Historia de los Paúles en Cuba (Capítulo IV A)

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CRÉDITOS
Autor: Justo Moro - Salvador Larrua · Fuente: Mecanografiado.
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1. El primer Seminario de la Habana. Breve Historia de la fundación.

Corría el año 1605 cuando el gran Obispo Juan de las Cabezas Altamirano, de la Orden de Predicadores, fundó el primer Seminario Tridentino que funcionó en la Isla de Cuba, y que tuvo una corta existencia, tal vez hasta 1611. El Seminario se encontraba en los viejos locales del hospital de San Juan de Letrán, anexos al Convento de Santo Domingo, con lo que el Obispo dominico logró que la casa de estudios eclesiásticos quedara dentro de los predios de su orden.

Muchos años más tarde, en 1689, el gran Obispo Diego Evelino y Vélez (Compostela) abrió otra escuela, el Seminario San Ambrosio, a la que dotó con doce becas que se otorgarían a los que quisieran estudiar la carrera sacerdotal. Este Seminario se mantuvo más tiempo porque el Obispo dejó cierta suma en su testamento para mantener la pequeña casa de estudios. Los sucesores de Compostela, como Jerónimo de Nostis y de Valdés, que fundó en 1722 el Seminario de San Basilio el Magno y de San Juan Nepomuceno en Santiago de Cuba, y los Obispos Juan Lazo de la Vega y Cansino y Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, mantuvieron el Seminario primitivo de San Ambrosio. En 1724, el Obispo Valdés apoyó la fundación del Colegio San José, regido por los jesuitas, que fue el antepasado directo del Seminario de San Carlos y San Ambrosio. El Colegio San José abrió sus puertas en 1727:

respaldados por las becas, los seminaristas podían hacer en él sus estudios, de primaria y secundaria, y hasta de filosofía y teología, si no querían pasar al Seminario de Santiago o a la Universidad de La Habana para terminar la carrera eclesiástica.

Los jesuitas fueron expulsados en 1767 y quedaron vacíos tanto el Colegio San José como la Iglesia de San Ignacio, donde se erigió después la Catedral de La Habana. La Iglesia pasó a ser la Parroquial Mayor y el Colegio se convirtió en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, agregando «San Carlos» a la advocación primera, en honor de S. M. el rey Carlos III de España. El sucesor del Obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, Mons. Santiago José de Echevarría y Elguezúa-Nieto de Villalobos, llevó a cabo la fundación oficial del Seminario de San Carlos y San Ambrosio en 1773, en virtud de una Real Orden firmada en agosto de 1768, y el 3 de octubre de 1774 comenzaron las clases en aquella institución, que siguió la tradición de educación y cultura que comenzaran los Dominicos con la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana, fundada el 5 de enero de 1728. San Carlos, que fue fragua de la cultura cubana, nació bajo la influencia benéfica de la reforma de los estudios que estaba intentando el rey de España y sus ministros ilustrados.

Cuatro años antes de la fundación oficial, en 1769, el Obispo Echevarría redactó personalmente los Estatutos que rigieron el centro docente durante más de 30 años.

Al comenzar el siglo XIX, y bajo los auspicios del gran Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, el Seminario de San Carlos y San Ambrosio alcanzó su máximo esplendor. Un grupo de brillantes profesores entre los que destacan los Padres José Agustín Caballero, Bernardo O’Gavan y Félix Varela y de laicos de gran ilustración como José de la Luz y Caballero y Justo Vélez, apoyaron y consolidaron las refolinas que Espada introdujo en el Seminario, que pasó a ser forja de una espléndida juventud educada con los métodos más modernos de aquel entonces y en las concepciones más avanzadas.

Pero después de la muerte del Obispo Espada, comenzaron a aplicarse en Cuba las leyes de exclaustración y el despojo a las órdenes religiosas de Juan Álvarez Mendizábal (1790-1853). Mendizábal fue un gran banquero y hombre de negocios. Estaba bien relacionado con los medios financieros de Londres y accedió al poder en un momento crítico y decisivo para la causa isabelina y la revolución liberal, determinando la orientación progresista del gobierno de María Cristina.

Además de la jefatura del gobierno, Mendizábal asumió a lo largo de su carrera política, los ministerios de Estado, Hacienda, Guerra y Marina. Fue una figura emblemática del liberalismo progresista. La Reina gobernadora se mostró reticente a firmar los decretos de desamortización, alegando problemas de conciencia religiosa, así como la presión del alto clero de la Corte. Al final, las presiones de los liberales y la indecisa marcha de la guerra civil carlista, hicieron que claudicase firmando el decreto. Formalmente este Real Decreto está firmado por la Reina-Gobernadora María Cristina de Nápoles, madre de Isabel II, actuando como Regente durante la minoría de edad de la reina. Esta ley fue redactada por Juan Álvarez y lleva la fecha del 19 de Febrero de 1836.) A partir de estas fechas la Iglesia cubana comenzó a vivir momentos muy difíciles:

La Isla vivió el mayor descenso en el personal de las órdenes religiosas hasta entonces registrado. En 1758 Cuba contaba con unos 100 000 habitantes y el número de religiosos era de 459 miembros. En 1841, al tener lugar la exclaustración, eran 234 religiosos para atender a una población de 1 007 487 habitantes. En 1839 los sacerdotes diocesanos eran 476.

Bajo la égida del Obispo Francisco Fleix y Solans, el Seminario San Carlos se encontraba en franca decadencia y la situación del centro de estudios no era muy diferente en el momento en que llega a La Habana el Obispo Jacinto María Martínez, en 1865. El nuevo prelado se interesó inmediatamente por la situación del Seminario, cuyas clases comenzaban casi en el momento de hacer acto de presencia en la diócesis el nuevo Obispo. Mons. Jacinto empezó por pedir al Director un informe completo sobre cada uno de los catedráticos donde constaran la edad, los estudios realizados, grados, su situación, tiempo que llevaban enseñando en el Seminario, textos que empleaban, sueldos, etc. El 12 de abril de 1866, cuando estaba por terminar el curso, la Secretaría del Obispado lanzó una convocatoria para obtener cátedras por oposición: dos de Latinidad de menores y mayores, otras dos de Teología, y dos de Filosofía.

Mons. Jacinto María Martínez estaba al tanto, aún de los detalles más pequeños que se relacionaran con el Seminario San Carlos. Trataba de estar siempre presente en los exámenes y en la apertura y cierre de los cursos, se preocupaba por la disciplina de la casa de estudios, por la vestimenta de los seminaristas, por la recreación, y proyectó que el edificio del Seminario se reacondicionara para dotarlo con todas las condiciones para vivir y estudiar cómodamente.

Al terminar el curso 1865 — 1866, Mons. Jacinto proyectó ensanchar los locales y mejorarlos incluyendo su aspecto exterior. El 11 de junio de 1866 se dirigió a los sacerdotes diocesanos solicitando su colaboración económica para las obras proyectadas:

No perdemos la esperanza de darle pronto mayor ensanche (al Seminario) siendo tan corto el edificio y teniendo cada seminarista una celdilla de diez pies poco más o menos, en largo y ancho, no hay razón suficiente para disponer que los jóvenes vivan todo el año en el asilo de la virtud, pues al llegar la época de los grandes calores se tienen que retirar a sus casas… (para) extender cuanto antes el actual edificio (y) proporcionar a los jóvenes mayor comodidad… muy pronto se practicarán las diligencias necesarias.., para conseguirlo… ninguno ha de contribuir con más gusto y espontaneidad que los sacerdotes (y) no hemos vacilado un momento en dirigirnos a V. para rogarle que contribuya, según sus facultades y como se lo dicte el corazón, a la realización de esta obra.

El llamado del Obispo tuvo una rápida respuesta. El 2 de septiembre de 1866, La Verdad Católica anunciaba a sus lectores «que no se tardará en dar principio a las obras que van a emprenderse en el Real Seminario». San Carlos iba a ser dotado con un patio con sus correspondientes galerías y habitaciones para treinta alumnos internos más de los que se educaban en el establecimiento por esa época. Sin embargo, no pudieron acometerse las obras de la ampliación del edificio. Se ha dicho que los contratistas, al percatarse del marcado interés del Obispo y de que estaba reuniendo fondos para emprender las construcciones, propusieron un precio abusivo. El proyecto tuvo que ser postergado a pesar de que los sacerdotes aportaron la importante suma de quince mil pesos fuertes, considerable a esas alturas del siglo XIX, pero que no bastaba para acometer la ampliación del Seminario y acondicionar una residencia campestre para que los seminaristas pasaran en ella las vacaciones, según los planes del prelado.

El domingo 19 de junio de 1867, Mons. Jacinto María Martínez ordenó seis presbíteros, dos diáconos y cinco subdiáconos, otorgando a cinco la primera tonsura y a dieciocho alumnos las órdenes menores.11 En ese momento el Seminario contaba con más de treinta alumnos y el Obispo quería incrementar ese número con la misma cantidad de alumnos nuevos hasta completar una matrícula de sesenta, para lo cual quiso contar con los Padres Paúles al ver que por el momento no podía llevar adelante las obras proyectadas. Con este propósito, desde hacía ya algún tiempo dispuso la construcción de ciertas habitaciones en el Convento de la Merced, donde residían los Padres de la Congregación de la Misión, ya que la idea de utilizar a los Paúles en la enseñanza y dirección de los seminaristas todavía estaba vigente. El 12 de marzo de 1868 el Obispo escribía desde la Parroquia de Río de Ay al gobernador eclesiástico:

Habiendo mandado construir varias habitaciones en el Convento de la Merced para que los Sub-Diáconos y Diáconos que no viven en mi Seminario, ni frecuentan sus Cátedras, vivan retirados del bullicio del mundo, adquiriendo la conveniente instrucción bajo la dirección del Superior de dicha casa, y según las reglas que ya el mismo me presentará para impartirles mi aprobación, deberá V. S. examinar si están terminadas ya y en disposición de habitarse, y caso afirmativo, disponer que los Diáconos y Sub-Diáconos que no vivan en el Seminario, ni frecuentan las Cátedras, pasen a vivir a dicha casa, debiendo pagar a la misma, de su congrua, o de Ordenación la pensión que el citado superior señale.

Mientras tanto estaba a punto de estallar en Cuba la llamada «Guerra de los diez años». A la iglesia de Cuba le esperaban grandes tribulaciones. Muchos sacerdotes nacidos en Cuba eran partidarios de la independencia, así como algunos españoles. El Presbítero Félix Varela y Morales fue, con toda seguridad, el primer sacerdote cubano que sufrió el destierro, la persecución, las amenazas de muerte y los intentos de asesinato por el hecho de querer ver libre a su Patria.

Durante diez años, los servicios religiosos quedaron con frecuencia interrumpidos en los territorios centro — orientales, los más extensos de la Isla. La Diócesis de La Habana, sin pastor, quedó bajo la administración del Vicario Capitular Benigno Merino y Mendi, y no se pudo seguir contando con los servicios de gran número de sacerdotes cubanos. Por otra parte, en la contienda se perdieron 24 Iglesias: 4 en Santiago de Cuba, 10 en Camagüey y 10 en Las Villas. Del total de 24, quedaron completamente destruidas 16 por las acciones de guerra, 7 fueron convertidas en cuarteles al servicio del ejército español y 1 fue destinada a factoría y almacén.

Los planes de la Iglesia quedaron momentáneamente detenidos porque había sido privada de buena cantidad de sacerdotes, y porque muchos de los que seguían en activo resultaban sospechosos para las autoridades. El saldo de la guerra era aterrador: Iglesias destruidas, dificultades para llevar a cabo la evangelización y condiciones excepcionales implantadas por el gobierno, no permitieron que continuara expandiéndose la institución católica, que durante diez años se limitó a subsistir casi en condiciones de plaza sitiada.

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