Hijas de la Caridad en Cuba (1847)

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Autor: Mª del Carmen Hernández, H.C. · Año publicación original: 2008 · Fuente: Anales españoles, 2008.
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Deseo aportar algún documento inédito junto con otros ya publicados, sobre nuestras hermanas en Cuba, tomados en archivos de la Ad­ministración del Estado.

El P. Buenaventura Codina, direc­tor de las Hijas de la Caridad, en car­ta fechada en Madrid el 17 de febrero de 1846, se dirige al P. General, Sr. Étienne:

«Un campo muy extenso se ofrece al celo de las dos Familias de San Vi­cente, en la Isla de Cuba. El Capitán General de La Habana ha pedido al Gobierno de Madrid seis hermanas de la Caridad […]. Pienso poder en­viar a París dos hermanas jóvenes para que se impongan en el Secreta­riado de la Casa Madre. La una que ha estado en Bayona habla bien el francés; es hermana del Sr. Prieto, que ha visitado muchas veces esa co­munidad estando en París el verano pasado. La otra es una hermana jo­vencita formada en el Colegio de Sangüesa […].

Se realizan las gestiones para con­seguir el envío de las hermanas a La Habana; el Gobernador, Capitán Ge­neral de la Isla, manifiesta algunos inconvenientes pero el Ministro de Gobernación de la Península, indica que el Rector de la Casa de Benefi­cencia se compromete a recibirlas para su establecimiento y que desea sinceramente que se haga realidad cuanto antes.

De R. O. se comunica el asunto al director del Noviciado para que éste diga cuándo estarán dispuestas a em­prender el viaje, a fin de comunicarlo al Sr. Ministro de Ultramar. Madrid 10 de septiembre de 1846.

El P. Buenaventura Codina, en cir­cular de 1.° de enero de 1847, comu­nica a las hermanas el envío:

«En 22 de noviembre salió de esta Corte otra colonia para la ciudad de La Habana, en la isla de Cuba, capi­taneadas por sor Casimira Irazoqui, y bajo la dirección de dos Misione­ros. Fue admirable la alegría con que todas emprendieron un viaje de dos mil leguas por mar, y esperamos que al recibo de ésta, habrá llegado a su destino [..]».

Llegan a La Habana, el 12 de enero de 1847, seis Hijas de la Caridad con la superiora sor Casimira Irazoqui, y se hacen cargo de la Casa de Benefi­cencia el 18 de del mismo mes.

Se implantarán nuevas fundaciones en años sucesivos

Ignacio Santasusana, nuevo direc­tor de las Hijas de la Caridad, comuni­ca al Ministro de la Gobernación que, según R. O. de 4 de febrero de 1848, se interesa a favor del colegio de ni­ñas huérfanas de «San Francisco de Sales» de la ciudad de La Habana, y quiere enviar cinco Hijas de la Cari­dad, aprovechando el embarque de otras trece, que a mediados de octubre saldrán hacia La Habana para aumen­tar la comunidad que está excesiva­mente cargada de trabajo, particular­mente en la reciente época del cólera. Madrid 6 de septiembre de 1850.

D. Antonio Claret y Clará, arzobispo de Santiago

Solicitud del señor arzobispo de Cuba, escrita de su puño y letra, el año 1850:

Señora. D. Antonio Claret y Cia­rás, arzobispo de Santiago de Cuba, a V. M con el debido respeto expone: Que deseoso del bien espiritual y cor­poral de sus ovejas, desea aprove­charse de la caridad con que las Hi­jas de San Vicente Paúl promueven el bien de sus semejantes, ya educando a la tierna infancia, ya asistiendo a los enfermos en los hospitales, ya en fin consolando y sirviendo a los atri­bulados en los establecimientos de beneficencia, y a este fin A. V M. ren­didamente suplica se digne conceder al director de las referidas hijas de la caridad el competente permiso para poner a diez de entre ellas a la dispo­sición del exponente para los fines in­dicados; gracia que espera alcanzar del magnánimo corazón de V M. cuya preciosa vida guarde el Señor mu­chos años para bien de la monarquía.

Madrid veintiséis de Octubre de mil ochocientos y cincuenta. Señora A los R. P. de V M.

Antonio, arzobispo de Santiago de Cuba».

Debido a su excelente labor asis­tencial, por real cédula de 1852, las Hijas de la Caridad fueron destinadas para sustituir en todos los hospitales a los hermanos de San Juan de Dios. Además se hicieron cargo de muchas otras instituciones asistenciales, de manera que, al finalizar el dominio español en la Isla de Cuba, la asisten­cia hospitalaria en ella, dependía, en gran medida, de esta Congregación.

De Presidencia del Consejo de Mi­nistros se traslada al Ministro de la Gobernación que, el Gobernador Ca­pitán General de la isla de Cuba, con fecha 7 de abril decía:

«Siendo de suma conveniencia y utilidad que los hospitales de caridad y aun los militares de esta isla, sean servidos y administrados por las hermanas de la congregación de San Vicente de Paúl, cuyo instituto ha dado felicísimos resultados en to­dos los establecimientos de esta cla­se puestos bajo su dirección; y con­siderando que esto no puede verifi­carse mientras no se aumente en proporción el corto número de las hermanas que existen hoy en la isla, he determinado que el director de ellas Presbítero D. Francisco Bosch pase a la Península a fin de solicitar del Superior general de la congrega­ción el envío de las hermanas que considere necesarias para los hospi­tales de esta Ciudad por ahora [ ..] ; sin perjuicio de que más adelante se establezca el mismo sistema en los demás hospitales de esta Isla según lo vayan permitiendo las circunstan­cias: en razón a que todas las eroga­ciones que esto cause han de satisfa­cerse de las rentas de los hospitales a que se destinen dichas hermanas [ …] comunicándolo así a quien co­rresponda para que el mencionado Presbítero Bosch y el apoderado nombrado al efecto en esa corte para firmar las contratas, D. Silvestre Manuel Ibáñez, no encuentren obs­táculos en la pronta ejecución [..J. De Real orden comunicada por el […J Sr. Presidente del Consejo de Ministros lo traslado a V E. Madrid 27 de mayo de 1854. El director gral. «.

De nuevo en Gobernación se reci­be un oficio referente a las Hijas de la Caridad que han de enviarse a Cuba, escrito por el encargado del Capitán General de la isla exponiendo las condiciones requeridas por la Reina y, haciendo presente que el número de hermanas pedido, y absolutamen­te necesario

«es el de cincuenta, para cuatro Hos­pitales, a saber el Militar, el Civil de hombres, el Civil de mujeres y el de Lazarinos.

[…J urge el tiempo del embarque para que las hermanas lleguen a tiempo para aclimatarse, a fin de no exponer sus vidas a la ferocidad del clima, y pueda el Sr Director de las hermanas de La Habana, que ha ve­nido expresamente para acompañar­las, tomar las medidas necesarias para tener una navegación tan cómo­da como sea posible. [ ..].

Madrid 1 de Setiembre de 1854″.

Cincuenta hermanas para los hospitales militares de Cuba

En 1854, se publica una R. O. que es comunicada al director de las Hijas de la Caridad, Sr. Buenaventura Ar­mengol:

«[…J Llenas ya las condiciones prevenidas en la Real Orden de junio último para la concesión de la funda­ción de hermanas de la Caridad re­clamadas por el Gobernador Capi­tán General de la Isla de Cuba, con destino a los Hospitales de la misma, Su Majestad la Reina se ha servido autorizarla definitivamente con la dotación de cincuenta hermanas [ …]

Por otra R. O. del 19 de septiembre de 1854, se comunica el transporte de las hermanas y sacerdotes que las acompañan para ir a La Habana. Se efectuará el 12 de octubre, pero no hay localidades más que para 32 pa­sajeros; es voluntad de S. M., que las ocupen igual número de hermanas. Las restantes podrían ir en el vapor de noviembre o en un buque, según le parezca bien al director general del Noviciado.

El 4 de octubre de 1854, el Sr. Ar­mengol, escribe al Padre General, Sr. Etienne: El Sr. Bosch saldrá de Cádiz el 12, con treinta y dos hermanas en el vapor correo y el Sr. Serra lo hará el 12 de noviembre con otras 18.

Hospital militar de San Ambrosio

Con una contrata, las Hijas de la Caridad se establecen en los hospita­les que citan en la misma: «El Excmo. Marqués de la Pezuela, Capitán General y Gobernador Civil de la Isla de Cuba y el Excmo. e Ilmo. Sr. obispo D. Francisco Fleu y Solans, estan­do sobremanera satisfecho de los felices resultados que han producido para el ali­vio de la humanidad doliente, los estable­cimientos de las hijas de la Caridad en la Isla de Cuba, instalados en la Capital desde el año 1846, han tomado [ ..] la re­solución de confiar a su celo el servicio de todos los establecimientos de benefi­cencia de la referida Isla, dando princi­pio en el presente año por los que recla­man más ese remedio [ ..] los cuatro hos­pitales de La Habana [ ..1 el militar el ci­vil de hombres, el civil de mujeres y el de Lazarinos».

El artículo 29 dice que el número de Hijas de la Caridad, por ahora será de 26. Termina con el artículo 43:

«Esta contrata empezará a regir desde el día en que se dé posesión a la Superio­ra de las hijas de la Caridad del Hospital Militar de San Ambrosio de La Habana. Bajo cuyas condiciones se formaliza la presente contrata, obligándose en ella cada uno de los Sres. Otorgantes con la representación que les asiste […] Así lo firman en Madrid a los treinta días del mes de Septiembre de mil ochocientos cincuenta y cuatro. =Silvestre Manuel Ibáñez. = Buenaventura Armengol.

Es el primer Hospital Militar de Cuba donde se establecen las Hijas de la Caridad.

En un posterior «Reglamento» de 14 de noviembre de 1860, para este hospital, podemos leer en su artículo segundo, que si el Capitán General cree conveniente enviarlas a otros hospitales militares de la isla, el di­rector de las hermanas en la isla, siempre que se disponga de suficien­te número de las mismas, no se podrá negar a que sean enviadas.

Continúan las fundaciones

Por distintos reglamentos tenemos constancia de otras fundaciones: El marqués de La Habana, Vizconde de Cuba y Capitán Gral. y Gobernador Civil y Militar de la Isla constata que las Hijas de la Caridad han llegado felizmente de la Península y en vista de los magníficos resultados que han producido para el alivio de los enfer­mos, en todo el mundo, les confía el servicio de la nueva fundación del Hospital Militar, colegio de enseñan­za pública gratuita de la Villa de Gua­nabacoa. Firman el reglamento José de la Concha y Francisco Bosch sub­director de las hermanas, en Cuba, el 30 de enero de 1857.

Campaña de Santo Domingo

En 1865, las tropas españolas, em­prenden una campaña en la Isla de Santo Domingo resultando tan inútil como costosa. La acumulación de tropas obligó a las hermanas del Hos­pital Militar de La Habana a multipli­carse y desvivirse en el cuidado de los soldados, víctimas de fiebres mortíferas propias del clima tropical. Las hermanas fueron, con la expedi­ción, a Santo Domingo, haciendo el oficio de madres con los soldados. La actuación de las hermanas queda re­flejada en documentos oficiales:

«El Sr Ministro de Guerra dijo a este departamento en 28 de diciem­bre último, que sigue: =Con esta fe­cha dijo al Ministro de Gobernación […] Los extraordinarios e impor­tantes servicios que las Hijas de la Caridad vienen desempeñando en el hospital militar de La Habana y muy particularmente con motivo de la campaña de Santo Domingo, movie­ron al Intendente Militar del Ejército de la Isla de Cuba exponerlos al Ca­pitán General de la misma, añadien­do consideraba justo y oportuno que la Superiora sor Robustiana Jiménez se la propusiera para la Cruz de 1.» clase de la Orden de Mérito Militar, a fin de darle un público testimonio del aprecio que merecen al Ejército los distinguidos servicios que tiene prestados en los diez años que cuen­ta al frente de la comunidad consa­grando su existencia al consuelo de los militares en las circunstancias más penosas y aflictivas de la vida […]».

El Capitán General consideró más oportuno concederle la Cruz de Be­neficencia. La proponen para esta Cruz. La Reina quiere manifestar su aprecio a las Hermanas de la Cari­dad, otorgando dicha recompensa. Trasladan al director del Noviciado los deseos de conceder la medalla para que él disponga lo que se ha de hacer, y contesta que agradece la dis­tinción,

[…] pero estos servicios im­portantes que, si merecen ser estima­dos, llevan la recompensa en sí mis­mos y la han de recibir de la mano de Aquél por quien esperamos la eterna felicidad, no necesitan ninguna otra recompensa[…].

Enterados de las objeciones del di­rector de las Hijas de la Caridad, el Ministerio contesta:

«En su vista, la Reina (q. D. g.) se ha servido resolver lo haga saber aV E. para satisfacción de las hijas de la Caridad de las Islas, que prestaron tan excelentes servicios conocidos por V E., [..J que S. M se hubiera dignado otorgar como una prueba ostensible de lo muy apreciable que ha sido el infatigable celo que han te­nido ocasión de demostrar en las ex­traordinarias circunstancias […J añadiéndoles, que respetando como es justo, su autorizada opinión, este Ministerio ha desistido del apoyo que había prestado a los deseos de las Autoridades de Cuba, fundados en que en el Ejército de Oriente y por causas análogas, sí que habían admi­tido semejante distinción …

Dios guarde[… . Madrid, 4 de mayo de 1866 – Fernando Viela

Sr. Director de las Hijas de la Caridad».

Ilmo. Sr. D. Antonio María Claret

El interés que muestra el arzobispo de Cuba, Antonio Mª Claret, para que las Hijas de la Caridad se hagan cargo de los hospitales y otras obras de su diócesis, se hace patente en la solicitud que dirige a la Reina:

«Señora. Cuando en el año de mil ochocientos cincuenta tuve el honor de visitar a V M. y despedirme para este Arzobispado de Cuba, solicité del Gobierno de V M, Hermanas de la Caridad para la dirección de los Hospitales de mi Diócesis. Cuán ra­cional y bien fundada estaba mi soli­citud lo evidenció la Real Cédula que V. M. se dignó expedir en veinte y sie­te de Noviembre de mil ochocientos cincuenta y dos en que manda que las Hermanas de la Caridad cuiden de los hospitales de esta Isla.

De mi parte he hecho todos los es­fuerzos posibles para que se llevasen a cabo todas vuestras soberanas dis­posiciones que están mandadas por aquellas Reales Cédulas, y concre­tándome ahora a lo relativo a las Hermanas de la Caridad, digo que no hay medio ni resorte que yo no haya puesto en movimiento desde entonces hasta el presente; pero des­graciadamente todo ha sido en vano, nada he conseguido en seis años de súplicas.

Diferentes veces me he dirigido al mismo director inmediato que las Hermanas de la Caridad tienen en La Habana, sin escasear las peticiones al director principal de Madrid, y siempre me ha contestado con excu­sas. Finalmente habiéndose presenta­do mi encargado al director, le res­pondió, como así me lo acaba de de­cir desde Madrid con fecha cinco de Noviembre próximo pasado, que no podía enviar hermanas, sin que se le mandara por una Real Orden.

Estando pues las cosas así no pue­do menos de acudir a V.M. con pron­titud, alegría y confianza, por segun­da vez, bien seguro de que me conso­lará, pues que bien sé el amor y apre­cio en que V M. me tiene sin merecer­lo y así me prometo que V M se dig­nará dar la orden oportuna para que vengan tan pronto como sea posible seis hermanas para el establecimiento de Beneficencia de esta Ciudad de Santiago de Cuba, y luego para el hospital militar de esta misma Ciudad y el de Caridad. Además en la Ciudad de Puerto Príncipe hay cuatro esta­blecimientos que en todos se necesi­tan hermanas como son el Hospital de San Juan de Dios, que es únicamente para varones, el hospital de la Virgen del Carmen que es para mujeres, el hospital militar, y finalmente la casa de Beneficencia que yo estoy levan­tando de mis ahorros, para poder re­coger y educar bien a tantos niños y niñas que en el día andan perdidos.

Bien sé, Señora, que actualmente se halla el noviciado escaso de her­manas; tampoco ignoro que de mu­chas partes están pidiendo nuevas fundaciones, y que de todos los esta­blecimientos fundados piden que les llenen los vacíos que ha dejado el Có­lera; pero por estas y otras considera­ciones que tengo muy presentes, no soy ni me atrevo a ser demasiado exi­gente, sólo por de pronto pido seis para la Beneficencia de Santiago, y después irán viniendo las otras hasta que estén subvenidos los estableci­mientos de este Departamento y Arzo­bispado, como lo está el Departamen­to y Diócesis de La Habana, y estarán los dos equilibrados: ya que las Rea­les Cédulas de V M. se dirigen igual­mente a toda la Isla, y miran igual­mente a ambas Diócesis y Departa­mentos; ya finalmente que los bienes monacales de los Belenitas se les des­tina a igual objeto, sería una cosa bastante repugnante a la Caridad y a la Justicia, que en los hospitales de La Habana tuvieran sesenta hermanas, sin poder alcanzar ni una para los hospitales de Santiago de Cuba, en tantos años de peticiones, y en medio de tantos trabajos en que nos hemos visto envueltos en esos años.

Por lo tanto suplico a V R. M se digne mandar que por de pronto vengan seis hermanas para la Beneficen­cia de Santiago de Cuba, y después para los Hospitales y establecimientos ya mencionados. Gracia que espe­ro alcanzar del corazón caritativo de V R. M Santiago de Cuba veinte y cuatro de Diciembre de mil ochocien­tos cincuenta y seis años.

Señora, A. L. R. P de V M. Antonio María, arzobispo de Cuba».

Poco tiempo iba a permanecer el señor arzobispo en su sede de Cuba. El día 19 de febrero de 1857, la Pri­mera Secretaría de Estado de Ultra­mar dirige un despacho telegráfico al encargado de negocios de S. M. en Londres para que lo pase al Capitán General de Cuba, y éste, a su vez, traslade la R. O. al señor arzobispo, D. Antonio M.a Claret:

«20 de febrero de 1857

MM. R. Arzobispo en Santiago Cuba.

S. M la Reyna (q. D. g.) me ha ma­nifestado deseos de que V.S. se presen­te lo más pronto que le sea posible en esta Corte por ser aquí muy conve­niente su presencia para asuntos de su mejor servicio; y me ha mandado que lo ponga en su noticia con urgencia.

En cumplimiento de este mandato de su S. M he dirigido con fecha de ayer a V E. la Real orden contenida en el despacho telegráfico enviado al en­cargado de la legación de S. M en Londres y la reitero ahora para que V.E. no demore su cumplimiento. Dios

guarde a V.E. muchos años etc.».

En este mismo año, 1857, el arzo­bispo de Cuba renuncia a su sede y es nombrado confesor de la Reina Isa­bel II.

Guanabacoa. Hospital de Caridad. 1856

Guanabacoa tenía, en 1856 una población de 16.402 habitantes y ejercían en su término siete médicos y contaba con cinco boticas.

En 1856, bajo la dirección del te­niente gobernador D. Ramón Flores Apodaca, se construyó un nuevo Hospital de Caridad, «con buen gusto y solidez», amplio y bien atendido. Tenía un departamento para hom­bres, otro para mujeres y una sala destinada a militares. El hospital que­dó a cargo de cuatro Hijas de la Cari­dad el 2 de febrero de 1857.

Solicitud de Hijas de la Caridad

En carta de 18 de diciembre de 1863, el Capitán General de la Isla de Cuba pide el aumento hermanas para los Hospitales Militares de La Haba­na y de Santiago de Cuba.

Que el número sea hasta treinta en La Habana y la asignación de otras doce para el de Cuba. Pondera el ser­vicio de las hermanas que no es com­parable con el que prestan los hom­bres «puesto que las citadas herma­nas son las compañeras inseparables del soldado en sus aflicciones y do­lencias».

R.O. para que se manden 30 her­manas, sobre las que tiene, al Hospi­tal Militar de La Habana y la asigna­ción de otras 12 para el de Cuba:

«[…j teniendo en cuenta las cir­cunstancias por que atraviesan las Antillas con motivo de la insurrec­ción de Santo Domingo, el aumento que han tenido las estancias del Hos­pital y el consiguiente al gran núme­ro de individuos sin alimentar que hoy existe en el ejército de la referida Isla de Cuba, la Reina (q. D. g.) ha te­nido a bien resolver se le dé a V E. co­nocimiento de este asunto, como de su Real Orden comunicada por el Sr. Ministro de la Guerra lo verificó, a fin de que por ese Departamento puedan hacerse las gestiones necesa­rias al más pronto destino de las Her­manas de la Caridad que se reclaman […J =Lo que de R. O. traslado …a fin de que con la urgencia que le sea posible y las circunstancias exijan, se sirva acordar el envío de las Hijas de la Caridad que se reclaman, atendi­da la necesidad en que se hallan los hospitales mencionados, de sus ser­vicios, hoy más apremiantes que en circunstancias normales. = Madrid 15 de junio de 1864= L. Vallesteros. = Rvdo. P. Director General del Real Noviciado de las Hijas de la Cari­dad=»21.

Bejucal. Hospital de Santa Susana. 1887

El hospital de Santa Susana de Be­jucal fue fundado en 1887 por Dª Su­sana Benítez de Parejo, con el fin de atender a los enfermos pobres de su pueblo natal. Fue entregado el año de su construcción a las Hijas de la Cari­dad, pero las rentas no alcanzaban para el sostenimiento del hospital, y las Hijas de la Caridad crearon, en una de sus salas, el colegio de Nuestra Sra. de los Desamparados, con el per­miso del Ayuntamiento de Bejucal.

En las guerras de Hispanoamérica, los salones fueron desalojados para atender a los soldados heridos y enfer­mos. La población de Bejucal, en 1890, era ya de 5.349 habitantes y con­taba también con otro hospital civil.

Ciego de Ávila. Hospital Militar. 1895

El poblado de Ciego de Ávila sólo tenía un médico en 1860, para una población que entonces era de 310 habitantes. En 1890 ascendía a 3.036 habitantes y, por las necesidades de la guerra en la antigua Provincia de Puerto Príncipe, se estableció en ju­nio de 1895, un hospital militar de 1.700 camas que comenzaron a ser atendidas, desde 1897, por Hijas de la Caridad.

Durante 1896 ingresaron en el hospital 7.502 enfermos, salieron 7.135 y fallecieron 414. En enero de 1898 tenía internados 970 soldados enfermos.

La Habana. Hospital Militar «Alfonso XIII». 1895

El Hospital Militar Alfonso XIII, por su diseño y servicios, constituyó el exponente más avanzado de la sa­nidad militar de su tiempo. Estaba si­tuado en una pequeña colina a dos ki­lómetros de La Habana, entre el cas­tillo del Príncipe y la Pirotecnia.

Fue construido, según proyecto del coronel de Ingenieros, Lino Sánchez, para 500 camas, ampliado a 3.000 por el comandante Félix Caballero. Fue inaugurado a finales de 1895, por el mariscal D. Arsenio Martínez Campos, que lo llamó hospital del Príncipe, y ampliado por el inspector de Sanidad D. Cesáreo Fernández de Losada, que lo denominó hospital Al­fonso XIII.

Estaba formado por un centenar de construcciones de madera, que in­cluían cuatro salas de oficiales, de ellas una para heridos y otra para enfermos de fiebre amarilla; 50 salas de medicina y cirugía, 23 de ellas nume­radas del 1 al 23; 12 designadas por letras de la A a la L y una para presos. El departamento de enfermedades in­fecciosas estaba aislado y formado por 12 pabellones, otro para médicos y otro más para la cocina. En un pabe­llón especial estaba la sala de opera­ciones asépticas, otro para estufas de desinfección y los de lavado, desin­fección de ropa, el octogonal para hi­droterapia, departamento de almacén de farmacia, cocina de vapor, edificio de la dirección y administración, dor­mitorios de médicos, enfermeros, sa­nitarios, pabellón de las Hijas de la Caridad, uno aislado para los chinos empleados en los servicios de limpie­za, letrinas, depósito de cadáveres, seis pabellones de inválidos, capilla, servicio de agua potable, alcantarilla­do y suministro de alumbrado eléctri­co. En 1897 hubo 1.056 fallecidos de enfermedades internas, 327 de fiebre amarilla, 68 de otras infecciones, 17 de padecimientos quirúrgicos y 37 de heridas. Se preparaban diariamente unas 3.000 recetas, cuyo costo medio era de 0,30 pesetas, por lo que el gas­to diario del hospital en medicamen­tos ascendía a 900 pesetas. Había en­tre 23 y 27 médicos, 4 auxiliares mé­dicos, 3 farmacéuticos, 150 subalter­nos de Sanidad Militar y 32 Hijas de la Caridad.

Remedios. Hospital Militar. 1895

En San Juan de los Remedios, Pro­vincia de Santa Clara, se estableció un hospital militar de 1.400 camas, en agosto de 1895. En 1896 ingresaron en este hospital 5.049 enfermos, salie­ron 4.544 y fallecieron 354. Las Hijas de la Caridad tuvieron, en gran medi­da, a su cargo, la atención de los enfer­mos y heridos en aquel hospital a par­tir de 1896. El 1 de enero de 1898 te­nía internados 1.016 enfermos.

Sancti Spiritus. Hospital Militar. 1895

Entre los hospitales militares crea­dos en la antigua Provincia de Santa Clara, destacó el que se estableció, en julio de 1895, en Sancti Spiritus. Te­nía 2.000 camas y desde su fundación estuvo atendido por las Hijas de la Caridad, llegadas de España.

En 1896 ingresaron en este hospi­tal 3.425 enfermos, salieron 3.338 y murieron 107. El 1 de enero de 1898 tenía internados 1.038 enfermos.

Santiago de las Vegas. Hospital Militar. 1895

Santiago de las Vegas contaba, en 1890, con más de 5.000 habitantes. En junio de 1895, hubo que estable­cer allí, por necesidades de la cam­paña final de la guerra de la inde­pendencia, un hospital militar de 800 camas. Las estadísticas de 1896 muestran que ingresaron aquel año en el hospital 10.437 enfermos, sa­lieron 9.097 y murieron 592. A par­tir de 1897 atendieron el hospital las Hijas de la Caridad. El 1 de enero de 1898 había internados 637 enfermos.

La Habana. Hospital Militar de la Casa de Beneficencia. 1896

En la casa de Beneficencia de La Habana, en agosto de 1896, se adap­taron las salas con 2.100 camas para recibir militares enfermos. El 1 de enero de 1898 había allí internados 1.729 enfermos, a cuya asistencia contribuyeron las Hijas de la Cari­dad bajo la dirección de la superiora sor Andrea Tellaeche. La Casa de Beneficencia retornó a sus fines ori­ginales con la intervención america­na, bajo la dirección del Dr. Eugenio Sánchez Agramante, quien retuvo los servicios de las Hijas de la Cari­dad.

La Habana. Hospital Militar «Madera». 1896

El hospital Madera y el Márquez González comenzaron a recibir enfermos en agosto de 1896. Tenían una capacidad de 1.100 camas y el 1 de enero de 1898 había 855 enfermos. Las Hijas de la Caridad asistieron a los enfermos de este hospital a partir de 1897.

Regla. Hospital Militar. 1896

El Hospital Militar de Regla, Pro­vincia de La Habana, se estableció en los almacenes que en 1843 había construido el comerciante andaluz Eduardo Fesser Kissmayer, por eso se llamó también hospital Fesser. Esta­ba situado a la orilla de la ensenada de Guanabacoa. Fue el hospital más grande de Cuba y tuvo una capacidad de 3.600 camas, aunque en noviem­bre de 1896 llegó a tener 5.000. Al­bergó a contingentes de soldados procedentes de la península y a heri­dos, antes de que el 24 de octubre de 1896, quedara habilitado como hos­pital.

El 1 de enero de 1898 tenía ingre­sados 3.088 enfermos. Durante los tres últimos meses de 1896 fallecie­ron 417 enfermos, en 1897 fallecie­ron 1.773 y en 1898 hubo 2.693 muertos. Este último año hubo 894 muertos de fiebre amarilla. El perso­nal facultativo del Hospital Militar de Regla estaba formado por médicos, farmacéuticos y auxiliares del cuerpo de Sanidad Militar, aunque el peso de la asistencia sanitaria recayó en las Hijas de la Caridad.

El Capitán General de la Isla de Cuba comunica que para asistencia de aquellos Hospitales Militares, se necesitan cincuenta Hijas de la Cari­dad.

La Inspección de Sanidad Militar de la Isla de Cuba informa que ha­biendo consultado a la Dirección de los hospitales, todos ellos reconocen los últimos servicios que las Hijas de la Caridad prestan a los enfermos, el buen orden, limpieza y moralidad que existen en los establecimientos encomendados a las hermanas y que por tan favorable opinión piden se au­mente su número en los hospitales donde prestan su servicio en la actua­lidad y que se creen las secciones co­rrespondientes de los que no disfru­tan de los servicios de tan benéfico Instituto.

El director del hospital de San Am­brosio reclama nueve hermanas que faltan para completar la dotación y cuatro más como aumento. El de Santiago de Cuba pide seis más de las que tiene, dos para el completo de do­tación y cuatro más como aumento que juzga necesario para mejor servi­cio. El de Villa Clara calcula en doce el número de hermanas necesarias para aquel hospital y, el de Matanzas cree que ocho serán suficientes para las atenciones del mismo. El director del hospital de Puerto Príncipe necesitaría de una sección de diez herma­nas, pero tiene la dificultad de esta­blecerlas allí porque carece de capi­lla, habitaciones y dependencias que necesitan para su vida privada y reli­giosa. En consecuencia, es necesario un aumento de cuarenta y cinco her­manas de la Caridad para poner al completo la dotación de los hospita­les militares de San Ambrosio y San­tiago de Cuba y para destinar seccio­nes a los de Santa Clara, Matanzas y Puerto Príncipe. Pero como siempre debe contarse cierto número de bajas en el primer año de arribo, considera que vengan de la Península, por cuen­ta del Ramo de Guerra hasta el núme­ro de cincuenta, con destino a los hospitales militares dichos.

El 25 de agosto del mismo año se repite este mismo informe. El E Fe­lipe García escribe al P. General, ha­bla del heroísmo de las Hijas de la Caridad durante la Guerra de Cuba: La Habana 29 de febrero de 1897.

El Ministro de la Guerra ordena que las hermanas marchen con los batallones compartiendo los peligros para que los soldados tengan en su agonía los cuidados de una madre y el pensamiento del cielo. Las Hijas de la Caridad se ofrecen a cuidar a los heridos en el campo de batalla y lle­gan a esos campos en medio de los gritos de los moribundos y del estam­pido del cañón. Algunas estaban des­consoladas por tener que quedarse en el hospital. Fueron establecidos los hospitales militares de Sancti Spiri­tus, Santa Clara, Remedios, etc.

Son enviadas otras 60 hermanas. La Visitadora de España, hermana de Su Excia. el difunto General Jove­Ilar, que fue Gobernador de Cuba y Ministro de la Guerra, había dicho al Sr. Ministro cuando envió las veinte primeras hermanas:

«Excelencia. Si tiene V necesidad de más hermanas, pida Vuecencia, que todas estamos dispuestas a ir a la Guerra».

Y sin esperar segunda orden, en pleno verano, manda sesenta en dos expediciones. Luego hubo que doblar el número de hermanas empleadas en el Hospital Militar de La Habana, y aun durante el tiempo de la oración mental era preciso ocuparse en la atención de los enfermos. Cumplían aquello de dejar a Dios en la capilla para hallarle en la persona de los po­bres que padecen.

No tardó en abrirse otro hospital en Cienfuegos y otro en Santiago de las Vegas. Y la lucha no era tanto para curar los heridos, que no pasaban del tres por ciento, cuanto para cortar las enfermedades de los trópicos, que con aquellas marchas y contramar­chas, causaban gran mortalidad. Cuántos debían su salvación corporal y eterna a las Hijas de la Caridad.

Mas entre todas hago especial mención de la Superiora del Hospital Militar de esta ciudad, llamado Al­fonso XIII. Por ser nuevo y construi­do a la moderna, los enfermos están con más comodidades, pero las her­manas tienen que esforzarse mucho más para cuidarlos. Sin embargo siempre se ha visto a la Superiora a la altura de su cargo. Ella es modelo en el trabajo. Que Dios recompense a sor Clara Larrinaga. Si ella merece una especial mención, no menos la merece la Vicevisitadora. No conten­ta con hacer viajes muy largos y peli­grosos para acompañar a las herma­nas a la fundación de hospitales en Santa Clara, Remedios y Cienfuegos, visita después las casas para activar la organización conveniente y para lle­var socorros espirituales a las herma­nas. Ha visitado dos o tres veces las localidades más distantes y siempre ha venido sana y salva, no sin haber oído el silbar de las balas, percibido el hedor de los cadáveres y visto el resplandor de las llamas en las ricas haciendas incendiadas por los insu­rrectos.

Y como si no fueran suficientes para ejercer su caridad los cinco hos­pitales Militares de La Habana, con diez mil enfermos o heridos, gestiona que el Gobierno convierta en hospital militar con dos mil enfermos, un gran edificio adjunto a la misma casa Cen­tral, donde vive y cumple sus oficios de Superiora. Aquí da curso a su ar­doroso celo todo el tiempo que le dejan libre sus múltiples ocupaciones. Abre una puerta de comunicación en­tre el hospital y su casa y reparte sus cuidados entre ambas comunidades.

Por causa de estos servicios y de sus frecuentes visitas a los otros hos­pitales de dentro y fuera de La Haba­na, sobre todo a causa de sus viajes a Santiago de Cuba y a los otros pun­tos, viajes en que se emplean cuatro o cinco días, ya por mar ya por tierra, la fama de su actividad y de su celo ha crecido de manera que hasta los pe­riódicos de la Isla y de la Península le han tributado los elogios más espon­táneos. La veneración del público es tal que de acuerdo con el Gobierno General, una comisión de personas distinguidas le entrega los objetos y dinero recogido para los pobres y para los heridos, con ocasión de las Fiestas de Navidad para que, como decía un artículo titulado el «Agui­naldo del soldado», las hermanas ha­brán de ser las que hagan a cada sol­dado el reparto equitativo. Entre los donativos les entrega también el se­ñor obispo gran cantidad de dulces y de licores. Que Dios recompense a sor Teresa de Jesús Mora y Jiménez que fue más de doce años Vicevisita­dora de La Habana y Puerto Rico, donde ha dejado un excelente recuer­do, como lo dejará entre nosotros, donde desempeña el mismo cargo desde hace seis años.

Debemos dar gracias a Dios de la clara protección que ha dispensado a las Hijas de la Caridad. Dios las ha conservado espiritual y corporalmen­te. Algunas llevan ya dos veranos tra­bajando sin descanso entre jefes, ofi­ciales y soldados, prodigando sus cui­dados a los atacados de fiebre amari­lla que hace tantas víctimas y desde hace dos meses a los de viruelas.

Antes de terminar esta narración no puedo menos de hacer mención de la digna Superiora del Hospital Mili­tar de Santiago de Cuba, sor Bernar­da Lacabe, así como de las otras su­perioras de los diferentes hospitales militares establecidos hace un año: sor Juana Goicoechea de Sancti Spi­ritus, sor Ignacia Batlles, de Reme­dios, sor Demetria Ochoa, de Cien­fuegos desde hace seis meses. Otros dos hospitales se abrieron en Regla y en Santiago de las Vegas que casi to­talmente eran sostenidos por herma­nas, quienes dejaban con gusto su oficio de maestras para convertirse en enfermeras. Félix García».

Las Hijas de la Caridad en los hospitales de Cuba. 1897

Extracto de un artículo publicado en el Diario de la Marina de La Ha­bana:

«Es necesario verlo y tocarlo para apreciar con conocimiento de causa y en toda su extensión el inapreciable servicio realizado por esos ángeles de la Caridad, en este país, en este clima, donde, en las presentes circunstan­cias, la atmósfera asfixia y emponzo­ña en esta zona tórrida, donde las emanaciones causan la muerte a nuestros jóvenes y heroicos soldados. Es de ver y admirar en particular la energía sobrehumana de la Reveren­da Visitadora sor Teresa Mora. Naci­da en feliz cuna, entre las dulces bri­sas de Andalucía, bajo el magnífico cielo de la Provincia de Málaga, es admirable el espíritu sobrenatural que da a la valiente y caritativa seño­ra fuerzas para soportar con intrepi­dez los inminentes peligros de esta guerra, cuyas consecuencias ella par­ticipa de muy cerca. Lo que descon­cierta y preocupa a los hombres fuer­tes, no es capaz de intimidar a esta re­ligiosa andaluza. Allí donde es mayor el peligro y hay más necesidad de consuelos, allí se lanza sin demora este ángel de Caridad, fija en el cielo la mirada, para consolar con el celo más delicado a los que gimen y pade­cen […].

Los insurrectos atacan diariamente a los trenes, pero ello no impide a la Visitadora General seguir su camino cuantas veces es necesario […]. En estos inmensos hospitales militares creados en plena guerra, se ven cosas, al parecer, incompatibles. El mayor orden en medio del hacinamiento de los enfermos; consuelos materiales, los más tiernos entre los dolores y ge­midos; […] la buena administración en medio de tantas entradas y salidas, de idas y venidas, de todo lo cual somos testigos diarios. En esto, sor Te­resa hace todo lo que debe y todo lo que puede y puede mucho porque sus deseos no tienen límite.

En 1898 se consumó el desastre colonial español, cuyas consecuen­cias económicas, sociales y políticas afectaron de modo notable al desa­rrollo de la Restauración.

Por consiguiente, las madres de nuestros soldados pacientes, esas ma­dres que lloran con lágrimas amargas la ausencia de los hijos en manos mercenarias, pueden dar tregua a su tristeza y hallar calmante a su cruel dolor pensando que aquí, en el país tropical, están reemplazadas, a la ca­becera de sus hijos; aquí en el país de las fiebres, hay quien vela día y no­che, junto a los enfermos; aquí en el país de las epopeyas sangrientas, hay quien se sacrifica con gusto, dispu­tando, palmo a palmo, la presa recla­mada por la muerte.

Que las madres de nuestros vetera­nos soldados, que España entera ben­diga a las heroicas Hijas de San Vi­cente de Paúl. Bendigan el nombre hermoso de sor Teresa Mora y así re­conozcan, aunque sea pobremente, los numerosos merecimientos que, así de la religión como de la Patria, han ganado estas simpáticas heroínas que ha inspirado esta carta…»

Guerra Hispano-estadounidense

El 22 de junio de 1898, 15.000 sol­dados estadounidenses arribaron al sureste de Santiago de Cuba. Derrotaron a las fuerzas terrestres españo­las en las defensas exteriores de las ciudades al tiempo que la fuerza na­val de Estados Unidos bloqueaba el puerto de Santiago de Cuba. Cuando las naves españolas trataron de atra­vesar el bloqueo, fueron perseguidas por el enemigo y se hundieron o en­callaron.

El diario escrito por una de las her­manas, sor Lucía Sosa, nos hace revi­vir la tragedia de la que los cubanos, soldados españoles y las Hijas de la Caridad fueron protagonistas, vícti­mas del ataque yanqui:

«Estamos sitiadas por mar y por tierra y se muere de hambre toda la gente. A nosotras no nos falta un poco de arroz, garbanzos y unas ca­jas de sardinas […]. Nos sentimos tan débiles que no tenemos fuerza para resistir los sustos de los bom­bardeos, que como Vd. sabe han sido nueve o diez. El día seis [junio de 18981 fue terrible. Principió a las ocho de la mañana y acabaron a las doce del día. No se podían contar los cañonazos en las primeras horas y sólo cuando estaba más calmado se vio que tiraban diez cañonazos por minuto. Por el patio y cocinas de este establecimiento pasaron tres enor­mes granadas haciendo un ruido que aterrorizaba […]. No puede Vd. figu­rarse las ganas que tengo de comer un pedacito de pan. Sólo tenemos el eucarístico y bendito sea Dios que to­davía no nos ha faltado […J.

Día 1. ° de julio. Desde esta maña­na a las siete no se oye más que el fuego nutrido de fusilería, y ahora, que son las cinco de la tarde, no cesa aún el fuego […] .

Día cinco. En los días pasados no le escribí, porque cada día han ido poniéndose las cosas de mal en peor. Ayer me encontraba como Jesús en el Huerto de los Olivos, tan triste que cogí la pluma para escribir y no sa­bía ya qué decirle, y ¿sabe Vd. por qué era mi tristeza? Porque como hoy van a bombardear la ciudad por mar y por tierra, dispusieron el Sr Arzo­bispo y el P. Martínez Antolín, que sa­liésemos de la ciudad para salvar la vida. Se habían dado de alta a todos los enfermos, pero quedaron postra­dos en la cama sin poder salir, más de ciento y el pensamiento de que deja­ríamos a esos desgraciados sin nues­tro cuidado, me hacía morir de pena. Me parecía que ya no era Hija de la Caridad. Mas nuestro Santo Padre, a quien le pedí con toda mi alma que no permitiera dejáramos abandona­dos a su porción más querida, parece que me oyó, y en la tarde, cuando es­perábamos se nos indicara el lugar a donde debíamos ir se nos presenta­ron dos de nuestros Padres a decir­nos que se había pensado que era me­jor nos quedáramos con nuestros po­bres. Cuál fue mi contento al oír esto, sólo Dios, que penetra hasta el fondo de nuestros corazones, puede saber­lo. Ayúdeme Vd. a dar gracias a nues­tro Señor.

Dentro de pocas horas principia el bombardeo y en esta casa no ha que­dado ni Capellán, ni Presidente, ni Administrador, ni Médico, ni Practi­cante, y hasta la mayor parte de los empleados se han ido, deseando sal­var sus vidas. Ahora sí que me consi­dero Hija de la Caridad de San Vi­cente. A Dios sean dadas las gracias.

Si no muriese hoy le acabaré de contar lo que ocurra en este terrible día en que no se ve por todas partes más que soldados, fusiles y todo lo que puede hacer estremecer de es­panto. Las Hermanas de la Benefi­cencia han salido fuera de la pobla­ción para salvar a las niñas. Sólo sor Justa y sor Isabel han quedado en el Hospital Militar, donde tienen tanto trabajo las pobres hermanas.

Día 6. Aún vivimos, querida sor Francisca. Parece que nuestro Señor quería probarnos. Ayer por la maña­na vino el E Martínez a celebrar para darnos la Sagrada Comunión y quitar el Santísimo Sacramento. Después de la misa nos habló sobre el acto tan agradable a Dios que ha­cíamos las Hijas de San Vicente, que­dándonos en la ciudad, expuestas a perecer todas por permanecer firmes en la misión de caridad [ . Por fin da la hora…y un silencio profundo reina en todas las partes. Da el cuar­to, da la media y, el mismo silencio. Entonces me voy a preguntar a la portería qué novedad había y me di­cen que parecía que las Naciones ex­tranjeras habían tomado parte y no había bombardeo [ J. La población entera había salido de la ciudad. Calculan unas 30.000 almas las que han salido […].

Día 7. Todavía todo está en calma

Esta tarde tuve que salir y la impresión que me hizo la vista de la ciudad, fue tristísima. No parecía sino un gran cementerio. Todas las puertas y ventanas cerradas, sin que se vea por la calle más que uno que otro militar y muchos perros muertos de hambre, que lloran a las puertas de sus amos.

Cuando regresamos a este Hospi­tal, encontramos tres hombres vesti­dos de paisanos sentados en una es­quina de la calle, los cuales al vernos se pusieron de pie, nos saludaron y nos miraban de arriba a bajo, como no creyendo lo que veían. Hasta que por fin uno de ellos me preguntó: Hermanas, ¿no tenéis miedo a estar en Cuba? Yo le contesté, Señor las Hijas de la Caridad no tienen miedo a las balas cuando están cuidando de sus enfermos. —Oh! y esta es la verdad, me contestaron, que Dios os asista hermanas.

Día 11. Ayer a las cinco empezó el fuego que duró hasta las siete […]. Hoy ha sido una especie de pobre bombardeo. Ha hecho mucho daño a la ciudad […]. Aquí en el jardín cayó un pedazo de granada, en la ropería otro, pero todavía no nos ha tocado a ninguna.

Día 12. Me siento tan triste y débil que si esto dura mucho, creo que no llegaré a ver el fin de la guerra. Hoy no ha habido fuego, han estado en parlamento. Estamos rodeadas de enemigos por todas partes […]. Di­cen que mañana reducirán a cenizas la ciudad. Es una agonía tan terrible la que vivimos, que ya no hay fuerzas para vivir, y ella nos recuerda con frecuencia la de Jesús en el Huerto de los Olivos. Además los alimentos tan escasos y caros que no se pueden comprar. No sé el tiempo que no co­memos carne, ni pan, no bebemos un poquito de caldo […].

Adiós, sor Francisca, pídale a nuestro Señor nos conceda la gracia de poder seguir cuidando a nuestros pobrecitos de Cuba».

Sor Teresa, en una de sus cartas, expresa sus profundos sentimientos de amor al pobre, en el que ve al mis­mo Jesucristo:

«Hemos tenido enfermería de tres mil enfermos, como sucedía en Regla, de donde salí un día muy conmovida del espectáculo que ofrecía ver cien­tos de enfermos tirados, con cuatro días de hospital y de no haber bebido ni agua. ¡Pobres miembros de Jesu­cristo! Me entró tal pena y sentimien­to que tuve que esconderme y hartar­me de llorar para desahogarme. Y lo que me ha pasado a mí, ha pasado a las pobres hermanas, a la vista de tan triste espectáculo […].

La superiora del Manicomio de Cuba, escribe a la Madre General:

«[…] Las tres plagas que tanto te­míamos, al fin han caído sobre noso­tras: la guerra, la peste, el hambre. Excepto tres hermanas, todas las demás han caído enfermas. Respecto a nuestros pobres enfermos ya no pueden resistir por estar mal alimentados, pues no les podemos dar sino un poco de arroz cocido con
agua […] así es que se muere una multitud considerable. No tenemos vestido con qué cubrirlos. La Visitadora nos envió algunas piezas de tela blanca y de color para vestirlos y pasar así mientras Dios quiera […]»
.

Sor Eduviges Laquidain escribe a la Visitadora el 21 de octubre de 1898:

«Cuando el hambre se comenzó a sentir en La Habana, empezamos también a pensar menos en el bom­bardeo, pues ya las conversaciones y noticias eran de distinta clase. Nues­tra puerta abundaba de pobres exte­nuados, de mujeres que casi no po­dían andar, de chicos que buscaban algo de comer No despedíamos a na­die sin dar alguna cosa, y dentro de la casa se volvieron a abrir las es­cuelas de las niñas pobres, alimen­tando a unas trescientas, que quizá no tenían otra cosa [ J. No crea Vd., mi respetable Madre, que esta mise­ria no ha sido nada más que de estos meses. Casi un año hace que para algunos establecimientos empezó el bloqueo, pues la miseria ha sido ge­neral durante el sitio, venía siendo particular pudiéndose señalar con especialidad el manicomio, que ha tenido una baja de quinientos pobres poco más o menos f.] . Todavía no se habla sino de desgracias, de enfer­medades en abundancia, en una pa­labra, de tantas calamidades que na­turalmente exclama uno: mejor es morir […]».

Por entonces, con el cambio políti­co, pocas esperanzas había, de per­manecer en las Antillas. El Padre Martínez escribe:

«Después de las capitulaciones y entrega de la plaza de Santiago de Cuba, las cosas estaban allí tan mal, que nos pareció imposible poder permanecer por entonces, en nues­tra residencia de Santiago y resolvi­mos, muy a pesar nuestro, regresar a España, acompañando y asistiendo a nuestros pobres enfermos y solda­dos repatriados.

La abnegación y sacrificio de nuestras hermanas ha sido admira­ble, en tanto grado, que algunas han sucumbido víctimas de la caridad. Aún no había levado ancla el buque y estando todavía en la bahía de Santiago, tuvimos el dolor y senti­miento de ver morir a una de las dos hermanas que en grave estado, en camilla, fueron conducidas a bordo […]. La otra murió el sexto día de navegación.

[…] La hermana superiora del Hospital Militar, que también fue embarcada en grave estado de salud, falleció apenas había llegado a La Coruña. Llevaba ya esta hermana más de treinta años de sacrificios en la Isla. En la Coruña falleció tam­bién, después de largos días de en­fermedad, otra hermana, que duran­te muchos años, había trabajado in­cansable y servido en el mismo Hos­pital de Santiago.

Dos más volaron al cielo […] a los pocos días de haber llegado a la casa Central. Son seis, mi digno pa­dre, las hermanas que hasta la fecha han fallecido, como os decía, vícti­mas de la caridad con los pobres en­fermos, mas temo no serán las últi­mas pues otras han regresado a Es­paña en un mal estado.

Además de las hermanas citadas anteriormente, solamente en Cuba, fallecieron otras doce durante aquel infausto año 1898. Seis de ellas en el Hospital Militar Alfonso XIII, donde el mayor número de soldados enfer­mos obligaba a las hermanas a un es­fuerzo sobrehumano de cuerpo y es­píritu. Otras hermanas quedaron se­pultadas en las inmensidades de los mares. Casi todas las noches, la nave detiene su marcha un momento para depositar en el blando lecho de las aguas el cadáver de algún soldado que ha fallecido en la jornada. Tam­poco allí quedan solos los hijos de España, sor María Cruz cae con ellos, como madre que acompaña a sus hi‑

jos. Ya antes, sor Josefa de la Rota y sor Francisca de Sales Montoya habí­an hallado igual descanso en los ma­res de Oriente.

En marzo de 1899, vinieron de Cuba y fueron destinadas a la comu­nidad de la cárcel de Barcelona, sor Concepción Batllés, sor Veremunda Cirauqui y sor Carmen Fruns. Sor Concepción murió en Barcelona, sor Carmen en Valdemoro.

Sor María Canals había sido una de las hermanas que sufrieron los ho­rrores del bloqueo de Santiago de Cuba. Llena de entusiasmo por la de­fensa de España le dijo al General Li­nares que estaba dispuesta a ir con los soldados a las trincheras. Murió en la Casa de Caridad.

A sor Teresa de Jesús Mora, ya en España, reconocen la gran labor reali­zada en Cuba, Puerto Rico y Sevilla.

2 Comments on “Hijas de la Caridad en Cuba (1847)”

  1. Me eduque con las Hijas de la Caridad, más, esto que he leído, me ha dejado sumamente impresionada.No conocía en que ccircunstancias habían llegado a la Isla , ni esa historia tan dolorosa, nunca nos hablaron sobre esto.
    Me eduque en el nnuevo San Francisco de Sales, cuando y a no era de huérfanos.
    En la Habana Vieja, quedó el recuerdo del Arco de Belén, que también como Sales fue el P primero
    Tengo una hermana Hija de la Caridad, es una pena que aquí no hayan podido real izar sus obras ampliamente, nuestras amadas Hijas de la Caridad.
    Felicitaciones por esa gran información

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