Coste I. 344). Hacia el final de su vida, el Señor Vicente tuvo siempre y más que nunca, esta preocupación y esta convicción. Para damos cuenta de ello. Nos basta leer de nuevo la conferencia del 16 de marzo de 1659: «el mejor medio para vuestra capacitación es tener el catecismo entre vosotras mismas. Por eso es necesario que os ejercitéis en esto todo el tiempo que podáis y que observéis esta costumbre de ahora en adelante. Por tanto que haya una que haga las preguntas y otra que conteste, y que esto se haga en presencia de la superiora: y si no está la superiora, la que presida en lugar suyo le expondrá más tarde todo lo que ha pasado». (Coste IX-2, 1150).

Luisa de Marillac interviene sugiriendo que «las antiguas se encarguen de enseñar el catecismo a las hermanas que se les envíen»; a lo que San Vicente asiente. Pero una Hermana explica que en su servicio, es muy difícil encontrar tiempo para esto. Y el Señor Vicente, que siempre consideró el servicio de los pobres como la primera urgencia, tiene esta respuesta que dice mucho sobre la importancia que otorgaba al catecismo de los pobres y a la formación previa de las hermanas para esta catequesis: «Hija mía, hasta ahora no ha sido posible; pero en adelante convendrá decir a los pobres que no vengan hasta una hora que les indiquéis. Y así podréis tener tiempo» (…para aprender a enseñar el catecismo). La hermana insistió: «Padre, es muy difícil enseñalarles una hora, pues no se trata solamente de los enfermos, sino también de otras personas, como los médicos o los encargados de escribir las caartas de los pobres» Y San Vicente responde: «Mire, hermana, la sagrada Escritura dice que la caridad bien ordenada comienza por una misma y que el alma debe preferirse al cuerpo. Pues bien, es necesario que las Hijas de la Caridad instruyan a los pobres en las cosas necesarias para la salvación: por eso es menester que ellas mismas estén antes bien instruidas en lo que han de enseñar luego a los demás». (Coste LX-2, 1151).

Cuando se conoce a Vicente de Paúl y la prioridad que él daba a las urgencias de los pobres, esta reacción es muy elocuente y nos permite mejor darnos cuenta del lugar importante que daba a la cateque­sis de los pobres, en la vocación de una Hija de la Caridad.

Para el despenar y la animación de la fe, la catequesis se impone claramente sobre la predicación. Pero entre los métodos catequéticos, el Señor Vicente viene a dar una importancia privilegiada a lo que podríamos llamar la catequesis ocasional o espontánea. «Sé muy bien cómo se hacia esto al comienzo de la Compañía», recuerda el Señor Vicente a los misio­neros en su conferencia del 17 de noviembre de 1656 sobre la obligación de catequizar a los pobres. Y continúa: «Yo sé que la Compañía tenía exac­tamente la práctica de no dejar que pasase ninguna ocasión de enseñar a un pobre, si veíamos que lo necesitaba fueran los sacerdotes, los clérigos que había entonces, o nuestros hermanos coadjutores, cuando iban o venían. Si se encontraban con algún pobre, con algún niño, con algún buen hombre, hablaban con él, veían si sabía los misterios necesarios para la salvación: y si se daban cuenta de que no los sabía, se los enseñaban. No sé si ahora son todos tan cuidadosos en observar esta santa práctica: me refiero a los que van al canino, cuando llegan a alguna posada o por el camino. Si así as, enhorabuena: habrá que agradecérselo a Dios y pedir que persevere en ello nuestra Compañía; si no, si se adviene cierto relajamiento, habrá que pe­dirle a Dios la gracia de levantarnos». (Coste XI-267,).

En esta misma línea. ¡cuántas veces el Señor Vicente recordó a las Hijas de la Caridad la importancia de lo que él llamaba «una buena pala­bra», es decir un anuncio de Jesucristo, adaptado a la situación presente. Esta forma de despertar y de animación de la fe fue la preferida de Vicente de Paúl, porque se dio cuenta que percibía al hombre en su vida concreta. En esta misma conferencia evocó, por cierto, el ejemplo de Nuestro Señor «cuando fue a sentarse en la piedra que habla junto al pozo, estando allí empezó a instruir a aquella mujer, pidiéndole un poco de agua: «Mujer, dame un poco de agua», le dijo. (Coste XI-3, 268). Y muy concreto, como siempre, el Señor Vicente sugiere a los misioneros: «Y así se les puede ir preguntando a cada uno: «¿Qué hay? ¿Qué tal esos caballos? ¿Cómo va esto? ¿Cómo va aquello? ¿Qué tal va usted?»: y así, empezar por algo semejante, para pasar luego a nuestro intento. Los hermanos que se ocupan del jardín, de la zapatería, de la costura, lo mismo; y así iodos los demás, para que no haya aquí nadie que no esté suficientemente instruido en todas las cosas que son necesarias para salvarse: unas veces charlando con ellos sobre la manera de confesarse bien, sobre las condiciones de la confesión, otras veces hablándoles de algún tema que sea útil y necesario para ellos». (Coste XI-3 268). Esto significa partir de las realidades de la vida, como lo hizo Jesús con la Samaritana para llegar al anuncio de la Palabra de Dios.

No olvidemos que la época de Vicente de Paúl fue un periodo de cristiandad y que era casi inverosímil encontrar un ateo. Al leer hoy ciertas consignas del Señor Vicente y al estudiar sus métodos de evange­lización, podemos estar tentados a pensar que esto fue un poco rápido y expeditivo, tal vez incluso un poco exagerado frente a la dignidad de la persona humana y de la libertad de conciencia. S, esto puede parecer así, pero cuando me aventuro en nuestro hoy, me pregunto si el respeto hacia la persona o la libertad de conciencia que evocamos, no es a menudo como un pretexto, un velo discreto y fácil que esconde nuestra timidez y una cierta pusilanimidad. Respetando la libertad de conciencia y tenien­do en cuenta, de hecho, que estamos invadidos y rodeados por la increen­cia y de ateísmo, creo que hoy nuestro pecado más hipócritamente habi­tual, en materia de despertar y animar la fe, es la timidez y la falta de valentía. Incluso si esto nos parece un poco anacrónico, aún tendríamos más interés hoy por leer y meditar todo lo que San Vicente dijo a pro­pósito de «una buena palabra»; esta forma del anuncio del Evangelio que se introduce naturalmente en la conversación o en un encuentro, a la manera de Jesucristo al abordar a la Samaritana…

3. El servicio de los pobres

¡Este tercer medio es sin duda mucho más importante que la predicación y la catequesis! En efecto, en San Vicente existe un aspecto de su espiritualidad y de su acción, que no se subraya suficiente: él considera que el servicio es, por excelencia, un medio de evangelización y un medio privilegiado para el despertar y la animación de la fe. Les propongo para este tema, dos textos de base.

El primero, dirigido a los sacerdotes y hermanos de la Congre­gación de la Misión. Para comprender el alcance verdaderamente revolu­cionario hay que acordarse del modo como los mejores maestros espiri­tuales del tiempo presentaban el sacerdocio. Según ellos, el sacerdote debería ser el especialista de lo sobrenatural, el hombre de Dios única mente interesado por la salvación. Ahora bien, veamos lo que decía el señor Vicente a sus sacerdotes el 6 de diciembre de 1658: » si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espiritua­les y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: «Ve­nid, benditos de mi Padre: poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer: estaba desnudo y me vestisteis: enfermo y me cuidasteis» (19). Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo mas perfecto; y es lo que Nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra, por su cargo y por su carác­ter, como son los sacerdotes» (Coste XI-3. 393-394) Para Vicente de Paúl, un sacerdote que se limita a lo espiritual y que poco a poco, se desentiende de las realidades temporales que viven los pobres, este sacer­dote no tendría su sitio en la Congregación de la Misión.

El segundo texto me parece todavía más fuerte y exigente; se dirige a los mismos misioneros: «…se le hubiera podido preguntar al Hijo de Dios: » ¿Para qué has venido? Para evangelizar a los pobres. Eso es lo que el Padre te ordenó; entonces, ¿para qué haces sacerdotes? ¿por qué les das el poder de consagrar, el de atar y desatar, etc.?» (13). Puede decirse que venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente a enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino a hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el Evange­lio». (Coste XI-3, 391). Realizar las cosas predichas y figuradas, era para el señor Vicente, según el texto de base de Isaías, anunciar a los cautivos la liberación, dar la libertad a los oprimidos. Para él una evangelización que se quedara solamente en el anuncio verbal de la Palabra de Dios sería una equivocación. La evangelización debe llegar hasta hacer efectivo el evangelio y a comprometerse para que los pobres y oprimidos obtengan, en la sociedad actual, el sitio que el evangelio les otorga. Con tal concep­ción de la Evangelización, se comprende que el servicio directo y con­creto de los pobres haya aparecido en el Señor Vicente como un medio privilegiado del anuncio, del despenar y de la reanimación de la fe.

Encontramos claramente esta convicción, tanto en los reglamen­tos de las primeras Cofradías de la Caridad (Coste X. 569-570) como en las conferencias a las Hijas de la Caridad (Coste, tomos IX-1-IX-2). El servicio de los enfermos y el servicio de los pobres en general son para el Señor Vicente como una predicación: predicación para el pobre aco­gido y cuidado, predicación también para todos los que ven «el cuidado que vosotras tenéis de ellos». No hay que olvidar esto cuando leemos y meditamos el verdadero ceremonial establecido por el Señor Vicente, para el encuentro con un enfermo. (Coste X, 574-588).

Se comprende fácilmente que Vicente, conociendo las costum­bres y el género de vida de las pobres gentes de esa época haya querido hacer del servicio de los pobres como una provocación, una manifesta­ción de la promoción humana. Es una clave de lectura que les propongo, piensen en ello cada vez que ustedes lean lo que san Vicente dijo, sobre la manera como una Hija de la Caridad debe comportarse en el servicio de los pobres. Ciertamente observarán una minuciosidad en el detalle que les hablará más y será más significativo. Está muy claro que para un servicio respetuoso y atento al pobre, Vicente de Paúl quiso despertar la fe del pobre y de su entorno, y revelar de algún modo a Jesucristo pre­sente en ese pobre: «… al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡qué cierto es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. (Coste LX-1, 240).

4. El testimonio

El servicio de los pobres del que acabamos de hablar es, con certeza, de orden del testimonio. Ahora quiero hablarles del testimonio personal, de cómo vivir personalmente nuestra fe.

El día en que el Señor Vicente habló a las Hijas de la Caridad sobre la modestia, ilustró lo que decía por el ejemplo de San Francisco de Asís: «San Francisco llamó un día a un hermano y le dijo: «Hermano, vayamos a predicar». Después de pasear por toda la ciudad, volvieron a casa y el hermano le dijo: «Padre, dijo usted que iba a predicar, pero no ha predica­do». «Hermano, ¿no es una predicación haber ido con modestia por toda la ciudad? Es una predicación muda». Son muchas las personas que me han dicho, y hasta algunos hombres, que os han visto por la calle: «Padre, tiene usted unas hijas que me edifican más por su modestia que si me echaran un sermón: predican sin decir una palabra». (Coste IX-2, 953)

Se trataba de la modestia pero en general, podemos decir que San Vicente, en relación a otros fundadores y maestros espirituales, tema esto de particular, que proponía una perfección extrovertida. (Disculpen por esta palabra incorrecta prestada de la psicología moderna). Extrovertida, es decir, abierta a los demás. Seguro que han leído libros de espirituali­dad que hablan de la perfección. Por mi parte, pienso aquí en un tratado sobre la perfección de cuatro volúmenes, obra de un tal Rodríguez, que provocaba más el aburrimiento y la desesperación que la satisfacción a los novicios de mí tiempo (1940). Se titulaba «De la perfección cristiana» ¡y tuvimos que resumir esos cuatro libros indigestos! Mi estómago espi­ritual todavía se acuerda. Se nos presentaba una perfección introvertida, vuelta hacia el interior, hacia nosotros mismos: una perfección que no era un asunto entre Dios y cada uno. Y hay que confesarlo bien alto: muchas grandes corrientes de espiritualidad en la Iglesia, están más o menos marcadas por esta orientación.

Ahora bien, Vicente de Paúl tuvo unas concepciones originales y bastante revolucionarias. Él propuso una espiritualidad o más bien una perfección, abierta al mundo y más precisamente al mundo de los pobres. A los sacerdotes de la Misión, les propone una perfección misionera; a las Hijas de la Caridad una perfección de siervas: una perfección que tanto en un caso como en otro, estaba realizado por una especie de conciencia profesional.

Así es como entre las máximas evangélicas, escogió para las Hijas de la Caridad las tres virtudes de sencillez, humildad y caridad. Las escogió, dice, porque las consideraba como las virtudes profesionales de una sierva de los pobres.

Tendríamos que retomar aquí las tres conferencias de febrero de 1653 sobre el espíritu de la Compañía de las Hijas de la Caridad (Coste IX-1, 523-548). Su estudio es particularmente interesante y revela por qué en ese momento. Vicente de Paúl, determinó las tres virtudes carac­terísticas de las Hijas de la Caridad; se le sigue casi paso a paso en su trabajo de selección. Hace un sondeo en la Comunidad, reflexiona y por último, poco a poco escogió. Las motivaciones de su elección son elo­cuentes. Si tienen tiempo para analizar estos textos, comprenderán que San Vicente les ha propuesto una perfección «extrovertida» en relación directa con el servicio, orientado hacia los Pobres y hacia Jesucristo presente en los Pobres. Así su vida personal, su búsqueda de Dios, su intimidad con Cristo se convertirán en testimonio y dispondrán del me­dio, tal vez el más eficaz, para despenar y reanimar la fe.

Este fue el proyecto de San Vicente para su tiempo; para las Hijas de la Caridad y para los Pobres de su tiempo. Consideren ustedes si estas pistas conservan su valor. Consideren ustedes COMO TRADUCIR las intuiciones de San Vicente en su vida concreta y en sus ámbitos.

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