Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 30

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XXX: Epílogo. La supervivencia.

Los Testimonios.— La Obra Literaria.—La Obra de Caridad.—La Sociedad de San Vicente de Paúl.

Ozanam había escrito en su testamento: «No os dejéis debilitar en vuestras oraciones por quienes os digan: está en el cielo. Rezad siempre por quien os amó mucho, pero mucho pecó. Ayudado de vuestras súplicas, queridos buenos amigos, abandonaré la tierra con menos temor. Espero firmemente que no nos separaremos, y sigo con vosotros hasta que vengáis a mí».

A pesar de lo que dijo el moribundo, esta seguridad de su salva­ción se expresa en todas las cartas de pésame escritas a raíz de su muerte, y sus amigos y discípulos lo ven en el cielo a través de sus lágrimas.

Desde el día de sus funerales, cerca de su ataúd depositado pro­visionalmente en una sala subterránea de San Sulpicio, el Decano de la Facultad de Letras, aunque poco creyente, creyó que debía saludar en él a un inmortal en los cielos: «Nuestro consuelo —di­jo— es creer que lo oímos decir con el poeta italiano: «No lloréis; la muerte es el principio de la inmortalidad. Y cuando pareció que cerraba los ojos, los abrí a la luz eterna’. Podríamos decir también que fue dichoso en esta vida pasajera…; pero no es aquí, sino más alto, donde Federico Ozanam había colocado su esperanza y encontrará su recompensa».

El señor de La Villemarqué ha relatado su consternación y la de toda su familia cuando el anuncio de esta muerte vino a herir­les el corazón, Dos horas después escribe: «Sólo entre sollozos pude enseñar el periódico a mi mujer; y lloramos juntos sin poder pronunciar una sola palabra. Nuestros nietos, testigos de esta escena, nos miraban en silencio con sorpresa… Lo amaba como a un her­mano, lo admiraba como a un maestro, lo veneraba como a un santo… Para llamarlo tan pronto, para resistir a las oraciones de centenares de miles de almas de la Sociedad caritativa fun­dada por nuestro amigo, era preciso que Dios tuviera gran prisa en hacerlo gozar de la bienaventuranza del cielo». (Keransker, 16 de septiembre de 1853) .

Tengo veinte cartas de la misma fecha: las de sus antiguos maestros del colegio de Lyon, el señor Noirot, el señor Legeay; las de sus antiguos compañeros, el barón Chauraud, Paul de la Pe­rrière, Dufieux, Falconnet: todas ellas lo colocan en el cielo: «Dio su vida por la verdad, por la fe y por la caridad: ¿acaso nos es permitido lamentarlo? No me atrevería a afirmarlo». —Y otra: «Sus años fueron tan llenos de obras que se puede decir de él que supo vivir dos vidas en el espacio de una sola. ¡Su corona debe de ser bella!»

El señor Léonce Curnier: «En cuanto a mí, nunca pienso en Federico sin sentirme inclinado a invocarlo. La aureola de san­tidad que rodeaba su frente a mis ojos cuando vivía, nada ha per­dido de su esplendor. Me parece verlo en el cielo, entre San Vi­cente de Paul y San Francisco de Sales, de quienes fue discípulo fiel. Gusto de representarme el altar en que me arrodillo ador­nado con su imagen; y esta devoción que le profeso, ya probada por los años, no puede sino avivarse hasta mi último día».

Eminentes sacerdotes escriben a la señora de Ozanam: «Crea bien, señora, que si esta muerte es . un misterio de espantoso dolor, es también un misterio de amor inefable; y si este amor os manda que os separéis de él, es para que lo déis a Dios, por la ofrenda de un santo que será el adorno de su cielo».

Montalembert mira, también él, hacia el cielo, para buscar con­fiado el alma de..aquel de quien escribe, desde la Roche-en-Brény: «A nosotros, como a usted, señora, deja la casi certidum­bre de su dicha eterna e inmediata. No me corresponde a mí, pro­fano, hablar de Dios y del Cielo a un alma inundada todavía con esa luz que se derrama en torno del lecho mortal de un cristiano como él… Cuando recéis por él y con él en tal confianza, cuando vayáis a buscar su alma en las regiones serenas en que espera a la vuestra, dignaos una vez cuando menos, señora, acordaros de mí, y ofrecedle vos misma el piadoso pesar de un viejo amigo-, viejo cofrade de San Vicente de Paul, viejo soldado de la misma causa, que no olvidará sus enseñanzas ni su ejemplo».

El Padre Perreyve grita sobre su tumba su dolor que es también un grito de entusiasmo y un llamado. «Dios sabe, señora, que le pedí desde el fondo de mi corazón que aceptara los días inútiles de mi vida a cambio de unos cuantos días de una vida tan valio­sa… Sí, lo amaba mucho; pero la muerte nada puede a este res­pecto; no pudo romper los lazos que unen a un alma inmortal con las almas que ama inmortalmente. Los impulsos de nuestros cora­zones la seguirán al lugar donde vive inmediatamente cerca de Dios. Allí seguiremos consultándola; allí sabremos por ella los se­cretos de una caridad poderosa y modesta; allí iremos a pedirle las inspiraciones de esa ciencia cristiana que busca y ama a Dios hasta el martirio. Ojalá sea escuchada mi oración. Ojalá, en mi vida de sacerdote, logre encontrar aunque sea algunas de las virtudes de su apostolado».

Al poco tiempo, el Padre Perreyve, al pasar por Marsella para ir a Italia, pidió que lo llevaran al cuarto en que había expirado Ozanam. Rezó allí de rodillas. Tenía el culto de su santo maestro.

He aquí, de Roma, estas líneas de un santo religioso, el Padre Felipe de Villefort, de la Compañía de,jesús: «Fue un justo en el sentido de las Santas Escrituras, de los que pasaron por la tierra haciendo el bien, él que en tan poco tiempo recorrió una carrera tan larga y tan santa. Su vida entera, cuyo secreto supo ocultarnos, pero que sólo el ojo del justo Juez ha descubierto, su preciosa muer­te recibida en el ejercicio de la Fe, de la Esperanza y de la Cari­dad, todo se une para daros el único consuelo que podáis tener. Seguiré rezando por él aunque confío que está en posesión de la gloria».

En la Asamblea de la Sociedad de San Vicente de Paul, el pre­sidente general, señor Adolfo Baudon, se abstuvo de hacer el pa­negírico del primer fundador. Un elogio hubiera sido contrario tanto a la tradición como al espíritu de la Asociación. «Ese espí­ritu primitivo, queridos cofrades —dijo—, no está aquí Ozanam para recordárnoslo; ha abreviado su corta vida para difundirlo en torno a su lugar de sufrimiento. Que su recuerdo y su ejemplo nunca se borren de nuestras almas: éste es el más bello homenaje que podemos tributarle; persuadidos que, en el cielo, estima más esta fidelidad que es su mérito y constituye su felicidad ante Dios, que las raras cualidades del genio que fueron su gloria ante los hombres».

El señor Cornudet al presidir la Asamblea del 8 de diciembre de 1853, dijo: «Hace hoy tres meses, mis queridos cofrades, día por día, que nuestro amado cofrade Ozanam entregó a Dios su hermosa alma. La Iglesia celebraba también en tal fecha una fies­ta de la Santísima Virgen a quien él había amado y rezado tanto; y todos hemos encontrado en esas circunstancias consuelos y dul­ces esperanzas… En Ozanam, la Sociedad de San Vicente de Paul pierde a su guía y su modelo, a uno de los hombres de este tiempo que han prestado mayores servicios a la causa católica, arrebata­do en la flór de la edad, en la plenitud de su talento, de sus vir­tudes y de su acción sobre la juventud. Mas las virtudes mismas que provocan nuestro pesar r. no explican acaso la voluntad divi­na que no quiso hacerle esperar más tiempo la suprema recom­pensa? Nos falta su presencia; pero su recuerdo santificado per­dura entre nosotros, junto con la esperanza de que las oraciones desde ahora omnipotentes de ese glorioso amigo de nuestra socie­dad ejerzan sobre ella, cuyas necesidades conoce, una acción más eficaz aún que sus palabras y sus ejemplos».

Francisco Lallier declara que en lo sucesivo su alma está con la de Ozanam en el cielo: «Esta muerte y la de mi padre —escri­be a La Perrière— han cambiado, por decirlo así, el curso de mis ideas. A menudo hago las mismas cosas que antes; pero no las ha­go con la misma alma». Y Lamache, treinta años después: «Pa­ra conformarme a las recomendaciones testamentarias de Oza­nam no he dejado de rezar por el descanso de su alma; pero es­toy convencido de que las oraciones dirigidas al Purgatorio han ido a dar derecho al -Paraíso, recayendo sobre quien las hizo».

En una sesión solemne de la Academia francesa, el señor Gui­zot, protestante, olvidando que Ozanam lo combatió en varias ocasiones, se detiene respetuoso y conmovido ante el hombre a quien califica del siguiente modo: «El modelo del hombre de letras cristiano, ardiente amigo de la ciencia y firme campeón de la fe, sometido con dulzura a la larga espera de la muerte, arran­cado a las más puras alegrías de la vida, pero ya maduro para el cielo como para la gloria».

Cuando, en 1866, se publicaron las cartas de Ozanam, el mismo concierto de alabanzas volvió a escucharse con un sentimiento aún más religioso. Monseñor Plantier, obispo de Nîmes, saluda en él «al ángel de la caridad, al atleta de la fe. ¡Era un santo!» El Cardenal de Burdeos admira «en qué pura gloria de santidad acaba de apagarse ese astro para nuestros ojos mortales».

Mas, antes de repetir las palabras de los príncipes de la Igle­sia, hubiera debido inclinarme y recoger la palabra de consuelo y de esperanza que el Soberano Pontífice,Pío IX, al recordar a su hijo bien amado de 1847, dirigió a la joven viuda, su amada hi­ja en Jesucristo, en un Breve del 19 de noviembre de 1853: «Tan pronto como supimos la prematura muerte de vuestro eminente esposo, experimentamos profunda tristeza; y vuestra carta que re­cibimos el 20 de octubre pasado, ha venido a renovar nuestro do- lor. Pero todo lo que recordáis justamente del celo y de la devo­ción de vuestro querido difunto por nuestra santa religión nos da la firme esperanza en su salvación eterna. No dejamos, sin em­bargo, de ayudarlo con nuestros sufragios ante el Señor miseri­cordioso».

A veces, en París, se ve a ilustres extranjeros, obispos, prelados, personajes eclesiásticos o laicos, solicitar el favor de visitar el se­pulcro del fundador de la Sociedad de San Vicente de Paul. Vie­nen de América, de los Estados Unidos, el Canadá, de Providen­cia, de New Port, del estado de Rhode-Island. Unos depositan co­ronas al pie del modesto monumento, otros una ofrenda para su conservación. Y lo que todos retienen y se llevan de su peregrina­ción es esta palabra que leyeron en el mármol, la palabra de los Angeles a las santas que visitaron el sepulcro de Cristo: «Quid quaeritis viventem inter mortuos? ¿Por qué buscáis entre los muer­tos al que está vivo?»

Ozanam, al abandonar este mundo, dejaba tras él dos obras de desigual porvenir: su obra literaria, su obra caritativa. ¿Qué ha sido de ellas después? Debemos dedicar unas líneas a la pri­mera, algunas páginas a la segunda.

En cuanto a su obra literaria, la historia de la civilización por el cristianismo tan sabiamente elaborada en sus lecciones, magní­ficamente inaugurada por la publicación de su Germania, luego forzosamente aplazada por la enfermedad, no había dejado de ella, en los apuntes y las estenografías del curso, sino bosquejos: bosque­jos a veces brillantes, es cierto, como sabía trazarlos Ozanam que bosquejaba como los más hábiles ya quisieran pintar. Sus ami­gos, maestros y discípulos, se afanaron, unos por motivos religiosos, por motivos de afecto los demás; en reconstituir cuando menos el pórtico del monumento del que algunas partes ya terminadas se habían publicado en El Corresponsal.

Fue una obra colectiva. El señor Ampère tomó la iniciativa y la dirección. El padre Noirot, el Padre Maret, los señores de Mon­talembert, Lenormant, Mignet, Egger, Hanrich se unieron a él cada uno en su especial esfera de conocimientos. Todas esas in­vestigaciones se hicieron con la colaboración y bajo la vigilancia de la señora de Ozanam: ningún nombre pudiera garantizar me­jor la devoción con que se llevó a cabo todo ese trabajo.

El escrito más reciente de Ozanam, Una peregrinación al país del Cid, se publicó un mes después de su muerte, en octubre de 1853. Un espíritu delicado, el señor Hipólito Rigault, escribió al respecto: «Estas páginas eruditas y piadosas recuerdan fielmente las dos grandes pasiones del alma de su autor, Dios y la ciencia. Vivas e inspiradas como una improvisación, melancólicas como un último adiós, son la imagen de ese destino literario empezado con tanto brillo y que la muerte vino a interrumpir tan pronto.

Destino conmovedor entre todos! ha dicho con delicadeza el se­ñor Ampère: esas bellas obras inconclusas tienen la gracia de una esperanza y la tristeza de un pesar».

La misma pluma anunciaba la próxima publicación de las Obras Completas. Promovida por la ciudad de Lyon, sostenida por una suscripción pública y emprendida por eminencias literarias de la Academia francesa, salió en 1855, con un prefacio de Ampère que restablecía el orden de los volúmenes de la Historia literaria en los tiempos bárbaros, siguiendo el plan trazado por el propio Ozanam, que va de su Siglo V y de su Germania a Francisco de Asís y a Dante, en el siglo XIII, por encima de una laguna de diez siglos que permanecieron inexplorados: el explorador había caído en la primera etapa.

El 28 de agosto de 1856, la Academia francesa discernió a la Civilización cristiana en el siglo V, así reconstituida, el premio de 3,000 francos, fundado hacía poco por el señor Bordin, con el pro­pósito formal de remunerar una obra «de alta literatura». A ese respecto, por encima de todo lo demás, «la persona y la obra del se­ñor Ozanam habían reunido todos los sufragios». El secretario perpetuo, el señor Villemain, lo proclamó en los siguientes térmi­nos: «Formada de veinte lecciones y de algunas notas, esta obra eminente de literatura y de buen gusto es el fruto espontáneo de un alma impulsada por las únicas grandezas que existan en este mundo: la virtud, la libertàd, la ciencia; y transfigurada de antemano por las grandezas del más allá, las que prometen la fe y la esperanza cristianas».

Mas, como el autor ya no vivía, la atribución que se hizo de es­te premio a su esposa y a su hija fue una cosa nueva y conmove­dora. «Era equitativo —sigue diciendo el informe— prolongan después de él la recompensa que merecería y trasladarla por entero a lo que amaba más que a sí mismo. La joven esposa y la hijita del señor Ozanam recibirán como un último donativo de su ma­no el premio debido a su raro talento, al monumento inconcluso de esa ardiente vocación que tan caro les costó».

En 1862, las obras completas se enriquecieron con la traduc­ción del Purgatorio. De los siete años que Ozanam había dedica­do al estudio y a la interpretación de la Divina Comedia, cuatro fueron dedicados al estudio del Purgatorio. «Una especie de pre­dilección particular existía para Ozanam en esos cantos destina­dos a celebrar la rehabilitación del hombre culpable y lleno de consuelos y esperanzas celestiales». En esos términos presentó el señor Heinrich esta traducción al público, como «un homenaje tributado a una memoria querida y un testimonio de su gratitud hacia el maestro a quien había amado».

Comparé la obra literaria de Ozanam a un edificio; compa­raré, como lo han hecho mil veces, su obra caritativa a un gran árbol. La primera, siendo obra del hombre, permanecerá incon­clusa, al desaparecer el hombre; la segunda, el árbol, la planta que lleva en sí misma el germen inmanente de vida que Dios de­positó en ella, no dejará de crecer cuando haya desaparecido quien lo plantó.

Las obras de la Sociedad de San Vicente de Paul son inconta­bles. No lo he dicho con la bastante insistencia en el curso de este libro. Ya es tiempo de nombrarlas: la enumeración será larga. El R. P. Monsabré lo recordaba así un día a los millares de cofra­des solemnemente congregados en Nuestra Señora: «Al principio de vue.stro ministerio de caridad, señores, no os habíais propuesto sino visitar a los pobres; ¡y sólo Dios sabe todo cuanto os deben en esto! Mas, en su contacto con la miseria, el amor cristiano cede a impulsos que rebasan sus primeros propósitos. Al recorrer vues­tros anales de este medio siglo qué no veo en ellos? Fundaciones de guarderías y asilos, patronatos, adopción y formación de huér­fanos, protección de abandonados, instrucción de saboyenses, de aprendices, de niños de las manufacturas, de presos liberados; establecimientos de vestuario y ropa de cama; cajas de ahorros, ca­jas de arrendamiento y de socorro; estufas económicas, dispensa­rios, auxilios médicos, defensas judiciales, círculos y reuniones re­creativas; distribuciones y fomento de la educación; bibliotecas, escuelas, catecismo y lecturas. En fin, la familia, la casa, el traba­jo, el matrimonio, los negocios, la enfermedad, la muerte, los fu­nerales de los pobres: r a qué no se aplica vuestra solicitud? Cada vez que se ha escuchado la voz terrible de las calamidades públi­cas, toda vuestra sociedad se ha conmovido y ha enviado centenares de millares de francos de limosnas a las víctimas de las inunda­ciones del Ródano y del Loire, del incendio de Limoges, de las cri­sis industriales, de las matanzas de Siria y de las hambres de Ar­gelia».

Pese a sus esfuerzos, el predicador no lo dijo todo. Pasó por al­to: la obra de los militares, de los presos, de los enfermos, de los viajeros y de los refugiados, de los repatriados, de los gremios cris­tianos; el secretariado del pueblo, el aguinaldo de los pobres, los pobres vergonzantes, los penitenciarios, las Sagradas Familias, etc. Luego, tantas obras religiosas, morales, sanitarias, civilizadoras, cu­ya iniciadora, inspirada o auxiliadora fue la Sociedad, como la prensa católica, las peregrinaciones a Tierra Santa, los comités católicos, los Círculos católicos de obreros, la Liga de la enseñanza, el Obolo de San Pedro, las Ligas de oraciones y de defensa reli­giosa, etc. En fin, ¿podemos olvidar lo que en el año terrible, en el sitio de París o en los campos de batalla, hizo en materia de so­corros y el heroísmo que desplegó al servicio de los pobres heridos hambrientos o prisioneros? La obra de San Vicente de Paul, tal como la había concebido Ozanam, tal como funcionó durante tres cuartos de siglo, no es una obra particular, sino la obra general de la caridad; y la Sociedad de San Vicente de Paul es la madre inagotablemente fecunda de todas las obras.

Como abarca la universalidad de las obras, se extiende asimismo a la universalidad de los lugares. Ozanam lo había previsto. Ape­nas trece meses después de su muerte, en diciembre de 1854, una delegación de cuatrocientos cofrades asistió a las sblemnidades de la promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción de Ma­ría. El presidente general, en un informe presentado en la au­diencia de Pío IX observó que, en el transcurso de veintidós años, la Sociead había dado a luz 1,532 Conferencias, todas ellas ani­madas del espíritu de su glorioso patrón, difundidas en 29 Esta­dos diferentes. Sólo Francia con sus colonias figuraba allí con 889 Conferencias. Había 78 en Italia, 160 en Alemania, de las cuales 134 en el reino de Prusia; 148 en Bélgica; 92 en los Países Bajos; 80 eri las Islas Británicas. Las había en todos los Estados de Eu­ropa exceptuados Rusia, Dinamarca, Suecia y Noruega. Se em­pezaba a conquistar el Oriente: había Conferencias en Turquía y en Egipto. En el Nuevo Mundo, la Nueva Escocia, los Estados Unidos, México, el Canadá ofrecían sus inmensos espacios a esa caridad. Se implantaba en Australia, importada por los cofrades ingleses. Contaba con no menos de 50,000 familias visitadas y asis­tidas; y su presupuestó que, el primer año, no llegó a 2,500 fran­cos, superaba ahora 2,500,000 francos por año.

La admirable organización y el funcionamiento de la sociedad, la multiplicidad y variedad de sus servicios, los frutos de salvación que llevaba en sí y en torno suyo, el espíritu que la animaba, los ejercicios espirituales que eran su hogar, la transformación mo­ral que provocaba en todo lugar, de arriba abajo, en las clases sociales acercadas y reconciliadas: tal apareció ese día la Socie­dad, coronada de su obras, ante los ojos de Pío IX. Esa corona iba a depositarla humilde y filialmente al pie del trono pontificio.

Pío IX, sumamente conmovido, se levantó; pronunció una alo- cución que finalmente confería a esos nuevos apóstoles de la cari­dad de jesucristo la misma misión que se encomendó a los doce: la de hacer milagros de conversión, aliviando a los leprosos, abrien­do los ojos a los ciegos, el oído a los sordos y resucitando a los muertos. Más tarde, recordando todo esto, el . Padre Mermillod, presente en esta audiencia, lo traducía con su vivacidad habitual del siguiente modo: «è Recordáis, señores, esa asamblea general, en el Vaticano, el 5 de enero de 1855, en que Pío IX se levantó y dijo: `Hijos míos, hijos míos, os consagro caballeros de Jesucris- to. El mundo no cree en la predicación, en el sacerdocio: pero todavía cree en la caridad. Id a la conquista del mundo por el amor del pobre’.»

Veintiocho años después, en mayo de 1883, la sociedad celebra­ba el cincuentenario de su fundación. Perseguida y disuelta en 1861 por el gobierno imperial, se había levantado poco a poco. No daré la estadística de las Conferencias en 1883. Dos hechos se­ñalados en el informe de Paul Decaux podrán sustituirla: «Nues­tro boletín, como la caridad —dice—, no tiene fronteras. Se pu­blica en siete idiomas: en francés, en París; en inglés, en Dúblín; en alemán, en Colonia; en italiano, en Génova; en holandés, en La Haya; en flamenco, en Gante; en español, en Madrid y en México». El segundo hecho se traduce en la comparación de las siguientes cifras: «El 1o. de enero de 1855, el número de las Con­ferencias había sido de 1,537 y el presupuesto de la caridad se había elevado a 2.500,300 francos. El 1o. de enero de 1883, el in­forme general del año anterior acusaba un ingreso de casi 9 millo­nes». La acción de la caridad iba a invadir el mundo.

Esa reunión jubilar de 1883 que llevó! a París, de los dos hemis­ferios, la representación más considerable que hubiera tenido la So­ciedad, debió de estremecer a Ozanam en su tumba, como lo dijo el Padre Monsabré en Nuestra Señora, el 5 de mayo: «Jubilemus Deo, cantemos a Dios nuestra alegría. Tal es el grito de nuestro corazón, señores, después de cincuenta años de generosos esfuer­zos y de gracias divinas. Este grito estremece en la tumba en que duermen, o mejor dicho en los cielos en que os han precedido, a los millares de justos que pertenecieron a vuestra Sociedad. Te­nemos de seguro una conferencia en el Paraíso, escribía Federico Ozanam, pues más de mil de los nuestros, desde que existimos, han pasado a mejor vida. ¡Y cuántos desde hace cincuenta arios! ¡Por lo visto, el cielo está de fiesta!»

Ozanam no estaba presente en esa asamblea; pero Lallier y Le Taillandier lo representaban. Algunos cofrades italianos iban a besarles las manos.

Al clausurarse ese congreso general de las Conferencias, el car­denal Guibert trajo el decreto en virtud del cual León XIII, a so­licitud del Episcopado francés, instituía a San Vicente de Paul patrón de todas las obras y asociaciones caritativas de Francia. León XIII escribió después: de la Iglesia universal.

El año siguiente, un acto más importante aún, pronunciado ex cathedra, vino a manifestar urbi et orbi la confianza particular que la Iglesia y su jefe tenían en la amplia sociedad de caridad cuya saludable acción oponía el Santo Padre a la influencia ne­fasta e impía de la francmasonería y de las sociedades secretas. La Encíclica pontificia Humanum genus se expresa en los siguien­tes términos: «No podríamos, venerables Hermanos nuestros, pa­sar por alto la Sociedad de San Vicente de Paul que ha dado tan­tos admirables ejemplos y que tanto ha merecido de las clases po­pulares. Se conocen muy bien las obras realizadas por ella y el fin que se propone. Los esfuerzos de sus miembros se proponen única­mente, por una pía iniciativa, socorrer a los pobres y a los des­graciados, lo cual hacen con maravillosa sagacidad y con no me­nos admirable modestia. Pero, cuanto más oculta esta Sociedad el bien que realiza, tanto más apta se vuelve para practicar la cari­dad cristiana y aliviar las miserias humanas».

Terminemos la historia de esta marcha ascensional de la Socie­dad de San Vicente de Paul mencionando brevemente que en la actualidad, en 1911-1912, a la hora en que escribimos, si el censo exacto de la Sociedad de San Vicente de Paul es imposible, cuando menos puede asegurarse que el número de cien mil miembros acti­vos se ha superado. El número de las Conferencias existentes en el globo se elevaba en fecha reciente a 7,500; y la cantidad de so­corros distribuidos cada año se estima en más de catorce millones.

Es una gracia muy grande la que Nuestro Señor ha hecho a la Sociedad fundada por Ozanam sobre la piedra de la Ortodoxia, de conservarla en la fe en la verdad integral, a través de todas las vías torcidas en que tantos espíritus se han extraviado y perdido. Cada vez que Roma ha hablado a las naciones a fines del siglo pasado, esa sociedad ha respondido inclinándose ante ella con di­ligencia, como lo hacía en su tiempo el propio Vicente de Paul. La víspera de la definición de la infalibilidad doctrinal del Papa, el presidente generál fue el primero en empeñar su fe: «Anhelo ar­dientemente la decisión del Concilio —escribe el señor Baudon—. Convencido de antemano de que sólo puede ser verdadera, la aprue­bo con los ojos cerrados: deseo únicamente que no sólo sea la ver­dad, sino toda la verdad. En cuanto a someterme a esa decisión, no se me ocurre no hacerlo. Si algunas almas o algunos países no lo hi­cieran, es que no son católicos».

Había escrito asimismo, a raíz de las condenas de la Encíclica Quanta Cura y del Syllabus, contra las tendencias a que se in­clinaba la juventud: «Es preciso que renuncie a ellas. Cuando el Papa se toma el trabajo de advertimos solemnemente que evite­mos las doctrinas condenadas por ese gran acto, es de nuestro de- ber sometemos, no sólo de corazón, sino también de hecho, en la práctica de nuestra vida cotidiana. Lo he hecho, y creo que Dios ha bendecido mi sumisión, pues me ha permitido ver verdades de primer orden qyie no había comprendido aún»1.

La Iglesia sabe, pues, que puede contar con semejantes hom­bres conducidos por semejantes jefes. Y no me sorprende que, después de León XIII, en estos últimos tiempos, Pío X haya de­clarado a los obispos del Nuevo Mundo como a los del antiguo «que no tenía mayor deseo que el de ver extenderse en todo el universo las Sociedades de los  Hermanos de Ozanam y de los Hi­jos de San Vicente de Paul».

De hecho, jamás esa Sociedad pareció más necesaria que en el desastre y la desgracia de la hora actual, pues ninguna respon­de mejor al llamado de nuestras necesidades y al de nuestros ma­les sin cuento. Es la hora de la lucha de clases, entre el rico y el pobre: los reconcilia en la justicia y en la caridad. Es la hora de la división, ella crea la unión; la hora del odio, ella es amor. Es la hora de la democracia triunfante, decís; pues bien, hace en fa­vor del pueblo más que vosotros, lo ama mejor que vosotros, lo honra y está más cerca de él que vosotros. Es el reino de la libertad, decís, y esa obra queréis que sea laica: lo es. Es el reino de la igual­dad: vosotros pronunciáis la palabra, ella hace la cosa, inclinándose ante el pobre por la humildad para elevarlo hasta Dios por la ca­ridad. Es el reino de la fraternidad; ella es una familia, sus miem­bros se dan el nombre de cofrades, y sus asistidos son hermanos. ¿No veis por todo esto que esta Sociedad simpatiza con todas las ideas generosas, como responde a todas las necesidades de la ho- ra actual?

Necesidad material, necesidad moral, necesidad social; pero so­bre todo, urgente necesidad religiosa: ésta domina desde muy arri­ba a las demás. «La religión pura e inmaculada ante Dios —dice el Apóstol Santiago— es ésta: visitar a los pobres, a los huérfanos, a las viudas en su tribulación, y conservarse puro de la corrupción del siglo». «Amar a Dios con toda el alma, tal es el primer manda­miento, dice el Señor; amar al prójimo como a sí mismo, tal es el segundo que le es semejante. He ahí la ley y los profetas». Aho­ra bien, ¿no es esto la ley, el objeto, la obra y el fin de la Sociedad de San Vicente de Paul?

En fin, hace algo aún mejor que unir a los hombres entre sí; los une con Dios. Es, al mismo tiempo que una sociedad de caridad, una sociedad de fe y de piedad, como una escuela de verdad. En ella, se cree, se reza, se da. Hogar, santuario, escuela de estas grandes cosas, juntas y sucesivamente, la saludo con esos tres nombres.

Pero es vieja, decís. No, no es vieja, si esta palabra significa an­ticuada, usada, sino que es antigua, lo cual significa probada y poderosa; antigua y siempre nueva; como ocurre con todas las cosas inmortales, divinas. No es moderna, convengo, en el sentido de una cosa que esté de moda un día, en un país. Pero es y sigue siendo joven con la juventud eterna de la caridad que no tiene ocaso: Caritas non excidit. Data, por su lado divino, del sermón de la Montaña: ¡Bienaventurados los pobres! Por su lado huma­no, data de la montaña de Santa Genoveva donde, hace ochenta años, unos jóvenes se dijeron entre si: «Hagamos como jesucris­to: ¡Vayamos a los pobres!»

Vosotros, pues, que soñáis con Obras de juventud ¿por qué no trabajáis primero en rejuvenecer ésta con fieles reclutas? En su ori­gen la pensaron y la hicieron unos jóvenes para jóvenes. Y vos­otros, nuestros jefes y nuestros Pastores, que en todo lugar abogáis por la formación de una élite ¿dónde encontraréis en otra parte una élite más sólida de hombres de fe, de hombres de bien, y de hombres de Dios que ésta? Esta élite no está por crearse, ni esta so­ciedad por nacer. Ya existe. Tiene su constitución, su organización, su jerarquía, su fuerza de expansión y de concentración. Ha demos­trado su fuerza, ha realizado su obra con todas las obras nacidas en estos sesenta años. Ha llenado el mundo con ellas. Tiene su his­toria, formada toda ella de inmensos beneficios y sublimes ejem­plos. Está plantada a lo largo de aguas vivas; tiene sus raíces en la roca. Tiene a Vicente de Paul de patrono, a Ozanam de mode­lo, al Papa de padre, a la Iglesia de reina. Es la unión, sería la fuerza; es la paz, es el amor. Si reviviera en todas partes, sería la salvación. Entreguémonos, pues, a ella, vayamos a ella, porque ella va al pueblo, porque va a Dios, porque hace el Bien, porque quiere la felicidad, porque lleva al Cielo.

Fin

  1. Vida de Adolfo Baudon, por el Padre Schall, p. 389. Ozanam, tan fiel y gene­rosamente apegado a la ortodoxia, debió de aplaudir -en el cielo a su amigo Lallier cuando, a consecuencia de la firmísima actitud de Monseñor Jolly, Arzobispo de Sens que, el 22 de febrero de 1865, había querido promulgar él mismo, a pesar de las prohibiciones ministeriales, la Encíclica en el púlpito de su catedral, Lallier, presidente del tribunal, tomó la iniciativa de una suscripción general, con el fin de ofrecer al valiente pastor un busto de Pío Ix de mármol de Carrara. El mismo vino a presentarlo, encabezando a los católicos de Sens, en medio de su clero reunido en el semi­nario mayor, y á la vez pronunció una arenga que es al mismo tiempo una declaración de principios, una protesta jurídica y una profesión de fe católica sumamente ex­plícita y enérgica. La mandó imprimir y difundir. Sens, imprenta Duchemin, gran in-80., 22 p., 1865.

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