La experiencia espiritual del Señor Vicente y la nuestra

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Pierre Renouard, C.M. André Sylvestre, C.M. Jean Morin, C.M. Raymond Chalumeau, C.M. Joseph Dugrip, C.M. · Traductor: Luis Huerga, C.M.. · Año publicación original: 1976 · Fuente: V Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca..
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Espiritualidad o experiencia espiritual (Ensayo de metodología)

vincent_mission_sociale1.° En materia de espiritualidad y tratándose de San Vicente, conviene desde el principio explicar, ya que no cuestionar, el término mismo de espiritualidad. Una espiritualidad supone, en efecto, análisis y síntesis de un pensamiento, de una doctrina, una organización, ya que no una sistematización. De ordinario, este trabajo es concebido y elaborado por el interesado mismo en uno u otro de sus escritos.

Ahora bien, aparte de su correspondencia, San Vicente nada escribió, y sobre todo, no intentó sistematizar su espiritualidad (El mismo capítulo segundo de las Reglas Comunes es más el análisis y la descripción de un comportamiento misionero, que un intento de síntesis).

2.° De ahí que, para extraer las líneas de fuerza de lo que se llama «nuestra espiritualidad», no nos queden sino dos solu­ciones :

a) Bien emprender el trabajo de síntesis que San Vicente no hizo ni quiso que se hiciese (hasta prohibía se tomasen notas durante las conferencias, XII, 446), y organizar, cuando no sis­tematizar, su pensamiento y su experiencia con todos los riesgos de proyecciones y de interpretaciones gratuitas y azarosas.

b) O bien atenernos más modestamente a lo que vivió, a su experiencia espiritual tal como él mismo la describió, o tal como ella se expresa o se delata en sus conferencias y en su co­rrespondencia.

En seguir una experiencia espiritual, en inspirarse en una expe­riencia espiritual y nutrirse de ella es en donde parece que ha de estar la suerte y la gracia de los discípulos de San Vicente…, sin poder verdaderamente hacer referencia a una doctrina es­piritual.

En materia de espiritualidad, nuestra única referencia es la ma­nera concreta de seguir San Vicente a Jesucristo… día tras día… en el corazón del acontecimiento.

3.° Esta comprobación lleva tras sí evidentemente un cierto número de consecuencias importantes para quien quiere abordar a San Vicente. Nuestra mentalidad, nuestro método de análisis, nuestro vocabulario, están preparados, habituados, adaptados al estudio de una doctrina. Y, aun inconscientemente, siempre esta­remos prestos a abordar a San Vicente de esta manera, según nues­tra formación y nuestros hábitos. Ahora bien, no se trata aquí de una doctrina espiritual, sino de una experiencia espiritual; lo cual supone una aproximación muy distinta. Así es como, por ejemplo, más que estudiar temas (la fe de San Vicente, las virtu­des de San Vicente, etc…), será cuestión de interpretar aconte­cimientos…, más que de líneas de fuerza, será cuestión de tiempos fuertes y del eco más o menos duradero y profundo de esos tiem­pos fuertes en el avance espiritual de San Vicente (por ejemplo, Gannes, Chátillon, o el encuentro con San Francisco de Sales, Luisa de Marillac, Margarita Naseau, etc…). En una palabra, más que de una síntesis clara, coherente y organizada, será cues­tión de avanzar al compás de la continuidad y del progreso, pero asimismo al de los tanteos, cuando no de las rupturas, propias de todo avance.

4.° En esta perspectiva, siempre será evidentemente peli­groso separar o distinguir demasiado lo que la vida y la persona han unido. Es ciertamente legítimo distinguir, por ejemplo, lo que San Vicente dice a los Sacerdotes de la Misión, de lo que dice a las Hijas de la Caridad o a las Damas, pero sin olvidar nunca que, de uno y otro lado, se trata del mismo San Vicente, de la misma experiencia espiritual que se brinda. No puede uno hacerse, por ejemplo, una idea exacta y completa de lo que debe ser la re­lación del sacerdote de la Misión con Jesucristo o con los pobres sin toparse con San Vicente, en su correspondencia, en sus con­ferencias a las Hijas de la Caridad, en sus pláticas a las Damas.

Sería grave y menguado, en nuestro estudio espiritual de San Vicente, limitarnos únicamente a las pláticas a los misioneros y a nuestras Reglas Comunes…, aun cuando convenga conceder a éstas más atención e importancia.

5.° Experiencia espiritual, pues —y por definición—, inserta en el tiempo. En este tipo de estudio, conviene por consiguiente, prestar la máxima atención a los acontecimientos, a las circunstan­cias, a los contextos, a las fechas y a la edad. Será necesario, pues —por ejemplo—, evitar el favor excesivo a tal o tal otro aspecto, simplemente porque el azar ha querido que poseamos muchos documentos sobre tal época. Así es como todos saben que estamos abundantemente provistos para el período 1655-1660. Sin minimizar el valor de esos textos, sería muy conveniente si­tuarlos en el tiempo y en el conjunto de este avance…, evitando —por ejemplo— el reducir toda la espiritualidad vicenciana, en lo que nos concierne, al comentario de las Reglas Comunes de los dos últimos años de la vida de San Vicente.

6.° El hecho de que San Vicente nos brinde una experiencia espiritual y no una doctrina, nos lleva, pues, a concebir —para trabar contacto con él— un nuevo método. Y bien parece el pro­pio San Vicente sugerir este «nuevo método» en su manera de leer y de interpretar los acontecimientos. Basta referirse a los tex­tos en los que evoca —por ejemplo— Folleville o Chatillon, o aún la historia del robo, la historia del magistral, la historia de la misión de Marchais…, etc., etc. En todos estos y tantos otros casos como jalonan la vida de San Vicente, se trata de aconte­cimientos que San Vicente vive e interpreta para sí y para nosotros. Es entonces sobre todo cuando nos da la clave de «su espiritua­lidad». En todo caso, hace él mismo —de alguna manera— el trabajo que nosotros nos proponemos hacer; él mismo nos brin­da el método para abordar y analizar su experiencia espiritual y —por cierto— para que participemos en ella.

Este método —sugerido por San Vicente mismo —se ha­llará a lo largo del intento que sigue: acontecimiento, y a conti­nuación lectura del acontecimiento.

Avance espiritual de san Vicente

Capítulo I: Los orígenes

Nacimiento y entorno

Vicente ve la luz en abril de 1581 en Pouy, en las Landas. Es el tercer hijo de Jean Depaul y de Bertrande Demoras, una fami­lia campesina que contará seis hijos (4 niños y 2 niñas).

Nace y crece en una Francia que comprende 4/5 del mapa actual. Hay muy pocas fronteras naturales. Rompen la unidad algunos enclaves: el Venaissin que pertenece a la Santa Sede de 1274 a 1791, una parte de Nevers y los dominios españoles de Flandes.

Siempre ha sido difícil hacer un censo del siglo XVII. Parece que la población francesa oscilaba entre los 17 y los 20 millones de habitantes. Las guerras, las hambres, las enfermedades hacen descender muy rápidamente la cifra de la población (puede que a 14 millones algunas veces). ¿Se desean otras cifras? Recurramos a André Dodin1 que habla de una mortalidad infantil del 50%, de la media de 20 a 25 años de edad entre los pobres, de 40 a 45 entre los burgueses. De epidemias y de hambres que afectan hasta el 30 ó el 40% de la población de ciertas provincias.

Pues la guerra hace estragos por doquier. Se la ve en Lorena (1636-1745), en Picardía, en Campaña. Sacuden al país revueltas locales (1633: Lyon; 1674: Rouen). Más tarde, vendrá la Fronda (1649-1652).

La hechicería, otro aspecto de la miseria, es la pesadilla del país, desde la posesión hasta la magia. Se hallarán condenas de la hechicería en Francia hasta 1860. Hay asimismo penuria in­telectual: 3/4 de la población masculina y 9/10 de la población femenina son analfabetos.2

Se nutre uno parcamente y mal. La carne es un lujo. Las legum­bres, la sopa, el pan de salvado (candeal y centeno sembrados y cosechados juntamente) para los campesinos, el pan de trigo o de centeno para los burgueses o los nobles, constituyen las minutas habituales. Es por lo demás una necesidad. El ganado es insuficiente y la tierra, falta de abono, mal laboreada por los arados de madera, produce muy poco. Un año de cada dos, se dejan las tierras en bar­becho. En cuanto se declara una plaga, es invencible por razón de la pobreza de los medios de transporte.

Por su parte, el poder político va a hacer un esfuerzo por imponerse, luchando sin tregua contra las herejías (matanza de San Bartolomé: en agosto de 1572 y toma de la Rochela el 1.° de noviembre de 1628). Las guerras de religión son verdaderas guerras civiles.3

¿Qué es de este país desde el punto de vista espiritual?

Dos religiones se reparten entonces la población: el catoli­cismo y el protestantismo. El pueblo oscila del uno al otro a mer­ced de las sucesivas influencias. Pero ¿qué hace el clero ?

El clero católico

Es una potencia política a causa de los capitales de que dis­pone. Es el mayor propietario del país. Hace explotar sus tierras; percibe el diezmo. Se cuentan por ejemplo de 125 a 130 obispados, 15 arzobispados, 152.000 iglesias o capillas, 40.000 conventos, 266.000 eclesiásticos, 181.000 religiosos o religiosas.4

Hay que distinguir entre:

  • El Alto clero bajo la acción de los beneficios. Hay obispos minorennes, por ejemplo Charles Levis: 4 años…; Henri de Verneuil, nombrado en Metz a los 10 y 1/2. En 1596, de 14 arzobispados, 6 ó 7 están sin arzobispo, de 100 obispados, 30 ó 40 están sin obispo. Citemos todavía un ejemplo: el cardenal Sourdis tendría un potencial bélico comparable al del gran Condé.
  • Los Religiosos: únicamente los cartujos y las Ordenes re­cientes no necesitan reforma. Entre los demás hay escán­dalos. Se observa a religiosas fuera de la clausura con vestidos inmodestos. En 1597, en 25 diócesis, 120 abadías están sin abades legítimos.5 De todos modos no conviene exagerar. No está consignado en los archivos lo que era entonces normal.
  • El Bajo clero: es a veces ignorante y licencioso. Las iglesias se bastan ampliamente: 100 iglesias para 10.000 sacerdotes en París. No hay (o hay muy pocos) sacerdotes en los campos.

Las iglesias están sin confesonarios, sin púlpitos…

Los protestantes

Entre ellos, el clero es en extremo honorable y numeroso. Tienen 700 iglesias, 4 academias célebres: Saumur – Montauban ­Sedan – La Rochelle.

Frente al clero, otras dos clases bien conocidas de nuestros manuales de historia, merecen mencionarse:

  • La Nobleza: tiene un sentido social bastante profundo. Está instruida, es consciente de ser responsable del pueblo. Se divide en dos:
    • la nobleza feudal: por colación del Rey;
    • la nobleza de oficio: conferida por la función.

Toda esta nobleza está ahita de privilegios (porciones-título­escudos-precedencias-exención de ciertos impuestos-derechos de caza). Pero durante la infancia de San Vicente, las rentas de los nobles se hacen insuficientes, y el duelo diezma sus filas. Algunos se resignan a una honrosa pobreza, otros hacen política.

  • El Tercer Estado: se divide a su vez en tres categorías:
    • los burgueses, que incluyen a financieros como los Gondi —negociantes – médicos – jurisconsultos—. Esta burguesía ascenderá en tiempo de Luis xin.
    • Los artesanos (obreros libres, corporativos) soportan el alza de precios y sufren la persecución del Estado.
    • En cuanto a los campesinos, sin rango, siguen traba­jando, contentos, deseosos de tomar la tierra por cuenta propia.

Ese es el mundo al que pertenece la familia de Vicente. Sus orígenes son campesinos.

Vicente, niño

Ninguna elegancia, poca comodidad, pero ninguna miseria,6 tal es la descripción del hogar en el que el joven Vicente va a des­arrollarse.

¿Qué hará durante su más tierna infancia? Guardar rebaños de cerdos y ovejas. «He sido porquero», dirá. Se nos asegura que llevaba los rebaños hasta los llanos de Chalosse y que penetraba hasta Saint Sever, a 60 kilómetros de Pouy.

Sea como fuere, es muy exacto hablar de «los humildes orí­genes» de San Vicente. Ellos orientan fundamentalmente su vida. Al principio le costó asumir esos orígenes (XII, 432).7 «Sentía vergüenza», según su propia expresión, porque su padre «iba mal vestido y era algo cojo».

Más tarde, con la ayuda de la experiencia y de la edad, hablará con gusto de los valores y de las virtudes campesinas, que pondrá como modelo en una conferencia (XII, 170-171).8

La experiencia de Vicente de la que hablaremos ulteriormente, está ya en germen en el contacto con el mundo rural. Más tarde, se podrá verdaderamente afirmar: «el pobre reveló a San Vicente a sí mismo: al choque del contacto con la miseria, San Vicente se acuerda a menudo de lo que ha sido, de sus modestos orígenes, y los evoca como para extraerles una convicción, como para aclarar en ellos su mirada».9

Capítulo II: El avance hacia el sacerdocio

¿Es la costumbre de la época? ¿Es un discernimiento real por parte del Señor Depaul? El es en todo caso quien decide que su hijo Vicente haga algunos estudios. Le envía al Colegio de Dax, a los Franciscanos. El juez de Pouy, Señor de Comet (abogado en la curia presidial de Dax), se hace su protector y hasta le confía la educación de sus hijos.

¿Es él quien le orienta hacia la carrera eclesiástica? En realidad, su vocación parece muy conformista. Bien nota el Padre Dodin que «para los rurales, la Iglesia es la vía normal de los ascensos rápidos».10

Los hechos y las fechas nos inducen a juzgar un poco alocada esta porfía por el sacerdocio. En 1596, Vicente tiene 15 años, re­cibe la tonsura y las órdenes menores en Bidache (XIII, 1-2). El 19 de septiembre de 1596 —tiene 17 años— es subdiácono, el 13 de diciembre del mismo año, es diácono. Recibe el sacerdocio a los 20 años, de manos del anciano obispo de Périgueux, Fran­gois Bourdeilles (23 de septiembre de 1600). Más tarde, viendo de nuevo el film de esta ordenación prematura, hará la confidencia: «si yo hubiese sabido lo que es el sacerdocio, cuando tuve la temeridad de entrar en él, como después lo he sabido, hubiese preferido labrar la tierra a comprometerme en un estado tan terrible» (V, 568-VII, 463). De hecho, Vicente respiraba el aire de su tiempo; las directivas del concilio de Trento estaban lejos de aplicarse. Al menos será preciso esperar hasta 1615.

  • Sacerdote ya, San Vicente recibe el curato de Tilh (en las Landas), pero nunca lo ejercerá.
  • Como sacerdote-estudiante en Toulouse, es al mismo tiempo responsable de un pequeño internado en Buzet hasta 1604.
  • Luego se abre un período, en el transcurso del cual es muy difícil seguir a Vicente (1605-1608), y París (1608-1610).

Lectura del acontecimiento

La imaginería popular nos muestra de grado al joven Vicente devoto y ya en la cumbre de la santidad. Los hechos nos propo­nen otra visión: la de un niño modesto, de un adolescente piadoso y de un joven en busca de beneficio y de un «honroso retiro». Sus ambiciones son limitadas, sus horizontes reducidos. No sabe aún de lo que es capaz. Necesita abrir el libro de la vida y volver las páginas de la experiencia. Dios escribe derecho con líneas torcidas… Tiene también necesidad de hombres.

Capítulo III: La acusación de robo

Querer vivir en París es, como en nuestros días, tropezarse desde el principio con el problema del alojamiento. Por fortuna, Vicente encuentra a un coterráneo. Va a vivir en compañía de un compatriota suyo, juez de la población Sore (en las Landas). Un día está enfermo y guarda cama. Un mozo de botica viene a medicamentarle y roba los escudos del propietario. Vicente nada ha visto y con todo, se le acusa de robo… se le expulsa. Hasta en la calle y cerca de los amigos es perseguido por el juez.

Su corazón está herido, mortificado. Se le asemeja a un ladrón, y ello públicamente: tendrá que pedir al Padre de Berulle algunos escudos para poder vivir. Vicente fue incluso objeto de un moni­torio que, según costumbre, debía leerse durante tres domingos consecutivos en los avisos de la misa. En torno a él se eterniza­ban las quejas y las sospechas. La dolorosa y tenebrosa historia duró al menos seis meses.11

Lectura del acontecimiento

Es en el momento en que San Vicente cuida sobre todo de multiplicar las relaciones con vistas a un «honroso retiro» (I, 18), cuando esta acusación le separa de algunas relaciones penosa­mente trabajadas. No olvidemos que fue, probablemente, objeto de un monitorio… (cf. Mission et Charité, n. 29-30, p. 33). Casi 50 años más tarde (9 de junio de 1656; XI, 337), San Vicente ex­traerá todo el valor espiritual del acontecimiento: «Dios quiere de vez en cuando probar a las personas y para eso, permite que tengan lugar estos trances». Experimenta la injusticia de la que muy a menudo los pobres son víctimas indefensas.

Capítulo IV: La tentación contra la fe y Clichy

Capellán

Después de esta acusación injusta, el Señor Vicente se retira a rue de Seine. Quiere vivir. Mas para eso, hace falta dinero. Para procurárselo, emplea uno corrientemente dos medios:

  • adquirir un beneficio;
  • encontrar un cargo.

El 14 de mayo de 1610, se le dota de un beneficio: Saint Léo­nard de Chaulmes, en la diócesis de Saintes. Es un trato de bobos. Cuando el señor Vicente se presenta en el lugar, experimenta un total desengaño: no ve más que ruinas sin monjes y sin casa ha­bitable. También allí recibe un bofetón de la vida: se le ha enga­ñado, y las deudas han crecido.

Busca asimismo un empleo fijo: un amigo, el Señor Leclerc de la Foret, logra encontrarle un puesto entre los capellanes de la Reina Margarita de Valois: la reina Margot. Su entrada no es ruidosa. Pasa por la puerta de servicio, reservada a los múltiples distribuidores de limosnas que la reina reclutaba para su tran­quilidad espiritual. Desde este puesto de observación, aprende a conocer el gran mundo de los ricos.

«Hecho parisino a los 27 años, Vicente de Paúl evoluciona du­rante 43 años en un mundo descrito como bazar de maravillas y donde la sencillez sobrevivirá muy a duras penas. Poco faltó para que el joven Vicente no sucumbiera y se hiciese un esclavo civilizado, apegado a los bienes materiales, inmovilizado y anestesiado por un horizonte de pequeña periferia».12

En 1611, Vicente tiene un encuentro bastante decisivo: el de un magistral o doctor de la fe. Este hombre, entregado a la ocio­sidad, es devorado por las dudas y los escrúpulos. Vicente se halla frente por frente de su doble… En su común ociosidad, el cape­llán y el controversista son extremadamente febriles. El primero intenta consolar al segundo y le propone un orden:

  • hay que despreciar la tentación, no interesarse por ella;
  • para vencer la inactividad nociva, es bueno atarearse visi­tando a los enfermos.

La tentación contra la fe

El capellán de los Gondi conoce un verdadero drama interior. Sabemos bien su origen: siempre en contacto con el magistral, el señor Vicente no llega a calmarle. Agotados los argumentos y los consejos, toma una decisión llena de consecuencias: se ofre­ce generosamente a Dios para tomar sobre sí la tentación del doctor. El hombre queda libre, pero su director está abrumado. Este conoce entonces la noche interior y la «ronda zumbadora de las dudas».13 Más tarde, el Superior General de la Misión lo relatará a sus misioneros (XI, 32-33). No hará mención de su intervención personal, pero utilizará este ejemplo para moralizar sobre la ociosidad: «lo cual nos enseña de paso, lo peligroso que es estar ocioso, sea de cuerpo, sea de espíritu…» (XI, 33).

¿Qué ocurre exactamente? ¿Es depresión? ¿Temeridad? ¿»Neurastenia generalizada», como quisiera Mons. Calvet?

En cualquier caso, el señor Vicente «asiste al destrozo de su espíritu. No se salva más que consagrándose de por vida al ser­vicio de los pobres».14

Lectura de los acontecimiento

La fe de Vicente queda, pues, marcada por esta aguda crisis en su vida de hombre. Encuentra la solución en el servicio a los pobres, en la mística de los pobres. El precio serán tres o cuatro años de desconcierto y de tinieblas interiores. Vicente se conver­tirá a continuación en un modelo de fe. Esta se forjará en el crisol del sufrimiento. En el momento mismo en que conozca la duda y el asalto del espíritu del mal, se enriquecerá con conviccio­nes personales decisivas:

  • La fe parte siempre de un doble movimiento de empobre­cimiento y de enriquecimiento. «Os es, pues (…) nece­sario vaciaros de vos mismo para revestiros de Jesucristo», dirá a Antoine Durand, nombrado superior de Agde a los 27 años (XI, 342-351).
    Se inspira constantemente en la doctrina paulina de la vida y de la muerte de Cristo. Tendrá textos escriturísticos preferidos: Gál 3, 26-27; Rom 6, 3-4; Col 11, 12.
  • Hace falta salir de sí mismo y darse. «Todo nuestro que­hacer está cifrado en la acción». En 1653, dirá a las Hijas de la Caridad: «Hay que pasar del amor afectivo al efec­tivo, que es el ejercicio de las obras de Caridad, el servi­cio de los pobres, emprendido con gozo, constancia y amor» (IX, 593).

Estos dos hechos: haber sufrido la acusación de robo y haber cargado con la pena de otro, modifican su ser, su visión de las cosas y de los hombres. De ahora en adelante, no sólo mirará a los pobres y a los desgraciados, sino que los verá.

De ahora en adelante también, no observará ya la miseria como un objeto, una torpeza o una deformación de los demás; no será ya un espectador indiferente, sino un comunicante que se identifica con la miseria de los demás, «por su ser y por el movi­miento mismo de su vida…».15 Ama al miserable, pero combate la pobreza como una plaga.

¿Se convirtió el Señor Vicente?

Hay opiniones divergentes. Lo que es seguro, es que no ha habido un brusco viraje a la manera paulina. Vale más ha­blar de una evolución que se acelera más y más y que culminará en 1517. La prueba purificadora que conoció, le lleva a decir «sí» al Señor en un don total y generoso. La gracia hace irrupción en él de una manera decisiva. Es interiormente recreado.16

Los doce primeros años del sacerdocio de San Vicente parecen transcurrir al margen de lo que hoy se llamaría la pastoral. Se dedica a «ministerios» privados. Ahora bien, San Vicente parece estar incómodo (tentaciones contra la fe; tono desengañado de la carta a su madre). Esta primera experiencia sacerdotal aparece, para él, engañosa.

Clichy

Es entonces cuando Bérulle le propone el curato de Clichy y San Vicente toma posesión de esta parroquia, el 12 de mayo de 1612 (parroquia rural de 600 habitantes). Tiene 31 años, y se lanza a fondo a esta nueva experiencia: restauración de la iglesia, visitas a los feligreses, fundación de una pequeña escuela clerical, catequesis…, etc.

La exuberancia de esta experiencia hiende con tanta mayor limpieza, cuanto que sigue a un período de malestar. San Vicente parece medir por ella todas las ventajas de una verdadera pastoral, directa, «sobre el terreno»; y lo que de ella dice San Vicente mismo, permite pensar que esta primera experiencia fue decisiva para el porvenir (IX, 646 y III, 339): …He sido cura rural… Un día me preguntaba el Señor Cardenal de Retz: —Bien, señor, ¿cómo estáis? Díjele: —Monseñor, estoy tan contento, que no os lo puedo decir… Tengo para mí que ni el Santo Padre, ni vos, Monseñor, sois tan dichoso como yo… (se sabe que, no mucho antes, San Vicente aspiraba más a un obispado que a una pequeña pa­rroquia…).

De esta primera etapa de la experiencia pastoral de San Vi­cente, reténgase el que San Vicente haya podido medir las ven­tajas de una «pastoral directa» de cura de almas con relación a los ministerios «privados» que precedieron a ésta (dirección de un pensionado, capellanía, etc…). En adelante se sabrá dotado y dichoso en medio de la pobre gente.

El «honroso retiro»

En septiembre de 1613 (un año después de su llegada) el jo­ven cura deja su parroquia, ¿inestabilidad? ¿Presión de Pierre de Bérldle? El Señor Vicente anda en busca de sí propio. Se hace preceptor en casa de los Gondi, la familia del general de las Galeras.

Vicente es ahí elegido como preceptor de los niños Pierre y Henri (cuando acaba de nacer Jean Francois Paul, el que será célebre coadjutor y arzobispo de París). He ahí el «honroso re­tiro»: ha franqueado el dintel de los ricos. En apariencia, ha trai­cionado a su ambiente originario. Es una nueva tentación.

Capítulo V: Folleville y la Misión

Folleville

Llegado a casa de los Gondi, se encarga asimismo de la di­rección espiritual de Madame y se ocupa de la servidumbre y de la población campesina que trabaja en las tierras de los Gondi.

Helo ahí, podría decirse que de vuelta en los «ministerios pri­vados»…, pero ha saboreado la pastoral. Y es entre la población campesina de las tierras de los Gondi, donde verifica su segunda experiencia pastoral, la decisiva.

Es conocido el episodio de Gannes-Folleville (XI, 2-4; 169­171; IX, 58-59; XII, 7-8; 82). Un anciano «que pasaba por hom­bre de bien», confiesa a San Vicente «pecados que jamás había osado declarar en confesión». Una vez en paz, este anciano habla a Mme. de Gondi, la cual exclama: «¡Ah!, Señor, ¿qué es esto? ¿Qué es lo que acabamos de oír? Sin duda ocurre lo mismo con la mayoría de esta buena gente… ¡Ah, Señor Vicente, cuántas almas se pierden! ¿Cómo remediarlo ?». Y ruega a San Vicente que predique al día siguiente sobre el asunto.

Las consecuencias de este sermón parecen haber impresio­nado tanto a San Vicente como el acontecimiento de la víspera. «…Toda esta buena gente se vio de tal forma tocada por Dios, que todos iban a hacer confesión general. Continué instruyéndoles y disponiéndoles a los sacramentos, y comencé a escucharles. Pero era tan grande la aglomeración que, no pudiendo bastar ya con otro sacerdote que me ayudaba, mandó Madame recado a los Reverendos Padres Jesuitas de Amiens, para que viniesen en nuestra ayuda… Fuimos luego a las demás aldeas que pertenecían a Madame en aquellos contornos e hicimos como en la primera. Acudió gran nú­mero y Dios dio por todos lados su bendición. Y ese fue el primer sermón de la Misión».

Lectura de este acontecimiento

Múltiples observaciones pueden hacerse a esta experiencia:

  1. Se da otro paso adelante… hacia el Sacerdote de la Mi­sión. Tras haber evaluado las ventajas de la pastoral parroquial directa (Clichy) en relación con los ministerios «privados», San Vicente mide aquí las ventajas de la intervención misionera en relación con la pastoral sedentaria del párroco. Para el anciano de Gannes, no sólo no bastó el párroco, sino que, bien a pesar suyo por cierto, fue en cierta manera un obstáculo. En su carta a Ur­bano vm, de junio de 1628, San Vicente precisará este punto: …La pobre gente del campo… muere a menudo en los pecados de su juventud, por haber sentido vergüenza en descubrírselos a párrocos o a coadjutores que le son conocidos y familiares (1, 45). La inter­vención misionera no corre estos riesgos, y se presenta por eso como complemento necesario y eficaz a la pastoral sedentaria.
  2. Esta experiencia de intervención misionera encamina muy lógicamente a San Vicente por la idea de la itinerancia. De ella se trata en este texto: Estuvimos luego en las demás aldeas pertene­cientes a Madame por aquellos contornos…
  3. Observemos de nuevo, en estos relatos, la gran impor­tancia concedida a la predicación y, por cierto, a la confesión general. El misionero ¿el hombre de la Palabra? Encontramos en todo caso ya prácticamente, el esquema de la Misión: «instruirles, disponerles a los sacramentos, escuchar sus confesiones».
  4. Observemos por fin que, desde esta primera experiencia de intervención misionera, San Vicente debe recurrir a otros. Debe ya tomar conciencia de la necesidad de ser muchos para hacer frente a esta pastoral…, en cuanto que la ayuda de los Pa­dres Jesuitas se revela muy esporádica (XI, 4-5), al ser esta ocupa­ción contraria a su Instituto (XI, 171).
  5. Vicente ve los acontecimientos y es fiel a ellos:
    • comprueba una doble ignorancia: la del pueblo en cuanto a las verdades necesarias a la salvación; la de los párrocos en cuanto a la fórmula de la absolución;
    • percibe un fallo concreto en la fe.

En una palabra, tomando conciencia de una situación colec­tiva y de las necesidades urgentes, actúa. Es apoyándose en la experiencia de Gannes-Folleville como se organizarán, en una línea de continuidad:

  • las misiones y los Sacerdotes de la Misión;17
  • las obras de los Ordenandos;
  • la triple reforma
    • del clero,
    • de los religiosos,
    • del episcopado.

Siempre reconoció él mismo esa fecha como el principio de su obra misionera: «Y he ahí el primer sermón de la Misión, y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de San Pablo; lo que Dios no hizo sin propósito en un día semejante» (XI, 4).

Para demostrar asimismo el carácter providencial del origen de la Misión hará más tarde a los misioneros la confidencia: «¡Ay, señores y hermanos míos, nadie había pensado en ello ja­más, no se sabía lo que eran las misiones, no lo imaginábamos, ni sabíamos qué era, y en eso es en lo que se reconoce que es una obra de Dios!» (XI, 169).

Concretamente, Vicente había partido de una visión de la vida, y no en principio de una teoría de la Misión. Reconoce él mismo que es el amor a los pobres lo que explica la tarea de la Compañía de la Misión: «Vamos pues, hermanos míos, a emplear­nos con renovado amor en servir a los pobres, y aún busquemos a los más pobres y a los más abandonados» (XI, 393).

Se diseña ya una constante del Señor Vicente: cuando ha captado bien el acontecimiento, cuando ha comprendido su coin­cidencia con la voluntad de Dios, es entonces cuando pasa a la acción. Para él, hay que saber esperar («no adelantarse a la Pro­videncia», I, 26-28; IV, 123) y luego, cuando se está seguro, acu­dir a las necesidades del prójimo «como se acude a un incendio» (XI, 31).

Capítulo VI: Chatillon y la Caridad

Experiencia notable, la de Gannes-Folleville, pero no es en­tonces al parecer sino un paréntesis en la vida de San Vicente…, en la medida en que comienza por ser preceptor y director de conciencia; su acción misional depende, más que de la necesidad de la pobre gente, de los desplazamientos de Madame por sus tierras. De donde el deseo de San Vicente de dejar su empleo de preceptor para volver permanentemente a los pobres del campo. Se presenta una ocasión: Chátillon-les-Dombes. ¡San Vicente huye allá, más que va! Tiene 36 años.

Se le ve entonces tan activo y exuberante como en Clichy. En Chátillon organiza una cierta vida de comunidad con seis eclesiásticos que moran en el lugar (una pequeña experiencia más, de interés para el porvenir); aprende el dialecto local…, pasa revista a la parroquia. En Coste XII, 45-54, se halla la relación de su acción pastoral en un documento firmado para la beatifica­ción. No hace cinco meses que San Vicente está en Chátillon, cuando se sorprende uno de la cantidad y calidad de trabajo rea­lizado en tan poco tiempo.

En relación a Clichy, una experiencia inédita y notable para el porvenir: es la historia de la fundación de la primera Caridad.

En Gannes-Folleville, acaba de verse, es la evangelización y la confesión general lo que urge. Aquí es el socorro material lo que se descubrirá como urgencia y reclamará una reacción mi­sionera inmediata.

Para comprender bien este nuevo paso decisivo en la expe­riencia y en la óptica vicencianas, hay que referirse al relato que San Vicente mismo hace de él (IX, 242-244) donde, notémoslo de paso, pone el acontecimiento en relación directa con la fun­dación de las Hijas de la Caridad.

Notemos aquí simplemente en este texto:

  • Que se presenta una situación de urgencia: Mientras me revestía para decir la santa misa, viniéronme a decir que en una casa alejada de las demás, a un cuarto de legua de allí, todo el mundo estaba enfermo, sin que quedase una sola persona para asistir a las demás…
  • La reacción de San Vicente es inmediata (como más tarde con ocasión de las guerras, hambres, epidemias, etcétera): Aquello me tocó en lo vivo el corazón. No dejé de recomendarles con afecto en la homilía, y Dios, que tocó el corazón de los que me escuchaban, hizo que todos se viesen movidos a compasión por aquellos pobres afligidos…
  • Como en Folleville, es, pues, una vez más, un sermón el que desencadena una «avalancha», no hacia el confeso­nario, esta vez, sino hacia la casa aislada de la pobre gente. (Puede uno aquí de paso hacerse una idea de la elocuente, eficaz y estimulante palabra de San Vicente; de su manera de arrancar de lo concreto con toda espontaneidad. Como en Folleville, sabe hablar a la pobre gente y conmoverla; recordará sus experiencias pastorales cuando elabore su pequeño método…).
  • La avalancha de socorros es generosa y general, pero des­organizada: Encontramos por el camino a mujeres que nos adelantaban y, un poco más adelante, a otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, esta buena gente se sentaba a la vera del camino para descansar y refrescarse. En fin, hijas mías, había tantas, que hubierais dicho que era una procesión…
  • San Vicente convoca una especie de reunión para orga­nizar estos socorros: …Fue cuestión de ver cómo se podría socorrer su necesidad. Proponía yo a todas aquellas buenas personas que la caridad había animado a trasladarse allá, escotasen, cada una una semana, para hacer el puchero, no sólo para aquéllos, sino para cuantos viniesen después… Y San Vicente termina su relato casi en los mismos tér­minos que el de Folleville: Y éste fue el primer lugar en el que se estableció la Caridad.

Lectura del acontecimiento

  1. En Chátillon, San Vicente, pues, da un paso más. El misionero, mandatario de la Evangelización-Confesión de la po­bre gente, deberá asimismo saber hacer frente, y de una manera inmediata, a las urgencias, y proveer para que se organicen so­corros materiales. Para hacerlo, los seglares se manifestaron efi­caces y generosos. Se sabe que, desde entonces, la mayor parte de las misiones han dado origen a Caridades con este fin.
    Se puede, en fin, observar que con ocasión de estas funda­ciones de Caridades, San Vicente se ve empujado cada vez más a acudir a los obispos, a los que, muy pronto, debe pedir autori­zación y someter los primeros reglamentos (XIII, 423 ss).
  2. La Providencia, una vez más, conmociona su vida y la de muchas otras personas. Preso de su propia psicología y de los signos de Dios, va a acoger el acontecimiento hasta el compromiso inmediato.

Una primera convicción anima desde ahora a este hombre: «Nadie puede desentenderse de la miseria». El verdadero pecador sería aquel que no percibiera la miseria. Somos todos soli­darios del pobre.

De otro lado, está animado de una certeza: el alma no puede separarse del cuerpo; hay que cuidar a éste para alcanzar aquélla.

Todo debe emprenderse conjuntamente, entre muchos. La or­ganización fluye de su deseo eficaz de actuar. Lo que marca esen­cialmente la vida del santo que penetra, es la acción. Se le ve desbordante de actividad: Se obstina, trabaja apasionadamente y hasta partiendo en general de realidades que se le imponen… Trátese de la Misión o de la Caridad, de la obra de los Niños Ex­pósitos o de las Cofradías, ninguna de sus fundaciones es la reali­zación de un programa previsto. Estas creaciones no son más que invenciones progresivas. Viven del impulso del corazón que las riega, tienen la faz de aquellas a quienes contemplan y a quienes hacen vivir.18

El Padre Riquet, S. J., observa de él a justo título: El realis­mo de su caridad le inspirará toda su vida la reunión de las generosidades dispersas, para coordinarlas, sujetarlas a acciones con­certadas, a la realización de proyectos metódicamente estudiados y ajustados tanto a las necesidades como a los recursos, siendo estos últimos limitados y aquellas primeras sin límites.19

¿Cómo no subrayar una nota dominante en San Vicente: el corazón? No estudia informes; ve a los pobres (cf. cartas a Jean Parre). Quebranta las voluntades. Trescientos años más tarde, una mujer se hará eco de este comportamiento vicenciano: Tenemos que humanizar la técnica y hacer de ella el vehículo de la ternura de Cristo.20

Las prolongaciones

Muy pronto, el Señor Vicente establece el vínculo entre la Misión y la Caridad: entre la importancia de la una y la necesi­dad de la otra. Su idea fundamental es desde ahora la siguiente, una vez que regresa a París, en diciembre de 1617:

  • dar misiones,
  • establecer, al clausurar éstas, una Caridad que adopte el reglamento de Chátillon.

A contar de 1618, hay nombres que resuenan como otras tantas primeras batallas ganadas a la miseria y al abandono es­piritual: Villepreux, Joigny, Montmirail, Paillart, Serevilliers, Má­con, etc.

Más tarde se tomarán decisiones concernientes al socorro de los niños abandonados, a los refugiados, a los siniestrados, etc.

Así es como se encomendará al Señor Vicente la Capellanía General de las Galeras en 1619. Preocupado hasta entonces de los pobres y de los enfermos, se encuentra ahora ante un caso de miseria: toma conciencia de otras necesidades. Es el comienzo de una polivalencia, pues San Vicente no cesa ya de adaptarse y adaptar sus institutos y fundaciones a todas las situaciones de pobreza y de injusticia que encuentra.

Capítulo VII: Encuentros e influjos al regreso a París

El regreso a París

En casa de los Gondi se forma una verdadera coalicción, para lograr que vuelva a París el fugitivo capellán. El Señor de Bérulle mismo insiste tanto, que el Señor Vicente acata sus ór­denes. Está en París el 23 de diciembre de 1617. Va a misionar. El 8 de febrero de 1619, se convierte en capellán general de las galeras.

Entre el 7 de noviembre de 1618 y el 13 de septiembre de 1619, Vicente se encuentra con Francisco de Sales. Ambos se estiman y se comprenden al instante. Comparten unas mismas preocupaciones. Vicente lee las obras de Francisco: La Introducción a la Vida Devota (1608), El Tratado del Amor de Dios (1616). En el mes de abril de 1619, llega a París la Madre Juana Francisca Frémiot de Chantal, quien el 1.° de mayo inaugura la primera residencia de la Visitación en París en una casita del Faubourg Saint Marceau.

Los tres santos se comprenden tan bien que colaborarán hasta el nombramiento de Vicente para la dirección de la Visitación del Monasterio de París; en el proceso de beatificación de Mon­señor de Ginebra, depondrá como testigo y tendrá una visión a la muerte de Santa Juana, cuyo atestado firmará (XIII 125-128).

Otros hombres marcarán a San Vicente, primero Bérulle, que poco a poco se separa de él, hasta llegar a hostilizar sus pro­yectos; luego, André Duval, profesor de teología de la Sorbona, que es el verdadero consejero de San Vicente y de la naciente Congregación. Según el P. Dodin, «la influencia ejercida por Duval sobre y por San Vicente de Paúl, debe retener la atención de mo­do particular».21

No dejemos sobre todo sin mencionar que Duval da a cono­cer a Benoit de Canfield a San Vicente, en cuya obra La Regla de Perfección, se inspirará a veces.

Un amigo de siempre alternará con estas influencias: Jean du Vergier de Huranne, abad de Saint-Cyran. La amistad entre am­bos les lleva a poner bolsa común. Tienen un mismo ardor re­formador. La ruta se bifurca cuando las enseñanzas de Sain-Cyran se convierten en un peligro para las almas. San Vicente perma­nece siempre fiel a su amigo y depone en favor suyo (XIII 86-93) ante el juez eclesiástico.

Equivale a decir que el medio espiritual de la primera mitad del siglo xvn no dejó de influir en San Vicente; lector de las obras de espiritualidad de origen español (Santa Teresa, Rodríguez, Granada) o italiano (San Carlos Borromeo), saboreó sin embargo y adoptó las «miras», los principios y las prácticas de Bérulle, de San Francisco de Sales, y de los jesuitas, reteniendo sobre todo las aplicaciones prácticas, sea para sí mismo, sea para los demás.

Marcháis (1621-1622)

Fue en el transcurso del período en el que se despliegan estas influencias, cuando Vicente se vio confortado en su opción. Lo resalta él mismo para animar a sus misioneros en la vocación (XI 34-37).

En Marchais, un protestante le pone objecciones contra la Iglesia católica: el pobre pueblo se condena y los sacerdotes no se preocupan: «y puede que haya diez mil en París, que dejan a estas pobres gentes del campo en esta espantosa ignorancia por la cual se pierden. ¡Y queréis persuadirme de que eso vaya guiado por el Espíritu Santo! Jamás lo creería» (XI 34).

San Vicente replica arguyendo: los sacerdotes inútiles no son la Iglesia.

Un año después, da una misión en Montmirail; el protestante asiste a ella. Ve el cuidado que se pone en la enseñanza; eso le conmociona profundamente, hasta el punto de que halla de nue­vo el camino de la fe.

Lectura del acontecimiento

He aquí la confirmación de Folleville; la Misión es necesaria. Los pobres están abandonados. La Iglesia será de Dios en la medida en que vuelva a los pobres. Hace falta que el sacerdocio se convierta en expresión concreta de la Iglesia. Es su portavoz eficaz cerca de los pobres. Ahí es donde el Señor Vicente palpa la imperiosa necesidad de una renovación sacerdotal. Vicente, próximo ya a los 40 años, va a volver una página de su vida. Numerosas experiencias han sensibilizado su ser. «Las mieses están sazonadas para la cosecha». Ha sonado la hora de las gran­des realizaciones ¡El tiempo de las fundaciones, helo ahí!

Capítulo VIII: Nacimiento de la Congregación de la Misión

San Vicente es ya Principal del Colegio des Bons-Enfants y dispone de una casa. De ahí en adelante los asuntos se preci­pitan y, el 17 de abril de 1625, se firma el contrato de fundación de la Misión (XIII 197-202). Este texto debe evidentemente leerse con toda atención; toda la experiencia pastoral se encuentra prác­ticamente ahí…, juntamente con la santa obstinación de Mme. de Gondi.

Notemos simplemente de paso:

  • la afirmación fundamental: «queda sólo abandonado el pobre pueblo del campo»;
  • la definición de la Misión: «aplicarse entera y puramente a la salvación del pobre pueblo, yendo de aldea en aldea (intervención, itinerancia), a expensas de una bolsa común, predicar, instruir, exhortar y catequizar a la pobre gente e inducirla a que haga una buena confesión general de toda su vida pasada, sin percibir retribución alguna, sea en una forma o en otra»;
  • la renuncia «tanto a las condiciones de las ciudades como a los beneficios, cargos y dignidades eclesiásticas»;
  • la importante precisión: «conforme al beneplácito de los prelados, cada uno en el territorio de su diócesis»;
  • nuestra primera denominación oficial: «bajo el nombre de Compañía, Congregación o Cofradía de Padres o Sacer­dotes de la Misión».

Notemos todavía, en este texto, la clara alusión a la comuni­dad de vida, el recuerdo de la obra de los forzados y… «la asis­tencia a los párrocos».

Bien parece que, en este documento originario de la Misión, hay mucho de San Vicente y… un poco de Mme. de Gondi. El rectorado des Bons-Enfants debía ser un paso importante hacia la independencia de la Misión pero, como por el mismo contrato se ha visto, San Vicente continúa vinculado a la familia y a la mansión de los Gondi. La Misión está por eso mismo «atada» también.

El 23 de junio de 1625, dos meses más tarde, muere Mme. de Gondi. Deja una importante suma a San Vicente, pero le su­plica «por el amor de nuestro Señor y de su Santa Madre, no abandone jamás la casa de los Gondi, ni siquiera después que muera el General de las Galeras».

El Señor de Gondi, sin embargo dará a San Vicente la liber­tad. Deja entonces la familia y se instala en el Colegio des Bons­Enfants, entre el 20 de octubre y el 22 de diciembre de 1625. Antoine Portail viene a unírsele. La Misión había obtenido su independencia.

1. La primera experiencia

Hemos visto cómo experimentaba San Vicente con cierta co­munidad sacerdotal, ya como párroco (Chátillon), ya como mi­sionero en las tierras de los Gondi. Pero faltaba una nota que le parecerá más y más esencial: la estabilidad. En 1617, prestan provisionalmente su ayuda los jesuitas; después de Chátillon, le acompañarán a las misiones ciertos buenos eclesiásticos (el Señor Bellin)…, pero todo esto le parece demasiado ocasional y alea­torio, mientras que en el contrato se señalaban los dos adverbios: «dedicarse enteramente y puramente a la salvación del pobre pueblo».

Sólo en 1626, tras haberse instalado en Bons-Enfants, expe­rimenta en realidad San Vicente con una comunidad apostólica estable, que dedica todo su tiempo a la Misión.

Esta experiencia fue notable, pues el 17 de mayo de 1658 (XII 8) más de 30 años después, habla aún de ella en términos calurosos: «El Señor Portail y yo… tomamos con nosotros a un buen sacerdote, al que dábamos 50 escudos al año. Los tres íba­mos así a predicar y dar misiones de aldea en aldea. Al salir dá­bamos la llave a uno de los vecinos, o rogábamos a éstos fuesen a pasar la noche en casa… Eso hacíamos nosotros, mientras Dios hacía lo que tenía previsto desde toda la eternidad. Bendijo no poco nuestros trabajos; viendo lo cual, se nos unieron algunos buenos eclesiásticos y pidieron estar en nuestra compañía…».

Tres sacerdotes que, por primera vez, se entregan juntos a la Misión: y se trata por cierto de una comunidad apostólica, pues se la concibe y vive para «predicar y dar misiones».

Y notemos aún que, según San Vicente, es este primer testi­monio de comunidad apostólica, esta Misión conjunta, la que atrae a la Misión las primeras vocaciones: «viendo lo cual, hubo buenos eclesiásticos que se nos juntaron y pidieron estar en nues­tra compañía».

2. La primera asociación (4 de septiembre de 1626)

En menos de un año, esta experiencia de comunidad apos­tólica se revela lo bastante rica y concluyente como para poder codificarse en una primera Acta de Asociación (4 de septiembre de 1626; XIII 203-205). Recuérdese que el contrato de fundación pedía a San Vicente, reuniese, durante el año, a seis eclesiásticos con objeto de dar misiones.

Este acta está firmada por el Señor Vicente (45 años), el Señor Antoine Portail, diócesis de Arles (36 años), el Señor Francois Ducoudray, Amiens (40 años) y el Señor Jean de la Salle, Amiens (28 años). Los cuatro signatarios se comprometen a vivir juntos en forma de Congregación, Compañía o Cofradía y emplearse en la salvación del pobre pueblo del campo.

Ese fue, antes de los votos y demás formalidades, el primer vínculo constitutivo de la comunidad. Parece ser muy interesante notar y subrayar que, en la práctica, la admisión de los tres pri­meros cohermanos se efectuó así, mediante la firma de un contra­to que les comprometía a vivir juntos para emplearse en la sal­vación de los pobres.

Notemos aún que, si el objetivo pastoral de la Asociación es claro, su forma jurídica permanece bastante vaga: «en forma de Congregación, Compañía o Cofradía…».

3. La primera casa de la comunidad (septiembre de 1627)

Para vivir, poseer etc., la joven asociación debía tener la apro­bación real. Una patente del rey, de mayo de 1627, reconocía oficialmente la «Sociedad y Congregación» y le otorgaba todos los derechos civiles correspondientes. San Vicente no tarda en apro­vecharla, y hace la transferencia del Colegio des Bons-Enfants, que cesa de estar a su nombre y se pone a título de la «Sociedad o Comunidad de los Sacerdotes de la Misión». Poseemos tres actas de esta operación, del 8 de junio, del 15 de julio y del 15 de septiem­bre de 1627 (XIII, 208-209).

En estos textos podemos observar:

  • Que la denominación jurídica es siempre bastante vaga. Como en el contrato de fundación, se habla de sociedad, de comunidad, de congregación. En cambio, la fórmula calificativa de Sacerdotes de la Misión parece imponerse definitivamente. Se la halla una y otra vez. Bien parece que para San Vicente, la función es todavía mucho más clara que el estado.
  • Notamos también que, en estos textos, hacen su aparición dos nuevos nombres : Jean Becu (Amiens, 35 años) y An­toine Lucas (París, 26 años). Cinco sacerdotes y Jean Jourdain rodean, pues, a San Vicente, de ahora en ade­lante en Bons-Enfants.
  • Notemos por fin que San Vicente tiene el título de «Su­perior de la Congregación o Sociedad de la Misión».

Este período entre 1626-1628 parece, pues, muy señalado por la experiencia de una comunidad apostólica estabilizada. Pri­mero tres, y luego cinco sacerdotes se asocian para dar misiones y vivir juntos, bajo la dirección y «superiorato» de San Vicente. Entra un lego en la Compañía, y todos residen en una casa de la Comunidad. Así está mejor asegurado el trabajo misionero, y eso es manifiestamente lo que en primer lugar importa a San Vicente: mejor asegurado, porque lo hacen todos juntos y todo el tiempo («enteramente y puramente»).

En cambio, la definición jurídica de la asociación sigue siendo vaga, y se duda siempre entre Congregación, Cofradía, Compa­ñía, Sociedad, Comunidad… Llegará el momento en que, tras lar­gas y difíciles andanzas en Roma, habrá que precisar y codificar.

4. San Lázaro

En 1632, tiene lugar la entrada en el priorato de San Lázaro vasto dominio eclesiástico de una treintena de hectáreas.

A decir verdad, esta entrada constituye una importante etapa. En adelante tiene el Señor Vicente un Centro Social, un Puesto de Mando, requerido por el creciente número de cohermanos. Los bienes inherentes al priorato ayudan a vivir. La acción de la Comunidad puede ahora complicarse. Los buenos tiempos de la vida en el Colegio des Bons-Enfants (adquirido en 1624) han terminado a buen seguro. La vida se hace menos espontánea, más reglamentada. Por este mismo tiempo, ponen los primeros misioneros por escrito las consignas dadas por el Señor Vicente. Bien lo nota todo el mundo: la organización de la vida común re­cibe su encuadre final. Las experiencias tienden a fijarse, hasta llegar a 1658, fecha de la distribución de las Reglas.

El Señor Vicente tiene 51 años.

Capítulo IX: El quehacer eclesial

La reforma del clero

El nombre del Señor Vicente está asociado a la introducción de la Contrarreforma de la Iglesia mediante la reforma del Clero.

El trabajo llevado a cabo en este dominio, en compañía y unión de otros hombres (Bérulle-Bourdoise-Olier), es inmenso.

En el transcurso de un viaje en 1628, conversa Vicente con el obispo de Beauvais, Mons. Augustin Potier. Comparten una mis­ma idea: se hace urgente seleccionar a los candidatos al sacerdocio y sobre todo vigilar su preparación. Se pone en pie un proyecto de intervención: que el Señor Vicente vaya a predicar un retiro a los Ordenandos en Beauvais, para las Témporas de septiembre.

La experiencia es tan concluyente, que se hace contagiosa. El 21 de febrero de 1631, una orden de J.-F. de Gondi exige el Retiro de los Ordenandos para todos los clérigos y candidatos a órdenes de París. Una vez más, Vicente ve con justeza. Inicia así la crea­ción de los Seminarios. Unos 18 de entre éstos estarán encomen­dados a su Congregación cuando él muera.

Lectura del acontecimiento

Es de notar la solicitud del obispo de Beauvais, instrumento de la providencia. En las misiones había comprobado por su parte San Vicente las deficiencias del clero, entreviendo, probable­mente, el remedio. Es uno de los casos más claros de ese sentido de disponibilidad en San Vicente: la espera por el llamamiento de aquéllos que son órganos de la voluntad de Dios. Notemos además que esta obra en favor del clero no constituye una rup­tura, un cambio de orientación, sino un desarrollo de la obra inicial de las misiones.

El episodio de Beauvais, al igual que algunos otros, han hecho decir a algunos historiadores que, para San Vicente, la voluntad de Dios se confundía con la experiencia; es muy simple y palma­rio. Se ve que San Vicente está acuciado por el deseo de dirigir su voluntad por la de Dios y, para ello, se esfuerza por discernir las llamadas (pronunciadas por los hombres, los pobres, en el más amplio sentido) y por los «jefes legítimos», «los profetas» o los acontecimientos (signos de los tiempos).

Las conferencias de los martes

La casa está ya llena. Por idea de un ordenando, Vicente ve aún más allá: decide reunir a sacerdotes que deseen vivir a fondo su vocación. En julio de 1633, tiene lugar la primera reunión en San Lázaro. En adelante, todos los martes, el clero de todo París se reúne en casa del Señor Vicente. Hasta su muerte, 150 nombres se beneficiarán de estas reuniones: 22 llegarán a ser obispos. Un nombre resuena como un golpe de gong: Bossuet.

Esa es la Conferencia de los martes: también ella dará misio­nes. ¿No es acaso la cuna en la que permanentemente se formará el Clero ?

Lectura del acontecimiento

Vemos aquí al llamamiento venir de los pobres mismos: los que se sentían espiritualmente desguarnecidos, ansiosos de man­tenerse en la piedad y en el celo. La disponibilidad de San Vicente es evidente; reconociendo en la llamada de los jóvenes clérigos una manifestación de la voluntad de Dios y deseoso, en su solicitud por la eficacia, de formar un grupo permanente, organiza las Con­ferencias de los martes. No es esta institución, luego se echa de ver, una novedad absoluta: es la obra de los ordenandos que se prosigue y se robustece.

Las Hijas de la Caridad

Muy realista, el Señor Vicente se apercibe pronto de la am­plitud de las necesidades en otro frente. Para las Caridades, las necesidades se hacen múltiples y exigentes. La buena voluntad de las Damas no basta ya; su habilidad es limitada. Aquí y allí, hay quienes apelan a sus criadas.

Dios le da de nuevo una señal. Dos mujeres cruzan su ruta y van a empujarle a hendir un trecho más el surco de la Caridad. La primera, Luisa de Marillac, o Señorita Legras, le conoce desde 1624. Atormentada, inquieta por su hijo Miguel, esta viuda es­cucha con docilidad los consejos de su director, el Señor Vicente, que lo hace todo para aplacarla. Gracias a él, su vida se transfor­ma, y se la ve convertirse en delegada del Señor Vicente cerca de las Caridades: va al lugar de emplazamiento para animar y rendir cuentas. Ambos llegan a tener una preocupación común: el pobre.

La segunda, Margarita Naseau, es una buena campesina, pro­totipo de la Hija de la Caridad. Desea, según palabras del Señor Vicente, «estar en este empleo» (IX, 456), o sea, en el servicio de los pobres. Otras quieren hacer otro tanto.

Vicente se halla en la encrucijada de las competencias de unas y otras. Propone a la Señorita Legras, tome bajo su dirección a las muchachas del campo. «Sin nadie que lo intentara» nace la nueva Congregación. Se hace «casi insensiblemente» (IX, 209). Cuando en 1633, se organizan en Comunidad las Hijas de la Ca­ridad, el procurador que tramita el instituto subraya: «es algo sin ejemplo». Por primera vez, despliega un fundador a estas mu­chachas al pleno viento de la Caridad.

La obra del santo es original y única. No quiere a ningún pre­cio que las servidoras de los enfermos se hagan religiosas, pues su Compañía estaría en «trance de Extrema Unción» (X, 658).

Lectura del acontecimiento

El episodio es significativo. Tampoco aquí hay preconcepción alguna; poseemos la consecución, el despliegue —se diría— de lo que se hacía con anterioridad. La experiencia ha hecho com­prender a San Vicente la necesidad de una formación espiritual y profesional de todas las buenas voluntades que se presenten; es lo que le ha conducido a constituir una estructura, dúctil al prin­cipio, que se hace poco a poco más rígida. El tiempo y la expe­riencia llevaron a San Vicente y a Santa Luisa, quienes interpre­taron el éxito como una bendición de Dios, a formar una comu­nidad sólidamente estructurada y jerarquizada.

El sentido de la Iglesia

A través de todas las actividades que acabamos de recordar y describir, lo que choca, es ver cómo percibe los conjuntos San Vicente. Trátese de sus fundaciones, de la reforma del clero, de las Conferencias de los martes, halla y modela a grupos de hom­bres y mujeres. De pronto le hace descubrir su experiencia de este mundo de hombres una humanidad pobre y pecadora. Capta al pueblo de Dios en cuanto que está unido al misterio de la vida y muerte de Cristo. Para él concretamente, la Iglesia es «esta inmensa hermandad de hijos de Dios, comenzando por los más pequeños».22

Es el mundo de los pobres. Bossuet, su discípulo, la presentará como «la ciudad de los pobres».23

El sentido de los pobres

Vemos al Señor Vicente albergando ahora una única preocu­pación: la evangelización de los pobres. Toda su vida está guiada por la presencia de los pobres. Para él no hay duda: la pobreza es una plaga que hay que extirpar, un escándalo y un mal que hay que combatir. Pero sabe también que la pobreza es misterio de aproximación a Cristo, que es el camino real hacia El. Por sí sola, la pobreza revela a Jesucristo pobre y abandonado.

Vicente, a su imagen, vive en adelante como un pobre: su cuarto está desnudo, sus ropas son bastas, su alimento frugal: «¡Ah, miserable! No has ganado el pan que comes». Pero in­cansablemente, cubre 16 horas diarias de trabajo y oración. Dios y el pobre se funden en la imagen de un Cristo campesino, sencillo y manso, el Cristo pobre representado por los pobres. Su elección irreversible le abre las puertas de la santidad.

Capítulo X: Los desarrollos

El trabajo en profundidad

Cuando las puertas están abiertas, cuando están puestos los jalones, humildemente, pacientemente, el Señor Vicente se obs­tina. Se consolida la Congregación de la Misión, se abren casas: Toul (1653), Agen (1637), Troyes – Richelieu – Lucon (1638), Annecy (1640).

Toul es el primer establecimiento fuera de San Lázaro.

Hasta entonces, los misioneros eran «volantes» (estamos a diez años de los orígenes). San Vicente comprende la necesidad de una base más cercana al terreno de acción, para el bien y la eficacia de la obra misionera.

No faltaron dificultades, pero Vicente, persuadido «ante Dios» de que la Providencia quiere esta extensión de la obra mi­sionera, desea que en Toul, sus cohermanos se consagren tanto a las misiones como a los ejercicios de ordenandos, obras que desde entonces se juzgan fundamentalmente para los Sacerdotes de la Misión. La experiencia de las dificultades con que tropiezan en Toul (un hospital que dirigir, curatos a que atender), sirvió mucho a San Vicente en la discusión de los contratos preliminares a otras implantaciones de provincias.

También las Hijas de la Caridad emprenden la marcha: se abren establecimientos entre 1638 y 1643.

En 1638, San Vicente asume ya una obra nueva: los Niños Expósitos.

La actividad del Señor Vicente toma un carácter nacional, y nadie se extraña de verle a la cabecera de Luis )(In que agoniza, el 14 de mayo de 1643.

El socorro a las provincias devastadas

En 1639 comienzan los socorros a Lorena. Es preciso de nuevo subrayar aquí el «llamamiento» de los pobres: a San Lázaro lle­gan noticias de que mueren allá innumerables personas de hambre y de miseria. San Vicente envía misioneros, obtiene dinero de las Damas de la Caridad, difunde las noticias que atañen a los siniestrados y asimismo al empleo que se da a los socorros pe­didos (artículos de propaganda caritativa). Se comprueba una vez más su cuidado por la eficacia: muy pronto se pone en pie una verdadera organización: misioneros, Hijas de la Caridad, auxi­liares laicos, ocupan en ella cada cual su puesto. El mismo sistema se aplica un poco más tarde, cuando Picardía y Campaña son a su vez asoladas por la guerra. Según las directivas dadas, la asis­tencia corporal debe ir emparejada, siempre que sea posible, con la asistencia espiritual. Más tarde aún, durante la guerra ci­vil de la Fronda (1648-1653), San Vicente tiene ocasión de des­plegar el mismo celo caritativo en la Isla de Francia, devastada por los combates y los movimientos de tropas. En este último caso, hasta es oficialmente comisionado por las autoridades, para que tome a su cargo la asistencia de los desgraciados.

Lectura del acontecimiento

  1. Esta reiterada empresa de San Vicente se inscribe en el hilo tenso de Chátillon. San Vicente se deja interpelar una vez más por una desgracia material precisa, por las necesidades ur­gentes. Es el engranaje lógico de la Caridad: esta interpretación es, para él, manifestación concreta de la Providencia, voluntad de Dios claramente expresada. De ahí que llegue a dar consignas muy prácticas a sus misioneros. Estos se convierten en camilleros, enfermeros, enterradores… La misericordia corporal se adelanta a la misericordia espiritual, aunque no se descuide ésta.
  2. Choca igualmente en este caso particular la ductilidad extraordinaria de San Vicente, que conduce sus instituciones al son de las necesidades. Las primeras deben plegarse a las segundas, y no hay estructura o situación personal que no pueda sujetarse a las exigencias de la caridad en acto (Cf. VIII, 237).

El Consejo de Conciencia

Después de la muerte del Rey, se forma el Consejo de Con­ciencia: Ana de Austria manda formar parte de él al Señor Vi­cente. A los 63 arios, «su actividad adquiere unas dimensiones y un ritmo que nos desconciertan».24 Su influencia es considera­ble. De 1643 a 1653, Vicente interviene en el plano moral, en el nombramiento de obispos, en la distribución de beneficios, tienta a intervenir políticamente, con objeto de obtener la paz, cerca de Roma y de Mazarino. Es, según el P. Coste, «la llave maestra» del sistema. Hasta fue durante algún tiempo el Relator de la Asamblea.

Lectura del acontecimiento

Nos hallamos aquí en la lógica de la conversación de Beau­vais (1628) (II, 448) y de las Conferencias de los martes (1633). La entrada en el Consejo de Conciencia permite a San Vicente velar por la elección de los obispos, quienes a su vez ordenarán a sacerdotes capaces de evangelizar a los pobres. Está siempre en la línea de su proyecto misionero: los pobres y el clero. «Ahora bien —trabajar por la salvación de la pobre gente del campo, ese es el capital de nuestra vocación, y todo el resto no es sino accesorio; pues jamás hubiésemos trabajado con los ordenandos, en los seminarios de los eclesiásticos, si no hubiésemos juzgado que era necesario para sostener al pueblo y conservar el fruto que dan las misiones cuando hay buenos eclesiásticos, imitando en eso a los grandes conquistadores, que dejan guarniciones en los lu­gares que toman, por miedo a perder lo que tan penosamente han logrado» (XI, 133).

Las misiones extranjeras

La mirada del Señor Vicente se extiende todavía más hacia el final de su vida: se universaliza. No contento con hallar para sus hijas el segundo impulso, que las lanza a la asistencia de las provincias desvastadas, amplía aún las implantaciones de sus misioneros. También ellos hallan empuje, cuando su fundador, imperturbablemente, los manda a Berbería (Túnez: 1645; Argel: 1646), a Madagascar: 1648. Los hombres mueren en sus puestos; el Señor Vicente los repone, se entusiasma por su misión, se enoja, cuando las dificultades y las muertes invitan al buen sentido a desistir. Muy al contrario, escoge para esa misión a los mejores cohermanos, y sigue persuadido de que cada cual debe entender como dirigida a él mismo, la llamada de los pobres de los países lejanos. Para él, todo misionero debe estar en una disponibilidad total de responder a ella.

Lectura del acontecimiento

Para San Vicente, las misiones extranjeras se ubican perfec­tamente en la lógica de las revelaciones de Gannes y de Cháti­llon. Trátase —en seguimiento de Cristo— de anunciar la Buena Nueva a los pobres, «a las personas más abandonadas», y es con toda naturalidad como, de más abandonados en más abandona­nados, llega a los «pobres más alejados»…, a los de Berbería y a los de Madagascar.

Va incluso más lejos aún: la disponibilidad para la «partida» se convierte como en el criterio de autenticidad de una vocación misionera. El mismo está listo para dar ejemplo: «Y yo mismo, viejo y añoso como estoy, no debo dejar de tener esta disposición en mí mismo, para ir incluso a las Indias, con objeto de ganar allí almas para Dios, aunque hubiese de morir en el camino o en el barco» (III, 285).

Conclusión

Cuando el Señor Vicente actúa, liberado de todas las trabas humanas, deseoso tan sólo de dar a conocer a Jesucristo luchando contra la miseria, su actividad se hace generosa y desbordante a deseo. Nadie puede cercarle. La Caridad de Cristo le empuja. Nos deja exhaustos, atónitos. No se detiene a tomar aliento. Continúa, imperturbable, animado sólo por el Espíritu. Desea morir con las armas en la mano. Seis años antes de su muerte, escribe a un sacerdote de la Misión, entusiasmado por los exitos de un cohermano: «He de decíroslo con toda sencillez, que eso me da tan nuevos y grandes deseos de poder, en medio de mis achaquillos, ir a terminar mi vida cerca de un zarzal, trabajando en alguna aldea, que me parece sería dichoso, si pluguiese a Dios concederme esta gracia» (V, 203-204).

El Maestro lo disponía de otro modo. Vínole a buscar a San Lázaro, en su sillón, al amanecer del 27 de septiembre de 1660.

Algunas reflexiones sobre la experiencia espiritual del san Vicente

Al final de este vuelo sobre la experiencia espiritual de San Vicente es posible extraer y subrayar ciertas constantes y ciertas orientaciones que pueden caracterizar lo que lla­mamos hoy la «espiritualidad vicenciana».

1. El acontecimiento, lugar de revelación y de acción

  1. Para San Vicente, el acontecimiento es signo de Dios y se convierte en signo privilegiado y particularmente claro e im­perativo, cuando ese acontecimiento concierne directamente a los pobres. Ahí parece estar el eco de 1617, que marcará profun­damente el comportamiento espiritual de San Vicente hasta su muerte. Se sabe que antes de 1617, en el desconcierto, San Vi­cente buscó y dudó mucho, leyó a Benoit de Canfeld, interrogó y obedeció a Bérulle, tentó diferentes ministerios, etc., etc…. Ahora bien, son dos encuentros con los pobres los que restablecen verdaderamente la relación con Dios y devuelven el sentido a su vida. Desde entonces, atraerán y alertarán, la atención es­piritual de San Vicente siempre y en primer lugar los aconteci­mientos, particularmente los que atañen a los pobres. Es a ese nivel donde se sitúa en adelante «el lugar teológico» vicenciano, los tiempos vicencianos de «teofanías» donde, como lo dice San Vicente, después de la misión de Marchais, «precisamente se ve­rifica la guía del Espíritu Santo» (XI, 37).
  2. Por el acontecimiento —aquel que concierne a los po­bres— Dios sale, pues, regularmente al encuentro de San Vicente y le revela su voluntad y este tipo de relación se adapta maravi­llosamente al temperamento activo de San Vicente. Pues la vo­luntad de Dios se manifiesta así, de alguna manera, sobre el te­rreno mismo donde debe ser ejecutada. De donde esta extraordi­naria continuidad que es típicamente vicenciana: continuidad entre Gannes y Folleville, o entre el descubrimiento de aquella familia enferma en Chátillon y la institución de la primera Cofradía. Revelación de Dios y acción que se sigue de ella parecen verda­deramente tejidas del mismo hilo.
  3. Esta continuidad, o este extraordinario «atajo», entre Revelación de Dios y compromiso concreto, entre fe y acción, explica sin duda, y entre otras cosas, el delicioso embarazo de San Vicente cuando habla de los orígenes de sus fundaciones. Reve­lación y acción le parecen —con la distancia— de tal forma pró­ximos y entrelazados, que los actores se confunden y es práctica­mente incapaz de determinar el momento de su intervención personal. Hay ahí mucho más que humildad.
  4. El eco de esta continuidad se encuentra de nuevo en el razonamiento que San Vicente hace para rebasar la aparente in­compatibilidad entre el deber de la religión y las exigencias del servicio a los pobres. Tan convencido está San Vicente de la pre­sencia de Dios en los pobres, que ni siquiera nota solución de continuidad entre una oración o la Eucaristía y el servicio de los pobres.
    El «dejar a Dios por Dios» puede que sea la expresión más rica y más fiel de lo que se llama la experiencia espiritual, o ya la espiritualización de su fe y la continuidad entre fe y servicio, fe y acción.
  5. San Vicente está tan habituado a esta continuidad, a este «atajo» entre manifestación de Dios en el acontecimiento, o sea, en los pobres, y compromiso, acción, servicio, que llega a demos­trar una desconfianza instintiva para con los más nobles rodeos de la fe a la acción. Desconfía un poco de un Dios que no se revelara sino en «dulces deliquios o prácticas interiores, muy buenas y deseables», pero con todo muy sospechosas (XI, 40­41)…, como desconfía mucho de una respuesta que se expresara fuera de la acción y se quedara en el amor afectivo.

2. El nuevo mundo «espiritual» de san Vicente

Se ha visto lo profunda y definitivamente que marcaron a San Vicente los acontecimientos de 1617. El lugar privilegiado de encuentro con Dios y el momento privilegiado de claridad en la vida, es el acontecimiento que le pone en contacto con los pobres. Su fe se nutre ciertamente de la «doctrina cristiana común» y sabe hablar de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia, de los sacra­mentos, de las virtudes y de la santidad como de todo ello hablan todos los maestros espirituales del tiempo, pero desde 1617, bien parece él vivir como un nuevo mundo espiritual, donde las re­laciones con Dios, con Cristo, con la Iglesia, con el mundo son de un nuevo tipo (concebidas y vividas para la acción y para los pobres).

  1. Así es, por ejemplo, cómo su «discurso» sobre Dios (que diríamos hoy día), su manera de hablar de él, se hace tan diná­mica y actualizadora. Sus tres acercamientos preferidos son: La Providencia de Dios, y sobre todo, la voluntad de Dios, la Presencia de Dios… Tres temas, tres aproximaciones, que le per­miten llegar a Dios en cuanto que está implicado en la historia de los hombres e interviene constantemente en los acontecimientos, como en Folleville y Chátillon.
    Y aún de los tres, prefiere él «la voluntad de Dios», porque con ella ha lugar la aproximación mejor encarnada en el hoy y la que más acucia a la acción: «La práctica de la presencia de Dios es buena, pero compruebo que acostumbrarse a hacer la voluntad de Dios en todas las acciones es aún más que eso, pues abarca más» (XI, 319).
  2. Se encuentra de nuevo en su relación con Jesucristo la misma aproximación selectiva, hasta simplista, dirían algunos. Jesucristo es Dios encarnado en la historia de los hombres, emi­nentemente concernido, implicado y activo en esa historia. Jesu­cristo es el misionero del Padre y es en cuanto prototipo de mi­sionero como va a su encuentro y le evoca. Y en esta misión de Jesucristo, hace San Vicente aún una elección tanto más dinami­zadora y actualizadora cuanto que es más precisa: Jesucristo es el misionero de los pobres, el enviado a los pobres: «Y si se pre­gunta a Nuestro Señor: ¿A qué vinisteis a la tierra? —A asistir a los pobres. —¿A qué más? —A asistir a los pobres» (XI, 108).
    Parece simplista a fuerza de estar simplificado y concentrado, pero es sencillamente el Evangelio interpretado y recibido por el hombre de 1617, es Lc 4, 18 revivido en Gannes y luego en Mar­chais (XI, 34-37). Esta especie de eclecticismo en la lectura del Evangelio y la contemplación de Jesucristo es ciertamente, como la continuidad entre la revelación y acción y el valor teofánico del acontecimiento, lo que podrían llamarse las líneas de fuerza en la espiritualidad vicenciana (habida cuenta de los matices, ne­cesarios a esta terminología).
    Esta relación selectiva y precisa con Jesucristo se halla, tanto en el gusto de San Vicente por las «máximas evangélicas», que son como las consignas de Jesucristo misionero para los misioneros de hoy, como en la imitación de Jesucristo según San Vicente, que ya no es cualquier imitación, sino una imitación cuasi-funcional de Jesucristo enviado para evangelizar a los pobres.
  3. Idéntica manera de acercarse al misterio de la Iglesia. San Vicente conoce a ciencia cierta la teología que se avoca al concilio de Trento, pero aún ésa parece verla con los ojos aco­modados de 1617. Retiene preferentemente todas las imágenes que sugieren el trabajo de evangelización: la viña, el campo, los obreros. La Iglesia de San Vicente es como una vasta empresa (en el sen­tido fuerte del vocablo) de evangelización de los pobres. Al igual que Cristo no vino sino a eso, la Iglesia que le prolonga no tiene otra razón de ser ni tampoco sus miembros, desde el papa hasta el laicado: el papa es el que puede enviar a todos lados (IX, 67; XII, 430…). El obispo es como el centurión, que dice: «ve» (I, 309). Los sacerdotes son primeramente misioneros para los po­bres (XII, 87), y las laicos —a título de tales— son tan responsa­bles como los sacerdotes (XII, 375-376).
  4. Esta manera típicamente vicenciana de acercarse a Dios, a Jesucristo, a la Iglesia, bajo el prisma de la experiencia de 1617 tiene, evidentemente, una lógica y consecuencias para la manera de presentar y describir San Vicente la santidad y el comporta­miento de aquellos y aquellas que quieren seguirle.

Se tratará primero de formar, de acomodar nuestra mirada a la experiencia de 1617, y de encontrar luego el nuevo tipo de relación con Dios, con Jesucristo y con la Iglesia en relación con los pobres. Es sabido que San Vicente creyó poder actualizar y sintetizar este comportamiento vicenciano, para lo que nos con­cierne, en lo que él llama las cinco facultades del alma: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo.

3. El comportamiento vicenciano

En pos de Jesucristo, Misionero del Padre

Desde 1617, San Vicente ve en Jesucristo, primeramente y sobre todo, al enviado del Padre, al misionero enviado a los po­bres (Is 61, 1; Lc 4, 18). En adelante, es tanto su propio pro­yecto como el que da a su Comunidad, proseguir y prolongar esta misión, de Cristo, y —con toda naturalidad— en Cristo; son las actitudes y virtudes misioneras que subraya y propone a sus dis­cípulos.

Así es como tiene «por facultades del alma de la Compañía» a la sencillez, a la humildad, a la mansedumbre, a la mortificación y al celo…

En sus pláticas, presentaba San Vicente estas virtudes por cierto como lo hacían todos los espirituales de su tiempo, pero lo que hay de característico en su presentación, es de alguna forma la insistencia en el plano funcional (lo que San Vicente llama a menudo «la utilidad»). Contempladas en Jesucristo —el misio­nero—, estas cinco virtudes son sobre todo medios para una mejor evangelización de los pobres, son virtudes «profesionales».

La sencillez: «Ahora bien, hermanos míos, si hay personas en el mundo que deban tener esta virtud, son los misioneros, pues toda nuestra vida se emplea en ejercer actos de caridad, bien para con Dios, bien para con el prójimo. Sea en lo uno, sea en lo otro, hay que ir sencillamente…» (XII, 302).

La humildad: «Ved la segunda máxima absolutamente nece­saria a los misioneros; pues decidme, ¿cómo podrá un orgulloso acomodarse a la pobreza? Nuestro fin, es el pobre pueblo, gente ruda; pero si no nos ajustamos a él, no le seremos de ningún pro­vecho» (XII, 305).

La mansedumbre: «Un misionero tiene necesidad de toleran­cia para cuanto le rodea. Pobre gente a la que se confiesa, tan ruda, tan ignorante… ¿Qué hará en una parroquia sin mansedumbre para tolerar la rudeza? Nada en absoluto; al contrario, repelerá a la pobre gente, la cual, viendo eso, se disgustará y no querrá ya nunca volver para aprender las cosas necesarias a la salvación. Tolerancia, pues» (XII, 305).

La mortificación: «Cuando se va de misiones, no se sabe dónde va a alojarse uno, ni lo que va a hacer; tropieza uno con cosas muy distintas de las que se había uno propuesto, pues la Pro­videncia invierte a menudo nuestros planes. ¿Quién no ve, pues, que la mortificación debe ser inseparable de un misionero que trabaje no sólo con el pobre pueblo, sino también con los ejercitantes, ordenandos, forzados y esclavos? Pues, si no somos mortificados, ¿cómo sufriremos lo que hay que sufrir en tan diversos empleos?

El pobre Señor Le Vacher, de quien no tenemos noticias, que está entre los pobres esclavos, expuesto a la peste, y posiblemente también su hermano, ¿pueden estos misioneros sufrir las penalidades a que están sometidas las personas que la Providencia les encomien­da, sin experimentarlas ellos mismos? No nos engañemos, hermanos míos, hace falta mortificación en los misioneros» (XII, 307).

El celo: «…Es la quinta máxima, que consiste en un puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo. Celo para extender el imperio de Dios, celo para procurar la salvación del prójimo. ¿Hay en el mundo algo más perfecto? Si el amor de Dios es fuego, el celo es su llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo» (XII, 307-308).

Bibliografía

  • COLUCCIA, L., Spiritualitá Vincenziana, Spiritualitá dell’azione, Roma, 1975. Tesis del Laterano.
  • DODIN, A., Saint Vincent de Paul et la Charité, Col. «Maitres Spirituels». Ed. du Seuil, 1970, 1976; Saint Vincent de Paul. Les Maitres de la spiri­tualité chrétienne, Aubier, 1974. Col. de los Números 1-36 de «Mission en Charité» (en part. n. 1, 3, 4, 13-14, 26-27, 28, 29-30, 31-32, 33-34, 35-36).
  • IBÁÑEZ BURGOS, J. M.a, Saint Vincent de Paul et l’Evangelisation des Pauvres, Paris, 1971. Tesis.
  • SEMANAS DE ESTUDIOS VICENCIANOS, Salamanca, en particular las de 1974 y 1975. Ed. CEME.
  • ZEDDE, I., L’evangelizzazione dei poveri secondo S. Vincenzo de Paoli, Romas 1972. Extracto de la tesis de la Gregoriana.
  1. Cf. para el conjunto: DODIN, A, Saint Vincent de Paul et la Chanité, Collección «Maitres spirituels», Seuil, 1960.
  2. 0. c., p. 6.
  3. PRUNEL, L., La Renaissance Catholique en France au XVIIe siécle, Desclée et Picard, Paris, 1928.
  4. A. DODIN, o. c., p. 8.
  5. Angélica Amauld será, en 1602, una abadesa de 11 años, que había profesado a los 9. PRUNEL, o. ci., p. 12.
  6. DODIN, A., o. c., p. 11.
  7. Cf. el artículo del P. DODIN, A., en «Mission et Charité», n. 4, pp. 409-416.
  8. Cahiers Vincentiens: «Cahier», n. 2; «Les Pauvres», Les humbles origines de Saint Vincent.
  9. Id., p. 3.
  10. DODIN, A., o. c., p. 14.
  11. DODIN, A., en «Mission et Charité», n. 29-30: Saint Vincent de Paul, mystique de l’action religieuse, p. 33.
  12. DODIN, A., o. c., p. 31.
  13. DODIN, A., o. c., p. 21.
  14. DODIN, A., «Mission et Charité», n. 4, p. 412; La misére vue par M. Vincent.
  15. DODIN, A., «Mission et Charité», n. 4, p. 412: artículo ya citado.
  16. DODIN, A., «Mission et Chanté», n. 1, p. 61.
  17. DODIN, A., S.V. P. et la Charité, p. 22. 142
  18. DODIN, A., en «Assemblées du Seigneur», n. 66: Un Pére d l’Eglise moderne, Saint Vincent de Paul, apotre et docteur de la charité.
  19. RIQUET, en «Messages du Secours Catholique», nov. 1975, n. 267, p. 13.
  20. GUILLEMIN, S., Superiora General de las Hijas de la Caridad, Cir­culares, p. 250.
  21. Cf. Dictionaire de Spiritualité, artículo Duval.
  22. Cf. para el conjunto de este desarrollo: los Cahiers Vincentiens cahier, n. 4, sobre la Iglesia, p. 2.
  23. Cf. su sermón sobre «la eminente dignidad de los pobres».
  24. DODIN, A., Saint Vincent et la Chanté, p. 46.

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