Fernando Portal, Paúl cien por cien

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jean Gonthier, C.M. · Traductor: Jesús Docampo, C.M.. · Año publicación original: 1976 · Fuente: Anales españoles.
Tiempo de lectura estimado:

 

“Este a quien veis delante de vosotros es un sacerdote francés humil­de hijo de San Vicente.” Así es como se presentaba el P. Fernando Por­tal el 13 de julio de 1896, en Londres, ante la asamblea compuesta, en su mayor parte, por pastores anglicanos. Poniendo delante su carnet de identidad vicenciana, ¿quería captarse el beneplácito de un auditorio quizá demasiado indispuesto por la reciente encíclica de León XIII y que sabía era sensible al renombre de un santo Vicente de Paúl? Sin duda podemos observar estas primeras palabras como algo calculadas, pero ¿no adquiría así ventaja? ¿No era una forma de profesión de fe la expresión de un profundo arraigo en el espíritu y en la obra de San Vicente?

Para sus biógrafos y para quienes le han destinado algún artículo, el parentesco del P. Portal con el fundador de la Misión era tan evidente que no juzgaban necesario insistir en ello. Es éste un rasgo esencial de la fisonomía del apóstol de la Unión de las Iglesias. Recordarle aho­ra, cuando lleva cincuenta años en el descanso eterno, no es ciertamen­te inútil, pues hay testigos de su vida —testigos superficiales del resto— que habrán pensado y pensarán que Fernando Portal no tenía lugar en la familia religiosa de San Vicente. Pero ¿era posible que la personali­dad y la luz de este sacerdote no suscitasen a su alrededor incompren­siones que rayan con la mezquindad?

Hubiese sido interesante tener testigos propios entre los paúles con­temporáneos del P. Portal, y particularmente de los que vivían entonces en el número 95, rue de Sévres; sin embargo, como principio, no queda nadie de aquella época. Los que han visto al P. Portal durante los años de su apostolado parisino no eran ya por aquel entonces más que jóve­nes: la mayor parte alumnos del Seminario San Vicente, de Gentilly. Le han visto paseando por el parque, que después de la reconstrucción de la periferia ha desaparecido. Le han visto deambulando sólo o rodea­do de algunos de sus normalianos. Pero no le han visto más que de lejos y en los últimos años de su vida terrena. A través de lo que decían los profesores paúles, los chicos sabían que el P. Portal era un gran hom­bre, un sacerdote cuyo apostolado salía de los cauces comunes y que tenía relaciones con personajes importantes. Ellos, modestos alumnos del sexto grado o del tercero, no habrían tenido nunca la audacia de abordar a tal personalidad. Su reputación y, para algunos de entre ellos, su frialdad aparente, formaba una gran barrera entre ellos y el P. Por­tal, con su gran frente de pensador y en las mayestáticas deambulacio­nes… Por tanto…, si hubiesen sabido que el P. Portal era el mismo sa­cerdote que encontraba su alegría y su descanso en medio de los niños huérfanos de Javel, a los cuales daba el catecismo con una sencillez pas­mosa…

Los paúles que en esta época hablan del P. Portal a los futuros paú­les quizá hayan insistido demasiado en el aspecto exteriormente extra­ordinario que había tomado el ministerio sacerdotal del P. Porta. ¡Oh!, ciertamente lo hacen para hacer valer, a los ojos de los jóvenes, a un hijo de Vicente, sobre todo a estos que estaban destinados a entrar en la Congregación. ¿Quién osaría refutarlos? Sin embargo, también debe­mos decirlo, en el seno de su familia espiritual la acción apostólica del P. Portal provocaba una admiración acompañada de cierto temor: su interés por la Iglesia anglicana, así como sus relaciones con personali­dades del mundo intelectual, eclesiásticos u otros, cuyas ideas teológi­cas o filosóficas se salían de la enseñanza común. Por lo demás, se ha encontrado a algún paúl que pone en duda la ortodoxia vicenciana del P. Portal.

Los archivos de la Congregación de la Misión no son, desgraciada­mente, muy ricos en lo concerniente al P. Fernando Portal, pero contie­nen suficientes documentos para que se comprenda que en algunos de sus cohermanos el P. Portal ha encontrado, si no hostilidad, sí al me­nos incomprensión. El pasaje de una carta que dirige a su Superior Ge­neral el 12 de mayo de 1912, es tristemente bastante elocuente al res­pecto:

“Desde que dejé el Seminario de San Vicente de Paúl por la intervención de S. E. el Cardenal Merry del Val, quien no ale­ga más que la tentativa de unión con Inglaterra, a la cual me había unido para salir de allí, Mons. Baudrillart me escribe que las palabras de modernismo y de modernista no habían sido pronunciadas contra mí. No había sido cuestión más que de las cosas inglesas. Esto no impide que algunos Cohermanos digan, en nuestras casas y en casa de las Hermanas, que había sido excluido por modernista, que me habían retirado por ese motivo y hasta en cierto momento dejado la Congregación. Todo esto me ha sido repetido en casa de Hermanas. Escon­dí la cabeza entre las manos y lloré.”

Si las últimas líneas de este relato denotan una buena dosis de la humildad que, juntamente con la sencillez, la mortificación, la manse­dumbre y el celo, quiso San Vicente que fuesen una de “las facultades del alma” de su Congregación, el conjunto del relato deja entrever, con el sufrimiento del autor, su unión a la familia religiosa. Sus lazos per­sonales con ella no se han relajado nunca y siempre ha dado pruebas de una auténtica obediencia hacia los Superiores impregnada de lealtad, que es uno de los aspectos de la sencillez tan requerida por el Funda­dor. Este apego, el P. Portal lo ha concretizado en el celo que ha apor­tado a los diversos ministerios de la Compañía. El 5 de octubre de 1913, después de haber predicado sus ejercicios espirituales a las Hijas de la Caridad en Auvergne, traza las siguientes líneas en la intención del M. R. P. Fiat:

“Yo quisiera también danos gracias por el retiro del Hótel­Dieu de Clermont. He estado muy contento y espero haber he­cho la obra de un hijo de San Vicente. No depende de mí el que se avance. Y no rechazo retiro ni servicio alguno. Es ver­dad que no vivo de la Compañía. Pero hago sus obras: habéis tenido a bien constatarlo, reconocerlo, el año pasado después de haber leído la nota que os envié…

El P. Portal quiere decir con ES VERDAD QUE NO VIVO DE LA COMPAÑIA, que la Congregación no contribuía a financiar las necesi­dades de su apostolado personal.

La convicción de seguir en su actividad conforme a las orientacio­nes de San Vicente, acompaña siempre al P. Portal en el curso de su apostolado ecuménico. Ya en julio de 1896, cuando por intervención ro mana debió abandonar la dirección de la Revue Anglo-Romaine, escri­bía, dirigiéndose a su Superior General:

“Estoy convencido que más tarde se apreciará con justicia lo que se hizo y que la pequeña compañía no tendrá de qué arrepentirse por lo hecho.”

Esta frase de resonancia profética parece haber encontrado la ver­dad ahora que la Congregación de la Misión sale fiadora de haber con­tado con el P. Portal entre sus miembros. En todo caso, a falta de tes­timonios entresacados por los paúles contemporáneos del apóstol de la Unión de las Iglesias, es el mismo Vicente de Paúl el que habla, y, lejos de desaprobarlo, reconoce en el P. Portal a uno de sus hijos más auténticos.

En él, el Fundador de la Misión encuentra el ser que fue él mismo: el hombre que sabe escuchar, a través de los acontecimientos, la lla­mada de Dios. Si el sacerdote de las Landas que en 1609 llegaba a Pa­rís para buscar una buena situación, “una honesta retirada”, según su propia expresión, ha llegado a ser el creador de los sacerdotes de la Misión, de las Damas y de las Hijas de la Caridad, es porque ha sabido leer en tales y cuales acontecimientos la mano de Dios.

El descubrimiento de la voluntad del Señor expresándose en las cir­cunstancias particulares, explica también la vida activa del P. Portal. Es verdad sobre todo en lo que concierne a su encuentro en Madeira con Lord Halifax, en 1889: ha apercibido la llamada a su apostolado en favor de la Unión de las Iglesias, exactamente igual que es a través del sermón que da y las confesiones que escucha, cómo San Vicente, en Folleville, se siente llamado a la vida misionera.

En el P. Portal, la vocación ecuménica se apoya lógicamente en la vocación vicenciana; pero ¿cómo le ha venido?

“Mis gustos, mi carácter, todo me lleva hacia una congrega­ción religiosa; no tengo más que un deseo: llegar a ser un buen hijo de San Vicente, un buen paúl.”

Así se expresa en una carta dirigida a sus padres y enviada al final de sus estudios en el Seminario Menor de Montpellier. Esta casa estaba dirigida por los paúles desde 1845. El contacto con los sacerdotes, jun­tamente con sus disposiciones naturales, le orientan sin complicación hacia la Congregación de la Misión. Fue recibido el 14 de agosto de 1874, el mismo día de su cumpleaños (14 agosto 1855).

Cuando franquea el umbral de la casa del número 95, rue de Sévres, Fernando Portal encuentra la casa-madre en plenos preparativos de la XXIII Asamblea General. A la vista de los diputados de todas las nociones, se hace una idea de la universalidad de la Compañía. El 8 de septiembre aplaudirá, juntamente con toda la comunidad, la elección de Eugenio Boré como Superior General, sucesor del P. Etienne. Sema­nas antes de sus primeras órdenes participa en el dolor de la Compa­ñía: el P. Boré muere el 3 de mayo de 1878. De nuevo Fernando Portal verá reunirse una Asamblea General, la XXIV, que elegirá a Antonio Fiat como sucesor de San Vicente. En esta época, la casa-madre con­taba con más de 50 sacerdotes, unos 60 hermanos, algo así como 80 estudiantes y unos 30 seminaristas.

Lo que no dice a sus padres en la carta que les dirige es que él en­traba en el Seminario de la rue de Sévres con la idea de prepararse para ir a China de misionero. Todavía anidaba este anhelo cuando el 22 de mayo de 1880 recibe la ordenación sacerdotal en la capilla que alberga el cuerpo de San Vicente de Paúl, capilla que será un día el marco de las primeras novenas de oraciones por la Unión de las Igle­sias. De este hecho último, Portal está bien lejos de intuirlo cuando el Espíritu Santo, por su sacerdocio, le incorpora tan estrechamente a la Iglesia cuya unidad llegará a ser su preocupación. Sin embargo, por su estado de salud, el Señor le hace ver de inmediato que le quiere para otro campo de acción distinto de la China. Los primeros años de su ministerio están destinados a la enseñanza en los seminarios mayo­res. Seguro de cumplir la voluntad del Señor, se aplica a este menester delicado como verdadero hijo de San Vicente. De golpe dejará su im­pronta en buen número de almas sacerdotales.

Si San Vicente ha puesto como segundo fin apostólico de su Con­gregación la formación del clero, es porque, como se lo demostraba la experiencia, los resultados de las mismas predicadas en las parroquias no podían prolongarse y profundizar sin la participación de un clero local instruido y celoso. Con el fin de aceptar mejor la pérdida de su sueño de misionero en el extranjero, recordaba a menudo esta inten­ción del Fundador. A veces releía tal o cual pasaje de las cartas o con­ferencias en las cuales San Vicente exaltaba el papel de los formadores del clero. Hay uno que se aplica perfectamente al Portal de los semina­rios de Orán (1880), de Niza (1882), de Cahors (1884), en el que San Vi­cente escribe a uno de sus sacerdotes en 1657:

“¡Oh, qué dicha servir a Nuestro Señor de instrumento para formar buenos sacerdotes, de un instrumento como vos, que les esclarece y anima al mismo tiempo! Hacéis el oficio del Es­píritu Santo en cuanto pretendéis iluminar y animar los cora­zones, o más bien es el Espíritu Santo y santificante quien lo hace por vos, pues El está residiendo y obrando por usted no sólo para haceros vivir de su vida divina, sino también para establecer su misma vida y sus operaciones en esos señores llamados al más alto servicio que hay sobre la tierra y por el cual deben ejercer las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber: la de la religión hacia su Padre y la de la Caridad hacia los hombres” (S. V. VI, 393).

Su ahínco en este trabajo de formación de futuros sacerdotes, ade­más de su utilidad intrínseca, tuvo la ventaja, para el P. Portal, de de­dicarse al estudio de la teología moral y la dogmática; esto le sirvió de excelente preparación para su vocación ecuménica. Pronto se da cuenta de que la enseñanza de la teología tenía necesidad de ser renovada en su método y apoyarse en los avances de la historia.

Aunque hayan sido breves, sus trabajos en los seminarios donde es­tuvo destinado han dejado una huella grande en los jóvenes, sobre todo después de su primer encuentro con lord Halifax. Dos nombres, de en­tre muchos, pueden ilustrar esta afirmación. El primero, Albert Gra­tieux, quien teniendo que vivir en París con él, lo tuvo de profesor de dogma en Chálons-sur-Marne, y quien ha evocado este año, único en el sentido del término, lo que el P. Portal deja en el seminario de esta ciudad.

El otro es Jean Calvet. Al franquear la puerta del seminario mayor de Cahors en 1893, comenzará a penetrarse de una atmósfera vicencia­na que en gran parte bañará toda su existencia.

“Tengo un culto muy vivo, de espíritu e instinto, por San Vicente y un afecto muy grande por sus hijos. De todos los religiosos que he conocido, veo que éstos han sido fieles a sus orígenes. Han guardado la sencillez, la humildad, el abandono en manos de la Providencia, el buen sentido que su Fundador les recomendó. Creo que desconfían un poco de la ciencia, la suponen contraria a la acción o, a lo sumo, de ser inútil para la acción. Están al cuidado de otros y en los seminarios se preocupan de formar sacerdotes. En este campo modesto y sa­grado, son incomparables”.

Lo escribirá en sus Mémoires cuando comience su redacción el 25 de ju­nio de 1940. Este culto a San Vicente, Mons. Calvet, al adquirir las pri­meras gracias en el seminario de Cahors, lo heredará de una antigua tradición vicenciana: de 163, cuando Alano de Solminihac había obte­nido de San Vicente paúles para la predicación de las misiones de su diócesis y para instruir a sus clérigos. Después viene la interrupción de la Revolución; los paúles vuelven en 1822 al seminario de Cahors. En el año en el cual entra Mons. Calvet, el equipo de directores estaba compuesto por el P. Portal y tres sacerdotes más de la Congregación de la Misión dirigidos por el P. Pedro Meout, quien después de haber regido el establecimiento cadurciano durante muchos años, será nom­brado Visitador de la Provincia de Lyon en 1901, y de 1908 a 1914, Asis­tente General de la Congregación.

Si creemos a Carlos de Foucauld, la comunidad de paúles de Cahors, en la época del P. Portal y de Jean Calvet, gozaba de una excelente repu­tación. En una carta que, desde la Trapa de Notre-Dame du Sacré-Coeur, dirige, el 20 de enero de 1894, a un médico deseoso de profundizar en su vida cristiana, el futuro ermitaño de Tamanrasset escribía:

“Estoy informado de las fuentes de Cahors…; tenéis en vuestra puerta un tesoro: el seminario mayor está confiado a los Paúles; los Paúles son una Congregación admirable: los hijos de San Vicente Paúl hayan la ciencia en la caridad y en el celo… Id a ver al superior del seminario mayor, rogadle que os deje conocer a sus Padres solamente una vez, ya que, pues­tos en contacto con ellos, podréis vosotros elegir, de entre ellos, a un director; él estará ansioso de prestaros ese servicio y de prestárselo a Dios…”.

El P. Portal fue el hombre que hizo encaminar a Jean Calvet hacia el conocimiento de San Vicente hasta pensar en hacer de este tema mo­tivo de su tesis de doctorado en Letras. Es interesante y sabroso aún leer cómo, en sus Mémoires, Mons. Calvet evoca, cincuenta años des­pués, a su profesor de Cahors:

“Espíritu fácil y superficial, él (el P. Portal) no tenía pro­fundizado nada ni sabía enseñar con método; pero tenía las ventanas abiertas hacia un horizonte vasto y un sentido agudo de la postura humana de los problemas”.

Jean Calvet trae otro recuerdo que deja entrever cuánto bien hizo a los seminaristas el espíritu ecuménico del P. Portal:

“Para charlar con el P. Portal y ver de cerca la vida de un seminario francés, lord Halifax pasará ocho días en el semi­nario mayor de Cahors. Nuestra estupefacción era grande al ver al noble herético sentado en el comedor, a la derecha de nuestro rígido superior o de rodillas en la capilla rezando con el fervor de un seminarista. ¡Cuantas discusiones, en recreo, sobre la buena fe de los herejes y cismáticos, han nacido de este espectáculo! Resultaba un esparcimiento para el espíri­tu”.

En 1899, el seminario de los carmelitas, por no tener sitio suficien­te para albergar a los jóvenes sacerdotes que habían venido a continuar los cursos del Instituto Católico, acude a la Congregación de la Mi­sión. Ella pone a disposición de las autoridades eclesiásticas el local situado en el número 88 de la Rue du Cherche-Midi y… al P. Portal. Para él, en el seminario universitario dedicado a San Vicente de Paúl, la cosa estaba clara: asegurar a los sacerdotes-estudiantes no sólo un albergue conveniente, sino, además, una vida espiritual que corría pe­ligro, por la dedicación de los sacerdotes a los estudios, de ser perju­dicial para ellos. Durante casi diez años, el P. Portal se dedica a este ministerio con el clero con todo su corazón vicenciano y todo su amor a la Iglesia. Practica lo que hizo San Vicente con sus famosas “confe­rencias de los martes”.

Al profundizar las ciencias eclesiásticas durante sus años de ense­ñanza en los seminarios mayores, el P. Portal había intensificado su acercamiento a San Vicente. Cada vez más le atraía en él el sacerdote que, por las actividades tan numerosas y diversas, había trabajado tan­to en la reforma de la Iglesia en Francia en el siglo XVII, y le contem­plaba bajo este ángulo con tanta más atención cuanto que sentía más la vocación vicenciana y su puesta al progreso de la Iglesia.

En una carta que escribe, en 1908, desde Limay (Seine-et-Oise), don­de descansa después de que sus adversarios lograran echarle de la di­rección del número 88 de la Rue du Cherche-Midi, el P. Portal decía a uno de sus cohermanos, el P. Méout, su antiguo superior de Cahors:

“Estoy muy tranquilo aquí. Voy a escribir a nuestro traba­jo sobre las ordenaciones inglesas, pero no para imprimirlas, puesto que seguramente y al mismo tiempo escribiré un estu­dio sobre San Vicente de Paúl y la Iglesia en el cual desarro­llaré algunas ideas que me corren por la cabeza desde hace tiempo”.

La Iglesia, la Iglesia de Jesucristo, fue el gran amor del P. Portal: su desvelo al servicio de la Unión de las Iglesias ha sido la expresión concreta, y los duros sufrimientos de los que este apostolado fue en el origen han conferido a su culto por el Cuerpo Místico de Cristo un carácter más emotivo, como lo explica su eficacia a pesar de los fra­casos aparentes. Otras voces más autorizadas le aclamarán en este cin­cuentenario. Lo que aquí queremos hacer resaltar es su espíritu vicen­ciano, con el que prosigue su obra para la Unión de las Iglesias.

Sabiendo perfectamente que la unificación de todas las Iglesias cris­tianas es un trabajo largo y costoso. El P. Portal estaba convencido de que la primera etapa de la marcha hacia la unidad es la aproximación de los espíritus y de los corazones. También en este plan es el digno hijo de San Vicente: ¿No ha seguido plenamente las directrices que Vicente da a sus primeros misioneros? Entre otros textos, el Fundador de los paúles escribía el 1 de mayo de 1635:

“No desafíe bajo ningún concepto a los ministros para dis­cutir. No digan nada de que no saben fundamentar algún pa­saje de sus artículos de fe en la sagrada escritura si no es muy raramente y con espíritu de humildad y compasión; de lo con­trario, Dios no bendecirá nuestro trabajo. Se olvidarán estas pobres gentes de nosotros. Juzgarán que lo hicimos por vani­dad y no nos creerán más. No se cree en un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo estimamos como bueno. El dia­blo es muy sabio, sin embargo no creemos nada de lo que él dice porque no le amamos. Es necesario que Nuestro Señor haya provisto de su amor a los que quiere hacer creer en El. Hagamos lo que queramos, nunca se nos creerá si no damos a entender nuestro amor y compasión a los que queremos que crean en nosotros” (S. V., I, 295-296).

El P. Portal, que ha realizado el ideal trazado por San Vicente, no busca las conversiones particulares; se sabe que le gusta la reunión en cuerpo de la Iglesia Anglicana a la Iglesia Romana. Hubo una circuns­tancia en la que debió ocuparse de una anglicana deseosa de pasar al catolicismo. Una carta del 19 de noviembre de 1895 dirigida al P. Fiat, pone a la vista este recuerdo:

“Una señorita anglicana de unos cuarenta y cinco años ha­bía venido a París para convertirse. Había intercambiado cartas con ella como continuación de mi trabajo sobre las Ordenacio­nes Anglicanas, y desde que ella ha venido aquí se dirige con­migo… La persona de la que se trata es una persona madura, muy instruida religiosamente. Es hija de un sacerdote angli­cano que es muy conocido por sus controversias sobre el bau­tismo con un ministro protestante. El padre y la madre han muerto, dejando a sus hijos en una situación de independen­cia y seguridad.”

Se adivina lo grato que tuvo que ser al corazón del P. Portal el ser instrumento último de esta conversión. Sin embargo, por delicadeza ha­cia la Iglesia anglicana, dirige esta llamada a uno de sus cohermanos:

“Después de una o dos conversaciones, rogué a esta perso­na que se dirigiera con otro sacerdote, y le indiqué al P. Allou (Asistente General por aquel entonces). Lo he hecho para no verme comprometido cara a los anglicanos, que ven con muy malos ojos las conversiones individuales.”

Esto no impide que sea el P. Portal quien dé los pasos necesarios:

“Esta persona está presta, ahora, a abjurar. En el arzobis­pado adonde fui estos días últimos por ruego del P. Allou, se nos dieron los poderes pedidos bien para recibir nosotros mis­mos, el P. Allou o yo, bien para indicar a otro sacerdote que reciba esta abjuración.”

Y el P. Portal, siempre deferente hacia el Superior General, añade:

“Me gustaría, Padre, que esta abjuración se hiciese en la capilla de la Medalla Milagrosa. No sé si será posible. Si lo fuese, os rogaría que usted mismo recibiera esta abjuración, que será uno de los primeros frutos de nuestra obra.”

El P. Portal veía en el Superior General al sucesor de San Vicente, del que se sentía aprobado. El apóstol de la unión, ¿no habría leído y releído lo que San Vicente escribía el 15 de septiembre de 1628?:

“Quiso Dios servirse de este miserable (es así como se de­signa Vicente) para la conversión de tres personas desde que yo he partido (el santo se encontraba entonces en Beauvais); sin embargo es necesaria la mansedumbre, la humildad y la pa­ciencia al tratar con estas pobres gentes desviadas (los here­jes)… Os quiero decir esto para confusión mía, a fin de que la Compañía vea que, si ha querido Dios servirse del más ig­norante, y miserable de la misma, se servirá más eficazmente de cada uno de la dicha Compañía” (S. V., I, 66).

Hay otro campo en el cual el P. Portal se ha mostrado como un au­téntico hijo de San Vicente de Paúl: el concerniente a la armoniosa sín­tesis del apostolado entre los pobres y los ricos. La imagen de Vicente sobre todas las miserias corporales y espirituales de su época puede pen­sarse que es superficial, sin embargo no es cierto si se la examina bajo la perspectiva de cómo San Vicente unió a la élite social de su tiempo al servicio de los más necesitados. De igual forma sería mutilar la fi­sonomía del P. Portal moviéndolo más que como apóstol intelectual del ecumenismo. Porque es la Iglesia a la que ama en su totalidad, en cada una de las categorías que la constituyen. El P. Portal será a la vez ad­ministrador del mísero barrio de Javel y administrador de los Norma­lianos; el superior de un seminario universitario y el fundador de las Damas de la Unión; el sacerdote que catequiza a las niñas pobres y el que, en su casa de la rue de Grenelle, toma contacto con toda una élite intelectual. Esto dejará una profunda huella en Jacques Chevalier, en Maurice Legendre, en Robert Garric, por no citar más que algunos se­glares, o el abad Gaudefroy, eminente mineralogista, que un día llegará a ser el decano del Instituto Católico de París, o Eugne Tisserant, futuro cardenal, o en lo que va de Jean Guitton, el académico, a Marcel Legaut, el pastor-filósofo, a quien hacia 1904 decía el P. Portal: “For­mad un grupo. Reuníos. Leed el Evangelio”.

Abundan testimonios de la influencia que, discreta pero profunda­mente, ejercía el P. Portal en el ambiente universitario o similares. Los hay, entre esos testimonios, antiguos y muy recientes; entre estos últi­mos, ¿cómo no citar lo que decía Roussin en la Academia Francesa el 2 de mayo de 1974, al hablar de Pierre-Henri Simon?:

“Al comienzo de su carrera (de P. H. Simon), al salir de la escuela Normal, no dio el paso de estudiante a profesor sin una seria revisión de los valores y sin hacer estallar las miras estrechas de su educación familiar y provincial. Todo por el encuentro con un asombroso paúl: el P. Portal.

Desde 1890, éste había militado en favor de la Reunión de las Iglesias y del ecumenismo, del que Juan XXIII ‘hace, se­senta años más tarde, la gloria de su pontificado. Es decir, que el .P Portal se adelantó extrañamente a su época, y su joven discípulo se abre a un aspecto para él insospechado hasta en­tonces de la cristiandad y del catolicismo. Gracias a este hom­bre eminente —la figura más bella que dice Simon haber co­nocido en lo que se refiere al sacerdote— evitará, sin duda, la grave crisis que puede atravesar un alma “cuando del acto de fe de una infancia afectivamente católica se cambia bruscamen­te a las ideas y problemas de una larga cultura profana”. En otro aspecto, el estudiante se apasionó ciegamente por los mo­vimientos de juventud nacionalista, pero al pertenecer al mis­mo tiempo a los equipos sociales de Robert Garric, se le ofre­ce un contacto instructivo con la realidad de la condición obre­ra. Su admiración por la justicia social encuentra un buen te­rreno, pero lo que comienza a probar no coincide casi en nada con los objetivos de las formaciones de derecha a los que ha­bía comenzado a unirse. Rompe pronto con ellas.

Cuando Roma condena la Ación Frances fue el momento para denunciar la secular alianza de la Iglesia con los poderes conservadores”.

Esto era el eco de lo que P. H. Simon escribía en 1965 en su libro titulado Ce que je crois:

“En la modificación de las formas, mi fe permanecerá. En “khágne”, más aún en la escuela, encontraré el espíritu “tala”, es decir, por la relación tenida con aquel a quien había cono­cido hasta entonces, un catolicismo mucho más fuerte porque se esclarecía con una cultura mayor y porque se iba afirman­do en un ambiente hostil, laico, agnóstico o ateo; me llevaba a huir de los moldes hechos del conformismo intelectual y so­cial para hacerse más auténtico. Voy a más, paso de Barres a Péguy, de Chateaubriand a Pascal, y esto es sin duda un avan­ce. Lo más importante fue mi encuentro con el P. Portal. El piadoso y sabio paúl que discretamente animaba al grupo “tala” sin querer jamás llevar el título de responsable, deja en mi re­cuerdo la más bella figura de cristiano y sacerdote que yo he conocido; lo que la encantadora erudición de Henri Bremond sacaba a la luz en esos años bajo el nombre de humanismo devoto, una mezcla de equilibrio y política, de ciencia y piedad, de razón y fe, todo unido por una virtud al mismo tiempo so­brenatural y mundana, la caridad que se hacía tangible; la he reconocido en este religioso que llevaba a su perfección la es­piritualidad católica francesa sin las florituras italianas ni los idealismos españoles, y que se hubiese encontrado a gusto en­tre Francisco de Sales y Berulle. Habiendo dado esperanzas, en los años 90, con lord Halifax, a las primeras tentativas para la reunión de las Iglesias, y habiendo sido cortado duramente por Roma, ha sabido, con su sentido agudo de la dialéctica de la Iglesia romana, someterse y escuchar sin sacrificar ni la obe­diencia ni la esperanza. Constataba, ayudaba, nos invitaba a ayudarle en el lento camino de un ideal ecuménico que hoy apa­rece en todo su vigor. Así, en un tranquilo apartamento de la rue de Grenelle, por el diálogo con un viejo paúl y algunas do­cenas de jóvenes intelectuales ferozmente críticos e individua­listas, y sin embargo aceptan pensar conjuntamente en una cau­sa más importante que sus mismas personas, germina una se­milla y se enraíza en unos y otros; es por estos movimientos secretos y silenciosos cómo se preparan los actos del espíritu. Yo no tardaré en persuadirme de que serán un eje de mi pen­sar: el título más seguro y la prueba más sólida de la verdad de un sistema están en la calidad de las almas que él anima.”

¿Se podría dar una silueta del P. Portal mejor que ésta y, al mismo tiempo, resumir su acción con los jóvenes que recibe en su piso?

La actividad duradera ejercida por este apóstol en la inteligencia de su tiempo es perfectamente comparable a la de Vicente de Paúl sobre la élite francesa del siglo XVII. Y si estudiamos esta comparación bajo todos sus aspectos, veremos con admiración que el P. Portal ha imita­do a San Vicente hasta en su servicio por la paz. Recuerden que para llegar a la unidad civil e interior de Francia, el santo no teme dirigirse al Cardenal Mazarino.

En el otoño de 1917, el P. Portal ve volver a su amigo y discípulo Albert Gratieux de Rusia, donde meses antes había sido designado por el servicio de Asuntos Exteriores para llevar a cabo la propaganda fran­cesa en el imperio del Zar. Después de haber escuchado a Albert Gra­tieux las impresiones sobre Rusia, el P. Portal se convencía cada vez más que Francia podía ayudar a este inmenso país a no caer en el caos adon­de parecía iba a precipitarse por las agitaciones continuas; aconseja a Gratieux que vaya a visitar a Albert Thomas.

El abad Gratieux hace esa visita, y Albert Thomas le sugiere empu­jar al P. Portal a entrevistarse con Clemenceau. Se hizo. El “Tigre” le dispensará una grata acogida al P. Portal, y éste recomienda encareci­damente al ministro a Gratieux y otro responsable, el abad Quenet. Días después, Clemenceau llama al primero de los dos sacerdotes, y al co­mienzo de marzo de 1918 el ministro hace llamar de nuevo al. P. Portal y a los dos responsables. La entrevista, que tuvo lugar en presencia de otros dos ministros, no fue larga: en pocos minutos, Clemenceau pone en marcha una “misión” destinada a Siberia. El Sr. Lutaud, goberna­dor de Argel, sería el jefe y estaría asistido por los abades Gratieux y Quenet. Pero, ¡ay!, el estallido del frente ruso parará la “misión”.

Esta circunstancia no impide ver que el P. Portal había tenido una iniciativa audaz, mostrando una vez más la agudeza de su vista sobre los acontecimientos y la influencia que, sin pomposidad, ejerce en los más diversos ambientes. Aún más, lo ocurrido no apartaba de su espí­ritu su gran idea de la Unión. A la Iglesia rusa, por la que se interesaba desde hacía tiempo bien sea personalmente o bien por uno u otro de sus discípulos, pensaba darle un signo de fraternal simpatía: y una mi­sión francesa, creía, habría podido hacer mucho por la paz mundial y por el restablecimiento de lazos cordiales entre la Iglesia rusa y las otras Iglesias. En el primer viaje que realizó el abad Gratieux al impe­rio del Zar, el P. Portal le había dado una vida de San Vicente Paúl a fin de hacer conocer a la Iglesia y pueblo ruso el papel jugado por el santo en la reforma católica francesa del siglo XVII.

A los espíritus elevados, ricos en inteligencia, que a él acudían, el apóstol de la Unión de las Iglesias se esforzaba en ponerlos al servicio de la Verdad para caminar hacia la unidad de espíritu necesaria para la unificación del Cuerpo Místico de Cristo: poner la verdad al servi­cio de la caridad. A la par, a los pobres, a quienes prodigaba su celo, el P. Portal quería dar la prueba de este amor de Dios del que debe ser portadora la Iglesia.

¿Podemos preguntarnos cuál de estos ministerios prefería el P. Por­tal? Claro que sí, y él mismo responderá a la pregunta, como lo pode­mos leer en una carta, ya citada, que escribe desde Limay:

“No pienso casi en más que en el 88 (de la calle du Cherche­Midi). Pienso más y con más pena en ciertas reuniones y en ciertas obras que componían verdaderamente mi vida. Me pregunto si no debo renunciar definitivamente a todo esto de La Revue des Eglises, a la orientación de jóvenes en la forma que habíamos adoptado, a los trabajos que se hacen en mi alrede­dor y con bastante frecuencia por iniciativa mía. No quisiera renunciar por el solo temor a los contratiempos que podrían originarse por mi culpa, pero por otra parte no quisiera que se hiciese imposible mi acción en la obra que hoy me parece más urgente. Hablo de Javel.

¿No vemos a través de estas líneas su corazón enteramente vicencia­no? La “obra de Javel” había comenzado por una llamada de la Provi­dencia, que el 19 de abril de 1907 se había manifestado al P. Portal —como se le había presentado a San Vicente en Chátillon-les-Dombes en 1617 como signo de Dios que iba a dar lugar a las Damas y después a las Hijas de la Caridad—. A las mujeres que agrupa al comienzo en Javel, antes de instalarlas en la calle de Lourmel, el P. Portal les infun­dirá el espíritu de Vicente de Paúl, y hace de ellas obreras activas al servicio de la caridad y almas de oración al servicio de la Unión de las Iglesias.

Tres días antes de su muerte, encontrará fuerzas todavía para ir a visitar su dispensario de Arcueil. Y asistido por tres de ellas es como, en la querida casa de la calle de Lourmel, franquea el umbral de la eter­nidad.

Al día siguiente de su muerte, en un artículo dedicado al P. Portal, Jean Calvet resumía así el espíritu de San Vicente de Paúl:

“Tan alejado de la presunción que “se adelanta a la Provi­dencia” como del desánimo que duda de Dios, el espíritu vicen­ciano consiste en mantenerse en su puesto tranquilo, alerta, con el alma abierta, presto a todo, y cuando se manifieste uno de los signos de Dios que los vulgares llaman ocasiones, se obe­dece y se pone manos a la obra “buenamente, activa y sencilla­mente”, como si no hubiese otra cosa que hacer sobre la tierra y prestos, si fuese preciso, a dejarlo y a volver a tomarlo en el descanso que aguarda”.

Aplicando esta descripción a Fernando Portal —que le había inicia­do en el estudio de San Vicente de Paúl—, Jean Calvet rinde el más bello homenaje a este paúl, del que decía:

“Se hablará poco de él aunque fue conocido en todo París entre los que trabajan y entre los que piensan. Vivía humilde­mente en su retiro. Sentía horror por las notas, hasta tal extremo que le repugnaba ver su nombre impreso en los pape­les públicos. Su gozo era pasar por el escenario de los hom­bres que había formado o animado y permanecer en el último puesto… Pero si él parecía poca cosa, su importancia era gran­de. Ha jugado un papel importante en nuestra vida religiosa del primer cuarto de siglo y ha sido el motor secreto de mu­chas actividades que han aparecido con brillantez. Los méto­dos vicencianos, que renovaron la Francia del siglo XVII, con­servan toda su eficacia en estos tiempos modernos: acomodar­se a la Providencia, nunca adelantarse a ella, comprender su tiempo, adaptarse a sus necesidades, no rechazar sus insinua­ciones, no olvidarse del tiempo, amarlo tal como es para con­quistarlo enteramente y conquistarlo sin pretensiones.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *