Historia breve del Convento de San Pablo

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CRÉDITOS
Autor: Antonino Orcajo · Año publicación original: 1965 · Fuente: Anales españoles.
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El día 8 de septiembre del presente año, el Seminario de San Pablo, de Cuenca, iniciaba una nueva etapa de su ya larga historia al servicio de la provincia vicenciana de Madrid; en dicha fecha quedaba efectivamente instalado en él nuestro Seminario Interno. Con tal motivo, el P- Antonio Orcajo envía la siguiente crónica:

Este juguete de historia ha sido escrito para solaz de las cuarenta generaciones de estudiantes que anidaron en la cuesta de San Pa­blo, de Cuenca, y como testimonio de agradecimiento a los cuarenta y pico educadores que han pasado por el Convento desde 1922.

El Convento de San Pablo sigue anclado en el mismo lugar que lo amarró su fundador, don Juan del Pozo y Pino, en 1523; única­mente que ahora ha crecido unos metros más, aupándose. con un piso.

Don Juan del Pozo fue canónigo de Cuenca, amigo de buenos confesores y predicadores; de pensamientos más elevados que el pri­mitivo puente de San Pablo, que él mismo costeó para unir- el convento con la «Cuenca antigua» actual.

Ti ajo a su ciudad a los PP. Jesuitas, a quienes instaló en un colegio que ha venido a menos. Hoy es el depósito de aguas de la capital. A los PP. Dominicos les asentó en el convento de San Pablo. Conjugaban los Frailes Predicadores la enseñanza de la Sagrada Teo­logía con el ministerio de la palabra.

El insigne canónigo murió en 1559. Pero su memoria sigue ro­dando en el escudo, grabado en varios y destacados lugares del con­vento. En su misma efigie, que hasta hace un par de arios, se guar­daba en la cripta del crucero de la Iglesia, y hoy está colocada en el muro izquierdo según se entra por la puerta del claustro, se puede ver «un pozo, del que emerge un pino, rodeados de cuatro pares de conchas»; símbolos que recuerdan los apellidos del clérigo. En la orla de la lápida se leía la inscripción: «Aquí está sepultado el indigno canónigo Juan del Pozo y Pino, primer fundador de esta iglesia y monasterio; pide y ruega por reverencia de Nuestro Señor Dios le supliquen y hagan misericordia de su ánima».

Cuentan las Memorias que se suscitaron serias disputas entre el fundador los maestros Juan y Pedro de Albiz.

Las ricas maderas que aún se conservan en el comedor, sala capitular y claustros fueron cortadas en la cuenca de Mirabueno y lomas del Socorro hasta la fuente del Canto.

Bajo la defensa del apóstol y la amenaza de las rocas los frailes de Santo Domingo permanecieron en Cuenca hasta el año 1830. Por esta misma época eran célebres los «Infiernos de S. Pablo, y la Gloria de S. Agustín», bodegas estas de los frailes agustinos y aquéllas de los dominicos. Dice con su pizca de malicia el auto del episcopologio conquense, «que al recordar los sedientos cofrades de Baco en sus faenas fabriles el aroma, frescura y vigor de sus vinos, les dirigían estos y otros blasfemos suspiros:

A ti iría con el diablo Gloria de S. Agustín, como con un serafín al infierno de S. Pablo».

Cuando hace unos días leía estos versos a D. Trifón Beltrán, Vicario General de la Diócesis, dibujaba en su rostro uña sonrisa bien definida. «¡Ah, el infierno de S. Pablo y la Gloria de S. Agustín! Todos los niños sabíamos de memoria esos versos».

D. Trifón, que es muy anciano, ochenta y cuatro años cumplidos, no puede hablar mucho porque se fatiga pronto. Sentado en un sillón de paja, junto a la estufa dialoga con amabilidad:

—Yo ingresé en S. Pablo en 1892. Estudié en el convento cinco años de latín, hasta que me dieron una beca y pude ir a Roma a continuar mis estudios.

Aprovecho un respiro largo del anciano sacerdote, que impresionado por la energía que da a sus palabras, y le pregunto:

¿Es que la diócesis no tenía seminario capaz para cobijar a todos los que solicitaban su ingreso?

—No recuerdo exactamente—me contesta, levantando la frente. Pero sé que existían los sampablistas, que pagaban dos reales y medio y los seminaristas que pagaban cinco reales. El profesorado era común.

Entonces, le interrumpo, esa división respondía a razones pu­ramente económicas.

—Así es, Padre. Además se hacía toda la carrera en la misma casa donde se comenzaba.

Una visita corta nuestra conversación. Yo me, despido de D. Trifón, mientras anoto la última noticia:

—Después que los diocesanos dejamos S. Pablo, vivieron en él los PP. Redentoristas.

Los PP. Redentoristas destinaron la casa para Escuela Apostó­lica; pero no se acomodaron fácilmente. A los pocos años de su entrada salieron dejando un amargo recuerdo. Alguien de la Co­munidad al asomarse por un balcón para recrear su vista con los caprichos de la Hoz del Huécar, cayó rodando por el- torrente, de teniéndose muerto en la carretera de Palomera.

Con la salida de los Hijos de S. Ligorio de nuevo se cierra el convento. Tal vez por estas fechas, 1920, visitara Valle Inclán la ciudad conquistada por Alfonso VIII, y dijera de ella, que es un «nido de águilas». Al menos en S. Pablo tenían guarida los pe- nos y nido los pájaros; las grajas podían detenerse libremente en su viaje diario de ida y vuelta de Jábaga a la Cueva del fraile.

Pero a pesar de tan extraños habitantes y lo ruinoso delcon­vento, al P. Atienza Joaquín, visitador de la provincia de Madrid, le agradó lo pintoresco del lugar y el sabor antiguo de sus muros y presentó la solicitud al Sr. Obispo en 1921. La solicitud fue aproba­da. Los Padres se obligaban:

Primero. A que en la Iglesia del referido seminario pudieran las asociaciones que en ellas radicaban en la fecha de la solicitud, ejercitar libremente los cultos de costumbre.

Segundo. Que puedan utilizar los claustros del convento para re­partir la limosna que se dice «pan de S. Julián», en los días de costumbre.

El 7 de julio de 1922 llegan de Madrid para tomar posesión del edificio y hacer el inventario de sus bienes el P Tabar Eduardo, procurador provincial y el Hermano Armendáriz. El nuevo Obispo, que acaba de ocupar la sede de S. Julián, D. Cruz La Plana y Laguna, los abraza, les invita a su mesa y les bendice.

El diario local se hizo eco de la perfecta representación del drama y de la fina ejecución de los cantos, dirigidos por el Hermano Alcácer, «que es un excelente maestro, todo nervio y entusiasmo; que ha de dar mucha gloria a la Congrega­ción y al arte, al frente de la brillante colectividad que dirige».

A partir de entonces S. Pablo ha tenido una rica tradición mu­sical. El cero de S. Pablo dejó oír sus voces en la catedral, S. Esteban, Virgen de la Luz, Hospital de Santiago, Beneficencia, Salón Palafox, Cine Xucar, etc. Hoy nuestros novicios, más modestos que las generaciones pasadas, se limitan a solemnizar sencillamente la liturgia sagrada bajo la batuta exquisita del P. Jesús María Muneta.

En 1931, año de República, la Comunidad veraneó tres meses en Murguía. Hasta la prensa madrileña se encargó de difundir la noticia. Por la gracia falsificada del articulista, transcribo íntegramente el texto del periódico madrileño «El Heraldo»: «Han dejado los Paúles sus celdas humildemente confortables; han dejado su huerto, donde daba gloria dormir al sol en invierno y a la sombra en verano y al sol y a la sombra en otoño. Han dejado un medio de vivir muy agradable. Y, claro, todo Cuenca está intrigadísimo… ¿Dónde habrán ido los fantasmas amados?

Se piensa en que pueden estar en el monte con un crucifijo y un mosquete, preparados a la gran Carlistada. Se piensa que al fin se han decidido a trabajar, como nos manda el Señor. Se piensa, naturalmente, muchas cosas. Pronto se sabrá. Setenta y dos Hermanos más en el mundo no pasan inadvertidos así como así, rezando, per ejemplo, en un cine sonoro».

Y «El Liberal» publicó la siguiente nota: «Un telegrama de Cuenca da cuenta de la desaparición misteriosa de los frailes paúles. Pasan de 72 los que ocupaban la residencia, que ha quedado deshabitada… Suponemos que la Dirección de Seguridad seguirá la pista a este movimiento sospechoso, que sólo por sorpresa podrá producir un conflicto a la República.»

Mientras tanto los 72 estudiantes, acompañados de cinco Pa­dres, ríen durante el viaje. Las religiosas de Riánsares tiemblan asustadas ante el grupo feamente vestido. «Estos son los comunistas», pensaron ellas. Y la policía del tren felicita al grupo porque son un equipo de futbolistas bilbaínos, que han conseguido derro­tar a su contrincante en Madrid.

«Sólo un trimestre duró este destierro, escribe el P. Pablo Tobar, hoy Obispo de Cuttack. El recibimiento tributado a los estudiantes fue pobre, pero riquísimo en espíritu: abrazos, saludos, todo se confunde en un latir unísono de inmenso cariño.»

La vida del estudiantado en S. Pablo continuó normalmente: lec­ciones de teología, ensayos musical» círculos de moral, paseos por las Hoces del Júcar y del Huécar. Así cinco años, hasta el 1 de mayo de 1936, en que el Sr. Gobernador habla nerviosamente por teléfono con el superior y le ordena abandonen inmediatamente el seminario.

A las tres de la madrugada del día 2 la Comunidad despierta sobresaltada. Aprovechando la obscuridad del cielo parten a campo atra­viesa para coger el tren en Chillaren. Algunos son molestados, insul­tados y hasta abofeteados.

Sólo el P. Calixto Osés con cinco estudiantes permanecieron en el seminario para cargar de equipajes dos grandes camiones, que se dirigían a Pamplona. Pero al llegar a la calle Carreterías los camiones fueron detenidos y robados.

Un grupo de comunistas llegan amenazadores a S. Pablo. Quieren allanar el convento y acabar con sus moradores. ¡Trance apuradísimo para los estudiantes y el P. Oses! Este notifica al Sr. Gobernador del peligro que corren. Una nueva fuerza militar pudo protegerles hasta la Comisaría, donde esperaron hasta la hora del tren de la tarde.

La persona del P. Osés está unida a la historia del convento de S. Pablo, desde que entraron los PP. Paúles. Por eso es un enamorado del paisaje, de las almas y del convento conquense. Llegó por primera en 1922 como estudiante de primero de Teología. Con sus compañe­ros de curso inició el embellecimiento de la casa y lugares de recreo. Desde entonces su presencia ha sido decisiva en los momentos críticos. El dio el último adiós a S. Pablo en 1936, evitando su ruina total. El presidió la marcha del teologado de Cuenca a Salamanca, en 1957. El volvió en 1962 para guardarla en estos tres últimos años de restauración. El recibió a los novicios el 8 de septiembre de 1965, señalando un nuevo rumbo a la casa. El P. Osés se siente feliz en S. Pablo extramuros de Cuenca.

Durante los años de guerra, 1936-1939, el seminario quedó al principio cerrado y sellado por la autoridad; luego sometido al saqueo, más o menos ordenado. El fuego consumió desgraciadamente muchos libros y objetos de Iglesia. La estatua del Apóstol S. Pablo, que generaciones más jóvenes no hemos conocido, fue derribada, como también la Milagrosa que presidía la explanada superior: La conducción de aguas de Fernandico obstruida. Todo el convento que­dó más agrietado y ruinoso.

Pronto se estableció una guardería de niños, que con el personal de servicio, ascendieron hasta 500. Los hocineros próximos hablan de la indisciplina e informalidad de entonces. Un día de rebelión precipitaron toda la vajilla por la vertiente del Huécar.

Don Marcelo, maestro-director de la guardería desde la entrada de los nacionales en Cuenca, entregó las llaves al Superior, P. Ojea, el 2 de agosto de 1939.

Seis estudiantes, entre ellos el P. Félix García Tejero, hoy director del seminario interno, se ofrecen voluntarios para adecentar la casa, hasta que lleguen los restantes teólogos que descansan en Murguía. A las órdenes del P. L. Prieto García, que recorre los edificios públicos para recuperar mesas, armarios y pupitres, comienzan la limpieza general.

Por fin, el 17 de octubre quedó constituida la Comunidad. Un pro­fesor novel formó parte del cuadro docente. El P. Ricardo Rábanos, que había de permanecer en su añorada Cuenca diecisiete años seguí dos enseñando Sagrada Escritura.

El convento de S. Pablo tiene que agradecer al P. Rábanos la me­jora externa que sufrió durante su superiorato. Toda la fachada prin­cipal fue revestida de piedra blanca, traída de las canteras de Bue­nache. El escudo de la Congregación, junto a los Rábanos y Espinos, rivaliza en pequeña escala con el escudo primero del fundador Del Pozo y Pino.

El 1957, el P. Vicente Franco, Visitador de la provincia, señala una ruta nueva al monasterio conquense. Sus muros alojarán al tercer curso de Filosofía, traído de Hortaleza. Pero esta acomodación durará muy poco. Con la entrada del P. Domingo García, 1962, se convierte la casa en auténtico problema. ¿Se abandonará definitivamente? ¿Se acomodará para un nuevo destino? Vence la segunda propuesta y comienzan las obras de restauración.

Un escritor, muy enamorado de su tierra conquense, ha escrito que «en Cuenca faltó siempre la idea clara de lo que ella pudiera ser». Será por esto por lo que algún artista, pienso yo, ha clamado al ver las obras restauradoras. «Limitaos a mirar bien, dice él, mientras vive cómodamente en su casa. Y no penséis en restauraciones. Contentaos con cuidar, con mimar lo que existe Por falta de esta idea cenital y sencillísima se ha deshecho y, lo que es peor, se ha hecho en nuestra tierra demasiado en contra de su verdadero espíritu. Sobre la falsilla de su carácter, tan rotundo, parece haber desde siempre el deseo de escribir torcido. ¡Y lo han logrado!»

Pero no todos los conquenses piensan lo mismo y acaso ni los mejores. D. Ricardo Valiente, profesor de arquitectura en la Academia de S. Fernando, de Madrid, restaurador de algunas casas de la Cuenca antigua y conocedor de la seriedad de su tierra ha trazado el plan de obras del convento y de la nueva residencia de Hermanas, adjunta al convento. Tal vez haya prevalecido en estas obras lo práctica sobre lo bello, lo confortable sobre lo ideal. Con toda seguridad las clases, por ejemplo, resultan acogedoras, luminosas, limpias, perfectamente orientadas, aunque vistas desde el patio central, sus ventanales son un mentís a la seriedad de la piedra. Los críticos podrán juzgar con dureza la restauración, pero nuestros seminaristas se desenvuelven có­modamente dentro de casa.

Tres años interrumpidos han durado las obras. Todos estamos agradecidos a los superiores y Hermanos Anselmo Vicente Giménez y Máximo Moreno, imitadores de los primeros Hermanos de 1922, que nos han preparado digna mansión. También agradecemos a D. Andrés Fanlo, amante de la Compañía, su trabajo.

D. Cruz La Plana y Laguna fue amantísimo de la Comunidad de S. Pablo. Hasta Murguía hizo llegar dos cartas, que aún se conservan como reliquias de mártir, para notificar su amor a los Padres y estudiantes, cuando éstos fueron trasladados al valle del Zuya por unos meses en 1931.

Cuando se piensa en la muerte de D. Cruz La Plana y Laguna, nos transportamos a los siglos primeros del cristianismo, en los que el verdugo era abrazado y bendecido por los mismos que morían. Un miliciano impaciente por hacer blanco, cortó con tres ba­lazos el brazo del Obispo, que se había vuelto para bendecir por última vez. La cruz quedó sin acabar. Un sencillo y auténtico tro­feo rememora el lugar exacto donde el Obispo de la iglesia con­quense hizo retroceder a sus enemigos con su propia muerte.

A los siete días de estancia de los Padres en Cuenca, 15 de julio de 1922, el semanario católico «El Centro» esparce la noticia: «Cree­mos que la estancia de estos beneméritos Hijos de S. Vicente ha de ser muy beneficiosa para la capital y diócesis de S. Julián».

Por fin, en septiembre quedó definitivamente constituida la Co munidad- P. Adolfo Tobar, superior; P. Silvestre Ojea, asistente; P. Montón, procurador; PP. Valero y Jarnés, profesores; PP. Abad y Quintas, confesores; 44 estudiantes y ocho hermanos coadjutores. En total 59 puntales para sostener el viejo caserón.

El Centro escribía: «El P. Adolfo Tobar, superior de los PP. Paú­les de S. Pablo, nos ha remitido atenta comunicación participando su agradecimiento por el cordial saludo de bienvenida que dirigi­rnos a la expresada Comunidad en el número anterior y ofrecién­donos al mismo tiempo su casa y personas. Agradecemos en el alma este valioso agradecimiento y nos complacemos en manifestar a los amados Padres que estamos a disposición de tan estimada Comunidad y en especial de su digno Superior P. Adolfo Tobar.»

El 12 de septiembre, anota el P. Ojea en el diario de la casa, la Comunidad entra en ejercicios. Se advierte en estas notas del P. Ojea la fina pedagogía del maestro, que en medio de privaciones, invita al sacrificio y al trabajo, pero que no obliga forzosamente. «Como el autor de teología, Van Noort, tarda en llegar, los estu­diantes voluntarios podrán coger el pico y la pala durante la clase e Irse a cavar el terreno cedido por doña Mariana Moreno». Estos fueron los principios de la espaciosa explanada, «amasada con sudo­res y salpicada de sangre», donde juegan los novicios al basket en cuatro campos y a pala en el frontón.

Los trabajos manuales no quitaban inspiración a los obreros; tal voz la acuciaban más. Por fortuna conservamos el primer programa de la velada literario-musical del 1 de enero de 1923. Podemos leer en él el reparto de papeles para representar: «El condenado por desconfiado».

El 3 de octubre publicaba el «Diario de Cuenca» el siguiente ar­tículo: «El convento de S. Pablo será abierto de nuevo. Oración, tra­bajo y estudio conducen a Dios. Después de tres años de trabajo, el convento de S. Pablo ha quedado remozado. Ha sufrido en su interior y exterior algunos cambios y mejoras necesarias para el nuevo sistema de vida que comienza en este seminario. Desde 1922, en que se aposentaron los PP. Paúles, han pasado muchas generaciones de estudiantes, que aún hoy recuerdan con cariño la casa y los rincones naturales de Cuenca. Esta simpatía hizo nacer en los superiores la idea de señalar un nuevo rumbo al convento. Pero antes había que enderezar tabiques, cubrir goteras, allanar pisos, pintar paredes y ampliar locales. Todo esto se ha hecho en estos tres años de trabajo y de silencio en que San Pablo ha estado sumido.

Pero de nuevo vuelve la alegría. Pasados los ocho días de ejerci­cios, veremos como antes a los seminaristas saltar por las rocas, correr por el Socorro y recostarse a la sombra de Fernandico o de la Zarza.

Son jóvenes que han terminado los años de Humanidades y desean entrar en la Congregación de S. Vicente de Paúl. Como requisito se impone a todos sus miembros dos años de «seminario interno» o no viciado, como se denomina comúnmente este período de tiempo.

Combinan la oración y la meditación con el estudio y el trabajo. Ni todo es rezar, ni todo es estudiar, pero todo les conduce a Dios. Lo mismo las conferencias sobre espiritualidad, que las ecuaciones matemáticas; los ensayos de música religiosa, que la traducción de la prosa robusta de S. Juan Crisóstoma. Se respira, es natural, un hálito suave de paz, de superación, lo que les prepara para descubrir, la belleza innata del paisaje conquense y cantarla con versos o pin­celes; o lo que es mejor, para configurar su espiritualidad con la solidez de las rocas que les contemplan y la finura de los vientos que soplan por la Hoz del Huécar.

Con ellos conviven siete sacerdotes que les asisten en la Iglesia, en la clase, en los campos de deporte. Al lado de estos seminaristas también ellos sienten la necesidad de renovarse cada día. Sus nom­bres: P. Calixto Oses, superior; P. Félix García Tejero, director del seminario interno; P Félix Urrestarazu, subdirector del segundo curso; P. Antonino Orcajo, profesor; P. Fernando Díez Marina, subdi­rector del curso primero y procurador; P. Enrique Rivas, profe­sor; P. Jesús María Muneta, profesor. Junto a los sacerdotes trabaja y ora el Hermano Antonino Subiñas, que tiene como lema hacerse todo a todos.

Una Comunidad de Hijas de la Caridad, con un equipo de señoritas de servicio, atienden a las necesidades de la cocina, costurero… Su virtud principal es el orden y la limpieza. Sor Guillermina Novoa, es la Hermana sirviente; con ella colaboran; Sor Dolores Gómez, Sor Carmen Rodríguez y Sor Petra Rodríguez. Cada cual se esfuerza en sus respectivos oficios.

Desde estas líneas San Pablo saluda de nuevo a todos y les agra &ce los trabajos que han dispensado a la casa para embellecerla y hacerla más hospitalaria y más grata la estancia a sus moradores.

Les adelanta también que pronto verán la Iglesia abierta perfec­tamente acomodada a las exigencias de la Liturgia y que podrán asistir cuantos lo deseen a sus celebraciones. La Comunidad se con­gratulará de que todos canten allí las alabanzas del Señor y escuchen la Palabra de Dios».

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