La Congregación de la Misión ante la revolución liberal en España

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Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1972 · Fuente: I Semana de estudios Vicencianos, Salamanca, del 4 al 8 de abril de 1972.
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Vaya, ante todo, por delante, una confesión: el título del presente trabajo no responde con plena exactitud a su contenido. En realidad, es el título que correspondería a un estudio bastante más amplio que éste y que cuando esté concluido abarcará las páginas que siguen como un primer anticipo o capítulo.

I. Antecedentes. La C.M. en España. Un ensayo de periodización

La historia de la C.M. en España es, en buena parte, una historia sin es­cribir. Con esto no pretendo desvalorar las aportaciones de otros investiga­dores que antes de mí se han ocupado de estos temas. Es más, es mi deber dejar sentado desde el principio que sin la admirable labor de los PP. Mauricio Horcajada y Benito Paradela estas páginas mías no hubieran sido posibles. No. Lo que ocurre es distinto y no privativo de la C.M., sino de toda la his­toria de la Iglesia en España: la ausencia, por una parte, de monografías en que basar los estudios de conjunto, y, por otra, de verdaderos ensayos de síntesis y valoración históricas. Suplir esas deficiencias por lo que se refiere al período más difícil y comprometido de la C.M. en España es el propósito que anima al trabajo que ahora emprendemos. Y como no entiendo la his­toria de la C.M. como una historia cerrada sobre sí misma, sino como una parte siquiera sea modesta, de la historia de la Iglesia, confío en que los re­sultados de mi investigación constituyan uno de esos estudios monográficos de que tan necesitada está, como base de sus conclusiones, la historia general de la Iglesia en nuestra patria.

A la altura de 1972, la C.M. cuenta en España con una larga historia de más de dos siglos y medio de duración. Hora es ya de que, como punto de partida de cualquier ensayo de síntesis histórica, se acometa de una manera seria, el intento de su periodización. Antes de nosotros, han avanzado perio­dizaciones de nuestra historia el P. Horcajada y el P. Paradela. Con ellas coincide parcialmente la que en seguida voy a proponer. Las diferencias es­tán, en primer lugar, en que tanto Horcajada como Paradela prestan una atención acaso excesiva a divisiones basadas en hechos jurídicos sobre las dictadas por el real desarrollo de la historia. Así, por ejemplo, para Paradela, los años comprendidos entre 1704 y 1774, es decir, entre la fundación de la casa de Barcelona y la erección de España en provincia, constituyen un pe­ríodo independiente de nuestra historia, cuando en realidad, la constitución jurídica de la provincia española en nada afecta a la vida real de la C.M. en nuestra patria, que seguirá teniendo el mismo ritmo y estilo, idénticas preo­cupaciones y hasta, sustancialmente, el mismo escenario geográfico, hasta el año 1833. En segundo lugar, nuestra periodización difiere —tiene que di­ferir— de las dos anteriores por el hecho de que Horcajada y Paradela, si­tuados respectivamente en 1900 y en 1923, disponían, naturalmente, de una perspectiva cronológica muy diferente de la nuestra a nivel de 1972.

A mi modo de ver, la historia de la Congregación de la Misión en España comprende tres grandes épocas, cuyos límites cronológicos vienen impuestos por profundas y graves transformaciones en el vivir y actuar de los misione­ros, efecto a su vez de grandes cambios en la historia de España y de la Igle­sia española. Son las siguientes:

  1. 1704-1833.
  2. 1833-1875.
  3. 1875-1969.

La primera época, de algo más de un siglo de duración, abarca desde la fundación de la casa de Barcelona por los esfuerzos del señor Sen Just, hasta el comienzo de la revolución liberal en nuestra patria a la muerte de Fer­nando VII. Si hubiéramos de elegir un título para denominarla, tal vez el más exacto sería el de «La C.M. bajo el antiguo régimen». La época, en efecto, se caracteriza por la progresiva constitución de una sección española de la C.M. sobre los supuestos tanto eclesiásticos como civiles del antiguo régimen: las fundaciones requieren siempre la doble licencia real y episcopal, suelen ser dotadas con cargo al erario regio, las casas tienen como paradigma de sus ministerios y hasta de su construcción material la imagen del antiguo San Lázaro, el régimen de vida de los misioneros obedece en todo al de los ecle­siásticos anteriores a la gran conmoción revolucionaria. Finalmente, puede decirse que, a lo largo de toda esta época, la Congregación permanece ence­rrada en los límites de la corona de Aragón, pues sólo al final de la misma, y dentro ya del siglo xix, se llevarían a cabo las fundaciones de Badajoz y Madrid (1802 y 1828 respectivamente), hecho, este último, que habría de resultar decisivo para el tránsito a una época nueva y para el ulterior desa­rrollo de la Congregación en nuestra patria.

De manera espontánea cabe subdividir esta primera época en tres períodos:

  1. 1704-1774.
  2. 1774-1808.
  3. 1808-1833.

El primero de estos tres períodos es el de fundación. Lentamente va creán­dose la C.M. española, dependiente de las provincias italianas de Roma primero y, luego, de Génova o Lombardía.

El segundo período (1774-1808) es de consolidación. Es un período tran­quilo, sin apenas sobresaltos, en que los primeros visitadores españoles —Fe­rrer, Nualart, PI, Sobíes— configuran doctrinal y disciplinarmente la pro­vincia. Hecho trascendental de este periodo es la fundación de la provincia española de las Hijas de la Caridad, debida a la iniciativa y previsión del P. Nualart y que tanta influencia había de tener en el desarrollo de nuestra propia provincia.1

El tercer período (1808-1833) es claramente de transición. La sosegada actividad de los misioneros españoles se ve turbada, primero, por la guerra de la independencia, que les obligará a abandonar sus residencias y refugiarse en Mallorca. Bueno será observar, de pasada, que, mientras Cádiz sirvió de refugio a los partidarios de las nuevas ideas —todavía no se llamaban li­berales— Mallorca lo fue, en líneas generales, de los elementos más conser­vadores, singularmente en el clero y el episcopado.2 Entre 1810 y 1833, los paúles españoles, lo mismo que otras órdenes religiosas, tienen que sufrir las adversas medidas adoptadas por los gobiernos del trienio liberal que, entre otras cosas, producirán el encarcelamiento por breve tiempo del visi­tador P. Camprodón y la pérdida definitiva de la primitiva casa madre de la provincia en Barcelona, transformada en Hospital militar. Aunque esta época no forme parte de la que hoy nos proponemos estudiar, retengamos los datos que acabamos de dar como antecedentes condicionantes de la actitud de los paúles españoles ante la revolución liberal cuando esta se produzca. Pero tampoco debemos omitir otro dato significativo y que pudiera ser de signo opuesto. El 30 de julio de 1830, un Hermano Coadjutor llamado Mariano Talón se fugó de la casa de Barcelona para unirse a los facciosos que, bajo la regencia de Urgel, luchaban contra el gobierno liberal. Pero el mismo día de su incorporación a las filas realistas fue herido y hecho prisionero por las tropas liberales, que le condujeron a Barbastro. Allí el alocado hermano quiso eludir su responsabilidad acusando a los misioneros de haberle incitado a unirse a los realistas. La acusación se demostró falsa y el Hermano Talón recurrió entonces a la estratagema de hacerse pasar por loco, lo que, al pare­cer, no le costó excesivo trabajo, con lo que consiguió librarse no sólo de la muerte sino incluso de la prisión. Una vez libre, se reincorporó a las partidas, de las que llegó a ser oficial, si bien su dicha no fue duradera, pues los mismos realistas acabaron por degradarle y condenarlo a prisión.3 Retengamos de esta pintoresca anécdota dos conclusiones significativas: que sólo un tempera­mento inestable y apasionado como el de Mariano Talón tuvo entre los paúles de su época la suficiente iniciativa política como para optar personalmente por los realistas y en contra de los liberales, y, en segundo lugar, que la acu­sación lanzada por él contra los misioneros como favorecedores del abso­lutismo fue desestimada por los propios caudillos liberales.

Finalmente, a este tercer período que hemos llamado de transición perte­nece también la fundación en 1828 de la casa de Madrid en la calle del Bar­quillo. En realidad, esta fundación fue efecto indirecto de las arbitrariedades del trienio liberal. En compensación de la casa de Barcelona, incautada por el gobierno de aquel período, los paúles solicitaron y obtuvieron de Fer­nando VII la erección de dos casas, una en Madrid y otra en Barcelona.4 En el orden de la historia interna, la fundación de la casa de Madrid estaba destinada a marcar el paso a una nueva época. Paso que, a través de graves vicisitudes, se vería favorecido por el nuevo giro que iba a adoptar la polí­tica española, esto es, por la revolución liberal. Y con esto llegamos al um­bral del tema que nos hemos propuesto.

II. La época de las revoluciones: visión general, períodos y problemas

El 29 de septiembre de 1833, entre las incertidumbres y angustias de una España profundamente dividida en dos bandos antagónicos y prestos a lan­zarse a una larga lucha fratricida, moría en el palacio de la Granja el rey Fernando VII. Casi exactamente dos meses después, el 27 de noviembre del mismo año, fallecía a su vez en la casa de la calle del Barquillo el visitador que había conseguido de aquel rey la fundación de Madrid: el P. Fortunato Feu, quien cuatro años antes había sido sustituido en el cargo por el P. Juan Roca. En la gran historia de España y en la pequeña historia de nuestra co­munidad se extinguía así una época definitiva e irrevocablemente liquidada: el antiguo régimen. España —y con ella nuestra Congregación— inauguraban una nueva etapa, fértil en profundas crisis y alteraciones externas e internas, al final de la cual la C.M. española, tras una nueva cuasi fundación, renacería sobre bases geográficas, personales, «estilísticas», y hasta económicas total­mente diferentes de las que la habían sustentado hasta 1833.

Tratemos, pues, de ver el impacto que sobre la vida de la comunidad vi­cenciana española tuvo la revolución liberal y los caminos por los cuales llegó a producirse. Cuando hablo de revolución liberal es claro que no me refiero a una revolución concreta sino a todo el amplísimo conjunto de cam­bios que condujeron a nuestro país desde la España semifeudal de Fernando VII a la España moderna, es decir, a la España de la restauración alfonsina, por modesta y limitada que se considere su modernidad.

La época de las revoluciones —que considero, repito, una de las etapas sustantivas de nuestra historia interna— se extiende, pues, en mi concepto, desde 1833 a 1875. Me voy a permitir anticipar la enumeración de los perío­dos en que considero subdividida esa larga etapa de nuestra historia. Son los siguientes:

  1. 1833-1852.
  2. 1852-1868.
  3. 1868-1875.

Como no escapará a los poseedores de un conocimiento aunque sea so­mero de nuestra historia, tales períodos corresponden, respectivamente, a las siguientes situaciones de la provincia:

  • Disolución y dispersión
  • Primera restauración, con base en la llamada casa de Leganitos
  • Segunda disolución y, al final de ese año, segunda restauración.

Por fuerza de las limitaciones de tiempo, habré de ceñirme a examinar los problemas y vicisitudes de sólo el primero de esos tres períodos.

Ahora bien, si queremos anticipar una visión de conjunto de los princi­pales problemas de orden histórico que van a salirnos al paso, es necesario intentar una caracterización genérica de cada uno de los tres períodos enu­merados. Esperando que el desarrollo de este estudio justifique mis aprecia-clones, la daré en los siguientes términos

  1. 1833-1852: Liquidación de las bases tradicionales y, a través de una dispersión fecunda en experiencias para nuestros cohermanos de la época, alumbramiento de los nuevos horizontes sobre los que sería posible un re­nacimiento de la C.M. española: la incorporación al nuevo orden politico­social, la búsqueda de nuevas bases de sustentación en la geografía peninsular y la proyección sobre el mundo ultramarino.
  2. 1852-1868: Sin renunciar todavía a una restauración del viejo sis­tema, puesta en marcha del triple proyecto del período anterior, frustrada, primero por una gravísima crisis interior (el enfrentamiento con la idea que un personalísimo superior general, el P. Etienne, se hacía de la Congregación), y, segundo, por la recurrencia de la crisis política del país: la revolución de 1868.
  3. 1868-1875: Nueva dispersión que, si bien menos grave que la an­terior, contribuye decisivamente a liquidar los últimos vestigios del antiguo orden congregacional. Las realizaciones logradas en los dos períodos ante­riores permitirán en 1876 el montaje de la nueva C.M. española, inaugurando así la tercera y, por ahora, última etapa de la C.M. en nuestra patria.

Entremos ya en el estudio pormenorizado del primero de esos períodos.

III. La situación inicial. Datos estadísticos

Empecemos por los aspectos hasta cierto punto más asequibles: la situa­ción estadística respecto a las casas y el personal.

¿Cuál era el estado de la C.M. en España al filo de 1833, fecha que hemos propuesto como inicial de la nueva época y cuál fue al final del primer período de ésta, es decir, en 1852?

En 1833, la Congregación poseía en España 8 casas, a saber: Barcelona, Palma de Mallorca, Barbastro, Reus, Guisona, Badajoz, Valencia y Madrid. Las cinco primeras databan del siglo xvin, las tres últimas del siglo xix. La última en fundarse había sido la de Madrid, establecida en 1828, con una parte de la indemnización concedida por el Estado por la primitiva casa de Barce­lona y que desde entonces pasó a ser la casa central de la provincia, residencia del visitador, noviciado y, junto con la de Barcelona, estudiantado. Estaba situada esta casa en la calle del Barquillo, aproximadamente a la altura de lo que hoy es el Teatro Infanta Isabel, y comprendía, con la huerta adyacente, la manzana delimitada por las calles del Barquillo, al oeste, Prim (entonces del Saúco), al sur, Almirante (entonces del rincón de San Cristóbal), al norte, y Conde de Xiquena (entonces calle alta de los Reyes), al este. Durante algún tiempo fueron, además, los paúles madrileños, propietarios de toda la zona norte de los terrenos del Palacio de Buenavista (Ministerio del Ejército) y de la manzana adjunta al norte del mismo, entre Prim y Almirante, hasta abarcar toda la acera de poniente del paseo de Recoletos, desde la desembocadura de la calle Almirante hasta el convento de las Pascualas. La casa era de nueva planta, recién construida y, según parece, la Iglesia estaba aún sin concluir en el momento de la disolución. Bueno será recordar que a la solemne inaugu­ración en 1828 habían asistido, entre otros personajes de la época, los infantes don Carlos María Isidro y don Francisco de Paula, hermanos del Rey.5

La casa de Barcelona también era nueva, pues es trataba de la segunda residencia ocupada en propiedad por los misioneros en la ciudad condal. La primera, legado del señor Sen Just, situada en la calle de Tallers, había sido ocupada ininterrumpidamente por los misioneros desde 1704 hasta 1808. En este último año había sido requisada por el ejército francés de ocupación para convertirse en hospital militar. Los misioneros regresaron a ella en 1816 y allí permanecieron hasta 1822, en que las autoridades del trienio liberal volvieron a dedicarla al mismo oficio de hospital militar, que ha conservado hasta nuestros días. Entre 1822 y 1833, los paúles barceloneses habitaron di­versas residencias provisionales (colegio episcopal de Belén, colegio de Trini­tarios, Torre de la Virreina) hasta que en 1833 lograron levantar —con la segunda parte de los fondos entregados por el Estado a título de compra de su primera casa—6 un nuevo edificio situado en la esquina de las calles Amalia y Lealtad. Por cierto que, al trazar los planos de esta segunda residencia, tuvieron buen cuidado de disponer las paredes maestras de forma que no pudieran ser derribadas para habilitar las grandes crujías típicas de los hos­pitales de la época. La previsión dio sus frutos durante el cólera de 1834, pues, debido a esa circunstancia, las autoridades sanitarias de la ciudad rechazaron nuestra casa como posible ubicación de un centro de apestados.7 La casa de Barcelona, aparte de ser la más numerosa en sacerdotes y hermanos, albergaba a una sección de estudiantes: los teólogos de los últimos cursos, que solían pasar a ella después de haber hecho el noviciado e iniciado los estudios en la de Madrid.

Creo innecesario detallar las circunstancias materiales del resto de las ca­sas, pues el P. Horcajada hizo cumplida descripción de cada una de ellas en los anales de 1909 a 1917, basándose casi siempre en documentos de primera mano e incluso en la inspección personal de los antiguos inmuebles cuando subsistían.

Lo que sí importa consignar, en cambio, es la dedicación principal de cada una de estas residencias, pues ello nos ayudará a conocer las actividades de los paúles españoles hasta el momento de la supresión.

Oficialmente, cuatro de las ocho casas: las de Barbastro, Guisona, Reus y Badajoz, llevaban el título de seminarios. En realidad, fuera de las de Bar­bastro y, parcialmente, que funcionaron como seminarios diocesanos en el sentido estricto de la palabra, eran más bien casa de ejercicios de ordenandos, en que los aspirantes al sacerdocio recibían su última y definitiva formación antes de que les fuesen conferidas las sagradas órdenes. Las otras cuatro casas —Barcelona, Palma de Mallorca, Valencia y Madrid— eran oficialmente casas de Misión. Su dedicación principal era la de misionar las diócesis o comarcas en que estaban enclavadas. Madrid y Barcelona funcionaban ade­más, como ya he dicho, como casas de formación de los nuestros. Pero en todas las casas constituía una ocupación esencial la de los ejercicios a cléri­gos y seglares, para lo que se procuraba que estuvieran dotadas de buen nú­mero de habitaciones y poseyeran espaciosos refectorios, salas de conferen­cias, capillas y huertos u otros lugares de esparcimiento. En conjunto, pues, cabe decir que la sombra del primitivo San Lázaro —y quizás más la de la casa de Monte Citorio— gravitaba poderosamente sobre las fundaciones españolas de la Congregación. Tal vez convenga asimismo tener en cuenta, con vistas a la evolución posterior, que la casa de Madrid era la única que no había sido fundada a petición de los obispos u otros bienhechores deseosos de asegurar a sus diócesis o ciudades los servicios de los padres «misionistas», como se les llamaba, sino a iniciativa de los propios misioneros urgidos, eso sí, por la necesidad de proporcionar asistencia espiritual a las Hijas de la Ca­ridad del noviciado.

Sacrificando la cronología al método, anticipamos que de estas ocho re­sidencias, sólo dos: las de Palma de Mallorca y Badajoz, serian recuperadas por la Congregación en su restauración de 1852. El resto se perdería definitiva­mente como consecuencia de las leyes desamortizadoras y si bien los misio­neros volverían a establecerse en Madrid y Barcelona, ello seria en locales distintos de los anteriores.

Veamos ahora la situación del personal. En 1835, los paúles españoles eran un total de 115,8 distribuidos de este modo entre las diversas clases in­tegrantes de la comunidad:

  • 57 sacerdotes,
  • 27 hermanos coadjutores,
  • 25 estudiantes,
  • 6 novicios.

Más difícil es dar los datos exactos de la distribución del personal por casa. La razón es que, no existiendo en los años a que nos referimos catálogos de personal y al haberse producido la disolución de las casas en fechas distintas para unas y otras, ocurre que algunos sacerdotes que, por ejemplo, en julio de 1835, figuran en el libro de misas de la casa de Barcelona o Madrid, proce­dían verosímilmente de casas como Badajoz o Reus, que se habían visto ame­nazadas con anterioridad. Tampoco es siempre posible poner de acuerdo todos los documentos de la época, entre los que a veces existen contradicciones respecto a este punto. Hechas estas salvedades, doy a continuación los datos del personal de cada casa, basándome en los libros de misas y personal cuando existen, ya en las referencias biográficas de los libros de difuntos y en otras fuentes coetáneas:

  • Barcelona: 44 misioneros (25 sacerd., 9 herm., 10 estud.)
  • Madrid: 36 misioneros ( 8 sacerd., 8 herm., 14 estud., 6 novic).
  • Barbastro: 10 misioneros ( 7 sacerd., 3 herm.)
  • Badajoz: 6 misioneros ( 3 sacerd., 2 herm., 1 estud.)
  • Guisona: 5 misioneros ( 4 sacerd., 1 herm.)
  • Palma de Mallorca: 6 misioneros ( 4 sacerd., 2 herm.)
  • Valencia: 6 misioneros ( 4 sacerd., 2 herm.)
  • Reus: 2 misioneros ( 2 sacerd.)

Respecto a esta última residencia, consta, como veremos más adelante, que los misioneros destinados en ella eran 8 al sobrevenir el asalto a aquella casa. Sin duda, algunos de los que aparecen en Barcelona en julio de 1835 eran, pues, refugiados de Reus.

Interesante es también establecer el cuadro de edad. De las citadas fuentes se deduce que algo más de la mitad de los misioneros españoles de 1835, exac­tamente 64, es decir, el 55 por ciento, tenían menos de 35 años, mientras 51, o sea, el 45 por ciento, sobrepasaban aquella edad. De éstos, sólo 9 tenían más de 65. La edad media era aproximadamente de 38 años.

Finalmente —y con esto cerramos este árido apartado estadístico— la inmensa mayoría de los paúles de 1835, exactamente 90, eran catalanes o ma­llorquines de nacimiento. De los 25 restantes, 19 eran aragoneses y los demás distribuían sus lugares de nacimiento entre Valencia, 1; Madrid, 1; Avila, 1; Asturias, 1, y Extremadura, 2.

Todos estos datos nos permiten sentar con fundamento un determinado número de conclusiones acerca de la composición y vitalidad de la provincia española de la C.M. al iniciarse la época revolucionaria. Son las siguientes:

  1. La provincia española de la C.M. era un instituto joven, con buenas perspectivas para un crecimiento notable de su actividad apostólica y su in­flujo en la religiosidad del país.
  2. El crecido número de hermanos coadjutores, algo más de la mitad del de sacerdotes, revela una concepción autonomista de la vida de la comu­nidad y quizás —esto habría que confirmarlo con otro tipo de datos— una visión bastante «religiosa» en sentido ascético y jurídico, del propio ins­tituto.
  3. La tendencia a la concentración de gran número de sacerdotes y her­manos en una casa, la de Barcelona, más que por una concepción centralista de la provincia, se explica, de una parte, por el origen mismo de la comuni­dad, que durante bastantes años no dispuso sino de aquella sola casa, y, de otra, por la concentración de un amplio complejo de actividades muy dife­rentes en la misma residencia: misiones, ejercicios a sacerdotes, ordenandos y seglares, centro de formación, localización de la dirección de hermanas, foco de propaganda religiosa y lugar de retiro de misioneros ancianos. Con otras palabras, Barcelona actuaba como había actuado y seguían actuando casas como la de Génova y el propio san Lázaro, tanto el de san Vicente como el del P. De Wailly. De hecho, la residencia de Madrid surge cuando la ins­talación del noviciado de hermanas en la capital de España exige un desdo­blamiento de las actividades barcelonesas. Es curioso observar que esta ten­dencia a una casa central muy numerosa continuará siendo una caracterís­tica de la C.M. española hasta nuestros propios días.
  4. El origen geográfico de los paúles de la época, con abrumadora ma­yoría catalana, no es sino el reflejo del origen y difusión principal de la misión española, contenida durante un siglo en los límites de la corona de Aragón. Otro foco de atracción de vocaciones es pronto Barbastro, lo que explica el número de misioneros aragoneses. Y al final empiezan a manifestarse tímida­mente las nuevas zonas de influencia correspondientes a los establecimientos de Madrid, Badajoz y Valencia.

De todas las características de la antigua provincia, ésta es la que iba a experimentar una transformación más importante y decisiva.

Veamos ahora cómo afectaron en sus destinos personales a este grupo de misioneros las hondas convulsiones a que el «rigor de los tiempos», en frase de un contemporáneo, iba a someterlos.

De los 115 sacerdotes, hermanos, estudiantes y novicios, 40 murieron antes de la restauración de 1852; 38 volvieron a incorporarse a la provincia española antes o después de esa fecha, formando así el núcleo inicial de la nueva C.M. española; 13 permanecieron hasta su muerte en otras provincias de la C.M.; 8 abandonaron definitivamente la Congregación, y de 16 no me ha sido posible encontrar indicaciones precisas sobre su suerte después de 1852.9

En conjunto, pues, cabe concluir que los misioneros españoles dieron pruebas de un sólido apego a su vocación misionera bajo los embates de la revolución, hostil ideológica y prácticamente a la vida de comunidad. Ideoló­gicamente, porque la consideraba incompatible con el espíritu de libertad de los nuevos tiempos, y prácticamente, porque la combatió con todas las armas a su alcance, desde la calumnia —recuérdese el trágico cuento de las fuentes envenenadas en el Madrid de 1834— hasta las disposiciones legales —leyes desamortizadoras y supresoras— y la violencia física: asaltos a conventos y casas religiosas en los años más rabiosos del progresismo. En este aspecto, pues, la actitud de la Congregación de la Misión ante la revolución liberal en España fue claramente de invencible y heroica resistencia.

IV. La obra revolucionaria

La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol, de Francisco de Goya

La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol, de Francisco de Goya

La disolución de la provincia española de la C.M. suele ser atribuida, de manera genérica y global, a la «desamortización de Mendizábal». En realidad se trata de un proceso más gradual y matizado, al que los decretos y leyes desamortizadores vienen a dar estado legal y definitivo. En efecto, de la larga serie de medidas legales que suelen englobarse bajo el título general de desa­mortización, adoptadas por los sucesivos gabinetes de Martínez de la Rosa (15-1-1834 a 1-VI-1835), Conde de Toreno (8-VI-1835 a 14-IX-1835) y Men­dizábal (15-IX-1835 a 5-V-1836), sólo la más amplia y universal de ellas, la del 8 de marzo de 1836, decía aplicación directa a nuestra Congregación. Era el decreto por el que se suprimían «todos los monasterios, conventos, congregaciones y demás casas de comunidad o institutos religiosos» y se aplicaban a la Real Caja de Amortización «todos los bienes raíces, muebles y semovientes, rentas, derechos y acciones de todas las casas de comunidad de ambos sexos así suprimidas como subsistentes».10 Aplicósele también, por supuesto, la ley general de desamortización promulgada bajo el gobierno Calatrava en 29-VII-1837, que refundía disposiciones anteriores, aunque fuese más bien lanzada a moro muerto. Ahora bien, antes de la publicación de esos decretos era ya un hecho la supresión, a veces violenta, de la mayoría de nuestras casas. Y es que sería erróneo creer que la revolución fue sobre todo una sucesión de disposiciones oficiales. No. La revolución fue inicial­mente un proceso de hecho, una larga serie de actos consumados que, en mu­chos casos, la legislación no hacía sino consagrar.

La primera casa afectada por el clima revolucionario fue la de Madrid. Eran los días en que el cólera morbo hacía estragos en la capital de España. El 8 de julio de 1834, la Junta de Sanidad de Madrid comunicaba al superior de nuestra casa, que era a la sazón el P. Buenaventura Codina, una resolución por la que algunos locales de la residencia quedaban destinados a hospital militar de coléricos. Al día siguiente, el P. Codina contestaba aceptando «con satisfacción» la disposición de la Junta y ofreciendo para el caritativo fin no sólo la casa sino el servicio espiritual y material de los miembros de la comunidad y hasta «una porción de tablados de cama y jergones». Dos días más tarde —sin duda para evitarles el peligro de contagio y para hacer lugar a los apestados— se tomaba la decisión de que los novicios abandonaran Madrid y se trasladaran a Guisona vía Valencia. Era una medida previsora, que les ahorraría los sobresaltos de la horrorosa matanza de frailes del 17 de julio (aunque los sucesos no afectaron a nuestra casa) y les situaría más cerca de la frontera francesa para el caso de que fuera necesario emprender una huida al extranjero, que el clima revolucionario del país iba haciendo cada vez más previsible. Recordemos los nombres de aquellos novicios, algunos de los cuales jugarán papeles importantes en sucesivos episodios de esta historia. Eran los Hnos. Román Pascual, Joaquín Mariano Maller, Juan Arrom, Ma­teo Cerdá y Joaquín Yarza.11

La comunidad madrileña continuó, sin embargo, el curso ordinario de su vida y trabajos, incrementado ahora con el cuidado de los apestados.

Los novicios permanecieron en Guisona durante un año entero. El 20 de julio de 1835, al día siguiente de la fiesta de san Vicente —nos dice una nota manuscrita del entonces novicio señor Maller—, por disposición del visitador P. Juan Roca, emprendían todos los seminaristas el viaje a Francia. Fue un traslado lento, sin excesivas prisas, ya que, oficialmente, ninguna nueva dis­posición había venido a agravar la situación de nuestros hermanos. Se tra­taba solamente de una medida de precaución, que acontecimientos inmediatos revelarían como altamente justificada. El viaje se hizo por la Seo de Urgel, Andorra, donde el grupo se detuvo una semana y celebró la fiesta de Santiago, patrón de la República, Carcasona, ya en tierra francesa, y Montolieu, lugar de destino por el momento. Acompañaba a los expedicionarios el P. Buena­ventura Armengol, de la casa de Barcelona, quien sería profesor de filosofía de los estudiantes en Montolieu hasta que al año siguiente se trasladaron a París para iniciar la teología.12

Pero volvamos a Madrid. La comunidad continuó habitando en la casa de la calle del Barquillo hasta marzo de 1836. Así lo atestigua el libro de mi­sas, que se cierra en ese mes. Fue entonces cuando la ley de desamortización del día 8 produjo la supresión de nuestra casa, cuyos locales fueron destina­dos a cárcel de mujeres y sufrirían más tarde sucesivas transformaciones hasta desaparecer totalmente en el Madrid actual. No se nos ha conservado ninguna referencia de cómo se efectuó el cierre y entrega de la casa. Sólo po­demos suponer que debió hacerse con orden y sosiego, puesto que pudieron ponerse a salvo todos los libros de comunidad, conservados hoy en el archivo de Madrid.

La segunda casa en sufrir de alguna manera los efectos de la marea revo­lucionaria fue la de Badajoz. El 10 de septiembre de 1834, el capitán general, don Manuel de Latre, dictó contra el superior de la misma, que era el P. Mi­guel Gros, orden de expulsión de la ciudad «por causas politicas».13 Orden que el P. Gros cumplió trasladándose a Valencia. No me ha sido posible averiguar cuáles fueron en concreto esas causas políticas que provocaron el des­tierro del P. Gros. Verosímilmente harían relación al decreto publicado el 27 de enero de aquel mismo año por el que se ordenaba a los prelados que, a fin de impedir la propaganda anticristiana de los clérigos afectos a la causa carlista, tomasen las medidas pertinentes para que los sacerdotes «no abusa­ran de tan sagrado ministerio y se esmerasen en persuadir y enseñar a los fie­les el camino de la virtud y el desviarse del vicio, y no se extravíe la opinión de los fieles ni en el púlpito ni en el confesonario ni se enerve el sagrado pre­cepto de la obediencia y cordial sumisión al legítimo gobierno de S.M., que tan encarecidamente recomiendan las leyes divinas y humanas».14 Sin embar­go, nada en los sermones manuscritos que se nos han conservado del P. Gros, copiados por el P. Codina, hace referencia directa ni indirecta a las agitacio­nes políticas de la época. A pesar de este temprano choque con las autorida­des liberales, la casa de Badajoz continuó en funciones, al menos hasta no­viembre de 1835, cuatro meses antes de la supresión, fecha hasta la que si­gue anotándose con regularidad el libro de misas, y aún después, pues hasta 1850 continúan consignándose en él las misas celebradas por varios misio­neros, sobre todo las de los señores Mata —que había quedado como supe­rior en funciones tras el destierro del señor Gros— y Barragán y, con menos regularidad, dependiente seguramente de viajes o estancias ocasionales, las de otros varios misioneros. Por otra parte, el señor Barragán declaraba en 1855 al P. Etienne que la casa de Badajoz se había cerrado en 1839, es decir, tres años después de la desamortización .15 La casa de Badajoz sería recu­perada por la Congregación en 1858.

Si en Madrid se libró la casa —quizás por hallarse convertida en hospi­tal— del asalto de las turbas en las luctuosas jornadas de julio de 1834, no ocurrió lo mismo en Reus y Barcelona un año más tarde. El 22 de julio de 1835 estalló en Reus una violenta revuelta que tomó como objetivo los con­ventos de religiosos de la ciudad, entre los que causaron numerosas víctimas. La chispa que provocó el incendio popular fue la noticia de haber sido co­pado por los carlistas un destacamento de la milicia urbana, varios de cuyos componentes fueron bárbaramente asesinados, por instigación, según se dijo en Reus, de los frailes que formaban parte de la facción y, en particular, de su jefe, que, al parecer, era un franciscano. Difundirse la noticia y provocarse entre la población reusense una delirante conmoción fue una misma cosa. Prácticamente todos los conventos fueron invadidos e incendiadas las iglesias de san Francisco y san Juan.16 No se libró el seminario de los Paúles, los padres de la Misión huyeron a refugiarse en el vecino pueblo de Castellvell. Según parece, la casa constaba ese día de 8 sacerdotes, pero sólo he podido averiguar los nombres del P. Ignacio Santasusana, que era el superior y del P. Gabriel Angel (con algunas reservas). Nuestra casa, sin embargo, no fue incendiada hasta varios días más tarde. La liquidación de sus bienes se hizo, en cambio, con gran rapidez. Objetos de valor tenía pocos el seminario. El huerto fue arrendado. Y el «llevador» de censales constituidos por diversos bienhechores en favor de la casa fue requisado por el comisario subalterno de la Junta de Tarragona. Muy pocos meses después la casa misión fue destinada a casa de caridad.17

De Reus, la agitación pasó a Barcelona, aunque aquí la ocasión del esta­llido revolucionario fue un suceso totalmente ajeno a la política: una corrida de toros. En la tarde del día de Santiago, los espectadores de la corrida, de­cepcionados por la flojedad del ganado lidiado, provocaron un indescriptible tumulto, que destrozó los tendidos, redujo a astillas los asientos de palcos y acabó por lanzar al ruedo a los más enardecidos, quienes ataron a un trozo de la contrabarrera al último toro muerto y lo sacaron arrastrando por las calles en medio de feroz griterío.18 La ira popular fue pronto canalizada por los agentes revolucionarios hacia objetivos menos inocentes: los conventos religiosos. Aquella noche fueron asaltados e incendiados los de los agustinos, franciscanos, carmelitas descalzos y calzados y, prácticamente, todos los de la ciudad, entre los que se contó también la casa de los paúles o seminario nuevo. Sólo que aquí se produjo algo inesperado. D. Juan Valera, en su con­tinuación de la Historia de España de Modesto Lafuente, lo cuenta de este modo: «Viose igualmente atacado el vasto edificio del nuevo seminario, pero en él encontraron inesperada resistencia los incendiarios, pues desde las ventanas recibieron un fuego que los rechazó, con pérdida de no pocos heri­dos» .19 Esta breve reseña de Valera encuentra puntual y extensa confirmación en el relato que publicó el canónigo Chantre de la catedral de Barcelona,

D. Cayetano Barraquer y Roviralta en su documentada obra «Los religiosos en Cataluña durante la primera mitad del siglo xix». De ella lo tomó para «Anales» el P. Paradela.20 Es imprencindible leer esta relación que el canó­nigo Barraquer compuso entre 1881 y 1885 sobre los testimonios directos que recabó de casi todos los supervivientes de la trágica noche: los PP. Isidro Marsal, Ramón Madam, José Puig y Fernando Partegás, todos los cuales eran estudiantes de nuestra casa de Barcelona el 25 de julio de 1835. Según estos testigos, el ataque a la Casa Misión sobrevino poco después de las 10 de la noche, cuando la Comunidad se había ya retirado a descansar. A esa hora, uno de los exaltados grupos de manifestantes que pululaban por la ciu­dad llegó ante las puertas de nuestra casa, a las que prendió fuego. Levan­táronse inmediatamente con el lógico sobresalto, todos los miembros de la comunidad. Y fue entonces cuando entró en acción el procurador de la casa, P. Figuerola. En su juventud, aún no del todo lejana, pues tenía 50 años, el P. Figuerola había sido guerrillero de la guerra de la Independencia. Y por cierto que había militado en la misma partida que el entonces —1835— ayu­dante del capitán general de Cataluña, el general Pedro Nolasco Bassa. Este general le había proporcionado antes de los sucesos dos fusiles para que pu­dieran defenderse en caso de ataque imprevisto, y le había hecho la promesa de acudir en ayuda de la casa al primer aviso. Pero precisamente aquella no­che de Santiago se hallaba fuera de Barcelona combatiendo a los carlistas. El P. Figuerola asumió inmediatamente la dirección de la defensa. Distribuyó por las ventanas de las distintas fachadas a los padres, hermanos y estudiantes, haciendo que se proveyeran de abundantes ladrillos arrancados del suelo y de los destinados a la conclusión de las obras. Dispuso asimismo tocar las campanas en petición de auxilio. Y dio orden para que con los dos fusiles se disparara de continuo, primero con cartuchos de fogueo y luego con bala, pero cada vez desde distinta ventana para aparentar ante los asaltantes mayor número de armas. Así se logró tener a raya durante toda la noche el ataque de los amotinados, no sin que se produjera una dolorosa baja: el hermano Francisco Campmolt, de 66 años de edad y 47 de vocación, quien recibió un tiro en la región del corazón. «Quin basqueix» — «qué ansias»—, le dijo al estudiante Fernando Partagás, que se encontraba a su lado. Y, poco después, recibidos los sacramentos, tras perdonar a sus enemigos, exclamó: «Yo rai, ya so vell; vosaltres, pobres jovens». Víctima retrasada de los sucesos fue tam­bién el joven sacerdote Antonio Obiols, de 29 años de edad, fallecido días después en el hospital de Barcelona de las heridas recibidas en la noche del 25 de julio. La lucha duró hasta el amanecer. A las 4 ó 5 de la mañana hizo acto de presencia la fuerza pública, que dispersó a los asaltantes y se hizo cargo de la comunidad, a la que entre fusiles condujo por un largo itinerario hasta el castillo de Montjuich, sin que faltaran en el camino ataques con ado­quines y piedras por parte de algunos espectadores. En Montjuich fueron retenidos los paúles barceloneses con otros muchos religiosos durante algo más de quince días, es decir, hasta que, calmada la excitación revolucionaria, pudo ponérseles en libertad sin mayor peligro. La casa había sido asaltada por fin en la mañana del día 26 y de ella se robaron, por los pescadores en río revuelto que nunca faltan en las asonadas populares, casi todos los obje­tos de valor: los cubiertos de plata destinados a los ejercitantes, los tubos del órgano, aún sin montar, unos 3.000 duros recibidos del gobierno en pago de uno de los plazos de compra de la casa antigua y jarras de aceite y otras provisiones de la despensa.

En la revuelta pereció días después el propio general Bassa, que había acudido a Barcelona para someter a los insurrectos. Pero no por ello perdió su aplomo el valiente P. Figuerola: antes de cumplirse el mes de los sucesos elevó una exposición al Ayuntamiento de Barcelona pidiendo la restitución de los bienes pertenecientes a la comunidad, alegando al efecto que la Congre­gación no estaba suprimida por las leyes promulgadas hasta entonces .21 Su petición no fue escuchada y la segunda Casa Misión de Barcelona pasó al dominio público, convirtiéndose, después de la ley de desamortización de marzo de 1836, en cárcel de mujeres, destino que ha conservado hasta nuestros días.

No se han conservado noticias concretas de la manera como se llevó a cabo la supresión de las otras cuatro casas. Sabemos, sí, que la de Valencia quedó clausurada en julio de 1835, antes, pues, de la desamortización, por lo que cabe suponer que la dispersión de la comunidad obedeciera a una ocupa­ción violenta .22 Barbastro continuó en funcionamiento hasta marzo del 36 .23 Guisona fue la última en clausurarse y no lo hizo sino después de haber ser­vido de refugio a misioneros procedentes de otras residencias.

En cuanto a Palma de Mallorca puede decirse que nunca se cerró del todo, ya que incluso después de la desamortización y convertida en asilo de sacer­dotes ancianos, permanecieron al frente de ella los PP. Viver, que era el su­perior, y el anciano P. Alejo Davíu, de 70 años de edad en 1836, acompañados y sustituidos luego por otro misionero, el P. José Marimón, quien con no pocas dificultades, algunas procedentes de los mismos misioneros, logró sos­tenerse en ella hasta que en 1853, restablecida la Congregación, el obispo de la diócesis hizo restitución de la casa y todas sus pertenencias al propio P. Ma­rimón, nombrado entre tanto oficialmente superior de la comunidad. La casa de Palma de Mallorca es la única de la primitiva etapa de la C.M. en España que continúa en posesión de la Comunidad.24

Hagamos ahora un rápido balance de lo que, en el orden material, supuso para la C.M. española la revolución liberal y su principal instrumento antirre­ligioso, la desamortización. Fácilmente se echa de ver que representó nada menos que el aniquilamiento completo y la total ruina económica. Práctica­mente nada se salvó. La recuperación posterior de las casas de Badajoz y Palma de Mallorca fue solamente un pequeño alivio, más moral que econó­mico, en el laborioso trabajo de restauración. No se piense, por el contrario, que el beneficio sacado por el Estado fue proporcional al daño inferido a la Congregación. La provincia española de la C.M. distaba mucho de ser en 1835-1836 una potencia económica. «No puede esta comunidad, por su mu­cha pobreza, ofrecer caudales para cubrir parte de los gastos que deberán hacerse para la curación de los pobres enfermos», decía el P. Codina en su nota de ofrecimiento de la casa de Madrid para hospital de coléricos .25 Los beneficios que de sus propiedades obtuvo el Estado se redujeron al estableci­miento de sendas cárceles de mujeres en Madrid y Barcelona, un cuartel en Valencia y el poco dinero resultante de la venta de las escasas posesiones ane­jas a las residencias de Barcelona, Reus y Guisona. La casa de Reus acabaría convirtiéndose, andando el tiempo, en establecimiento de caridad al que, por tanto, sólo el esfuerzo de la rama femenina de la familia vicenciana fue capaz de hacer productiva para la sociedad española.

En el orden institucional la ruina no fue menor. En 1901 el P. Horca-jada, que había conocido y tratado a los últimos supervivientes de la Congre­gación anterior a la revolución y entre ellos al P. Maller, novicio en Madrid, como sabemos, en 1834, y visitador de España desde 1866 hasta 1892, emitía este duro jucicio sobre la reacción de nuestros hermanos de 1835 ante el ven­daval que sacudió a la provincia: «Horripilados y llenos de espanto nuestros padres por la matanza de frailes; hechos, como éstos, objeto de befa y per­secución de la canalla liberalesca; faltos de experiencia, madre de la previ­sión, y escasos de relaciones con el extranjero y con nuestras colonias, no sin­tieron o no dieron oídos al instinto de conservación común como provincia; así que después de haber trasladado el seminario y el estudiantado a la Comu­nidad de París, en la cual quedaron fusionados y confundidos, sólo trataron de salvarse individualmente del naufragio, aportando a diversas y lejanas pla­yas en busca de hospitalidad, en varias casas de la común familia de san Vicente.26

A compartir ese juicio nos inducirían, de una parte, el análisis de los he­chos y, de otra, ciertos testimonios contemporáneos, como el del sacerdote (entonces subdiácono de la C.M.) Isidro Marsal, quien, en cartas de 2 de oc­tubre y 10 de diciembre de 1861 relataba al P. Etienne el calvario que hubo de sufrir a su salida de Montjuich en agosto de 1835 hasta poder llegar a su casa y, posteriormente, su paso a Francia, su despedida de la casa generalicia sin que nadie le ayudara a costearse el viaje de regreso a España y, por último, aunque quizás sea lo más revelador, lo mucho que siendo beneficiado de la parroquia de santa María del Mar en Barcelona había gastado en favor de la Congregación «y de muchos de sus individuos y singularmente de las Hi­jas de la Caridad y sus postulantas», así como los socorros que antes de nues­tra restauración había proporcionado a varios hermanos coadjutores ancianos que se morían de hambre.27

¿No es quizás una prueba indirecta de todo esto el hecho de que hayamos podido seguir esta historia casi sin nombrar al visitador de España, P. Juan Roca? No trato en absoluto de buscar un culpable. Pero lo cierto fue que apenas se adoptaron medidas de conjunto, fuera de la del traslado de los no­vicios de Madrid a Francia, si bien el P. Roca, que había acudido a París en agosto del 35 para asistir a la 18ª Asamblea General, y que desde entonces se quedó ya en Francia, se despidió de la comunidad de Madrid con la frase evangélica: «Vado parare vobis locum» y una vez en Francia solicitó del re­cién elegido superior general, P. Nozo, permiso para que pasaran a la nación vecina los misioneros españoles, permiso que el Gobierno francés no concedió hasta octubre del mismo año, a instancias del P. Etienne, procurador general. Para entonces ya residían de hecho en Francia unos 15 ó 20 misioneros, con­tando a los novicios de Madrid y se esperaba de un día para otro a 10 estu­diantes de la misma casa.28

Por otra parte, a partir de 1835, la autoridad del visitador español parece limitada a los escasos misioneros que residían en España, sin que el paso de los paúles españoles de una casa a otra, de Francia a Italia, y otros países y el destino de los estudiantes que iban recibiendo las órdenes dependiera para nada de nuestra autoridad provincial, sino exclusiva y directamente de la del superior general. Claro que es necesario tener en cuenta que, a partir de 1843, el superior general se llamaba Juan Bautista Etienne y que, en calidad de procurador general, el P. Etienne llevaba bastantes años ejerciendo una in­fluencia determinante en el gobierno de la Compañía.

En el orden pastoral se produjo, claro es, la paralización inmediata de toda la actividad apostólica de la Congregación en cuanto tal, paralización que no parece que produjera un cambio de mentalidad ministerial. A la hora de la restauración se pensará sustancialmente en las mismas actividades: ejercicios y misiones. Pero de hecho se iba a producir un cambio notabilisimo: la enorme actividad que en lo sucesivo iba a absorber la dirección de hermanas y un nuevo estilo de dirigir los seminarios, inspirados en el modelo francés que los misioneros españoles habían tenido ante los ojos durante los años del exilio.

Demos finalmente un vistazo de conjunto a la suerte personal de los mi­sioneros españoles en las trágicas circunstancias que acabamos de reseñar. En contra de lo que pudiera desprenderse de las consideraciones anteriores, los paúles españoles sortearon con notable fortuna personal las dificultades de la época. Volviendo a la estadística, sabemos que el destino inmediato de los componentes de la provincia en 1835 fue como sigue:

61, entre los que hay que contar a, prácticamente, «todos los estudiantes y novicios» logró pasar al extranjero —es decir, Francia, salvo unos pocos que se dirigieron directamente a Italia— e instalarse en casas de la Congrega­ción: Montolieu, Carcasona, Toulouse, Cahors, Valfleury, Chalons sur Mame, París, Sarzana, Piacenza, Tívoli, Monte Citorio…

37 permanecieron en España. Pero a éstos es preciso clasificarlos en dos grandes grupos: 16 siguieron más o menos vinculados a casas —es el caso de Palma de Mallorca— u obras de la Congregación, especialmente la direc­ción de las Hijas de la Caridad, como el grupo de 5 padres y hermanos de Madrid, capitaneados por el P. Codina. Y otros 21 o bien regresaron a sus domicilios familiares o se incorporaron a diversas diócesis, en las que obtu­vieron curatos o beneficios.

De 20 ignoramos por completo el paradero. Y 2, el hermano Campmolt y el P. Obiols murieron como resultado de los sucesos de Barcelona.29

Sólo nos resta indagar hasta donde nos sea posible la actitud ideológica de nuestros cohermanos del siglo pasado ante las corrientes politicas que ha­bían provocado la ruina de la Congregación y que estuvieron a punto de pro­vocar la de la Iglesia española.

Desgraciadamente en este terreno carecemos casi por completo de tes­timonios directos, por los que toda nuestra información tiene que basarse en indicios y conjeturas. Entre estas últimas hay que desechar desde el prin­cipio el fácil y sofístico apriorismo de que, puesto que eran atacados por los liberales, los paúles de 1835 debían de ser de ideas absolutistas y más o menos partidarios del carlismo. El ataque a las Congregaciones religiosas y a la Igle­sia en general fue un punto del programa liberal independiente de las posturas ideológico-políticas de las Congregaciones en cuanto tales y, por supuesto, de los religiosos en cuanto individuos. Aunque, eso sí, tácticamente justifi­cado por la toma de posición a favor de don Carlos de un amplio sector del clero y, especialmente, del episcopado español. Ningún fundamento docu­mental existe para pensar que la C.M. fuera antiliberal por principio, aunque es lógico que rechazara aquellas consecuencias del liberalismo exaltado —pronto conocido como progresismo— que minaban las bases mismas de su vida comunitaria. Como comunidad, la C.M. de la época no parece haber intervenido en absoluto en problemas especificamente políticos. En cambio, disponemos de unos cuantos datos para deducir cuáles fueron las preferencias de unos pocos misioneros particulares. Ya vimos cómo durante el trienio de Riego sólo un hermano, de dudoso equilibrio psicológico, se aventuró a lanzarse a la guerrilla realista. Sabemos también que en 1835, en Barcelona, poco antes de los sangrientos sucesos de julio, «con motivo de unas cartas so­bre carlistas que se dijo haber mediado entre el superior de aquí y el de Ma­drid, la policía registró la casa y dejó al superior —era el P. Juan Vilera—preso en su propia habitación con un centinela de continuo».30 Y ya vimos antes cómo el P. Miguel Gros había sido extrañado de Badajoz a causa de sus ideas políticas.

En cambio, nos consta también cómo en fecha tan temprana como 1817, con ocasión de la primera restauración fernandina, el P. José Antonio Larroya, que poco antes había abandonado la C.M., tuvo que huir de su curato de Quicena, «por constitucional». 31 Y de otro misionero ilustre, el P. Juan Carrera, notable hebraista y escriturista que tradujo y comentó por su cuenta el Cantar de los Cantares y el libro de los Salmos, se nos dice en su nota ne­crológica —falleció en Barcelona el 2 de octubre de 1842— que «era muy adicto al sistema representativo».32

Dentro de esa línea de adhesión a las nuevas ideas es lícito pensar que se situaba asimismo el P. Figuerola, el organizador de la defensa de la casa de Barcelona, dada su amistad con el general Bassa. A lo que ambos se oponían no era al liberalismo sino a los excesos revolucionarios de unas turbas enar­decidas. La división entre moderados y progresistas empezaba a dibujarse con vigor en el panorama de las fuerzas políticas españolas. La generalidad de los paúles españoles parece haber aceptado el liberalismo aunque, naturalmente, en su versión moderada, compatible con el respeto y consideración de la Iglesia y las comunidades religiosas. Eso cabe deducir de los datos de la época inmediatamente posterior: la amistad de destacados misioneros con Sar­torius y Martínez de la Rosa, la suscripción a periódicos de esa tendencia, como consta por los libros de cuentas de la casa de Madrid, etc., etc.

Por último —y a pesar de la insinuación de carlismo que dejamos pesar sobre su persona con motivo de las cartas que al parecer se cruzaron entre él y el superior de Barcelona— el superior de Madrid, P. Codina, debía profesar más que mediana simpatía hacia las nuevas ideas. Así parece indicarlo el hecho de que, no obstante las críticas circunstancias, permaneciese en Ma­drid una vez decretada la disolución, mientras el visitador, P. Roca, se apre­suraba a ponerse a salvo en Francia. Y sobre todo, el que pocos años más tarde, fuese el artífice principal de la restauración de la provincia bajo un go­bierno de composición bastante semejante al de 1834. Pero esto es ya materia de otro capítulo.

V. La C.M. española durante los años de crisis

Hemos dicho que, intitucionalmente, la provincia española de la C.M. quedó reducida a la nada. De ello no se sigue, sin embargo, que fuera igual­mente inexistente la actividad de los paúles españoles en los años que median entre su supresión legal en 1836 y su restauración en 1852. Por el contrario, puede decirse que la destrucción de la estructura de la C.M. española propor­cionó a muchos de sus miembros unos horizontes de los que hubieran care­cido de haberse conservado el viejo orden. Pero esta parte de nuestra histo­ria ha sido quizás la más estudiada de todas. En particular es notable la sín­tesis hecha por el P. Paradela en la segunda parte de su «Resumen histórico» y por el P. Herrera en diversos escritos. Por ello me limitaré a unas breves notas sintetizadoras.

A efectos de sistematización, cabe agrupar en tres núcleos fundamentales a los misioneros dispersos: los que prosiguieron su actividad en otras provin­cias europeas: Francia e Italia; los que abandonaron Europa para reforzar o sentar las bases de jóvenes provincias ultramarinas: y los que en plazo re­lativamente breve regresaron a España para intentar la restauración de la provincia destruida. No se piense, sin embargo, que estos tres núcleos estu­vieron compuestos por nombres totalmente diferentes, pues entre todos ellos hubo intercambios y algunos misioneros pasaron incluso por esas tres situa­ciones en distintos momentos de su vida en el exilio.

Dentro del primer grupo hay que destacar la labor desarrollada en Italia por el P. Vilera (el superior de Barcelona) como profesor de moral en el colegio Alberoni de Piacenza y como director de ejercicios a ordenando en Monte Citorio, donde murió en 1841; la del P. Sanz en Nápoles como orador (poseía alta perfección del italiano); la de los PP. Costa y Figuerola en Sar­zana; la del P. Soley en Savona y la del P. Sempere en Monte Citorio, donde, junto con el P. Vilera, dio ejercicios a más de 1.500 ordenandos y en Macerata donde fue superior hasta su traslado a Méjico en 1850. En Francia destacaron, sobre todo, el P. Escarrá, profesor de teología durante 16 años en la Casa Madre, hasta que en 1851 el P. Etienne lo envió a España como comisario suyo; el P. Codina, profesor en Chalons sur Mame durante el breve tiempo que duró su destierro bajo la regencia de Espartero, el P. José Cerdá, el pres­tigioso canónigo de Lima y Palma de Mallorca, que, ingresado en la Con­gregación a los 51 años de edad y desterrado con los demás a Francia, fue también profesor de teología en la casa Madre y confesor de don Santiago Masarnáu, el introductor en España de, las conferencias de san Vicente de Paúl de Ozanam, así como la dulce figura del señor Masjoan, el joven diá­cono fallecido en París en olor de edificación a los 23 años de edad.33

El segundo núcleo lo formaron sobre todo misioneros jóvenes, es decir, casi todos los que salieron de España siendo novicios o estudiantes y fueron ordenados sacerdotes en Francia. La gran mayoría de ellos: Cercós, Masnóu, Estany, Calvo, Llevaría, Alabáu, Tadeo Amar, Doménech, Pascual, Maller, junto con otros misioneros veteranos, como el famoso Figuerola, Armengol y Serrera y varios hermanos, fueron destinados a Estados Unidos, donde su­pusieron un formidable refuerzo para la recién nacida provincia americana, en la que algunos —Masnóu y Maller— ocuparon cargos de responsabilidad: visitador y vicevisitador respectivamente, y otros —Amat y Doménech­alcanzaron el peso y el honor del episcopado. Para comprender la razón de este masivo envío de jóvenes misioneros españoles a América debe tenerse en cuenta que ya antes de la supresión de la provincia española, el P. Odin había escrito al superior de Barcelona pidiéndole algunos jóvenes sacerdotes.34 En este grupo hay que contar también a los que reforzaron con su actividad la labor apostólica de diversos frentes misioneros de la C.M.: los PP. Vives y Domingo, que durante algunos años trabajaron en Argel; el P. Sempáu, destinado a China y fallecido en Singapur, antes de alcanzar su destino, y los PP. Amaya y Boxó, que se incorporaron a la provincia de Oriente, es decir, Siria y Líbano, donde, singularmente el primero, desarrollaron una labor de primera importancia. En este aspecto, sigue siendo válida la biografía del P. Amaya que publicó en 1928 el P. José Herrera en el libro del Centenario de los PP. Paúles en Madrid.35

Ahora bien, más importante quizás para el futuro de la provincia espa­ñola fue el envío en 1844 y 1846 de sendas parejas misioneras, los PP. Ar­mengol y Ramón Sanz y los PP. Bosch y Vila a Méjico y Cuba, a donde pron­to atraerían a otros compañeros de destierro: Juan Pujol, Figuerola, Serreta, Peregrí, Sampere, Aguilar, Alabáu y el hermano Esteve. Todos ellos senta­rían las bases de la futura proyección hispanoamericana de la provincia es­pañola.

En cuanto al grupo español, trató en cuanto le fue posible de reempren­der la vida de comunidad y su actividad como provincia. En el plano consti­tucional y canónico, la provincia nunca estuvo disuelta. El P. Roca, regre­sado a España en 1839, siguió siendo visitador hasta 1844, aunque entre 1839 y 1841 tuviera que dejar el cargo de director de hermanas en manos del P. Gros y no pudiese asistir en agosto de 1843 —eran en España los días de la caída de Espartero— a la 19ª Asamblea General que eligió como superior general al P. Etienne.36

La vida de la provincia durante el tiempo de su inexistencia legal se divide claramente en dos épocas, determinadas precisamente por ese año crucial de 1843, casi coincidente con el nombramiento (en 1844) del P. Codina como visitador. Hasta 1843 apenas puede hablarse de actividad provincial: no hay sino misioneros aislados que, o retirados en sus casas y parroquias, aguardan pacientemente la mejoría de los tiempos o conservan una mínima actividad congregacional, al cuidado en Madrid, Badajoz, Valencia, Sangüesa, Palma de Mallorca —de las Hijas de la Caridad. Entre 1843 y 1844, el panorama cambia radicalmente: se empieza a hablar sin rodeos de la restauración de la pequeña compañía, se hacen proyectos y se forman, en orden al desempeño de determinadas obras apostólicas, grupitos de dos o tres misioneros, que equivalen a verdaderas casas de la misión. ¿Qué había pasado? Dos hechos fundamentales, ya aludidos: uno de orden político y otro de orden canónico : la caída el 12 agosto de 1843 del regente Espartero y el comienzo de la época moderada y el nombramiento un año más tarde del P. Codina como director de Hermanas y visitador de los Paúles españoles.

Los gobiernos moderados estaban dispuestos a trabajar por un enten­dimiento con la santa Sede que permitiera resolver el largo enfrentamiento entre la Iglesia y el Estado, provocado por la política progresista. El P. Co­dina volvía a España y asumía sus cargos con una finalidad bien precisa: la de conseguir el restablecimiento legal de la C.M. en nuestra patria. Otros misioneros tenían las mismas miras. Por eso datan de esta época los proyectos de los PP. Costa y Figuerola de reunirse en algún lugar de la península —Lé­rida les parecía muy a propósito— y vivir juntos como sacerdotes seculares, aunque guardando las reglas y dedicados con otros misioneros residentes en España que se les quisieran reunir, a ejercer los ministerios propios de la C.M.37 El P. Costa llegó en efecto a Lérida en el verano de 1844. El P. Fi­guerola, en cambio, como ya sabemos, pasó de Italia a EE. UU. y de allí a Méjico, donde moriría en 1850. Los PP. Domingo, Angel y Carnicer, este último sustituido después por el mismo P. Costa, se encargaron entre 1847 y 1848 del seminario de Tarragona38 y desde 1847 a 1848 de otros tres misio­neros, los PP. Mata, Planas y Puig, al que sustituyó pronto el P. Serrato, asumían la dirección del de Toledo.39

Pero, sin duda, la planificación y la negociación restauradoras corrió a cargo del P. Codina, ayudado por el P. Sanz antes de su marcha a Méjico, el P. Madam, el P. Igués, el P. Roca y otros varios sacerdotes que entre tanto habían ido regresando de sus lugares de exilio en Francia e Italia.

Pero hacer la larga historia de las gestiones que desembocaron en la in­clusión de nuestra Congregación en el Concordato de 1851, y su restauración de hecho en 1852 es ya parte del segundo periodo en que hemos dividido al principio esta etapa de la vida de la C.M. en España. Por otra parte, tales gestiones exigen una investigación muy extensa y un tratamiento monográfico que sería improcedente incluir aquí como un apéndice de este ya largo trabajo. Quédense, pues, para mejor ocasión.

Antes de concluir, quiero hacer observar, sin embargo, cómo hacia la fe­cha en que abandonamos nuestro estudio estaban ya empezando a plasmarse las líneas que dibujarían la nueva fisonomía de la C.M. española en la etapa de su historia que se aproximaba, a saber:

a) La incorporación al nuevo orden político-social, o, con otras pala­bras, la leal aceptación del régimen liberal por los paúles españoles. Eso sig­nificó la actividad del P. Codina, su acercamiento a los políticos de la época, la introducción de algunos misioneros en la corte isabelina y el nombramiento en 1847 del propio P. Codina como obispo de Canarias en la primera provi­sión de sedes episcopales bajo el sistema liberal y, según creo, aunque tuviese también otros aspectos, el conflicto que muy pronto enfrentaría a los paúles españoles con el superior general, P. Etienne.

b) La búsqueda de nuevas bases de sustentación en la geografía penin­sular. Es curioso cómo aquel grupo de misioneros catalanes no pusieron su primer interés en la restauración barcelonesa de la provincia, sino en el esta­blecimiento en Madrid. Esto llevaría consigo un desplazamiento del centro de gravitación de la provincia, con su consiguiente influencia en el origen de las vocaciones y en composición de la provincia. Después de 1852 y, sobre todo, de 1875, la provincia española de la C.M. habría dejado de ser un ins­tituto catalán para hacerse preponderamente madrileño y castellano.

c) La proyección sobre el mundo ultramarino. Hasta 1835, la provincia española de la C.M. había sido incapaz de extenderse más allá de nuestras fronteras. El destierro, por el contrario, había abierto a sus componentes horizontes más amplios, de los que los hispanoamericanos —Méjico, Cuba y, muy pronto, Puerto Rico y Filipinas— resultaron los más atrayentes y prome­tedores en perspectivas apostólicas. Este descubrimiento va a gravitar pesada y gloriosamente desde 1852 sobre los paúles españoles y va a condicionar de manera decisiva su desarrollo y configuración posteriores.

Junto a esas tres lineas fundamentales tal vez haya que consignar otras no menos importantes: la creciente absorción de la actividad de los misio­neros por la atención que de ellos exigían las Hijas de la Caridad y —si se me permite la palabra— la «religiosización» de la vida de la comunidad vicen­ciana española.

Conclusión

Pero dejemos aquí tan incitantes perspectivas. Si alguna conclusión se desprende de nuestra historia es la de que la gravísima crisis —crisis de vida o muerte— a que la revolución liberal sometió a la C.M. en nuestra patria se resolvió en definitiva en una transformación de la propia Congregación, es decir, de la provincia, que encontraría ante sí un haz de nuevos y atractivos caminos y acabaría por darse un nuevo rostro.

  1. B. PARADELA, Los visitadores de la Congregación de la Misión en España, t. I, pp. 126­-159.
  2. Vid., por ejemplo, RAYMOND CARR, España 1808-1839, p. 125.
  3. «Anales de la C. M. y de las Hijas de la Caridad», 1935, pp. 308-309.
  4. Ibid., año 1930, p. 412; 1933, pp. 274, 392-406 y 580-590.
  5. Documento de la época, sin firma, conservado en el Archivo Matritense de la Con­gregación de la Misión. Dado que los fondos de este archivo carecen de una clasificación adecuada, las referencias a documentos coservados en el mismo habrán de hacerse siempre en forma genérica. Cuando el documento en cuestión ha sido publicado a imprenta se da la referencia de dicha publicación. Así, por ejemplo, el que ahora nos ocupa fue publicado por Paradela en «Anales» de 1928, pp. 379 ss.
  6. «Anales», 1928, pp. 397 y 588.
  7. «Anales», 1931, p. 439.
  8. Estos datos están deducidos del estudio comparado de las Notas biográficas de los que han pertenecido a la C. M. en España, publicadas por el P. B. Penito Paradela en «Ana­les» entre .1930 y 1935 y que él mismo recogió en ese último año en un pequeño volumen, «separata» de la revista y confrontados con los demás documentos coetáneos, tales como los libros de Misas y de personal de las diversas casas, cartas del P. Codina y del P. Armen-gol, etc.
  9. Aplíquese a estas afirmaciones la observación hecha en la nota anterior.
  10. Decreto del 8 de marzo de 1836.
  11. En este punto existen contradicciones entre diversos documentos de la época. El más de fiar me parece una nota manuscrita del P. Codina acerca del traslado de los novicios a Guisona, así como la noticia biográfica, también de mano del P. Codina, acerca del novi­cio Juan Arrom, que falleció en Guisona poco después de su traslado desde Madrid. Vide asimismo el Resumen histórico de la C. M. en España, del P. Paradela, p. 297.
  12. Archivo Matritense de la C. M., Carpeta Visitadores.
  13. «Anales» de 1934, p. 606.
  14. Real Orden de 27 de enero de 1834.
  15. «Anales» de 1911, pp. 380 y 1934, p. 607.
  16. M. LAFUENTE, Historia de España, t. 20, p. 205.
  17. EDUART TODA, Los convents de Reus i sa destrucció en 1835. XVI. Lo Seminari deis Pauls. En «Revista del Centre de lectura». Año X, núm. 200. Reus, Desembre 1929, pp. 344- 347.
  18. M. Lafuente, ob. cit., t. 20, p. 205.
  19. Ibid.
  20. «Anales», 1935, pp. 431-439.
  21. B. PARADELA, Colección de documentos para la historia de la Congregación de la Misión en España, Madrid, 1931, pp. 248-250 y «Anales», 1935, p. 308.
  22. «Anales», 1913, p. 98.
  23. «Anales», 1911, p. 30.
  24. «Anales», 1909, pp. 203-206.
  25. Documento manuscrito del P. Codina en el Archivo Matritense C.M.
  26. «Anales», 1901, p. 258.
  27. «Anales», 1935, p. 639.
  28. B. PARADELA, Resumen histórico, pp. 309-310.
  29. «Anales», 1934, p. 484.
  30. «Anales», 1931, pp. 440-441.
  31. «Anales», 1934, p. 608.
  32. «Anales», 1934, p. 546.
  33. Las noticias de este apartado están deducidas casi en su totalidad de las «Notas biográficas de los que han pertenecido a la Congregación de la Misión en España», en los nombres correspondientes.
  34. B. PARADELA, Resumen histórico, p. 312.
  35. J. HERRERA, El P. Francisco Amaya, en «Centenario de los PP. Paúles en Madrid 1828-1928», pp. 455-497.
  36. B. PARADELA, Resumen histórico, p. 316.
  37. Ibid., p. 318.
  38. Ibid., pp. 354-356.
  39. Ibid., p. 357.

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