Espiritualidad vicenciana: Sencillez

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Año publicación original: 1995.

I. La sencillez como la entendió san Vicente.- II. Un cam­bio de horizonte significativo.- III. La sencillez hoy.


Tiempo de lectura estimado:

Para S. Vicente de Paúl, sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y el celo son las virtudes características de un misionero. Las con­sideraba como «las cinco limpísimas piedras de David con las que venceremos al infernal Goliat» (RC XII, 12) La sencillez está también entre las vir­tudes que constituyen el espíritu de las Hijas de la Caridad (IX, 536).

La palabra carácter generalmente significa el sello, la señal, la marca visible por la cual alguien o algo puede ser reconocido. Las cinco virtudes, por lo tanto, son los signos por los cuales S. Vi­cente indicaba que debían ser reconocidos sus seguidores. Son tan vitalmente importantes que cada época debe luchar por darles sentido y rein­terpretar estas «marcas» para que el espíritu de S. Vicente pueda continuar viviendo de un modo que sea significativo en cada época que se su­cede.

Este artículo se divide en tres partes: 1. un es­tudio breve acerca de la sencillez como la en­tendió S. Vicente; 2. una descripción del cambio de horizonte que se ha dado en la teología y en la espiritualidad entre el siglo XVII y el XX y lo que afecta a nuestro modo de ver la sencillez hoy; 3. un intento por recuperar la sencillez, pero en for­mas contemporáneas.

I. La sencillez como la entendió san Vicente

a) Para S. Vicente, la sencillez es, ante todo, decir la verdad (RC II, 4; SV XII, 463). Es decir las cosas como son (1, 183), sin ocultar o esconder na­da (1, 310; V, 440). Esto dice en un carta a Francisco du Coudray el 6 de noviembre de 1634:

«Ya sabe que la bondad de su corazón me ha dado, gracias a Dios, la libertad de hablarle con toda confianza y sin ocultarle nada; creo que ha­brá podido conocer esto hasta el presente por la conducta que he guardado con usted. ¡Jesús, Dios mío! ¿Tendré que reconocer con pena que he dicho o hecho algo respecto a usted en con­tra de la santa sencillez? ¡Dios me guarde, padre, de obrar así con ninguna persona! Es la virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta, según creo; y, si me es permitido decirlo, diría que en ella he realizado algunos pro­gresos» (1, 309s).

El corazón no puede pensar una cosa mien­tras la boca dice otra (IX, 92. 546; XI, 463). El mi­sionero debe evitar toda doblez, disimulo, astu­cia, y doble sentido (II, 282; IX, 92).

«Por lo que a mí se refiere, no sé, pero me parece que Dios me ha dado un aprecio tan gran­de de la sencillez, que la llamo mi Evangelio. Sien­to una especial devoción y consuelo al decir las cosas como son» (IX, 546).

b} La sencillez consiste también en atribuir las cosas a Dios solo (RC II, 4), o pureza de in­tención (XI, 463). En este sentido la sencillez es hacerlo todo por amor de Dios y no por otro fin (XI, 465. 586; II, 629). Esto lleva consigo evitar «el respeto humano» (II, 282). El misionero nunca debe hacer actos buenos en un lugar con obje­to de ser recomendado para un destino a otro lu­gar (II, 629).

c) La sencillez encierra un estilo de vida sin adornos. «Pecamos contra la sencillez, nos dice S. Vicente, cuando nuestras habitaciones están llenas de muebles superfluos, cuadros, gran nú­ mero de libros, y cosas vanas e inútiles» (XI, 465). Debemos usar con gran sencillez las cosas que nos han dado (IX, 547).

d) Para el misionero, la sencillez lleva consigo también explicar el evangelio con com­paraciones familiares (XI, 740s), usando el «pe­queño método» que se empleaba en la Con­gregación de la Misión en aquel tiempo (RC XII, 5): predicar, por ejemplo, acerca de una virtud presentando: – los motivos para vivirla; – su na­turaleza o definición, y – medios para practicar­la (XI, 166s).

e) En la mente de S. Vicente, la sencillez es­tá muy unida a la humildad (1, 94) y es insepara­ble de la prudencia (RC II, 5), que significa para él apoyar siempre el propio juicio sobre las máxi­mas evangélicas o sobre los juicios de Jesu­cristo (XI, 460s. 466). Ambas, prudencia y sencillez, tienden hacia la misma meta: hablar y obrar bien (X1, 466).

f} S. Vicente da toda una serie de motivos por los cuales su doble familia debe practicar la sen­cillez:

  • Dios se comunica con los sencillos (RC II, 4; II, 282; X1, 461. 586).
  • Dios mismo es sencillo; así donde hay sencillez, allí está Dios (XI, 740).
  • El mundo ama a la gente sencilla (XI, 462).
  • Los misioneros deben amarla de un mo­do especial (X1, 586), ya que les ayudará a tratar con la gente sencilla.
  • Ese es el espíritu de Jesucristo (IV, 450). Dios quiere que la comunidad tenga esta virtud (XI, 587), precisamente porque vive en un mun­do lleno de doblez.
  • La doblez nunca agrada a Dios (IV, 450).
  • Son los sencillos los que conservan la ver­dadera religión (XI, 462).

g) S. Vicente da también una lista de medios para adquirir la sencillez:

  • Se obtiene por frecuentes actos (XI, 470).
  • Debemos decir abiertamente a los supe­riores todas las cosas, sin pretender ocultar lo que nos resulta embarazoso (IX, 546. 700. 726. 766. 933).
  • Debemos obedecer las reglas para agra­dar a Dios, no al superior (IX, 406).
  • Debemos ejecutar las órdenes sin pre­guntar por qué (IX, 545).1

II. Un cambio de horizonte significativo

Los cambios de horizonte,2 ya reaccionemos a ellos favorable o desfavorablemente, producen necesariamente un impacto en nuestro modo de ver la realidad. Traen consigo ganancias y pérdi­das, depende de cómo interpretemos la vida, la gente, la verdad y los sucesos desde una pers­pectiva histórica cambiada. Prácticas que parecen válidas en una época pueden parecer pintorescas en otra, porque nuestro modo de mirarlas ha cam­biado drásticamente. Así sucede con las cinco virtudes. Exponiendo esto en un lenguaje tradi­cional, podríamos decir que el reto está en en­contrar la sustancia de cada una de las virtudes, para dejar de lado aquellas formas concretas («ac­cidentales») que ya no son apropiadas para me­diar aquella sustancia en el mundo moderno, y en­contrar formas contemporáneas que la encarnen más fácilmente.

Por supuesto, no todas las prácticas de una época anterior están fuera de propósito hoy; de hecho, muchas de las que S. Vicente sugirió son todavía medios apropiados para expresar los va­lores que buscaba. Sin embargo, de la misma manera que muchas lenguas han dejado de exis­tir como palabra viva capaz de comunicar senti­do, así también algunas prácticas que fueron alguna vez vehículos apropiados para expresar valores en tiempos de S. Vicente, ahora no son válidos para hacer lo mismo. En estos casos, el reto es encontrar o crear formas nuevas que ha­gan el mismo oficio.

Uno de los cambios de horizonte que ha afec­tado a nuestra manera de entender la sencillez es el cambio que se ha producido en la metodo­logía filosófica y teológica.

El énfasis en la metodología contemporánea ha cambiado de un clásico a un más histórico modo de pensar (cf. Gaudium et Spes, 5). La mentalidad clásica es deductiva. Pone énfasis en los principios universales y en las conclusiones necesarias. Trabajando, por ejemplo, con el dato de que Jesús es Dios, saca conclusiones nece­sarias acerca de su conocimiento cierto de acon­tecimientos futuros. Con el paso de los siglos, a través del uso de este método, se ha producido una cristología detallada «desde arriba» («des­cendente») por una rigurosa aplicación del proceso deductivo. El método tiende a ser abstracto y a priori. Examina la naturaleza de las cosas y saca conclusiones respecto a casos particulares de­pendiendo de si corresponden o no a su natura­leza abstracta. Este método ha sido aplicado sistemáticamente a cuestiones dogmáticas, mo­rales y espirituales.

El modo de pensar histórico pone el énfasis en las circunstancias cambiantes y las conclu­siones contingentes. Comienza con un dato con­creto, emplea un método empírico, subraya la hermenéutica, y saca sus conclusiones de las fuentes con un método inductivo. Este modo his­tórico de pensar ha causado en su despertar nu­merosos cambios en materia litúrgica como la reforma del sacramento de la penitencia, la res­tauración de la comunión bajo las dos especies, la recepción de la comunión en la mano, el uso de los ministros extraordinarios de la Eucaristía, etc. También ha tenido gran influencia en el de­sarrollo de una cristología «desde abajo» («as­cendente»), la cuestión de la libertad religiosa, y la actual discusión de muchas cuestiones sobre moral.

Una consecuencia significativa de este cam­bio de énfasis en la metodología filosófica y te­ológica es que el cambio ha venido a encontrar un lugar mayor en nuestras expectativas. La gente hoy no quiere aceptar tantos absolutos. Cuestionan prohibiciones absolutas que eran formalmente aceptadas. Hacen resaltar que las circunstancias cambiantes hacen un caso dife­rente de otro.

Otra consecuencia de este cambio de hori­zonte ha sido un creciente pluralismo. Los pen­sadores modernos reconocen el valor de las di­ferentes culturas, filosofías, y teologías. El método inductivo resalta la búsqueda de la verdad más que la posesión de la verdad. Un signo obvio de esto en materias eclesiales es el movimiento ecuménico.

Este modo de ver la verdad tiene también im­plicaciones respecto a la virtud de la sencillez.

III. La sencillez, hoy

En algunos aspectos la sencillez es la virtud más fácil de recuperar. La Verdad de Ghandi (Erik Erikson, Gandhi’s Truth, NY 1969) como titula Erik Erikson su psico-biografía, habla elocuente­mente a la gente ¡oven del mundo moderno. La virtud que S. Vicente amó más, su «evangelio», por así decirlo, aún nos interpela. En el contexto moderno descrito antes, puede adoptar muchas formas, algunas de las cuales se sugieren a con­tinuación.

a) Decir la verdad. La sencillez hoy, como en el tiempo de S. Vicente, significa decir las cosas como son.

La verdad es un concepto clave. Forma la ba­se de varios sistemas filosóficos y teológicos. Para el aristotelismo y la filosofía escolástica, la contemplación de la verdad es el bien supremo. Desde una perspectiva personalista, la verdad es el fundamento de la confianza, que es la base de todas las relaciones humanas; la falsedad, por otra parte, viola la confianza y hace imposibles las relaciones humanas genuinas.

Hablar y ser testigos de la verdad son valo­res centrales del cristianismo, especialmente en el evangelio de S. Juan. Jesús es la verdad (4, 6). El que obra en la verdad viene a la luz (3, 21). Cuando el espíritu venga, nos guiará a la verdad plena (16, 37). La verdad nos hará libres (8, 32). La razón por la que Jesús ha venido es para dar tes­timonio de la verdad (18, 37). Si alguno es de la verdad escucha su voz (18, 37).

Pero la experiencia prueba que es muy difícil hacer que nuestro sea síy que nuestro no sea no (Mt. 5, 37; cf. Sant. 5, 12; 2Cor. 1, 17-20), como Jesús dice. Precisamente porque Jesús habla la verdad es por lo que sus enemigos no le creen (Jo. 8, 44). Finalmente, él muere por la verdad.

Por otro lado, como S. Vicente nos recuerda, los que dicen la verdad ejercen un gran atracti­vo. Nos damos cuenta espontáneamente de que no tienen nada que ocultar, que no tienen agen­das escondidas. Son verdaderamente libres. Por consiguiente, es fácil contar con ellos.

Pero decir la verdad coherentemente es una disciplina extremadamente difícil. Sentimos la tentación de difuminar la verdad cuando nuestro interés está en juego o cuando la verdad es em­barazosa personalmente para nosotros. Es tam­bién difícil ser fiel a la palabra de uno, a las pro­mesas, a los compromisos. Cuando hacemos una afirmación en el presente, es o verdadera o falsa precisamente entonces y allí. Sin embargo, cuando hacemos un compromiso para el futuro, es verdadero solamente en la amplitud en que lo mantengamos firme. La verdad, en este sentido, se llama fidelidad. Es especialmente en este sen­tido en el que Jesús es veraz para nosotros. Él nos promete estar, y está, siempre con nosotros hasta el fin. En este mismo sentido es en el que nosotros estamos llamados a ser veraces a los votos, a las amistades, al compromiso concreto de servir.

Decir la verdad es especialmente importante en la relación que nosotros llamamos «dirección espiritual». Escogemos un «alma amiga» para que, con su ayuda, podamos crecer en la vida del Señor y en el discernimiento de aquellas cosas que promueven su Reino. Es obligado, por tan­to, que esta relación se caracterice por la libre au­toapertura y por la evitación de «rincones es­condidos» en nuestras vidas. Nadie es una isla. Necesitamos que otros nos reflejen lo que sucede o no sucede en nuestro camino hacia el Señor. La cualidad de tales relaciones en la dirección es­piritual dependerá en gran manera de la sencillez con la que nos descubrimos.

b) Ser testigos de la verdad. Esta manera de entender la sencillez es la más importante. La gente admira espontáneamente a aquéllos que viven lo que creen y dicen. Una encuesta muy amplia sobre los sacerdotes y ministros (Readi­ness for Ministry, Vandalia, Ohio 1975-76, pu­blicada por la Asociación de las Escuelas Teoló­gicas en U. S. y Canadá) ha descubierto que la cualidad que la gente busca con más interés en los ministros es la sinceridad, la autenticidad. Éste parece ser un deseo perenne. El lector re­cordará la alabanza de Chaucer al párroco en los cuentos de Canterbury:

Este noble ejemplo a sus ovejas les dio:
puso por obra primero y más tarde enseñó.

En una época en la que mucha gente joven ha perdido la confianza en las autoridades civiles y religiosas por la corrupción y la doblez probada (e. g. Watergate y Irangate en USA, la revelación de la vida y los estilos de vida de Marcos y su familia en Filipinas y de la familia Ceausescu en Rumania), aquellos cuyas vidas van al par con sus palabras hablan más poderosamente que nunca.

Este tipo de sencillez es también extrema­damente atractiva en el mundo moderno. La gen­te joven ama a aquéllos que son «reales», au­ténticos. Estos son nombres modernos para la sencillez.

Tal sinceridad llega a los otros como integri­dad personal, o transparencia que abre riquezas profundas. Asegura a los otros que pueden cre­er en nosotros. Como Shakespeare lo expresa (Hamlet, Act I, escena 3):

Esto sobre todo: con tu propio yo sé veraz
y sucederá esto, como la noche al día:
No podrás entonces ser falso con ningún hombre.

c) Buscar la verdad. Ser «real» o auténtico hoy, como aparece evidente del cambio de hori­zonte descrito arriba, puede frecuentemente exi­girnos admitir que andamos a tientas buscando la verdad, que no estamos ciertos de que sea verdad, o que hay verdades complementarias. Esto es lo más necesario en un mundo donde ya no es posible tener un conocimiento universal.

Somos conscientes hoy de ser caminantes. La vida es un viaje, es un proceso continuo. Así sucede también con la búsqueda de la verdad. En­tendemos la verdad gradualmente. No se captu­ra de un solo vistazo. Nuestros conatos verbales para expresarle son siempre limitados, perfecti­bles. Ni se posee de una vez por todas. Se va construyendo poco a poco. Cuanto más nos aden­tremos en el pozo, mejor conoceremos su pro­fundidad. Así debemos estar dedicados a bus­car, perseguir, encontrar la verdad. Esa virtud, que Bernardo Háring llama «la dedicación a la verdad», toma las formas de saber escuchar, reu­nirse y dialogar con otros, leer, continuar la edu­cación».

d) Estar en la verdad. Es lo que tradicional­mente pudo llamarse sencillez de corazón, pure­za de corazón: referir todas las cosas a Dios. Es una devoción concentrada en el Señor y en su Rei­no. En este sentido, cuando la persona sencilla trabaja, trabaja porque ama a Dios y ama a su pue­blo. No trabaja para ser colocada en puestos ele­vados. Ni trabaja por la admiración o el dinero que pueda venirle si hace un trabajo extra. Cuan­do una persona sencilla reconoce que sus moti­vos están mezclados, los manifiesta y busca la ayuda de otro que le ayude a discernir por qué hace realmente las cosas. Sabe que es imposi­ble tener siempre una intención única, pero bus­ca hacer del amor a Dios y del servicio a los de­más el motivo dominante en todo. Si, como se pone de relieve en una cristología «desde abajo» (ascendente), Jesús intentaba conocer la volun­tad de su Padre y luchaba contra los deseos con­trarios cuando había resuelto cumplirla, la perso­na sencilla hoy se empeñará necesariamente y trabajará en una lucha semejante.

Como una ayuda para crecer en este tipo de sencillez, ayuda mucho deslindar, de cuando en cuando, los valores que compiten en nuestras vi­das. Confort, poder, popularidad, y seguridad fi­nanciera pueden competir sutilmente con el amor de Dios y el amor al prójimo. Algunas veces es­tos motivos secundarios coincidirán con motivos más puros (como cuando la gente a la cual ser­vimos nos admiran y nos prestan muchas aten­ciones positivas). Pero cuando entran en conflic­to, ¿estamos dispuestos a sacrificarlos?

e) Practicar la verdad (en el amor). Esto sig­nifica hacer obras de justicia y caridad, hacien­do que la verdad sea viva creativamente en el mundo. Significa llevar la verdad a la plenitud en las obras. Significa hacer que nuestra palabra se haga carne, dando a los evangelios formas con­cretas de vida. La verdad no puede ser sólo ver­bal; debe ser vivida. Los compromisos de hacer obras de justicia no pueden ser sólo verbales; deben ser cumplidos día a día. Los evangelios no pueden ser sólo predicados; deben ser practica­dos en el amor.

La sencillez, bajo este punto de vista, signi­fica que cuando predicamos justicia debemos vivir también la justicia. Cuando predicamos so­lidaridad con los pobres, debemos vivir tam­bién en solidaridad con los pobres. Cuando ex­hortamos a los otros a un estilo de vida sencillo, debemos vivir nosotros sencillamente. Cuando decimos que somos célibes, debemos vivir co­mo célibes. Cuando proclamamos los caminos de la paz, debemos obrar como constructores de la paz.

f) Integración. La sencillez en este sentido significa plenitud personal, la capacidad para unir en una dirección única los distintos aspectos de la propia vida: trabajo, oración, comunidad, so­ledad, ocio. La gente joven habla de «tenerlo a la vez». La literatura sobre la formación hoy re­calca frecuentemente la integración como la me­ta de todo el proceso de formación.

Martin Buber (Resolution, en The Way of Man accordirYg to the Teaching of the Hassidism, Se­caucus N. J. 1966, 21) cuenta una curiosa historia que ilustra la importancia de la integración:

«Un alumno del Rabbi de Lublin ayunó una vez de un sábado a otro. Por la tarde del viernes co­menzó a sufrir una sed tan cruel que creyó mo­rir. Vio un pozo, se acercó a él, y se dispuso a be­ber. Pero inmediatamente se dio cuenta de que por una breve hora que tenía que resistir todavía, estaba a punto de destruir el trabajo de una se­mana entera. No bebió y se retiró del pozo. Lue­go se sintió invadido por un sentimiento de so­berbia por haber superado esta prueba difícil. Cuando se dio cuenta de esto se dijo a sí mis­mo: «Mejor que vaya y beba, que dejar a mi co­razón caer presa de la soberbia». Volvió al pozo, pero según se inclinaba para sacar agua, se dio cuenta de que su sed había desaparecido. Cuan­do el sábado había comenzado entró a la casa de su maestro. » ¡Remiendos! «, le llamó el rabbí, según cruzaba el dintel de la puerta».

La persona verdaderamente sencilla llega a ser «un alma unificada». Su vida no es ya una sarta de «remiendos», sino «todo de una pieza». El amor a Dios y el amor al prójimo vienen juntos en un todo unido.

g) Sencillez de vida. Como en tiempo de S. Vicente, la sencillez hoy también tiene implica­ciones respecto del estilo de vida. Algunos es­critores modernos prefieren usar aún la termi­nología «la sencillez de vida» a «la pobreza», cuando hablan del contenido de nuestro voto. Prescindiendo de la terminología, nuestro com­promiso con la comunidad para el servicio de los pobres necesariamente lleva consigo un com­promiso de vida sencilla, en la que compartamos, al menos de algún modo, la experiencia de los que viven en necesidad.

Pero tal sencillez de vida no debe confundir­se, como sucede algunas veces, con la monoto­nía o la falta de belleza (o todavía peor, con la falta de limpieza). Por el contrario, la sencillez im­plica la belleza y la acrecienta. La sencillez es una de las características del arte genuino. Las piezas maestras de la pintura, de la escultura, del dibu­jo y de la música, aun cuando sean bastante com­plejas, conservan una sencillez radical que se esconde en el corazón de su belleza. Por consi­guiente, es importante fomentar un sentido de lo «bello» en nuestras vidas. Especialmente los lu­gares y las formas de nuestra oración (cantar, modo de recitar los salmos, imágenes, etc.), aun­que sencillos, que sean «algo bonito para Dios».

  1. Habiendo subrayado la enseñanza sobre la sencillez, sería bueno añadir que, naturalmente, como otros santos, S, Vicente luchó (y no siempre con éxito) para crecer en la virtud. Aunque la mayoría de sus cartas muestran una sen­cillez notable, otras dan testimonio de la lucha. Cf, Tomas Davitt, Some Less-Publicised Facets of St. Vincent en Coloque V (Primavera 1982) 14-23. Después de citar las pala­bras de S. Vicente a Francisco du Coudray (SV l, 310) di­ciendo que la sencillez es la virtud que él más ama y a la cual presta mucha atención, Davitt escribe (p. 15): «cinco años más tarde escribiendo a Luisa acerca de su hijo Miguel, que estaba en los Buenos Hijos, le dice que enviará allí para ver cómo están las cosas procurando que no se sepa que es esto lo que él está haciendo II, 5681. Al año siguiente le es­cribe a Lamberto aux Couteaux que a Luisa le gustaría que hiciera un desvío a Angers y so capa de una visita casual les hiciera una visita canónica (II, 59). Dos años más tarde hace él una visita a las Ursulinas en Beauvais y escribe des­de allí a Bernardo Codoing en Roma. Menciona que los fon­dos para el trabajo de los retiros a los ordenandos en Ro­ma serán provistos por la Duquesa de Aiguillon, pero que sería mejor que Codoing no diera a conocer su origen, ya que el tío de ella, el Cardenal Richelieu, no era entonces po­pular en Roma (II, 229). En una carta de 1634 comentaba que había hecho progresos en esta virtud de la sencillez»! Al­gunos de estos ejemplos tienen que interpretarse como esa prudencia de la serpiente que hay que combinar con la sencillez de la paloma. Pero seguramente será muy difícil dar esta benigna interpretación a la atrevida propuesta del Cardenal Grimaldi que él sugiere al P. Almerás de que use un poco de dinero para facilitar las negociaciones en Roma, algo que más tarde rechazará (cf III, 441).
  2. Para un estudio de la naturaleza e importancia de los cambios de horizonte, cf. mis artículos Five Characteristic Virtues: Yesterday and Today, en Vincentiana 29(1985)226- 254; The Four Vincentian Vows: Yesterday and Today, ib 34(1990)230-307; también El camino de Vicente de Paül, CEME Salamanca 1993, p. 59-66; 115-124.

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