Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 06

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo VI: La conferencia de caridad. La Sociedad de san Vicente de Paúl

El señor Bailly presidente,—Ozanam fundador.—Los principios.—Sor Rosalía. Ozanam entre los pobres.—La fiesta de Corpus de Nanterre.—Ampére y Ozanam.—Gustavo de la Noue.—La extensión final.

El señor Bailly había recibido sus sentimientos caritativos en el seno de su propia familia. El culto de San Vicente de Paúl era en ella tradicional. Su padre había muerto en Brias, cerca de Béthu­ne, en Artois, rodeado de los manuscritos del santo, conservados piadosamente en su casa por aquel entonces. Se pronunciaba con gran devoción el nombre del que su padre y su madre llamaban el Santo de la familia. Su hermano, el Padre Bailly, entró en la Congregación de la Misión. El mismo, lleno del espíritu del gran apóstol, se puso al servicio de la caridad en el mundo. Hacia 1830, el señor Bailly se había convertido en el brazo derecho del Padre Borderies, en la dirección de la Sociedad de las Buenas Obras y también del Padre Desgenettes, a la sazón cura de la parroquia de las Misiones. La señora de Bailly compartía con su marido la devoción a Nuestro Señor Jesucristo en el amado pobre. A soli­citud de Sor Rosalía, se la había visto emprender con una de sus amigas la visita de los indigentes a domicilio; pero, desalentada por la acogida que le habían hecho la primera vez, ella y su ma­rido habían convenido en decir: «Esto no es obra de mujeres. Se necesitarían hombres, y hombres jóvenes»1.

Bajo la impresión de esta palabra que lo había fuertemente im­presionado, recibió el señor Bailly la comunicación de Ozanam y de sus amigos. Le gustó mucho. «Aprobó plenamente —refiere Lallier— el proyecto de esa pequeña asociación íntima, entera­mente dedicada a la caridad». En cuanto a las obras que deberían emprenderse, opinó que se consultara ante todo al cura de su pa­rroquia de Saint-Etienne-du-Mont. El cura era el Padre Olivier, más tarde obispo de Evreux. Como la consulta le tomó de impro­viso, se conformó provisionalmente con aconsejar a esos valientes voluntarios que se dedicaran a la obra de catequización de los ni­ños indigentes.

Pero su celo se dirigía hacia la visita a domicilio. El señor Bailly estimaba que, si se realizaba con prudencia y discreción, podía te­ner sobre ellos mismos, más aún que sobre los visitados, una muy saludable influencia. Ya estaban seguros de que cuatro miembros asistirían a la reunión. Ozanam designó otros dos que pertenecían a la Conferencia de historia: Félix Clavé y Julio Devaux, el pri­mero hijo de un jefe de institución del Faubourg du Roule, en París, y sansimoniano convertido; el segundo, estudiante de me­dicina, oriundo de Normandía: «Ambos aceptaron complacidos». Era la élite de la élite, pues el resto del grupo cristiano guardaba entonces una actitud expectante y reservada. Se fijó el número de miembros en ocho. Esos ocho, de los cuales uno solo, Lamache, te­nía más de veinte años, eran: Federico Ozanam, Augusto Le Tail­landier, Pablo Lamache, Félix Clavé, Francisco Lallier, Julio Devaux. Encabezaba el grupo el señor Bailly; luego, otro cuyo nom­bre no ha sido posible encontrar.

Observemos, también nosotros, lo siguiente: «Socialmente, nin­guno de esos siete u ocho primeros miembros pertenecía ni a la aristocracia, ni siquiera a la burguesía opulenta a quien la Revolución de Julio acababa de asegurar por un tiempo el predominio. Sus familias, ejerciendo una profesión liberal, vivían una existencia tan modesta como honorable. Sus personas se ocultaron casi todas en la sombra: un excelente profesor de facultad de provin­cia, Lamache; un presidente del tribunal de la pequeña ciudad de Sens, Lallier; Le Taillandier, un hombre bueno y sencillo, que dividía su tiempo entre sus obras y sus asuntos comerciales, en Ruán; Devaux, un médico rural cristiano; Clavé, más escondido aún. Sólo Ozanam queda aparte por su talento, su acción, su pues­to en el mundo intelectual. Mas ¿no supera también a todos los demás por su humildad?»

Sesenta años después, Lamache, entonces va octogenario, al pre­guntarle qué parte había tenido cada uno en esos principios, res­pondió así en el periódico Le Monde, del 4 de agosto de 1892:

«A decir verdad, nadie, ni siquiera Ozanam, que era, entre to­dos nosotros, a buen seguro, el que tenía más iniciativa y celo, nadie puede recibir el calificativo de fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Nos movía únicamente el deseo de prestarnos, en nuestra debilidad, un amistoso y fraternal apoyo en la práctica del bien. Después de haber combatido con la pluma y la palabra en la Conferencia de historia por la defensa de la religión, expe­rimentábamos la necesidad de templarnos, fortificamos, consolar­nos, entregándonos a algunas pequeñas obras buenas por amor a Nuestro Señor Jesucristo. Así pues, Dios y sólo Dios lo hizo todo; y por eso, precisamente, es lícito pensar que perdurará la Socie­dad de San Vicente de Paúl».

Es cierto; pero lo es también que, en esta obra, Ozanam fue el principal obrero que el Todopoderoso había elegido para esa tarea. Y el mismo Lamache escribirá al Padre Ozanam, el lo. de julio de 1888: «Bajo mi palabra de honor, afirmo que Ozanam fue el primero que me habló de esa conferencia; que fue alma de ella como lo había sido de la Conferencia literaria y que, sin Oza­nam, la Conferencia de Caridad jamás habría nacido».

Menos de tres años después de su muerte, catorce miembros que sobrevivían a la conferencia primitiva quisieron dar fe de ello, confirmándole, ad perpetuam rei memoriam, el título de fundador, en un escrito que firmaron todos. Así pues, dos de sus más antiguos amigos lioneses, Pablo Brac de La Perriére y Chaurand,

instituyeron una verdadera investigación sobre el papel desempe­ñado por él en esa fundación. Recogieron testimonios sobre los cuales presentaron luego un informe en la declaración que a con­tinuación citamos, publicada en la Gaceta de Lyon del 25 de mar­zo de 1856:

«No queriendo —declara— dejar tergiversar la exactitud de los hechos que nciis son conocidos de modo seguro, gracias a nuestros recuerdos y gracias a lo que hemos oído de boca misma de los fundadores, atestiguamos y asentamos lo siguiente:

«Si es cierto que la Sociedad de San Vicente de Paúl ha sido fundada por varias personas, no lo es menos que Federico Ozanam tuvo una acción preponderante y decisiva en esta creación. El com­partió con el señor Le Taillandier la idea de una reunión cuyos miembros unirían a su fe práctica las obras de caridad; fue él quien decidió por su iniciativa a la mayor parte de los miembros para que realizaran ese acto de caridad hacia los pobres, ya que ninguno de ellos había pertenecido anteriormente a asociación ca­ritativa alguna».

Firmado, el 20 de marzo por los señores F. Alday, J. Arthaud, C. Bietrix, A. Bouchacourt, Chaurand, J. Freney, J. Janmot, A. Lacour, L. Lacuria, P. de la Perriére, E. Rieussec, todos ellos miem­bros de la primera conferencia acerca de la parroquia de Saint­Etienne-du-Mont.

Se adhirieron, con fecha 20 y 21 de marzo, los señores Amado Bouvier, en Bourg, y Enrique, Pessonneaux, en París.

Dice el señor Devaux de Triviére (Calvados): «Tuve la dicha de ser una de las siete u ocho personas que formaron el núcleo de esa asociación. Quien me procuró esa dicha fue el profesor Oza­nam. El honor de esa fundación le pertenecerá siempre». (Padre OZANAM, Vida de Federico Ozanam, cap. IV, p. 156. Cf. El se­ñor de LANZAC DE LABORIE, El fundador, revista de apologética, t. XIV, p. 730).

Abundan otros testimonios en la correspondencia de los contemporáneos y colaboradores: «Ozanam —exclama Lallier— a quien debo, después de Dios, casi todo cuanto he podido hacer de meri­torio». Y Curnier le escribe al propio Ozanam, en 1840: «De una inspiración de vuestro corazón nació esta santa institución destina­da quizás a extender sobre toda Francia una red de caridad». Y Pa­blo de La Perriére: «Nuestro querido Ozanam con sus excesos de humildad, ha contribuido a falsificar la historia -de nuestros orí­genes. Dios le habrá tomado en cuenta todo ese desprendimiento; pero lo habrá reprendido seguramente por haber dicho y escrito lo contrario de la verdad». Podemos hacer nuestra esta conclusión un poco solemne del Padre Lacordaire, que fue, también él, un testigo: «Ozanam fue el San Pedro de ese humilde cenáculo».

La primera reunión de la Conferencia de Caridad se celebró en mayo de 1833, a las ocho de la noche, fecha certificada del nacimiento de la obra. Se reunió, como las siguientes, en casa del señor Bailly, en las oficinas de la Tribuna católica, calle del Petit­Bourbon-Saint-Sulpice. Al tomar posesión del sillón, el venerable presidente tuvo cuidado de decirles: «Si verdaderamente queréis ser útiles a los pobres y a vosotros mismos, haced de vuestra ca­ridad una obra no tanto de beneficencia como de moralización y cristianización, santificándoos vosotros mismos por la consideración de Cristo que sufre en la persona del pobre». Se alistarían, pues, en persona, en esta obra, a su divino servicio.

Todo era generosidad y desprendimiento en sus disposiciones. El reglamento de la ex-sociedad de los Buenos Estudios obligaba a sus miembros a asumir el compromiso de ayudarse mutuamen­te en su carrera en el mundo. En cambio, la joven Conferencia de la Caridad estipuló que nadie debería hacer uso de la sociedad por cualquier interés personal. El olvido de sí mismo debía corres­ponder al don completo de sí mismo.

Los recursos de la caridad fueron al principio casi únicamente la colecta que se hacía en la sesión. Los cofrades tuvieron un día la sorpresa de encontrar en la bolsa algunos inesperados escudos. El señor Bailly había encontrado esa discreta manera de remune­rar la colaboración gratuita que varios llevaban a la Tribuna ca­tólica, Gaceta del Clero, su periódico. Así pues, alimentaban al pobre con el fruto de su trabajo.

Se le unió la oración, para los indigentes, para los bienhecho­res, para los cofrades; unos y otros colocados bajo el patronato de San Vicente de Paúl. Fue invocado su nombre, aun antes de que la sociedad lo hubiera tomado como suyo.

En efecto, la Conferencia había recurrido a las Hijas de Ca­ridad de San Vicente de Paúl para entrar en contacto con los desgraciados. El tesorero de la Conferencia, Julio Devaux, había sido delegado en la calle de l’Epée-de-Bois para que entrevistara a la célebre Sor Rosalía, tan popular en el XIIo. Distrito, desde el cual su caridad rebosaba sobre todo París. Dichosa de asociar a su ministerio a los jóvenes de buena voluntad que iban a con­sultarla, recibió a Devaux con una bondad maternal, alentó la obra de los jóvenes apóstoles, les dio útiles consejos, hizo para ellos una lista de las familias que debían visitar, y les cedió sus Bonos de pan y de carne, mientras la Conferencia, demasiado re­ciente todavía, emitía los suyos.

Como cada cofrade tenía que socorrer una familia, la que le tocó a Ozanam ofrecía el espectáculo de una miseria moral peor que la otra. La pareja constaba de una madre que se mataba tra­bajando para dar de comer a cinco hijos, y de un marido borra­cho que le tomaba lo que ganaba para bebérselo todo hasta el último centavo. «Al volver de la cantina nos pega a todos, aun­que no todos los días», refería concienzudamente la desgraciada mujer. Había llegado al último grado de miseria y desesperación cuando la descubrió Ozanam. No tardó en saber que no es­taban casados y que la infeliz mujer estaba en libertad para sacu­dir ese yugo tan infame como odioso. La pobre no quería creerlo: «¡Sería demasiado hermoso!» decía. Ozanam lo hizo constar ju­dicialmente, liberó a la mujer, y, mediante una colecta, le pro­curó suficiente dinero para regresar a Bretaña con sus dos hijos menores, en tanto que colocaba a los dos mayores en los talleres del señor Bailly. Era precisamente la doble asistencia material y moral que había recomendado el caritativo presidente. En un pri­mer ejemplo, ya daba la idea de la obra futura de la sociedad de San Vicente de Paúl.

Las bodas de esos jóvenes cristianos con la Caridad ponían en sus corazones un fervor de agradecida piedad. Un mes después de su modesta inauguración, la Conferencia reunió para una fies­ta religiosa en el campo a unos treinta estudiantes a quienes Oza­nam suplicó que se trasladaran a Nanterre el día de Corpus para escoltar a Nuestro Señor en la procesión del Santísimo Sacramen­to El mismo describe la ceremonia a su madre en una carta del 19 de junio de 1833.

La piadosa manifestación era al mismo tiempo una protesta: «Usted sabe, mi querida madre, que en París como en Lyon, las procesiones están prohibidas. Mas, el hecho de que algunos per­turbadores se hayan complacido en encerrar al catolicismo en sus templos, dentro de las grandes ciudades, no es una razón para que jóvenes cristianos a quienes Dios ha dado un alma un poco viril se priven de una de las ceremonias más conmovedoras de la reli­gión. Por eso se encontraron algunos que pensaron en participar

en la procesión de Nanterre». Nanterre, apacible aldea, patria de la buena Santa Genoveva, patrona de París! ¿ No era, en par­ticular, la patrona de esos jóvenes feligreses y ciudadanos de la gloriosa Montaña de Santa Genoveva?

Toda esta carta es encantadora, llena de poesía, de alegría, radiante de amistad, perfumada de piedad y va dirigida a una ma­dre. En ella se ve cómo cada uno sale temprano, un hermoso do­mingo de junio, bajo un cielo sin nubes; cómo llega a la cita, Barriére de l’Etoile. Allí estaban los treinta. En primer lugar, toda la aristocracia intelectual de la conferencia: Lallier, Lamache, Cheruel, el sansimoniano convertido; de La Noue que hace tan bonitos versos; luego Le Jouteux; luego jóvenes de Lenguedoc, del Franco Condado, de Normandía, sobre todo de Lyon, la mayor parte con bigote, y cinco o seis midiendo cinco pies ócho pulgadas. «He aquí la procesión: los estudiantes mezclados con los campesinos, cantando con ellos y ellos admirados de nuestra buena presencia y edificados por nuestra religión». En el pueblo «todas las casas están engalanadas, los caminos cubiertos de flores, las estaciones llenas de fragancia». A la misa mayor acude una muche­dumbre que rebasa las puertas del templo. De Nanterre, veintidós jóvenes, los más animosos, salen para Saint-Germain-en-Laye, a gran velocidad, no sin detenerse para coger fresas silvestres. Allí «un cuarto de hora en la Iglesia en que cantaban vísperas», la visita al castillo poblado de recuerdos; el panorama desde su inmensa terraza; la cena en el restaurante a razón de dos francos por cabeza, etc. «Salimos por pequeños grupos al refrescar la tarde. La luna no tardó en alumbrarnos entre los árboles: fue un momento delicioso. Caminábamos satisfechos de haberle tributa­do a Dios el homenaje que le es debido. . . Al cerrar la noche, nos dispersamos; pronto nos perdimos de vista. Cuando llegué a casa con dos compañeros, ya alboreaba el lunes. Mi corazón sabe, que­rida madre, cuántas veces he pensado en usted ese día, uno de los más encantadores de mi vida».

No olvidemos que en esos mismos días de junio de 1833, Oza­nam y sus amigos habían presentado a Monseñor de Duelen su primera solicitud para la fundación de las Conferencias de Nuestra Señora ; piedad, caridad, verdad, esas tres llamas de la misma ho­guera irradiaban juntas la luz, el calor y la electricidad de ese be­llo corazón de veinte años.

El domicilio de Ozanam, a donde acaba de llegar el peregrino de Nanterre, estaba situado entonces en el número 7 de la calle des Grés, en un sexto piso, al nivel de la cúpula del Panteón, «cer­ca de las estrellas», como él dice. Había tenido que restituir a Juan Jacobo Ampére, de regreso en Francia, el cuarto que ocupaba en casa de su padre, pero sin dejar que se aflojara el vínculo de filial veneración y de gratitud que lo unía con el gran hombre. Este, a su vez, no podía ya prescindir de ese niño, de ese «amigo», como lo muestra esta nota de su puño y letra escrita un 5 de mayo, sin especificar el ario: «Mi querido y excelente amigo, sabe usted muy bien que no tengo ya más que ocho días que pasar en París y que la traducción de los versos latinos explicativos de mi cuadro de la clasificación de las ciencias exige más de una sesión. En nombre de toda la amistad que tiene usted por mí, no hay que perder un momento, si no quiere usted privarme de algo en que tengo gran interés. Se lo agradeceré más allá de toda expresión; y de ante­mano le envío un millón de gracias. Mil veces suyo, querido y exce­lente amigo».

Sin embargo, los ocho cofrades de la Conferencia de la Caridad, celosos de su tesoro de amistad, tenían tan poca conciencia o de­seo de futuros acrecentamientos que mantenían la puerta de su cenáculo obstinadamente cerrada. La habían cerrado primero a Gustavo de La Noue, joven poeta de porvenir, hijo de un magis­trado de Orleans, a quien Ozanam llama «una de esas almas ele­gidas a quienes Dios ha dado alas». Lo presentaba y respaldaba Lallier; pero é su admisión no iba a alterar el carácter de intimi­dad y sencillez de la pequeña familia? Ozanam se declaró resuel­tamente favorable no sólo a esa candidatura, sino en general al principio de la extensión de la obra, mientras Dios se sirviera enviarles reclutas. La puerta abierta a de La. Noue no volvió a cerrarse; y, a fines del año de 1833, la Asociación constaba de veinte a veinticinco miembros.

Ozanam presentó a su primo Pessonneaux y a su compatriota Chaurand; pero, entre esos dos nuevos reclutas, el más conside­rable fue de seguro León Le Prévost, el futuro fundador de la congregación de los Hermanos de San Vicente de Paúl. No salía —y entonces era el único— del mundo de las escuelas. Era un hombre de unos cuarenta años de edad, un letrado, que había frecuentado el cenáculo romántico. Un día, una conversación con el señor Bailly le había revelado la existencia y los principios de esa conferencia de jóvenes y había despertado en él esperanzas de las que escribe, el 20 de agosto de 1833, a Víctor Pavie, su amigo: «Hay aquí en este momento, un gran movimiento de caridad y de fe; pero todo, esto, en la esfera velada de la humildad, escapa al mundo indiferente. O me engaño o de estas nuevas ca­tacumbas brotará una luz para el mundo». Por medio del señor Le Prévost, el Señor preparaba para el porvenir uno de los más ricos injertos de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

El mundo indiferente, como lo llamaba el señor Le Prévost ¿lo era acaso enteramente al movimiento católico que, cuando me­nos, conmovía entonces a los que no arrastraba? Lo cierto es que aun entre la juventud de afuera, la acción emprendida por ‘Ozanam había, en poco tiempo, penetrado en los ánimos y modificado la fisonomía moral del viejo barrio latino. De esta modificación te­nemos un testigo contemporáneo insospechable en la persona del propio Sainte-Beuve. Después de haber dicho adiós al racionalis­mo del Globo y luego al sansimonismo, el Sainte-Beuve de 1833 y 1834 sentía ardiente simpatía, más literaria que moral, por la religión católica; y, en dos artículos muy notados, observaba la renovación religiosa de la que era espectador y de la que algu­nos ardientes entusiastas lo consideraban a él mismo como un ar­tesano. «Es de seguro un memorable espectáculo —escribía— en medio de tanto escepticismo y tantos extravíos que nos rodean ver cómo la élite de estos vírgenes y virtuosos espíritus no disminuye, cómo se recluta y perpetúa, conservando por decirlo así en toda su pureza el tesoro moral. Cualesquiera que sean las formas bajo las cuales deba reconstituirse (lo esperamos) el espíritu religioso y cristiano en la sociedad, esa virtud avanzada de algunos cora­zones jóvenes, esa fe y esa modestia mantenida en reserva, ayuda­rán poderosamente el día de la efusión «2. Sin nombrar a Ozanam Sainte-Beuve no podía señalar con mayor claridad la marca que había dejado Federico en la juventud circundante, al entregarse todo él a ella.

La joven élite que se dedicaba en cuerpo y alma a la acción caritativa volvió a ofrecer sus servicios para la visita de los indi­gentes al clero de París, con quien el señor Bailly gozaba de par­ticular estimación. El nuevo cura de Saint-Etienne-du-Mont, el Padre Faudet, no dudó en confiarles a algunas familias pobres de su parroquia, que fueron a agradecérselo después.

Había por aquel entonces en el barrio de las escuelas un reformatorio para jóvenes detenidos. La Conferencia consiguió del pre­sidente del Tribunal civil, el señor de Belleyme, la autorización de llevar a esa cárcel la limosna de la buena palabra. Ozanam, Le Prévost, Le Taillandier, Lamache se dedicaron a ese ministerio ingrato durante dos años, hasta el día en que los jóvenes delin­cuentes de la calle des Grés fueron trasladados a la cárcel de las Madelonnettes, a la otra punta de París.

Veinte años después y ya a orillas de la tumba, Ozanam al ha­blar a los cofrades de Livornio tuvo el consuelo de recordarles cómo Dios se había servido convertir la pequeña asociación de amigos en el núcleo de una inmensa familia de hermanos difun­dida entonces en gran parte de Europa. Contaba que uno de sus buenos amigos, Cheruel, engáñado un momento por las teorías sansimonianas, le decía con un sentimiento de compasión: «Pero ¿ qué esperáis hacer? Sois ocho pobres jóvenes, ¡y con eso tenéis la pretensión de socorrer las miserias de una ciudad como París! Y aunque fueseis muchos más, no podríais hacer gran cosa. Nos­otros, al contrario, elaboramos ideas y sistemas que reformarán al mundo, y extirparán para siempre la miseria. En un instante, ha­remos para la humanidad lo que vosotros no podréis hacer en va­rios siglos».

«Ahora bien, vosotros sabéis, señores, cuál ha sido la suerte de las teorías que ilusionaban a mi pobre amigo. Y nosotros, a quie­nes compadecía, en vez de ocho, somos, sólo en París, dos mil, y visitamos cinco mil familias, es decir aproximadamente unos 20,000 individuos, o sea la cuarta parte de los pobres que contie­ne esta inmensa ciudad. Las conferencias, sólo en Francia, ascien­den al número de quinientas. Y las tenemos en Inglaterra, en Es­paña, en Bélgica, en América y hasta en Jerusalén. Y es que, con humildes principios, puede uno llegar a hacer grandes cosas, como Jesucristo que, desde un pobre pesebre, se elevó a la gloria del Ta­bor. Así es como Dios ha hecho suya nuestra obra y ha querido difundirla por todo el orbe, colmándola de bendiciones».

  1. He aquí con qué admirables sentimientos de humildad y gratitud Ozanam, olvi­dándose a sí mismo, habla de los servicios del señor Bailly en la circular del 11 de junio de 1844, que como vicepresidente dirigió a los cofrades, después de la renuncia del venerado presidente general.

    «Fue el señor Bailly quien, en 1833, en una época en que muchos hombres de bien, aún temerosos, se mantenían apartados de las buenas obras, tuvo la idea de reunir, con fines caritativos, bajo el patronato de San Vicente de Paúl, a un pequeño número de jóvenes, que mucho distaban de esperar la feliz multiplicación que hoy presencia­mos. Fue él quien les prestó un lugar para reunirse, la asistencia de sus consejos, el aliento de sus ejemplos ; él les enseñó a acercarse para sostenerse, a reclutarse fuera, a socorrer a los pobres, etc. Cuando aumentaron nuestras filas y fue preciso fijar por un reglamento nuestros sencillos usos, el señor Bailly escribió las consideraciones pre­liminares, inspiradas en las máximas de nuestro santo patrón que determinaron el es­píritu de la Sociedad. Al desarrollarlas en varias circulares, en todos los actos de una laboriosa presidencia de once años, supo mantener la unidad en medio del acrecen­tamiento de nuestras Conferencias en París, en los departamentos, en las regiones ve­cinas. Nuestra gratitud será sin límites, lo mismo que nuestro respeto, y si nos atreve­mos a expresarlo aquí de un modo más solemne, es porque, fieles a las tradiciones de humildad que él ha establecido, queremos dejar a sus buenas obras su secreto y a Dios el cuidado de recompensar una vida en que tanto tiempo fue dedicado al bien de la juventud cristiana y al servicio de los pobres de Jesucristo».

    Y, un poco más lejos, la circular, al hablar de las objeciones que se habían hecho a la determinación del señor Bailly, añadía: «Se le manifestó que, si bien podía dejar de ser presidente de la Sociedad, jamás dejaría de ser su fundador».

    Así pues, la excesiva modestia de Ozanam le hace discernir, en ésta y en otras par­tes, al señor Bailly el título de fundador, olvidándose a sí mismo. Sus cofrades de los orígenes no se dejaron engañar; y veremos pronto cómo protestaron unánime y solem­nemente para restituirle por entero el honor de una primacía que le pertenecía

  2. SAINTE-BEUVE, Premiers Lundis, 11, p. 262

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.