Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 26

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XXVI: La intimidad

Familia.—Religión.—Caridad.—Amistad.

Desde Sceaux, el 22 de octubre de 1851, Ozanam describía así a Ampère su felicidad doméstica, obscurecida, es cierto, por una nubé, mas detrás de la cual ve y bendice el sol de la voluntad de Dios: «Me encuentro en un estado de cansancio que me impide muchas obligaciones y placeres, pero admiro el orden de la Provi­dencia que no quiere permitir que nos aclimatemos en la tierra. Yo había hecho todo para establecerme bien en esta vida; y usted me había ayudado mucho para lograrlo. Usted sabe a qué punto conseguí poner dicha en mi hogar. Dios no quiso que me arraigara en una existencia tan cómoda. Me dejó las alegrías del corazón y me envía penas de salud: lo bendigo por esta dádiva. Sin embargo, le rezo para que abrevie la prueba, y me cuido lo mejor que puedo, o más bien me dejo cuidar por algunas personas que me quieren bien…»

Unos meses después, el 16 de febrero, en una carta al señor Du­fieux, la dolorosa queja queda mitigada por el sentimiento general de la felicidad de los suyos. Quisiera que su amigo pudiera pre­senciarla: «Además del lugar que ocupa usted en mis oraciones co­tidianas, quisiera que ocupara otro cerca de mi chimenea, como me lo dejó esperar un día. Habría encontrado mi hogar más feliz que nunca porque ha vuelto a él la salud. Soy el más enfermo de la casa, aunque puedo, no sin cansancio, impartir más o menos mis clases. Es preciso dar gracias a Dios por tantos favores y resignarse a las penas que con ellos mezcla. Una de las mayores es haber estudiado mucho, estar convencido de que tiene uno ideas y no po­der expresarlas… Amigo mío ¡que la divina Providencia le conserve esa dicha doméstica que consuela de todos los males! Déme usted la mano para que la estreche con el calor de un viejo amigo».

Y el viejo amigo mostraba «a su pequeña María jugando en el jardín y cuya alegre voz llegaba hastá él, mientras Amelia, sen­tada a su lado, lo regocijaba con su amable rostro». El padre ro­deaba a la niña con las atenciones más encantadoras sin olvidar nada de cuanto podía divertirla y comunicándole ya todo cuanto tenía de poesía en su espíritu y de ternura en su corazón.

Así, un día de julio, estando indispuesta la niña por el calor del gran sol, le llevó un pequeño abanico sobre el cual había escrito:

Prends-le pour remplacer les deux ailes légères
Que portent dans le ciel les chérubins tes frères
Et qui te défendraient des ardeurs du soleil,
Ou te rafraîchiraient d’un mouvement pareil.
Mais, lorsque Dieu te fit, petit ange sur terre,
Pour essuyer les pleurs dans les. yeux de ta mère,
Je demandai pour toi tous les dons précieux
Dont L’Esprit-Saint revêt les anges dans les cieux:
Pour toi je demandai leurs grâces immortelles,
Leur foi, leur pureté, tout —excepté leurs ailes—
De peur qu’il ne te vînt quelque jour le désir
De retourner là-haut sans nous, et de t’enfuir.
1

Pronto veremos en honor de la madre una. poesía de un senti­miento más elevado y de un encanto aún más celestial.

Entre la madre y el hijo, las cartas de Ozanam nos dejan vis­lumbrar la figura triste y dulce de la señora Soulacroix, la abue­la, envuelta en el doble luto de su marido y de su hijo. Ozanam los llora con ella: «Madre querida, se ha vuelto usted para mí, en su aflicción, más respetable y querida que nunca, desde que contemplo su cabeza coronada de espinas». — Después de la muer­te de Teófilo, escribe «Mi deseo más ardiente sería poder llenar el triste vacío que la aflige… ¿Acaso no soy su hijo? Lo soy más aún de lo que usted cree, más de lo que puedo decir. ¿Por qué no tengo las virtudes, el valor, la humildad del desaparecido?» Había insistido para llevársela a Roma, después de esa pérdida cruel: «No cometerá usted ninguna infidelidad a su memoria al unirse con nosotros bajo estas bóvedas santas y al recibir aquí la bendición del Santo Padre que lo bendijo en su sufrimiento». Después de la muerte del padre, Ozanam lo sustituye en los intereses de la fa­milia. Luego, escribe de su mujer y de su hija y de él mismo: «Que­rida madre, nos esforzaremos por suavizar su destierro al darle, si no días, cuando menos horas de consuelo, cuando vea usted cuánto la amamos todos, y cuando su pequeña María, que ya es. más capaz de comprender su ternura, le prodigue sus caricias y cubra de besos las huellas de sus lágrimas».

La religión convertía ese hogar en santuario. Ozanam era un hombre de oración: todas sus cartas trascienden a incienso. Sus citas con sus amigos eran para rezar las oraciones que les pedía y las que les prometía. La comunión, cada vez más frecuente, se recibía todos los domingos y días de fiesta. Tenía la costumbre de dedicar cada mañana, al despertar, una media hora a la lectura de un capítulo de la Sagrada Escritura; después señalaba los pasajes que lo habían impresionado más, para meditarlos y descansar su pensa­miento en el curso del día. A eso lo llamaba «su pan de cada día». Generalmente, buscaba esa lectura en el Evangelio. Lo leía en el texto griego: se penetraba de las palabras y las virtudes de Cristo. Se proponía traducirlo en actos durante ‘el día. No entendía la pie­dad sino por la imitación amorosa de Nuestro Señor y el fiel cum­plimiento de su Ley.

Visiones sobrenaturales elevadísimas iluminaban su vida. Se lee en sus cartas: «Una mirada dirigida al cielo nos permitirá encon­trar la luz y la firmeza necesarias para las obligaciones y necesi­dades de la tierra. El mejor modo para juzgar bien los asuntos de la vida y para poner en ella la paz y el desprendimiento, consiste en verlos con altura, como intereses ajenos. La realidad de la vida no está en la tierra. Aquí ¿qué tendríamos sin las obras que nos siguen y sin Dios que nos visita?»

Esa visita de Dios en la comunión lo arrojaba en arrobos de fe que lo impulsaban a escribir: «Aunque toda la tierra hubiese re­negado de Cristo, hay en la indecible dulzura de la comunión y en las lágrimas que nos hace derramar, un poder de convicción que me movería a abrazar la cruz y desafiar la incredulidad de toda la tierra».

Sus relaciones con Jesucristo eran las del abandono más abso­luto, de la más viva confianza, de la ternura más filial. Le había entregado su vida. Se reprochaba sus inquietudes de otro tiempo acerca de su porvenir, y sus inquietudes de ahora acerca de su salud, y sacrificaba con su vida todo aquello que da valor a la vida: la dicha, el amor, la gloria; no tardaremos en verlo.

En cada uno de sus deberes, deberes de estado, deber de cris­tiano, deber dé ciudadano, veía el cumplimiento de la voluntad de Dios; pero quería que fuese muy elevado y muy puro de in­tención, diciendo: «El Señor nos enseña a pedir en nuestra oración que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo. Luego, no como en el infierno donde se hace por necesidad, no como en­tre los hombres donde a veces se sufre con murmuraciones, sino como en el cielo con el amor y el júbilo de los ángeles».

Ozanam era un juez severo para sí mismo: el mundo lo juzga grande, él se juzga pequeño; el mundo lo cree bueno, él se cree malo. Le parece que todo lo debe a su trabajo y a la gracia de Dios; pero no cree en su genio. No es fuerte, todo él es debilidad. «Su conciencia no lo deja a salvo». Se cree indeciso, vacilante, agitado, flotante al soplo de vanas impresiones e inquietudes que oscurecen todas sus dichas. No se cree digno de ellas. «Un día —escribe su hermano— viéndolo triste y abatido, le puse ante los ojos todos los motivos que tenía de sentirse feliz: Es cierto, me respondió; precisamente porque soy demasiado feliz, temo que alguna desgracia me suceda». En sus perplejidades, siempre toma­ba partido contra sí mismo, aunque mucho le costaba; porque, se­gún creía, era lo más seguro —lo cual dista mucho de ser siempre cierto—; porque era el partido del gran sacrificio y este sacrificio era un acto de amor.

Ese corazón de juez para sí mismo era un corazón de hermano para el prójimo. Además de la inmensa familia de San Vicente de Paul que abrazaba en su caridad, tenía sus pobres particulares, los pobres de su Conferencia, cuya visita y servicio era para él un ejer­cicio religioso. Invariablemente, se quitaba el sombrero al entrar en sus miserables tugurios: «¡Soy vuestro servidor!» Jamás les diri­gía un sermón. Después de dar todo lo que tenía, se sentaba y charlaba de algún tema que pudiese distraerlos e interesarlos.

Esa visita resultaba instructiva y benéfica también para él. Re­fiere que un día que estaba de mal humor, una inspiración interior lo impulsó a visitar a sus pobres; y cuando bajó de casa de uno de ellos, sintióse cambiado: ¿qué eran sus miserias imaginarias junto a la espantosa realidad de aquellas penas? ¡Oué lección acababa de recibir! Dirá un día en Florencia: » ¡Cuántas veces, agobiado por alguna pena interior, inquieto por mi salud quebrantada, en­tré lleno de tristeza en la morada del pobre confiado a mis cuida­dos; y allí, ante el espectáculo de tantos desgraciados más dignos de lástima que yo, me reproché mi desaliento, me sentí más fuerte contra el dolor, y di las gracias a ese desdichado que me había consolado y fortalecido con el espectáculo de sus propios sufrimien­tos! ¿Cómo podría no haberlo amado?»

Cuando los pobres se presentaban en su casa, no los dejaba es­perar, sino que los introducía inmediatamente a su biblioteca, donde les daba un asiento cómodo, portándose con ellos como con visitantes a quienes se complacía en honrar. Era una fiesta para él ir a desear un año feliz a sus pobres y distribuir alegres regalos a sus hijos. El Padre Lacordaire cuenta que la mañana de uno de esos días, en 1852, Ozanam dijo a su mujer que conocía una f ami-lia tan desgraciada, que había tenido que empeñar la cómoda de sus bodas, postrer vestigio de su antigua holgura; y que sentía ganas de devolvérsela aquel día. Su mujer lo disuadió con excelen­tes razones. Mas por la noche, al regresar de sus visitas oficiales, Ozanam se sentía triste. Echó una dolorosa mirada sobre los jugue­tes amontonados a los pies de su hija y no se atrevió a tocar los dulces que le ofrecía la niña. Era fácil comprender que lamentaba la buena obra que se había frustrado por la mañana. Entonces, su mujer lo animó para que siguiera su primera intención. En el acto fue a rescatar el mueble y después de llevarlo a casa de aquellos indigentes, regresó feliz a la suya.

Más de una vez lo habían engañado algunos clientes indignos de su caridad. «Un italiano a quien había conseguido por fin un empleo en una casa de comercio abusó vergonzosamente de la con­fianza de su patrón. Se hundió entonces en una gran miseria y fue a pedirle nuevamente auxilio a Ozanam quien, sumamente irri­tado, lo despidió suplicándole que ya no volviera; pero no, había llegado al pie de la escalera el pobre hombre cuando Ozanam se sintió presa de remordimientos. Se dijo a sí mismo que no estaba bien empujar a un hombre, sea el que fuere, a la desesperación, que él mismo necesitaría un día que Dios no fuese inexorable con él, como acababa de serlo con uno de sus semejantes. Iicapaz de soportar ese pensamiento, se puso el sombrero y corrió detrás del italiano a quien encontró cerca de allí, vagando por el jardín del Luxemburgo».

A medida que Ozanam se elevaba, por sus escritos y sus títulos, en el mundo académico, se notaba que se complacía cada vez más en el mundo obrero: la Sociedad de, San Francisco Javier, el Círcu­lo obrero de la cripta de San Sulpicio, al que su presencia y su pa­labra seguían siendo fieles. En aquellos últimos años compuso para ellos una Vida popular de San Elodio, patrón de los obreros me­talúrgicos. En esta obrita, de estilo muy sencillo, pero siempre bello, glorifica el trabajo cristiano. Dice al final: «Si no todos pue­den, como San Elodio, consejero de los príncipes, rescatar a los cautivos, evangelizar a los infieles, todos pueden como él servir a Dios con la oración y a su país con su trabajo. Todos pueden hon­rar su taller, llevando a él la probidad, la sobriedad, la caridad que respeta a los amos, une a los compañeros, protege a los apren­dices. Todos pueden ayudar a los pobres, si no con su dinero, cuan­do menos con un servicio o con una buena palabra … En fin, no todos pueden sdr grandes; pero todos pueden volverse santos».

En el Consejo general de San Vicente de Paul, Ozanam gozaba al ver el poderoso impulso que daba a la Sociedad la reciente pre­sidencia del señor Adolfo Baudon, lo cual le permitía eclipsarse cada vez y en el Consejo que estaba compuesto de hombres como el señor Léon Cornudet, vice-presidente, del señor de Barante, se­cretario, de los señores Cochin y Louis de Beaudicour, vicese­cretarios y de consejeros como los señores Bailly, Gossin, hijo, Le Prévost, Henry de Riancey Lauras, Armand de Melun, de Rain­court, de Champagny, Ferrand de Missol; y poco después el señor d’Indy, los señores Cauchy, de Malartic, Eugenio de Margerie, etc. Ozanam pidió que figuraran también, como consejeros de ho­nor, los señores Lallier y Le Taillandier. Era un recuerdo de los primeros tiempos.

El año de 1851 a que hemos llegado, hubo 247 agregaciones de nuevas Conferencias, en ambos mundos. El relator decía respecto a los progresos de la obra en Inglaterra: «Se ha repetido que este año la Exposición del Palacio de Cristal ha colmado el brazo de mar que separa a los dos países. Mas de todos los telégrafos super y submarinos que los conectan, el más eléctrico será, sin lugar a dudas, el de la caridad. Ese hilo puede unirlo todo: une y encadena los corazones, baja del cielo y conduce a él».

No era sólo el afán de caridad, sino el de la fe católica el que interesaba a Ozanam en el movimiento de ideas de los diversos Estados de Europa, especialmente de Alemania, por aquel enton­ces tan agitada por las sectas. Leo en una carta al señor Boré del 28 de septiembre de 1851: «Cuando me escriba, dígame por favor lo que piensan en Baviera de las últimas agitaciones religiosas de Alemania. ¿Existe un peligro verdaderamente grave para la Igle­sia Católica en las predicaciones de los miserables que, de lejos, nos parecen tan poco dignos de causar impresión a un gran pueblo?

«Cuando anuncian que veinte o treinta comunas se han adhe­rido al cisma de Ronge o de Czevsky ¿hay que creer que se trata de parroquias enteras o de algunos facciosos que pretenden ser sus representantes? ¡Oh, con cuánto trabajo se establece sólidamente la fe de esos espíritus germánicos! ¡Es verdad, los males de la Igle­sia son muy grandes en este siglo; nuestra pobre Francia, tan acu­sada, no es la más enferma de las naciones cristianas!»

Unos meses después agradece el envío de unos artículos de pe­riódicos bávaros sobre la situación religiosa del país. «Leí con in­finito interés el relato del tercer aniversario secular del santo con­cilio de Trento. Semejantes escenas deberían reproducirse en todas las hojas católicas. La piedad de estos buenos tiroleses nos haría sonrojar de nuestra tibieza y nos inspiraría más celo en el servicio de Dios, con quien creemos con demasiada frecuencia estar a ma­no porque usamos unas plumas y un poco de tinta en su servicio!»

El hombre que tuvo mayor intimidad con Ozanam en sus últi­mos años, el señor Ampère, escribió de él: «Los qüe han leído sus cartas conocen la gracia incomparable de su espíritu; pero ha­brán visto también en ellas la amenidad de su trato. En él, no ha­bía rigidez alguna. A la seriedad del pensamiento se unía inse­parablemente la alegría del carácter». «Nadie se divertía como él con tonterías de marca, dice otro amigo que lo había conocido siempre. No se creía demasiado sabio para prohibirse la risa, esa gran felicidad de la vida; y aun cuando los sufrimientos repri­mían su estruendo, el menor incidente jocoso la hacía brotar ale­gremente». Esa alegría, llegado el caso, se manifestaba en versitos de sociedad con que divertía a sus huéspedes y a sus compañeros de vacaciones. Así, escribió un largo poema de ciento cincuenta versos que improvisó en nombre suyo y en el del señor de La Vi­llemarqué con destino al señor Ampère, su amigo común, a la sa­zón lejano, y en el cual canta en estilo homérico y humorístico una lucha atlética a la que había asistido en una kermess bretona.

A veces ese amable carácter tenía que reprimir movimientos de innata impaciencia: «¡Basta, basta, o voy a enojarme!» Y se eno­jaba en efecto. Mas, pasado el primer arrebato, se avergonzaba y reparaba su falta con humildes y francas disculpas.

En cambio a veces un rasgo ingenioso le servía para aguzar y endilgar una severa reprimenda. En su viaje a Bretaña, estando un día en diligencia frente a un joven militar vestido con un uniforme nuevo y que se divertía en decir bromas atrevidas a una modesta joven sentada cerca de él, Ozanam, molesto, empezó por recordar­le el respeto debido a una mujer, que es la primera ley de la ca­ballerosidad francesa. El joven fatuo. no se dio por vencido; y respondió con impertinencia a Ozanam que el asunto no le impor­taba y que no le reconocía el derecho de darle una lección. «Se engaña usted, joven —replicó Ozanam—. Precisamente para eso me paga el gobierno». El soldadito se quedó boquiabierto. ¿Quién podía ser ese señor condecorado que era un hombre del gobierno?

Se adivina a qué punto semejante espíritu, semejante carácter y corazón estaba dispuesto a la amistad. Se necesitaría dedicar to­do un capítulo a las amistades de Ozanam. Las hay familiares, li­terarias, académicas, políticas, lionesas, parisienses y extranjeras. En cuanto a religiosas, todas lo son: allí está el imán que las liga todas con un foco divino.

Las más antiguas siguen siendo las más vivas y ardientes. Fran­cisco Lallier es como siempre el alma piadosa y fuerte en que el amigo derrama de preferencia, la confesión de sus debilidades y la efusión de sus inagotables ternuras. No puede prescindir de él, como tampoco podía hacerlo en el pasado. Soñó un momento en llevarlo a Lyon, cerca de él: «i Qué lástima para mí, mi excelente amigo, que no sea usted lionés! Sólo esto le faltaba». Lallier res­pondió con dos visitas inolvidables en las vacaciones de 1837 y a fines de 1839. En 1840, en las vacaciones de Pascuas, Ozanam se trasladó a Sens, en una «visita encantadora de veinticuatro horas que bien le hubiera gustado convertir en veinticuatro días».

Cuando, en 1842, Lallier acaba de perder a su encantadora Ju­lia Lallier, su hija, en la flor de la edad y de la esperanza, Ozanam está cerca de él mediante una carta llena de lágrimas: «Querido amigo, Dios visita siempre a quienes ama». Es la primera línea. Luego lo felicita por la fe que lo sostuvo en tan dura prueba. «Pues, al fin y al cabo, querido amigo, estamos seguros, por artícu­lo de fe, de que las familias cristianas, el matrimonio, la paternidad, todas esas cosas santas, sólo han sido instituídas para poblar el cie­lo. Ya tenía usted en el paraíso a una santa que es su madre, tendrá usted ahora a un ángel que es su hija. Entre las dos, le reservarán su lugar; y si le parece a usted que tardará demasiado en ir a unirse con ellas, piense que treinta años pasan aprisa: ahora sabemos, usted y yo, lo que esto significa». Vienen después tres páginas llenas de esos sentimientos celestiales.

Poseemos ochenta cartas a Lallier, todas ellas de ese mismo ca­rácter en que lo divino y lo humano se funden armoniosamente.

En 1848, Lallier se presentó también como diputado por el Yonne, como Ozanam por el Ródanó. Sus profesiones de fe son las mis­mas: «Encuentro en su circular todos mis sentimientos y todos mis pensamientos: la República que rechazo y la que deseo».

Tres años después, se plantea para Lallier la cuestión de si debe permanecer en Sens o solicitar un puesto de juez en París, donde su hijo iba a iniciar sus estudios. Una carta de Ozanam responde que la consideración que debe tener precedencia sobre todas las demás no es la del interés, del escalafón, de la amistad, sino la del mejor servicio de Dios, de la Iglesia, de las obras. Lallier per­maneció en Sens.

Lallier es el padrino de la hija de Ozanam: «Rece usted por su ahijada, sin olvidar a su padre y a su madre. Un lazo sagrado nos une en lo. sucesivo ante Dios y ante los hombres». En cambio, el hijo de Lallier, instalado en París en la casa de huéspedes Poi-loup, se convierte en familiar de la casa de Ozanam, como lo dice la siguiente carta del 14 de abril de 1852: «Hoy, miércoles de Pas­cuas, está con nosotros su Enrique que sale de un largo cautiverio de cuaresma, crece en estatura y en sabiduría; siempre dulce, siem­pre amable con nuestra pequeña María cuyos juegos se digna compartir. Dentro de un rato vamos a llevarlos a los Campos Eli­seos; hace el tiempo más hermoso del mundo. Y si encontramos a Polichinela, nuestros queridos niños habrán llegado a la cúspide de los placeres terrenales».

Entre Ozanam y Jannot el antiguo vínculo era el recuerdo de su primera comunión y de las lecciones del padre Noirot. Ozanam le escribe en octubre de 1849: «Después de tantos años de sepa­ración, la unanimidad de nùestros sentimientos nos encuentra tan amigos como siempre. No te he dicho bastante cuánto gocé con los momentos demasiado breves que nos diste en Versalles. El tiem­po de la ausencia ya no contaba; y nuestros paseos por el Parque se unían con nuestros paseos por Lyon y con las largas horas que pasamos juntos al salir de misa. Por desgracia, muy pocos amigos nuestros de primera comunión o condiscípulos de colegio han per­manecido en el mismo camino».

El pintor Jannot concibió el grandioso proyecto de una obra de arte espiritualista que intitularía el poema del alma. Comunicó su proyecto al amigo, que le contesta «Será la obra de tu vida. Te veo en medio de esa hermosa concepción, de la que cada año ha­brás de realizar una parte hasta que puedas desplegarla por comple­to para ofrecerla a la bendición de Dios y a la instrucción de los hombres. ¡Ojalá la misma gracia que te inspiró la idea te conserve la fuerza para llevarla a cabo!»

Cuando Ozanam se enfermó en París, Jannot fue para él . el más asiduo de los amigos: «No, jamás olvidaré con qué solicitud de inquieta amistad venías, cada día de esta larga enfermedad, a tomar el pulso del paciente, con un apretón de manos en que sen­tía el corazón del compañero de colegio y el hermano de la pri­mera comunión. A su vez, mi mujer y todos los míos se han rego­cijado de deber a tu pincel el retrato de un hombre que tienen la caridad de amar».

«Adiós, querido amigo, que el ángel de las grandes inspiraciones sostenga tu paleta. Eres tan bueno que bien mereces ser feliz».

Ernesto Falconnet era más que un amigo: un hermano. Le es­cribía en 1831: «Sí, amigo mío, somos hermanos, hermanos de fe y de estudios, hermanos de edad y de proyectos, hijos de una misma sangre, destinados a un mismo porvenir. Y nuestras dos vidas se­rán hermanas». A él le confía sus primeras impresiones de estu­diantes en París. Más tarde cuando Ernesto se lance al mundo, Federico tendrá aún el derecho de escribirle: «El mundo es una lima de acero que gasta muchas jóvenes vidas: no le entregues la tuya. Cristiano y creyente en Dios, en la humanidad, en la patria, en la familia, recuerda que tu existencia les pertenece y no a ti; y que valdría mil veces más vegetar medio siglo dando a los demás el ejemplo de la resignación, haciendo un poco de bien, que de­leitarse unos meses con ruidosas delicias y morir en su delirio».

Luego su ruta se había bifurcado, Ernesto había tomado la que había de llevarlo más tarde a ocupar el puesto de consejero de la Suprema Corte. Las relaciones se relajaron sin romperse. Pero llegó un día en que, en julio de 1851, uri gran dolor cayó sobre Ernesto que perdió en su padre «al hombre cuyo ejemplo había sido la luz y el honor de su vida». Una carta de Federico vino a consolarlo, Llena de recuerdos de infancia, de amistad y de espe­ranza cristiana. «Querido amigo, reanudemos la cadena, entre nos­otros y con los seres que hemos perdido. .. Sólo conozco un con­suelo digno de esos grandes dolores: y es el de que Dios nos ha quitado lo que nos había dado. Pero al llevárselos así uno tras otro, nos obliga a emprender con ellos el camino del cielo. ¡Ben­ditas las madres que nos mostraron antes que nadie el camino! Cuando, siendo pequeños, nos enseñaban a creer, a esperar y a amar, colocaban sin saberlo los escalones que nos llevarían hasta ellas, ahora que las hemos perdido. ¡Dichosos los que saben vivir con los muertos! A menudo es el mejor modo de cumplir sus obli­gaciones con los vivos».

Por lo mismo que no hay otro consuelo que éste, volvemos a en­contrarlo en el pésame de Ozanam a uno de sus discípulos de otros tiempos, el señor Félix Nourisson, el filósofo cristiano que, a la sazón profesor en el Colegio Estanislao, ocupará más tarde una cátedra en el Colegio de Francia. Acaba de perder a su padre, y Ozanam le escribe, el 2 de abril de 1851: «Amigo mío, considere que quien nos hiere es también un padre … » Y para terminar: «¡Que Nuestro Señor crucificado lo auxilie! También El, en la cruz, quiso parecer separado de su Padre cuando exclamó: Padre é por qué me has abandonado? También El comprende el grito de su dolor; lo bendice porque es usted bueno y desgraciado. Por esas dos razones, es usted poderoso con El: ¡Rece por mí!»

El señor Dufieux es uno de los lioneses más amigos, de quienes Ozanam escribe: «No crea usted que me acostumbro a vivir sin mis amigos de Lyon, viejos amigos, amigos verdaderos. Nada los sustituye, ni siquiera las buenas y afectuosas relaciones que he po­dido formar en París». Y recuerda los días en que Dufieux lo pre­sentaba a Lamartine, en Saint-Point: «¿No es la primera fecha de nuestra amistad?» Ahora le pide que venga a verlo a París: «Ven­ga; nada vale tanto para mí como una hora pasada con usted bajo estas hermosas avenidas del Luxemburgo que tengo a mi puerta. Allí podremos hablar, primero de usted, de sus hijos, de su salud, de sus penas, de sus esperanzas». Le hablará también, a su vez, de sus pesares, pues Dufieux ha pasado por el crisol del sufrimiento. Oza­nam lo admira por haber salido más fuerte, y sobre todo mejor, derramando ese torrénte de aflicciones en un río inagotable de bue­nas obras. «Comparta conmigo esa riqueza de caridad al ofrecer por mí al Señor una parte de las cosas santas que usted hace. Sé,que ninguno de sus sufrimientos está perdido, puesto que sabe te­jer con ellos la corona de la otra vida. En esto debería imitarlo, pues todavía no sé sufrir: rece usted por mí».

Es preciso que sus amigos no le tributen elogios que hieran la verdad. Es ceguera: «Sin duda —escribe Ozanam— ya sabía que la amistad lleva sobre los ojos la mitad de la venda del amor; pero usted ve demasiado con ella y es demasiado inteligente para no advertir todo lo que me falta». Más bien los amigos se deben una valiente franqueza: «Sin franqueza, no hay amistad. Tenga usted la seguridad de que me hará siempre un servicio al desahogar su corazón conmigo. Pues una de dos: o sus temores sobre mí no tienen fundamento, y me habrá hecho usted un servicio al brin­darme la oportunidad de disipar sus recelos; o tendrá usted razón, lo cual sucederá a menudo y sus advertencias podrán evitarme mu­chas faltas. Siempre me ha impresionado la palabra del salmista que pide a Dios `que lo corrija por la voz de un amigo’.»

En el consejo general de San Vicente de Paul la más cordial in­timidad unía a los dos vicepresidentes, Ozanam y Cornudet. Si en el señor Cornudet, Ozanam admiraba «la lealtad del carácter, el gran sentido de los negocios y la competencia de las cosas del Esta­do que hacían de él un hombre de gobierno superior y necesario», estimaba más aún sus raras virtudes cristianas, la sabiduría de sus consejos y su bondad capaz de todas las abnegaciones: «Cornu­det es uno de esos hombres cerca de los cuales hay luz y calor», decía.

Era relator en el consejo de Estado en el peligroso asunto de la confiscación de los bienes de la familia de Orléans. Cornudet con­cluyó valientemente contra la expoliación: fue brutalmente desti­tuido. Sufrió esa iniquidad prevista con serena firmeza: «é Oué dice usted del golpe que ha sufrido Cornudet? —escribe Ozanam a Lallier—. Ha sido admirable en una prueba tan terrible. La carta que me escribió era maravillosamente sencilla, tranquila, ca­ritativa y digna en todo de un gran cristiano. Por fortuna todavía quedan hermosos ejemplos para honrar nuestro siglo». Dos años después, desde Pisa, y a orillas de la tumbas Ozanam le escribía todavía su emoción: «¡Con cuánto ardor aquí; en esta admirable catedral, resplandeciente de fe, de belleza y de amor, pedí justicia a Dios para el hombre que sufrió la injusticia de los hombres!»

La redacción del Corresponsal formaba para Ozanam otro cír­culo de amistad. En sus cartas, sólo menciona de paso a Edmundo Wilson, a Carné, a Edmundo de Cazalès, al doctor Gouraud, a Carlos Lenormant, a Frantz de Chámpagny, a Melchor du Lac. Por encima de ellos, descuella la personalidad de Teófilo Foisset. Ozanam recuerda que en Bligny, rezaron juntos ante el mismo al­tar. «¡Ah, cuán difícil sería que unos cristianos pudieran olvidarse cuando han compartido momentos como ésos en su vida!» Le escribe al mismo: «Permítame expresarle tina vez más toda mi gra­titud por el afectuoso abandono con que me deja penetrar en su corazón. No encuentro en él nada que no me conmueva, que no me una y me edifique. Consérveme una amistad que me es tan grata». Su juicio le sirvió para medir y moderar el suyo en lo con- cerniente a los acontecimientos de 1848: «No puedo soportar —di­ce— la idea de disentir considerablemente de un espíritu y un corazón por quien siento el afecto que usted sabe». ¿Por qué no tiene a un amigo de ese temple cerca de él en París? «Asociaríamos nuestros pensamientos y nuestras solicitudes, diríamos poco mal del prójimo, pero mucho bien de la divina Providencia a quien agradezco muchas cosas, pero sobre todo haberme dado un amigo como usted. .. »

Un día, el grande y humilde fraile que era Lacordaire hizo a Ozanam una súplica desconcertante: le pidió que le dijera sin­ceramente lo que reprochaban a su predicación. Ozanam, confu­so, se recusó al principio; pero esto era una denegación de justicia. Sintió remordimientos y, la tarde del mismo día, el lunes 29 de septiembre de 1851, le pidió disculpas y se retractó en la siguiente carta: «Mi reverendo Padre, me dirigió usted esta mañana una pregunta de amigo y le respondí como un extraño, como un hom­bre a quien no daría usted la afectuosa libertad de decirlo todo. Siento remordimientos; y en verdad, un afecto demasiado profun­do me une a su persona, soy un admirador demasiado apasionado de su prédica para no referirle las observaciones que escucho en torno mío, puesto que usted me las pide y pueden servir para el bien de las almas».

Así, pues, se las repite: «El neologismo, ciertas comparaciones atrevidas, la frecuencia excesiva de las alusiones profanas en un tema sagrado, un postrer vestigio del viejo polvo romántico, cierta negligencia en el texto impreso de esas conferencias destinadas a la inmortalidad. . . Pues, mi Reverendo Padre, este gran auditorio de Nuestra Señora es todavía demasiado pequeño en relación con los ausentes y con las futuras generaciones que usted obligará a escucharlo». Ozanam recibió cumplidas gracias.

Sería preciso también citar parte de la correspondencia de Oza­nam con el vizconde de La Villemarqué, con el señor Eugenio Ren­du, etc. En tal forma, se añadiría algo a la variedad de los ma- tices que adquiría el sentimiento de la amistad cristiana bajo esa ­plumà tan fina y tan rica de tonos y colores. Mas tengo prisa de llegar al hombre que fue por excelencia el amigo familiar, particularmente en aquellos años postreros,- el señor Juan Jacobo Am­père, para ver brillar esa llama de celo cristiano que es la irradia­ción superior del amor.

Era la época en que, desde Londres, el señor Ampère iba a em­barcarse para Canadá y los Estados Unidos. Ozanam, había ex­presado su inquietud por ese viaje. Tenía una causa profunda. Hombre de mundo, en perpetuo movimiento, múy expuesto a la seducción del escepticismo de las escuelas alemanas de las cuales muchos de sus maestros eran sus amigos, Juan Jacobo, como lo hemos dicho, no había recogido por entero la herencia religiosa de su ilustre padre. Su alma recta y sincera experimentaba, sin em­bargo, un vacío; y, a pesar de la febril actividad de su vida y de la fantasía de su imaginación, a pesar •de los halagos del mundo y de las curiosidades siempre nuevas de su amplia inteligencia, la fe que no poseía hacía falta a su espíritu y no dejaba punto de reposo a un corazón que se sentía hecho para ella. La admiraba en Ozanam, cuyo ejemplo era para él un Evangelio mudo. Su amigo hasta entonces había callado. Pero ¿podía seguir callando ahora que Ampère iba a cruzar el océano y a emprender un largo viaje, sin que, al alejarse, los dos hombres tuviesen la seguridad de volver a verse algún día? Allí estaba la fuente profunda de la tristeza que Ozanam se había esforzado en ocultarle. No podía seguir haciéndolo. Antes de que Ampère se embarcara en Lon­dres con rumbo a Nueva York, Ozanam, después de consultar a Dios, le escribió desde Dieppe, el 25 de agosto, una carta admi­rable. Es preciso citarla casi toda.

Después de recordar las largas e insignes bondades de su amigo, le pedía permiso para autorizarse de ellas al tratarle un gran asun­to, con el abandono de un hermano, y a la par con el respeto y la deferencia que se deben a un hermano mayor.

«Querido amigo ¿se sorprenderá ahora de la tristeza que ma­nifesté al verlo irse? No podía decirle de viva voz lo que constituía el fondo de ese sentimiento porque no quería que en tal forma se viera obligado a contestarme. Si se lo escribo ahora, si mi since­ridad es indiscreta, las olas que lo llevan a América se llevarán su recuerdo. Y cuando nos veamos dentro de seis meses, mi carta estará olvidada y nada de lo que en ella le haya disgustado podrá enfriar la alegría del regreso.

«Querido amigo, emprende usted un fatigoso viaje que no ca­rece de peligro para su salud: acepte, pues, mis inquietudes. Busca usted, según me dijo, nuevos intereses que puedan halagar su espíritu; y para eso recorre usted la mitad del mundo. Sin embargo, existe un interés soberano, un bien capaz de llenar su gran cora­zón y retenerlo; y temo, querido amigo, temo, quizá sin razón, que no piense usted lo bastante en ello. Es usted cristiano por las en­trañas, por la sangre de su incomparable padre; cumple usted con todos los deberes hacia los hombres; pero ¿no es preciso cum­plir con los deberes hacia Dios? ¿No es preciso servirlo; vivir en un trato constante con El? ¿No encontraría usted en ese servicio infinitos consuelos? ¿No encontraría usted en tal servicio la se­guridad de la eternidad?»

Se abordaba el tema y se despertaba la conciencia. La carta pro­sigue: «Me ha dejado más de una vez presentir que esos pensa­mientos no estaban alejados de su corazón. ¡El estudio le ha hecho conocer a tantos grandes cristianos; ha visto en torno suyo a tantos hombres eminentes terminar cristianamente su vida! Esos ejem­plos lo solicitan; pero las dificultades de la fe lo detienen. Sin em­bargo, querido y excelente amigo, jamás hablé de esas dificultades con usted porque usted tiene infinitamente más saber e ingenio que yo.

«Mas déjeme decirle; sólo hay dos escuelas: la filosofía y la religión. La filosofía tiene luces. Ha conocido a Dios, pero no lo ama; jamás ha provocado esas lágrimas de amor que un católico encuentra en la comunión y cuya incomparable dulzura valdría por sí sola el sacrificio de toda la vida. Si yo, débil y malo, conozco esa dulzura ¡que no hará usted cuyo carácter es tan elevado y cuyo corazón es tan bueno! Encontraría usted en ella la evidencia inte­rior ante la cual se esfuman todas las dudas. La fe es un acto de virtud, por lo tanto un acto de voluntad. Es preciso querer un día, entregar su alma y entonces Dios concede la plenitud de la luz».

Luego, por último esta sencilla frase, este grito de espanto que deja temer más cosas de las que se atreve a expresar: «¡Ah! si un día, en una ciudad de América, cae usted enfermo, sin un amigo a su cabecera, recuerde usted que hoy no existe en los Estados Uni­dos un lugar de cierta importancia a donde el amor de Jesucristo no haya llevado a un sacerdote para consolar al viajero católico…» ‘

La respuesta no tardó; dos días después, Ozanam recibió de In­glaterra la siguiente carta: «Querido y excelente amigo. No quiero perder un minuto para agradecerle su carta. ¿Ofenderme usted? Por Dios, no sería usted mi amigo si no tuviese todo eso en el co­razón. Bien lo sabía, aunque no me lo hubiera dicho. Permítame que no le conteste, y crea que el espectáculo de la ortodoxia católica en una inteligencia como la suya es para mí una predicación más elocuente que todas las palabras…»

Luego, en postdata: «Ayer encontré en la calle al cojito del puen­te de Waterloo, y le di una limosna en nombre de nosotros cuatro».

Estas rápidas líneas, que llevan «el sello de Londres, fueron las últimas que Juan Jacobo Ampère escribió de Europa. La carta siguiente, del 2 de octubre, está fechada en Montréal. Ampère ini­ciaba esa jira de tres mil leguas que ha contado bajo el título: Paseo en América; pero en ningún lugar se olvidó de escribir a Ozanam que derrocha, para persuadirlo de que regrese a Francia, todos los donaires de su espíritu y las súplicas de su amistad y de su fe2.

Esos dos hombres, esos dos hermanos casi no volvieron a verse. Cuando Ampère regresó a París, Ozanam enfermo estaba a punto de salir para no volver nunca3. Irá a donde lo mandan los médicos para curarse, de ser posible, pues «la mano del Señor lo ha tocado». Va primero a los Pirineos, a Eaux-Bonnes, Biarritz y hasta al país del Cid, en España. Inmediatamente después se traslada, para el invierno, a las tibias costas del Mediterráneo, a Niza, a Florencia, a Pisa, a San Jacopo. Otras tantas estaciones del largo Vía Crucis en que cae, se levanta, vuelve a caer, y de las cuales cada una, al acercarlo al Calvario, lo muestra más cerca de Dios, en las su­blimes alturas del sacrificio ‘y de la santidad. Nos falta seguirlo en esa ascensión heroica de su vida de inteligencia y corazón, de luz y de amor, para asistir al más admirable espectáculo que pueda versé, el del fin de semejante vida, más hermosa aún que todo su curso anterior.

  1. Que venga a sustituir las dos alas ligeras que llevan en el cielo tus hermanos los ángeles y te protegerán contra el sol más ardiente o te darán frescura con su breve latido. Pues cuando Dios te hizo, angelito en la tierra, para que tú enjugaras el llanto de tu madre yo pedí pana ti las más preciosas dádivas del Espíritu Santo a los ángeles niños: yo pedí para ti sus gracias inmortales, su pureza, su fe, todo —excepto las alas— por temor de que un día sintieras el deseo de regresar al cielo, sola, y de abandonarnos.
  2. Persistía su inquietud. Al señor de La Villemarqué, su común amigo, que com­partía sus temores, le comunica que «el querido viajero lo espanta y a la vez lo sor­prende. Tengo siempre miedo de saber que se encuentra en algún pueblo de mala muerte, a orillas de los bosques, padeciendo algún mal extraño, entre las manos de un médico americano. Lo veo allá, sin amigos y a cien leguas de un sacerdote… Rece­mos por él. Es preciso que sus amigos recen por él; no lo olvide usted por la noche en esa reunión familiar ante Dios en que participábamos el año pasado, con tanta edificación y dulzura».
  3. Ampère siguió buscando mucho tiempo la verdad. Quince años después, en 1863, escribía a una persona amiga: «Perseveraré en buscar de buena fe la verdad. Nadie la desea más sinceramente que yo y todos los días dirijo a Dios esta oración: ‘Ilumí­name’.» Llegaba a la meta cuando, el 27 de marzo de 1864, la muerte lo,puso de pronto frente a la soberana verdad y a la infinita misericordia. El señor Guizot ha relatado de modo conmovedor esa muerte consoladora en la Academia francesa.

    Nota. La obra actual sobre la Vida de Ozanam exigiría otra que vendría a comple­tarla con la biografía de cada uno de sus principales amigos y cofrades de los orígenes de la sociedad de San Vicente de Paul, ya sea en París o en Lyon. Algunos tienen ya su historia: Lamache, por el señor Paul Allard; —Lallier en la Semana religiosa de Ruán, 1887—; otros en reseñas fuera de comercio. En particular, la colonia lionesa, con sus primeras Conferencias urbanas, ocuparía un lugar de honor. El hijo del señor Próspero Dugas ha contado la vida de su padre. ¡Qué escolta de honor harían al nombre de Ozanam los del barón Chaurand, del doctor Arthaud, de Paul Brac de La Perrière, del buen Henri Pessonneaux, de Duffieux, de Rieussec, de Antonio La-cour, del pintor Louis Janmot, etc., que sólo pude saludar de paso, pero que siguen viviendo en el recuerdo de una ciudad que edificaron con sus ejemplos y sirvieron con sus actos de beneficencia!

    El barón de Chaurand fue el personaje más notable del grupo de estudiantes lio­neses, colaboradores de Ozanam en la fundación de la Sociedad de San Vicente de Paul. Nacido, como Ozanam, en 1813, abogado en la Corte real de Lyon, en 1836, uno de los fundadores de la Gaceta de Lyon; gran propietario rural en el Vivarais y el Lyonnais, presidente de las sociedades de agricultura y viticultura de Lyon, ini­ciador de las mejoras y preservaciones agrícolas, diputado por Ardèche en la Asamblea nacional donde presentó un proyecto de ley para el descanso dominical, devoto par­tidario del Conde de Chambord, ardiente defensor de la Santa Sede por la constitu­ción del ejército pontificio en que se alistaron sus dos hijos bajo las órdenes del general Charette, fundador y celador de las Conferencias de San Vicente de Paul, hasta en las pequeñas, comunas del Vivarais, con sus tres cuñados, Antonino, Vicente y Felix Serre, también amigos de Ozanam, hombre dispuesto a cualquier acto bueno hasta el fin de su vida, el 6 de octubre de 1896, se ha podido escribir de él que no había habido en Lyon y en la región durante sesenta años una sola obra religiosa, caritativa, económica, social en que no hubiera contribuido con una actividad tan inteligente como generosa.

    Luis Janmot es una personalidad menos alta, pero un alma singularmente atractiva y estrechamente emparentada con la de Ozanam, su hermano de primera comunión. Condiscípulo, como él, del Padre Noirot en Lyon, a su lado en la primera Conferencia de San Vicente de Paul en París, Janmot, discípulo de Ingres, pertenece como pintor a la escuela que se honra con el nombre de H. Flandrin, también lionés, y los de Amaury Duval, Signol, Mottez, Paul Balze., Pero procede y se inspira sobre todo de los primitivos italianos y de los místicos franciscanos. Lyon posee de él dos frescos de la Cena, uno en el hospicio de l’Antiquaille, otro en la iglesia de San Policarpio; y un tríptico encantador en la metrópoli, que representa a la Virgen y al Niño Jesús entre dos ángeles. En París, pintó la antigua capilla de los Franciscanos én la calle Falguière, y la lapidación de San Esteban en la iglesia de San Esteban del Monte (Saint­Etienne-du-Mont), frescos de un alto sentimiento cristiano y de una ejecución magistral.

    El curso de pintura que abrió en Lyon tuvo preferencia sobre el de la escuela pú­blica: todavía lo recuerda Lyon con orgullo. Pero derramó sobre todo su alma en la intimidad de su taller en una serie de un centenar de grandes composiciones llenas de candor y de armonía de las que sólo se poseen los dibujos y que había intitulado El Poema del alma, publicado más tarde en la editorial Thiollier. Es principalmente el poema de su propia alma, comentado en un volumen de poemas líricos de altos vuelos. Termina con estrofas parecidas a la que citamos a continuación, y que se ins­cribieron en el Momento de su piadosa muerte:

    O Seigneur, o Jésus, comment ne pas vous suivre!
    Pour qui vous a connu vos sentiers sont si doux!
    Celui qui près de vous un jour s’est senti vivre
    Peut-il vivre un seul jour sans vous?

    Oh Señor, oh Jesús. ¿Cómo no he de seguirte? Para quien te conoce sus senderos son dulces. Y quien pudo vivir un día cerca de ti jamás podrá pasar lejos de ti un día.

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