Federico Ozanam según su correspondencia (05)

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Pativilca · Año publicación original: 1957.
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Capítulo V: La Conferencia de Caridad

…y un día el recuerdo de esto será grato.
Virgilio (Eneida. Lib. 1, 207)

Socorrer al pobre y practicar la caridad, fue costumbre secular en el hogar donde nació y creció M. Bailly. El culto de San Vicente de Paúl constituía la más preciada tradición de esa piadosa familia. Su padre había muerto en Artois, cerca de Bethume, rodeado de los manuscritos del Santo, manuscritos guardados desde entonces con reverencia por todos los suyos. En aquel hogar se pronunciaba con respetuoso amor el nombre de aquél a quien al padre y la madre llamaron el santo de la familia. Uno le los hermanos de M. Bailly, el Padre Bailly, entró en la Congregación de la Misión. Y ya hemos visto al mismo Bailly, lleno de espíritu del gran apóstol, dispuesto a trabajar en medio del mundo por la causa de Jesucristo y de la Iglesia. Ya lo hemos visto esforzándose en reunir a la juventud de París en la sociedad «des Bonnes Etudes». Lo hemos visto no negándose a ningún sacrificio con tal de lograr esa obra más que pedagógica, salvadora.

1.— M. Bailly, presidente

Con los brazos abiertos y con la sonrisa de un padre, recibió M. Bailly la comunicación de Ozanam y de sus amigos. No sólo aprobó el proyecto de nuestros jóvenes de visitar a los pobres en su domicilio, sino que juzgó que semejantes visitas, practicadas con prudente discreción, podrían ejercer una muy saludable influencia más aún en los visitantes que en los visitados.

2.— Los fundadores

Cuenta ya la Sociedad con cuatro miembros. Ozanam designó dos más, pertenecientes a la Conferencia de Historia: Félix Clave y Julio Devaux, estudiante éste último de Medicina, y el primero, hijo de un sansimoniano convertido. Aceptaron ambos, entusiasmados. Luego convinieron en que el número se elevase hasta ocho… Eran todos escogidos entre la élite de la élite. Ocho estudiantes, de los cuales el único que pasaba de los veinte años era Lamache. He aquí sus nombres: Federico Ozanam, Auguste Le Taillandier, Paul Lamache, Félix Clave, Frangois Lallier, Jules Devaux. Como presidente, M. Bailly. Hubo otro socio más, cuyo nombre no ha sido posible encontrar.

¡Ocho miembros! Si consideramos el número, diremos que son pocos. Fijémonos en la voluntad encerrada en esos pechos varoniles y tendremos que reconocer que son legión.

Tenemos también que reconocer que entre ellos hubo uno que valía mucho. Uno que se destacó siempre y en todas partes por su talento, por la fuerza de su acción y también por el rango que ocupó pocos años más tarde entre los intelectuales. Tenemos que reconocer al mismo tiempo que en lo que más aventajó siempre a todos fue en su gran humildad.

3.— Primera reunión oficial de la Conferencia de Caridad

La primera reunión oficial de la Conferencia de Caridad tuvo lugar en mayo de 1833, a las ocho de la noche, fecha ésta reconocida como la de la fundación de la Obra. Tuvo lugar esta reunión, lo mismo que las siguientes, en la casa de M. Bailly, situada en la calle de Petit Bourbon Saint Sulpice, núm. 18. Al tomar posesión de su cargo, el venerable presidente dirigió a los socios estas palabras: «Si deseáis realmente ser útiles a los pobres, haced que vuestra caridad no sea tanto una obra de beneficencia como una obra de moralización y de cristianización, santificándoos vosotros mismos por la consideración de Jesucristo sufriendo en la persona del pobre.» Y al servicio de esta persona divina consagraron su Obra.

4.— Condiciones exigidas a los miembros

Ardían aquellos corazones en la más ferviente generosidad y el más genuino desinterés. El reglamento de la ex-sociedad «des Bonnes Etudes» hacía contraer a sus miembros el compromiso de ayudarse mutuamente para hacer carrera en el mundo. La joven Conferencia de Caridad estipuló, por el contrario, que ningún miembro podría servir a la Sociedad llevado por un interés de medro particular. El olvido total de sí mismo debía corresponder a una entrega de sí mismo, igualmente total. Cualidades esencialmente requeridas para desarrollar el plan que esta juventud se trazaba.

Durante los primeros tiempos, contó tan sólo la Sociedad con los recursos que le proporcionaba la colecta que se hacía en cada reunión. Un día tuvieron los socios la grata sorpresa de encontrar en su bolsa algunos escudos inesperados. Esto se lo debieron a M. Bailly, quien había encontrado esa manera delicada de remunerar a algunos de ellos por la colaboración gratuita que prestaban ‘a su periódico «La Tribuna Católica». Lograban así nuestros campeones dar de comer al pobre con el fruto de su trabajo.

5.— De cómo se practicaban las reuniones

Cada reunión debía comenzar por la oración. Se rogaba, ante todo, por los pobres. En seguida, por los bienhechores. Después, por los socios. Unos y otros, colocados bajo la protección de San Vicente de Paul. El nombre de este Santo, aun antes que la Sociedad lo hubiera hecho suyo, fue siempre invocado en las reuniones.

6.— Primeros pasos de la Obra

Hay que tener también en cuenta que la Conferencia pudo ponerse en contacto con los desgraciados, valiéndose de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. El tesorero de la Conferencia, Jules Devaux, había sido diputado de la calle l’Epée des Rois, donde se encontraba la Hermana Rosalía, tan popular en el Distrito XII y cuya inagotable caridad la había hecho célebre en todo París. Feliz se sintió esta hija de San Vicente de Paúl al asociar a su ministerio a aquellos jóvenes, llenos de buena voluntad, que venían a consultarle. Recibió a Devaux con maternal bondad. Alentó a los jóvenes apóstoles en sus obras, les dio útiles consejos e indicándoles varias familias necesitadas, les cedió algunos bonos de pan y carne, ya que la Conferencia, todavía novicia, no había emitido los suyos.

7-8.— Distribución de los pobres entre todos los socios. Los pobres de Ozanam

Cada socio tuvo su familia a quien socorrer. La que tocó en suerte a Ozanam tenía la particularidad de estar sumergida en una miseria moral que superaba aún a la otra miseria. Estaba compuesta la familia por una madre que se agotaba trabajando para sostener sus cinco hijos, y por un marido borracho que le quitaba todo lo que la infeliz ganaba, para convertirlo en aguardiente que apaciguase su sed. «Cuando llega de la cantina, decía la infeliz mujer, nos pela a todos», y agregaba luego concienzudamente: «Es verdad que no lo hace todos los días.»

Esa desventurada había llegado al paroxismo del dolor y la desesperación, cuando la descubrió Ozanam. No pasó mucho tiempo sin que éste se diera cuenta de que ese matrimonio no había sido nunca un matrimonio, y de que la mujer estaba en libertad de sacudir ese yugo tan innoble como odioso. Esta no lo podía creer. «Sería demasiado hermoso», decía la infeliz. Ozanam lo hizo declarar judicialmente. Libertó a la mujer y, por medio de una colecta, le facilitó los medios para regresar a su Bretaña, en compañía de sus dos hijos más pequeños, ya que para los otros tres se consiguió trabajo en los talleres de M. Bailly. Se cumplía de esa manera a perfección la doble asistencia moral y material, recomendada por su presidente. En ese primer ejemplo, queda ya vislumbrada la obra futura de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

9.— De por qué se llamó la Obra Conferencia de caridad

Con ardor trabajaban nuestros jóvenes estudiantes, deseosos de ser los obreros del bien y nada más. No sospecharon nunca, ni siquiera el mismo Ozanam, las proporciones que con el tiempo llegaría a tener «la Conferencia de Caridad», como insistían ellos en llamar a su pequeña Obra, negándose a denominarla con los nombres de Congregación o de Asociación o de Cofradía, porque todas esas palabras, en esa época, tenían un sentido político.

Nuestros jóvenes se dirigían con interés al indigente, oían sus quejas y depositaban en sus manos los bonos de pan, de carne o de carbón. Pero muchos de estos pobres, a pesar de lo abrumadora y cruel de su dolencia, no conocían aún la inmensidad de su miseria. No sabían que les faltaba Dios. Sabiendo el vacío que existía en sus despensas, ignoraban el que tenían en su alma. Entonces, los jóvenes visitadores dejaban brotar de sus labios aquellas palabras del Evangelio: «Si supieras lo que es el don de Dios», y hablando con todo el fuego de su corazón, dejaban, al retirarse, algunos efluvios impalpables de la gracia.

10-11.— Exclusivismo de los socios. Ozanam reacciona

Como ya hemos dicho, no tenían los socios de la Conferencia de Caridad la menor sospecha del desarrollo que habría de tener la Obra y, por eso, habían resuelto conservar cerrada la puerta de ese cenáculo a toda nueva admisión. Y cerrada la encontró por un tiempo el joven Gustavo de La Nou, poeta con mucho futuro, de quien debía decir más tarde Ozanam que era una de esas almas escogidas a quien Dios concede alas. Gustavo de La Nou fue presentado y apoyado por Lallier, pero los demás, temiendo ver alterado el carácter de intimidad y sencillez de sus reuniones fraternales, se manifestaron reacios a admitirlo. El primero en reaccionar fue Ozanam. Y Ozanam reaccionó con decisión no sólo a favor de esta candidatura, sino también, en general, por el principio de expansión de la Obra, que habría de admitir en su seno a todos los socios que quisiera Dios enviarle.

Así que la puerta abierta para La Nou, no se volvió a cerrar. A fines de 1833, contaba ya la Sociedad con veinticinco miembros. Ozanam presentó a su primo Pessoneaux y a su coterráneo Chaurand. Pero de todos esos nuevos reclutas el más importante fue León Le Prevost, el futuro fundador de los Hermanos de San Vicente de Paúl. Era el único de ellos que ya había dejado los estudios. Era un hombre como de unos cuarenta años. Era un letrado que había vivido encerrado en el cenáculo romántico. Un día, en una conversación con M. Bailly, descubrió la existencia de esa Conferencia de jóvenes. Su corazón, lleno de entusiasmo, dejó escapar un grito de esperanza, que venía a ser como un presagio de la importancia que llegaría a tener, con el tiempo, la Obra de San Vicente de Paúl. Dice así a su amigo Víctor Pavie, en carta del 20 de agosto de 1833: «Palpita aquí, en estos momentos, un gran movimiento de caridad y de fe, movimiento que, oculto por el velo de la humildad, vive su acción eficaz sin que el mundo indiferente sospeche su existencia. Pero, o yo estoy equivocado o de esas nuevas catacumbas surgirá una luz nueva y radiante, con cuyo resplandor se iluminará el Universo.» Estaba en los designios del Señor que ese mismo Le Prevost fuese, con el tiempo, uno de los injertos más fructuosos de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

12.— Opinión de Sainte-Beuve sobre la Obra

¿Será cierto que ese mundo indiferente, como lo llamaba Le Prevost, permanezca verdaderamente indiferente, sin reparar en el movimiento católico que inflamaba por lo menos a aquéllos a quienes arrastraba?… Si queremos ser justos, tendremos que convenir en que la acción de caridad llevada a cabo por Ozanam había herido la mentalidad y modificado la fisonomía del viejo barrio latino. Y esto, en muy poco tiempo. Tenemos un testimonio en una persona que no da lugar a dudas: Sainte-Beuve. Después de haber dado su adiós al racionalismo y de haberse separado del sansimonismo, el Sainte-Beuve de 1833 a 1834, sintió ardientes simpatías, ciertamente más literarias que morales, por la religión católica. Publicó en esos días dos artículos notables en los que dio testimonio entusiasmado del renacimiento religioso de la época, lo que llevó a algunos exaltados hasta a concederle al mismo Sainte-Beuve la paternidad de ese renacimiento.

Veamos con qué ardor se expresa el célebre crítico: «Es verdaderamente un espectáculo memorable el contemplar, en medio de tan descarado escepticismo y tan profundos errores, esa falange escogida de espíritus vírgenes y virtuosos, que no disminuye, sino que, por el contrario, se multiplica, conservando en toda su pureza el tesoro de la moralidad. Plena seguridad tenemos de que, sean cuales fuesen las normas bajo las cuales deba reconstruirse un día, como firmemente lo esperamos, el espíritu religioso y cristiano en la sociedad, parte principal del mérito de esa reconstrucción será debido a esa vanguardia de jóvenes corazones, pletóricos de fe y ocultos por su modestia, que trabajan sin cesar en medio de nosotros.» Así señala Sainte-Beuve, sin nombrar a nadie, la huella profunda que había sabido imprimir Ozanam en aquella juventud de su época, dándose él mismo a ella por entero.

La falange escogida ardía por la llama de caridad encendida en su pecho. Ardía en deseos de acción. Habían ofrecido ya sus servicios al clero de París, entre quienes gozaba de especial estimación M. Bailly. El párroco de Saint Etienne du Mont no titubeó en recomendarles algunas familias pobres de su parroquia, las que se vieron tan eficazmente socorridas, que fueron más tarde a manifestar al párroco su agradecimiento.

Había en los alrededores de la Universidad una casa de corrección para jóvenes descarriados. La Conferencia obtuvo del presidente del Tribunal Civil, señor Beleyme, autorización para socorrerlos con la limosna y la palabra. Ozanam, Le Taillandier, Le Prevost y Lamache, consagraron toda su abnegación a ese ingrato ministerio durante dos años, al cabo de los cuales fueron trasladados los jóvenes encarcelados a la prisión Madelonnettes, que se encuentra al otro lado de París.

Fue siempre para los fundadores de la Conferencia motivo de gran consuelo y dulzura recordar los primeros pasos que se dieron en el noviciado de su institución. Así, vemos a Ozanam, veinte años después, ya muy cerca de la tumba, recordando con sus cofrades de Livourne, cómo Dios, en sus designios misericordiosos, había querido que la pequeña asociación de amigos íntimos se convirtiera en el nudo que atase la inmensa familia de hermanos diseminados ya por entonces por gran parte de Europa. Recordaba con natural complacencia, cómo en aquel ya lejano tiempo de la fundación, uno de sus buenos amigos, Cheruel, enredado por un momento en las falsedades del sansimonismo, le decía con un dejo de compasión:

«Pero, ¿en qué fundáis vuestras esperanzas?… Sois ocho pobres jóvenes y con ese solo capital pretendéis remediar todas las miserias de París?… Y, aunque fueseis más y más, no lograríais gran cosa. No así nosotros. Nosotros elaboramos ideas, construimos sistemas que reformarán el mundo y extirparán totalmente y para siempre la miseria. En un instante, habremos hecho por la Humanidad lo que vosotros no lograréis a través de los siglos.»

«Huelga, por sabido, el mencionar, amigos míos, continuaba Ozanam, el fracaso alcanzado por las teorías que ilusionaban a mi pobre amigo. En cambio, nosotros, a quienes él compadecía, nosotros, entonces ocho, somos ahora, sólo en París, 20.000. Veinte mil individuos, es decir, ¡la cuarta parte de los pobres que encierra esta inmensa ciudad!… En Francia solamente, hay 500 Conferencias. Y estamos en Inglaterra, en España, en Bélgica, en América y hasta en Jerusalén. Por ahí vemos cómo, empezando humildemente, se puede llegar a realizar grandes cosas, imitando a Jesucristo que, del anonadamiento del pesebre, se elevó a la gloria del Tabor. Es que Dios ha querido hacer suya nuestra Obra. Y ha querido extenderla por toda la tierra, colmándola de bendiciones.»

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