Introducción a los escritos espirituales de Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Louise Sullivan, H.C. · Año publicación original: 2014 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:

Santa Luisa de Marillac 1Es un placer poder compartir con ustedes sobre los Escritos Espirituales de Luisa de Marillac. Si queremos realmente conocerla, tomarla como modelo o formadora de cada una de nosotras como Hijas de la Caridad y como amiga, debemos dejarla hablar por sí misma. Esto lo hace de manera clara en sus cartas y, de forma quizás más compleja, en sus pensamientos. Confío en que podamos adentrarnos en un camino de descubrimiento que nos llevará a todas a una relación más personal con Luisa, relación que durará toda nuestra vida. Solo puedo prometerles que el esfuerzo vale la pena.

Vivimos en una era en la que escribir cartas se está convirtiendo en un arte perdido. Incluso el e-mail, que de alguna manera constituye una correspondencia íntima, tiende a desaparecer a favor del envío de SMS, de Facebook y de Twitter. Piensen en ello un instante Hermanas, si Luisa de Marillac hubiera enviado SMS o incluso e-mails a las primeras Hermanas y éstas, después de haberla respondido, llevado a cabo su petición o seguido sus consejos, hubieran apoyado sobre suprimir continuando sus vidas y sus servicios, verdaderamente no hubiéramos conocido a nuestra fundadora o lo que estamos llamadas a ser como Hijas de la Caridad.

Una de las últimas Hermanas del Seminario de mi Provincia, Sor Amanda, siendo postulante tenía un blog en la web de la Familia Vicenciana. En uno de sus mensajes dice, “Escribir una carta: un ministerio de palabras ya perdido hace mucho tiempo”. Se pregunta por la razón por la que, según ella, las cartas, entre todos los medios de comunicación, tienen el poder de llegar a las mentes y a los corazones, dice: Con cada frase que escribo, pienso en la persona y consecuentemente oro por ella. Esto me permite percibir una conexión espiritual con el otro a pesar de la distancia… Mi carta, de hecho, se convierte en una especie de oración… es la manera de mostrar mi amor de Dios… La envío con la esperanza de que lleve una sonrisa al rostro de esa persona y le permita saber que alguien se preocupa por ella hasta el punto de consolarle, animarle o simplemente decirle hola estando a muchos kilómetros de distancia. Y cuando alguien se preocupa por otra persona, es un signo de que Dios se preocupa por ella. Escribir cartas me permite ser una Hija de la Caridad a cientos de kilómetros de distancia1. Anteriormente, habla de Dorothy Day, Fundadora del Movimiento de obreros católicos, que fue prolífica en la redacción de cartas y en la lectura de las recibidas. Ella la cita en relación con el ministerio de escribir cartas: “Escribir es un acto comunitario… Forma parte de nuestra asociación humana con los demás. Es la expresión de nuestro amor y de nuestro interés por los demás”2.

Tomando tiempo para leer las cartas de santa Luisa a una Hermana o a un grupo de Hermanas en particular, orándolas y meditándolas, les invito a tener presentes los pensamientos de Sor Amanda sobre la redacción de una carta. Las de Luisa constituyen una rica fuente de la historia de nuestra Comunidad. En ellas descubrimos cómo se desarrolla la “Pequeña Compañía” a partir de un pequeño grupo de 5 o 6 Hermanas que se reunieron en la casa de Luisa el 29 de noviembre de 1633, y cuyo número pasó a ser superior a 250 Hermanas repartidas en 67 casas en el momento de su muerte en 1660. Cada uno de los servicios tiene su propia historia, revelada en las cartas de Luisa a las Hermanas.

Además si matizamos un poco más, descubrimos otros factores esenciales a tener en mente a la hora de leer las cartas de santa Luisa. Tenemos una ventaja con su correspondencia que no tenemos con la de san Vicente. Ciertamente tenemos muchas más cartas de Vicente, y nos iluminan sobre su punto de vista con relación a un extenso abanico de temas. Sin embargo, él escribe a una gran variedad de personas que tenían poca relación con la Compañía o con el servicio de los pobres. Mientras que las cartas de Luisa, tratan casi exclusivamente de la naciente Comunidad y de las Hermanas. Escribe a Vicente, al Abad de Vaux, que era el Vicario General de la Diócesis de Angers y ejercía el papel de Director de las Hermanas en ausencia de los Sacerdotes de la Misión; escribe también al P. Portail, que fue el primer Director General de la Compañía, y a algunas Damas de la Caridad que jugaron un papel decisivo en el establecimiento de las obras de la Compañía. Aparte de una carta dirigida a su hijo Miguel, otra enviada al Canciller Séguier, en defensa de los niños abandonados y otra a una cierta “Señora” que nos revela a Luisa como directora espiritual de mujeres laicas, todas sus cartas están dirigidas a las Hermanas.

Gracias a estas cartas, que constituyen la mayor parte de los escritos de Luisa, aprendemos a conocerla, así como a las Hermanas, con sus propias personalidades, sus alegrías y sus penas, sus éxitos y sus luchas, su vida comunitaria, su relación con las Damas de la Caridad, los sacerdotes de las parroquias, los médicos y administradores de los hospitales y los pobres a los que servían. Todo está ahí para nosotros, no como un relato histórico por muy investigada y bien escritas que estén estas cartas, sino como relatos de las vidas de estas mujeres, esas Hijas de la Caridad pioneras que nos han precedido en el servicio a los pobres y que constituyen la fundación sobre la que ahora reposamos: Bárbara y Cecilia Angiboust, Francisca Carcireux, Ana Hardemont, Laurence Dubois, Juana Lepintre, Juliana Loret, Elisabeth Turgis y muchas más. Son nuestros “antepasados” que, cómo Vicente solía decir de Margarita Naseau, “nos mostraron el camino”3. Son las Hijas de la Caridad a las que Luisa escribía para consolarlas, animarlas, aconsejarlas, expresándolas siempre su profundo respeto y su gran amor por cada una de ellas, diciéndoles que por ocupada o alejada que pudiera estar, siempre las tenía presentes en sus pensamientos y en sus oraciones, velando por ellas.

Al final de los años 80 y comienzos de los 90, cuando terminaba la traducción al inglés de los escritos de Luisa, Heatles, estudiante que colaboraba en el Laboratorio de lenguas extranjeras de la Universidad en la que yo era profesora, hacía la recogida del manuscrito. Yo había hablado de Vicente y Luisa en el marco de la cultura francesa del siglo XVII, pero los estudiantes llegaron realmente a conocerla al transcribir sus cartas por orden cronológico. Un día al volver al despacho después de clase, Heather estaba trascribiendo el texto. Me miró, señaló el texto y me dijo: “Sabe Hermana, es una mujer fabulosa”. Heather tenía 22 años y era natural de Brooklyn, Nueva York, estaba embarazada de un niño concebido fuera del matrimonio, ya había visto de todo y pocas cosas le impresionaban, por lo que viniendo de ella esto era una verdadera alabanza. Le pregunté ¿qué te hace pensar así? Nunca olvidaré su respuesta: Es la persona más cariñosa que he conocido. Cuando escribe a las Hermanas no se preocupa solo de la calidad de su servicio, aunque les anima a hacerlo lo mejor posible. Ni se preocupa por ver hasta qué punto son santas, aunque les invita a la santidad. Se interesa por ellas; por quienes son y cómo están. Y ¿cómo encuentra tiempo para saber cómo están sus familias y para escribirles sobre ellas?

Leyendo y reflexionando estas cartas, descubriremos muchas cosas sobre la personalidad de santa Luisa. El tono y el contenido de sus cartas, sin embargo varía en función de su personalidad. Recuerden cuando las Hermanas marchaban lejos de París, las cartas eran su único medio de comunicación. Y ésta era entonces una Comunidad joven, joven tanto por su existencia como por sus efectivos.

Las Hermanas fueron a hacerse cargo de la enfermería del hospital San Juan de Angers, en noviembre de 1639, justo seis años después de la fundación de la Compañía. Aquéllas jóvenes necesitaban formación: formación humana ya que pocas sabían leer o escribir, formación profesional puesto que debían aprender a cuidar a los enfermos en sus casas y más tarde en los hospitales, así como aprender a educar a las niñas, y formación espiritual ya que consagraban su vida a Dios para servirle en la persona de los pobres, viviendo juntas en Comunidad. Fue principalmente Luisa de Marillac la que se responsabilizó de ello, lo que no disminuye la importancia de Vicente de Paúl en esta tarea.

Sin embargo, de la misma manera que el volumen y la amplitud de su correspondencia indicaba el gran número de personas con las que Vicente se relacionaba, muestran también las diversas situaciones que reclamaban su atención. Las conferencias de Vicente a las Hermanas tuvieron un papel vital en la fundación de la naciente Comunidad. Luisa las valoraba enormemente, sugiriendo temas y transcribiéndolas para nosotras. Sin embargo no tenemos más que 110 de las que la mayor parte fueron pronunciadas por Vicente en los 10 últimos años de su vida y consistían en la explicación de la Regla. A pesar de que ciertamente habría habido otras conferencias que, por una u otra razón, no han sido conservadas, la formación de las primeras Hermanas incumbe sobre todo a Luisa, aunque ciertamente lo hiciera en estrecha colaboración con Vicente, sobre todo en lo relacionado con temas de importancia. Su relación pasó de ser una relación de director a dirigida a una colaboración y luego a una amistad, que transformó el servicio a los necesitados en la Francia del siglo XVII.

Desde 1636, la casa de Luisa en la calle San Victor, de la Parroquia de San Nicolás de Chardonnet, ya pequeña para las cinco o seis Hermanas, se encontraba desbordada con el creciente número de jóvenes que pedía unírseles. Fue así como la Casa Madre de la pequeña Compañía se trasladó al pueblo de “La Chapelle”, fuera de los muros de la ciudad. Hoy esta localidad forma parte del distrito 18 y hay un pequeño parque, Plaza Luisa de Marillac, que indica el lugar en el que estaba situada la casa de las Hermanas. En 1641, la Casa Madre cambia de nuevo de lugar, esta vez para ir al barrio de San Denis, hoy distrito 10. Se estableció en la Parroquia de San Lorenzo justo frente a San Lázaro. Las Hermanas permanecerían allí hasta la Revolución Francesa y la supresión de la Compañía en 1793. Es ahí dónde la joven Comunidad comienza a tomar forma.

Se establece el órgano de gobierno y definen las funciones. Había una Superiora y su Consejo; un seminario y una Directora; había también una enfermera para las Hermanas mayores y enfermas, un programa de formación para preparar a las Hermanas para sus servicios y una escuela para niñas pobres. Quedó definida la espiritualidad vicenciana, que combina una vida de oración y de servicio a Jesús crucificado en la persona de los pobres. Esta espiritualidad queda plasmada en el sello que Luisa concibe y que comienza a utilizar en sus cartas en 1643. Lo conocemos bien, porque es el sello de la Compañía: un corazón rodeado de llamas, con la figura de Jesús Crucificado rodeado por la divisa en la que Luisa ha modificado las palabras de san Pablo: “La caridad de Jesús crucificado nos urge”. Es justo que este sello estuviera en las cartas que Luisa dirigía a las Hermanas, porque había sido para ellas la Formadora a distancia de las Hijas de la Caridad.

Cuando observamos los primeros años de la Compañía, es posible que no podamos apreciar completamente el logro tan remarcable al que llegaron. Habían pasado escasamente 10 años desde que se habían reunido; apenas 20 desde que la desesperada joven esposa y madre había vivido su luz de Pentecostés que anunciaba estos acontecimientos. La Compañía se desarrolla y va adoptando una nueva manera de vida consagrada femenina en el seno de la Iglesia y ni Vicente ni Luisa tenían un modelo para ella. La forma de nuestra vida consagrada y que es la regla hoy, no existía en el albor del siglo XVII. Francisco de Sales y Juana de Chantal lo habían intentado pero fracasaron. De modo que no había referencias para esta vida que era una combinación de contemplación y servicio activo fuera del claustro.

Pero quizás lo más extraordinario es el hecho de que fuera Luisa de Marillac, apoyada por Vicente de Paúl, la que estuviera llamada por Dios para iniciarlo. ¡Nadie hubiera pensado en ello! Reflexiónenlo un momento. Luisa de Marillac creció en el Real Monasterio de San Luis en Poissy. Estaba penetrada de la espiritualidad dominicana. Amaba la oración litúrgica. Estaba feliz allí. No dejó el convento porque quiso, sino porque los Marillac la sacaron. A los 15 años, no tenía otro deseo más que entrar en el convento y no en cualquiera sino en las Capuchinas, una orden penitente y muy austera.

En 1997 me encontraba en la Casa Provincial de las Hijas de la Caridad de Suiza, en Friburgo. El día que me marchaba, fui por la mañana a la misa del monasterio de Capuchinas, que domina la Casa provincial. No estábamos más que dos personas, una señora y yo. El sacerdote estaba de espaldas a nosotras, mirando hacia la reja. Las monjas cantaban magníficamente y cuando llegó el momento de recibir la comunión, conté que se acercaron unas 30 Hermanas. Confieso que estuve muy distraída. No dejaba de pensar en santa Luisa. ¿Qué hubiera pasado si Enrique de Champigny, Provincial de los Capuchinos no hubiera rechazado su admisión? ¿Si no le hubiera dicho: “Dios tiene otros designios sobre usted”? ¿Existiríamos nosotras hoy? ¡Quién sabe! Y la misma santa Luisa, ¿hubiera llegado a ser santa sin el acompañamiento liberador de Vicente de Paúl que le abrió a las obras de la acción del Espíritu en ella, sacando a la luz su pleno potencial natural y de la gracia? Luisa parece reflexionar en todo esto en la única conferencia a las Hermanas en la que nos habla de ella: “Sobre el amor puro debido a Dios”.

“Amemos pues al Amor y llegaremos a concebir lo que es su duración ya que no depende en manera alguna de nosotros, y para ello traigamos con frecuencia a la memoria el recuerdo de todas las acciones de nuestro Amante para imitarle: no contento con amar en general a todas las almas llamadas, quiere tener algunas predilectas, elevadas por la pureza de su Amor… ¡Señor mío! He recibido no sé qué luz nueva acerca de un amor no ordinario que deseas de las almas a las que escoges para que ejerzan en la tierra la pureza de tu Amor. Aquí tienes un rebañito, ¿podremos pretender ese amor? Me parece que tenemos ese deseo en el corazón4.

Lo que queda claro en este texto que aparece en la parte de los Escritos espirituales de Luisa titulada “Pensamientos”, es que “se atreve” a invitar a estas chicas aldeanas, en su mayor parte sin educación, a una profunda espiritualidad y a la contemplación. Era esta una parte de la vida religiosa de la que las primeras Hermanas estaban excluidas debido a su clase social. Y la llamada era tanto más atrevida cuanto que esta contemplación debía estar unida al don total de sí mismas para el servicio de Jesús Crucificado en la persona de todos los que sufrían. Del mismo modo que Vicente en sus conferencias y ocasionalmente en cartas personales a algunas Hermanas reforzara esta cualidad única de la vocación de las Hijas de la Caridad, Luisa apoyará y fortalecerá a las Hermanas por medio de sus cartas, para que se esfuercen por llegar a adquirir el equilibrio necesario entre oración y servicio en medio de los desafíos de su vida diaria.

¿Qué es lo que aprendemos sobre santa Luisa a través de sus cartas? Antes de intentar responder a esta pregunta, permítanme indicar otro aspecto importante. Las cartas que tenemos son aquéllas que las destinatarias decidieron guardar y que luego han dado a la Compañía. También, algunas Hermanas se relacionaban personalmente mucho con santa Luisa por lo que no tenían necesidad de escribirla. Lo mismo podríamos decir, de las cartas de Luisa a Vicente. La falta de correspondencia en un período determinado, podría deberse simplemente al hecho de que la Casa Madre estuviera frente a San Lázaro, al otro lado de la calle, y no por ningún otro motivo.

Voy a presentarles ahora comentarios generales sobre Luisa y su correspondencia con algunas Hermanas. Lo esencial es que ustedes se pongan en el lugar de la Hermana que recibe la carta, para ver lo que les dice, y al mismo tiempo lo que aprenden sobre Luisa, sobre la Hermana, sobre el servicio y sobre la Compañía. Descubrirán, que algunas cartas nos van a impresionar o van a hablarnos de forma diferente, a veces en función de lo que estamos viviendo.

Para mí, una de las gracias que recibo al hacer este tipo de intervenciones, es la de tomar conciencia del poder que tienen las palabras de santa Luisa para tocarnos en lo más hondo, sean cuales fueren nuestros orígenes, nuestro país o servicio. Sin ninguna duda, no atendemos a los enfermos en el siglo XXI de la misma forma que las Hermanas lo hicieron en el siglo XVII, pero hay algunas constantes en ese servicio: la manera como se lleva a cabo, el respeto al enfermo, el trato con los médicos que no han cambiado y los consejos de Luisa son tan valiosos hoy como lo fueron hace algunos siglos. Y la vida comunitaria en caridad y unión, tiene las mismas alegrías y los mismos desafíos que en tiempos de las primeras Hermanas. Los avisos de Luisa sobre la necesidad constante del apoyo mutuo, resuenan allí dónde dos o tres de nosotras estamos reunidas.

Veamos ahora, brevemente, algunas cartas de Luisa a ciertas Hermanas.

Empezaré con Bárbara Angiboust, porque tenemos numerosas cartas de Luisa dirigidas a ella y lo que es aun más importante para nosotras, ella las conservó. Bárbara entró en comunidad el 1 de julio de 1634, en los inicios de la historia de la Compañía. Asistió a la primera conferencia que Vicente dio a las Hermanas. Procedía de una familia acomodada, de agricultores, sabía leer y escribir. Ella y Luisa se convertirían en buenas amigas y Luisa sabía que podía contar con los muchos dones de Bárbara para convertirla en sólida “piedra de fundación” de numerosas comunidades. Tenía una fuerte personalidad así como aptitudes para el gobierno y la administración. Normanda de origen, era también muy independiente. Bárbara lo sabía y algunas veces firmaba en sus cartas: “Bárbara la orgullosa”. Si Luisa apreciaba estas dotes de Bárbara y su amor por la Compañía y los pobres, también le llamaba la atención cuando lo veía necesario. Le valoraba por su iniciativa, a la vez que le recordaba que la autoridad central estaba en París, en la persona del Señor Vicente, de su Consejo y de la misma Luisa. Y por supuesto está la carta nº 11 dirigida a “Bárbara Angiboust y Louise Ganset” en Richelieu, con fecha del 26 de octubre de 1639 que, incluso hoy, sirve de modelo para la resolución de cualquier conflicto con la Familia Vicenciana5. Léanla, medítenla y estoy segura de que encontrarán ocasión de utilizarla en sus propias relaciones con los demás.

Tenemos una deuda de gratitud con Bárbara, no solo por haber conservado las cartas que recibió de Luisa sino también por haber animado a su hermana pequeña, Cecilia, a hacer lo mismo. El tono de las cartas de Luisa a Cecilia es diferente del de las cartas a Bárbara. Una de mis amigas, Hija de la Caridad, que ha trabajado conmigo la traducción de los Escritos Espirituales, solía decir: “¡Pobre Cecilia! Bárbara abre un Hospital y después informa a Luisa de que lo ha hecho, esta le dice, que la próxima vez hable antes con el Señor Vicente, mientras que a Cecilia se le llama la atención por cualquier pequeña cosa de su vida y ministerio”. Mi amiga tenía razón, pero la situación de Cecilia era muy diferente de la de Bárbara. Cecilia era una nueva joven Hermana Sirviente en el Hospital de Angers. Fue nombrada en 1648.

La función de la Hermana Sirviente estaba todavía en plena evolución. Al principio, las Hermanas vivían en la casa de Luisa e iban por el día a las parroquias donde estaban destinadas, para trabajar con las Damas de la Caridad, pero cada noche regresaban a la casa de Luisa. Esto cambió cuando la Casa Madre se estableció en La Chapelle y las Hermanas empezaron a vivir allí dónde servían. Se establece la función de la superiora local pero las relaciones de autoridad no estaban aun claras. Recuerden también que la mayoría eran campesinas francesas, con frecuencia individualistas e independientes. Consecuentemente para todas, era necesario aclarar la responsabilidad de la Hermana Sirviente, tanto para la propia Hermana Sirviente cómo para las Hermanas. No se trataba solo de la juventud e inexperiencia de Cecilia, sino también del tipo de servicio, un hospital y su compromiso con las autoridades de la ciudad, con los que Luisa de Marillac había negociado el contrato de las Hermanas para que asumieran la gestión de la enfermería; la colaboración con los médicos; una comunidad local de Hermanas que representaba un verdadero desafío, y además de todo eso, la lejanía. Hoy podemos llegar a Angers, con un tren de alta velocidad, en una hora y 10 minutos. A Luisa y a las primeras Hermanas les costaba tres semanas en diligencia y en barco. Cuando llegaban, Luisa siempre enfermaba por lo que no era un viaje que estuviera dispuesta a realizar con frecuencia. En sus cartas a Cecilia y a las Hermanas de la casa, que escribió y que también se conservaron, tenemos el anticipo de la Guía de la Hermana Sirviente con el lugar de cada Hermana y del conjunto del grupo, así como orientaciones sobre la manera de vivir estas relaciones entre todas.

Hace un año se me pidió dar una charla sobre santa Luisa en un encuentro de fin de semana de Hermanas Sirvientes. Utilicé en ella las cartas de santa Luisa a Cecilia. Más tarde he sabido que las Hermanas Sirvientes iban a recibir la nueva Guía de la Hermana Sirviente actualizada y disfruté al descubrir que muchas citas de las cartas de Luisa a Cecilia introducían diferentes partes de esa Guía. Si ustedes son nombradas Hermanas Sirvientes o si estudian la relación que tienen con su Hermana Sirviente, las cartas de Luisa a Cecilia nos ofrecen numerosos temas en los que poder reflexionar.

Sor Juana Lepintre es otra de las primeras Hijas de la Caridad: entró en la Compañía en 1638 y también conservó las cartas recibidas de santa Luisa. Fue una mujer muy capaz a la que Luisa confió puestos de responsabilidad, entre ellos el de ser “visitadora”, porque visitaba las comunidades en nombre de santa Luisa. Esto era antes de que existieran las Provincias en la Compañía. No obstante al pasar los años, Sor Juana Lepintre empezó a dar signos del inicio de una enfermedad mental. La delicadeza, paciencia, bondad y cuidados de Luisa a lo largo de todo el proceso son conmovedores; tanto ella como Vicente estuvieron siempre atentos a esta mujer enferma que murió en una institución para enfermos mentales.

Voy a mencionar otra Hermana: Francisca Carcireux. Observamos que existió un vínculo de amistad entre Luisa y Francisca. Les recomiendo leer íntegramente la carta escrita alrededor de 1656: en ella Luisa se revela como directora espiritual. Aconseja a Francisca sobre su vida espiritual, vemos que esto es un eco de los consejos recibidos por ella de Vicente en los comienzos. Reconoce al decirle a Francisca: “Le digo a usted lo que a mí misma me han dicho en tiempos atrás6. Porque sabía que debía tener en cuenta sus propios consejos, Luisa continúa diciendo: “Le ruego, querida Hermana, me ayude con sus oraciones, como yo lo haré a usted con las mías, para que podamos alcanzar de Dios la gracia de caminar por las vías de su santo amor, sin complicaciones…7.

No obstante, antes de dejar a Francisca, hay otra carta que es una de esas que para extraer la riqueza, me lleva a comparar la lectura y la reflexión de los escritos de Luisa con el carbón que hay que excavar para extraer del mismo los diamantes. Leyendo a Luisa descubrimos cómo hay que empaquetar las peras, qué tejido comprar, en una palabra, todos los detalles de la vida ordinaria. Pero los envíos por correo eran difíciles y poco seguros por lo que se aprovechaba cuando se encontraba otro modo seguro (la práctica tan amada desde hace mucho tiempo de confiar cartas a las Hermanas que van en la dirección donde se encuentran los destinatarios), lo ordinario puede ocultar las perlas de sabiduría. Concluyo con una cita de este tipo de carta en la que la reflexión sobre los votos anuales se encuentra entre comentarios sobre hilos y manzanas. Escribe Luisa: “En cuanto a su deseo (de hacer votos perpetuos) es digno de alabar, porque no basta con empezar bien, hay que perseverar como creo es su propósito, no obstante, en esto hay que someterse a las disposiciones de nuestros Superiores, quienes por razones de peso ordenan se haga esta ofrenda sólo por un año y renovarla todos los años. ¿No piensan ustedes, queridas hermanas, que será esto muy agradable a Nuestro Señor, puesto que, recobrando al cabo del año su libertad, pueden sacrificársela de nuevo? Por eso, queridas hermanas, les aconsejo, si se encuentran en esa disposición, no diferirlo más…8 Les invito a empezar o a continuar extrayendo sus propias piedras preciosas. Dejen que Luisa les hable al corazón. Déjenla ser su Formadora, su consejera, su guía espiritual, y su amiga un poco alejada.

  1. Amanda Kern, “Letter Writing: A Long Lost Ministry of the Word,” FAMVIN.org, Sept. 27, 2012.
  2. Dorothy Day quoted by Amanda Kern in “Letter Writing: A Long Lost Ministry of Words,” FAMVIN.org, Sept. 27, 2012.
  3. Coste: IX, “Las virtudes de Marguerite Naseau”
  4. Escritos Espirituales de Luisa de Marillac, E. 105 “Práctica del puro amor” p. 819.
  5. SWLM, C.15 “A las hermanas Bárbara Angiboust y Luisa Ganset,” p. 31.
  6. LM, C. 549 (L. 557B) “A Sor Carcireux,” p. 505
  7. Ibid.
  8. LM, C. 354 (L. 300), “A Sor Carlota y Sor Francisca” p.339

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *