La Familia Vicenciana como misionera

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Año publicación original: 1997.
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Es fascinante pensar en el amanecer de un nuevo milenio. Estamos ante al umbral de una nueva era en la historia, de un gran jubileo, de un tiempo de regocijo.

Tal vez nos sea una gran ayuda advertir hoy, mis hermanos y hermanas, que uno de los textos principales de la Sagrada Escritura en nuestra tradición vicenciana es precisamente un texto de jubileo. Le encontramos en el profeta Isaías (16:2). Jesús lo utilizó al principio de su vida pública (L.c. 4:18-19). San Vicente usó sus primeras palabras como logo de la Congregación de la Misión. Todos sabemos el texto de memoria:

«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ungió para evangelizar a los pobres;
me envió a predicar a los cautivos la libertad,
a los ciegos la recuperación de la vista;
para poner en libertad a los oprimidos,
para anunciar un año de gracia del Señor»

Advertid que la misión de Jesús, así como también la nuestra, es anunciar el jubileo, «un año de gracia del Señor».

Es fácil que pase inadvertido el significado original del «año de gracia». En realidad, la gente de Israel lo perdió de vista, y casi nunca lo llevó a la práctica. Pero el jubileo estaba designado para ser un tiempo de regocijo para los pobres. Como «Tercio Millennio Adveniente» indica, tenía como fin principal restaurar la igualdad entre todos los hijos de Israel, ofreciendo un principio refrescante a las familias que habían perdido sus propiedades y aún su libertad personal.1 En ese tono, «Tercio Millennio Adveniente» se dirige hoy a toda la Iglesia, al amanecer del jubileo de los jubileos, para poner mayor énfasis en la opción preferencial por los pobres y marginados.2

Por consiguiente, os sugiero hoy que nuestra misión, al amanecer del tercer milenio, sea hacer no sólo el año 2000 sino todo el milenio entero un jubileo auténtico, un período de tiempo «para evangelizar a los pobres, para predicar a los cautivos la libertad, para recuperar la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos». El jubileo para Jesús y para San Vicente no fue solamente un año único. Fue la celebración de la presencia tolerante y liberadora del Reino de Dios entre nosotros. Como misioneros somos llamados a ser signos permanentes del jubileo. Nuestra vida y nuestra misión es proclamar que Jesús está vivo, que está presente, y que rompe las ataduras que nos tienen cautivos.

I. Algunas características de la Misión de nuestra Familia Vicenciana

Os ofrezco hoy cuatro características, aunque Soy consciente de que hay otra muchas. He elegido estas, no sólo porque son fundamentales históricamente, sino también porque me parecen especialmente urgentes al amanecer del tercer milenio.

1. Nuestra Misión es Universal

Como repetidamente ha señalado un gran teólogo moderno, el catolicismo solamente ha llegado a ser una «Iglesia Universal»3 en el siglo XX. Viviendo en Roma experimento esto de una forma espectacular, ya que mantenemos comunicación frecuente con muchos países del mundo entero. Veo realidades sorprendentemente diversas y varias «caras» en nuestra familia a nivel mundial; e.g., el rápido crecimiento de nuestra familia especialmente en Asia, África, Ibero-América, y en la Europa del Este; el surgir de nuevos ministerios y el crecimiento del rol de los laicos en todos los continentes; el aumento constante de las comunidades eclesiales de base. La Sociedad de San Vicente de Paúl existe en la actualidad en más de 130 países; la AIC en 49; las Hijas de la Caridad en 85, la Congregación de la Misión en 81; las Juventudes Marianas Vicencianas en 50. Todas nuestras ramas tienen nuevas misiones. Después de habernos establecido en estos últimos años en lugares tan remotos como Tanzania, Angola, Las Islas Salomón, Albania, Senegal, El Altiplano de Bolivia, Mozambique, Pakistán, China, Kharkiv en Ucrania, Siberia, Senegal, Namibia, Belice y Ruanda, por nombrar sólo algunos, estamos siendo cada vez más internacionales.

Mientras que en el período inmediatamente después del Vaticano II se ponía gran énfasis en la identidad nacional, hoy se percibe una conciencia revitalizada de la vocación misionera universal de nuestra familia. De este modo exactamente es como San Vicente concibió la misión. En una época en que era tan difícil viajar y en que la mayor parte de la gente solía morir a pocas millas del lugar de su nacimiento, San Vicente envió misioneros e Hijas de la Caridad a lugares tan remotos como Polonia, Italia, Argelia, Madagascar, Irlanda, Escocia, a las Islas Hébridas y Orkneys. El mismo, siendo de edad avanzada, deseaba ir a las Indias.4 Exhortó a los misioneros sacerdotes y hermanos y a las Hermanas a establecer las «Caridades» en todos los lugares que visitaban.

2. Nuestra Misión exige movilidad

Pocas cosas están tan claras en el Nuevo Testamento. Jesús procede del Padre y va al Padre,5 fuente de toda misión. Él realiza un ministerio itinerante. Da a sus seguidores un mandato: «Id al mundo entero y predicad el evangelio a todas las criaturas».6 La Misión no es meramente una de las actividades de Jesús; forma parte de su propio ser.

Hoy somos también muy conscientes de que la misión no es meramente una actividad de la Iglesia; sino que es su misma razón de ser, y por eso, recalcamos la implicación de todo cristiano en la misión de la Iglesia.7 Todos nosotros somos misioneros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, seglares y religiosos. Somos misioneros en nuestras casas, en nuestras parroquias, en nuestros vecindarios, y participamos también en la responsabilidad de la misión de la Iglesia universal, ya que Jesús nos pide que tengamos siempre nuestros ojos abiertos para compartir los dones de Dios con los necesitados.

San Vicente es sumamente explícito cuando habla de la movilidad misionera; Imaginémonos que nos dice: «Salid, misioneros, salid. Pero….¿todavía estáis aquí?. ¡ Mirad a las almas pobres que os están esperando, cuya salvación depende, quizás, de vuestra predicación y catequesis!».8 San Vicente presenta ante nuestra vista la figura de los grandes misioneros que fueron a las Indias, al Japón, al Canadá «para completar el trabajo que Jesucristo empezó en este mundo y que nunca abandonó desde la hora en que fue llamado por su Padre».9

Pero si nosotros tenemos este espíritu de movilidad, en ocasiones tendremos que estar dispuestos a abandonar obras firmemente establecidas que pueden ser continuadas por otros para nosotros ir a los más necesitados y abandonados. Por ejemplo, recientemente la Provincia de Colombia ha dejado un Seminario en Cochabamba, donde el clero secular se encontraba muy bien preparado para dirigirlo, con el fin de poder dirigir otro seminario en Arauca que no disponía de formadores preparados, y para cooperar en la formación sacerdotal en Ruanda. Me siento muy feliz en poder decir que últimamente ha habido en todas partes una revisión seria de los trabajos apostólicos con el fin de dejar libres a nuestros misioneros para ir a los más pobres de los pobres.

3. Nuestra Misión es Evangelización y Servicio

El núcleo de nuestra misión es la evangelización, término que, en la tradición católica, se ha tomado siempre en un concepto amplio e inclusivo.10 Pablo VI lo expresó de la manera siguiente: «La Evangelización es un proceso complejo compuesto de varios elementos: la renovación de la humanidad, el testimonio, la proclamación explícita, adhesión interior, inscripción en la comunidad, aceptación de signos, iniciativa apostólica. Estos elementos pueden parecer contradictorios, aún más, mutuamente exclusivos. En realidad, son mutuamente complementarios y mutuamente enriquecedores. Cada uno de ellos debe tomarse siempre en relación con los otros».11 En otras palabras, servicio es una parte integrante de la evangelización. Es la Buena Noticia en acción.

San Vicente nos dice que primero debemos hacer y después enseñar. Para Vicente de Paúl, evangelización implica no sólo la predicación sino también la acción. Habla repetidas veces de la evangelización por «palabra y por obra». Exhorta a los Padres y a las Hijas de la Caridad que sirvan a los pobres «espiritual y corporalmente». Hablando a los miembros de la Congregación, San Vicente les amonestaba:12

Si hay alguno entre nosotros que piensa que estamos en la Congregación de la Misión para predicar el evangelio a los pobres pero no para confortarles, para ofrecerles ayuda espiritual pero no librarles de sus necesidades temporales, les digo que deberíamos asistirles y procurar que se les asista de todas formas, por nosotros mismos y por otros. Hacer esto es predicar el evangelio «de palabra y de obra».

Primero hacer. Después enseñar. Esa es la norma de San Vicente para una evangelización «eficaz». En otras palabras, San Vicente ve la promoción humana y a la predicación como mutuamente complementarias y como parte integral en el proceso de evangelización.

A la luz de las enseñanzas de San Vicente, nuestra evangelización será totalmente viva cuando proclamemos la Buena Nueva:

a. a través del lenguaje de las obras:13 realizando obras de justicia y de misericordia que son signos de que el Reino de Dios está realmente vivo entre nosotros: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, ayudando a investigar las causas de su hambre y su sed y la forma de aliviarlas; proporcionando personal cualificado a las escuelas, hospitales, centros de minusválidos; ofreciendo programas para las madres y sus hijos; visitando a los enfermos en sus propias casas.

b. a través del lenguaje de las palabras: Anunciando con convicción profunda la presencia del Señor, su amor, su oferta de perdón a todos; proclamando la dignidad de todas las personas, sus derechos humanos, denunciando las injusticias.

c. a través del lenguaje de relaciones: estando con los pobres, trabajando con ellos, compartiendo algunas de sus privaciones, formando con ellos una comunidad que manifieste el amor universal del Señor.

4. Nuestra Misión está comprometida en la organización y en la formación de otros para el servicio de los pobres.

San Vicente fue inflexible en este particular. Pocos santos son tan precisos como Vicente de Paúl. Se dio cuenta de que la evangelización eficaz y el servicio a los pobres requería organización. Para conseguir este fin, Vicente fundó dos comunidades y formó abundantes grupos de laicos (Las Caridades).

San Vicente empleó las mismas estrategias organizativas a la formación del clero. Consideraba que los pobres serían bien servidos únicamente en el caso en que hubiese buenos sacerdotes en ese ministerio, y con ese fin organizó ejercicios espirituales para Sacerdotes y ordenandos, las Conferencias de los Martes y fundó veinte seminarios.

Pero él no se paró ahí. Puso en marcha todos los recursos posibles al servicio de los pobres: jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, clero y laicado, ricos y los mismos pobres. Las semillas de sus dotes organizativas han continuado extendiéndose hasta hoy a través de los innumerables miembros de AIC, de la Sociedad de San Vicente de Paúl, de la Asociación de la Medalla Milagrosa, de los grupos de las Juventudes Marianas Vicencianas y de más de 260 Institutos fundados en el espíritu de San Vicente.

II. Cuatro «datos de la situación» al amanecer del Tercer Milenio

Hay algunas realidades notables que son muy importantes para nuestra familia ahora, al acercarse el año 2000. No intentaré probar ninguna de ellas, ya que todos las estáis experimentando en vuestra propia vida y trabajo. Sólo las mencionaré brevemente como prólogo de la parte final de mi exposición.

  1. La distancia entre el rico y el pobre es cada día mayor. Como el Papa Juan Pablo II indicó en Brasil (1980), Canadá (1984) y Cuba (1998), los ricos son más ricos precisamente a costa del pobre.
  2. La pobreza tiene formas nuevas y anteriormente desconocidas. Nunca se ha conocido en el mundo tantos refugiados como ahora. El tráfico de armas mantiene vivas las luchas locales. La deuda internacional crea cargas increíbles a las naciones pobres. Las nuevas enfermedades como el SIDA y nuevas formas de enfermedades tradicionales, como la malaria, de proporciones epidémicas.
  3. Somos una familia enorme que puede ser una gran fuerza al servicio del pobre — un «ejército», por así decir, con más de dos millones de miembros.
  4. Las comunicaciones entre nosotros rápidas, casi instantáneas, son posibles con medios como fax, e-mail e Internet.

III. Algunos retos para el tercer Milenio

Cuales son los principales retos misioneros que se le presentan a nuestra Familia Vicenciana en el tercer milenio? Permitidme sugeriros algunos. Todos vosotros, con toda seguridad, habéis meditado sobre este mismo tema y tendréis otras sugerencias propias que añadir.

1. El primer reto, y fundacional, es que desarrollemos una espiritualidad profundamente misionera

Algunos de vosotros me habéis oído decir esto repetidas veces. Es mi convicción más profunda. Cualquier cosa que hagamos, que digamos, adonde quiera que vayamos, de cualquier forma que sirvamos, debemos proclamar de palabra y de obra que Jesús está vivo y que él es el amor de Dios entre nosotros. Esta es la Buena Nueva.

Naturalmente, hay diferentes tonalidades de espiritualidad. Todas las espiritualidades cristianas emanan de la persona de Jesús. Pero si un Cartujo se centra en la oración de Jesús, un Anacoreta en su soledad, un Franciscano en su pobreza, nosotros en la Familia Vicenciana nos centramos en nuestro amor práctico y efectivo vivido en sencillez y en humildad.

Permitidme mencionar brevemente cinco piedras angulares en la espiritualidad misionera de nuestra familia.

a. Nuestra santidad, nuestra pertenencia a Dios, está intrínsecamente ligada a nuestra misión con los pobres; nosotros nos comprometemos a seguir a Cristo como evangelizador y servidor de los pobres.

b. Nuestro crecimiento en la vida de Dios emana de los vínculos de la caridad formados entre nosotros, unos con otros y con los pobres; servimos no únicamente como individuos, sino en solidaridad con otros.

c. Nuestra oración, elemento crucial en toda espiritualidad, posee su propio dinamismo particular, que emana de y lleva a la acción, como nos recuerda San Vicente con frecuencia. La oración divorciada de la acción puede convertirse en un escape y crear ilusiones de santidad. El servicio divorciado de la oración puede ser algo superficial, adictivo, activismo.

d. Nuestra libertad para ir donde el Señor nos llame exigirá sencillez de vida, humildad en el escuchar y desprendimiento de lo que pueda atarnos.

e. Nuestra espiritualidad es de una profunda encarnación, enraizada en la encarnación humana de Jesús. Nosotros contemplamos al pobre en Cristo y a Cristo en el pobre.

Hoy os animo a quienes estáis aquí presentes y a la Familia Vicenciana de todo el mundo a que profundicéis en las raíces de esta espiritualidad misionera.

Algunos retos:

  1. Exhorto a nuestra familia a que prepare, dentro del próximo año, un libro en el que se describan las bases y los medios concretos para que el laicado viva una espiritualidad vicenciana.
  2. Animo a todos nuestros grupos, especialmente a nuestros grupos de seglares, a que continúen desarrollando un programa de formación integral bien organizado, una auténtica catequesis que se desarrolle durante varios de años, por el que nuestros miembros profundicen en el espíritu de San Vicente.
  3. Pido que los programas de formación de los sacerdotes, hermanos, y hermanas en nuestra Familia Vicenciana sean revisados con el fin de poner mayor énfasis en nuestra familia y en la solidaridad en vivir una espiritualidad profundamente apostólica.
  4. Les exhorto a que en nuestros proyectos comunes apostólicos de familia, no sólo trabajemos juntos, sino que también oremos juntos.

2. El segundo reto que preveo es la formación de nuestros formadores.

Llevo viviendo en Roma muchos años, quizás demasiados. Desde esta experiencia les digo que no he recibido otra llamada más frecuente o con más claridad que la de petición de formadores. La he oído de los Provinciales de la Congregación de la Misión. De las Hijas de la Caridad de todo el mundo y especialmente de la Madre General y de su Consejo. La he recibido de la AIC.. Lo he oído de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Lo he oído de los grupos de las Juventudes Marianas Vicencianas. En los últimos seis meses he tenido innumerables reuniones sobre la necesidad de la buena formación y de buenos formadores. Como misioneros nuestro entrega a los pobres dependerá en gran parte de la calidad de nuestra formación.

Algunos Retos:

  1. ¿Podemos organizar programas de formación más eficaces para la formación de formadores, tanto a nivel nacional como internacional, para los Padres, las Hijas de la Caridad y los otros grupos aquí representados. Exhorto a los responsables de cada país, y también al Consejo General, a formularnos esta pregunta: ¿cómo podemos formar mejor a nuestros formadores? Recientemente tratamos una propuesta a este respecto en el Consejo General.
  2. Les exhorto a que, dentro del año próximo, establezcamos una red de Internet en perfecto funcionamiento, con el fin de poder distribuir información y artículos de formación semanal o mensualmente en varias lenguas.
  3. Exhorto a nuestros miembros jóvenes a que aprendan idiomas, con el fin de que lleguen a tener una auténtica flexibilidad misionera y la capacidad de ser formadores en países distintos del suyo.
  4. Animo a los provinciales a formar al menos a algunos de entre nosotros a ser expertos en doctrina social de la Iglesia, con el fin de que esa enseñanza llegue a convertirse en una parte integral de nuestra formación vicenciana.
  5. Pido que, a través de sesiones de trabajo, formemos buenos mentores que puedan acompañar a nuestros candidatos en experiencias apostólicas enriquecedoras entre los pobres.

3. Naturalmente, en una familia con unas tradiciones tan concretas y prácticas como las nuestras, uno de los grandes retos para el tercer milenio debe ser los proyectos en colaboración

Esto está teniendo ya lugar en muchos, si no es en la mayor parte, de vuestros países. Os animo a que unáis fuerzas aún más en el futuro.

El tercer milenio, como el Papa Juan Pablo II ha proclamado ya en numerosas ocasiones, será también el milenio del laicado.

Nuestro servicio a los pobres será tan tanto más efectivo cuanto más canalicemos nuestras energías, que son inmensas, en proyectos en colaboración. Uso a propósito la palabra «colaborar». Cada uno de los aquí presentes tenemos una vocación misionera, las mujeres y hombres seglares, las hermanas, los sacerdotes, los hermanos, cada uno de nosotros. En nuestra familia no deben existir rivalidades, no debe existir dominio clerical. Debemos ser sencillos, humildes siervos de los pobres. Esta es la razón por la que la humildad es tan importante en nuestra tradición Vicenciana. San Vicente dice : «Es la base de toda perfección evangélica». «Es la esencia de la vida espiritual».14 La humildad es la gran virtud de la colaboración. Nunca busca dominar. La persona humilde busca los dones de Dios dondequiera que estén, recibe estos dones, como administrador, y los pasa a los pobres.

Recientemente los responsables de algunas de las principales ramas de la Familia Vicenciana han publicado seis proyectos en colaboración, de contenidos diferentes, como ejemplos para estimular otros proyectos semejantes.

Algunos Retos:

  1. ¿Podríamos hacer el próximo año en cada uno de nuestros países otros proyectos de colaboración similares? Tengo confianza de que este objetivo es realizable dentro del año.
  2. ¿Podemos considerar misiones «ad gentes» donde los misioneros además de ser sacerdotes, hermanos y hermanas religiosas fuesen también hombres y mujeres casados de todas las ramas de nuestra familia?.
  3. ¿Podríamos desarrollar proyectos en los que los pobres trabajasen junto con nosotros, compartiesen nuestra formación, nuestra oración, y llegaran a ser una parte viva de nuestra Familia Vicenciana?
  4. ¿Podríamos organizar una red de trabajo vicenciana de justicia y paz en todos nuestros países, y a nivel internacional, a fin de, en temas concretos, poder movilizar nuestras energías en acción en favor de la justicia social?

4. Un cuarto reto para nuestra familia hoy, como base para su eficacia misionera, es desarrollar algunas formas claras y sencillas para orar como miembros de la Familia Vicenciana.

San Vicente fue muy práctico en la oración. Nos recomendó algunos métodos para orar, como el pequeño método que aplicó a la predicación y a la oración. Nos ofreció algunas sugerencias sobre el uso de imágenes, de palabras, de la mente, del corazón y de la voluntad.

Algunos Retos:

  1. ¿Conocen todos los miembros de la familia estos modos de oración vicenciana, desde la Hermana anciana de 90 años de China hasta el joven de 15 años miembro de las Juventudes Marianas Vicencianas en México? Creo que no. ¿Podemos nosotros, como lo hizo San Vicente, ser más eficaces en nuestro modo de enseñar a otros a orar?
  2. ¿Somos capaces de enseñarnos mutuamente a integrar oración y vida apostólica?.
  3. ¿Somos capaces de desarrollar algunas formas sencillas de oración diaria, apropiadas a los distintos momentos del día o a diferentes ocasiones, con el fin de poder ofrecerlas especialmente a los jóvenes y a los pobres?.

5. Un quinto reto en nuestros esfuerzos misioneros en el tercer milenio es llegar especialmente a los jóvenes.

Recientemente dije esto en cierto lugar y después recibí una carta fuerte de una Hermana diciendo que deberíamos llegar también a los ancianos. Por supuesto, eso es verdad. Los ancianos merecen mucho nuestro amor y atención, pero yo os animo a que lleguéis especialmente a los jóvenes

¿Hay algo en lo que el Papa Juan Pablo II haya puesto más énfasis, tanto de palabra como de obra? Los jóvenes son el tercer milenio. Les pertenece. Ciertamente no me pertenece a mí. Dudo que pueda sobrevivir ¡más allá de su segunda década!. Y probablemente muchos de vosotros podréis decir lo mismo.

Por consiguiente, hoy os digo: San Vicente un dejado un don maravilloso en la Iglesia. Lo ha colocado, en parte, en vuestras manos y en las mías. Pasadlo a los jóvenes. Decidles cómo San Vicente, inspirado por la ‘visión’ de Jesús, vio el mundo al revés (patas-arriba). Decidles que en el Reino de Dios, los pobres son los reyes, las reinas y los presidentes y que nosotros somos sus servidores. Entregadles una rice espiritualidad evangélica, enraizada en la humanidad de Jesús. Ayudadles a compartir el amor de Jesús a Dios como Padre, su confianza en la providencia de Dios. Acompañadles a escuchar la palabra de Dios como hizo María, la madre de Jesús, y a ponerla en práctica como hizo ella. Demostradles, especialmente con vuestras vidas la importancia de la verdad. Mostradles, con vuestro ejemplo, el modo de ver al mundo con los ojos del humilde por lo que todo es un regalo — todo— y Dios está continuamente en nuestras vidas para hacernos seres nuevos y completos. Haced esto, no únicamente como un medio de promoción vocacional, sino como una forma de compartir el don maravilloso que Dios nos ha dado.

Nuestro carisma es algo muy importante en la Iglesia. ¿Puede esta Asamblea plantear un desafío a los miembros de nuestra familia, dondequiera que estén en todo el mundo, a crear grupos de jóvenes y proporcionarles una formación sólida?

Una de los frecuentes lamentaciones que oigo, especialmente por parte de los superiores, es la cantidad de tiempo que tienen que dedicar al «mantenimiento» y lo poco que pueden dar a la «misión«. Naturalmente, «el mantenimiento» es necesario. Todos lo reconocemos. Pero yo os animo a que encontréis medios de centrarse más y más en la energía de nuestra familia en la misión. Jesús nos pide que seamos libres, desprendidos, para poder dedicar nuestras vidas totalmente a su servicio.

Al concluir estas reflexiones, os pido que os imaginéis que estamos de pie junto a Jesús al final del evangelio de Marcos. Su ministerio ha llegado al fin. El ahora nos confía la misión de proclamar y presenciar la salvación de Dios, perdonando, alimentando y mostrando su amor sacrificado por los demás. Jesús se vuelve hoy hacia nosotros, como se volvió a sus seguidores al final del evangelio de Marcos y nos dice: «Id, id a todo el mundo y predicad el evangelio a todas las criaturas». Esa es nuestra misión. Vayamos, hermanos y hermanas, miembros de la Familia Vicenciana, y proclamemos la Buena Nueva Jubilar de que Dios está aquí para liberar a su pueblo.

  1. TMA 13
  2. TMA 51
  3. Karl Rahnner, The Abiding Significance of the Second Vatican Council» en Theological Investigations XX, 90-102; cf. también «The Future of the Church and the Church of the Future», en Theological Investigations XX, 103-114
  4. SV XI,402
  5. Jn 16: 28;cf Jn 1:1, Jn 14:28
  6. Mc,16:15
  7. Redemptoris Missio,71-74
  8. SV XI, 134
  9. Ibid.
  10. CF Avery Dulles, en Seven Essentials of Evangelization», en Origins 25 (# 23; November 23 1995) 397-400
  11. Evangelii Nuntiandi, 24
  12. SV XII, 87
  13. Cf. SV, II,4
  14. Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, II 7

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